Capítulo séptimo: La Sociedad de San Vicente de Paúl.
I. Verdadero origen de la Sociedad.
Hasta 1846, no descubrió un hombre de la conferencia de Mâcon, hojeando los archivos de la prefectura, un extracto del Libro secretarial para el año 1623, que contenía el proceso verbal de una asamblea tenida en esa ciudad para el alivio de los pobres, a instigación «de un religioso sacerdote del Sr. General de las Galeras, destacado en piedad y devoción, que está en esta ciudad, y ha comunicado las formas por medio de las cuales se ha podido socorrer y alimentar a los pobres tanto en Tresvoux como en otras ciudades.»1 Pues, este preste no era otro que san Vicente de Paúl. En este documento, los miembros de la conferencia de Mâcon, se encontraban de nuevo con sus cartas de nobleza y sus títulos de familia, y puesto que al pie del proceso verbal se leen nombres que son todavía los nombres de varios de entre ellos, los nombres de sus padres, fundadores, bajo la dirección de san Vicente de Paúl, de la primera conferencia de Mâcon, y puesto que, en la asociación de 1623, podían ver la idea primera y como el arquetipo de la suya. Tan verdad es que quizás no existe ninguna obra de caridad que no se remonte a san Vicente como a su autor y a su fuente.
En efecto, entre la cofradía del siglo XVII y la asociación moderna, todo parece igual: circunstancias de su fundación, comisiones de las obras, las obras mismas, con su espíritu de espontaneidad y de libertad.
En Mâcon entonces, como hoy en el mundo entero, la sociedad estaba dividida en dos clases, apostadas y amenazantes una frente a la otra, y nadie podía hallar entre ellas un término de acercamiento ni un medio de pacificación. Vicente llegó, vio y venció. ¿Mediante qué maniobras? Ya lo hemos contado. Más que nunca, dos ejércitos se presentan, disponiendo como pertrechos de guerra uno, la incredulidad, el vicio, la miseria y sobre todo un odio inmenso y una sed de venganza inextinguible; el otro, su egoísmo, sus riquezas, su amor a los placeres y a los goces: entre los dos el choque es inevitable, y la misma sociedad se romperá en él. la causa del más no está directa y principalmente ni en el crecimiento de la población, ni en el empleo de las máquinas, ni en la concurrencia ilimitada, ni en la insuficiencia del salario; y el remedio, por lo tanto, no está ni en el desarrollo de la industria, ni en el libre cambio, ni en un salario más elevado o una tasa de los pobres, que no harían más que irritar y alimentar pasiones cada vez más devoradoras. La causa del mal hay que buscarla en la incredulidad, madre de la intemperancia y del vicio, que cuestan más caro que el pan y se engullirían bien pronto los recursos del país más rico; el remedio, por consiguiente en la rehabilitación del pobre por la fe y la moralidad. Mas, para aplicar a los demás este remedio soberano, hay que aplicárselo antes a sí mismo, ser portador de él y depositario, es decir que al ejército de la incredulidad y de la miseria hay que oponer el ejército de la fe y de la caridad.
II. Su renacimiento contemporáneo.
Así andaban las cosas, cuando en el mes de mayo de 1883, ocho jóvenes de la sociedad de los Bonnes-Études, unidos ya por la fe, quisieron unirse por la caridad. De sus reuniones estudiosas conservaron el nombre de Conferencia, aunque se tratara no de estudio sino de acción. ¿A quién se le ocurrió el plan de esta construcción, tan humilde entonces, hoy grande como el mundo e inmensa como la desgracia? Al ahondar sus fundamentos, ¿se encontrarían dos piedras angulares o una sola? ¿Y cuál? Dejemos los fundamentos en las tinieblas que protegen su soledad. En un discurso pronunciado en 1853, delante de la Conferencia de Florencia, Ozanam dijo: «nosotros estábamos invadidos por un diluvio de doctrinas filosóficas, heterodoxas; cuando nosotros católicos nos esforzábamos por recordar a nuestros jóvenes compañeros de estudios las maravillas del cristianismo, ellos nos decían: El cristianismo ha muerto. Nosotros nos dijimos: Bueno pues, ¡a la obra! socorramos a nuestro prójimo como le socorría Jesucristo, y pongamos nuestra fe bajo la protección de la caridad. Nos reunimos ocho amigos con este pensamiento. Uno de mis buenos amigos, engañado por las teorías sansimonianas, me decía con un sentimiento de compasión: ¿Sois ocho jóvenes y tenéis la pretensión de socorrer las miserias que pululan en una ciudad como París? Nosotros por el contrario, elaboramos idea que reformarán el mundo y arrancarán de él la miseria para siempre. –Ya sabéis, señores, a dónde han ido a parar las teorías que producían esta ilusión a mi pobre amigo. Y nosotros, que le dábamos pena, en lugar de ocho, en París sólo, nosotros somos 2.000, y visitamos a 5.000 familias, es decir a unos veinte mil individuos, es decir a la cuarta parte de los pobres que encierran las murallas de esta inmensa ciudad; estas conferencias en Francia tan sólo, son en número de 600, y las tenemos en Inglaterra, en España, en Bélgica, en Italia, en Alemania, en América y hasta en Jerusalén.»
De estas palabras se puede concluir que Ozanam tuvo una gran parte, quizás la parte principal en la fundación de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Por otro lado, una circular del 11 de junio de 1844, redactada, se dice, por Ozanam mismo, atribuye a otro el primer pensamiento.
Pero no entremos en esa discusión contra la cual ha protestado con dolor el consejo general de la Sociedad y que contristaría a dos santas memorias. Es mejor sin duda que los orígenes de la Sociedad como los del Nilo y los de la Imitación sigan en su santa oscuridad. El Ama nesciri ha sido siempre el adagio de todas las obras cristianas y, como los árboles de los bosques, es en la sombra y en el silencio donde prefieren hundir sus raíces. » Vuestros fundadores, señores, decía a la asamblea general de París, el 8 de diciembre de 1855, el Sr. abate Mermilliod, vuestros fundadores se han quedado casi desconocidos: no los saquéis de esta sombra que los vela; ¡dejad sus nombres custodiados por los ángeles hasta que resplandezcan el día de las supremas revelaciones! Perderían a la luz del mundo esplendor que tendrán a la luz de Dios. las piedras en las que apoyan una catedral están hundidas en las catacumbas; soportan todo el edificio; si los sacáis de los fundamentos, pondréis en peligro las murallas. Señores, la gloria humana puede comprometer vuestra obra, seguid pues en este humilde silencio que hace vuestra fuerza y será vuestra vida.»
III. Sus progresos.
Es sabido que la Sociedad de San Vicente de Paúl salió de una humilde habitación del barrio latino, como los apóstoles del cenáculo. Eran ocho solamente, los nuevos apóstoles. No más que su santo patrón cuando salió de su pueblo, no entreveían su vasto porvenir; no más que él tampoco, al comienzo de todas sus empresas, sospechaban ellos la pronta difusión, la difusión universal, los frutos múltiples y la duración vivaz de su obra. en ninguna de estas fundaciones, Vicente de paúl pensó en sí mismo, y se inmoló siempre en provecho de otro; menos puro al principio en apariencia, su celo se movía por un santo egoísmo: no querían más que reavivar y sostener su fe por la acción, que poner su castidad bajo la protección de la caridad. Escogieron como primer asilo las oficinas de un escrito periódico, calle del Petit-Bourbon-Saint-Sulpice y, para procurarse los recursos primeros, escribieron algunos artículos, cuyos honorarios dedicaban al provecho de los pobres. dos meses después eran quince. Más numerosos todavía al volver de las vacaciones, regresaron a su cuna en la casa de los Bonnes-Études, calle de las Fossés-Saint-Jacques. Una multitud de jóvenes, sobre todo de Lyon, la patria de Ozanam, de la Propagación de la fe y de tantas de caridad, se habían unido a ellos. En 1834, a la visita de los pobres, su obra primera, y siempre su obra fundamental, juntaron la visita de los jóvenes detenidos de la calle de los Grés hasta su traslado a las Madelonettes al otro cabo de París. Ensayaban así en sus obras futuras, que debía diversificarse y ramificarse como la miseria. Al año siguiente, viéndose ya un centenar, y deseando asegurar la calma y la fraternidad íntima de sus asambleas, debieron repartirse en dos secciones que tuvieron primero sus sesiones en dos salas de los Bonnes-Études, hasta que una de ellas se trasladar a la parroquia de San Sulpicio. La joven Sociedad se ramificó desde ese año de 1835 y produjo dos retoños en las parroquias de Notre-Dame de Bonne Nouvelle y de Saint-Philippe du Roule. Pronto se pensó, para unir a todas las conferencias y mantener la unidad de espíritu y de acción, en asambleas generales. La primera tuvo lugar el 21 de febrero de 1836. se leyó un informe sobre el estado de la Sociedad desde su origen y en ella se aprobó su reglamento definitivo, que tenía ya la consagración de la experiencia. Era todavía caminar tras los pasos de san Vicente de Paúl, que no dio nunca reglas a sus cofradías ni a sus instituciones hasta después de la prueba del tiempo y de la práctica.
Sucesivamente, pero con mucha rapidez, la Sociedad, se extendió por veintiséis parroquias de París y dos de los arrabales. Tal conferencia no comenzó más que por dos miembros. El Señor renovaba así las maravillas de los primeros tiempos y se escogía nuevos discípulos que enviaba a todas las ciudades adonde debía ir para prepararle los caminos por la caridad;2 los enviaba todavía de dos en dos por delante de él, porque la caridad, como dice san Gregorio papa, supone al menos la dualidad, no teniendo nadie propiamente caridad consigo mismo.
Pronto la Sociedad salió de París y se extendió por provincias. La encontraremos en Lyon a partir de 1836. A fines de 1841 contaba 82 conferencias en 48 ciudades y 38 diócesis diferentes. Fundada en Roma el mismo año que en Lyon, fue dispersada por el cólera, luego restablecida en 1841, a consecuencia de una predicación del P. de Ravignan, cuya palabra apostólica debía enraizarla allí para siempre.
Desde entonces, cada año crece en treinta, cuarenta, cien doscientas, tres y cuatrocientas conferencias nuevas. Estas conferencias que eran en número de 1571 en 1854, sobrepasan hoy el número de dos mil, visitando tal vez a más de un millón de pobres.
Una vez salida de Francia, de la tierra natal de todo proselitismo cristiano, y después de bautizarse y confirmarse en Roma, en el centro de la fe y de la piedad católica, la Sociedad se vio abrirse el mundo entero, y dar todas las tribus de la miseria en herencia. Hoy está extendida por Argelia y por todas las colonias francesas, por Inglaterra, Escocia, Irlanda, los Países Bajos, Bélgica, Prusia, en Baviera, en Austria, en varios estados alemanes, en Suiza, en los Rstados de la Iglesia, los Estados sardos y demás estados de Italia, en España, en Turquía, en Egipto, en Grecia, en el Canadá, en las Indias y hasta en Australia. Cuenta hoy con más de 1400 conferencias en Francia, y por lo menos con 2.000 en ele extranjero, sin contar 220 consejos particulares.
Sus ingresos, humildes en un principio y pobres como sus primeros miembros, no ascendían al principio más que a unos miles de francos. En 1840, sobrepasaban los cien mil; cuatro años más tarde, alcanzaban los 500.000 francos; y, creciendo después de año en año en ciento, dos cientos, y quinientos mil, llegaron en 1854 a la cifra de 2.724.366 francos, pasan joy de los tres millones.
IV. Organización y fin.
Como la Iglesia, como todas las asociaciones cristianas fundadas por san Vicente de Paúl, la Sociedad, por su ordenanza y su jerarquía, es un ejército ordenado en batalla, acies ordinata. En la base, la conferencia, pequeña familia en la gran familia, que tiene su organización, su tesoro, su vida y sus obras propias; por encima de todo, el consejo particular, que une entre ellas a todas las conferencias de una misma ciudad; por encima también, bien un consejo central, bien un consejo superior, que abraza en su jurisdicción a las conferencias de varias diócesis o incluso de un país entero, cuando la distancia, la diferencia de lenguaje y de costumbres exigen una dirección especial; finalmente, como centro y coronación a la vez, el consejo general, encargado de pronunciar la agregación de las conferencias nuevas, de resolver las dificultades presentadas por conferencias más antiguas, de acudir en ayuda de las conferencias demasiado pobres, y sobre todo, de mantener, del centro a la conferencia, las tradiciones, el espíritu primitivo, la unidad de acción de la que es depositaria.
Cada conferencia en sí misma, hemos dicho, tiene su organización propia. A la cabeza, la mesa y los funcionarios accesorios; por debajo, los miembros activos, correspondientes, honorarios y suscriptores. Los primeros son el pie y el brazo de la caridad; a ellos la visita de los pobres, el seguimiento de todas las miserias; a ellos la distribución de los socorros, la puesta en marcha de todas las obras buenas. El miembro correspondiente es un antiguo miembro activo que, habiendo cambiado de residencia, ha fijado su vivienda en una ciudad donde no existe conferencia; de allí se pone en contacto con la conferencia o conferencias de la ciudad de su diócesis más cercana a su domicilio, y sigue así en unión con la Sociedad, no sólo de oración, sino de buenas obras, realizando sus obras ordinarias, entregándole todos los servicios de los que las circunstancias ofrecen ocasión, y sobre todo haciendo una santa propaganda con el fin de establecer una conferencia nueva. Los miembros honorarios no asisten a las conferencias, sino a todas las asambleas generales y convocaciones extraordinarias; para suplir en el servicio activo que su condición o sus trabajos no les permitan, deben enviar cada año una ofrenda particular al tesorero del consejo o de la confer3ncia de su ciudad. los suscriptores son más bien bienhechores que miembros de la Sociedad; por este título, tienen derecho a sus oraciones y a los méritos de las buenas obras producidas por sus limosnas. Desde hace algunos años, hay incluso miembros aspirantes, salidos en particular de los jóvenes de los colegios; ejercitados, bajo la dirección de sus maestros en el trato con la miseria, en la práctica de las obras caritativas, son como el noviciado de la Sociedad.
En esta gran familia de San Vicente de Paúl, todas las clases están representadas: la administración, por miembros del consejo de Estado, de los funcionarios públicos de todos los órdenes; la magistratura, por consejeros, jueces, miembros de las fiscalías, bien de cortes imperiales, bien de tribunales de primera instancia; el ejército de tierra y de mar, por oficiales de toda graduación y alumnos de las escuelas especiales; la instrucción pública, por profesores de las facultades, de los colegios universitarios y de las instituciones libres; el resto de la sociedad, por médicos, abogados, propietarios, renteros, cultivadores, artistas, comerciantes, jefes de taller, y simples obreros incluso escogidos entre los más inteligentes y más cristianos; la juventud finalmente, por los alumnos de las escuelas.
Al propio tiempo que la Sociedad es un centro común en el que todas las clases sociales, olvidando las distinciones por el nacimiento y fortuna, abjurando sobre todo de las divisiones abiertas con demasiada frecuencia por la política, rivalidad, la envidia, todas las pasiones malas, se reúnen y se funden en la unidad de la fe y del amor cristiano, única unidad verdadera, ella sirve también de lazo de unión a los dos partidos hostiles que desgarran al mundo moderno: los ricos y los pobres. Sin duda, sus miembros no son todos ricos, pero ninguno es pobre, ninguno necesita de los auxilios de la caridad, y todos, en una proporción más o menos amplia pueden contribuir a auxiliar la miseria. En medio de esta guerra de la riqueza y del pauperismo, que ya gruñe sordamente, ya estalla en sangrantes catástrofes, y a veces nos amenaza con un cataclismo universal, la Sociedad de San Vicente de Paúl es el congreso de participación permanente, donde la caridad sola negocia y estipula, donde los vencidos por la desgracia tienen todos los beneficios de la victoria, donde los pequeños y los débiles, lejos de ser sacrificados a los grandes y a los fuertes, ve a éstos despojarse libre y generosamente en su provecho de sus derechos y de sus ventajas. ¡Santa diplomacia que sola pacificará y salvará al mundo!
Es verdad, los miembros de la Sociedad hacen sus reservas y apuntan a una ganancia inmensa en su trato con el pobre. Como ya lo hemos dicho, su caridad comienza por ellos mismos. Quieren mantener su fe por las obras activas que la enardecen y la vivifican, que le son lo que es a la sangre el movimiento y la circulación: quieren curar en ellos esta ignorancia del misterio del dolor y del verdadero fin de la vida, que es la gran ignorancia de nuestro siglo materialista y sensual; por el espectáculo de los sufrimientos reales, quieren desterrar de su alma estos sufrimientos imaginarios de los Werther, de los René y de los Obermann, sufrimientos egoístas y crueles que hacen insensibles a los males de los demás y, bien por la lenta parálisis de las fuerzas y de la actividad humanas, bien por un golpe súbito y violento, tienen por desenlace el suicidio. . pero, a fin de cuentas, este cálculo se trueca en beneficio del pobre, ya que aumentando el capital de la fe y de la virtud aumenta, por la renuncia y el sacrificio, el capital puesto al servicio de su indigencia y de su miseria..
V. Obras.
Comprendiendo bien las causas y los remedios del pauperismo, la Sociedad de San Vicente de Paúl apunta al alma a través del cuerpo. Por abundantes que sean sus limosnas materiales, no sus a sus ojos más que el precio de o el pasaporte de la limosna espiritual que quiere hacer aceptar. Por lo demás, se apega al pobre, al comienzo de su vida, le sigue en todas las etapas de su pobreza y no le abandona ni siquiera en los brazos de la muerte. Le toma en la cuna y casi en el seno materno, le sostiene en sus más tiernos años, le conduce y le vela en las escuelas de la infancia, le protege en los días peligrosos del aprendizaje, no le deja ni en el trabajo, ni en el paro, ni en la estancia fija, ni en los viajes, ni en la salud, ni en la enfermedad, ni siquiera en la desgracia donde le ha precipitado su error, y le acompaña en la prisión. Enfermo, se sienta a su cabecera en su buhardilla, o le visita en los hospitales; vuelve a su lecho de muerte para ayudarle a acabar bien y, después de conducirle a su ultima morada, manda ofrecer el santo sacrificio para el descanso de su alma.
Pero el punto de partida, el punto central de todas sus obras, como de las Caridades de san Vicente de Paúl, es la visita del pobre a domicilio. Para el visitador y para el visitado, es el modo de caridad más lleno de ventajas. El visitador se pone así en contacto con la miseria; y, en este trato frecuente, aprende las tristes realidades de la vida, en las que las lágrimas y las privaciones son el patrimonio casi universal, y el reír y el gozo el lote de algunos raros privilegiados; de allí le viene la santa compasión, el desprendimiento de los bienes de la fortuna, la inspiración y la práctica del sacrificio; allí se siente llevado, no ya tan sólo a dar, lo que nos es más que la beneficencia pagana o filosófica, sino a darse él mismo, lo que es propio de la caridad cristiano. Allí solamente, por otro lado, se produce el acercamiento de las clases, de los pobres y de los ricos, se establecen entre ellos esas relaciones, que ahogan los odios y las ambiciones, o incluso trasforman todas las pasiones malas en un sentimiento de igualdad cristiana y de afectuosa fraternidad. Allí sobre todo la limosna espiritual del buen ejemplo y del buen consejo acompaña con mayor naturalidad que en otra parte a la limosna material y, en el abandono de una conversación familiar, el pobre, tocado ya por el don que ha recibido, está dispuesto a recibir la regla moral de su vida. Por último la visita a domicilio permite sola aplicar los auxilios con justicia y prudencia, medirlos según la naturaleza y la extensión del mal, y no dejar ninguna miseria, física o moral, fuera de los alcances de la caridad. Lo más frecuente, ella se las ofrece todas reunidas en un mismo cuadro y bajo una sola mirada, desde el niño que acaba de nacer hasta el anciano que va a morir, e invita así a multiplicar las obras, a ordenarlas en una santa jerarquía, o también a hacer intercambio y trato con otras Sociedades caritativas para evitar los dobles empleos tan funestos cuando los recursos apenas son suficientes para todas las necesidades. Con demasiada frecuencia, por ejemplo, la Sociedad de San Vicente de Paúl encuentra el concubinato en el domicilio del pobre. Entonces acude a la admirable Sociedad de San Francisco Régis, y sólo en su defecto interviene ella misma y comienza por crear la familia por un matrimonio legítimo. Para facilitar el trabajo al padre y a la madre, ella coloca al niño en la sala del asilo. Cuando el niño crece le ofrece su protección, antes y después de la primera comunión. Para el primer periodo de instrucción elemental y religiosa, ella se apoya en los cuidados de los buenos Hermanos de las Escuelas cristianas. Pero como su acción se ve con frecuencia contrariada y destruida por influencias extrañas, a veces por las influencias del hogar doméstico, incluso durante este tiempo, ella no interrumpe su protección. se hace auxiliar de la familia, la tutora del niño y, mediante un sistema ingenioso de auxilios y recompensas, logra que el niño ame su dirección, y consienta a la familia su ingerencia en el ejercicio de la autoridad paterna.
Después de la primera comunión llega el aprendizaje, durante el cual la Sociedad, para impedir la destrucción de su obra, redobla su vigilancia. Ya reúne a los niños en un taller grande que contengan todos los estados, ya los acoge cada noche en una residencia grande; con mayor frecuencia, se contenta con protegerlos en casa de los maestros, donde los vista y los vela, donde estipula para ellos mesura en el trabajo, seguridad en las relaciones, y sobre todo libertad y descanso el domingo; ese día es su día al mismo tiempo que el día de Dios y de los niños; ese día, reúne y reconstituye a su familia adoptiva, dispersa durante la semana y, mezclando lo recreativo con ejercicios religiosos, frugales colaciones con el alimento del alma, le hace querer su yugo, o más bien el yugo del Señor.
El niño ha crecido y ya es obrero. La Sociedad le acompaña en su tour de Francia para defenderla contra todo peligro, contra las seducciones de las sociedades secretas; se pone en lugar de la madre, quien con demasiada frecuencia explota su virtud como su bolsa; le procura trabajo y, mientras tanto, provee a sus necesidades; en una palabra, se convierte en su ángel de la guarda y le devuelve sano y salvo a su familia.
¡Cuántas obras más, inspiradas a la Sociedad por su amor al obrero y al pobre! Por la obra de los alquileres, les asegura el alojamiento; por sus vestuarios, sus roperos, ella cubre su desnudez o multiplica sus lechos, en interés de la salud y de las costumbres; por sus cajas de ahorro o de socorros mutuos, les enseña la economía y el manejo de los recursos; por su obra de las consultas gratuitas y de los auxilios médicos, pone a su alcance el remedio en sus enfermedades y el consejo de paz en sus controversias; por sus escuelas de adultos, completa su enseñanza elemental; por sus círculos, sus bibliotecas, sus almanaques, les provee de pequeños centros intelectuales y de buenas y agradables lecturas; por su asociación de la Santa Familia, los agrupa en una pequeña parroquia en el seno de la grande, y les procura una enseñanza y ejercicios religiosos apropiados a su condición. Enfermos, hemos dicho, los visita a domicilio o en los hospitales; entretanto, vela por sus familias, vela por ellos mismos durante la convalecencia y mira por sus necesidades hasta que son capaces de hacerlo ellos mismos con su trabajo; si sucumben, ella se encarga del cuidado de sus funerales y los reemplaza ante los supervivientes.
Al lado a de estas obras que todas se encadenan como los años y las miserias del pobre, la Sociedad ha establecido también el patronato de los niños expósitos, de os huérfanos, de los Saboyanos (deshollinadores), de los jóvenes liberados. También se ha entregado a la obra de los militares y, conociendo la acción y el ascendiente del soldado liberado, no desdeña nada para devolverle instruido, moral y religioso a su pueblo. Sale incluso alguna vez del círculo de sus trabajos y, sin menospreciar la clase normal de su adopción, es decir a los obreros y a los matrimonios indigentes, presta auxilios extraordinarios a los mendigos, a los pobres vergonzantes, a los transeúntes, a los refugiados, a los condenados a muerte; como también, en las grandes calamidades públicas, las inundaciones, el cólera, ella deduce de sus recurso una abundante limosna, y redobla el celo y la caridad para no abandonar en el sufrimiento ninguna de sus obras habituales.3
VI. Caridad religiosa, caridad privada y caridad pública.
Tal es la Sociedad de San Vicente de Paúl, gran familia digna de su padre y de su santo origen. Ella sola sería suficiente para consolarnos de la desaparición de tantas asociaciones caritativas establecidas por Vicente. Porque, ay, todas estas cofradías, todas estas mesas de caridad, obras de su celo, ¿qué ha sido de ellas? Han quedado sepultadas en la tormenta revolucionaria y, al volver la calma, no han sido reemplazadas más que por mesas de beneficencia1 este simple cambio de denominación ¿indicaría un cambio más radical? Y este sobrenombre de la caridad, ¿sería como el sello de una parodia de las obras cristianas?4
No exageremos nada, a pesar de todo, y no calumniemos a nuestra edad. Primero ha visto nacer y crecer a nuestra Sociedad de San Vicente de Paúl, que restablecido entre los hombres el ejercicio de la caridad hace tanto tiempo interrumpido y lo ha extendido en proporciones hasta hoy desconocidas. En el siglo de Vicente mismo, es decir en el siglo de la caridad, nada parecido se había visto, ya que el santo no logró establecer más que algunas cofradías de hombres, y tuvo que buscar entre las mujeres cristianas los instrumentos de su celo. Además, nunca tal vez se habían multiplicado más las obras que en nuestros días, ni habían abrazado en una jerarquía más diversa y más fuerte todas las miserias físicas y morales. Basta con recorrer tan sólo el Manual de las obras e instituciones caritativas de París, por el Sr. Armando de Melón para asegurarse de que la caridad ha sido en escasos momentos más viva, más activa y mejor ordenada.
Por otra parte, ka causado demasiada alarma a veces en Francia que la invasión de lo que se ha dado en llamar la caridad pública, y se ha desconocido el verdadero carácter del modo que se designaba con este nombre. No hay entre nosotros, hablando con propiedad, caridad pública, es decir legal y obligatoria; caridad que constituya al Estado deudor de los pobres, y a los pobres acreedores del Estado; dividiendo la sociedad en dos campos, de los que una pagaría al otro los intereses de una pereza, de una miseria voluntaria metamorfoseada en capital y convertida así en una industria lucrativa y una herencia transmitida de generación en generación. Existe entre nosotros un principio fundamental: es que cada uno está encargado de cuidar de sí mismo en sus necesidades y en las de su familia, por medio de recursos transmitidos por herencia o adquiridos por la industria personal. La caridad no debe ser mas que un suplemento de la impotencia Reemplazar este principio por el derecho a la asistencia sería matar la actividad individual, desmoralizar a las poblaciones, ahondar cada vez más el abismo de la miseria, sostener el antagonismo entre las clases, romper los lazos que las deben unir: agradecimiento en el pobre y caridad en el rico, y sobre todo hacer imposibles esas relaciones íntimas de consejo, de instrucción, de buen ejemplo, de las que nace la elevación moral de la clase sufridora. La asistencia legal y obligatoria, si se introdujera entre nosotros, expulsaría inmediatamente a la más bella de las virtudes religiosas y sociales, la caridad, cuya esencia es ser espontánea y voluntaria.
Y no se diga que la sociedad debe ser sin entrañas, tener ojos y no ver la miseria de sus miembros, orejas y no oír sus gritos de desesperación. La sociedad, en particular la sociedad cristiana, es una persona moral, obligada a la caridad como los individuos. Intervendrá pues en los casos extraordinarios, sea por medio de policía y para impedir un desorden público, sea para venir en ayuda de la caridad privada, sea para asegurar la organización y la perpetuidad de los recursos. Hay males aislados, accidentales, que remedia al instante la caridad privada con todo el ímpetu de la espontaneidad; los hay grandes y permanentes, que afectan a clases enteras, que reclaman una acción colectiva: como por ejemplo, los alienados, los niños expósitos, de quienes se encargan los departamentos en Francia, siguiendo libres no obstante para fijar la cuota de los socorros. Y es que la caridad pública misma debe ser voluntaria siempre, libre de hacer o no hacer; debe también ser prudente y sabia; ya que el exceso, laudable en el individuo, es culpable en el Estado, que distribuye no su bien sino el de los demás, de los pobres sobre todo, los contribuyentes más numerosos. La caridad individual camina con el único cortejo de sus obras, la caridad pública tendrá como compañera a la justicia.
Entre nosotros también, el Estado coopera a la caridad con subvenciones, mínimas de ordinario, y cuya mayor parte va a la cardad religiosa y privada. Su principal papel es supervisar y perpetuar los fondos de socorro. No existiendo ya los donantes, se ha de impedir la malversación y dilapidación de sus liberalidades. Tutor del indigente, el estado se ha reservado la elección de los de los detentadores, de los receptores y ecónomos de las fundaciones caritativas. En este sentido, lo que se llama en Francia caridad pública no es más que la caridad religiosa y privada, pero organizada, vigilada y perpetuada. Pues, a parte de ésta interviene siempre en los establecimientos públicos por los administradores no asalariados y por sus Hermanas, es ella la que ha creado el fondo primitivo y la que le aumenta con sus donaciones. Así sucede a menudo con las mesas de beneficencia, cuyos recursos, que provienen de la caridad religiosa y privada, son distribuidos por sus manos, es decir por las Hermanas de la Caridad.
Nunca en Francia, en la patria de San Vicente de Paúl, degeneró la caridad pública en caridad legal, en tasa de los pobres. La Francia católica dejará siempre esta decadencia y esta plaga a los países protestantes. Sin duda, la caridad religiosa y privada, es decir la caridad cristiana y francesa, podrá tener entre nosotros más o menos iniciativa y libertad. Se la tendrá alguna vez bajo sospecha, como ha hecho el régimen de 1830, que ha quitado a los párrocos el título de miembros natos de las comisiones hospitalarias y de las mesas de beneficencia, que ha paralizado con demasiada frecuencia la acción de los capellanes y de las Hermanas, y echado así el germen de esta hostilidad sorda entre la caridad pública y la caridad privada de las que los pobres han tenido tanto que sufrir. Pero, después de estas crisis pasajeras, una y otra vuelven a emprender su acción e intercambian su concurso. La caridad pública camina tras las huellas de la caridad privada y difunde sus dones allá donde ésta se ha mostrado incapaz; le presta también su administración organizada y duradera. Por su parte, la caridad religiosa y privada ayuda a la caridad publica por sus sacerdotes, sus Hermanas, sus asociaciones, que alimentan y distribuyen los socorros. Alianza posible, alianza deseable de todas las caridades, única que asegurará el alivio de todas las miserias; alianza entre nosotros tradicional y que san Vicente de Paúl, nuestro modelo y nuestro maestro, ha buscado y practicado siempre.
- Société de Saint Vincent-de-Paul, informe general para el año 1846, p. 20.
- San Lucas, c. X.
- En 1840 no obstante, la Obra de los pobres enfermos se ha restablecido bajo la dirección del superior general de la Misión. Está dividida en tantas secciones como parroquias hay en las que existe. Cada sección tiene por presidente al párroco, y se compone de la superiora de la Hijas de la Caridad de la parroquia, de una dama representante, de una secretaria, de una tesorera y de damas visitantes. Comenzada con doce damas, la obra cuenta hoy con mil, y se ha extendido por varias diócesis de Francia, de Bélgica, de Italia, de España, de Irlanda, de Polonia, y hasta en Constantinopla y en Brasil .Sus limosnas se levan a 100.000 francos; sus servicios espirituales son inapreciables. (Véase el Reglamento de la obra y el Informe leído, el 24 de mayo de 1859, por el director, Sr. Étienne, superior general de la misión, sobre sus trabajos durante el año 1858).
- Se sabe el golpe fatal recibido recientemente en la Sociedad de San Vicente de Paúl en su organización central; medida provisional, esperémoslo, y cuya retirada próxima le devolverá todas sus condiciones de vida y de duración. Con esta esperanza hemos creído un deber no cambiar nada de lo que escribíamos en 1860.






