San Vicente de Paúl, un cumplidor de las máximas evangélicas (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LA HUMILDAD, FUNDAMENTO DE LA ESPIRITUALIDAD VICENCIANA (RC II, 7)

Con la humildad entramos en el corazón del pensamiento de san Vicente. En todo su pensamiento la vemos presente, como columna vertebral, sin la cual no es posible vivir en serio el seguimiento de Cristo. Este énfasis se explica, aparte de por ser mensaje evangélico, por referencia al siglo en el que vive el santo, donde domina la apariencia, la exterioridad, la falsa modestia, la insinceridad, todas que contrastan con la humildad, como también con la sencillez. De hecho dice el santo, a propósito de la humildad, que «se contentan con considerarla, pero sin esforzarse en adquirirla». Justo para combatir tal mentalidad secular, insiste él en que no basta con una humildad sólo exterior: es precisa la humildad del corazón, la que nos hace tomar conciencia de lo que en verdad somos, de nuestra poquedad, y alegrarnos de que otros hablen de lo que verdaderamente somos. Y donde hay verdadera humildad, allí estarán también las demás virtudes. La humildad es vista como fundamento de la relación con Dios, con otros y con uno mismo. Ella permite anular el amor propio y el orgullo; nos da a conocer lo que en ver­dad somos. Sin ella no hay lugar para la oración: está uno como el fariseo en el templo, alardeando de sí mismo y de sus actos. En particular se la ve activa en el servicio al prójimo y en el ministerio pastoral: sólo el humilde se hace siervo y se presta a servir; sólo el humilde sabe hacerse misionero del evangelio y es capaz de ponerse en el mismo plano que la gente sencilla, pobre y  a menudo ignorante, tolerando sus maneras y descompuestas reacciones.

Un aspecto de la humildad, según san Vicente, es el que él describe como humildad de grupo; es la que, en la estela de Cris­to, que se refería a sus discípulos como ‘pequeño rebaño’, atañe al comportamiento de sus dos comunidades. No hay nada de qué engreirse, pues todo viene de Dios y depende de su acción. Desea por ello que esas comunidades no ansíen ni expansión ni honores de ningún tipo, es más, teme que se agranden como las grandes órdenes religiosas, que sean reconocidas y exitosas. Por esto desea que sus comunidades no ambicionen el crecer (teme que lleguen a ser grandes, como las grandes Órdenes religiosas), el tener reconocimiento y éxitos u honores de cualquier tipo Teme que crezcan y se expansionen demasiado, ya que este hecho podría alejarlas del proyecto inicial de Dios respecto a ellas. Le admira tanto esta virtud, que la describe como distinti­vo, como señal de identificación, lo mismo para las Hermanas que para los Misioneros. A los Misioneros les dice: Cuando nos pregunten sobre nuestra condición, nos permita decir: «Es la humildad». Que sea ésta nuestra virtud. Si se nos dice: «¿Quién va:». —»La humildad». Que sea esta nuestra contraseña. A las Hermanas se la presenta como verdadero hábito de la Hijas de la Caridad, a una con la caridad misma (SVP, IX, 1048). En todo caso, nada tiene de triste o mortificante el vivir la humildad: de hecho se vincula estrechamente, ya a la caridad, a la que aquella conserva y guarda, ya a la dulzu­ra: dulzura y humildad que son para el santo como dos herma­nas gemelas. De un corazón humilde nace luego la confianza en Dios, que nos hace reconocer cómo todo viene de Él, y sin Él nada podemos. Aumenta nuestra confianza y espe­ramos que pronto nos dé Dios la paz, según el principio de que, cuando fallan los medios humanos, empieza la acción divina (SVP, IV, 313).

  1. LA MORTIFICACIÓN (RC II, 8)

San Vicente repite varias veces que no es preciso hacer mortificaciones extraordinarias, porque la vida de las Hermanas y del Misionero es ya lo bastante exigente y está llena de sacrificio, por lo cual, mortificándose demasiado, no estará uno en situación de prestar el mejor servicio debidamente, ya a los pobres en lo material, ya en lo espiritual por la predicación. La misión y el servicio requieren en efecto ‘una buena salud’, y sol’ a su vez un ‘buen ejercicio ascético’. Sufrir a la gente sucia, ignorante; servir a pobres prepotentes, exigentes, arrogantes: todo ello supone ya mucha fatiga, la cual forma parte del compromiso de realizar el querer de Dios. Aun así no faltan las llamadas a la dimensión espiritual de esa mortificación, mirada como participación en la Pasión de Cristo y como componente esencial del vivir juntos, soportándose recíprocamente. Recuerda además la necesidad de practicar la mortificación de la carne y de las pasiones, para revestirse de Cristo, según la enseñanza de san Pablo en Rom 8,13. Se trata por consiguiente de renunciar al propio juicio, a la voluntad propia, los sentidos externos e internos, a los parientes. En todo se muestra el equilibrio del santo, cuando invita a no excederse en la práctica de la mortificación que podría acarrear daños mayores que el defecto contrario. Puede verse aquí un anticipo de la lucha contra nuestro moderno masoquismo: es lo que aparece en los consejos a santa Luisa, a la que modera en su deseo de más y más penitencias corporales, y lo mismo el P. Delattre, ansioso de imponerse la disciplina. La idea es combatir la comodidad y el deseo instintivo de disfrutar de la vida, siempre por mismo motivo: el seguimiento de Cristo ante todo, mas también la disponibilidad para la Misión. ¿Qué misionero sería aquel que bus­caba comodidades, que rehusara aceptar las molestias de la vida anclas al ministerio? Para Vicente, las pruebas no pueden elimi­narse de la vida, y el que quiere rehuir las que naturalmente sobrevienen, termina topándose otras más penosas aún. Invita, piles, a mirar al Varón de dolores, Cristo, para conformarse a Él y aprender a dar un valor redentor al sufrimiento mismo. De hecho el bien pasa a través del sufrimiento. A menudo se encuentra la prueba al comienzo de un recorrido espiritual (ver la expe­riencia de santa Teresa de Jesús y de otros; el Señor hace luego que se experimenten momentos de paz y sere­nidad, cual lo vemos por cierto en la vida de santa Luisa, que hasta llega estar dispuesta a renunciar a aquellas dulzuras espirituales, de quererlo Dios así. Cuando habla a las Hermanas sobre este tema, dice incluso que su compromiso en el servicio de los pobres equivale al sacrificio de sus vidas, pues sometidas a tan­tas fatigas y pruebas, es como si sus vidas de acortasen. De ahí que no deban buscar ulteriores penitencias.

  1. MENSAJE SOBRE LA UNIFORMIDAD (RC II, 11)

Sólo entender esta virtud nos crea hoy dificultades. Cabía empero en un contexto religioso y cultural, conforme al cual no debía darse lugar a manifestaciones extravagantes, de disenti­miento o que discrepaban de lo común, sino atenerse a una espe­cie de dorada medianía [`aurea mediocritas’]. San Vicente se adapta a su época y exige de los suyos la repulsa de toda singularidad. Estamos una vez más en el ámbito de las apariencias, de la exterioridad. Lo que cuenta no es aquello que aparece al exte­rior, sino lo que hay en el corazón del hombre. De la considera­ción de la uniformidad en Dios hace él derivar un compromiso semejante, sea en la vida de fe y de oración, sea en el campo del apostolado, llegando a hablar incluso de uniformidad en el modo de vestir. Puede que haya una referencia a las rarezas en la celebración de la eucaristía entre los sacerdotes de su tiempo, como también a la tentación de destacarse frente a otros, en perjuicio de una vida comunitaria bien ordenada y homogénea. Se avoca también al pensamiento de Pablo en Flp 2,2, donde el apóstol habla de tener un mismo corazón y unos mismos sentimientos Salta de ahí la imagen de una vida y una comunidad bastante regular (la observancia de la Regla es esencial para san Vicente) sin demasiado espacio para la inventiva y la viveza. Hay que guardarse de caer en el vicio de la singularidad, porque tiene sus raíces en la vanidad, y ésta en el orgullo, que es el vicio de todos los vicios.

  1. VIVIR LA CARIDAD FRATERNA (RC II, 12)

Por la Escritura sabemos la importancia de este compromiso que cualifica el ser del cristiano y, en concreto, hace ver la cal dad de su fe. San Vicente nos dice que ‘amar al prójimo por amor de Dios es más meritorio que amar a Dios solamente’. Estamos llamados a amar a Dios y a hacerle amar. Es cierto que yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo. Se trata de vivir la comunión a imagen de la misma Trinidad: es tenerlo todo en común, es capacidad de darse. Donde está la caridad está el paraíso; allí está el claustro de Dios. Sin la caridad las comunidades están destinadas a la ruina. Pero es necesario aun así poseer la caridad, no sólo en las intenciones y en las palabras, sino mucho más aún en las obras: No basta con tener cari dad en el corazón y en las palabras; tiene que pasar a las obras y entonces será perfecta y fecunda, al engendrar el amor en los corazones de aquellos a quienes queremos y ganando a todo el mundo. La caridad se debe ver y ha de unir a los cristianos y a los miembros de una comunidad, para que no sean falsos y en pintura. Sabemos cuanto insistieron sobre esta virtud los fundadores, como que tratan de ella en tantas y tantas confe­rencias y cartas. Entendían su importancia, veían sus dificultades concretas y de ahí que sintieran la necesidad de corregir y ani­mal a Misioneros y Hermanas. Hay algunos conceptos que vuelven una y otra vez en sus exhortaciones. Hablan ellos de: sufri­miento recíproco, corrección fraterna, pedirse perdón, respeto fraternal, cordialidad; todos temas válidos y siempre actuales. Es el evangelio vivido lo que genera personas nuevas, capaces de lb amor la novedad de vida que trae Cristo. Y el vivir la caridad fraterna forma parte de la común vocación, por lo que es susceptible de realizarse, de modo igual a como brinda una aportación válida a la misión. De ahí que recomendase practicarla también durante la predicación de las misiones. Se nos recuerda asimis­mo que, en una comunidad que vive en buena hermandad, se va bien a Dios en la oración y se sirve bien al prójimo. Y uno vuelve de grado a casa para descansar y rehacerse, lo mismo material que espiritualmente, con miras a ulteriores compromisos.

J.- EL BUEN USO DE LAS CALUMNIAS (RC II, 13)

De esta máxima hemos tenido ya sugerencias en otros con­textos de la exposición. En el texto de las Reglas, la lla­mada tiene un sentido más amplio y es considerada en relación, ya sea a la Congregación en su conjunto, ya sea a cada una de las casas o a cada uno de sus miembros. El horizonte en el cual hay que encuadrar las calumnias para bien valorarlas y saberlas acep­tar, no es otro que la permisión por parte de Dios: sirven enton­ces para nuestra purificación y santificación. De algunas somos nosotros los responsables, por lo cual tenemos escaso motivo de queja; de otras debemos saber beneficiamos, pues nos ayudan a avanzar en el camino de la perfección. A ejemplo de Cristo con­viene aceptarlas sin reaccionar ni articular queja alguna: es lo que hizo Cristo, cual lo vemos sobre todo durante la Pasión. Es indicio de gran progreso espiritual haber llegado a considerar la calumnia como una gracia: es capacidad de mantenerse en la voluntad de Dios, y de pensar que Él sabrá extraer el bien de nuestros sufrimientos momentáneos. Aquí se practica la bienaventuranza de la persecución (Mt 5, 10): sufrir por la justicia y no por los errores propios, es comienzo de la felicidad.

Mario di Carlo

CEME, 2011

 

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