San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (08)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Iginio GIordani · Translator: A. O. León. · Year of first publication: 1964.
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VIII. Las Damas de la Caridad (1634)

Las damas del HótelDieu

Pocos meses después de la fundación de las Hijas de la caridad, se presentó a Monsieur Vincent la incansa­ble Madame Goussault para suplicarle que constituyera una compañía de damas para el servicio del gran hospi­tal de París, el Hótel-Dieu.

Genoveva Fayet, esposa que había sido de Antonio Goussault, presidente de la Corte de las cuentas de París, viuda con cinco hijos desde 1631, se había dedicado a las obras de caridad, llevando a ellas, con las riquezas de la familia y la carroza siempre a disposición de las misio­nes y de las confraternidades, el brío, el arrojo y la in­teligencia no común de su personalidad, alimentada de sentido evangélico. Se convirtió pronto en una de las co­laboradoras de Vicente de Paúl, la más activa después de Marillac. Ahora ella misma acababa de lanzarlo a una em­presa de las más arduas, ofreciéndole llevar la presencia de Jesús a los tránsitos malolientes del Hótel-Dieu, el hospital más grande de París, institución compleja, regida por un cabildo y una docena de capellanes y asistida por hermanas agustinas (100 profesas y 50 novicias), con el encargo de recibir de 50 a 80 enfermos al día : en total de 20.000 a 25.000 enfermos al año. Estos se amontonaban en estancias atestadas de yacijas, en cada una de las cua­les, en diversa postura, se metían dos, cuatro, seis y hasta doce enfermos, de enfermedades diversas ; podemos ima­ginarnos en qué condiciones higiénicas! Si por las con­diciones de la época, faltaba la asistencia médica, no menos faltaba la asistencia religiosa, a pesar del gran nú­mero de eclesiásticos y de hermanas: pues de aquéllos la mitad atendía a ocupaciones de la iglesia y del oficio, de és­tas la mitad, para atender a la contemplación, descuidaba la acción y la otra mitad, por atender a los trabajos, no se cuidaba del espíritu, dividiéndose unas y otras en ban­dos contrarios. En la época de que tratamos las novicias del Hótel-Dieu se habían rebelado contra las ancianas y formaban un tercer partido : el más intratable.

De aquí resultaba que el estado de los indigentes, ba­jo el aspecto religioso, era deplorable hasta el punto de que la Compañía del Santísimo Sacramento había tenido que enviar, el año 1632, a dos de sus miembros, para pre­parar y asistir a los moribundos, bastante numerosos ; y había pedido a varias comunidades se hiciera’ o mismo.

Conociendo este estado de cosas, a Vicente no le pa­recía oportuno introducir otro elemento de confusión. Y rehusó. Pero la Goussault era mujer de gran voluntad y asaltó el obstáculo desde arriba: desde la posición del ar­zobispo Juan Francisco Gondi que, para contentarla, or­denó a Vicente que fundara la compañía deseada. Y Vi­cente, como siempre, obedeció.

Reunió en casa de la Goussault a un grupo de seño­ras de la alta sociedad parisina, entre ellas a la Pollalion, futura fundadora de las Hijas de la ‘Providencia ; a la se­ñora Villeneuve, fundadora de las Hijas de la Cruz ; a la señora Miramion, fundadora de las Hijas de la Sagrada Familia, llamadas después «Miramiones»; a nuestra Mari-Rae (Mademoiselle Le Gras), cofundadora de las Hijas de la caridad ; a su amiga Mademoiselle du Fray ; y a María Lhuillier, viuda de Villeneuve, amiga y discípula de san Francisco de Sales y de santa Juana de Chantal y peniten­ta del P. Suffren y ahora superiora de las Hijas de la Cruz, comunidad nacida en 1624 para enseñar a leer y es­cribir, coser y rezar, a las jóvenes del pueblo ; a la cere­moniosa Villasabin, llamada jocosamente «la humildísima sierva del género humano»; a la duquesa de Aiguillon ; a la duquesa de Ventadour; a madame de Sainctot, amiga de la familia Pascal; a la princesa Luisa María Gonzaga, después reina de Polonia ; a la madre del gran Condé ; a la duquesa de Nemours, y a otras muchas cuyos nombres están unidos a la historia de Francia. Una aristocracia de la sangre convertida en una aristocracia de la caridad.

Una reunión, pues, de gran clase, del tipo de aque­llas que se tenían en los salones dorados por las damas más famosas. El fin era diverso, el espíritu opuesto. A las reunidas de la casa Goussault, en vez de un teatro o una corte, sonreía, como ideal, un hospital.

De esta asamblea, tenida en 1634, la dueña de casa salió con el título de presidenta, que ella, con espíritu vi­cenciano, cambió en el de «sierva», y Vicente obtuvo el cargo de director perpetuo. Como tal hizo trabajar a las bravas señoras, iniciándolas, en el Mitel-Dieu, en asis­tir a los enfermos, sin mezclarse en los negocios de los demás ; sobre todo, ya que eran mujeres, sin tomar parte en las disputas entre las agustinas. Con sus miras, que le llevaban a buscar el cielo en la tierra, elevó la relación de las damas con las monjas al nivel de la Iglesia. «La co­sa no es posible —dijo— sin la ayuda y el acuerdo con las buenas religiosas que gobiernan a los pobres. Por es­to es justo que las honréis, como a madres vuestras, que las tratéis como esposas de nuestro Señor y señoras de la casa ; porque es propio del espíritu de Dios obrar sua­vemente…»

La Compañía del Hótel-Dieu despertó admiración y emulación aun en la corte, de tal manera que en julio siguiente, contaba ya con ciento veinte asociadas, casi to­das de la más alta aristocracia, las cuales visitaban dia­riamente las crujías del hospital y asistían a ochocientos o novecientos enfermos y pobres.

Además de los enfermos, se encargaron también de la asistencia de los expósitos de París y de enviar ayudas a las provincias arruinadas por la guerra y a las tierras de misión, Hébridas, Madagascar, China, Tonquín ; sin decir que, considerándose movilizadas por Cristo mismo, a donde quiera que iban, visitaban hospitales, tugurios y cárceles, distribuían víveres, coronas y palabras buenas, instruían a los niños, se ocupaban de todas las miserias de los atribulados. Hacían como Vicente.

La asistencia a los expósitos

Como si lo hecho no bastara, precisamente aquel año, 1637, san Vicente prestó atención particular a la muche­dumbre de niños abandonados.

En París, los niños expósitos eran recogidos en un instituto público, llamado popularmente La couche, cuya asistencia, con el correr de los años y sobre todo con los nefastos de las guerras y de las facciones, se había redu­cido y deformado de tal manera que los más de ellos mo­rían. Como tuvo que advertir san Vicente: «aquellas pobres criaturas estaban mal asistidas: una nodriza para cuatro o cinco niños… Se vendían, a ocho sueldos cada uno, a mendigos, les rompían los brazos y las piernas para mover a compasión a la gente e inducirla a dar li­mosna, los dejaban morir de hambre…»

Era lo que habían deplorado los cristianos en la Ro­ma pagana, cuando su piedad había intervenido para rescatar a los expósitos, víctimas de la miseria y de la lujuria, exasperadas por la especulación y la crueldad.

Era imposible que, al conocer aquel estado de cosas, Vicente no se conmoviera. Como frente a toda miseria, se creyó deudor de aquellas pobres criaturas y mandó en su ayuda a madres espirituales, para que realizaran las necesarias obras de misericordia corporal: mandó a las damas de la caridad.

La obra empezó el año 1637 ; y no resultó fácil, parque no todas estaban de acuerdo sobre el camino que había que seguir.

Los primeros niños fueron recogidos en casa de la Marillac y después en un albergue, alquilado, en la calle de los panaderos, encargándose de su cuidado a las Hijas de la caridad.

La institución, que empezó con doce expósitos ele­gidos por su parte entre los de La Couche, en medio de di­ficultades de toda clase, prosperó hasta tal punto que, cerca de dos años después, en una reunión de damas, entre las cuales se hallaba la princesa Condé y la duquesa de Aiguillon, Vicente pudo proponer que se encargara de todos los expósitos.

Y lo propuso en un discurso, en el que el ímpetu de la caridad adujo argumentos sociales e históricos y cifras de balance y previsiones concretas. Faltaban los fondos… : pero estaba la Providencia en el cielo, y en la tierra aquellos inocentes que Dios les había confiado. Melqui­sedec, Moisés, Rómulo y Remo, habían sido expósitos: i qué hijos de Dios no podrían salir, quizás, de las filas de los niños sin padre, de París !

Las damas, conmovidas por los sentimientos y argu­mentos de aquel padre de los desgraciados, no resistieron: abrieron con el corazón la bolsa ; y fue posible encargarse del cuidado de un número cada vez mayor.

En 1638 las Hijas de la caridad asistían ya a cerca de 1200 expósitos. Para ellos en 1645 se pudieron cons­truir dentro del recinto de San Lázaro, trece casas con­tiguas. Para los gastos enormes, además de las aporta. ciones de las damas, Vicente obtuvo rentas del rey y de la reina.

Por lo demás gastó sus cuidados de entendimiento y de corazón, que formaban un tesoro inagotable.

«Tenéis que temer sobre todo escandalizar a estos pequeños, hacer o decir algo malo delante de ellos. Si ma­demoiselle Le Gras pudiera tener ángeles, sería preciso que los destinara a servir a estos inocentes. Se ha hecho correr la voz de que aquí se ponían a las que no eran ca­paces de estar en otra parte. Todo lo contrario ; aquí se quieren las más virtuosas, porque como sea la tía (para emplear el nombre con que os llaman), tales serán los niños. Si ella es buena, ellos serán buenos, si ella es mala, ellos serán malos, porque hacen fácilmente lo que hacen sus tías. Si os enfadáis, ellos se enfadarán; si hacéis li­gerezas delante de ellos, también ellos las harán; si mur­muráis, también ellos murmurarán»1. Por eso debían enseñarles a conocer y a amar a Dios.

En abril del año 1640, en un esbozo de conversación con las damas, que por aquellos días habían tomado a su cargo a todos los niños de La Couche, Vicente explicó los motivos por los que debían tomar con un cariño es­pecial su obra:

  1. «Visitando a los pobres del Hótel-Dieu y a estos pobres niños, visitáis a Dios mismo en ellos; y el servicio que les prestáis, se lo prestáis a Dios mismo…
  2. «Hacéis ver y sentir la bondad de Dios con vues­tra bondad hacia esta pobre gente y le hacéis glorificar: por esto os recomiendo que visitéis a los pobres.
  3. «Cooperáis a la salvación de estas pobres almas con Jesucristo, procurando que se instruyan, hagan una buena confesión general y salgan de este mundo y del Hatel-Dieu en buen estado.
  4. «Edificáis a toda la Iglesia mostrando que os aplicáis con tanta bondad a la asistencia de los pobres.
  5. «Os edificáis a vosotras mismas, desencantándoos del mundo y llegando a la unión más estrecha con Dios…
  6. «Borráis los pecados pasados y presentes, y en cierto modo, aun los futuros: aquéllos con el perdón que Dios os concede, éstos con las gracias que se reciben visi­tando a los enfermos, y que os preservan del pecado…
  7. «Os estáis ganando el mérito de una buena muerte… Y madame Goussault es testigo de ello.
  8. «Os ponéis en estado de poder presentaros con la cabeza alta en el juicio de Dios…»

Además los niños merecen las siete obras de mise­ricordia corporales y, en cierto modo, las espirituales, porque se encuentran en extrema necesidad, abandonados de padre y de madre, expuestos a la muerte: y son la ima­gen de Jesucristo de una manera particular.

Así se fue formando, con la práctica de la vida, el reglamento de las damas de la caridad. En 1660 aún no estaba redactado. En el lecho de muerte, como algo ente­ramente excepcional, Vicente admitió a las damas en su habitación para completarlo.

Entonces hacía algún tiempo que Madame Gous­sault había muerto : el 20 de septiembre de 1639, asistida por san Vicente, según el cual había hecho «un uso divino de la enfermedad, que precedió a su muerte: enfermedad larga y dolorosa con una muerte colmada de alegría y júbilo»2. Murió, pues, como había vivido, con la visión del florecimiento de las Hijas de la caridad.

San Vicente, que como director espiritual la conocía muy bien, la consideró «gran sierva de Dios», «gran santa».

  1. t. X, p. 47.
  2. t. I, p. 595.

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