San Vicente de Paúl, un cumplidor de las máximas evangélicas (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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I.- CONSIDERACIONES PREVIAS

A .  NOTA SOBRE EL MÉTODO SEGUIDO EN LA REFLEXIÓN

Como lo dará a entender el texto, el método seguido en esta reflexión es de carácter narrativo, sin pretensión alguna de posi­cionamiento teológico. He procurado referir lo que san Vicente nos transmitió sobre este tema tan céntrico en su pensamiento y tic tanta importancia para el estilo de vida que, primero él y luego sus discípulos, intenten encarnar al objeto de ser verdade­ros seguidores de Cristo y presencias creíbles en el campo de la caridad y del apostolado. Para el santo y para nosotros se trata de conocer el evangelio y ponerlo en práctica a la letra, sin dema­siadas explicaciones. Vivir el evangelio quiere decir caminar más expeditamente por la vía de la perfección.

  1. SAN VICENTE Y SU UNIDAD DE VIDA

Puede afirmarse que en san Vicente se realiza una profunda unidad entre lo que enseña y lo que vive, en relación con el ejem­plo de Cristo, que primero hizo y luego enseñó. Así comienza el texto de las Reglas Comunes de la Misioneros. Esta invocación no es sólo para justificar el retraso en la entrega de las Reglas (acaecida el año 1658), sino para subrayar el estilo de un comportamiento que parte de la vida vivida, de abajo, y no de la elaboración de principios teóricos. Lo que se propone al compromiso personal y comunitario, ya se probó y experimentó en la realidad concreta. Nada llega de improviso, sino que es resultado consecuente de una participación de vida.

  1. LA CRISTOLOGÍA DEL SANTO Y LAS MÁXIMAS EVANGÉLICAS

Es difícil hablar de una espiritualidad vicenciana entendida como elaboración teórica de un sistema espiritual que abrace toda la existencia cristiana. El santo no tenía tal pretensión. Quiso solamente proponer líneas guías para un itinerario espiritual, capaz de sostener por igual la vida comunitaria y la actividad apostólica. Aun no siendo religiosos, quería él que sus Misioneros y Hermanas fuesen más perfectos, para poder mejor enfrentarse a las vicisitudes de su misión. Con miras a alcanzar tal objetivo, la referencia principal es Jesucristo. De ese modo se nos devuelve al centro y al corazón del misterio cristiano: Cris to es el modelo ejemplar al cual referirse, pues es la regla de lo Compañía, y vale lo mismo para los misioneros que para las Hijas de la Caridad. De este modo es posible vivir la perfección en cuanto objetivo fundamental de todo discípulo de Cristo. San Vicente habla a este propósito de imitación de Cristo; nosotros hoy hablamos más bien de seguimiento de Cristo. Pero la sustancia no cambia mucho, pues para san Vicente, el invocar la imitación de Cristo va bastante más allá de la relación externa, de una repetición pura y simple del modelo que es Cristo. De hecho nos dice que para estar con Cristo y ser como Él hay que estarse en Cristo: es, pues, vivir la reciprocidad entre Cristo y nosotros, es entrar en la familiaridad de Cristo para que Él nos lleve a la del Padre. Se trata de un sí pleno, total, absorbente que cambia 1:1 vida. Vicente desea que, según Cristo enseña, también sus discípulos construyan la casa sobre roca, que sigan el mensaje de Cristo y no las lógicas del mundo. Este es el horizonte en el que podemos comprender la enseñanza vicenciana que se vin­cula a las máximas evangélicas

  1. SAN VICENTE NO ESTÁ SOLO EN LA ELABORACIÓN DE LAS MÁXIMAS

Vicente dedicó mucho tiempo a la composición de las Reglas Comunes de los Misioneros, pero también a las de las Hijas de la Caridad. Las de los Misioneros, a los que les serán solemnemen­te entregadas, se concluyen el año 1658; pero luego dedicará Vicente toda una serie de conferencias a explicarlas bajo todos los aspectos. Sin embargo importa reconocer cómo quiso el santo que tales Reglas fuesen obra colectiva de la Compañía. Esto nos lleva a decir que la centralidad de las máximas evangélicas en la espiritualidad vicenciana es fruto de un trabajo efectuado a una con los Misio­neros, además de lo aportado por aquellas personas que el santo consultó durante el largo recorrido hasta la redacción final. Por ello sin mengua del papel fundamental y esencial del santo, es interesante reconocer la aportación concreta de otros; se confir­ma así, no sólo la originalidad de la obra, sino además la concer­tación que nos permite tener en las manos un hermoso tesoro espiritual. El papel de los Misioneros se advierte también en otro particular que está presente en las palabras de Vicente cuando dice: «Esa es la fuerza y el poder de las máximas evangélicas, entre las cuales —ya que son muchas en número— he escogido especialmente las que son más propias del misionero». A éstos, pues, miran las máximas evangélicas, para servir­les de ayuda en la vida de comunidad y en el ejercicio del minis­terio. Y las que escoge, entre tantas como encuentra en las Escri­turas, deben ser el alma de la Congregación; las define él como facultades del alma, porque permiten a quien las vive salir al encuentro de la pobre gente del modo más sencillo e inmediato.

Mario di Carlo

CEME, 2011

 

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