San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (11)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Iginio GIordani · Translator: A. O. León. · Year of first publication: 1964.
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XI: Revolución social

La guerra en París

En la plenitud de su vigor espiritual e intelectual y con fuertes energías todavía, a pesar de la fiebre y los achaques, con más de cincuenta años de edad, la obra de san. Vicente estaba ya completa en su estructura grandiosa, que a él le parecía tan mezquina: una ignominia. Existían ya:

  1. las Cofraternidades de la caridad;
  2. los Sacerdotes de la misión;
  3. las Hijas de la caridad;
  4. las Damas de la caridad;
  5. las Conferencias de los martes;
  6. los Retiros de los ordenandos.

Y esto mientras Francia y Europa se vez más pavorosamente en la guerra. Y la guerra estimu­ló nuevas obras.

Frente a las ruinas, que aquel fratricidio sin sentido acumulaba, devastando ciudades y campiñas, almas y obras, la actitud de Vicente fue la de la Iglesia de todos los tiempos: reacción de la caridad para sanar llagas, quitar el hambre a las turbas, proteger a los débiles, re­construir edificios y conciencias: vida contra muerte, orden contra desolación, racionalidad contra locura.

El desorden religioso, en aquella época, había desem­bocado en desorden político. La libertad que los príncipes, con o sin el pretexto del libre examen, se tomaban en la interpretación del Evangelio, para deformar su sig­nificado e inutilizar la Redención, sometiéndose los pode­res eclesiásticos espiritualmente vaciados, había favorecido los cálculos de agresión militar, para los fines de la hege­monía política; y si Richelieu no dudó en unirse a protes­tantes y a hircos para atacar al Sacro Romano Imperio y a los príncipes católicos, es porque también entre no pocos jefes del frente católico, la fe de hecho se había separado de las obras y la Iglesia había sido relegada a la sacristía.

Esta separación entre la fe y las obras se comprobó, por lo menos durante cincuenta años, en las guerras, en las que se perpetraron cruelmente tan refinadas e inúti­les, que parecía como si el mismo sentimiento humano hubiera desaparecido.

Durante la Guerra de los treinta años se vio a la Iglesia verdadera en su función de samaritano acudien­do a levantar a la humanidad llagada. Y la Iglesia estuvo viva en hombres, como Vicente de Paúl que, con ampli­tud de miras, desprecio de su propia vida, y amor sin lí­mites, se lanzaron a asistir a centenares de miles de víc­timas de aquella «matanza inútil». Tenía conciencia cla­ra de esto. Un día dijo a las Hijas de la Caridad envia­das a curar a los heridos de Calais: «¡Ah, Salvador mío! Los hombres van a la guerra para matar a los hombres; vosotras, id a la guerra para reparar el mal que ellos hacen…»

Y las veía como mártires, porque, aunque no mo­rían, iban a exponerse al peligro de la muerte.

El año 1636 la guerra se acercó a París: desde la Picardía las tropas españolas avanzaron sembrando la con­fusión y el terror: masas de campesinos se volcaron sobre las ciudades, multitud de religiosos huyeron de los mo­nasterios.

Temiendo ser sitiada, la ciudad de París, invadida por prófugos, se transformó en una plaza de armas, por lo que también el recinto de San Lázaro se llenó de reclutas y el día de la Asunción fue un día de gritos y alaridos, bajo el redoble de los tambores.

Mientras campesinos, nobles y religiosos se refugia­ban en la metrópoli, dentro de aquella atmósfera de deli­rio, el Santo no perdió la cabeza: más aún, organizó mi­siones para los soldados dentro y fuera de la ciudad, aprovechándose también de los sacerdotes que habían Ve­nido que interrumpir el apostolado en los campos. Se transformaron en capellanes militares, bajo la dirección del Santo, que les invitó a no hacer política y a vivir lo más posible «en común».

Aquellos centenares de soldados que comulgaban an­tes de exponerse a la muerte, conmovían el corazón del apóstol que confesaba: «Sólo quien conoce el rigor de Dios en el infierno o quien conoce el precio de la San­gre de Jesucristo derramada por un alma, puede com­prender la grandeza de un bien semejante»1.

En medio de tantos cuidados, aún le quedaba tiempo para atender al Hotel Dieu de París, dentro de cuyas crujías el número de enfermos había llegado al colmo.

Allí, con el tiempo, las tareas se repartieron cada vez con mayor precisión. En 1636 se perfiló un grupo llamado de las catorce, que eran damas viudas y casa­das, encargadas de preparar a los enfermos a la confe­sión general. Eran elegidas según el sistema democráti­co, para tres meses. El día de las elecciones empezaba con la Misa a Nuestra Señora y la comunión de manos de san Vicente, con la intención de obtener buenos sacerdotes para la Iglesia.

El ideal religioso estaba siempre presente; y todo apostolado se regía por la práctica sacramental. Aquellas siervas voluntarias, en sus prestaciones, marchaban de Je­sús en la Eucaristía a Jesús en los pobres, y después volvían al altar: así circulaba el amor con la oración y el servicio hospitalario se convertía en una liturgia. ‘

Preparados los enfermos para la confesión, llegaba alguno de los sacerdotes reunidos con ese fin. En 1642 eran seis, mantenidos por las damas y alojados en el hos­pital.

Otras damas acudían a la merienda de los enfermos.

Concurrían a todo servicio, prestándose a los ofi­cios más humildes, la Marillac en persona y algunas de sus hermanas, que se establecieron en el hospital. La co­laboración entre Mademoiselle Marillac y Madame Gous­sault era fecunda e íntima y llena de confianza. Cuando aquélla quería hablar fuerte a ciertas mujeres merecedo­ras de reprensión, buscaba la presencia de ésta. Una vez Vicente la exhortó a no diferir la reprensión, por espe­rar a Madame. «Si la dulzura de vuestro espíritu tiene necesidad de un hilito de vinagre, tomadlo del espíritu de Nuestro Señor, Oh, Mademoiselle, él sabía muy bien hallar el agridulce, cuando era preciso!»2.

El bien fue inmenso. Sólo en el primer año, cuatrocientos entre protestantes y musulmanes abrazaron la fe católica, convencidos por las palabras y más por el ejem­plo de aquellas mujeres que, vistiendo la bata de las en­fermeras, se acercaban a los lechos y no temían infec­ciones. Bajo este respecto su fundador estaba convenci­do de que Dios les servía de defensa, pues efectivamen­te las vio moverse seguras entre peligros de todo género.

Entre «esqueletos vestidos de piel»

Una de las zonas más probadas fue la Lorena, cuyo ducado, invadido por la peste y la carestía, fue desvastado por las tropas beligerantes, francesas, húngaras y suecas, entre el 1628 y el 1649, con destrucciones y anarquía. Y en la anarquía escenas locas de embrutecimiento, es­timulado por el hambre, dentro de un frío atroz. Cam­pesinos y nobles, fundidos en la desolación, vagaban, se­midesnudos, en busca de carroñas de animales y cadáve­res de hombres que devorar: se vio a hijos desenterrar los cuerpos de los padres muertos para devorarlos; se vie­ron turbas asaltar a viandantes para matarlos y alimen­tarse con ellos; muchachos asaltaron a un niño y lo comie­ron; madres devoraron a sus niños de pecho; muchachas se vendieron por una corteza de pan.

Quien podía se alimentaba de raíces, de paja desmenuzada, de ratones, lagartos, ranas o de yerbas, como las bestias, o de cortezas de árboles o de caballos muertos y verminosos. Alguno llegó a comerse los brazos y las ma­nos. No pocos, recogiendo sus últimas fuerzas, huían, en­grosando las turbas de los prófugos que se dirigían, roban­do y mendigando, entre aullidos de congoja, hacia Pa­ris, y más concretamente hacia San Lázaro, meta de la miseria. Ciudades y pueblos en muchos sitios quedaban despoblados.

Los sacerdotes de la Misión acudieron a Toul, to­mando la dirección del hospital; y desde allí informaron a Vicente, que se anonadó ante el Señor, como lleno de dolor por un crimen enorme, del que también él fuera cómplice. Para acudir en ayuda hasta redujo la comida de sus sacerdotes en San Lázaro, en la que durante algunos años no distribuyó más que pan moreno. Y mientras en­viaba víveres, medicamentos y vestidos a Lorena, estudió también el modo de poner fin a aquella calamidad: y se presentó a Richelieu, uno de los mayores responsables; y se postró de rodillas a sus pies; y, pintándole un cuadro de los horrores loreneses, le suplicó: «Monseñor, ¡dadnos la paz; tened piedad de nosotros; dad la paz a Francia!»

La paz: era la petición más angustiosa del pueblo, el objetivo más precioso de la Iglesia. Todo aquel com­plejo apartamiento de la vida eclesial, en las ideas, en las obras, en las instituciones, iba a desembocar en la guerra. Y el cardenal, autor y víctima de aquella separa­ción, respondió con una de aquellas justificaciones que suelen repetir los responsables de todas las guerras. Te­nía en su pensamiento el poderío de Francia, el brillo de la corona: no servía al pueblo; se servía del pueblo, se­gún la concepción política que entonces dominaba, en Eu­ropa. Por esto no se preocupaba de los sufrimientos y confiaba en los ejércitos. Vicente volvió a confiar en las fuerzas de la caridad: sus sacerdotes, las damas y las al­mas piadosas. Se recurrió hasta al rey, aun a la reina; y se reunió una cifra considerable de dinero y de objetos útiles, con que se corrió en ayuda de las ciudades de Toul, Nancy, Verdun, Metz, Saint-Mihiel, Pont-a-Mousson, don­de los socorros se distribuían en siete regiones. Se envió a los sacerdotes más generosos y expertos: como Coudray y Julián G-uérin. Cuando éste llegó a Saint-Mihiel, refirió que entre los miles de pobres hambrientos había encon­trado a más de un centenar que parecían «esqueletos vestidos de piel», los cuales producían tal horror que, sin la ayuda del Señor, no se habría tenido fuerza para mirar­los. «Tienen la piel semejante al mármol violáceo y tan retirada que se ven todos sus dientes secos y descubiertos y los ojos y el rostro macilentos… Es la cosa más espan­tosa que se pueda ver…»

Se empezó a quitar el hambre a muchedumbres de famélicos, y a curar a turbas de enfermos. Se arrancó a la muerte a miles de seres humanos hambrientos, enfermos y semidesnudos. Era una asistencia regulada minuciosa­mente por el mismo Vicente, para que llegara a los más necesitados y fuera continua e iluminada; y estando in­tegrada por la caridad, acudía también a las necesidades del espíritu, salvando con los cuerpos las almas. Entre los asistidos eran numerosos los pobres «vergonzantes», de ordinario hidalgos y eclesiásticos que se escondían; los prófugos, entre ellos no pocos soldados, huidos o repa­triados, heridos y abandonados; las religiosas que ha­bían quedado sin socorro en monasterios ruinosos, expues­tas a violaciones de bandidos y soldados de todas las ban­deras.

En Metz vagaba una turba de cerca de cinco mil men­digos, que dejaba diariamente una docena de cadáveres en su camino, para pasto de los lobos, que vagaban, no me­nos hambrientos, atacando a los ciudadanos aun dentro de las casas.

El beneficio producido por Vicente, con la obra de los misioneros y la contribución de las damas, fue tal que, en 1639, los dominicos del gran convento de Toul mostra­ron su agradecimiento a «aquellos ángeles de paz», de los que todo el pueblo y ellos mismos habían recibido dia­riamente y recibían «pan, leña, fruta, socorriendo a la gran necesidad» de todos. Los testimonios de agradeci­miento llegados al Santo fueron tales y tantos que se vio turbado, queriendo —como decía—, que sólo Dios conocie­ra las obras y que los pobres fueran aliviados, sin nece­sidad de certificados.

El beneficio de aquellas prestaciones y sobre todo la caridad por la que se hacían, servían para reconstruir la fe y las costumbres en miles de criaturas que, por amor a los misioneros, volvían a encontrar a Dios e iban a reci­bir lecciones de catecismo: y esto se explica aun con la relajación del clero, en ciertos centros, con el mal ejem­plo aun de obispos, como el de Enrique de Borbón que, no habiendo recibido las órdenes sagradas, tenía el obis­pado de Metz sólo por las rentas que producía o como aquel Francisco de Lorena que, con el mismo fin, ocupa­ba la sede episcopal de Verdún.

Algún sacerdote murió de cansancio; así por ejem­plo Montevit, del que el rector de los jesuitas de Bar­le-Duc escribió a san Vicente: «Ha muerto como deseo y pido a Dios morir». Cerca de setecientos pobres, escol­tándole hasta la tumba, no cesaban de llorar.

Vicente le sustituyó con Boucher que, la víspera de Navidad, estuvo veinticuatro horas en el confesonario. Para que hasta el último rincón del desdichado ducado recibiera la asistencia, Vicente eligió también un misio­nero itinerante que andaba de un lado para otro llevan­do socorros: y fue el hermano Mateo Regnard, llamado jo­cosamente Renard (el zorro), por los recursos de pruden­cia e inventiva, con que logró durante muchos años aven­tar asechanzas de todo género y moverse, con sumas enor­mes en la alforja desgarrada, entre bandas de ladrones y soldados dispersos. Dieciocho veces estuvo a punto de ser muerto y robado: y siempre logró escapar. Así pudo distribuir sumas enormes, de las que se proveía, con viajes afortunados, en París, y devolver la vida con víveres, vestidos y dinero, a sacerdotes que estaban en muy mala situación y a religiosas de clausura, abandonadas al ham­bre, y a miles de mendigos y de enfermos, en cuyo núme­ro se encontraban agricultores sin trabajo (¿quién se iba a atrever a sembrar en una tierra continuamente saquea­da por las tropas invasoras?), nobles arruinados y arte­sanos reducidos a la mendicidad.

Por su habilidad o por la evidente asistencia del ángel de los pobres, se hizo legendario en Lorena. Hasta a la reina le gustaba que le contaran las aventuras nove­lescas del religioso, que las narraba con una viveza de descripción insuperable y las terminaba con una compro­bación para él evidente: «La protección invisible que me sigue por todas partes se la debo a las oraciones del señor Vicente». Innumerables testimonios del bien hecho, por este caballero andante de la caridad llegaron a París. Ci­temos uno, enviado por las autoridades civiles (regidores) de Lunéville:

«Señor, en los muchos años que esta pobre ciudad se ha visto afligida por la peste, la guerra y el hambre, que la redujeron al extremo en que ahora se encuentra, en vez de consuelos, no hemos recibido más que rigores por par­te de nuestros acreedores y crueldades por parte de los soldados que nos han quitado a viva fuerza el poco pan que teníamos. Parecía, pues, que el cielo no tenía más que rigor para nosotros, cuando uno de vuestros hijos en el Señor, llegando aquí cargado de limosnas, templó gran­demente el exceso de nuestros males y levantó de nuevo nuestra esperanza en la misericordia del buen Dios. Puesto que nuestros pecados han provocado su cólera, besamos humildemente la mano que los castiga y recibimos tam­bién los efectos de su divina dulzura con sentimientos de extraordinario agradecimiento. Bendecimos los instrumen­tos de su infinita clemencia, tanto a esos que nos alivian con su caridad tan oportuna, cuanto a los otros que las procuran y distribuyen y a vos particularmente, señor, a quien, después de Dios, creemos autor principal de tanto bien. El deciros si se ha aplicado bien a este pobre lu­gar, donde los más distinguidos han quedado reducidos a la nada, corresponde al misionero que vos nos habéis enviado, el cual podrá referíroslo menos interesadamen­te que nosotros. El ha visto nuestra angustia y vos veréis delante de Dios la obligación eterna que os tenemos por habernos socorrido, en una necesidad tan grave».

Vicente prestó una asistencia no menos provechosa, durante muchos años, a los miles de prófugos que se aglo­meraron dentro de París y en sus alrededores: entre ellos se encontraban gran parte de los nobles, huidos de los cas­tillos devastados, y con frecuencia reducidos a una mise­ria sórdida y disimulada por la arrogancia natural que les impedía mendigar. Cuando Vicente descubrió su caso, se dirigió, más que a las Damas de la caridad, ya tan ocupa­das, a los nobles parisinos de sentimientos más cristia­nos: y organizó una especie de comité de siete u ocho se­ñores, bajo la dirección del barón Gastón de Renty, ami­go y bienhechor del Hotel-Dieu: uno de aquellos segla­res que habían entregado sus personas y sus haciendas al bien de los pobres, al servicio de la Iglesia y a la gloria de Dios. Durante ocho años estos señores contribuyeron con su dinero y prestaron personalmente ayuda, con dis­creción y delicadeza, a sus iguales, tratados como tales.

Un día quo faltaban trescientas pesetas para la su­ma necesaria, Vicente, que contribuía regularmente con sus limosnas, dijo que esa suma era exactamente la que acababa de recibir para comprar un rocinante nuevo. Y entregada la suma, él siguió sirviéndose del viejo cuadrú­pedo que ya apenas si se tenía en pie.

Otras veces se quitó la comida de la boca y se la quitó también de la boca a su comunidad.

Llegó hasta a contraer deudas. Y para reunir dine­ro se valió de copias de las relaciones de los misioneros de Lorena, que hizo circular de mano en mano.

Superior en la Visitación

A la reforma del clero san Vicente contribuyó tam­bién apoyando todas las obras de renovación de la Igle­sia.

Colaboró, por ejemplo, al desarrollo de centros mo­násticos femeninos, que, en medio de la cristiandad, ac­tuaban como filtros de purificación, y así infundió corrientes de vida cristiana cuya influencia sentiría aun el clero.

El 30 de junio de 1639 tuvo la alegría de ver inau­gurado el monasterio de San Dionisio para las religiosas de la Visitación: y fue un monasterio pobre como a él le gustaban; donde se observaba la pobreza y ésta a su vez sostenía la mortificación y la penitencia. «No respiro más que a Dios cuando entro en el monasterio», decía de la Visitación de San Dionisio. El pueblo llamaba ángeles a aquellas religiosas. Dirigidas por un santo, producían san­tidad.

Había sido la misma Chantal la que había querido a Vicente para superior de sus religiosas. Entendía su san­tidad porque había sido discípula y compañera fiel de Francisco de Sales. Jovencísima se había casado con el barón de Chantal y había tenido cuatro hijos. Habién­dose quedado viuda pronto, se había dado a Dios bajo la guía del santo obispo de Ginebra con quien había fundado la Visitación. Mientras fundaba un monasterio, había co­nocido en París a Vicente y con él, en cierto modo, continuó aquella relación de altísima unión de almas para los fi­nes de la glorificación de Dios en la tierra, con que se había unido a san Francisco de Sales.

Se cambiaban entre sí algunas cartas; y es admira. ble la confianza de la santa, que tenía más edad que Vi­cente y la actitud de devoción filial de Vicente, que era el director eclesiástico.

En una carta del 1627, le habla de los ejercicios he­chos y de la necesidad que ha descubierto de trabajar en su humildad y en el servicio del prójimo. Y revela aquel abandono en la voluntad de Dios, de simple espera, sin deseos ni intenciones, que había aprendido de san Fran­cisco y que san Vicente le había confirmado. Por su parte Vicente le aseguraba que semejante actitud le habla producido alegría: «Manteneos alegres en la disposición de querer todo lo que Dios quiere»3, decía a santa Lui­sa de Marillac: y se lo decía ciertamente también a santa Francisca Chantal. De tal manera que la unidad de aque­llas grandes almas se realizaba haciéndose todas ellas vo­luntad de Dios viva.

«Vos sois siempre admirable en vuestra humildad» le escribe Chantal en 1631, para agradecerle el bien que ha hecho a las visitandinas de París. «Mi único Pa­dre», le dice ella. «Mi única Madre», responde él que no puede contener las lágrimas al leer las cartas de aquella mujer heroica.

Otra vez la llama «mi querida y amabilísima Ma­dre, pues sois soberanamente nuestra digna y amadísima Madre»4, y le confiesa que la honra y ama más que un hijo haya amado y honrado nunca a su madre «des­pués de Nuestro Señor; y esto —añade— sin exagera­ción»5. En el «espíritu de esta infancia» la considera como la abuela de los misioneros.

Siempre tan cauto y sobrio en sus palabras, con la anciana Chantal se deshace en confidencias y se hace ex­pansivo, tanto siente su santidad.

Se estimaban y veneraban recíprocamente, porque uno veía en el otro a la persona santa: veían a Dios. Si él comprendía el valor de la contemplación a que ella se en­tregaba, ella comprendía el valor de la acción realizada por él; eran dos modos de expresión del único espíritu de Dios.

La dirección de Vicente valió para hacer que se abrie­ran los botones de vida de la Visitación. El monasterio de París prosperó de tal manera que pudo enviar religio­sas a fundar una casa en Rouen, el año 1630, y otras ca­sas en Meaux y en Caen, el 1631. Aquel año la madre Fa­vre, del segundo monasterio de París, se dirigió, por in­vitación del obispo, a Troyes para reformar y dirigir una comunidad de religiosas. Vicente dio su beneplácito, así como también, en los años sucesivos, proveyó para que se dispusiera la partida de otras religiosas a Angers, Amiens y a Polonia, a donde las había llamado la reina Luisa María Gonzaga.

Bajo la dirección de san Vicente, durante la vida y después de la muerte de santa Juana Chantal (que murió a los 69 años de edad en 1642), entraron en la Visitación almas de gran hermosura: como la de Gertrudis Isabel Sevin, que durante su vivacísima adolescencia se había opuesto siempre a toda idea de vida religiosa y la de Lui­sa Angélica de la Fayette, que durante muchos años se había visto impedida de entrar en religión por el amor del rey Luis XIII, quien siguió haciéndole visitas, aun después que Luisa entró en el convento. Muerto el rey, siguió frecuentando la Visitación la reina viuda, Ana de Austria.

Con semejantes intenciones de reforma, Vicente co­laboró también en la reorganización del hospicio, despré9 monasterio, de santa Magdalena. Acogía a jóvenes caídas, para prepararlas a una vida de clausura y penitencia, con el nombre de «hijas de santa Magdalena» (popularmente: Magdalenas). Algunas de ellas habían recibido con tal plenitud la redención que abrazaban el estado religioso, recibiendo el hábito de manos de san Francisco de Sales.

La institución, nacida el año 1618, de la colaboración de seglares generosos, que dirigía el Padre Atanasio, ca­puchino, se resintió de la inexperiencia religiosa y de la inconstancia moral de no pocas penitentes, por lo que se pensó ponerlas bajo la dirección paciente e iluminada de religiosas experimentadas; y Vicente, con otras personas que se interesaban por el asunto, obtuvo de santa Juana Chantal que se destinaran a ello algunas visitandinas, Y no se necesitaban menos que hijas de dos grandes santos para dirigir aquellas ciento cincuenta criaturas, agitadas todavía por pasiones violentas, solicitadas al vicio por hom­bres sin escrúpulos y llevadas a coaligarse en grupos hos­tiles y pendencieros.

Sin embargo, mientras vivió Vicente, a las visitandi­nas, obligadas a un esfuerzo continuo, realmente sobre­humano, para contener dentro de una regla rígida a aque­llos espíritus ardientes y para alimentar a aquella fami­lia de cerca de ciento cincuenta bocas con las tres mil li­ras de renta anual concedida por Luis XIII, no les faltaron ni los alientos espirituales ni las ayudas materiales.

La relación, pues, de Francisca Chantal con san Vi­cente, duró hasta la muerte de aquélla. Ayudada por la «caridad incomparable» de aquel «buen siervo de Dios», que era el comendador Sillery, logró obtener de Vicente de Paúl la institución de una casa de la Misión en Annecy, Agradeciéndoselo, en 1639, decía que pedía al Señor que le conservara en vida «durante mucho tiempo para su gloria y para utilidad de la santa Iglesia…»6.

Efectivamente en enero del año 1640 llegaron cinco sacerdotes de la Misión; y podemos imaginarnos cuánto se alegraría por ello la santa. Se alegró también el obis­po, que era el barnabita Justo Guérin. Expresó la felici­dad de tener junto a sí a los misioneros, en una carta a Vicente, en la que decía: «Todos se han alegrado en el Señor; pero ciertamente Monseñor de Ginebra y yo he­mos tenido un consuelo indecible: nos parece que son nuestros verdaderos hermanos, con los cuales sentimos una perfecta unión de corazones y ellos con nosotros, en una santa sencillez, franqueza y confianza. Yo les he ha­blado y ellos me han hablado a mí, como si realmente fueran hijas de la Visitación». Y continuaba diciendo que dos de ellos tenían necesidad de ayuda «para salir un po­co de sí mismos» y que ella había señalado a cada uno de ellos una práctica religiosa y esto para «obedecer» a su padre, Vicente.

Con lo que la santa Madre hacía con los hijos de Vicente, lo que Vicente hacía con las hijas de ella.

Santa Juana y san Vicente se vieron más veces, cuan­do él fue a París: en 1622, en 1628, en 1635 y en 1641. Aquel año murió ella; y él conoció la muerte por una vi­sión: es decir en Dios, en el que la había visto y servido.

  1. t. I, p. 344.
  2. t. I, p. 393 (carta del 1 noviembre 1637).
  3. t I, p.  39.
  4. t. II, p. 99.
  5. t. II, p. 86.
  6. t. I, p. 573.

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