San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 3, capítulo 2 (a)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1880.
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Capítulo II: Berbería

Artículo primero. La Berbería política y religiosa antes de la obra de san Vicente de Paúl.

I. Recrudecimiento de la piratería. –Jiménez y Carlos V.

Parecería más lógico remitir al libro de las misiones lo que tenemos que decir de los servicios prestados por Vicente de Paúl y sus hijos en Berbería. Pero se recuerda que un artículo de la donación de la duquesa de Aiguillon del 25 de julio de 1643 unía la obra de berbería a la de las galeras y prescribía el envío de Misioneros destinados a consolar y a instruir a los pobres cristianos esclavos. Y, en efecto, en Berbería como en Marsella o en Toulon, son siempre galeras y calabozos, siempre pobres forzados, entre los que ls inocencia y ele crimen constituye la única diferencia. Además, la ciudad de Marsella, en la que nos encontramos aún, va a ser, por decirlo así, el centro, la sede de administración de la obra de Berbería. De Marsella partirán los Misioneros; a Marsella dirigirá Vicente sus cartas y sus órdenes, y todas las sumas destinadas al rescate de los esclavos.

Desde su cautividad en Túnez, Vicente no se había olvidad nunca de los pobres esclavos cristianos cuya suerte había compartido, y había jurado en su corazón y ante Dios socorrerlos. Pero, durante cuarenta años, no pudo más que rezar por ellos, y le faltaron los medios para ejecutar su caritativo plan. No obstante, en 1622, , durante su permanencia en Marsella, se inscribió como miembro de la cofradía de la Trinidad, establecida, en 1306, por los Trinitarios de San Juan de Mata, para asociar a los laicos a su misión liberadora. El día de su recepción, celebró él mismo la santa misa y pronunció, acerca de los horrores de la cautividad entre los Musulmanes, un discurso que conmovió profundamente al auditorio1. De esta forma preparaba la caridad pública; de esta forma se preparaba él mismo para su obra de redención. Para animarse más y más, se mantenía al corriente de los infortunios de la esclavitud, mayores, en la primera mitad del siglo XVII, de lo que lo habían sido antes, y de lo que lo fueron nunca después. En la época de su cautividad en Túnez (1605-1607), hacía casi un siglo que la piratería se ejercía sobre las costas de Berbería en su mayor proporción. El bandidaje hizo entonces de ellas como el depósito de las riquezas del comercio europeo, y los esclavos se multiplicaron en número alarmante. Sin duda los Sarracenos de África tuvieron siempre costumbres de piratería y siempre se complacieron en apoderarse de los cristianos para reducirlos a esclavitud. Siempre, por consiguiente, fue preciso defenderse contra ellos por la guerra y por tratados. Pero cuando los Moros vencidos fueron expulsados de España, la humillación y la cólera, añadidas a la ambición y a la necesidad de procurarse recursos nuevos a la proscripción, dieron a su fanatismo y a su bandidaje un despliegue inmenso. Desde entonces, y en todo momento, partieron de Argel, de Túnez, de Salé, de Trípoli, de Tetuán, barcos armados para la guerra, que llevaron la desolación a las costas de Europa, hasta Inglaterra, Irlanda e incluso Islandia. Sin embargo raramente entraban en el océano, y se contentaban de ordinario con piratear el Mediterráneo. Las costas de España y de Italia se llevaban la peor parte, ya que hacia ellas los llevaban la ambición, la venganza y el odio religioso. Desde las cruzadas y la muerte de San Luis, si se exceptúa la expedición del duque de Bourbon en 1390, ninguna nación cristiana había tratado de poner fina este barbarismo. Los Portugueses entraron en lucha los primeros. Pero don Manuel fracasó en 1501, pero, a los Españoles, que ya habían vencido en casa a los Moros, les quedaba la gloria de vencerlos también en África. Don Diego de Córdoba comienza; y el gran cardenal de Jiménez, en su extrema ancianidad, presentando las desgracias que caerán de sus costas sobre su patria y sobre toda la cristiandad, piensa en ahogar la piratería en su nido y en establecerse frente a ella a fin de evitar que brote de nuevo. Se traslada en persona a África, se encierra en Mers-el-Kebir en la iglesia de San Miguel, donde ora mientras que Pedro de Navarra marcha sobre Oran; entra en ella él mismo en 1509, y entrega a España esta plaza que conservará a través de muchas vicisitudes hasta el final del siglo XVIII. El año siguiente, es tomada Boggie, y los Españoles, siempre avanzando, fortifican frente a Argel el Peñón (Penon), observatorio y ciudadela contra los piratas.

Lo que había causado la expedición de Jiménez es que la piratería africana acababa de recibir un terrible refuerzo. Hacia mediados del siglo XV, los Turcos habían invadido África, y se habían unido a los Árabes y a los Bereberes. Pronto llegaron los dos Barbaroja. Cuando Haroudj el mayor hubo sucumbido en 1518, su hermano Keïr-el-Din prosiguió su obra, que ha durado tres cientos años. Los Turcos se habían apoyado primero en Túnez; ahora se apoyaban en Constantinopla, y ponían su piratería bajo el patronazgo del Gran Señor.

En estas circunstancias, Carlos Quinto, animado ya por el gran éxito de sus ejércitos en Tlemcen, donde Haroudj había perecido, resolvió expulsar a los turcos de Berbería. Una primera expedición tuvo lugar en 1518, bajo la dirección del virrey de Sicilia, Hugo de Moncada. Pero el mar combatió por Argel y destruyó la flota española. Entonces el Gran Señor declaró el territorio argelino provincia turca y autorizó a Keïr-el-Din a acuñar moneda..

Menos fuerte contra las conspiraciones que contra los Españoles Keïr, para escapar al puñal, se refugió en el mar, donde reemprendió su vida de pirata. Durante sus tres años de salidas, asoló as poblaciones mediterráneas y destruyó su comercio. De vuelta a Argel más dueño que nunca, se apoderó de Peñón, de esta fortaleza ofensiva que España y el cristianismo mantenían desde hacía veinte años con vistas de guarida de buitres. Desde entonces los piratas más famosos acudieron a Argel como a su capital y su plaza de armas, y la piratería, hasta entonces simple bandidaje, se transformó en potencia militar.

Keïr aparece ante el Gran Señor que le enfrenta al mayor marino de su tiempo, el Genovés André Doria. Salido en 1533 de Constantinopla con una fuerza poderosa, , devasta toda la costa de Italia, hace temblar a Roma; luego de repente singla hacia Túnez, cuyo reino de cuatrocientos años de duración derriba. Pero Carlos Quinto se aprovecha de una tregua con Francisco I y, a la cabeza de una flota bendecida por el papa Paulo III, entra en el puerto de la Goulette con el rey destituido. Lamentablemente a estación le impide llevar más adelante este éxito, y la expedición queda incompleta. Además, el mismo año, Barbarota se apodera de Mahón, a cuyos habitantes somete a esclavitud y, después de dejarlos en Argel con su inmenso botín, regresa a Constantinopla.

La lucha acababa de comenzar de nuevo entre Carlos Quinto y Francisco I, y el rey cristianísimo no había titubeado en tratar con el sultán. Un gran cambio se había producido en la política desde las cruzadas. Hasta entonces la lucha había sido entre el mahometismo y el cristianismo; pero, cuando la expulsión de los Moros de España hubo lirado a Europa de su grande terror, la política y los intereses dominaron la religión y las creencias. Las velas y las balas de Barbarota eran marcadas con flores de lis, especie de firma de sus tratados secretos con Francisco I. Es gracias a esta entente, vergonzosa para el rey cristianísimo, como una vez más, a la cabeza de las flotas de Constantinopla, y secundado por su lugarteniente, el famoso pirata Dragut, pudo arrasar todas las costas mediterráneas.

En 1541, Carlos Quinto aprovechó el intervalo de una nueva tregua con el rey de Francia para reemprender su proyecto contra Argel. Esta vez, es la estación la triunfa sobre él, como en otro tiempo el mar, y con gran trabajo puede reembarcar sus tropas sobre los despojos de su flota y alcanzar Mallorca. Expedición fatal, que engrandeció el renombre de Argel y le hizo pasar por intangible.

Es triste decirlo, ¡este gran revés, sufrido menos por Carlos Quinto que por la civilización cristiana, pareció un éxito para Francia! También Francisco I se apresura a concluir un nuevo tratado ofensivo y defensivo con el sultán; y, en 1543, Barbarota entra en el puerto de Marsella con una flota turca, es recibido con honores casi regios por los mayores señores de la corte de Francisco I, y en adelante combate o más bien arrasa por cuenta de Francia!

Su hijo Hassan-Pacha reanuda la lucha contra el dominio español de Orán, mientras que Dragut, su verdadero sucesor, ayudado también por la política francesa, se apodera de Trípoli. Las flotas combinadas de Francia y de Turquía recorren el Mediterráneo y hacen Miles de esclavos, sin que el sentido cristiano debilitado piense en protestar! Los Españoles son expulsados de Bougie que ocupaban desde hacía cuarenta y cinco años; al fin, cae Túnez en 1574, y así desaparece el último vestigio de las expediciones de Carlos Quinto.

II. Relaciones de Francia y de las demás naciones cristianas con Berbería.

Hasta aquí el papel de Francia no ha brillado en las luchas contra Berbería. Y sin embargo, independientemente de las obligaciones que le eran impuestas por sus antiguas tradiciones y los gloriosos recuerdos de san Luis, tenía intereses desde hacía tiempo comprometidos en la costa de África. En el siglo XII, antes de ser francesa, Marsella había tenido cónsules en los puertos de Berbería; institución que se hizo permanente hacia mediados del siglo XIII, en particular en Boggie y en Ceuta. El comercio francés se incrementó desde entonces en sus costas y, si fue interrumpido en las guerras con los Ingleses, se reanudó pronto y se estableció de una manera más fija a partir de la mitad del siglo XV. En 1561 se construyó para proteger la pesca del coral, el Bastón de Francia, al nordeste de Bône, especie de fondouk o de factoría fortificada, más que propiedad independiente; ya que, durante los tres últimos siglos hasta 1830, sólo los Españoles han poseído en plena soberanía enclaves en la costa septentrional de África. Así sucedía con de la Calle y con el cabo Rose que, con el Bastión, componían las concesiones francesas. Capturado por el segundo Barbarota, que hizo allí prisioneros a todos los franceses, el Bastión nos fue pronto devuelto, gracias a las relaciones amistosas de Francia con la Puerta y, por ello, con el Pacha de Argel. Pero cuando los lazos que unían a Argel y a la puerta se debilitaron, todos nuestros establecimientos tuvieron mucho que sufrir. El tratado concluido entre Enrique IV y Turquía, en 1604, , por intermedio de Savary de Brèves, reabrió a nuestro comercio los mercados y los puertos del imperio otomano, y dio algunas satisfacciones y algunas garantías a la civilización cristiana. Pero muy pronto la expulsión de los Moriscos de España, al aumentarse la población berberisca, volvió las cosas al estado anterior, y dio un nuevo impulso a la piratería. Richelieu investido entonces de la superintendencia general de la navegación estableció cruceros por el Mediterráneo y concluyó con los Berberiscos nuevos tratados, siempre violados, y por consiguiente siempre por rehacer. El de 1628 estipulaba la restitución recíproca de los esclavos, el compromiso adquirido por los Argelinos de no robar de los barcos capturados ni cables, ni velas, ni cañones, ni municiones de guerra, y el compromiso hecho entre los dos partidos contrayentes de no hacerse esclavos y de prestarse mutuamente buenos servicios. Compromisos siempre engañosos y fraudulentos por parte de los Berberiscos! Debemos esperar a Luis XIV para ver empresas serias contra la piratería, y aun así no producirán nada decisivo; la conquista de Argel podía por sí sola librar a la Europa cristiana de la vergüenza, de las pérdidas y de los dolores que le infligían los estados Berberiscos.

Durante los quince últimos años de Vicente de Paúl, periodo de los esfuerzos de su caridad para el socorro de los pobres cristianos esclavos, se puede decir que la piratería se ejerció en todo su horror y en toda su libertad, sin casi ninguna represión por parte de las naciones cristianas. Argel sobre todo estaba entonces en toda le fuerza de su organización y todo el orgullo de sus éxitos. Sus corsarios no habían tenido nunca el espíritu mas aventurero y más atrevido; su milicia turca había conquistado una superioridad reconocida, y el gobierno había llegado a una unidad formidable. Hasta esta época, había existido oposición entre el dey, jefe particular de Argel, y el pacha, enviado por la Puerta para representar el poder soberano; el dey había encontrado incluso en la milicia los mismos peligros que el sultán en los jenízaros. Pero entonces el aga de la milicia se constituyó en el dey elegido por ella, y el pacha se quedó con un título honorífico sin poder real, hasta que el dey se lo envíe a Constantinopla (1710), y se apodere del título con una simple investidura moral del sultán. Mientras tanto, y a pesar de a presencia del pacha, goza de un poder absoluto, controlado tan sólo por la revuelta y el asesinato. Reina así a la vez en Argel y en el interior del país, gracias a la institución de los beys, sus mandatarios armados, que exprimen en su nombre a las provincias y le traen sus riquezas.

Contra este bandidaje tan duramente organizado, Europa no se defiende ya más que con tratados que son como un reconocimiento y una legitimación; no protege ya su comercio más que con tributos y presentes vergonzosos, y abandona a los esclavos a los cuidados de la Iglesia y de la caridad cristiana.

El Corán había dicho (c. IX): «Perseguiréis al infiel hasta que reciba e libro. O que pague el tributo.» Los Estados cristianos parecieron aceptar para ellos la alternativa, y se dieron prisa en pagar. Había en Argel tres clases de tributos más o menos disfrazados: la Lezma , proveniente de una obligación nominativamente contraída; los Aouaïd, procedentes de la costumbre; y por fin, los Avanies, o extorsiones de dinero por tratamientos más o menos vergonzosos y crueles. Existe todavía un libro tristemente curioso, es el Bandjek, registro oficial de las capturas, donde se consignan todos los tributos pagados en Argel en los últimos tiempos por las naciones cristianas. Seis de ellas pagaron la Lezma cada dos años hasta los últimos años de la conquista francesa; Francia, con otros cuatro Estados, pagaba también cada dos años los presentes llamados Aouaïd, sin hablar del regalo de alegre advenimiento compartido entre el dey y todos los funcionarios hasta los barrenderos de la Kasba, ni de otros regalos exigidos en diferentes épocas de año; sin hablar tampoco de los Avanies que, es verdad, pesaban de ordinario sobre las pequeñas potencias. Las repúblicas italianas de la edad media, Austria y Rusia, no consintieron nunca en tratar con estos bandidos ni en pagarles tributo; así fue también con la Isla de Malta y los Estados Romanos, defendidos, una por sus caballeros, los otros por la majestad de su pontífice: de ahí la multitud de esclavos de estas naciones que se amontonaban en los calabozos de Túnez y de Argel.

III. La Esclavitud.

Los esclavos, ésa es, más que las pérdidas del comercio2 y la desolación de los mares, el lado horrible de esta piratería, tolerada, pagada por las naciones cristianas. Había en Berbería, y en particular en Argel, tres clases de esclavos: los del Deylik o de la República, al servicio del dey y del gobierno; los de las galeras empleados en los trabajos del puerto y en la mano de obra en las expediciones de los Berberiscos; por último los de los particulares. Éstos eran a su vez de dos clases: unos habían sido comprados por patrones para el servicio de sus casas y de sus alquerías, y eran más o menos desdichados, según el humor de los amos; los ostros, simple objeto de comercio, eran vendidos y revendidos, como viles animales, por traficantes y chalanes, más dignos de compasión.

En general, y a cualquier clase que pertenecieran, su suerte era horrible. «Si hay algo en el mundo, ha dicho Bossuet, alguna servidumbre capaz de ponernos ante los ojos la miseria extrema de la cautividad del hombre bajo la tiranía del demonio, es el estado de un cristiano cautivo bajo la tiranía de los mahometanos, ya que el espíritu y el cuerpo sufren por igual la violencia, y no se está menos en peligro de su salvación que de su vida3.» El cuerpo en la opresión, el espíritu en la angustia, el corazón en la desesperación, la fe misma en peligro evidente; así es exactamente el cuadro abreviado de la esclavitud del cristiano bajo el yugo musulmán. Las historias de Berbería, los relatos de los Misioneros están llenos de horribles detalles sobre los sufrimientos físicos y morales de los esclavos y el horror se multiplica cuando se piensa que caían sobre miles de desdichados. Durante la primea mitad del siglo XVII, hasta las grandes expediciones de Luis XIV, había tan sólo en la ciudad de Argel y en sus afueras, veinticinco o treinta mil esclavos franceses, españoles, ingleses, italianos, styriens y hasta rusos. Se los contaba de todas las provincias y de casi todas las ciudades de Francia. En los anales de esta esclavitud se hallan los nombres más ilustres; sea suficiente recordar a san Vicente de Paúl, a Miguel Cervantes, hacia el final del siglo XVI, a Regnard, cien años más o menos después y, en nuestros días, al sabio Arago.

El martirio de los esclavos comenzaba a su llegada a la ciudad donde debían residir. Se los despojaba enseguida, y todos, hasta los sacerotes y las mujeres, quedaban expuestos completamente desnudos en una plaza pública, y vendidos como animales de carga. Mientras que los del Deylik y de las galeras eran llevados en las expediciones contra los cristianos, los otros, apenas cubiertos de algún harapo eran sometidos a trabajos excesivos. Con excepción de algunos empleados por patronos más suaves o atendiendo mejor a su interés, sea en los asuntos de fuera, sea en las ocupaciones ordinarias de la domesticidad, o quienes incluso trabajaban por su propia cuenta, pagando cada mes a su amo un canon convenido, el resto no se pertenecían ni en el cuerpo ni en su alma, y tenían que soportar, sin descanso y sin compensación, las más rudas fatigas. Los de las galeras tenían mucho que sufrir en sus correrías por el mar; pero los que se quedaban en tierra sufrían más aún. Unos estaban condenados a los trabajos del campo y, bajo un cielo devorador, labraban la tierra, cortaban madera en los bosques, hacían carbón o sacaban la piedra de las canteras. Los otros, secuestrados en las ciudades, trabajaban en el puerto hundidos en el agua nueve horas del día, o bien expuestos todo el día a los ardores del sol, en una atmósfera ardiente como un horno que los propios animales no pueden respirar; serraban el mármol, sin poder, fuera cual fuera su edad, su agotamiento, retirarse nunca ni tomarse un instante de reposo. Se los veía, escribe un Misionero, sacar la lengua como a los perros, perdían la piel presa a aquellos ardores devoradores: poco importa, decía el guarda, con el bastón despiadado en la mano, trabaja, aunque revientes sobre tu piedra! Si algunos trabajaban en el interior, no por eso debían sufrir menos. Los amontonaban hasta cuarenta en una especie de establo, tan pequeño y estrecho que apenas podían moverse. No recibían aire más que por un tragaluz abierto en la bóveda y cerrado con una reja de hierro. Allí, encadenados de dos en dos, y encerrados continuamente, trabajaban sin cesar, por ejemplo, en moler trigo en un pequeño molino de mano, con obligación de entregar cada día una cantidad fija que sobrepasaba sus fuerzas.

Para sostener tales fatigas, diez onzas de pan a día y algo de agua y vinagre! Panis arctus, aqua brevis! (lejos el pan, escasa el agua) Ni siquiera la noche les traía alivio ni reposo verdadero. Los del Deytik estaban distribuidos entonces en dos calabozos, los de las galeras en tres, los demás en calabozos infectos, y todos con las cadenas los pies, no disponían para descansar durante una breve parte de la noche, más que de una manta y el desnudo suelo. Si el viernes, sabath para los musulmanes interrumpía sus trabajos, por una cruel compensación, se hallaba cómo recortar ese día su escasa y estrecha pitanza.

Pero todo eso no era nada en comparación con las injurias y los castigos por las menores faltas, que muchas veces no tenían otro fin que la satisfacción de caprichos crueles. Las pedradas o cuchilladas; los bastonazos en los pies, la espalda o el vientre; los dientes rotos, la nariz o las orejas cortadas, la estrapada húmeda, que consistía en suspender a un pobre esclavo por los hombros de la antena de un barco y sumergirle violentamente y repetidas veces en el mar con ayuda de una polea; las uñas incluso de los pies arrancadas, y las heridas regadas con cera fundida: y sólo se trataba de juegos para estos bárbaros. Cuando el suplicio debía ser serio, rodaban a los esclavos en toneles armados de clavos puntiagudos; los aplastaban bajo quinientos o seiscientos bastonazos; los arrojaban al mar cosidos en sacos; los enterraban hasta los hombros en hoyos donde se pudrían vivos; les abrían la espalda a hachazos, e introducían en las heridas abiertas largas antorchas de cera encendida; les cortaban antorchas de carne que hacían asar seguidamente obligándoles por fuerza a comérselas; los colgaban de garfios fijos en las paredes, de los hombros o del vientre, como lo hacen los carniceros con las carnes en su puntal; los ataban a la cola de un caballo indómito, que pronto los hacía pedazos; los descuartizaban en cuatro navíos que iban en dirección contraria, o los atravesaban con fechas en las antenas; los dejaban morir de hambre o los forzaban a matarse unos a otros a hachazos; por último, otros eran despellejados vivos, deshechos, crucificados, estrangulados, empalados, y a los que habían intentado sustraerse a la tortura huyendo les esperaba el suplicio del fuego. «Nuestro valor se acababa. –ha escrito Cervantes resumiendo todos estos horrores, -a la vista de las crueldades que Hassan practicaba en su presidio. Todos los días un suplicio nuevo; todos los días era suspendido un cautivo del gancho fatal, otro era empalado, a un tercero le saltaban os ojos, y esto sin motivo, únicamente para satisfacción de la sed de sangre que era natural en este monstruo, y que inspiraba incluso horror a los propios verdugos que le servían4

Esto en cuanto al cuerpo; pero ¿quién dirá las torturas del alma, los ultrajes a la virtud y las persecuciones infligidas a la fe? Las mujeres y los jóvenes eran las primeras víctimas de estos bárbaros doblemente voluptuosos, y la menor resistencia era castigada con los más horribles tormentos. El proselitismo, o más bien el fanatismo musulmán, buscaba hacer conquistas entre los esclavos cristianos, no ya solamente por la fuerza o la espada , como en los tiempos primitivos del Corán, sino también por toda clase de seducciones: el incentivo del oro, promesa de liberación, placer; en la embriaguez incluso ahogaba la fe y la libertad para arrancar una apostasía. Por eso, ay, los apóstatas se veían por miles. El P. Dan contaba en Argel, hacia 1649, ocho mil renegados y de mil a mil doscientas renegadas de las cuales cuatro francesas solamente; en Túnez, de mil a mil doscientos renegados y de seiscientas a setecientas renegadas; en Salé, en Trípoli, eran menos numerosos, aunque en una proporción todavía alarmante para la fe. Era entre estos apóstatas donde los cristianos fieles hallaban luego a sus más ardientes perseguidores y a sus más despiadados verdugos. Se comprende a qué excesos de desesperación una cautividad así debía llevar de vez encunado a los esclavos. Unos se cortaban la garganta; otros se colgaban o estrangulaban; ëstos se cortaban las venas; aquéllos, en un arrebato de furor, se arrojaban sobre sus patrones para matarlos y, en castigo de su rebelión, eran quemados vivos.

IV. Papel de la Iglesia. -Los Trinitarios y la orden de la Merced. –Organización religiosa.

La esclavitud, tan fecunda en sufrimientos y tan peligrosa para la fe y la virtud, había atraído siempre la tierna solicitud de la Iglesia. desde el principio del cristianismo, el rescate, o más bien la redención de los cautivos, según la expresión cristiana, pasaba por una obra de caridad excelente, a la que se debía dedicar, en caso de necesidad hasta los vasos sagrados. Fue también uno de los fines de las cruzadas que se ve en el discurso de Urbano II en el concilio de Clermont en 1095, en el breve del papa a san Bernardo, para la segunda cruzada, en la epístola 322 de este doctor, en las decretales de Inocencio III para la aprobación de las órdenes de la Trinidad y de la Merced, y en la carta que escribió al emperador de Marruecos enviándole a religiosos de san Francisco. San Luis, dirigiendo su expedición por la costa de África, proyectaba también la liberación de los esclavos, y por ello había traído consigo al P, Guagin, general de los Trinitarios y pedido a san Pedro Nolasco que le siguiera.

La obra de la Redención, organizada y definitivamente constituida, estaba reservada al siglo XIII, y es una de las numerosas glorias de este siglo, apogeo del cristianismo en la edad media. Juan de Mata, nacido en Provenza hacia 1169, de una familia ilustre, concibe, al ofrecer por primera vez a Dios la víctima de la Redención del mundo, el proyecto de entregarse a la liberación de los cautivos. Va a encontrar, en un bosque vecino de Meaux, a Félix de Valois, de la familia de aquel nombre que subió más tarde al trono de Francia, y los dos parten para Roma, donde el gran papa Inocencio III los acoge con emoción y aprueba la nueva orden, a la que llama de la Santísima Treinidad. Pero en Francia se conoce a los miembros con el nombre de Mathurins, porque Félix había logrado establecerlos en Paris en un ligar donde había una capilla dedicada a san Mathurin. Sin embargo su capital estaba en Gerfroid en Brie. Desde allí multiplicaba y gobernaba la orden Félix, mientras que san Juan de Mata recorría Europa y Berbería; allí murió en 1212, precediendo apenas en la tumba a su santo compañero, muerto en Roma al año siguiente.

Desde su fundación, los Trinitarios lograron rescatar a numerosos esclavos. Estos heroicos negociantes de la libertad cristiana habían fijado sus sucursales de nuevo estilo en Argel, en Boggie, en Orán, en Mostaganem. Allí llegaban contentos después de recorrer Europa y recoger, en medio de fatigas muy duras y a veces negativas más duras todavía, abundantes limosnas. Allí discutían el rescate de los cautivos y luchaban contra las supercherías y los afrentas de los Básbaros, obligados a menudo a añadir al precio convenido su libertad y hasta su vida. Pero, no importa, ha dicho el Monseñor Pavy, obispo de Argel, «su celo crecía con los ultrajes y se fecundaba con la afrenta.» De 1198, fecha de su fundación, a 1787, es decir en un espacio de apenas seis siglos rescataron a novecientos mil esclavos; botín conquistado al infiel y a la barbarie, que sólo a ellos les había costado sudor y sangre. Algunos años después de su primera fundación, tuvieron rivales, o más bien compañeros de celo y de caridad en los Hermanos de la Merced. Nacido en 1189, de una de las primeras familias del Languedoc, san Pedro Nolasco había comenzado por llevar las armas bajo Simón de Montfort en la guerra contra los Albigenses. Impresionado por su valor y talentos, Simón le confió la educación de Jacques, su prisionero, hijo de Pierre d’Aragón, muerto en la batalla de Muret. Pedro Nolasco acompañó a su ilustre discípulo a Barcelona en 1215, y allí, en esta tierra de España por tanto tiempo todavía bajo el yugo del islamismo resolvió entregar a los esclavos cristianos su fortuna y su vida. Le comunica el plan a san Raimundo de Peñafort, su confesor, salido de los condes de Barcelona y aliado a la familia real de Aragón, quien redacta los estatutos de la nueva orden y los hace aprobar en Roma. . algo único en la historia del cristianismo, la orden tiene un palacio por cuna pues allí donde el joven rey de Aragón quiso alojar a sus primeros miembros. Finalmente, el 10 de abril de 1223, día de la fiesta de san Lorenzo, del santo diácono que fue uno de los primeros ministros y de los primeros mártires de la caridad cristiana. Pedro es llevado a la catedral por el rey y Raimundo; allí pronuncia, de manos del obispo Berenguer, sus votos, uno de los cuales le obliga a ocupar el lugar de un cautivo si no hay otro medio de rescatarle, recibe el hábito de la orden y es nombrado su primer general.

Bossuet ha dicho: «Nunca hubo en la tierra un hombre más liberal que el gran Pedro Nolasco… ya que no se propuso nada menos que la inmensa profusión de un Dios que se prodigó a sí mismo; y de ahí concibió el plan de entregar su persona y consagrar toda su orden a las necesidades de los desgraciados5

En efecto, apenas entregado a Dios en la persona de los cautivos, deja la corte de Aragón, va al reino de Valencia, más tarde a Berbería, y rescata por sí solo a más cuatrocientos esclavos, si hablar de los consuelos y de los socorros que prodiga a los que se ve obligado a dejar en las cadenas. Mientras vive, y después de su muerte, su Orden se extiende rápidamente. Llega pronto a dieciocho casas en Francia, patria del fundador, patria también de san Juan de Mata y de san Félix de Valois, -ya que esta obra de la Redención es una obra casi exclusivamente francesa; -tiene también numerosas casas en España y en Italia, y sobre todo tendrá grandes fundaciones en América; tierra todavía hoy mancillada por la esclavitud.

Es pues en América principalmente donde los Padres de la Merced ejercieron su caridad. He ahí por qué sus rescates en Berbería fueron menos numerosos que los de los Trinitarios. Con todo, en seis siglos no liberaron a menos de trescientos mil esclavos que, añadidos a los novecientos mil de los Trinitarios, forman un número tan prodigioso que uno se pregunta cómo los hermanos de la Redención, a pesar de su celo, sus carreras caritativas, el voto que hacia la Merced de dar a la obra el tercios de sus rentas, consiguieron recoger las sumas necesarias para tantos rescates. Ya que, teniendo en cuenta los gastos de viaje y de transporte, de los derechos que pagar y de las afrentas-rescate, la media de precio de un esclavo iba a 6.000 libras, lo que, por un millón doscientas mil, hace el total enorme de siete mil millones6.

El mundo, tan dispuesto no obstante a admirar a los conquistadores y las conquistas, ha ignorado con demasiada frecuencia a estos hombres, cuyo valor y éxitos sobrepasan con mucho a los héroes más celebrados. Chateaubriand fue más justo cuando escribió: «El Padre de la Redención se embarca en Marsella: «¿A dónde va solo de esa manera con su breviario y su bastón? Este conquistador marcha a la liberación de la humanidad, y los ejércitos que le acompañan son invisibles. Con la bolsa de la caridad en la mano, corre a enfrentarse a la peste, al martirio y a la esclavitud. Aborda al dey de Argel, y le habla en nombre de ese rey celestial de quien es embajador. El Bárbaro se sorprende a la vista de este Europeo que se atreve solo, a través de los mares y de las tempestades, a venir a pedirle los cautivos: domado por una fuerza desconocida, acepta el oro que se le presenta, y el heroico liberador, satisfecho de haber devuelto a los desgraciados a su patria, oscuro e ignorado, desanda humildemente el camino de su monasterio7

La obra emprendida por san Vicente de Paúl no era directamente la obra del rescate, aunque haya dedicado a ello, los quince últimos años de su vida, más de un millón de libras y haya liberado a unos mil doscientos esclavos. Su propia obra, como vamos a ver, fue el alivio corporal y espiritual de los cristianos cautivos. Aligerar sus privaciones con limosnas, consolarlos, sostenerlos en la fe, instruirlos, administrarles los sacramentos y los auxilios religiosos, ése era el fin principal que se propuso y que prosiguieron los Misioneros: obra excelente también, más útil inmediatamente o incluso necesaria que la de la Redención, por causa de las apostasías tan numerosas y de la pérdida de tantas almas.

Hablando un día de una y otra a sus sacerdotes, Vicente explicó perfectamente en qué consistía la suya. «La obra de los esclavos, les dijo, ha sido tenida por tan grande y santa que ha dado lugar a la institución de algunas santas Órdenes en la Iglesia de Dios; y esas Órdenes han sido siempre consideradas con mucho por encima de todas las demás porque se dedican a eso, como son los Religiosos de la Redención de los cautivos, los cuales van de vez en cuando a rescatar a algunos esclavos y luego se vuelven a su casa; y entre los votos que emiten, éste es uno de ellos es emplearse en realizar estos rescates de estos pobres cristianos, pero que, aparte de eso, se quedan allí para dedicarse en todo tiempo a hacer este rescate caritativo, y para asistir en todo momento, corporal y espiritualmente a estos pobres esclavos, para acudir siempre. A todas sus necesidades y para toda clase de asistencia y de consuelo en sus mayores aflicciones y miserias. Oh Señores y hermanos míos, ¿ven ustedes bien la grandeza de esta obra? ¿La conocen bien? Pero ¿hay cosa más importante como lo que hizo Nuestro Señor, cuando bajó a la tierra para librar a los hombres de la cautividad del pecado, e instruirlos con sus palabras y sus ejemplos? Ese es el ejemplo que todos los Misioneros deben seguir. Deben estar preparados a dejar su país, sus comodidades, su descanso por esta labor8«.

Sin embargo no es, -y es justo decirlo,- que los esclavos cristianos, en particular en Argel, hubieran estado desprovistos por completo hasta el día del auxilio religioso. Los Trinitarios y los Padres de la Merced, no cesaban de unir la limosna espiritual a la corporal. Además, desde 1546, el Padre Sebastián du Port, del convento de Burgos, que había acompañado a Carlos Quinto en se expedición de 1541, habiendo ido por primera vez a Argel para rescatar a doscientos esclavos, pensó en hacer allí algunas fundaciones religiosas. En efecto, recogió nuevas limosnas y, en 1551, fundó capillas en los calabozos, donde los turcos permitieron el ejercicio público del culto, porque habían advertido que los esclavos trabajaban mejor cuando habían frecuentado los sacramentos: el espíritu de lucro fue más fuerte que el fanatismo. El P. Duport fundó también en los calabozos enfermería que fueron administradas por Trinitarios españoles; por último, un hospital, que, casi en ruinas, fue reconstruido en 1612 por los Padres Bernard de Monroy, Jean d’Aquila y Jean de Pallaccio. Estos religiosos encarcelados primeramente por el dey con ocasión de una joven musulmana bautizada, luego retenidos en Argel, aprovecharon su estancia forzosa para recoger limosnas, reedificaron y agrandaron el hospital, donde murieron ellos mismos en medio de los esclavos.

Bastante tiempo más tarde, hacia 1644, fue también ampliado, con las limosnas de España y del Perú, por el P. Juan de la Concepción, ermitaño de la ermita real de San Antonio de Málaga quien, tras varios pasados en el servicio de los esclavos, fue quemado vivo por entrar en una mezquita con un crucifijo en la mano y haber predicado en ella la verdad cristiana. Aunque ampliado el hospital era estrecho todavía y las camas se apiñaban hasta el altar donde se celebraba el santo sacrificio, ya que se recibía allí a los cristianos, libres y esclavos de todas las naciones. Médicos y farmacéuticos, afectos al establecimiento, visitaban en la ciudad a las mujeres cristianas que, según las costumbres del país, no podían ser admitidas allí. Su renta fija era insuficiente, ya que no pasaba de 2.000 piastras, los comerciantes cristianos se habían puesto de acuerdo en pagarle un derecho de tres piastras por todo navío que entrara el puerto de Argel, y los esclavos mismos contribuían a alimentar con limosnas adelantadas de su escaso peculio, -El hospital siguió bajo la protección del consulado de Francia hasta principios del siglo XVIII cuando, a consecuencia de las guerras, el Padre administrador le puso bajo el patronato del cónsul inglés.

Otra obra excelente anterior también a Vicente de Paúl, es la obra de la sepultura cristiana. Los esclavos cristianos habían sido por mucho tiempo abandonados sin sepultura por los musulmanes. Un capuchino, confesor del héroe de Lepanto, de don Juan de Austria, habiendo sido hecho esclavo en Argel, recibió de su ilustre penitente una suma bastante considerable para su rescate, pero prefirió servirse de ella para comprar, fuera de la Puerta Bal-al-Oued, una lengua de tierra arenosa a lo largo del mar, de la que hizo un cementerio cristiano en el que él mismo fue enterrado.

A pesar de todo, se puede decir que, hasta san Vicente de Paúl no había nada fijo y organizado en el servicio religioso de Berbería. Aparte del administrador del hospital, los Padres de la Redención no permanecían por mucho tiempo en Argel, donde apenas eran tolerados más que por la codicia y, cuando se habían gastado las sumas recogidas para los rescates, debían volver a Europa para reunir nuevas cantidades y comprar así derecho de volver a África. Las capillas de los calabozos y el hospital estaban servidos de ordinario

por religiosos esclavos, cuya fe y virtud se debilitaban, ay, en la servidumbre, y cuya jurisdicción, además, era dudosa. Esta interesante cristiandad de Argel, compuesta de comerciantes esforzados y de esclavos confesores de la fe careció por largo tiempo en efecto de organización canónica. No se unía a ninguna diócesis ni vicariato apostólico. En 1619 había recibido una especie de constitución que podía convenir a los esclavos, pero no a los comerciantes que afluían de todas las naciones al puerto de Argel. A san Vicente de Paúl pertenece la iniciativa de la erección de un vicariato apostólico, que pusiera las cosas en un estado normal.

  1. El Sr. Joseph Mathieu, Gazette du Midi,número del 24 de junio de 1655.
  2. Pérdidas no obstante considerables: para la primera mitad del siglo XVII, se debe elevar a 20.000.000 de francos, suma enorme para el tiempo, los valores capturados en el espacio de veinticinco o treinta años sólo por los Argelinos.
  3. Panegírico de san Pedro Nolasco, obras, tom. XVI, p. 55.
  4. Don Quixotte, primera parte; novela titulada: el Cautivo.
  5. Panégirique cité, P. 54.
  6. Consultar sobre todo lo que precede y para muchos detalles que siguen: –Hoistoire du royaume d’Alger, por Laugier de Tassy, Amsterdam, 1727; –Histoire d’Alger, por Rotalier; –Domination turque, por Walsin-Estherhazy; –Histoire de la Conquête d’Alger, por M. Nettement, que ha resumido muy bien las obras precedentes, y a quien hemos seguido preferentemente, vol in-8, Paris, 1856: 0-Guerre et gouvernement de A’Àlgerie, por Louis de Baudicourt, 1 vol. in-8, Paris, 1853 ;- Voyage pour la rédemption des captifs aux royaumes d’Alger et de Tunis en 1720, por los Padres François Gomelin, Philémon de la Motte y Joseph Bernard, trinitarios ; –Histoire de la Barbarie, por el P. Dan ; –Appel de Monseigneur Pavy, évêque d’Alger, en faveur de la chapelle de Notre Dame d’Afrique, in-8, Aegel y París, 1858 ; –La nouvelle église d’Afrique, introduction aux œuvres de Monseigneur Pavy, in-8, Parí, 1858 ; -Por último, los Relatos y Memorias conservados en los archivos de los sacerdotes de la Misión.
  7. Génie du christianisme, cuarta parte, lib, III, c. VI.
  8. Rep. de oración del 11 de noviembre de 1657.

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