Capítulo III: Muerte de San Vicente de Paúl
I.- Debilidades y enfermedades.
Ya hemos llegado al término fatal, cuya secuencia de los acontecimientos nos ha conducido tan a menudo, pero del que nos hemos apartado siempre en el supremo instante, desandando el camino para recorrer una de esas carreras tan múltiples y tan variadas de buenas obras de las que se compone la vida del santo padre. En adelante, imposible volver atrás, y nos es necesario llegar a ese último acto que termina la más bella vida humana, la vida del santo como la del héroe. Pero el héroe, siguiendo las palabras de Pascal, se le echa un poco de tierra en la cabeza, y eso es para siempre, la muerte del santo no es para él más que el comienzo de una vida nueva, en la tierra como en el cielo.
Desde 1645, la Compañía había estado amenazada de perder a su santo fundador. Antiguas y siempre nuevas debilidades, el peso de trabajos sin reposo ni tregua, el martirio del consejo de conciencia , todo eso arruinó la naturaleza, que pronto quedó reducida al extremo. Pero le fe y la caridad del santo sacerdote mantenían toda su fuerza. Para sostenerlas, comulgaba todos los días y, hasta en el delirio, recobraba sus acentos y sus ardores. En este estado le encontró el padre Saint-Jure quien, como tanta gente de bien de París, a la noticia de su enfermedad, había acudido a verle. A la pregunta que le hizo sobre los pensamientos que le ocupaban en su delirio, el anciano, sin no obstante reconocerle, pareció responder: In spiritu humilitatis et in animo contrito, suscipamur a te, Domine! Grito de humildad, eco de toda su vida, más bien que respuesta a una pregunta que no había oído probablemente.
Sin embargo, grande era el dolor entre la gente de bien; más grande, incomensurable entre los hijos. Cuántas lágrimas y plegarias! Cuántos votos a Nuestra Señora de Chartres y a todos los santuarios venerados! Un joven Misionero de Amiens, llamado Antoine Dufour, hizo más. Él mismo estaba entonces enfermo. A la noticia del peligro de su padre, pidió a Dios que aceptara su vida, inútil según él, a cambio de una vida tan necesaria a la Iglesia, al Estado y a la Compañía. Agradó a Dios la heroica sustitución y, en el mismo instante. Vicente de Paúl pareció volver a la vida y Dufour inclinarse a la muerte. A media noche, Dufour no estaba ya. Tres golpes resonaron entonces a la puerta del santo. Uno de los que le velaban corrió a abrir, y no vio a nadie. «Hermano mío, le dijo Vicente, recitad a mi lado, os lo ruego, el oficio de difuntos.» Cuando, por la mañana, el joven clérigo se enteró de la muerte de Dufour, no dudó que el santo anciano hubiera sido informado sobrenaturalmente.
Desde entonces, las debilidades de Vicente, cuyos comienzos se remontaban al tiempo de la estancia en la casa de Gondi, o mejor de su esclavitud, fueron continuas. Había sido siempre muy sensible a las impresiones del aire y sujeto a una pequeña fiebre que la duraba tres o cuatro días, y a veces quince o más. Durante estos accesos incluso, como lo ha declarado el enfermero de San Lázaro, no quería ningún alivio ni interrumpía sus trabajos. ni sus ejercicios. «No es nada, decía; no es más que mi pequeña fiebrecilla.» El único remedio que puso, remedio más penoso y doloroso que el mal, consistía en sudores provocados varios días seguidos, en particular el verano, que hacían de sus cortas noches una especie de martirio. En los mayores calores, cuando un simple lienzo es una carga, se ponía encima tres mantas, y a sus costados dos grandes frascos de estaño llenos de agua hirviendo. Así pasaba la noche sin descanso, sin sueño, en un calor sofocante. Por la mañana, siempre a las cuatro, , salía del lecho como de un baño. Jergón, sábanas, mantas, todo empapado y chorreando. Se limpiaba solo. Sin aceptar nunca para eso el ministerio de nadie, y se dirigía a la oración.
Qué debían ser los días que sucedían a parecidas noches! El debilitamiento, el insomnio le abrumaban en medio de las ocupaciones y de las visitas. En lugar de ceder al sueño, se levantaba, se mantenía de pie o se colocaba en una postura molesta; y, si el sueño acababa por vencerle, en lugar de excusarse por la enfermedad y la necesidad de la naturaleza, pedía perdón por lo que él llamaba su miseria.
A la fiebrecilla habitual, vino a añadirse una fiebre cuartana que se apoderaba de él una o dos veces cada año. Él no la trataba mejor que a la primera, y ese fue precisamente el tiempo de los mayores servicios prestados a Dios y a sus pobres.
Tenía ochenta años pasados cuando el mal fue más fuerte que el valor. Una erisipela le cansó por largo tiempo, y fue seguida de una fiebre continua de algunos días que acabó en un gran flujo de una pierna. Entonces, a pesar de que lo tuviera, fue necesario guardar cama por algún tiempo, y la habitación por casi dos meses. Por primera vez, se logró que ocupara una habitación con fuego. Él no podía resistir más, ya que su debilidad era tal que le debían llevar del lecho a la chimenea, y de la chimenea al lecho, como a un niño.
La cuaresma del año siguiente, 1657, estuvo marcada por un rechazo general que no le permitió tomar casi ningún alimento. En 1658, fue un mal de ojo, que padeció por largo tiempo sin querer ponerle remedio. El médico había ordenado aplicarle la sangre caliente de un pichón; pero cuando el hermano cirujano trajo el pichón y tuvo que matarlo: «No, no, exclamó, no lo consentiré jamás! Esta inocente ave me representa a mi Salvador, y Dios me ‘podrá curar de otra manera».
Por lo demás, indiferente a la vida y a la muerte, a la salud y a la enfermedad, él lo era a los remedios. Desde que se le había ordenado un medicamento, le sospechaba dañino, y lo tomaba, y se mostraba tan contento del mal efecto producido como del mayor éxito.
Hacia últimos del mismo año, al volver de la ciudad con uno de sus sacerdotes, habiéndose roto el camaranchón del vehículo, volcó, y su cabeza golpeó rudamente contra el pavimento; resultado, amplia herida, doble fiebre y mayor peligro de muerte.
Vicente bendecía más a Dios por ello, y sacaba de sus propios males la ocasión de exhortar a los suyos en sus cartas y en sus conferencias, a la paciencia en las enfermedades. «Es verdad, escribía, que la enfermedad nos hace ver lo que somos mucho mejor que la salud, y que es en los sufrimientos donde la impaciencia y la monotonía atacan con más resolución. Pero como ellas no perjudican más que a los más débiles, habéis aprovechado de que ellas no os han hecho daño, pues Nuestro Señor os ha fortalecido en la práctica de su agrado; y esta fuerza en la propuesta que habéis hecho de combatirlas con valor; y espero que ella parezca mejor todavía en las victorias que lograréis sufriendo en adelante por el amor de Dios, no sólo con paciencia sino también con gozo y alegría».
Y decía a su comunidad, «Hemos de confesar que el estado de enfermedad es un estado molesto y casi insoportable a la naturaleza, y sin embargo es uno de los medios más poderosos de que Dios se sirve para encauzarnos en nuestro deber, para apartarnos de los afectos del pecado y para llenarnos con sus dones y con sus gracias. Qh Salvador que habéis sufrido tanto y habéis muerto para rescatarnos y para mostrarnos cómo este estado de dolor podía glorificar a Dios y servir para nuestra santificación, haznos, os rogamos, conocer el gran bien y el gran tesoro que se oculta bajo este estado de enfermedad! Es así, Señores, como se purgan las almas, cómo las que no tienen virtud tienen un medio eficaz de adquirirla. No se podría encontrar un medio más propio para practicarla. Es en la enfermedad donde se ejercita la fe maravillosamente; la esperanza brilla en ella con resplandor; la resignación, el amor de Dios y todas las virtudes encuentran en ella una materia amplia para ejercitarse. Es entonces cuando se conoce lo que uno lleva y lo que es. Es la medida con la que podéis sondear y saber con mayor seguridad cuál es la virtud de cada uno, si posee muchas, si pocas, o ninguna. Nunca se ve mejor quién es el hombre de la enfermería; es la prueba más segura que se tenga para reconocer a los más virtuosos y a los que lo son menos; lo que nos hace ver qué importante es que estemos bien formados en la manera de comportarnos como es debido en las enfermedades. Oh si supiéramos hacer como un buen servidor de Dios quien, hallándose enfermo en su lecho, hizo de él un trono de mérito y de gloria! Él se revistió de los santos misterios de nuestra religión: en el cielo del lecho puso la imagen de la Santísima Trinidad; en la cabecera la de la Encarnación; a un lado la Circuncisión; al otro, el Santísimo Sacramento; a los pies, la Crucifixión; de este modo, de cualquier lado que se moviera, a derecha o a izquierda, que levantara los ojos a lo alto o abajo, se encontraba siempre rodeado de estos divinos misterios, y como cercado y lleno de Dios. Hermosa luz, Señores, hermosa luz! Si Dios nos diera esta gracia, qué felices nos sentiríamos! Tenemos razón en alabar a Dios porque, por su bondad y misericordia, hay en la Compañía impedidos y enfermos que hacen de su abatimiento y de sus sufrimientos un teatro de paciencia, donde exponen con todo resplandor todas las virtudes. Daremos gracias a Dios por habernos dado tales personas. Ya he dicho muchas veces y no puedo por menos de repetir que debemos apreciar que las personas afligidas de enfermedades en la Compañía son la bendición de la misma compañía.
«Pensemos que las debilidades y las aflicciones vienen de parte de Dios. La muerte, la vida, la salud, la enfermedad, todo viene por la orden de su Providencia; y, del modo que sea, siempre para el bien y la salvación del hombre. Y sin embargo, los hay que sufren muy a menudo con mucha impaciencia su aflicciones, y esto es una falta grande. Otros se dejan llevar por el deseo de cambiar de lugar, de ir aquí, de ir allá, en esta casa, en esta provincia, en su región, so pretexto que el aire allí es mejor. Y ¿qué pasa? Que son gente apegada a sí mismos, espíritus de chiquillas, personas que no quieren sufrir nada, como si las enfermedades corporales fueran males de los que haya que huir. Huir del estado en que Dios nos quiere tener, es buscar su felicidad. Sí, el sufrimiento es un estado de felicidad y santificante de las almas.
«He visto a un hombre que no sabía ni leer ni escribir, que se llamaba hermano Antoine, cuyo retrato está en nuestra sala. Tenía el espíritu de Dios en abundancia; llamaba a todos sus hermanos; si se trataba de una mujer, su hermana; y hasta, cuando hablaba a la reina, él la llamaba su hermana. Todos le querían ver. Le preguntaban un día: «Pero, mi buen hermano, ¿qué hacéis con respecto a las enfermedades que os suceden, cómo os comportáis entonces, qué hacéis para hacer buen uso de ellas? –Las recibo como un ejercicio que Dios me envía. Por ejemplo, si me ataca la fiebre, le digo: Ya la tenemos, a mi hermana la enfermedad, o bien, mi hermana la fiebre, venís de parte de Dios, sed bienvenida; y luego yo sufro que Dios haga su voluntad en mí.» Ved pues, hermanos míos, cómo se servía de ello. Y es de esta manera cómo acostumbran a hacer uso los servidores de Jesucristo, los amantes de la cruz. Eso no impide que no usen los remedios ordenados para el alivio y la cura de cada enfermedad; y, entonces mismo, es hacer honor a Dios que ha creado las plantas, y que les ha dado las virtudes que tienen; pero tener tanta ternura con uno mismo, quejarse por el menor mal que nos sucede, oh Salvador, es algo de lo que nos debemos desprender; sí, acabar con ese espíritu tan tierno para con nosotros mismos. Y volviendo sobre él mismo, exclamó al concluir: «Qué miserable soy, qué mal uso no he hecho de las enfermedades y pequeñas incomodidades que Dios ha tenido a bien que me ocurran! Cuántos actos de impaciencia he cometido! ¡Qué miserable soy, y qué escándalo no he dado a los que me han visto comportarme de esa manera! Ayudadme, hermanos míos, a pedir perdón a Dios por lo pasado y la gracia para que haga en adelante mejor uso de las que su divina majestad quiera enviarme a mis años y en el poco tiempo que me queda de vivir en la tierra.»1
Lo que el santo decía a todos se lo repetía a cada uno en particular, en las visitas frecuentes que hacía a los enfermos. Si veía a alguno desesperado, temblando ante la muerte o la perspectiva de una larga enfermedad, levantaba su valor con alguna palabra de Dios, y añadía, cuando la enfermedad comenzaba: «No tengáis miedo, hermano, yo tuve este mismo mal en mi juventud, y me curé; he tenido el mal de jadeo, y ya no lo tengo; he tenido hernias, y Dios me las ha arreglado; he tenido mareos de cabeza que se disiparon; opresiones de pecho y debilidades de estómago de las que me he recobrado. Esperad con un poco de paciencia; existen razones para esperar que vuestra indisposición se pase, y que Dios quiere servirse todavía de vos. Dejadle obrar, resignaos a él con paz y tranquilidad.»
La mejor predicación era su ejemplo, sobre todo en los largos y crueles achaques de su ancianidad, soportados con un valor tan dulce y tan pacífico. Hemos enumerado y él mismo acaba de desarrollar la serie indefinida de sus males; todo ello no es nada en comparación de lo que tuvo que sufrir, a partir de 1658, por la hinchazón y las úlceras de sus piernas. Hacía cuarenta y cinco años, es decir desde su cautividad de Túnez, que él había sentido los primeros ataques. En este largo intervalo, había tenido tales momentos de penosa debilidad y de hinchazón dolorosa, que no podía ni andar, y que se veía obligado a guardar cama. Por eso, en 1632, año de su entrada en San Lázaro, tan alejado del centro de París y de los asuntos, él debió servirse de un caballo para trasladarse a los diferentes puestos de su caridad y, en 1649, a su regreso de su largo viaje de Bretaña y de Poitou, fue preciso dejar el caballo por la famosa carroza cuya historia ha sido contada en otro lugar.
En lo sucesivo, el mal hizo progresos espantosos. En 1656, alcanzó las dos rodillas. El santo no podía ya ni dominarlos sin gran dificultad, ni levantarse sin grandes dolores, ni caminar sin apoyarse en un bastón. Por último, su pierna derecha se abrió por el tobillo; dos años después se le formaron nuevas úlceras, y siguiendo en aumento el dolor de las rodillas, no le fue ya posible a principios de 1659, salir de la casa. continuó no obstante por algún tiempo bajando a la iglesia para la oración y la misa, y a la sala de las conferencias para presidir las asambleas de los suyos, de los eclesiásticos de los martes, incluso de las Damas de la Caridad, que preferían trasladarse a este extremo de París a verse privadas de la suerte de verle y escucharle.
Pronto, no siendo capaz de subir ni bajar los peldaños de la sacristía, se vio obligado, para celebrar todavía la santa misa, a revestirse y desvestirse en el altar. «Aquí me tienen convertido en un gran señor,» decía entonces riendo, haciendo alusión al privilegio que tienen los obispos de celebrar así.
Hacia finales del año 1659, fue privado del consuelo de celebrar en la asamblea de los fieles, y no pudo ya decir la misa más que en la capilla de la enfermería; algunos meses después, no sosteniéndole ya las piernas, se vio reducido sencillamente a oírla, lo que hizo todos los días, hasta el de su muerte, pero al precio de qué sufrimientos! Para ir de su habitación a la capilla, se arrastraba sobre muletas y este movimiento volvía a abrir sus heridas irritando todos sus dolores. Nada se podía leer en su rostro siempre sereno; pero, la sola vista de sus pasos vacilantes reflejaba a todos el contragolpe de sus torturas.
Además se temía de un momento a otro una caída que, en este estado, podía ser mortal. Le suplicaron pues, en el mes de julio de 1660, que consintiera en la transformación en capilla de la habitación contigua a la suya, lo que le habría permitido oír la misa sin salir: «No, no, dijo; las capillas domésticas no se deben permitir más que en el caso de una grande necesidad que yo no veo en mí. –Ved entonces bien, le respondieron, que se os procure una silla para llevaros de vuestra habitación a la capilla de la enfermería, medida poco costosa, que no se opone a ninguna regla, que os librará de todo peligro y ahorrará a vuestros hijos mortales inquietudes.» Esta propuesta fracasó también ante su humildad y su amor a los sufrimientos. Por fin, el día de la Asunción, seis semanas tan sólo antes de su muerte, incapaz de arrastrarse ni siquiera en muletas, se dejó llevar por dos hermanos, pero con grande confusión y tan sólo hasta la capilla, distante de su habitación de unos treinta o cuarenta pasos.
Qué martirio! Le sobrevino también una retención de orina, achaque para él no menos doloroso y más incómodo y humillante. No queriendo aceptar ningunas ayuda, se agarraba entonces a un cordón atado a una viga de su habitación y, en medio de dolores intolerables, no se le oía proferir más que este solo grito: «Ah Salvador mío, mi bien Salvador!» Al mismo tiempo ponía los ojos en una pequeña cruz de madera, conservada todavía entre sus reliquias que había mandado poner enfrente de él para sacar fuerzas y consuelo al mirarla.
Más crueles todavía que sus días eran sus noches. Incluso entonces, no quiso otra cama que un duro colchón en el que pasaba cinco o seis horas menos en el descanso que en nuevos sufrimientos. De día, sus úlceras manaban de tal abundancia que el arroyuelo fluía hasta el suelo, pero el propio hecho de manar aligeraba sus males; de noche, los humores y las serosidades , endurecidas por el calor del lecho, se detenían en las junturas de las rodillas donde causaban dolores indecibles. Él mismo lo confesó, primero en una carta, luego a uno de sus sacerdotes. «Os he ocultado todo lo posible sobre mi estado, escribió a una persona de confianza íntima, y no he querido haceros saber mi incomodidad, por miedo a contristaros. Pero, Dios mío, ¿hasta qué punto seremos tan tiernos para no atrevernos a contar la felicidad que tenemos de ser visitados por Dios? Quiera Nuestro Señor hacernos más fuertes y hacernos ver nuestro agrado en el suyo!» Y habiéndole dicho uno de sus Misioneros: «Me parece que vuestros dolores aumentan de día en día. –Es verdad, respondió él, que, desde la planta de los pies a la coronilla, yo los siento aumentar. Pero, ay, qué cuenta tendré que dar en el tribunal de Dios, ante quien debo comparecer pronto, y yo no hago buen uso de ellos!»
Pero no quiso que le compadecieran sobre todo si la queja parecía un murmullo contra la Providencia. Este mismo misionero, entrando un día en su habitación en el momento que le vendaban las piernas ulceradas, y viéndole sufrir mucho, le dijo: «Oh Señor, qué molestos son vuestros dolores! –Qué! interrumpió el santo anciano, ¿llamáis molesta la obra de Dios y lo que él ordena, haciendo sufrir a un miserable pecador como soy yo? Dios os perdone, Señor, lo que acabáis de decir, pues no se habla así en el lenguaje de Jesucristo! ¿No es justo que sufra el culpable, y no somos más de Dios que de nosotros mismos?»
Todo era para él una ocasión de de humillarle. El 25 de agosto, su secretario Du Courneau le habló de la magnífica entrada que se preparaba a la joven reina María Teresa: «Hermano mío, respondió: ojalá quisiera Dio que yo recibiera tanta confusión como honores recibirá ella1· Y al día siguiente, cuando le contaban esta fiesta soberbia, él repitió: «todo el día he deseado ser tan humillado como honradas han sido Sus Majestades por sus súbditos.»
Entretanto se debilitaba y disminuía todos los días, continuando no obstante tratándose con el último rigor, y apartando hábilmente, en sus mayores desfallecimientos, todos los alivios que se le procuraban. La Sra. de Aiguillon y las demás damas de la Caridad, asustadas por la descomposición de sus rasgos, por su debilidad creciente, informadas de las dificultades que ponía a los platos convenientes que le ofrecían, hablaron con el médico para establecer un régimen cotidiano, en el que entraban consomés y alguna ave; luego presentaron este plan de alimentación a su firma para obligarle a seguirle en todos sus puntos. Firmó por caridad y se hizo el deber de mantener la palabra. Pero, a partir del primer día o del segundo, su corazón o su estómago, durante tiempo desacostumbrados a una alimentación tan delicada, se sublevaron, y pidió por favor a las Damas y a sus hermanos que le dejaran vivir a su manera. Hubo que dejarle al régimen de la comunidad.
Su espíritu siempre libre, su alma siempre fuerte y activa en un cuerpo aniquilado continuaban dirigiendo a su congregación y sus obras. De su sillón, donde el dolor le tenía inmóvil, él estaba presente y presidía todo. Allá recibía todas las clases de visitas del exterior y del interior, siempre sonriendo, siempre sereno, siempre dulce y afable en su tono, en sus palabras y sus maneras. Le pedían noticias de su mal: «Es poca cosa,» respondía; o bien: «¿Qué es eso en comparación con los sufrimientos de Nuestro Señor y de los castigos del infierno que yo he merecido?» y cambiaba certeramente el discurso; y de sus penas que quería se olvidaran pasaba a las penas del visitante para compartirlas y consolarle. Entonces, a pesar de la dificultad que tenía en hablar, prolongaba la conversación y mantenía el diálogo más de media hora, con tanta gracia y vigor, orden y unción como en sus mejores días.
Al mismo tiempo, se entregaba a las funciones de su cargo. Reunía a menudo a los oficiales de su casa y a sus asistentes; les hablaba a todos juntos, o a cada uno en particular, según lo exigían las circunstancias; les hacía dar cuenta del estado de los asuntos, deliberaba con ellos y les daba sus órdenes; regulaba las Misiones, destinaba a ellas a los más idóneos, los llamaba donde él y les trazaba su plan de conducta.
No menos celoso con las compañías del exterior de las que estaba encargado que con su propia congregación, enviaba a algunos de sus sacerdotes a ocupar el lugar que él no podía; pero, en adelante, sobre todo en los asuntos importantes, él les había dado una lección tan sabia y tan detallada, que no tenían más que repetir y que seguir. Era siempre él quien hablaba y quien actuaba por ellos. Por su correspondencia ininterrumpida hasta la víspera o antevíspera de su muerte, él ejercía su acción a distancia y de cerca. La claridad y la sabiduría de sus respuestas no dejaban sospechar en provincias el estado de su salud. Las cartas le llegaban cada día más numerosas. Las leía todas, a todas respondía. Hasta tomaba a veces la iniciativa para transmitir bien sea las noticias de la comunidad, bien las órdenes útiles para el bien de la Iglesia y de los pobres.
Se aprovechó de un resto de fuerza para pagar un último tributo de gratitud a sus dos más ilustres bienhechores, el cardenal de Retz y el reverendo Padre de Gondi.
Retz no era ya el héroe de la galantería y de la intriga. Al año siguiente, iba a regresar a Francia, hacer su paz con Luis XIV, dimitir de su arzobispado y recibir en cambio la abadía de Saint-Denis. Se conoce el resto de su vida. «Si vivió en Catilina en su juventud, ha dicho Voltaire, en su ancianidad vivió en Atticus». Hizo algo mejor: vivió como cristiano y como sacerdote penitente. Después de un periodo bastante largo en su tierra de Commercy, en Loraine, quiso renunciar al capelo y encerrarse en un retiro absoluto. Roma no aceptó su renuncia la cardenalato; pero él se retiró a Saint-Mihel, vendió sus bienes y pagó sus deudas, y pasó es resto de sus días en una penitencia de la cuya amabilidad a la vez y sinceridad nos hablan todos los escritores del tiempo, con la Sra. de Sévigné a la cabeza.
Retz estaba en la víspera de conocer esta nueva vida, en la que el recuerdo de Vicente de Paúl no fue sin duda extraño, cuando le escribió el santo; «Monseñor, tengo motivos de pensar que es esta la última vez que tendré el honor de escribir a Vuestra Eminencia, por causa de mi edad y de un achaque que me ha llegado, los que tal vez me van a conducir al juicio de Dios. En esta duda, Monseñor, suplico muy humildemente a Vuestra Eminencia que me perdone si en algo os he desagradado en alguna cosa sin quererlo, pero nunca lo hice con premeditación. Me tomo también la confianza, Monseñor, de encomendar a Vuestra Eminencia a su pequeña compañía de la Misión, que ella ha fundado, mantenido y favorecido, y que, siendo la obra de sus manos, le está también muy sumisa y agradecida, como a su padre y a su prelado. Y mientras tanto ella rogará a Dios en la tierra por Vuestra Eminencia y por la casa de Retz, yo le recomendaré en el cielo a una y a otra, si su divina bondad me concede la gracia de recibirme allí, como lo espero de su misericordia y de vuestra bendición. Monseñor, que pido a Vuestra Eminencia, postrado en espíritu a vuestros pies, hallándome como me hallo entre la vida y la muerte, soy en el amor de Nuestro Señor, etc.»
El mismo día, escribía al antiguo general de las galeras:
«Monseñor, el estado caduco en que me encuentro y una pequeña fiebre que he cogido me hace tomar, en la duda del acontecimiento, esta precaución para con vos, Monseñor,, que es de postrarme en espíritu a vuestros pies pediros perdón por los descontentos que os he dado por mi rusticidad, y para agradeceros muy humildemente, como lo hago, por el apoyo caritativo que tuvisteis conmigo y por los innumerables favores que nuestra pequeña congregación, y yo en particular, hemos recibido de vuestra bondad. Os aseguro, Monseñor, que, si es del agrado de Dios continuar con las fuerzas de pedírselo, yo las emplearé en este mundo y en el otro a favor de vuestra querida persona y de aquellas que os pertenecen, deseando ser, en el tiempo y en la eternidad, vuestro, etc.»
Inútil añadir que, entre estas ocupaciones tan agotadoras para un anciano moribundo, los ejercicios de piedad seguían su curso ordinario. Él los multiplicaba incluso en sus últimos días, para preparase inmediatamente a la muerte. Hacía largos años sin embargo que lo hacía, no sólo mediante sus obras admirables, sino mediante actos particulares. Cada día después de su misa recitaba las plegarias de los agonizantes y de la recomendación del alma; y, por la tarde, se ponía en estado de responder por la noche, si era preciso, a la llamada de Dios.
Todas estas prácticas no fueron conocidas sino por casualidad, o más bien por un permiso singular de la Providencia. Un poco antes de la muerte de Vicente, un sacerdote de San Lázaro escribió a un cohermano su triste estado y los temores de la Compañía; y, sin reflexionar, él fue según la costumbre a entregarle la carta para que la leyera. El venerado superior la leyó en efecto. A estas palabras de la carta: «El Sr. Vicente disminuye a simple vista, y parece ser que le perderemos pronto», se conmovió y se detuvo. Lejos de reprochar la imprudencia del Misionero: «es un consejo saludable, se dijo, que este buen sacerdote me ha querido dar y un aviso para que esté preparado.» Y un momento después, su humildad inquieta se preguntó: «¿No habría tenido yo la desdicha de dar a este sacerdote algún motivo de pena y de escándalo?» Enseguida le llamó. «Señor, le dijo, os agradezco muy humildemente por el buen aviso que me habéis dado. Me habéis complacido mucho, os lo aseguro; os ruego que pongáis el colmo a esta caridad dándome a conocer los demás defectos que habéis reconocido en mí. –Oh señor, respondió el pobre Misionero confuso y desconcertado, os aseguro a mi vez que no he pensado en absoluto en daros una lección y que no he faltado sino por inadvertencia. –Tranquilícese, y consuélese, replicó el santo anciano, que no por eso habría yo dejado de amarle y honrarle menos. Y en cuanto al aviso que yo estimaba que queríais darme, le diré que Dios me ha dado la gracia de olvidarme de ello; y se lo digo con el fin de que no se escandalice al no verme hacer preparaciones extraordinarias. Hace dieciocho años que no me he acostado sin ponerme en la disposición de morir la misma noche.»
Hacía mucho más aún que el santo vivía en este pensamiento y en este ejercicio, ya que se ha encontrado este papel escrito de su propia mano más de veinticinco años antes: «Me caí peligrosamente hace dos o tres días, lo que me hizo pensar en la muerte. Por la gracia de Dios, yo adoro su voluntad , y me someto a ella de todo corazón; y, examinándome sobre lo que me podría preocupar, encontré que no había nada, sino que aún no hemos hecho nuestras reglas.»
Este siervo fiel tenía pues desde hacía tiempo, como el del Evangelio, bien ceñidas las espaldas y la lámpara encendida para salir al encuentro de su Señor y abrirle una vez que llamara a la puerta. Ese momento supremo le estaba siempre presente, y se lo recordaba siempre a los suyos. «Uno de estos días, les repetía, el miserable cuerpo de este viejo pecador, será colocado en tierra; será reducido a cenizas, y lo hollaréis» Y cuando le preguntaban su edad: «Hace tantos años, respondía, que abuso de las gracias de Dios. Heu mihi quia incolatus meus prolongatus est. Ay, Señor, vivo demasiado tiempo, porque no hay enmienda en mi vida y mis pecados se multiplican con el número de mis años.» Y, cuando anunciaba la muerte de uno de sus Misioneros, añadía: «Vos me dejáis, mi Dios, y os lleváis a vuestros siervos. Yo soy esta cizaña que estropea el buen grano que recogéis, y aquí sigo yo ocupando inútilmente la tierra: Ut quid terram occupo? Pues bien, Dios mío, que se cumpla vuestra voluntad y no la mía!»
Aprovechaba la ocasión de su estado para llevar a los demás a la meditación de la muerte, saludable pensamiento entre todos, mientras esté animado de confianza en la bondad de Dios; y escribía a una persona que tenía de la muerte un temor demasiado vivo y demasiado exclusivo: «El pensamiento de la muerte es bueno y Nuestro Señor lo ha aconsejado y recomendado; pero debe ser moderado. Y no es conveniente que lo tengáis siempre presente en el espíritu; es suficiente con que lo tengáis dos o tres veces al día, sin deteneros no obstante en él mucho tiempo; e incluso, si os sentís inquietada por él, no os detengáis en absoluto, y apartadle suavemente.»
Sin embargo el ruido de la enfermedad y de la muerte inminente del santo sacerdote se difundió por Francia y por Italia. Muy pronto, Alejandro VII, conociendo cuánto importaba a la Iglesia su conservación, le hizo llegar un breve para dispensarle del oficio divino que él se obstinaba santamente en recitar. Los cardenales Durazzo, arzobispo de Génova, Ludovisio, gran penitenciario de Roma, y Bagni, en otro tiempo nuncio en Francia, les escribieron por separado para invitarle a conservar los días tan preciosos para la gloria de Dios y del bien de los pueblos. Se puede juzgar de estas cartas por la del cardenal Durazzo:
«Las funciones de los sacerdotes de la congregación de la Misión se desarrollan siempre en bien del prójimo, por el impulso y el movimiento que reciben de la dirección y ejemplos de su superior general; lo que es causa de que toda persona bien intencionada debe, a este fin, rogar a Dios que le prolongue la vida y le dé una perfecta salud, para hacer más larga la duración de un tal bien. Y como profeso un gran interés por el progreso feliz este santa Instituto, y he alimentado un afecto lleno de ternura hacia vuestra persona; informado de vuestra edad, de vuestras fatigas y de vuestros méritos me siento obligado por necesidad a suplicaros, como lo hago, que os sirváis de la dispensa de Su Santidad, de anteponer el cuidado de vuestra persona en el gobierno de sus queridos hijos y de negar a la devoción de vuestro espíritu las ocupaciones que pueden causar perjuicio al largo mantenimiento de vuestra vida y ello para el mayor servicio de Dios.»
Esta carta, fechada en Roma, el 20 de setiembre de 1660, no pudo, como las demás llegar a París hasta después de la muerte del siervo de Dios. Por la fecha en que fue escrita, la debilidad habitual y creciente, el insomnio de las noches, le producían un sopor contra el que no podía luchar más. Veía en ello la imagen y al precursor de la muerte próxima. «Es el hermano, decía sonriendo, que viene a esperar a la hermana.» No obstante, la anteúltima semana de su vida, se encontró algo mejor. Todos los días comulgó en la misa, en la capilla. Él había debido trabajar mucho esa semana, porque una partida de Misioneros y hermanas para Polonia, la salida de algunos sacerdotes de la congregación, y la elección de la superiora de las Hijas de la Caridad, le habían dado nuevas ocupaciones. Pero, el 25 de setiembre, hacia mediodía, el sopor fue más profundo que de ordinario. Esta vez era claro el mensajero de la muerte, pues el santo no tenía más que un día de vida.
II. Última jornada.
Uno de sus sacerdotes, Gicquel, hizo un diario de esta última jornada. El domingo, 26 de setiembre, Vicente se hizo levantar y vestir, aunque ya un poco adormecido, luego llevar a la misa, en la que comulgó; después el sopor se hizo tal que, el médico, al regresar, le juzgó en peligro. Una ligera purga le despertó; pero, por la tarde, le volvió el entumecimiento, y hacia las seis y media se creyó prudente administrarle la extremaunción. D’Horgny, que debía cumplir este doloroso ministerio, acompañado de algunos sacerdotes de la comunidad, interrogó primero, según la costumbre, al venerable enfermo: «Señor, ¿no queréis recibir los últimos sacramentos? –Sí. -¿Creéis todo lo que cree la Iglesia? -¿Creéis en un solo Dios en tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo? –Sí.».
Cada una de estas interpelaciones a su fe, siempre viva en su cuerpo desfigurado, le arrancaba de su sueño, y él hacía esfuerzo para responder; pero a penas podía pronunciar dos o tres palabras inteligibles seguidas; el resto de perdía en un cuchicheo que los asistentes no entendían.
Acabadas las preguntas ordinarias, d’Horgny prosiguió: «Pedís perdón a todos? –De todo corazón.
•¿Perdonáis vos a todos? –Nunca nadie…» Y él se detuvo en esta frase, cuyo final evidente era: «me ha ofendido.»
En su nombre, d’Horgny pronunció los actos acostumbrados de fe, de esperanza, de confianza, de dolor, de ofrenda, de amor; Y añadió: «Señor, vamos a decir el Confiteor por vos, y vos diréis tan sólo mea culpa dándoos golpes de pecho.» Pero el santo reuniendo todas sus fuerzas, recitó él mismo el Confiteor entero.
Entonces se comenzaron las unciones; a cada una hacía esfuerzos por escuchar y respondía Amen A la última volvió un poco en sí; abrió los ojos y los paseó por los asistentes con una alegre sonrisa . Éstos quisieron aprovechar este despertar y le pidieron la bendición para todos sus hijos: «No es a mí…» y, presa repentina del sopor, no pudo acabar la humilde frase que le hemos oído proferir más de una vez: «No me pertenece a mí, indigno, miserable, bendeciros.» Su cabeza se había inclinado sobre el pecho y así seguía. Para aliviarle, la apoyaron sobre un lienzo que unos hermanos sostuvieron por turno toda la noche.
Hacia las nueve de la noche, los antiguos de la comunidad, entre otros Bécu, Grimal, Bourdet, vinieron a hacerle su última visita. Como palabra de adiós, cada uno le dirigía una palabra de la Sagrada Escritura: Paratum cor meum, etc.; y, como a la voz del ángel de la resurrección, salía un instante de su sueño y repetía Paratum … En uno de esos momentos rápidos de lucidez, d’Horgny y Berthe le renovaron la súplica de su bendición para todos sus hijos, amigos y bienhechores, y esta vez, levantando los ojos y encontrándose con los de su hijos postrados, respondió muy claramente: «Dios os bendiga!» Los ancianos se retiraron entonces consolados, llevándose esta bendición como un legado precioso de su padre. Los más jóvenes o los más fuertes, entre otros Gicquel y Berthe, se quedaron toda la noche, tratando de sugerirle, cada cuarto de hora, algunas palabras santas: Mater gratiae, Mater misericordiae! y él repetía: Mater gratiae…: o también: Mater Dei memento mei! aspiraciones que repitió enteras. Pero lo que le gustaba repetir, lo que él mismo profería, era la invocación, Deus, in adjutorium.
Hacia las once, un sudor le inunda por completo, y de repente el pulso resulta insensible, pronto el sudor se hiela, y se piensa en su última hora. D’Horgny es requerido a toda prisa junto con Berthe, Bourdet, Bécu y de Monchy, y le hacen la recomendación del alma. Uno de ellos, Gicquel, grita: «Jesús!» y el santo moribundo hace eco. –Deus, in adjutorium, grita otro, y el eco debilitado sólo puede repetir muy bajo Deus:.. Entretanto el calor vital ha vuelto y el pulso comienza a latir. Le presentan alguna bebida: él cierra los dientes; le ponen en los labios algo de caramelo, que rechaza; el hermano Alexandre le aplica a la nariz un poco de polvo cefálico para despertarle; estornuda y cae en sus sopor. A la palabra Propitius esto, proferida por d’Horgny, repite a pesar de todo Propitius esto!
Hacia la media noche y cuarto, el hermano Nicolás le grita: «Señor!» Se despierta una vez más, mira dulcemente y dice: «Qué pasa, hermano mío» y vuelve a caer.
A la una y media, le piden una nueva bendición para su familia: «Dios la bendiga», responde: y recogiendo todavía sus fuerzas, levanta la mano y añade: Qui coepit opus, ipse perficiet. –»Señor, dice entonces d’Horgny, vuestra bendición también para los Señores de la conferencia de los martes2. –Sí. -Para las Damas de la Caridad. –Sí. –Para las mujeres del Nombre de Jesús. –Sí. –Para todos los bienhechores y amigos. –Sí. »
A las dos, un segundo sudor le cubre. Su rostro es primero bermejo y muy luminoso, luego se queda blanco como la nieve. Gicquel viendo su gusto por el Deus, in adjutorium, se lo repite sin cesar: «Es suficiente con una palabra,» responde el moribundo, arrancado tal vez por esta interpelación demasiado frecuente a las santas visiones del cielo
Uno de sus sacerdotes comienza el Credo: Credo in Deum Patrem; él responde: Credo, y besa el crucifijo que tenía en la mano; –Credo in Jesum Christum; –Credo, repite y besa su crucifijo, y lo mismo a todos los artículos del símbolo. Spero, prosigue el sacerdote; in te speravi; in Domino confido; –Confido, repite con una alegría sonriente y besa otra vez el objeto de su fe, la prenda de su confiada esperanza, su crucifijo.
Un poco antes de las cuatro se cubre otra vez de un rojo bermejo; parece todo en llamas; luego el rojo se va y queda reemplazado de una blancura de nieve. Le sugieren otras invocaciones que balbucea moviendo los labios sin poder cerrarlos. Esta vez es la muerte que llega. Algunos hipos anuncian que ha entrado en el trabajo de la agonía; trabajo rápido de un cuarto de hora lo más, ya que la tarea estaba realizada hacía mucho tiempo, y no tenía ya más que expiar. Por eso, ni esfuerzos, ni convulsiones; apenas una respiración más fuerte, y su alma había regresado a Dios.
Eran un poco más de las cuatro. Hora sagrada, a la que se levantaba cada día desde hace más de cincuenta años. ese día supremo fue fiel a su regla y, a las cuatro y media, estaba otra vez delante de Dios, pero esta vez para gozar de él eternamente.
Había muerto en su sillón, vestido, junto al fuego. Siguió sentado en su primera actitud. Tan sólo su rostro adquirió un aspecto de sonrisa venerable, que era como un reflejo enviado del cielo por su alma bienaventurada.
Pusieron su santo cuerpo en su lecho, lo lavaron con una esponja preciosamente conservada hoy todavía. Unos Hermanos, de los que uno era el Hermano du Bourdieu, más tarde cónsul en Argel, procedieron luego a amortajarle. Todo este día y toda la noche siguiente, seis eclesiásticos con roquete se colocaron a ambos lados y recitaron el oficio de los difuntos. Ilustres personajes, presidentes, consejeros en el parlamento, vinieron a visitarle con lágrimas. Todos le pasaban rosarios, ropas, y le besaban las manos y los pies3.
Mientras tanto, todos los sacerdotes que no pertenecen al seminario interno reciben el aviso de hallarse a la una reunidos en la enfermería Saint-Luc. Berthe abre la asamblea, compuesta de unos cuarenta miembros. Se lee el artículo de las constituciones relativo a elección del vicario general de la Compañía durante la vacante de la superioridad; a continuación se presenta un cofrecillo que contiene la nominación del primer vicario general, que el santo fundador se había reservado. Se abre, y en un billetito se reconoce la letra y el sello de Vicente. El boleto confiaba al René Almeras el vicariato general. Éste, muy tembloroso, se excusa; pone por pretexto sus debilidades y su incapacidad; pide que se vote su exclusión. Todos respetan la última voluntad del santo, que su conocimiento de la capacidad y de las virtudes de Almeras se la hacen más sagrada todavía. A Almeras no le queda más que inclinarse a la voluntad de Dios, manifestada por la voluntad de su padre y de sus hermanos. Sin embargo, cae de rodillas, suplica que le liberen de esta carga que sus achaques, en los propios términos de las constituciones, le hacen incapaz de llevar. De rodillas también, la asamblea decide que no existe razón suficiente de exclusión. Entonces, Almeras baja la cabeza y da su primera bendición.
III. Funerales.
Durante este tiempo se hacían los preparativos para los santos funerales, fijados para el día siguiente martes. Se había abierto el cuerpo. Las partes nobles se mantenían sanas. Las gentes del arte disertaron mucho sobre un hueso blanco, algo alargado, bastante parecido a una ficha de marfil, que se había formado en el hígado. Los cristianos y los familiares del siervo de Dios atribuyeron este fenómeno a la violencia que se había hecho para combatir su humor severo y melancólico. Así es como se había encontrado la hiel de san Francisco de Sales endurecida, resecada, dividida en un gran número de piedrecitas, y en lo que se había visto el resultado de una dura y larga lucha contra un temperamento colérico por naturaleza.
Se pusieron aparte entrañas y corazón. La Sra. de Aiguillon encargó un relicario de plata en forma de corazón apoyado en cuatro ramas del mismo metal y coronado de una llama dorada; todo, de una altura de catorce pulgadas.. allí se encerró el corazón de san Vicente de Paúl en una mixtura de harina. Le seguiremos su destino.
El santo se había quedado expuesto el martes 28 de setiembre hasta mediodía, parte en una sala, parte en la iglesia de San Lázaro, en la capilla dedicada a san Pedro. Durante toda esa mañana, los Misioneros hicieron vanos esfuerzos para apartar a la muchedumbre. Le rasgaban las ropas. Algunos le arrancaban cabellos o pelos de la barba. Por fin comenzaron los funerales que se vieron honrados con la presencia del príncipe de Conti, de Piccolomini, arzobispo de Cesárea, nuncio del papa, de seis obispos, de los presidentes Mortier, de Nesmond y de Mesmes, de varios párrocos de París, de un gran número de eclesiásticos y de miembros de diversas órdenes religiosas4. Estaban allí también la princesa de Conti, la duquesa de Aiguillon, «una gran multitud de señoras de calidad, de aquellas en particular que el Sr. Vicente había reunido,, desde hacía tanto tiempo, los miércoles, para la asistencia de los enfermos del Hôtel-Dieu y de las pobres provincias desoladas por las calamidades públicas.» Es lo que Bossuet nos dice, como testigo ocular, en su testimonio de 1702, sobre las virtudes eminentes de Vicente de Paúl. Bossuet asistía pues en persona a la ceremonia fúnebre y había venido , con casi todos los eclesiásticos de los martes a rendir sus últimos deberes al santo sacerdote a quien al que le gustaba hacerle homenaje de su espíritu sacerdotal. El pueblo y los pobres, los privilegiados del caritativo difunto, no se podían contar. El cuerpo, colocado en un ataúd de plomo, encerrado a su vez en uno de madera, fue inhumado debajo del águila en una tumba labrada y cuadrada. Las entrañas fueron depositadas en la nave hacia el medio del tabique de la balaustrada. Sobre el ataúd de plomo se colocó una placa de cobre destinada a recibir esta inscripción:
Hic jace venrabilis vir Vincentius a Paulo, praesbyter, fundator, seu institutor, et primus superior generalis congregationis Missionis, necnon Puellarum Charitatis. Obiit die 27 september anni 1660, aetatis vero suae 85. Praefuit annis 35.
Esta inscripción estaba grabada sobre una imagen que tenía la forma de un corazón apoyado en dos ángeles y llevado por otros dos a su patria superior. Bajo el corazón estaba figurada una pequeña tumba sobre el que estaba sentado un ángel: dos ángeles más sostenían una colgadura con la que estaba envuelto el corazón5.
Hecha la inhumación, pero no cerrada la tumba aún, cuando de Montmorin, arzobispo de Vienne, pidió el consuelo de contemplar al santo por última vez y, una vez conseguido, le besó las manos6.
Se comprende fácilmente que en esta asamblea fúnebre las Hijas de la Caridad estaban en gran número, ellas, el objeto privilegiado de los cuidados y del puro afecto de Vicente de Paúl y, por consiguiente, sintiéndose más huérfanas que el resto de su familia, más dolorosamente afectadas por su pérdida, que todas las demás. . entonces, a la cabeza de su compañía se veía a Margarita Chetif, la nueva superiora nombrada hacía algunos días apenas, y ya privada de aquél con quien contaba apoyarse en la dirección de sus hermanas. Su abatimiento, sus lágrimas daban compasión a todos y en particular a sus hijas. Por eso, al salir de la iglesia, todas, tanto las de las parroquias como las de la comunidad fueron a abrazarla, y le hicieron por todo lo alto, comenzando por las más mayores, su renovación de obediencia. «Consuélese, madre, le decían ellas con tanta cordialidad como de nada más, consuélese; no lo sentirá tanto como le piensa; le prometemos ser más atentas y más afectas que nunca.»7 El espíritu de Vicente se había quedado con sus Hijas.
Al cabo de un par de meses, se reunió una asamblea más numerosa todavía en la iglesia colegial de Saint-Germain-l’Auxerrois. Los eclesiásticos de la conferencia de los martes quisieron que se celebrara allí, corriendo ellos con los gastos, en honor de su venerado superior, un magnífico servicio. Allí, el 23 de noviembre, se unieron a ellos todos cuantos, en tan gran número, para quienes la memoria de Vicente era querida. Henri de Maupas du Tour, obispo de Puy, durante largos años, comensal de Vicente, testigo atento y afectuoso de su hermosa vida, pronunció la oración fúnebre. Su problema era limitarse en un tema tan amplio, dijo, como para predicar toda una cuaresma. Se había prometido no hablar más de dos horas; dos horas, en efecto, tan sólo ocupó el pulpito, pero debió abandonarlo antes de haber dicho todo su discurso entero. Refirió todo el elogio de su héroe, cuya «alabanza,-ese fue su texto, -queda establecida en el Evangelio por todas las Iglesias ,» a las dos virtudes de humanidad y de caridad, las dos virtudes dominantes, en efecto, de san Vicente de Paúl, madre e hija una de la otra. Esta es tal vez la mejor página que resume muy bien la vida y la obra de Vicente, y muestra que en esta fecha incluso de 1660, dos meses tan sólo después de su muerte, se comprendía ya, casi como nosotros lo hacemos hoy, toda la grandeza de su desempeño, toda la inmensidad de los servicios que ha prestado a Francia y a la Iglesia.
«Señores, exclamó el obispo del Puy, es preciso que os lo digan con libertad y sin ningún acaloramiento de discurso: es Vicente de Paúl a quien la mano de Dios escogió para llevar a su pueblo las tablas de la ley; es él quien, por si celo admirable y el de sus dignos hijos, ha santificado a millones de almas en las Misiones, quien ha procurado los auxilios espirituales y temporales a provincias enteras, arruinadas por las calamidades de las guerras; quien ha retirado a miles de criaturas de las puertas de la muerte; quien ha salvado del último naufragio almas desdichadas las cuales, por una funesta alianza y casi necesaria, había unido a una profunda ignorancia de nuestros sagrados misterios y de las verdades cristinas necesarias a la salvación, una prostitución vergonzosa al crimen y al libertinaje, y que parecían, en una palabra, no deber nunca conocer a Dios sino por el rigor de sus venganzas y la eternidad de los suplicios. Sí, Señores, es preciso que lo escuchéis: es él mismo, es este Vicente de Paúl quien ha cambiado casi el rostro de la Iglesia por las conferencias, por las instrucciones, por tantos seminarios cuyas fundaciones él ha patrocinado; es él quien ha restablecido la gloria del clero a su primer esplendor por los ejercicios de los ordenandos, por los retiros espirituales, por la apertura de su corazón y de su casa, cuando él ha extendido los brazos a los que llegaban, para abrazar amorosamente a todos los que querían aprovecharse en esta santa escuela de la verdadera disciplina eclesiástica; es él quien ha sacado del desorden a tantos ministros de los altares que, sin seguir las reglas de una vocación legítima, se habían comprometido temerariamente en las funciones temidas de estos sagrados ministerios por motivos profanos de un interés sórdido. Es él quien ha formado a tan grandes individuos para ocupar de vicarios generales, de oficiales, de gerentes, de promotores, en muchas de nuestras diócesis, y quien incluso ha preparado a tan grandes prelados para Francia; es él quien ha servido de instrumento y de órgano en todos los mayores planes y más importantes asuntos, para la gloria de Dios, y para el adelanto de la religión, y para la felicidad del Estado. Y, no obstante, después de tantas coronas de gloria que hay que colocar en la cabeza de este gran hombre, verle muy oculto bajo los velos de su humildad, todo oscurecido bajo las más sombrías noches de los más profundos abismos, todo sumergido en la vista de su nada, todo ardiente con un deseo extremo de ser tratado como objeto del último desprecio; es esta humildad consumada, Señores, la que merece la alabanza de los hombres y la estima de los ángeles.»8
Todo el discurso no es de esta calidad. Comporta con demasiada frecuencia un mal gusto que no había desaparecido del todo: estaba salpicado de griego, de citas de poetas profanos; juegos de palabras vienen a estropear hermosos pensamientos, y un cierto pedantismo resfría un sentimiento verdadero. Sin embargo, del discurso y de la ceremonia, Bossuet, presente en uno y en otra, ha podido decir con verdad: «Este servicio fúnebre fue magnífico; el obispo del Puy, que escuchamos, duró dos horas; y el conocimiento particular que monseñor obispo del Puy tenía del siervo de Dios, unido a las ostras cualidades ilustres de este prelado, le atrajeron ese día una atención extraordinaria de su auditorio, muy numeroso y célebre. Hubo entonces muchas lágrimas derramadas en particular por la humildad profunda y la incomparable caridad para con los pobres que descubrió en la persona del venerable siervo de Dios.»9
Aparte de este servicio solemne de Saint-Germain-l’Auxerrois, una multitud de sacerdotes seculares y regulares, de comunidades, de iglesias parroquiales y catedrales, rindieron a Vicente de Paúl el mismo deber de caridad y de gratitud. Citemos sólo la metrópolis de Reims, que fue una de las primeras en pagarle este tributo, en recuerdo de los grandes bienes que había hecho a la Champaña..
Al mismo tiempo, los testimonios de pésame y de elogios llegaban de todas partes y de todos los rangos a San Lázaro, de Francia y del extranjero. «La Iglesia y los pobres acaban de sufrir una gran pérdida,» exclamó Ana de Austria quien, como lo dirá más tarde Luis XIV, «había distinguido las virtudes del siervo de Dios por tantas señales de confianza.» Tal fue también la exclamación de Piccolomini, nuncio de Francia, ; o más bien tal fue la exclamación unánime, universal.
La reina de Polonia escribió: «Siento un gran dolor por la pérdida que hemos tenido del buen Sr. Vicente. Siempre profesaré una gran estima a su memoria.» Y, para consolarla, Almerás debió enviarle el crucifijo del santo y una parte de su rosario.
El príncipe de Conti dijo al salir de los funerales: «No he conocido nunca a nadie en quien se haya visto una humildad tan grande, un tan grade desprendimiento, una tan grande generosidad de corazón, como en el Sr. Vicente. la Iglesia ha perdido en él a un hombre lleno de todas las virtudes y sobre todo de una caridad que se extendía a todas partes».
Algunos días después, era un testigo mejor y desde hacía largo tiempo informado también; era el P. De Gondi quien decía: «Lo que yo he admirado entre las virtudes de este querido difunto ha sido su humildad, su caridad y su gran prudencia en todo. Nunca he advertido ni oído decir que haya cometido ninguna falta contra estas virtudes, aunque haya estado diez o doce años conmigo. Nunca he sabido que haya tenido el menor defecto; por eso le he tenido siempre por santo.»
Y el presidente de Lamoignon quien le había conocido mucho él mismo y había oído hablar de él a su madre y a su hermana, escribía por su parte: «Toda Francia ha perdido en la muerte del Sr. Vicente, y tengo, por mi parte, muchos motivos para estar sensiblemente impresionado por una tan grande pérdida. Mas si, en el dolor que ella me causa, algo puede consolarme, no será más que por los medios de testimoniar a la congregación de la Misión la veneración que siento por la memoria de su fundador.»
El ilustre marqués de Pianezze se consolaba por el pensamiento de la felicidad de la que gozaba en el suelo a quien se lloraba en la tierra, , y escribía: «El feliz tránsito del Sr. Vicente debe más bien producir gozos que aflicción; y, aunque la pérdida de los hijos sea incomparable, la felicidad del padre es infinitamente mayor, y la caridad nos convida a participar de sus dichas. Este gran personaje no llevará nuestros intereses menos vigorosamente donde esté que cuando se hallaba en la tierra; es lo que creo que me debe consolar en este funesto accidente.»
Las comunidades que Vicente había servido o dirigido se mostraron satisfechas en alto grado de su caridad y de su sabiduría, y todos aquellas con las cuales había tenido sencillamente relaciones pasajeras, como la Compañía de Jesús, declararon «que nunca se había visto una falta en su conducta.» Así hablaron sobre sus virtudes y su dirección los eclesiásticos tan numerosos que él había formado.
Así hablaron sobre todo los obispos del reino que le habían conocido mejor, Nicolás Sevin, sucesor de Alain de Solminihac en la sede de Cahors: «He perdido en el Sr. Vicente a uno de los mejores amigos que tuviera en el mundo. Tengo sin embargo el consuelo de que, por la carta que me escribió cinco días antes de su muerte, me prometió no olvidarme nunca delante de Dios; lo que me permite creer que me continúa ahora donde se encuentra las mismas caridades, y que no cesará de pedir por mí a la divina bondad que yo sea un obispo según su corazón. En cuanto a mí, me sería imposible olvidarle nunca y, hasta que le vea, conservaré en mi corazón su memoria como algo que me es muy precioso.»
Como el marqués de Pianezze, Pierre de Berthier, obispo de Montauban, se consoló con el pensamiento que la muerte de Vicente era necesaria para que él recibiera la corona debida a sus méritos, y por la confianza que en el cielo no proveería menos a las necesidades de las que respondía en la tierra; más aún, que la consumación gloriosa de su caridad ayudaría de una manera más fuerte a la perfección de tantas obras cristianas que había comenzado entre nosotros.
Algo así escribía también Nicolás Pavillon, obispo de Alet, todavía fiel, quien, en vida incluso de Vicente, solía repetir que le era deudor de todas las gracias divinas, y que no había conocido nunca a hombre más humilde, más prudente, más caritativo y más abandonado a la Providencia de Dios10.
«Lucerna extincta est in Israel! exclamó por su parte el obispo de Pamiers, Étienne Caulet. Qué perdida han tenido la Iglesia y la congregación! Dios solo la conoce.» Y pedía a Dios y prometía pedirle con todo su corazón que conservara en los hijos el espíritu del Padre: su humildad profunda, su caridad sin límites, su prudencia divina, unida a su sencillez, a su sinceridad generosa11. Para Caulet como para su colega de Alet, era en efecto, la luz apagada; después de lo cual cayeron uno tras otro en las tinieblas del cisma y de la herejía.
Aunque herido de un profundo dolor por la noticia de la muerte de Vicente, Pierre Pigné, obispo de Toulon, no podía compadecerse ni del padre ya en la patria, ni siquiera de los hijos que tenían aun intercesor tal ante Dios. no formulaba más que un voto, a saber llevar una vida tan santa para morir de una muerte tan santa.
Aunque preparado para la muerte de Vicente, a quien había visto unos meses antes en París, François Fouquet, arzobispo de Narbonne, no sentía menos vivamente una pérdida semejante para la Iglesia, para la Compañía y para sí mismo. Ya que, decía él, «no pienso que de todos aquellos a los que su caridad le ha hecho abrazar como a sus hijos, haya ninguno a quien haya demostrado más ternura y dado más señales de amistad que a mí.»
Testimonios concluyentes por su uniformidad misma, y cuyo concierto de voces sería fácil incrementar con las de Perrochel, obispo de Boulogne, de los cardenales Ludovisio y Durazzo, y de tantos obispos y prelados que se confundieron en el mismo dolor, los mismos sentimientos y los mismos elogios. Y hasta dónde llegaríamos si añadimos las voces de los pueblos salvados por Vicente, voces que, ahora era la voz de Dios-Caridad. La escucharemos enseguida, pues estos primeros sufragios, súbitos y espontáneos, explosión instantánea y como irresistible del sentimiento universal, no debían apagarse en el vacío y el silencio de la muerte, en el olvido de la ingratitud y de los años, sino crecer, multiplicarse, por el contrario, y luego estallar en los interrogatorios del proceso de canonización para provocar el sufragio mismo de la iglesia.
- Conf. del 28 de junio de 1658.
- Los primeros historiadores de san Vicente de Paúl mencionan aquí la presencia de Le Prêtre, de la conferencia de los martes. Estaba allí sin duda y pidió por su parte una bendición para sus cohermanos, aunque el diario de Gicquel no diga nada.
- Jean Loret, en su Muze historique, carta del 2 de octubre, anunció en estos términos la muerte del siervo de Dios:
El Señor Vicente, ese gran hombre,
A quien una alta virtud ennoblece,
Celoso, devoto sabio y piadoso,
Si alguna vez hubo tal bajo los cielos,
Y fundador de estos buenos Padres,
A quienes llaman Misioneros,
Enemigos de los pecados mortales,
Y grandes amantes de los altares,
Ha franqueado el último paso
El año ochenta y cinco de sus años,
Y como la santa virtud
De la que su corazón se revestía,
Por una devota empresa
Ha dado grandes frutos a su Iglesia
Y convertido a muchos corazones malos
Catequizando y predicando,
No sólo en su patria,
Sino en lugares idólatras,
Este venerable y verdadero cristiano
Es llorado por todas las gentes de bien. - Summ., 380-383.
- Proc. de non cultu , fol. 109, verso.
- Summ., p. 38.
- Carta de Margarita Chetif del 6 de noviembre de 1662.
- Oración fúnebre en memoria del difunto señor Vicente de Paúl, etc., in-4º, París, 1661, pp. 8-10.
- Mss. Témoignages de Bossuet (1702) sobre las virtudes eminentes de Vicente de Paúl, citado por el Sr. Floquet, tom. II, p. 120. (Ètudes sur Bossuet.) Jean Loret, que también asistió a este servicio, , da sobre ello detalles interesantes en su Muze historique, carta del 27 de noviembre de 1660. En verso burlesco, es la oración fúnebre popular del santo. Nada falta allí, ni el elogio de sus virtudes, ni la enumeración de sus grandes obras, ni siquiera la previsión de la canonización futura:
Ayer se hizo el gran servicio
Por este difunto que Dios bendiga,
El admirable señor Vicente
Que ahora goza y siente,
En lo alto del cielo empíreo,
De los bienes de eterna duración.
Este caritativo y buen pastor,
De los Santos buen imitador,
Gran censor de las negras malicias,
Enemigo jurado de todos los vicios,
Y de toda virtud apoyo,
Se puede decir esto de él.
Cantidad de muy buenas almas,
Religiosos, señores y damas,
Toda gente devota y bien sentida,
Cantidad de prelados y cayados,
Muchos predicadores del Evangelio,
Muchos párrocos de esta ciudad,
Se encontraron en Saint-Germain,
Sabiendo muy temprano,
Que este servicio mortuorio
En el susodicho lugar se haría.
Yo que no hago profesión
Sino de un poco de devoción,
Yo dejé toda compañía,
Por ver esta ceremonia;
Y me pusieron entre lo mejor,
Por la atención y el orden piadoso
Del Sr. Bouchet, también buen sacerdote,
Que en la Iglesia los pueda haber.
Monseñor, el obispo del Puy,
Uno de los verdaderos prelados de hoy,
Prelado de buena y santa vida,
Hizo la asistencia encantada,
Y causó mil dulces transportes,
Por el discurso que hizo entonces
De las virtudes extraordinarias
De esta cabeza de los Misioneros,
Quienes por sus lastimeros cuidados
(De lo que infinita gente es testigo),
Ha socorrido algunos años
A muchas provincias arruinadas
Con víveres, dineros y ropas
No de terciopelos ni sederías,
Sino de paños y buenas sarga
De las que llevaban en grandes cargas
A centenares de gentes desnudas.
Que no tenían bienes ni rentas.
Las almas que él ha convertido,
Hasta entonces sometidas
Bajo falsas religiones,
En las bárbaras regiones,
Son sin mentir casi innumerables.
En una palabra, este padre de los míseros
Ha tantas bondades desplegado,
Piedades, Caridades,
Tanto él como sus cohermanos,
Toda gente piadosa, toda gente sincera,
Todos los grandes celosos de la fe.
De verdad si fuese yo
Quien fuera el pontífice de roma,
Yo canonizaría a este hombre. - San Vicente mantuvo hasta el fin de su vida tiernas relaciones con el obispo de Alet. El 30 de enero de 1657, habiendo sabido que era diputado en París por los Estados de Languedoc le escribió para expresarle la alegría de recibir una vez más su bendición y para ofrecerle su antiguo alojamiento en San Lázaro, «que preferiréis, así lo espero, a todos los demás, porque es un hospital.»
- Uno de los eclesiásticos de la conferencia de los Martes encargaba de vez en cuando una misa en San Lázaro por la conservación del espíritu de Vicente en su Compañía(Summ., p. 387.






