I. Sacerdote esclavo en Berbería (1581-1607)
De las Landas a Tolosa
San Vicente de Paúl es el nombre dado al pueblecito de Pouy, en las cercanías de Dax, dentro de la región arenosa de las Landas, porque en ese pueblecito nació, el 24 de abril de 1581, Vicente de Paúl, o, como escribía él, Vicent Depaul. Un pueblecito solitario, entre dunas y marismas, surcado por el río Adour, sobre el que a veces llega de lejos, con las ráfagas del viento, el rumor del Atlántico y caen por la espalda las corrientes frías de los Pirineos. Alrededor de las pocas casas, al borde del escaso arbolado de valles y colinas, se extiende la llanura árida, salpicada de algunas pocas islas de terreno cultivable, entre zonas selvosas y dunas desiertas ; en medio, algunas praderas invadidas por aguas cenagosas, de las que el tórrido sol del verano extrae miasmas mortíferos. La población, compuesta de agricultores, vive de la escasa cosecha y del pastoreo.
También los padres de Vicente, Juan y Bertranda Moras, eran pobres ; y durante muchos años Vicente se presentó como un ex-porquerizo, nacido de gente pobre, uno de los seis hijos, que permanecieron siempre pobres, que a veces cayeron en condiciones de miseria próxima a la mendicidad.
Nació, pues, del pueblo atribulado de los campos, vejado por las guerras de religión y de sucesión y chupado por un fiscalismo tanto más odioso cuanto más miserables eran los contribuyentes. Mientras la ignorancia y la superstición lo embrutecían, las luchas de los religionarios se habían exasperado, devastando las iglesias, destruyendo los conventos y dispersando al clero. Concurrían a la depresión del pueblo no pocos prelados, que vivían mundanamente y aquellos teólogos que se inclinaban hacia la herejía. En el campo había párrocos que ignoraban el latín junto a sacerdotes postizos y frailes dados a los placeres, que vivían entre el figón y la caza o mendigaban entre la suciedad y las reyertas.
Era papa Gregorio XIII, a quien sucedería Sixto V el año 1585 ; era rey Enrique III, a quien un dominico fanático apuñalaría en 1589, dejando el trono a Enrique IV.
A la casucha de los de Paúl llegaban de las grandes ciudades raras voces confusas, que hablaban de delitos y de bailes, y de la gran esperanza de paz que tenían católicos y hugonotes.
El año mismo del nacimiento de Vicente había nacido en Francia aquel Saint-Cyran que tanto contribuiría a la propagación del jansenismo.
Con sus hermanos y hermanas, Vicente, muchacho sano, fuerte y algo rústico, se ocupaba sobre todo en trabajar el campo paterno y en llevar el ganado al pasto.
En algunas fiestas subía a Dax, pueblo grande, con sus murallas romanas, con su catedral de Notre-Dame en el centro y, en un suburbio, aquella iglesia dedicada al pri. mer obispo san Vicente de Sentes, del cual le vino el nombre. Sobre hombres y cosas abría sus ojos, con inteligencia viva y corazón generoso. Desde entonces aprendió a inclinarse sobre toda clase de miserias ; a explorar el alma del pueblo y sus condiciones sociales viviendo dentro de ellas y participando de ellas, juzgándolas desde el ángulo de la religión que aprendía en casa y que vivía íntimamente. De su infancia se recuerdan la devoción a Nuestra Señora de Buglose, a una hora de camino de Pouy, y la generosidad con que se llevaba de casa harina y dinero para ayudar a los mendigos. Lo que más le hirió desde su infancia fue el espectáculo de la miseria en el campo, sólo raramente frecuentado por señores, agentes o soldados, con fines diversos de pillaje.
Sacó, pues, las primeras lecciones de vida, de la tierra y del cielo : de los campos y de la Iglesia. Su escuela primera y principal fue y sería siempre la vida. Observador pronto y razonador, era el verdadero campesino, de zapatos gruesos y cerebro fino, que se daba cuenta de todo y que no se perdía en fantasías, sino que se ponía a reparar los males con el remedio del Evangelio: los males de los hombres con la sabiduría de Dios, tomando sobre sí el trabajo que esta intervención requería.
Su sabiduría proverbial brotará de aquellos campos desolados y áridos ; empezaría desde la gleba, como el ministerio humano del Hijo de Dios, al que debía conformarse.
Por aquellos años, un autor español, Fray Luis de León, a quien Vicente citará entre los pocos buenos directores de almas e inspiradores de perfección, en Los nombres de Cristo, escribía así de los pastores: «Vive en los campos Cristo, y goza del cielo libre y ama la soledad y el sosiego ; y en el silencio de todo aquello que pone en alboroto la vida, tiene puesto El su deleite. Así como lo que se comprende en el campo es lo más puro de lo visible, y es lo sencillo y como el original de todo lo que de ello se compone y se mezcla, así aquella región de vida a donde vive aqueste nuestro glorioso bien, es la pura verdad y sencillez de la luz de Dios, y el original expreso de todo lo que tiene ser, y las raíces firmes de donde nacen y a donde estriban todas las criaturas. Y si lo habemos de decir así, aquéllos son los elementos puros y los campos de gloria eterna vestidos, y los mineros de las aguas vivas, y los montes verdaderamente preñados de mil bienes altísimos, y los sombríos y respetuosos valles, y los bosques de la frescura, adonde, exentos de toda injuria, gloriosamente florecen la haya y la oliva y el linaloe, con todos los demás árboles del incienso, en que reposan ejércitos de aves en gloria y en música dulcísima, que jamás ensordece. Con la cual región si comparamos este nuestro miserable destierro, es comparar el desasosiego con la paz…»
Y Vicente, ya anciano, reconocerá que la religión pura, a pesar de todo, se cultiva en los campos, y de ellos sacará aquel su amor a las cosas humildes, a los trabajos ingratos, a la paz del espíritu: y sobre todo la sencillez y rectitud que son la atmósfera de la verdad.
Ciertamente, desde adolescente, debió sorprender por los destellos de una inteligencia, de que daba señales en las conversaciones en casa y fuera de ella ; tanto que su padre deseó que aprendiera el latín, la lengua de los sacerdotes. Tener un sacerdote en casa, especialmente cuando la familia era numerosa, significaba asegurarse una fuente de ingresos. Entonces muchos, entre los nobles y entre los proletarios, abrazaban la carrera eclesiástica para conseguir beneficios, parroquias y cargos, unidos hasta con una vida mundana, para lustre y enriquecimiento de la familia.
El penúltimo año de su vida, escribiendo a un abogado de Laval, Dupont-Fournier, que deseaba hacerse sacerdote, disuadiéndoselo, Vicente deplorará el deseo frecuente de abrazar el estado eclesiástico por gusto, más que por vocación ; y esto por parte de mucha gente que «considera el estado eclesiástico como un arreglo cómodo para buscar más el descanso que el trabajo : de donde nacen las ruinas extrañas venidas sobre la Iglesia, pues se atribuyen a los sacerdotes la ignorancia, los pecados y las herejías con que se ve desolada… Es preciso ser llamados por Dios a esta santa profesión, como lo fue Nuestro Señor mismo, sacerdote eterno, quien no quiso sin embargo entrar en el ejercicio de dicho estado antes de que el Padre diera testimonio de El diciendo: «Este es mi Hijo querido: escuchadle»1).
Por lo que a él se refería, la estima del estado sacerdotal crecía en él de día en día de tal manera que, por temor y reverencia, hubiera preferido permanecer laico durante toda su vida.
Por los frutos se puede juzgar que Vicente tuvo vocación y clarísima.
A la edad de quince años le enviaron a un colegio de Dax, regentado al parecer por franciscanos. Como suele suceder a niños en condiciones semejantes, puestos entre coetáneos que se jactaban con frecuencia de una descendencia adinerada y ambiciosa, en una época en que el orgullo estaba convirtiéndose en el sello de la civilización, también Vicente fué víctima de pequeñas manías de vanagloria, tanto que en cierta ocasión se avergonzó de aparecer en compañía de su padre, pobre campesino y algo cojo : culpa de la que se arrepentiría amargamente y que revelaba un defecto, del que debía librarse radicalmente.
En la escuela hizo rápidos progresos, como suele suceder con hijos de obreros y campesinos, puestos a estudiar: como sucedió con Juan Bosco, con José Sarto…
Vicente resultó tan inteligente que un señor del lugar, el magistrado Comet, le llevó a su casa como preceptor de sus hijos, con facultad para poder proseguir sus estudios.
Las órdenes sagradas
En la iglesia colegial de Bidache, el 20 de diciembre de 1596, Vicente recibió de manos del Obispo de Tarbes, Salvato Diharse, las órdenes menores, que le introdujeron eu la carrera eclesiástica, en la que debía llegar muy lejos: pero no en la dirección en que, según parece, le empujaban su padre y Comet y, hasta cierto punto, él mismo creía dirigirse. Conociendo al hombre, se puede estar cierto de que aquel primer acercamiento al altar, aquella su consagración a Dios, tuvieron que producir en su alma una impresión profunda, como el sello de su única nobleza.
Ante este primer resultado, el padre, halagado, lisonjeado en sus ambiciones, vendió sin más un par de bueyes y con el producto mandó al joven clérigo a realizar estudios de teología en Tolosa.
Ir a Tolosa significaba tomar contacto con el mundo universitario de las disputas filosóficas y teológicas y de los recuerdos de luchas entre católicos y hugonotes ; penetrar en los pasillos de la más famosa universidad francesa, después de la universidad de París, en un centro populoso, que regía, como pastor de almas, el cardenal Fransois de Joyeuse, famoso por haber llevado las negociaciones entre el calvinista Enrique IV y el Papa.
Políticamente fuerte, comerciante activa, Tolosa estaba orgullosa de sus juegos florales y conocía turbulencias estudiantiles. En ellas no tomaba parte Vicente, que se hacía cada vez más reflexivo, porque, serio y pobre, pensaba en estudiar, para ganar, lo mejor posible, lo suficiente para vivir. Por esto, en el verano de 1598, desempeñó el oficio de preceptor de Buzet, a unos treinta kilómetros de Tolosa ; perfeccionando, con el ejercicio paciente e inteligente, sus dotes naturales de pedagogo. Con cada nueva alma que encontraba, parecía aguzar sus facultades de comprensión, que no eran, por otra parte, más que inteligencia de amor. Amaba y por esto comprendía a los niños: y los niños amados le comprendían. Su obra pedagógica fue tan apreciada que aun familias nobles de Tolosa, enviaron a sus hijos, como pensionistas, a la escuela de Depaul. Este, visto su éxito, trasladó la escuela-pensión a Tolosa, entre otras cosas también para reanudar los cursos de teología.
Mientras tanto, el 7 de febrero de 1598, había muerto su padre, hombre pobre pero honrado, que se había matado para sacar adelante a su familia numerosa y que, según parece, había adivinado alguna de las dotes de su tercer hijo que, serio y resuelto, marchaba, a paso lento pero seguro, hacia un porvenir mejor.
Aquella muerte debió aumentar el sentimiento de responsabilidad del joven estudiante de teología que, el mismo año, con fecha del 19 de septiembre, fue ordenado de subdiácono por el mismo obispo Diharse, en la catedral de Tarbes. Tres meses después fue ordenado de diácono; y finalmente, dos años más tarde, el 23 de septiembre de 1600, en Chateau-l’Eveque, fue ordenado de sacerdote por el obispo de Perigueux, Francisco Bourdeill
Cuando fue ordenado de sacerdote no tenía todavía veinte años: si hubiera querido, hubiera podido serlo a los dieciocho, según una costumbre que aún no había sido abolida, a pesar de las prescripciones del Concilio Tridentino. Precisamente le tocaría a Vicente trabajar porque se aplicara la reforma tridentina referente a la edad de la ordenación sacerdotal.
El hecho de retardar cerca de dos años la ordenación sagrada confirma el alto concepto del sacerdocio que ya poseía el santo.
Por la reverencia y temblor que sentía, fue a celebrar su primera Misa en una iglesita campestre, en un altar de Nuestra Señora, con la asistencia de un sacerdote anciano y de un acólito. Esta soledad y todo el estilo de aquella ceremonia revelan al hombre: conocía el valor de la Misa y sabía que con Dios no se juega ; y buscaba el estado de santidad, que entreveía en la pobreza : aquella pobreza que había sido el marco de la misión del Eterno Sacerdote en la tierra. Desde ahora le pareció clarísima-mente que el camino para llegar a Jesucristo era María: y con su ayuda lo hacía todo.
Sacerdote, Vicente de Paúl, que desde este momento será llamado Monsieur Vincent (Señor Vicente), entra a servir a la Iglesia, que, bajo la guía del papa Clemente VIII, espera llevar a la práctica la reforma del Concilio de Trento y poner en paz a los soberanos católicos, cuya concordia es tanto más necesaria cuanto más amenazador se yergue el frente protestante.
La convivencia del pueblo de Francia, ehtre el cual Vicente es llamado a representar los intereses de Jesucristo se ve turbada todavía por las luchas religiosas, aunque el 25 de junio de 1593, Enrique IV haya abandonado a los hugonotes y se haya hecho católico. Puesto que «París bien vale una Misa», reconciliándose con la Iglesia católica, que es la Iglesia de la mayor parte de los franceses, el soberano ha entrado triunfalmente en París y ha pacificado los ánimos con la concesión del edicto de Nantes (1598).
Vicente de Paúl inició su ministerio en este clima de tolerancia religiosa, dentro del cual se estaba engendrando, con el galicanismo, un espíritu de autonomía respecto de Roma, que equivalía a una herejía práctica y servía para revestir de lustre teológico las estructuras del absolutismo monárquico.
Por los buenos oficios de los señores de Comet, se le dio la parroquia de Tilh ; pero, habiéndose levantado contra el nombramiento un eclesiástico, llamado SaintSouté, para evitar molestias jurídicas, Vicente renunció a ella.
Quizás entonces se dirigió por primera vez a Roma ; y llegó a ella como uno de aquellos romeros, que no buscaban tanto las aulas curiales cuanto las memorias de los mártires: y efectivamente la vista de la capital del cristianismo, con sus memorias antiguas y sus monumentos nuevos (hacía poco que Sixto V había completado la cúpula de San Pedro y levantado el obelisco de la plaza), le conmovió hasta las lágrimas.
Volvió, pues, al pensionado y a la escuela para completar los estudios teológicos ; y en octubre de 1604 obtuvo el grado de bachiller. Este título le autorizaba a explicar el Libro de las sentencias de Pedro Lombardo: lo que, según parece, hizo.
Aunque más tarde, al hablar de su humilde origen, solía presentarse como un «pobre estudiante de cuarta», en realidad, a través de una carrera de siete u ocho años, se había provisto de una formación cultural sólida y segura, como aparecerá en las numerosas vicisitudes de su carrera. Formación en la que se fundieron la religión aprendida en la universidad: una para guarda de la otra. Y seguirá estudiando todavía ; y en la universidad de París se licenciará en derecho ; pero atraído ahora ya por su vocación: su espíritu estará absorbido por otros estudios muy diferentes.
Esclavo en Berbería (1605-1607)
Director prudente, hizo florecer el pensionado y se mezcló en asuntos importantes, para los cuales, en 1605, le vemos emprender un viaje urgente a Burdeos. A la vuelta supo que una señora anciana de Tolosa le había nombrado heredero. Para entrar en posesión de la herencia tendría que entablar un pleito con un embrollón que se había escapado a Marsella. A Vicente le habría venido muy bien, para pagar ciertas deudas, cobrar aquellos doscientos o trescientos escudos que le habían legado. Por esto, habiendo vendido un caballo, que usaba pero que no era suyo, se pagó el viaje a Marsella. La operación no era correcta: pero, en su vehemencia juvenil, pensando que ciertamente al fin podría pagar a todos sus acreedores, Vicente la realizó ; y en Marsella hizo encarcelar al bellaco y no le dejó libre sino después del desembolso de los trescientos escudos. Para volver a Tolosa, siguió la propuesta de un hidalgo que le hospedó, de hacer el viaje por mar: era julio, y en la nave gastaría menos y disfrutaría de la brisa marina.
Pero una vez en el mar, la embarcación en la que navegaba, fue asaltada por tres bergantines turcos, apostados en el golfo de Lión para dar caza a las embarcaciones que volvían de la famosa feria de Beaucaire. Tuvo lugar un combate, durante el cual algunos marineros y pasajeros fueron heridos y otros muertos; Vicente mismo recibió un flechazo que —como narrará jocosamente más tarde— le sirvió de reloj durante el resto de su vida. Los pasajeros encadenados y el botín secuestrado fueron llevados a aquella «cueva y antro de ladrones, trampa del Gran Turco», que era Berbería (nombre dado a los países árabes ribereños del Africa septentrional, que fomentaban una vasta e impune piratería). Túnez, lo mismo que Argel, eran mercados florecientes de esclavos ; por sus calles tortuosas y sucias, junto con otra mercancía humana, despojado de sus vestidos, con solo un par de calzones y una chaqueta y con la cadena al cuello, Vicente fue paseado cinco o seis veces, como si fuera un artículo que hubiera que exhibir ; después de haberle dejado examinar y valorar diente por diente, costilla por costilla, después de haberle hecho andar, trotar, correr, como se hacía con los cuadrúpedos y después de ser obligado a llevar fardos y a luchar con adversarios, fue vendido a un pescador.
Después de dos meses de tribulaciones en el mar, el pescador lo vendió a un alquimista o, como dice Vicente, con una palabra divulgada por Paracelso, a un médico «espagiricoextractor sumo de quintaesencias».
Como buen alquimista, continuando investigaciones químicas a las que no era extraña Europa, donde florecía un von Helmont, el nuevo amo de Vicente se ocupaba en la búsqueda de la piedra filosofal, para cambiar los metales en oro. Empleando principalmente sal, azufre y mercurio —tres elementos considerados como principios de las cosas—, el «espagirista» tunecino, desde hacía medio siglo fundía metales, día y noche, en una serie de diez o doce hornillos llameantes. Vicente fue aplicado precisamente a tenerlos bien encendidos.
Si el alquimista no sacaba oro de sus hornillos, en cambio guardaba en su pecho un corazón de oro ; y aquel joven culto y robusto, de aspecto inteligente y leal, le agradó ; y, cediendo a su curiosidad, poco a poco fue revelándole sus secretos químicos y terapéuticos: entre estos uno relativo a la arenilla, destinado a divulgarse aun en tierras cristianas bajo el título de «remedio de san Vicente de Paúl». La fórmula de su composición decía: trementina de Venecia (dos onzas), tapsia blanca (ídem), almáciga, galanga, clavo, canela ; todo ello mezclado con miel y aguardiente.
Junto a las pociones y medicamentos, el espagirista había montado también curiosos aparatos ópticos y acústicos, entre ellos una especie de espejo de Arquímedes y una cabeza de muerto que hablaba. Con la maravilla de aquellos instrumentos y con la afabilidad de su trato, esperó ganarse el alma del esclavo y atraerlo a la religión de Mahoma, prometiéndole como premio la libertad y la riqueza. La tentación era sugestiva y alucinante en aquellas condiciones. Más de un esclavo, por aquel camino, llegaba a la libertad y a la riqueza y entraba a formar parte de la comunidad musulmana. En aquella circunstancia, con intrepidez de carácter, Vicente reveló la firmeza de su fe. Y ante todos los argumentos del amo permaneció inflexible. Anhelaba la libertad: pero la esperaba de Dios ; y la esperaba, en el fondo de su corazón, de la intercesión de la Santísima Virgen María, la Madre que le acompañaba en aquella noche negra.
En medio de la contienda, el sabio árabe ya anciano, cierto día de agosto del año 1606, fue sacado y llevado, contra su voluntad, a la corte de Ahmed I, para que trabajara para el sultán. El golpe debió ser muy violento, pues durante la travesía el pobrecillo murió. Entonces Vicente pasó como herencia a un nieto, «verdadero antropomorfita» que, como se esparciera el rumor de la llegada del embajador francés a la corte otomana, enviado con patentes explícitas del Gran Turco, a librar a los esclavos cristianos, conforme a los pactos estipulados varias veces, e inútilmente, con el rey de Francia : revendió a Vicente a un nizardo, ex-fraile y ex-esclavo que, para comprar la libertad había apostatado. Se llamaba Guillermo Gautier y con la religión mahometana, había cogido también la costumbre de poseer un harén, donde tenía a tres mujeres.
Vicente fue destinado a trabajar en un temat, es decir en un trozo de terreno en aparcería, en tierra de Africa, sobre la ladera de una montaña, desierta y tórrida. Encadenado a su trabajo, revivió la desolación de los israelitas en el desierto. Una de aquellas tres mujeres, cristiana «ortodoxa», se interesó por aquel joven, tan cortés y culto ; y se puso a conversar con él. Como le agradara, se lo mostró a una compañera de harén, turca. Esta —como contó el santo— «curiosa de conocer nuestro modo de vida, venía a encontrarme todos los días en los campos donde yo excavaba y al fin me mandó que cantara alabanzas a mi Dios. El recuerdo del Quomodo cantabimus in terra aliena de los hijos de Israel, prisioneros en Babilonia, me hizo entonar, con lágrimas en los ojos, el salmo Super flumina Babylonis y después la Salve Regina y otros muchos cánticos, con gran gozo de ella…»2t. I, p. 10. 18.
Eran las voces de la nostalgia por la patria perdida, del amor a la Iglesia viva en su alma, de la que la Virgen Madre era la encarnación venerada. Tenía a nuestra Señora un amor escondido, profundo, hecho de esperanza, de fe y de poesía ; y cantando a Nuestra Señora avivaba el deseo, Con la esperanza, de la vuelta a la patria, mientras en el horror de su estado, sacaba fuerzas de la fuente de la belleza.
La turca quedó encantada ante aquellas melodías, entonadas con voz armoniosa y gracia suave, y ante las explicaciones religiosas que añadió el esclavo ; descubrió allí una fe más grande y más hermosa que la suya ; y por la noche habló de ello al marido, con entusiasmo, preguntándole cómo había podido desertar de una religión que se expresaba con canciones tan atrayentes y en almas tan hermosas.
El amo, turbado, habló con el esclavo y en aquel encuentro reconoció el error de su propio estado. Pero ahora cambiar de religión equivalía para él a una condena a muerte. Por eso estudió con Vicente la fuga.
La liberación
La fuga se intentó un día de verano, después de diez meses de ocultos preparativos. Subidos sobre un «pequeño bote», señor y esclavo se arriesgaron mar adentro y el 28 de junio de 1607 arribaron a Aigues Mortes, en el Golfo de Lión.
Con la emoción que nos podemos imaginar, después de dos años, Vicente volvió a poner pie en su tierra, recobrando la libertad; Guillermo volvía a encontrar su patria y la fe.
Apenas desembarcaron, se dirigieron a Aviñón, la ciudad papal, donde el vicelegado Pedro Montorio celebraría al día siguiente la fiesta solemne de los Príncipes de los Apóstoles.
Aviñón, lo mismo que el condado de Venaissin, pertenecía al Papa, Era una ciudad italiana en Francia, gobernada por un vicelegado, que gobernaba en nombre de la Santa Sede. La ciudad era rica y hospitalaria. Allí llegaría también, como desterrado, entre el 1618 y el 1619, Richelieu, obispo de Lugon.
Conocida la aventura de los dos forasteros que acababan de llegar, el vicelegado los acogió con lágrimas de alegría en su sede y después públicamente, en la iglesia de San Pedro, readmitió al apóstata en la comunión católica.
Fue para todos un día de fiesta y para los dos fugitivos el comienzo de una vida nueva, mientras que para el vicelegado fue un título de orgullo, tanto que prometió conducir a ambos a Roma y se comprometió a hacer recibir al penitente en el «austero convento» de los Fate bene fratelli y hacer conceder a Vicente algún buen beneficio. Mientras tanto, retuvo a Vicente como huésped en el palacio de Aviñón, recibiendo, en cambio, de él, algunos de aquellos secretos de alquimia, tan buscados por los que intuían sus valores científicos, como prohibidos por quienes los tenían por diabólicos. El vicelegado estaba más contento que «si le hubiera dado un monte de oro», —como, con palabras italianas, referiría san Vicente mismo a Comet.
Si en este contacto, Vicente, llegado ahora a la edad de 26 años, aparece por una parte ligado todavía a las costumbres del siglo, que le hacían apetecer beneficios eclesiásticos y mesas prelaticias, por otra, indudablemente, aparece aún más asociado a experiencias de miseria social inolvidables.
Como esclavo en Berbería había tocado la degradación humana más humillante. Si ésta es grave para todo hombre, es más grave aún para un cristiano, hijo de Dios libre. Como decía San Ambrosio, «la esclavitud es para el hombre libre la más grave de todas las penas»; mientras que san Vicente dirá, «no existe nada tan útil como la libertad ; y tiene razón el proverbio que afirma que hay que comprar la libertad a precio de oro y de plata y per-dedo todo por poseerla».
Había sido una experiencia tremenda, que le había abatido bajo el abuso social más inhumano : y le abría la primera entrada —la más trágica— a la miseria, para subir de nuevo, con la carga de los hermanos, hacia la liberación. Ahora comprendía mejor la redención, que es el rescate de los esclavos.
Durante su laboriosa existencia, san Vicente nunca o casi nunca aludirá a su aventura en Berbería ; tanto que sus hijos espirituales no sabrán nada de ella: un tesoro de memorias guardadas en un cofrecillo de humildad.
Sólo más de cincuenta años después se conocerá la historia de su esclavitud, al tenerse conocimiento de dos cartas suyas, escritas por él, inmediatamente después de su liberación, al abogado Comet, el 24 de julio de 1607, y el 28 de febrero de 1608, una desde Aviñón, la otra desde Roma ; este conocimiento, habiendo llegado a oídos del secretario del santo, Ducournau, impidió que las cartas fueran quemadas, como el santo ardientemente deseaba y suplicaba desde el lecho de muerte : tan herido se sentía en su humildad por el pensamiento de su divulgación.
De hecho, ésta sólo tendrá lugar después de su muerte.






