San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (12)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Iginio GIordani · Translator: A. O. León. · Year of first publication: 1964.
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XII: del Consejo de Ciencia a los ejercicios espirituales

A la cabecera del rey

Un mérito especial de Vicente fue haber puesto a los ricos a servir a los pobres. Concurrió a la redención de los grandes induciéndolos a hacerse pequeños, con prestaciones de caridad a los humildes. Hombre del pue­blo, salido de la gleba, que había permanecido siempre sencillo, si ya no hasta un poco rústico, que había vivido pobre para los pobres, por ellos tuvo que tener contacto con los grandes, con hombres de la política y de adminis­tración, hasta con la corte y los reyes. No que él buscara aquellos contactos; se habría guardado muy bien aun sólo, de pensar mezclarse con espíritus encastillados, los más,, entre la vanidad y el vicio, el culto al dinero y a la intriga, en un ambiente, del que su inocencia huía instintivamen­te.

Pero precisamente porque era tan puro, activo e in­teligente, no pocos grandes desearon tener sus servicios y le ayudaron en sus iniciativas. Hombres como Gondi, Sillery, Richelieu y la misma reina Ana de Austria, le consultaron y le veneraron. Fue la reina quien, habiendo advertido la vena de santidad bajo los modales rústicos de aquel sacerdote, le quiso a la cabecera de Luis XIII mori­bundo.

Y así el santo de los pobres asistió al más poderoso de los reyes. Y fue una gracia no pequeña para aquel a quien, sobre el trono más alto de la tierra, llegaban suges­tiones de otra clase. Hacía decenas de años que se encon­traba en el centro de una guerra, que asolaba a Francia y a media Europa. Esta guerra, en gran parte, era produc­to de pasiones de hegemonía y de poder, hinchadas, con el ímpetu realmente marinista, de la época, por concep­ciones de vida no cristianas.

Ahora bien toda aquella retórica encomiástica se per­día como niebla ante la realidad de la muerte. Y sensa­tamente el rey no quiso escuchar a cortesanos suntuosos, sino a sacerdotes puros, y entre ellos al más sencillo e ine­legante.

Esto sucedió en la primavera del año 1643, cuando el rey enfermó gravemente y, piadoso como era, a pesar de sus debilidades y defectos, quiso prepararse a una santa muerte. Entre las obras loables que, en aquella semana de sufrimientos quiso realizar, fue el nombramiento de titu­lares de sedes episcopales y abadías vacantes. Sintiendo que pronto tendría que rendir cuentas a Dios, quiso que se escogieran para ellas a sacerdotes probos y capaces; y para esto hizo oír el parecer de Vicente, mientras que mandó enviar sumas ingentes de dinero al santo, cuyas empresas caritativas conocía, para que atendiera a la po­blación hambrienta de Lorena.

Cuando el 23 de abril, sorprendido por un ataque violento del mal, recibió de manos del obispo de Meaux la Extremaunción, la reina deseó que Vicente estuviera presente en el trance supremo. El rey asintió.

Vicente fue a toda prisa al palacio real de Saint-Ger­main-en-Laye y, acercándose al lecho del moribundo, su­surró: «Sire, timenti Deum bene erit in extremis». El monarca terminó el versículo: «Et in die defunctionis suae benedicetur»1.

Es decir que el rey que por naturaleza era reservado, casi taciturno, encontró en Vicente la confianza del niño; y desde aquel momento deseó tenerle junto a sí, aunque tenía también al confesor ordinario, Padre Dinet. Hasta el 14 de mayo Vicente acudió más veces a su cabecera. Cuando el rey, al principio, pareció que se restablecía, Vicente, esquivo como era, tomó de nuevo el camino de San Lá­zaro. Sólo volvió a subir las escaleras del palacio real cuando el ilustre enfermo volvió a agravarse. Entonces, junto con otros eclesiásticos de la corte, asistió a su len­ta agonía, sugiriéndole palabras de consuelo y de piedad. Entre otras, a una pregunta del enfermo, tuvo que decir­le que la mejor preparación para la muerte es la que ha­bía enseñado con su ejemplo Nuestro Señor, sometiéndose totalmente a la voluntad del Padre con las palabras: Non mea voluntas, sed tua fiat.

«Oh Jesús mío, —dijo el rey, después de haber escu­chado al Santo—, también yo quiero esto, con todo mi co­razón… Fiat voluntas tua…»

Vicente insistió con otras exhortaciones. El rey se vio por ello tan edificado y consolado que en cierto momento hizo esta observación: «Señor Vicente, si yo me curase, los obispos tendrían que estar tres años entre vosotros».

Pero sabía que no podía curarse; y con el brazo des­carnado señaló más allá de la ventana la abadía de San Dionisio, donde debería ser enterrado. Y puesto que los médicos le exhortaban a que tomara algún alimento que le repugnaba, en cierto momento pidió el parecer de Vi­cente y como éste le exhortara a obedecer a los médicos, bebió un poco de caldo.

Murió algunos días después y san Vicente tuvo que decir que no había visto nunca morir a nadie más cris­tianamente.

Después de haber acompañado al rey hasta la última morada, la reina viuda pidió con lágrimas a Vicente que dirigiera su alma, en aquella crisis de regencia.

«No me abandonéis, —le dijo Ana de Austria entre sollozos—, os confío mi alma; guiadme por el camino de la perfección; quiero amar y servir a Dios».

Hacía muchos años que la reina conocía la obra de Vicente y la apreciaba tanto que más de una vez había intervenido con donativos de dinero y joyas, se había convertido en la más ilustre de las Damas de la caridad. Piadosa y hermosa, había rivalizado muchas veces con las otras en las visitas a los enfermos del Hotel-Dieu o del Val-de-Grace: y este aspecto de la reina —escribe Daniel Rops2— «era obra de Monsieur Vincent».

Ahora, entre los religiosos que aspiraban y hasta in­trigaban para tener el honor de asumir su dirección espiri­tual, ella espontáneamente, escogió precisamente a aquel que experimentaba sentimientos de confusión ante la perspectiva de tener que dirigir él, pobre sacerdote, a una so­berana. Sin embargo, por su deferencia normal para con la autoridad, al fin obedeció y dirigió a la reina como a cualquier otra alma ávida de virtud. De documentos de la época resulta que la reina practicaba las abstinencias y ayunos más severos, que le sugería Vicente, más que los consejos de los médicos de moderar el rigor durante la cuaresma del año 1644. Menos dócil parece que fue a las recomendaciones de Vicente para que moderara su manía por el teatro: le gustaba asistir a las comedias que no siempre eran castas. En París triunfaba la comedia ita­liana, mientras que florecían junto a un Moliére y Cor­neille muchos autores secundarios dispuestos a sustituir la fantasía, que es rara, por los atractivos del vicio, más fáciles. En aquella ocasión se habló de oposición entre Vicente, censor más rígido y Mazzarino, cortesano de manga ancha.

Por otra parte, se trataba de una de esas oposiciones entre la vida de la corte y la práctica religiosa, quizás inevitables para cualquier monarca, especialmente de la corte de Francia, donde hacía tiempo que se acostum­braba a subordinar la religión a las exigencias de la eti­queta, a los gustos de la aristocracia, y a los cálculos de la política. Aquella intimidad entre Ana de Austria y Vicente de Paúl valió para elevar el prestigio de éste que, más todavía que antes, se convirtió en el intermediario entre la corte y la turba de los atribulados y. se valió de aquella amistad para salir al encuentro de postulantes de todo género. Se convirtió un poco en «el representante del Estado para la asistencia pública»3; sólo que no fue nunca un funcionario porque, viendo en los hombres a Dios, integró siempre la asistencia con la caridad.

El Consejo de conciencia

Su penitenta, la viuda Ana de Austria, nombrada regente, porque a la muerte del rey su hijo Luis XIV no tenía más que cinco años, llamó a Vicente al. Consejo de conciencia.

El Consejo de conciencia era una especie de minis­terio de asuntos eclesiásticos, instituído hacía poco para dar pareceres y deliberar sobre los actos más importantes en la dirección de la Iglesia: dirección en la que el Estado intervenía mucho y ambicionaba intervenir aún más, di­rigido como iba hacia un cesaropapismo —llamado en Francia galicanismo—, en el que, aun por parte de monarcas católicos, se buscaba traducir el ideal de la established Church, Iglesia establecida o de Estado, de Inglaterra.

Entre los principales cometidos del Consejo estaba la de escoger a los obispos y abades.

Cuando Vicente se enteró de la noticia de que la reina le había elegido para aquel alto consejo, pensó huir de París, para sustraerse aquel honor, que para él era un peso superior a sus fuerzas. Conjuró a la reina que le dispensara de aceptar, afirmando su incapacidad. Pero no le valió y tuvo que obedecer. Cuando se presentó a los colegas del alto consejo, dijo que estaba confundido por el honor que se le había conferido a él «hijo de un pobre porquerizo». Acentos extraños en un ambiente donde se hacía ostentación de títulos, a veces recién compra­dos, de antiguo poder y ruidosa nobleza.

Presidente nato del consejo era el primer ministro: Mazzarino; pero pronto Vicente llegó a ser una especie de secretario, con el encargo de instruir las cuestiones y extender las relaciones: es decir, con el cargo efectivo de dirigente. Y esto era efecto de la capacidad del hombre’ que, sin extravagancias, con pocos golpes, a la luz del buen sentido, desenredaba las cuestiones más intrincadas. Hasta tal punto que una vez Condé tuvo que decirle: «¿Cómo, señor Vicente, decís a todos y predicáis por todas partes que sois un ignorante, y en cambio resolvéis con dos palabras las dificultades más arduas? Su Majestad no podía escoger consejero más iluminado para los asun­tos eclesiásticos».

Ciertamente todo esto no le hizo perder la cabeza. Siguió siendo el pobre sacerdote de siempre, que se diri­gía al Consejo, que se tenía en el palacio real, con su hábito sencillo, tan sencillo que una vez Mazzarino, co­giéndole la faja deteriorada, se la mostró a los cortesanos, riendo: «Mirad cómo viene el Señor Vicente a la corte y qué hermosa faja trae».

Era siempre él; o, como decía un obispo: «El señor Vicente es siempre el señor Vicente».

Por esto los consejeros más íntegros de la asamblea le estimaban y el pueblo le veneraba. Los escépticos y los corrompidos le despreciaban y hasta le herían con alusiones desdeñosas y con epítetos ofensivos, cuanto más derrotados se sentían por su resistencia moral. Pues la acción de Vicente se dirigía al servicio de la Iglesia y, a través de este —estaba cierto— al servicio del Estado.

Pero su conducta independiente no se convertía nunca en jactancia o frialdad, sino que siempre era vicen­cianamente caritativa, de tal manera que muchas veces lograba convertir a los intrigantes. Y sabía perdonar.

Una vez fue vilipendiado por un personaje impor­tante en el Louvre, porque había opuesto resistencia a sus aspiraciones simoníacas, Vicente no dijo una sola palabra: pero la reina, enterada de lo que había sucedido, alejó al ofensor de la corte. Vicente pidió y obtuvo gra­cia para él.

Otra vez, por una negativa semejante, fue agredido con malas palabras por otro personaje; Vicente se limi­tó a responderle: «Señor, creo que vos tratáis de des­empeñar bien vuestros oficios; permitidme que os imite en el desempeño de los míos».

Otra vez se negó a pasar el título y el oficio de abade­sa, en una comunidad, de la tía a la sobrina y a consentir en que su familia pasara varias veces al año una temporada de campo gratis en la abadía. El jefe de casa, ofendido, llenó de contumelias a san Vicente mientras le relataba la lista de sus parientes, antepasados y amistades asegu­rándole que le haría pagar cara la afrenta hecha a su apellido. Vicente había oído más veces aquellas mismas historias a otros; y tranquilamente tuvo el cuidado de repetirle: «Vuestra hija es una religiosa demasiado joven. Yo estoy obligado en conciencia a preferir para ellas una religiosa experimentada, capaz de Conducir a las otras».

El marqués des Portes quería sacar de un beneficio eclesiástico una pensión para sí: ésta no podía concederse más que a eclesiásticos; y el marqués era seglar. Vicente no quiso ofenderle con una negativa seca y respondió a su petición escrita con una carta que es una obra maes­tra de diplomacia: la diplomacia de la caridad.

«La carta que me habéis hecho el honor de escribir —le dice— es digna de un alma verdaderamente cristiana como la vuestra. No sé expresar, señor, hasta qué punto me han edificado vuestros sentimientos religiosos relati­vos a la prelatura y vuestras disposiciones acerca de la pensión, para la cual os prestaré todos los servicios que me sean posibles. El buen uso que pretendéis hacer de ella me obliga a esto doblemente. Sin embargo preveo dos dificultades. La primera es que no se concede pensión eclesiástica a no ser a quien pertenece a este estado, lleva su hábito y vive, de hecho, conforme a él. Sé, señor, que vos tenéis el espíritu eclesiástico y que esta dificul­tad no hace a vuestro caso. Pero he aquí otra que me da mucho que temer: la reina y monseñor el cardenal se hallan tan abrumados de solicitaciones de todo género que no tienen libertad para considerar quién lo merece realmente. Ven arrebatar de sus manos pensiones y bene­ficios y se ven impedidos a disponer de ellas a su volun­tad. No dejaré, señor, de hablarles de vos en las ocasiones y de las maneras que Dios conoce. Es cierto que vuestro nombre es demasiado ilustre y vuestro mérito demasiado conocido para tener necesidad de ser alabados; y tal vez la estima que tienen de ellos Su Majestad y Su Eminen­cia les obligue a daros satisfacción antes de lo que yo me atrevería a esperar».

Al leer esta respuesta, ¿pensó el marqués des Portes que Vicente apoyaría su petición? Es probable. En reali­dad la carta no promete nada; más aún oculta una ne­gativa cortés bajo los elogios que sin duda halagaron al marqués.

En cambio, no raras veces, en vez de amenazas, se le dirigían lisonjas, con ofrecimientos de ventajas pecuniarias y de otro género, para él, para sus parientes y para sus sacerdotes.

«Conozco mi deber, —respondió Vicente a uno de esos oferentes—, y trato de mantenerme fiel a él, aunque se me ofrezcan todos los bienes de la tierra. La Compañía no tiene nada que temer de la pobreza. Más temería para ella la abundancia de los bienes de esta tierra».

Para obtener cierto apoyo, el gobernador de una ciu­dad se ofreció a tomar la defensa de los Sacerdotes de la Misión en una causa que tenían ante el Parlamento. Vi­cente le respondió: «Os serviré, si me es posible; pero por lo que se refiere al asunto de los sacerdotes de la Mi­sión, os pido que lo dejéis en manos de Dios y de la justicia. Prefiero no verles más en la ciudad que verlos en ella por el favor y la autoridad de los hombres».

Podemos imaginarnos cómo se quedaría el orgulloso gobernador ante un lenguaje tan inusitado.

Otra vez le propusieron aceptar dinero: cien mil pesetas de aquella época, cantidad que le habría permi­tido hacer muchas obras buenas. «i Dios me libre de coger este dinero! Antes la muerte!» —le respondió. Es una actitud, que por sí sola bastaría para dar la medida del hombre. En la sociedad materialista en que los hom­bres de entonces estaban hundidos, aquel desinterés sig­nificaba por sí solo la heroicidad de las virtudes.

Bajo este respecto se trató de destrozarle con la ca­lumnia. Un innoble embrollón aseguró que Vicente le había prometido un beneficio a cambio de una biblioteca y de seiscientas pesetas. Al conocer la infamia, instinti­vamente Vicente se sublevó y estuvo a punto de llevar el asunto a los tribunales, cuando se acordó de que había aceptado una carrera de incomprensiones y de calumnias, como el Señor. «¡Miserable! —se dijo a sí mismo—, ¿qué ibas a hacer? Querías justificarte; y en cambio, ¡en Túnez un esclavo, acusado de un delito que no había cometido, murió crucificado sin pronunciar una sola palabra de queja! ¡Oh, no; no quiero defenderme!»

Portándose de esta manera, se mantuvo firme como una roca frente a aquella corriente de fango, que bajo la presión de la avaricia, arrastraba a la sociedad feudal hacia el abismo.

San Vicente y Mazzarino

La formación católica de Vicente era como un templo románico, sólidamente fundado sobre los cimientos na­turales y sobrenaturales, sin apéndices ni escondrijos. Para él la Iglesia estaba representada por los obispos; y, en todas sus peripecias y gestiones en favor de sus obras y misiones, la voluntad de los obispos había sido siempre para él la revelación de la voluntad de Dios: y había obedecido prontamente. Por esto estaba convencido de que la santidad del episcopado era la primera condición del renacimiento de la fe católica en la cristiandad rota por la Reforma. Por esto cuando pudo expresar su pare­cer en la elección de los obispos, la expresó sólo en consi­deración con la santidad; y, con una prudencia, frecuen­temente veteada de sútil ironía, se burló constantemente de las solicitaciones; y no sólo, sino que donde veía una ambición, la juzgaba sin más título de indignidad. A aquellos eclesiásticos que le asediaban para inducir­le a favorecerlos en sus ambiciones a sedes episcopales y abaciales, daba, con humildad, lecciones de renuncia: recordaba que, para ser dignos del alto ministerio, ante todo era preciso creerse indignos de él. Por esta razón los candidatos más sagaces no se dirigían a Vicente; más aún, trataban de llegar a su fin sin que él lo supiera, pre­firiendo la escalera de la corte que llevaba a Mazzarino, el cual era tan ávido de dinero como Vicente de Paúl lo desdeñaba.

De todos modos el Santo hizo uso de su prestigio —y era grande, pues todos advertían en él la virtud— para dar a la Iglesia pastores dignos.

Gracias a Vicente, Francia fué dotada de algunos prelados dignísimos, como Lescot, Perrochet, Caulet. Bassompierre, Sevin, etc. Y si se nombró alguno indigno fue contra el parecer de Vicente. Aquel iluminado y celoso obispo que fue Alano de Solminihac tuvo que levantarle acta de la oposición hecha en el Consejo de conciencia contra el nombramiento de un prelado, que efectivamente se revelaría más cazador de liebres que de almas.

Naturalmente semejantes oposiciones, hechas sólo para salvar la santidad del episcopado, tenía que acumular contra él la hostilidad de todos los ambiciosos rechazados: y la hostilidad creó una atmósfera de calumnias. Estas lle­garon a oídos de la reina, que se las refirió. «Madame, —le dijo por toda respuesta— yo soy un gran pecador».

«¡Si yo estuviera en vos me defenderíais!» insistió la soberana.

«Madame, Nuestro Señor no se defendió de las acu­saciones lanzadas contra él».

Después que la reina, oído el parecer del Consejo de conciencia, había elegido a un obispo, ella misma o Mazzarino dirigían al recién elegido a Vicente, para que éste le hablara sobre el nuevo ministerio. Y aun después de que el recién elegido había tomado posesión de su cargo, Vicente seguía ayudándole con sus sugerencias y su protección en la corte. Es inútil decir que, al dar con­sejos, aun cuando se los pidieran, seguía su método, que era ponerse de rodillas, de modo que fueran recibidos como de un súbdito humildísimo. Consejos preciosos tu­vo que dar sobre todo a obispos pendencieros, que esta­ban en continuas disputas con canónigos y párrocos.

Con más frecuencia eran los obispos los que se diri­gían a él en busca de consejos y ayudas: y él los daba mi­rando siempre al bien de la Iglesia. Así contribuyó a po­ner orden en muchas diócesis y a hacer que el ministe­rio episcopal volviera a formas dignas en la pobreza, más bien que en la ostentación.

«El mundo —tuvo que escribir a un pastor de Bou­logne— proclama que es más estimable la santa pobreza de un obispo que conforma su vida con la de Nuestro Señor, obispo de obispos, que las riquezas, el séquito y la pompa de un prelado rico en grandes posesiones»4.

Mientras que fue tolerado en el consejo real, resistió a todos los halagos y amenazas que se le hicieron para poner en las sedes episcopales y abaciales a hijos corrom­pidos, a eclesiásticos mediocres y a mujeres indignas. Tenía un concepto demasiado elevado del episcopado y estimaba demasiado la vida religiosa para confiar su di­rección a hombres y mujeres indignas. La resistencia fue tanta que, poco a poco, Mazzarino fue haciendo cada vez más raras las convocaciones del Consejo de conciencia, resolviendo por sí mismo los casos de los beneficios más importantes, mientras no le fue posible alejar de sí a aquel compañero importuno que tomaba en serio el Evan­gelio. En el diario del cardenal ministro recurren con­tinuas quejas por la actitud del sacerdote, de cuya con­ducta temía que, un día u otro, se vería enfrentado con la reina. Y, según parece, sus relaciones demasiado ínti­mas con ella le hacían temer que el sacerdote pudiera alejarle de aquella intimidad.

«El señor Vicente —anotó un día—, en el corrillo de los Maignelay, Dans, Lambert y otros, es el canal por el que todo llega a oídos de Su Majestad».

Y el desconfiado ministro no ocultaba su malhumor a la regente, a la que daba a entender que no podía estar sometida a la acción de ambos. Había diferencia entre los dos: Vicente de Paúl era un pobre sacerdote, a ve­ces salpicado de lodo, sin lustre; Mazzarino era un aris­tócrata elegante, de mirada sinuosa con un rostro lleno de seducción, de prestigio mundano y político arrollador.

A principios de febrero del año 1644 la tormenta de Mazzarino empezó a descargar sobre la cabeza canosa del sacerdote, encorvado ya bajo el peso de los años; y ha­cia finales de aquel año, la noticia de un inminente ale­jamiento del Consejo de conciencia llegó hasta Roma, don­de Codoing aludió a él. «Es cierto, —le respondió el su­perior—, hay algún indicio de que no se me quiere so­portar ya en el cargo; pero mis pecados son causa de que se haga de otro modo».

No anhelaba más que ser exonerado de aquel trabajo ingrato, en el que le correspondía a él, simple sacerdote, levantarse contra un Mazzarino, ministro y cardenal, y contra dignatarios con nombres que infundían temor. Las diferencias crecieron con las complicaciones de la gue­rra civil, llamada de la Fronda, cuando a todos pareció evidente que sólo el alejamiento de Mazzarino de la cor­te pondría fin al fratricidio. Mazzarino sabía que también Vicente pensaba de esta manera. Y cuando, el 11 de sep­tiembre de 1652, Vicente le escribió desde París a San Dionisio, a donde se había retirado con la reina y el pe­queño rey, para decirle que el pueblo deseaba la vuelta de la corte a la ciudad, con el restablecimiento de la paz, él, enfurecido, le envió, algunos días después, el despido del Consejo de conciencia

Como advirtió el obispo de Solminihac, Vicente dio un suspiro de alivio.

Los retiros espirituales

Para la reforma cristiana de las almas y para su mis­ma formación, empleó con enorme éxito, la práctica de los retiros espirituales. Con ella san Ignacio de Loyola ha­bía dado, un siglo antes, un impulso genial y poderoso a la reforma interior de las almas y sus ejercicios se habían propagado aun más allá de la Compañía de Jesús. Propa­gandistas convencidos del método de los ejercicios espiri­tuales, para obrar aquel renacimiento católico, hacia el cual empujaban cada vez más las consecuencias de la Re­forma protestante, habían sido los santos más beneméri­tos de la época, desde Carlos Borromeo a Francisco de Sa­les.

Vicente comprendió, como pocos, el valor de los re­tiros espirituales y se convirtió en su promotor: más aún, habiéndolos propuesto como fin primario de las misiones, durante años se preocupó de ellos y los reguló, con una fe y un desinterés insuperables. Sus casas se convirtie­ron en casas de ejercicios, donde sacerdotes y seglares, ricos y pobres, estadistas, magistrados, obispos y doctores de la Sorbona, amas de casa, soldados y criados, operaban su conversión o su nueva conversión, volviéndose a tem­plar, por medio de una como reconstitución orgánica del espíritu. Los hombres eran recibidos —y de ordinario gra­tuitamente— en los Bons-Enfants, después especialmente en San Lázaro, y las mujeres en las casas de las Hijas de la caridad. Innumerables personas pedían ser admitidas y san Vicente y los suyos se prodigaban para contentar a los más que podían: setecientos u ochocientos al año sólo en la casa de San Lázaro. Alguna vez el número de los postu­lantes fue tal que, faltando camas para recibirlos, Vicente ofreció su habitación.

En cierto momento del año 1632 había un obispo, un presidente, dos doctores, un profesor de teología y el señor Pavillon, futuro obispo de Alet. Y habían estado Adrián Bourdoise, Guido Lasnier, abate de Vaux, eclesiás­tico santo, Pedro Kériolet, famoso penitente bretón, Juan Jacobo Olier, que, durante uno de aquellos cursos, tuvo visiones, por las que se decidió a empezar la obra de los seminarios.

Los ejercicios no eran uniformes: se adaptaban a lós casos particulares. Los maestros trataban de hacerse una misma cosa con cada uno de los ejercitantes, consideran­do que cada uno venía para eliminar o tenía necesidad de reprimir alguna pasión particular.

De esta manera, muchos sacerdotes revivieron su vo­cación o, por primera vez, entendieron su misión; muchos religiosos comprendieron su regla; muchos seglares abra­zaron con seriedad su estado. Todos aprendían a orar, a hacer examen de conciencia, a celebrar u oír con nueva piedad la Misa, a visitar hospitales y cárceles para ejerci­tar allí las obras de misericordia, entre las cuales el cate­cismo y la instrucción. No pocos calvinistas y aun judíos y musulmanes se convertían. Y esta renovación se facili­taba por el ambiente de cordialidad, en el que todos circu­laban libremente y eran tratados fraternalmente, en una atmósfera de serena alegría, aunque en pobreza. En la mayor parte de los ejercitantes tenía lugar una purifica­ción, una catarsis, que era precisamente el fin que Vicen­te había señalado a los retiros: desasimiento del mundo para conocer bien el interior propio, meditación, contem­plación, oración, preparando al alma para purificarse de todos los pecados y malos hábitos con la confesión gene­ral, para llenarse de virtud y ejercitarse en buscar siem­pre y en seguir siempre la voluntad de Dios, hasta el pun­to hacer de la existencia una ejecución de los designios ce­lestiales, y llegar así a la perfección.

En suma se ponía en acción una ascesis que tendía a librar al hombre nuevo, destruyendo al hombre viejo: operación que a Vicente le parecía más importante que la creación del mundo, que no costó nada al Creador; mien­tras que cambiar la voluntad, las inclinaciones, las pasio­nes de un hombre, le parecía como vencer la fuerza de gra­vedad de la tierra o enderezar el fuego hacia abajo. Y sin embargo para él era voluntad de Dios que el pecador se hiciera justo por medio de los ejercicios.

Esta opinión descubre la conciencia que Vicente te­nía del valor de los ejercicios. Llegó a decir que la Com­pañía había sido suscitada para ellos, aunque sus miem­bros en un principio no se hubieran dedicado a darlos. Dios había suscitado «la obra de las obras» para la cual se había valido «de los más pobres obreros de su Iglesia»: los Sacerdotes de la Misión5.

Sólo un ángel habría podido apartar a sus sacerdotes de los ejercicios.

Para hacerlos menos indignos, los había formado con paciencia en aquel espíritu de caridad y sumisión, por el que a los ejercitantes no se les preguntaba ni quiénes eran, ni si habían pagado la pensión, ni si tenían cultura; ni se hacían alusiones, ni mucho menos presiones, para que se asociaran a la Congregación cuando mostraban se­ñales de vocación religiosa: en esto el «desinterés» era un punto esencial de la regla.

Con humildad había que explicar el objetivo de los santos retiros, que es hacer del ejercitante «un perfecto cristiano, en la profesión que tiene: perfecto estudiante, si es estudiante; perfecto soldado, si es soldado; perfecto juez, si es juez; perfecto eclesiástico, como san Carlos Bo­rromeo, si es un sacerdote».

De este modo San Lázaro y después poco a poco to­das las casas de la Misión se convirtieron en piscinas sa­ludables —la imagen sonreía a la fantasía del Santo—, en la que venía a lavarse toda clase de gente; mientras que si hubieran abandonado los ejercicios, se hubieran conver­tido en cisternas pútridas. San Lázaro había sido en otro tiempo (y ahora lo era casi sólo de nombre) un hospital para leprosos: ahora era una casa para la lepra espiritual «un lugar de resurrección»: en el que se repetía el mila­gro de Lázaro, que volvía de la muerte, recobrando una vida nueva.

Para muchos ejercitantes era un paraíso.

Los ejercicios empezaban por la mañana a las cuatro y terminaban por la noche a las nueve. Constaban de ora­ciones, exámenes de conciencia, meditación sobre libros como la Imitación de Cristo, las obras de Fray Luis de Granada, predilectas ya de Ignacio de Loyola, y las del Padre Buseo, jesuita; y se terminaban con la confesión, a ser posible general. Todo el procedimiento fue estudia­do y desarrollado, durante años, con retoques cada vez más oportunos, por Renato Alméras.

Los ejercicios se convirtieron en una práctica muy difundida y popular, entre otras cosas también porque se daban gratis: esto sometía a la Congregación a un es­fuerzo económico ingente, por el cual muchas veces pa­reció estar al borde de la bancarrota. Pero Vicente prefe­ría reducirse a la miseria antes que renunciar a aquel mi­nisterio: ni veía en qué se podría gastar el dinero mejor que en esto. No faltaban quienes venían a San Lázaro pa­ra disfrutar, durante diez días, de alimento y alojamiento: pero el inconveniente no preocupaba al santo superior, que aun así estaba convencido de que hacía una limosna, más aún, si veía que era gente extremadamente pobre, al despedirla, terminados los ejercicios, añadía un donativo en dinero o en vestidos.

  1. «A quien teme a Dios le irá bien en la última hora, y será bendecido en el día de su muerte».
  2. L’Eglise des temps classiques…, p. 49.
  3. Daniel Rops, o. c., p, 50.
  4. t. III, p. 94,
  5. t. XII, p. 438.

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