X. La reforma del clero
Las conferencias del martes
Para reformar a los eclesiásticos y perfeccionarlos en las virtudes sacerdotales, junto con los retiros, las misiones los seminarios, Vicente ideó las conferencias que, porque se tenían semanalmente, el martes, se llamaron conferencias del martes.
La primera se tuvo el 19 de julio de 1633.
La idea de conferencia era de aquellas que más engranaban con la catolicidad eclesial de san Vicente, que cada vez estaba más persuadido de que el cristiano sacaba fuerza y gracia de la convivencia y comunicación con los otros cristianos: de su vida en unión y comunión, como Cuerpo místico. El individualismo humanista y protestante habían descompuesto, pulverizándola, la conciencia comunitaria; de tal manera que cada uno era inducido a regular su vida interior con criterios propios y energías autónomas; y en cambio los hermanos están para ayudar nuestra vuelta a Dios y Dios hace circular las gracias por los vasos sanguíneos de la fraternidad eclesial, donde los unos viven con los otros, los unos para los otros y los unos de los otros.
En suma, una de las causas de la decadencia provenía del pavoroso aislamiento en que se encerraban de una manera particular los sacerdotes y que determinaba casi un paro de la circulación de la sangre de Cristo en el cuerpo de la Iglesia.
Por eso era necesario despertar el sentido de la convivencia para llegar a la unidad, dada por Cristo como testamento. «Donde dos o más se unen en mi nombre, allí estoy yo en medio», había dicho el Señor. Y Vicente se alegró del ánimo que le infundió un sacerdote para organizar un sistema de reuniones periódicas que resucitaran «la unión». Y fue a ver al arzobispo y le pidió que quisiera bendecir su proyecto de asociación —de «Compañía»— entre sacerdotes y clérigos, con sede en San Lázaro.
Qué fines se proponía Vicente, apareció del tema señalado para el primer encuentro: «El espíritu eclesiástico».
De una carta, escrita algunos días antes al sacerdote que le había sugerido la idea de la asociación, se ve cómo Vicente tenía presentes a «los muchos obreros que permanecían ociosos», mientras urgía una «gran siega».
De esta manera quería despertarlos al deber del apostolado; y advertía: si no trabajan «serán culpables de la Sangre de su Hijo, que dejan inutilizada, por falta de aplicación»1.
Las conferencias se tuvieron durante muchos años, con la participación en ellas de sacerdotes ilustres y desconocidos. San Vicente contó, durante su vida, más de 250, de los cuales 22 llegaron más tarde a ser obispos.
Celebradas con ese espíritu, bajo la vigilancia del Santo, las conferencias del martes no se convirtieron en una academia: sino que fueron más bien uno de los órganos del renacimiento de toda la Iglesia, por medio de la santificación del clero, controlada y sostenida por la asistencia, que no podía faltar, a los pobres. Vicente ponía mucha confianza en aquel «conferir», que era un juntarse, para hacer de muchos «un solo corazón y una sola alma»; para poner, como diríamos hoy, más espíritus a convivir como Cuerpo místico: el Cuerpo místico que es una convivencia en la que muchos se convierten en el único Cristo. Vicente ponía tanta confianza en aquella comunicación, que fundó o estableció gran parte de sus obras sobre la pedagogía y la práctica comunitaria, por la cual, cada uno, perdiéndose en la unidad con los hermanos, aparta los factores de egoísmo, que le encadenan y deja libre, en cuanto está de su parte, a la acción de Dios entre los hombres. Es inútil tratar de fundar obras de religión —pensaba el Santo— si antes los particulares no se funden en el nombre de Jesús, de tal manera que Jesús esté en medio de ellos: entonces en cierto modo será Jesús quien obrará por medio de ellos.
En ese unirse —y unirse perfectísimamente, como exigía el reglamento redactado para las conferencias del martes—, debía traducirse el amor recíproco, por el cual se unían con la obligación de una asistencia mutua constante, más solícita en caso de enfermedad y de sufragios de misas y oraciones en caso de muerte.
El pertenecer a las conferencias presumía además una conducta intachable por parte de los sacerdotes, diáconos o subdiáconos, que las componían, debiendo honrar el sacerdocio eterno de nuestro Señor Jesucristo: ser, en cierto modo, Jesucristo sacerdote vivo para servicio de la humanidad, empezando por los pobres entre los cuales san Vicente tenía cuidado de poner en primer lugar a los de los campos.
La conferencia estaba regida por un director, un prefecto, dos asistentes y un secretario. El director, por regla general, era el mismo Superior General de la Congregación de la Misión, y esto aseguraba un vínculo de unidad entre las dos entidades: unidad, que Vicente tanto amaba.
El fin de la institución era formar el clero secular en el ejercicio de las virtudes del propio estado, mediante el examen en común de los motivos y modos de ganar esas virtudes, de su naturaleza y de los actos particulares y de las obligaciones eclesiásticas en el servicio de Dios y del prójimo. Para esto se convocaban las conferencias todos los martes, en Bons-Enfants o en San Lázaro. El que no podía asistir, enviaba por escrito sus ideas sobre el tema que se debía tratar. La conferencia se desarrollaba al estilo vicenciano de caridad y sencillez, con repudio de aparato retórico y de exhibiciones eruditas: pues el fin era santificarse, no mostrarse. Cuál era el puesto de Vicente, en aquellas reuniones, en las que, mucho o poco, tomaba siempre la palabra, lo define el testimonio que daría ante la Iglesia, muchos años después, uno de sus miembros, el gran Bossuet: «Elevados al sacerdocio, nos asociamos en aquella compañía de eclesiásticos devotos que se reunían todas las semanas bajo su dirección para conferir juntos sobre las cosas de Dios. Él era el fundador y -A alma. Nosotros le escuchábamos con avidez, sintiendo cómo se cumplían en él las palabras del Apóstol: «si alguien habla, que sus palabras sean como de Dios»2.
Con el sacerdote, después obispo, Bossuet, tomaron parte en las conferencias del martes los sacerdotes más estimados en Francia, por su virtud, saber y dotes naturales: en 1660 habían sido miembros de ellas cuarenta doctores de la Sorbona o de Navarra; veintidós futuros obispos cardenales (y hubieran sido más, si algunos, como Olier y Candenier, no hubieran declinado su nombramiento); dos rectores del Hospital general; fundadores, abades y superiores, entre los cuales, Olier fundador de San Sulpicio, Pallu, cofundador de las Misiones Extranjeras; y otros muchos que desarrollarían una tarea notable en la convivencia religiosa y civil de aquel siglo.
Hablando de su celo, de su piedad y juntamente de la expresión colectiva de su religión, un contemporáneo, el P. Amable Bonnefons, en 1643, señalaba que las conferencias del martes eran una «compañía» compuesta de numerosos eclesiásticos «doctos y celosos», entre ellos párrocos, abades, profesores de teología, «hombres consumados en piedad y doctrina», los cuales —decía— «no tienen mayor deseo ni pretensión que enseñar los primeros elementos de doctrina cristiana a los ricos y a los pobres». Por eso el domingo explican el catecismo a los jóvenes después de las vísperas de la parroquia, y algúnol destinan 14n día durante la semana para instruir más particularmente a los pobres, a lo que añaden la limosna para las necesidades materiales; otros dan misiones en los barrios más populares, reúnen, durante una semana, dos veces al día, trescientos o cuatrocientos pobres de la parroquia en alguna casa privada y, si es el caso, en alguna casa de señores; terminando aquellos ejercicios con la confesión y comunión pública.
«i Oh santo y divino ejercicio —concluía el P. Bonnefons—, que da gloria a la Iglesia, doctrina a los pobres ignorantes y gran consuelo a los que los enseñan! Pluguiera a Dios que todos los que han sido llamados por Dios al estado eclesiástico, quisieran imitar a la mayor parte de los sacerdotes de París! j Cuánto mejor sería cultivada Francia! «.
Asistencias y misiones
Intencionadamente el fundador de las conferencias le había asignado también .una tarea de servicio a los pobres, para que con aquel contacto con la gente pobre recobraran fácilmente la humildad, con el amor a la pobreza y el ejercicio de la caridad. De esta manera al mismo tiempo regeneraba a los maestros y a los discípulos, al clero y al laicado, y por ese mismo hecho reconstruía a la Iglesia.
Por esto prestaba con gusto los sacerdotes de su Congregación para las misiones de los que asistían a las conferencias del martes.
San Ignacio de Loyola, para formar a los suyos, casi como primera fase del noviciado, los mandaba a los hospitales, para servir a los enfermos, para que tomaran contacto con los pobres, empezando el ministerio desde la base, como Cristo.
También los sacerdotes de la conferencia frecuentaban hospitales, cuarteles, galeras, talleres de trabajo y hospicios de toda clase. Bossuet, tuvo que hablar en el Hospital general, en los Incurables y en otros hospicios.
Entre las primeras misiones se recuerdan las dadas a los ciegos de los Quinze-Vingts y a lo locos del manicomio. En aquella circunstancia se compuso aquel opúsculo, el Ejercicio del cristiano, del que se vendieron inmediatamente millones de ejemplares.
En 1641 Vicente propuso a los sacerdotes de las conferencias del martes una misión en el suburbio de SaintGermain, en París. Sus barrios de mala fama se habían convertido en una especie de fortaleza de libertinos, ateos y revolucionarios, de media Francia. La propuesta, pues, de llevar a aquellas callejuelas equívocas la palabra de Dios pareció quimérica o por lo menos excesiva y por eso imposible a la mayoría de los sacerdotes, que vieron en ello una ingenuidad de Vicente, víctima de su celo. Rogado por una dama de valor, tal vez la duquesa de Aiguillon, el Santo no perdió ánimo; y en los martes siguientes volvió a la carga. Como algunos se impacientaran por su insistencia, Vicente, según su costumbre, se humilló y, poniéndose de rodillas, se declaró testarudo y orgulloso y pidió perdón.
Aquel acto de humildad, como suele suceder, valió más que los argumentos; y todos se declararon en favor de aquella misión dificilísima destinada a un público hostil, escarnecedor y vicioso. Fue confiada al sacerdote parisino Perrochel, primo de Olier, también él discípulo y admirador de san Vicente. Contaba entonces 39 arios y llegaría a ser uno de los obispos más celosos de Francia. A él y a los misioneros que se le asignaron, Vicente dio una instrucción acomodada al ambiente, en que debían trabajar y a las circunstancias, en las cuales penetraban en aquel ambiente. La instrucción vuelve de nuevo sobre el espíritu y el «pequeño método» del Santo.
«Conservad la sencillez que tanto os ha ayudado en otras misiones. El espíritu del mundo, del que está lleno aquel suburbio, no puede ser combatido ni abatido con fruto sino por el espíritu de Jesucristo. Que los sentimientos de Jesucristo sean también los vuestros. Buscad, como él, la gloria de Dios y no la vuestra; poneos, como él, en disposición de abrazaros con las abyecciones y los desprecios y de sufrir las contradicciones y las persecuciones, si Dios lo permitiere; predicad, como él, sencillamente, familiarmente, humildemente y caritativamente. Hablando así, no seréis vosotros los que hablaréis, sino será Cristo quien hablará por medio de vosotros, instrumentos de su misericordia y de su gracia, para conmover los corazones más endurecidos y convertir a los más rebeldes».
El Santo tuvo razón. Bajo la palabra sencilla de los sacerdotes, los espíritus coléricos y desdeñosos del barrio, en un número enorme, cedieron y se conmovieron y volvieron a confesarse y comulgar. Las conversiones sobrepasaron toda esperanza; lo mismo sucedió con las reconciliaciones, restituciones y actos de bondad… Perrochel se convirtió en «el apóstol de París». Un señor rico, ante aquellos resultados, puso su persona y su patrimonio a disposición de los misioneros.
Cuando Richelieu supo por su sobrina, la duquesa de Aiguillon, los éxitos de la conferencia del martes, tuvo que declarar: «Me habían hablado mucho de la virtud del señor Vicente; pero lo que ahora oigo de su virtud supera con mucho lo que me habían referido».
Habiéndose encontrado más tarde con él, le preguntó: «Señor Vicente, ¿podríais darme los nombres de aquellos de entre vuestros sacerdotes que estimáis dignos del episcopado?»
Vicente se los dio; y Richelieu tomó nota de ellos por escrito. Y después de algunos meses empezó a nombrar obispos vicencianos, que resultaban «hechos de otra manera».
Las conferencias del martes se propagaron más allá de París y más allá de Francia; el señor Martin, fundó una en Turín. Y se propagó también el tipo de ellas. San Vicente mismo, por ejemplo, reunió a los capellanes del Hótel-Dieu en una conferencia del jueves. Y todas las instituciones que realizaban el gran ideal de purificación del clero con la enmienda y ayuda recíproca, reconocían en Vicente a su inspirador y maestro y así se lo atestigua. ban con mensajes conmovedores.
Las conferencias, con las otras instituciones católicas, fueron barridas por la Revolución francesa. Correspondería a Ozanam, en 1833, reavivar, de una manera acomodada a los tiempos, su idea y el nombre.
La formación de los sacerdotes
Las conferencias del martes, en París, todavía en 1650, dedicaron quince sesiones al estudio de las causas del «estado miserable de la Iglesia y de los eclesiásticos, tan apegados a las riquezas y al deseo de amontonarlas». Buscaban la raíz de la decadencia.
A un tipo tan degenerado de sacerdote, aquellos eclesiásticos, bajo la iluminación creadora de Vicente de Paúl, oponían el ideal del Evangelio.
«Oh Señor, —rogaba el Santo, a la vista de sus sacerdotes—, dadnos el espíritu de vuestro sacerdocio, como lo tenían los apóstoles y los primeros sacerdotes que os siguieron; dadnos el verdadero espíritu de aquel sagrado carácter que pusisteis en pobres pescadores, pobres obreros y gente pobre de aquel tiempo, a los que comunicásteis aquel espíritu grande y divino».
Sacerdocio grande y gente pobre: la asociación surgía espontánea en el espíritu del gran apóstol de los pobres, que reformaba al pueblo con los sacerdotes y reformaba a los sacerdotes con el pueblo, volviendo a enraizarlos en Dios en el cielo y en los pobres en la tierra,
Pocos como él sintieron el valor sobrenatural del sacerdocio y la importancia primordial del ministerio sacerdotal para la vida de la Iglesia. Por esto no cesaba de rogar para que el Señor mandara buenos sacerdotes y de trabajar en la formación del clero.
Su celo nacía del amor: y el amor no acepta límites. Es antí-límite. Dondequiera que descubría una necesidad (y el amor es una introspección que hace ver mas allá de las apariencias comunes), allá se lanzaba como águila. Aquí la necesidad era mayor y era más urgente; pues toda aquella decadencia de la Iglesia, de las costumbres y de la sociedad civil se atribuía universalmente a la decadencia del clero; o por lo menos era su efecto: pues la sociedad nueva, en toda Europa, había sido formada por la cristiandad, por las manos de los sacerdotes, Por eso la reforma del clero había parecido inmediatamente al Concilio de Trento, a la jerarquía, a los santos y a las almas más generosas, como una obra preliminar.
He dicho reforma; la verdadera reforma católica, sobre la cual pueden echar la sombra del equívoco episodios de la contra-reforma política, dirigida hacia el absolutismo dinástico por la divinización de los derechos del rey. Corrupción, simonía y nepotismo, fomentados por la intromisión de los poderes políticos, habían ofrecido pretextos sin fin a la polémica de la rebelión protestante. Para demasiados, quizás para los más, la carrera sacerdotal era un oficio o profesión: un modo de los desheredados para salir de la miseria: y un modo de los ricos para añadir a los feudos familiares las rentas de abadías y cargos eclesiásticos. Con estas aspiraciones, inculcadas en los hijos por los padres, muchos niños entraban en monasterios y conventos, llevando y adquiriendo allí costumbres mundanas, que llegaban a veces hasta el libertinaje. Las rentas de la Iglesia, que son de los pobres, frecuentemente se disipaban en orgías escandalosas y gastos profanos.
Donde todavía no se habían introducido los seminarios, los sacerdotes seguían siendo fabricados con pocos días de preparación por párrocos y religiosos, de modo que muchos no comprendían su misión ni siquiera entendían el latín.
Los más no llevaban hábito talar; y en la iglesia, para las funciones sagradas, se ponían sin cuidado cualquier ornamento sobre su chaqueta y hasta sobre la casaca de lacayo o sobre los harapos de mendigo.
A esta desolación exterior e interior del clero respondía la desolación material de la iglesia. En los campos, sobre los que había pasado la guerra de religión, las iglesias devastadas alzaban al cielo muros abiertos, bajo techumbres de paja. Y estaban servidas por sacerdotes envilecidos y sin preparación, que vestían ornamentos rotos y sucios y se servían de copones de cobre mohoso, dentro de los cuales guardaban, con hostias a veces comidas de gusanos y hasta roídas por los ratones, píxides rotas. Decía, llorando, san Vicente:
«La pereza es el vicio de los eclesiásticos… La tibieza es un estado de condenación»3.
Y él debía abatir aquella montaña arcillosa, contra la cual luchaban también otras almas de Dios: Bérulle, Bourdoise, Olier, todos ellos conscientes de la «necesidad –palabras de san Vicente— de tener buenos sacerdotes, que remediaran la demasiada ignorancia y los demasiados vicios de que la tierra estaba cubierta, y sacaran a la pobre Iglesia de aquel su estado lamentable, por el que las almas buenas debían llorar lágrimas de sangre».
Y añadía: «Se duda si todos los desórdenes que vemos en el mundo deben ser atribuídos a los sacerdotes. Esto podrá escandalizar a algunos… Pero los peores enemigos de la Iglesia son los sacerdotes…»4.
Vicente no era de los que perdían el tiempo llorando sobre los males: quería y trabajaba por curarlos y rápidamente.
En sus misiones, con el ejemplo, con la asistencia y con la palabra, había descubierto ya a los sacerdotes ancianos su vocación, que no era la de pasar el día entre tabernas y casas de juego, entre la caza y reuniones equívocas; y muchos párrocos, canónigos y religiosos, más ignorantes que malos, habían empezado ya a descubrir en los misioneros de Vicente el sacerdocio: y se habían enmendado.
Y este cambio se obraba diariamente con el método de la caridad y por medio de la instrucción.
Frente a sacerdotes seculares y regulares, los misioneros empezaban su ministerio humillándose siempre, confesándose indignos de predicarles; y no tanto hablaban cuanto daban ejemplo.
A los superiores, obispos, abates y párrocos, Vicente sugería, desde abajo, reformar a los subordinados ante todo con el ejemplo de la vida y después por medio de la palabra, como Jesús, que había predicado primero con treinta años de vida y después con tres años de evangelización. Obrar «dulcemente y caritativamente, y al fin firmemente», si fuera preciso, sin llegar sin embargo nunca a sanciones drásticas, de las que se derivan más resentimientos que arrepentimientos: por consiguiente ni suspensiones, ni interdictos, ni excomuniones. Un prelado que recurra a estos medios, aunque emplee todas las censuras eclesiásticas a la vez, logrará menos, bastante menos, de lo que, a ejemplo de Nuestro Señor, lograron siempre los santos, «sufriendo más que haciendo». Y Vicente citaba los casos del santo obispo de Ginebra, Francisco de Sales, y del obispo de Comminges, Bartolomé Donadieu de Griet.
Para castigar al hombre, al principio Dios empleó rayos y castigos: «¡Ay de mí! —glosaba el Santo—, ¿de qué le valió? Al fin se le ocurrió abajarse y humillarse ante el hombre»5.
Por su parte, más de una vez aplicó esta norma. Y le resultó bien.
Numerosos sacerdotes descubrieron así a la Iglesia y al sacerdocio.
Los retiros de los ordenandos
Siempre para la reforma del clero, Vicente preparó un tipo de ejercicios espirituales para los clérigos que se acercaban a las órdenes sagradas.
En París, los retiros se tuvieron en el colegio de los Bons-Enfants, o en el instituto de San Lázaro: seis al año.
Los ordenandos, entre ochenta y cien, eran acogidos con la caridad vicenciana, alojados y alimentados gratuitamente durante once días. Los gastos en gran parte eran sufragados por las Damas de la caridad, entre las que se distinguieron la presidenta de Herse, la reina Ana de Austria y la marquesa de Maignelay. Esta colaboración hacía circular la sangre de la comunión de los santos, por la que el laicado servía al sacerdocio, para que el sacerdocio sirviera al laicado.
Los retiros de los ordenandos habían traído a San Lázaro a hombres como Natale Brulart de Sillery, el gran bienhechor de Vicente; así como al mismo Juan Jacobo Olier y al abate di Rancé, valiente reformador de la Trapa; al abate Fleury, historiador ilustre de la Iglesia; a Bossuet, a quien llamarían el último de los grandes Padres de la Iglesia. Algunos de estos, como Olier, habían ayudado, desde el año 1631, a Vicente a reunir una colección de sermones y asuntos bajo el título de: Instrucciones para los ordehandos.
Los retiros eran predicados por dos eclesiásticos: uno para las instrucciones de la mañana, el otro para las de la tarde. Entre las unas y las otras, se tenían repeticiones, meditaciones y ejercicios litúrgicos.
El Santo ponía gran empeño en que estos se hicieran con toda exactitud y seriedad, pues se trataba de leyantar a gran parte del clero del descuido y de la ignorancia del culto sagrado, en que había caído, principalmente en los campos.
«Recomiendo las ceremonias —decía—, y pido a la Compañía que evite los defectos que se pueden cometer en ellas. Las ceremonias, es cierto, no son más que la sombra pero la sombra de las cosas más grandes, y esto pide que se hagan con toda la atención posible, en medio de un gran silencio religioso y con gran modestia y gravedad».
Es notable, para su tiempo, tal sensibilidad litúrgica.
Celebrando las virtudes de uno de sus sacerdotes ya difunto, Pillé, a finales de 1642, en una carta circular, Vicente le alababa porque, habiendo sido párroco antes de entrar en la Misión, «entre otras cosas había sido gran amante do la limpieza de la iglesia, no pudiendo tolerar ninguna suciedad. Se le veía pasar las tardes arreglando la iglesia y los ornamentos. Y se preocupaba mucho de que los oficios divinos se hicieran con el decoro debido»6.
En torno a los ejercitantes Vicente suscitaba un aura de reverencia, caridad y cordialidad, que dejaba una impresión saludable en las almas, Todo el personal de San Lázaro participaba en aquellos ejercicios sirviendo con humildad y cordialidad. Vicente llamaba a colaborar también a almas piadosas de fuera, a las hermanas de clausura y a los hermanos coadjutores, seguro de que podían mucho con la oración en la obra de santificación; confiaba mucho en la intercesión de santa Teresa de Avila, que en vida había pedido continuamente una floración de buenos sacerdotes.
En los retiros de los ordenandos, la predicación estaba a cargo de miembros de las conferencias del martes, de obispos amigos y de misioneros: y se hacía siempre según el «pequeño método»: claridad y modestia: esta actuaba directamente y ayudaba poderosamente a los ordenandos en su formación religiosa e instrucción teológica. «En la sencillez, el maestro habla el lenguaje de Dios»; esta era la convicción del santo, que sabía que los ordenandos tenían necesidad no tanto de cultura cuanto de virtud.
Aun los obispos se atenían a esa línea de conducta, huyendo de los «pensamientos curiosos o palabras nuevas». Más aún, en 1658, el santo oyó un discurso tan «a la buena» del obispo de Sarlat, que fue a felicitarle, diciéndole que le había «convertido» precisamente la sencillez del discurso.
Otra vez fue a echarse reiteradamente a los pies de un predicador para conjurarle que no empleara palabras difíciles.
Estos retiros dieron tal impulso a la recta formación del clero que, después de diez años de su institución. el Santo, tan parco en elogios, tuvo que admitir: «Todos aquí reconocen que el bien que se ve en París proviene de ahí»: de los ejercicios7. El pueblo volvía a ver y a comprender la hermosura del culto, en el que el celebrante se mostraba de nuevo en toda su dignidad sagrada, como un ángel: mientras que comprendía las explicaciones del Evangelio y las predicaciones del púlpito, desde el cual el sacerdote únicamente atendía a proponer la palabra de Dios.
Hasta el arzobispo de París, además de reunir a los ordenandos en los Bons-Enfants, desde el año 1631, quiso mezclarse personalmente, más de una vez con ellos, como para volver a templarse en la fuente, Aun la reina quiso escuchar a uno de los predicadores, a Perrochel.
La práctica se extendió más allá de París: el cardenal Richelieu la quiso en Richelieu; varios obispos la implantaron en sus diócesis, San Vicente ya no tenía sacerdotes para responder a las peticiones que llovían de todas partes.
Después de un curso de ejercicios en San Lázaro, un canónigo de Toul, Luis Machon, tuvo que celebrar las virtudes del Santo, comprobadas por él, como la caridad, la modestia, la constancia y la humildad en toda acción, que le habían convencido más que todos los libros leídos y que todos los predicadores que había escuchado. Si los ángeles se hubieran hecho hombres habrían vivido como Vicente, el cual había sido destinado por Dios, «no para reformar su Iglesia, sino para dar a conocer a sus ministros la grandeza de su carácter y la pureza con que deben llevarlo»8.
Era cierto, De los retiros para los ordenandos se sacó tal cosecha de conversiones y tal grado de elevación en las costumbres eclesiásticas, que se pensó en extender su práctica aun entre los seglares: y así nacieron los ejercicios espirituales para toda clase de personas. Después de los beneficios que el clero joven obtuvo de las repeticiones y del cambio continuo de ideas sobre mentiras sagradas durante los ejercicios, se sacó la inspiración de numerosas conferencias eclesiásticas.
«El buen Dios —escribía con mirada profética el santo fundador, en 1641, a sus sacerdotes de Roma—, se servirá de esta Compañía, para el pueblo con las misiones, para el clero, que empieza su carrera, con las ordenaciones, para los sacerdotes, no admitiendo a nadie a ningún beneficio ni vicaría si antes no ha hecho su retiro y no ha sido instruido en el seminario; para los beneficiados, con los ejercicios espirituales»9.
Seminarios
La reforma más radical tuvo lugar en los seminarios en los que se formaron las nuevas levas del clero.
La institución de los seminarios había sido una de las innovaciones más sabias decretadas por el Concilio de Trento, que con razón había visto en ellos una base para la acción contra la herejía y para la reforma de la moral. Y fue una de sus glorias.
Al imponer a toda diócesis la institución de un seminario, el Concilio había invitado a los ordinarios a dirigirse de una manera particular a los niños de las clases pobres. Hitler admitiría, en su Mein Kampf, que una de las fuerzas más seguras de la Iglesia católica reside en que su clero se provee de las clases populares. Por su parte Vicente sacaba a los apóstoles especialmente del pueblo, ya que —decía—, «Dios empezó la Iglesia con los pobres»10.
Las instrucciones de Trento se habían aplicado con laboriosa lentitud en los países católicos, porque iban contra costumbres anquilosadas. Sólo obispos celosos, del tipo de san Carlos Borromeo, siguiendo el ejemplo dado por Pío IV, fundador del Seminario Romano (1565), las habían aplicado. Donde los obispos prolongaban abusos feudales, no instituían seminarios o por avaricia no dejaban que prosperaran, sin decir que las guerras de religión no eran a propósito para asegurar aquel clima de piedad y de estudio en la paz, necesaria para una educación de los jóvenes candidatos al sacerdocio.
Sólo en 1615 se admitió oficialmente en Francia la reforma tridentina. Y sólo diez años más tarde la Asamblea del clero deliberó sobre la institución de seminarios, de tres tipos: uno para la instrucción de los jóvenes; otro para la preparación a las órdenes y un tercero para la reforma de los sacerdotes.
En espera de que aquellos proyectos se tradujeran en institutos, celosas personalidades del clero, entre ellas de Bérulle y Bourdoise, se habían puesto a trabajar con inteligencia y celo. El primero fundó y dirigió varios seminarios; el segundo añadió al cuidado de un seminario la formación de comunidades de sacerdotes y clérigos en torno a los párrocos. Vicente se unió a su esfuerzo, empezando un ministerio particular, por sugerencia y con la ayuda de Agustino Potier, obispo de Beauvais: el de preparar al clero con lecciones y ejercicios.
De año en año el éxito de los retiros aumentó, mientras que en el espíritu de Vicente:subsanando las deficiencias del sistema, crecía el deseo de la sistematización definitiva a través de los seminarios para niños.
Ya en 1636 en los Bons-Enfants se había abierto un primer seminario, al que siguieron otros, en Bordeaux, Reims, Rouen, Agen…
Estos seminarios para niños no dieron a Vicente las satisfacciones que esperaba. Los más de ellos acogían a jóvenes de vocación no fija, de voluntad vacilante, de dotes escasas, por el hecho de que al mayor número se le abría el camino más fácil del sacerdocio a edad madura, con los medios fáciles de un tiempo y los recursos de circunstancias.
Por otra parte, Vicente confiaba en las prescripciones del Concilio de Trento sobre los seminarios, consideradas por él como sagradas «como venidas del Espíritu Santo». Y ellas, mientras le daban la confirmación de que los seminarios eran «como el único medio de levantar de nuevo al estado eclesiástico», le proponían dos tipos de ellos: uno de niños, otro de sacerdotes; como si dijera, seminarios menores y mayores, En la situación en que entonces se encontraba el estado eclesiástico, Vicente se convenció sobre todo de la utilidad de los segundos, donde los sacerdotes, de cualquier manera que hubieran sido educados, podían formarse y reformarse; mientras que los niños, enviados por padres ignorantes con la perspectiva de alcanzar una posición lucrativa, raras veces llegaban al sacerdocio, en aquellos primeros años.
Para desarrollar los seminarios de adultos, es decir de sacerdotes o de clérigos próximos a las órdenes, se dirigió a Richelieu.
Richelieu era el cardenal que, al maquiavelismo dirigido al potenciamiento hegemónico de Francia, dando los últimos retoques al absolutismo monárquico, corno instrumento de unificación de clases y territorios del país, y capaz de aliarse con los protestantes para abatir a los antagonistas absburgueses de los reyes borbónicos, asociaba una religiosidad, casi un clericalismo suyo especial, que le llevaba a defender los bienes de la Iglesia, cuando no se interferían con los bienes del Estado.
Estimaba a Vicente, cuyo celo, capacidad y desinterés reconocía; apreció, pues, su designio y le ayudó a ponerlo en práctica, dándole inmediatamente 1000 escudos, como pensión para doce clérigos.
Así animado, en 1642 Vicente añadió al seminario menor de los principiantes, el seminario mayor de los eclesiásticos, ambos dentro del recinto acogedor del Colegio de los Bons-Enfants.
Tres años después, habiendo aumentado el número de los seminaristas, el seminario menor fue trasladado a San Lázaro a un edificio al que se dió el nombre de san Carlos, en honor del obispo de Milán.
El mismo año en que san Vicente abría el seminario mayor, su hermano en religión, el Padre Olier, abría otro en París; y fue el famoso seminario de Saint-Sulpice.






