XI: Revolución social
La guerra en París
En la plenitud de su vigor espiritual e intelectual y con fuertes energías todavía, a pesar de la fiebre y los achaques, con más de cincuenta años de edad, la obra de san. Vicente estaba ya completa en su estructura grandiosa, que a él le parecía tan mezquina: una ignominia. Existían ya:
- las Cofraternidades de la caridad;
- los Sacerdotes de la misión;
- las Hijas de la caridad;
- las Damas de la caridad;
- las Conferencias de los martes;
- los Retiros de los ordenandos.
Y esto mientras Francia y Europa se vez más pavorosamente en la guerra. Y la guerra estimuló nuevas obras.
Frente a las ruinas, que aquel fratricidio sin sentido acumulaba, devastando ciudades y campiñas, almas y obras, la actitud de Vicente fue la de la Iglesia de todos los tiempos: reacción de la caridad para sanar llagas, quitar el hambre a las turbas, proteger a los débiles, reconstruir edificios y conciencias: vida contra muerte, orden contra desolación, racionalidad contra locura.
El desorden religioso, en aquella época, había desembocado en desorden político. La libertad que los príncipes, con o sin el pretexto del libre examen, se tomaban en la interpretación del Evangelio, para deformar su significado e inutilizar la Redención, sometiéndose los poderes eclesiásticos espiritualmente vaciados, había favorecido los cálculos de agresión militar, para los fines de la hegemonía política; y si Richelieu no dudó en unirse a protestantes y a hircos para atacar al Sacro Romano Imperio y a los príncipes católicos, es porque también entre no pocos jefes del frente católico, la fe de hecho se había separado de las obras y la Iglesia había sido relegada a la sacristía.
Esta separación entre la fe y las obras se comprobó, por lo menos durante cincuenta años, en las guerras, en las que se perpetraron cruelmente tan refinadas e inútiles, que parecía como si el mismo sentimiento humano hubiera desaparecido.
Durante la Guerra de los treinta años se vio a la Iglesia verdadera en su función de samaritano acudiendo a levantar a la humanidad llagada. Y la Iglesia estuvo viva en hombres, como Vicente de Paúl que, con amplitud de miras, desprecio de su propia vida, y amor sin límites, se lanzaron a asistir a centenares de miles de víctimas de aquella «matanza inútil». Tenía conciencia clara de esto. Un día dijo a las Hijas de la Caridad enviadas a curar a los heridos de Calais: «¡Ah, Salvador mío! Los hombres van a la guerra para matar a los hombres; vosotras, id a la guerra para reparar el mal que ellos hacen…»
Y las veía como mártires, porque, aunque no morían, iban a exponerse al peligro de la muerte.
El año 1636 la guerra se acercó a París: desde la Picardía las tropas españolas avanzaron sembrando la confusión y el terror: masas de campesinos se volcaron sobre las ciudades, multitud de religiosos huyeron de los monasterios.
Temiendo ser sitiada, la ciudad de París, invadida por prófugos, se transformó en una plaza de armas, por lo que también el recinto de San Lázaro se llenó de reclutas y el día de la Asunción fue un día de gritos y alaridos, bajo el redoble de los tambores.
Mientras campesinos, nobles y religiosos se refugiaban en la metrópoli, dentro de aquella atmósfera de delirio, el Santo no perdió la cabeza: más aún, organizó misiones para los soldados dentro y fuera de la ciudad, aprovechándose también de los sacerdotes que habían Venido que interrumpir el apostolado en los campos. Se transformaron en capellanes militares, bajo la dirección del Santo, que les invitó a no hacer política y a vivir lo más posible «en común».
Aquellos centenares de soldados que comulgaban antes de exponerse a la muerte, conmovían el corazón del apóstol que confesaba: «Sólo quien conoce el rigor de Dios en el infierno o quien conoce el precio de la Sangre de Jesucristo derramada por un alma, puede comprender la grandeza de un bien semejante»1.
En medio de tantos cuidados, aún le quedaba tiempo para atender al Hotel Dieu de París, dentro de cuyas crujías el número de enfermos había llegado al colmo.
Allí, con el tiempo, las tareas se repartieron cada vez con mayor precisión. En 1636 se perfiló un grupo llamado de las catorce, que eran damas viudas y casadas, encargadas de preparar a los enfermos a la confesión general. Eran elegidas según el sistema democrático, para tres meses. El día de las elecciones empezaba con la Misa a Nuestra Señora y la comunión de manos de san Vicente, con la intención de obtener buenos sacerdotes para la Iglesia.
El ideal religioso estaba siempre presente; y todo apostolado se regía por la práctica sacramental. Aquellas siervas voluntarias, en sus prestaciones, marchaban de Jesús en la Eucaristía a Jesús en los pobres, y después volvían al altar: así circulaba el amor con la oración y el servicio hospitalario se convertía en una liturgia. ‘
Preparados los enfermos para la confesión, llegaba alguno de los sacerdotes reunidos con ese fin. En 1642 eran seis, mantenidos por las damas y alojados en el hospital.
Otras damas acudían a la merienda de los enfermos.
Concurrían a todo servicio, prestándose a los oficios más humildes, la Marillac en persona y algunas de sus hermanas, que se establecieron en el hospital. La colaboración entre Mademoiselle Marillac y Madame Goussault era fecunda e íntima y llena de confianza. Cuando aquélla quería hablar fuerte a ciertas mujeres merecedoras de reprensión, buscaba la presencia de ésta. Una vez Vicente la exhortó a no diferir la reprensión, por esperar a Madame. «Si la dulzura de vuestro espíritu tiene necesidad de un hilito de vinagre, tomadlo del espíritu de Nuestro Señor, Oh, Mademoiselle, él sabía muy bien hallar el agridulce, cuando era preciso!»2.
El bien fue inmenso. Sólo en el primer año, cuatrocientos entre protestantes y musulmanes abrazaron la fe católica, convencidos por las palabras y más por el ejemplo de aquellas mujeres que, vistiendo la bata de las enfermeras, se acercaban a los lechos y no temían infecciones. Bajo este respecto su fundador estaba convencido de que Dios les servía de defensa, pues efectivamente las vio moverse seguras entre peligros de todo género.
Entre «esqueletos vestidos de piel»
Una de las zonas más probadas fue la Lorena, cuyo ducado, invadido por la peste y la carestía, fue desvastado por las tropas beligerantes, francesas, húngaras y suecas, entre el 1628 y el 1649, con destrucciones y anarquía. Y en la anarquía escenas locas de embrutecimiento, estimulado por el hambre, dentro de un frío atroz. Campesinos y nobles, fundidos en la desolación, vagaban, semidesnudos, en busca de carroñas de animales y cadáveres de hombres que devorar: se vio a hijos desenterrar los cuerpos de los padres muertos para devorarlos; se vieron turbas asaltar a viandantes para matarlos y alimentarse con ellos; muchachos asaltaron a un niño y lo comieron; madres devoraron a sus niños de pecho; muchachas se vendieron por una corteza de pan.
Quien podía se alimentaba de raíces, de paja desmenuzada, de ratones, lagartos, ranas o de yerbas, como las bestias, o de cortezas de árboles o de caballos muertos y verminosos. Alguno llegó a comerse los brazos y las manos. No pocos, recogiendo sus últimas fuerzas, huían, engrosando las turbas de los prófugos que se dirigían, robando y mendigando, entre aullidos de congoja, hacia Paris, y más concretamente hacia San Lázaro, meta de la miseria. Ciudades y pueblos en muchos sitios quedaban despoblados.
Los sacerdotes de la Misión acudieron a Toul, tomando la dirección del hospital; y desde allí informaron a Vicente, que se anonadó ante el Señor, como lleno de dolor por un crimen enorme, del que también él fuera cómplice. Para acudir en ayuda hasta redujo la comida de sus sacerdotes en San Lázaro, en la que durante algunos años no distribuyó más que pan moreno. Y mientras enviaba víveres, medicamentos y vestidos a Lorena, estudió también el modo de poner fin a aquella calamidad: y se presentó a Richelieu, uno de los mayores responsables; y se postró de rodillas a sus pies; y, pintándole un cuadro de los horrores loreneses, le suplicó: «Monseñor, ¡dadnos la paz; tened piedad de nosotros; dad la paz a Francia!»
La paz: era la petición más angustiosa del pueblo, el objetivo más precioso de la Iglesia. Todo aquel complejo apartamiento de la vida eclesial, en las ideas, en las obras, en las instituciones, iba a desembocar en la guerra. Y el cardenal, autor y víctima de aquella separación, respondió con una de aquellas justificaciones que suelen repetir los responsables de todas las guerras. Tenía en su pensamiento el poderío de Francia, el brillo de la corona: no servía al pueblo; se servía del pueblo, según la concepción política que entonces dominaba, en Europa. Por esto no se preocupaba de los sufrimientos y confiaba en los ejércitos. Vicente volvió a confiar en las fuerzas de la caridad: sus sacerdotes, las damas y las almas piadosas. Se recurrió hasta al rey, aun a la reina; y se reunió una cifra considerable de dinero y de objetos útiles, con que se corrió en ayuda de las ciudades de Toul, Nancy, Verdun, Metz, Saint-Mihiel, Pont-a-Mousson, donde los socorros se distribuían en siete regiones. Se envió a los sacerdotes más generosos y expertos: como Coudray y Julián G-uérin. Cuando éste llegó a Saint-Mihiel, refirió que entre los miles de pobres hambrientos había encontrado a más de un centenar que parecían «esqueletos vestidos de piel», los cuales producían tal horror que, sin la ayuda del Señor, no se habría tenido fuerza para mirarlos. «Tienen la piel semejante al mármol violáceo y tan retirada que se ven todos sus dientes secos y descubiertos y los ojos y el rostro macilentos… Es la cosa más espantosa que se pueda ver…»
Se empezó a quitar el hambre a muchedumbres de famélicos, y a curar a turbas de enfermos. Se arrancó a la muerte a miles de seres humanos hambrientos, enfermos y semidesnudos. Era una asistencia regulada minuciosamente por el mismo Vicente, para que llegara a los más necesitados y fuera continua e iluminada; y estando integrada por la caridad, acudía también a las necesidades del espíritu, salvando con los cuerpos las almas. Entre los asistidos eran numerosos los pobres «vergonzantes», de ordinario hidalgos y eclesiásticos que se escondían; los prófugos, entre ellos no pocos soldados, huidos o repatriados, heridos y abandonados; las religiosas que habían quedado sin socorro en monasterios ruinosos, expuestas a violaciones de bandidos y soldados de todas las banderas.
En Metz vagaba una turba de cerca de cinco mil mendigos, que dejaba diariamente una docena de cadáveres en su camino, para pasto de los lobos, que vagaban, no menos hambrientos, atacando a los ciudadanos aun dentro de las casas.
El beneficio producido por Vicente, con la obra de los misioneros y la contribución de las damas, fue tal que, en 1639, los dominicos del gran convento de Toul mostraron su agradecimiento a «aquellos ángeles de paz», de los que todo el pueblo y ellos mismos habían recibido diariamente y recibían «pan, leña, fruta, socorriendo a la gran necesidad» de todos. Los testimonios de agradecimiento llegados al Santo fueron tales y tantos que se vio turbado, queriendo —como decía—, que sólo Dios conociera las obras y que los pobres fueran aliviados, sin necesidad de certificados.
El beneficio de aquellas prestaciones y sobre todo la caridad por la que se hacían, servían para reconstruir la fe y las costumbres en miles de criaturas que, por amor a los misioneros, volvían a encontrar a Dios e iban a recibir lecciones de catecismo: y esto se explica aun con la relajación del clero, en ciertos centros, con el mal ejemplo aun de obispos, como el de Enrique de Borbón que, no habiendo recibido las órdenes sagradas, tenía el obispado de Metz sólo por las rentas que producía o como aquel Francisco de Lorena que, con el mismo fin, ocupaba la sede episcopal de Verdún.
Algún sacerdote murió de cansancio; así por ejemplo Montevit, del que el rector de los jesuitas de Barle-Duc escribió a san Vicente: «Ha muerto como deseo y pido a Dios morir». Cerca de setecientos pobres, escoltándole hasta la tumba, no cesaban de llorar.
Vicente le sustituyó con Boucher que, la víspera de Navidad, estuvo veinticuatro horas en el confesonario. Para que hasta el último rincón del desdichado ducado recibiera la asistencia, Vicente eligió también un misionero itinerante que andaba de un lado para otro llevando socorros: y fue el hermano Mateo Regnard, llamado jocosamente Renard (el zorro), por los recursos de prudencia e inventiva, con que logró durante muchos años aventar asechanzas de todo género y moverse, con sumas enormes en la alforja desgarrada, entre bandas de ladrones y soldados dispersos. Dieciocho veces estuvo a punto de ser muerto y robado: y siempre logró escapar. Así pudo distribuir sumas enormes, de las que se proveía, con viajes afortunados, en París, y devolver la vida con víveres, vestidos y dinero, a sacerdotes que estaban en muy mala situación y a religiosas de clausura, abandonadas al hambre, y a miles de mendigos y de enfermos, en cuyo número se encontraban agricultores sin trabajo (¿quién se iba a atrever a sembrar en una tierra continuamente saqueada por las tropas invasoras?), nobles arruinados y artesanos reducidos a la mendicidad.
Por su habilidad o por la evidente asistencia del ángel de los pobres, se hizo legendario en Lorena. Hasta a la reina le gustaba que le contaran las aventuras novelescas del religioso, que las narraba con una viveza de descripción insuperable y las terminaba con una comprobación para él evidente: «La protección invisible que me sigue por todas partes se la debo a las oraciones del señor Vicente». Innumerables testimonios del bien hecho, por este caballero andante de la caridad llegaron a París. Citemos uno, enviado por las autoridades civiles (regidores) de Lunéville:
«Señor, en los muchos años que esta pobre ciudad se ha visto afligida por la peste, la guerra y el hambre, que la redujeron al extremo en que ahora se encuentra, en vez de consuelos, no hemos recibido más que rigores por parte de nuestros acreedores y crueldades por parte de los soldados que nos han quitado a viva fuerza el poco pan que teníamos. Parecía, pues, que el cielo no tenía más que rigor para nosotros, cuando uno de vuestros hijos en el Señor, llegando aquí cargado de limosnas, templó grandemente el exceso de nuestros males y levantó de nuevo nuestra esperanza en la misericordia del buen Dios. Puesto que nuestros pecados han provocado su cólera, besamos humildemente la mano que los castiga y recibimos también los efectos de su divina dulzura con sentimientos de extraordinario agradecimiento. Bendecimos los instrumentos de su infinita clemencia, tanto a esos que nos alivian con su caridad tan oportuna, cuanto a los otros que las procuran y distribuyen y a vos particularmente, señor, a quien, después de Dios, creemos autor principal de tanto bien. El deciros si se ha aplicado bien a este pobre lugar, donde los más distinguidos han quedado reducidos a la nada, corresponde al misionero que vos nos habéis enviado, el cual podrá referíroslo menos interesadamente que nosotros. El ha visto nuestra angustia y vos veréis delante de Dios la obligación eterna que os tenemos por habernos socorrido, en una necesidad tan grave».
Vicente prestó una asistencia no menos provechosa, durante muchos años, a los miles de prófugos que se aglomeraron dentro de París y en sus alrededores: entre ellos se encontraban gran parte de los nobles, huidos de los castillos devastados, y con frecuencia reducidos a una miseria sórdida y disimulada por la arrogancia natural que les impedía mendigar. Cuando Vicente descubrió su caso, se dirigió, más que a las Damas de la caridad, ya tan ocupadas, a los nobles parisinos de sentimientos más cristianos: y organizó una especie de comité de siete u ocho señores, bajo la dirección del barón Gastón de Renty, amigo y bienhechor del Hotel-Dieu: uno de aquellos seglares que habían entregado sus personas y sus haciendas al bien de los pobres, al servicio de la Iglesia y a la gloria de Dios. Durante ocho años estos señores contribuyeron con su dinero y prestaron personalmente ayuda, con discreción y delicadeza, a sus iguales, tratados como tales.
Un día quo faltaban trescientas pesetas para la suma necesaria, Vicente, que contribuía regularmente con sus limosnas, dijo que esa suma era exactamente la que acababa de recibir para comprar un rocinante nuevo. Y entregada la suma, él siguió sirviéndose del viejo cuadrúpedo que ya apenas si se tenía en pie.
Otras veces se quitó la comida de la boca y se la quitó también de la boca a su comunidad.
Llegó hasta a contraer deudas. Y para reunir dinero se valió de copias de las relaciones de los misioneros de Lorena, que hizo circular de mano en mano.
Superior en la Visitación
A la reforma del clero san Vicente contribuyó también apoyando todas las obras de renovación de la Iglesia.
Colaboró, por ejemplo, al desarrollo de centros monásticos femeninos, que, en medio de la cristiandad, actuaban como filtros de purificación, y así infundió corrientes de vida cristiana cuya influencia sentiría aun el clero.
El 30 de junio de 1639 tuvo la alegría de ver inaugurado el monasterio de San Dionisio para las religiosas de la Visitación: y fue un monasterio pobre como a él le gustaban; donde se observaba la pobreza y ésta a su vez sostenía la mortificación y la penitencia. «No respiro más que a Dios cuando entro en el monasterio», decía de la Visitación de San Dionisio. El pueblo llamaba ángeles a aquellas religiosas. Dirigidas por un santo, producían santidad.
Había sido la misma Chantal la que había querido a Vicente para superior de sus religiosas. Entendía su santidad porque había sido discípula y compañera fiel de Francisco de Sales. Jovencísima se había casado con el barón de Chantal y había tenido cuatro hijos. Habiéndose quedado viuda pronto, se había dado a Dios bajo la guía del santo obispo de Ginebra con quien había fundado la Visitación. Mientras fundaba un monasterio, había conocido en París a Vicente y con él, en cierto modo, continuó aquella relación de altísima unión de almas para los fines de la glorificación de Dios en la tierra, con que se había unido a san Francisco de Sales.
Se cambiaban entre sí algunas cartas; y es admira. ble la confianza de la santa, que tenía más edad que Vicente y la actitud de devoción filial de Vicente, que era el director eclesiástico.
En una carta del 1627, le habla de los ejercicios hechos y de la necesidad que ha descubierto de trabajar en su humildad y en el servicio del prójimo. Y revela aquel abandono en la voluntad de Dios, de simple espera, sin deseos ni intenciones, que había aprendido de san Francisco y que san Vicente le había confirmado. Por su parte Vicente le aseguraba que semejante actitud le habla producido alegría: «Manteneos alegres en la disposición de querer todo lo que Dios quiere»3, decía a santa Luisa de Marillac: y se lo decía ciertamente también a santa Francisca Chantal. De tal manera que la unidad de aquellas grandes almas se realizaba haciéndose todas ellas voluntad de Dios viva.
«Vos sois siempre admirable en vuestra humildad» le escribe Chantal en 1631, para agradecerle el bien que ha hecho a las visitandinas de París. «Mi único Padre», le dice ella. «Mi única Madre», responde él que no puede contener las lágrimas al leer las cartas de aquella mujer heroica.
Otra vez la llama «mi querida y amabilísima Madre, pues sois soberanamente nuestra digna y amadísima Madre»4, y le confiesa que la honra y ama más que un hijo haya amado y honrado nunca a su madre «después de Nuestro Señor; y esto —añade— sin exageración»5. En el «espíritu de esta infancia» la considera como la abuela de los misioneros.
Siempre tan cauto y sobrio en sus palabras, con la anciana Chantal se deshace en confidencias y se hace expansivo, tanto siente su santidad.
Se estimaban y veneraban recíprocamente, porque uno veía en el otro a la persona santa: veían a Dios. Si él comprendía el valor de la contemplación a que ella se entregaba, ella comprendía el valor de la acción realizada por él; eran dos modos de expresión del único espíritu de Dios.
La dirección de Vicente valió para hacer que se abrieran los botones de vida de la Visitación. El monasterio de París prosperó de tal manera que pudo enviar religiosas a fundar una casa en Rouen, el año 1630, y otras casas en Meaux y en Caen, el 1631. Aquel año la madre Favre, del segundo monasterio de París, se dirigió, por invitación del obispo, a Troyes para reformar y dirigir una comunidad de religiosas. Vicente dio su beneplácito, así como también, en los años sucesivos, proveyó para que se dispusiera la partida de otras religiosas a Angers, Amiens y a Polonia, a donde las había llamado la reina Luisa María Gonzaga.
Bajo la dirección de san Vicente, durante la vida y después de la muerte de santa Juana Chantal (que murió a los 69 años de edad en 1642), entraron en la Visitación almas de gran hermosura: como la de Gertrudis Isabel Sevin, que durante su vivacísima adolescencia se había opuesto siempre a toda idea de vida religiosa y la de Luisa Angélica de la Fayette, que durante muchos años se había visto impedida de entrar en religión por el amor del rey Luis XIII, quien siguió haciéndole visitas, aun después que Luisa entró en el convento. Muerto el rey, siguió frecuentando la Visitación la reina viuda, Ana de Austria.
Con semejantes intenciones de reforma, Vicente colaboró también en la reorganización del hospicio, despré9 monasterio, de santa Magdalena. Acogía a jóvenes caídas, para prepararlas a una vida de clausura y penitencia, con el nombre de «hijas de santa Magdalena» (popularmente: Magdalenas). Algunas de ellas habían recibido con tal plenitud la redención que abrazaban el estado religioso, recibiendo el hábito de manos de san Francisco de Sales.
La institución, nacida el año 1618, de la colaboración de seglares generosos, que dirigía el Padre Atanasio, capuchino, se resintió de la inexperiencia religiosa y de la inconstancia moral de no pocas penitentes, por lo que se pensó ponerlas bajo la dirección paciente e iluminada de religiosas experimentadas; y Vicente, con otras personas que se interesaban por el asunto, obtuvo de santa Juana Chantal que se destinaran a ello algunas visitandinas, Y no se necesitaban menos que hijas de dos grandes santos para dirigir aquellas ciento cincuenta criaturas, agitadas todavía por pasiones violentas, solicitadas al vicio por hombres sin escrúpulos y llevadas a coaligarse en grupos hostiles y pendencieros.
Sin embargo, mientras vivió Vicente, a las visitandinas, obligadas a un esfuerzo continuo, realmente sobrehumano, para contener dentro de una regla rígida a aquellos espíritus ardientes y para alimentar a aquella familia de cerca de ciento cincuenta bocas con las tres mil liras de renta anual concedida por Luis XIII, no les faltaron ni los alientos espirituales ni las ayudas materiales.
La relación, pues, de Francisca Chantal con san Vicente, duró hasta la muerte de aquélla. Ayudada por la «caridad incomparable» de aquel «buen siervo de Dios», que era el comendador Sillery, logró obtener de Vicente de Paúl la institución de una casa de la Misión en Annecy, Agradeciéndoselo, en 1639, decía que pedía al Señor que le conservara en vida «durante mucho tiempo para su gloria y para utilidad de la santa Iglesia…»6.
Efectivamente en enero del año 1640 llegaron cinco sacerdotes de la Misión; y podemos imaginarnos cuánto se alegraría por ello la santa. Se alegró también el obispo, que era el barnabita Justo Guérin. Expresó la felicidad de tener junto a sí a los misioneros, en una carta a Vicente, en la que decía: «Todos se han alegrado en el Señor; pero ciertamente Monseñor de Ginebra y yo hemos tenido un consuelo indecible: nos parece que son nuestros verdaderos hermanos, con los cuales sentimos una perfecta unión de corazones y ellos con nosotros, en una santa sencillez, franqueza y confianza. Yo les he hablado y ellos me han hablado a mí, como si realmente fueran hijas de la Visitación». Y continuaba diciendo que dos de ellos tenían necesidad de ayuda «para salir un poco de sí mismos» y que ella había señalado a cada uno de ellos una práctica religiosa y esto para «obedecer» a su padre, Vicente.
Con lo que la santa Madre hacía con los hijos de Vicente, lo que Vicente hacía con las hijas de ella.
Santa Juana y san Vicente se vieron más veces, cuando él fue a París: en 1622, en 1628, en 1635 y en 1641. Aquel año murió ella; y él conoció la muerte por una visión: es decir en Dios, en el que la había visto y servido.






