San Vicente de Paúl, profeta

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Mikel Sagastagoitia, C.M. · Año publicación original: 2008 · Fuente: Anales españoles.
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El  concilio Vaticano II, refiriéndose a los Fundadores, asegura que “por la inspiración del Espíritu San­to… fundan” comunidades en segui­miento de Cristo. Tratar de descubrir esta inspiración del Espíritu Santo en Vicente de Paúl como inspiración profética es el propósito de estas pá­ginas.

1. Vicente de Paúl, alcanzado por Dios

En el lenguaje popular suele utili­zarse el término “profeta” para desig­nar a quien predice o puede predecir el futuro. Sin embargo, profeta en sentido cristiano (y así tanto en el An­tiguo como en el Nuevo Testamento) es quien ha sido “alcanzado y altera­do por Dios”.

El término griego y latino profeta significa: el que habla en nombre de otro. La palabra hebrea para designar al profeta es nabi’, el que ha sido lla­mado. Profeta, en sentido cristiano re­sulta ser, pues, quien ha sido llamado por Dios para hablar y actuar en su nombre.

Los profetas del Antiguo Testa­mento expresan muy claramente que su vocación y misión no provienen de su personal iniciativa, sino de la irrupción de Dios en sus vidas que ha trastocado todos sus planes. “Me se­dujiste, Señor, y me dejé seducir; me tomaste a la fuerza y saliste ganan­do” (Jer 20,7). Y el profeta Amós pro­testa: “Yo no soy profeta ni del gremio profético; soy ganadero y cultivo hi­gueras. Pero el Señor me arrancó de mi ganado y me mandó ir a profetizar a su pueblo, Israel” (Am 7,14).

El Nuevo Testamento se esfuerza por mostrar la vida y predicación de Jesús como la plena realización de los anuncios de salvación hechos en el Antiguo Testamento: “… todo esto ha sucedido para que se cumpla lo que dijeron los profetas en las Escrituras” (Mt 26,56). Pero en Jesús no sólo se cumplen las esperanzas de los escri­tos proféticos del Antiguo Testamen­to, sino que sus palabras y sus accio­nes son palabras y acciones de profe­ta; más aún, Jesús es el Profeta. “Al ver la gente la señal que había realizado, decía: ‘Éste es verdadera­mente el profeta que iba a venir al mundo ‘” (Jn 6,14).

El evangelio de San Lucas, con ocasión de la visita de Jesús a la sina­goga de Nazaret3 y a partir de un tex­to del profeta Isaías (“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres”), define su misión en términos proféticos, dándole un valor programático al ini­cio de su ministerio público.

En la escena, que constituirá el lema de la vida de Vicente de Paúl, impresiona la personalización que hace Jesús: sobre mí, me ha ungido, me ha enviado. Como los profetas, Je­sús ha recibido el Espíritu. Pero no es un profeta como los otros: Jesús ha recibido la unción del Espíritu en su plenitud y con él comienzan los tiem­pos de gracia.

Otro tanto se puede decir de la fuer­za del hoy que pronuncia Jesús al con­cluir la lectura. “El profeta hablaba del Mesías. “Hoy —añadió Jesús— se ha cumplido esta Escritura que aca­báis de oír”, dando a entender que el Mesías anunciado por el profeta era precisamente él, y que en él comenza­ba el “tiempo” tan deseado: había llegado el día de la salvación, la “ple­nitud de los tiempos”. Es él quien anuncia la buena noticia a los pobres. Es él quien trae la libertad a los pri­vados de ella, libera a los oprimidos, devuelve la vista a los ciegos”.

Vicente de Paúl, inmerso en la realidad social, cultural y religiosa de su tiempo, soñaba obtener beneficios de su vida sacerdotal y escalar hono­res en la Iglesia. Pero fue alcanzado por Dios, quien alteró la orientación de su vida para dedicarla a la evange­lización de los pobres. Vicente de Paúl acertó a “oír en el fondo de su alma, el eco lejano y profundo, hasta entonces apagado por su propia agita­ción, de la voz misma de Dios que le indicaba con claridad, por fin, su ca­mino… El día en que Vicente oyó la gran voz de Dios en el fondo de su alma se puso en marcha, como Abra­hán, sin saber adónde iba, más bien sin saber adónde le llevaba la voz. Ese día, se puede decir ahora con toda precisión, comenzó la verdadera vida de San Vicente de Paúl”.

A partir de ese momento, no se po­drá entender la vida y actividad de Vicente de Paúl, ni ninguna de sus reali­zaciones, sin la explícita referencia a Jesucristo, el profeta ungido por el Padre y enviado a evangelizar a los pobres. Vicente de Paúl quiso, desde el momento de su conversión, seguir a Jesucristo, centrarse en Él, mirarse una y otra vez en Él, hasta el punto de querer en todo momento hacer y no hacer lo que Cristo haría o no haría: “Todos aquellos que están llamados a continuar la misión de Jesucristo, que principalmente consiste en anunciar el Evangelio a los pobres, deben estar animados de los mismos sentimientos que Jesucristo y llenos de su mismo espíritu, siguiendo siempre sus divinas huellas”.

Porque su vida ya sólo se explica desde Dios, desde Jesucristo, Vicente de Paúl cultiva el trato con Él; “tener mucho trato con nuestro Señor”. Al hablar de la oración, la compara a: la despensa de donde sacar las instruc­ciones necesarias; el maná de cada día; la fuente de todas las ciencias; el arsenal que proporcionará toda clase de armas; un gran libro para un predicador … Y es que el profeta, alcanzado y alterado por Dios, sólo puede vivir de Él, alimentarse de Él y en Él encontrar la fortaleza y la razón de su existencia. Así lo había expresa­do el profeta Jeremías: “Cuando reci­bía tus palabras, las devoraba, tu palabra era mi gozo y mi íntima alegría” (Jer 15,16).

Alcanzado y alterado por Dios, en seguimiento de Jesucristo Evangeliza­dor de los pobres, Vicente de Paúl en­tenderá todas sus obras y fundaciones, no como propias, sino como fundadas y establecidas por Dios. “El bien que Dios quiere se realiza casi por sí mis­mo, sin que se piense en ello; así es como nació nuestra Congregación, como empezaron los ejercicios de las misiones y de los ordenandos, como se fundó la Compañía de las Hijas de la Caridad, como se estableció la de las Damas para la asistencia de los po­bres del hospital de París y de los en­fermos de las parroquias, como se em­prendió el cuidado de los niños expó­sitos, y en fin como empezaron todas las obras que actualmente llevamos entre manos. Ninguna de esas obras se emprendieron por nuestra cuenta y siguiendo nuestros planes, sino que Dios, que deseaba ser servido en esas ocasiones, las suscitó él mismo casi sin darnos cuenta y se sirvió de noso­tros, sin que supiéramos hasta dónde íbamos a llegar”.

El profeta está convencido de que comunica la voluntad de Dios, de que dice lo que Dios quiere en ese mo­mento histórico. Por eso, no puede echarse atrás, aunque le costara la vida. ¿No habría que explicar desde esta inspiración profética la firmeza con que Vicente de Paúl acomete las obras, una vez que el paso de la Pro­videncia le ha indicado el camino?: “…siento una devoción especial en ir siguiendo paso a paso la adorable Providencia de Dios”.

2. El mundo y la historia como Dios los ve y quiere

La experiencia de Dios, que ha al­canzado y alterado su existencia, dota al profeta de una sensibilidad nueva que le permite ver el mundo y la histo­ria, no como la ven sus contemporáneos, sino como los ve y los quiere Dios. No es difícil encontrar en los es­critos proféticos del Antiguo Testamento la expresión “¿qué ves?”; y a continuación: “esto me mostró el Se­ñor”. Y así la vasija de barro en manos del alfarero o la viña de uvas amargas o el almendro, es decir, toda realidad se transforma para la mirada del pro­feta en lugar de revelación, en parábo­la viva de lo que el Señor quiere.

Anunciar lo que el Señor quiere para su pueblo, proclamar su Voluntad, invitar a construir una nueva forma de vida que corresponda a su proyecto de Amor es la principal misión del profe­ta del Antiguo Testamento de cara a sus contemporáneos. Ver más allá de los acontecimientos, desenmascarar actitudes y comportamientos contra­rios al Dios que está de parte del po­bre, del huérfano y de la viuda, es mo­tivo de sufrimiento y hasta de persecu­ción para el profeta de parte de los bienacomodados de cada tiempo.

Para describir la nueva forma de comprender Vicente de Paúl el mundo y la historia, una vez que ha sido al­canzado y alterado por Dios, el P. Mo­rin utiliza el símil de la mirada y des­cribe la trayectoria espiritual de Vi­cente de Paúl como la historia de una mirada sobre el pobre: una mirada que se ensancha desde el encuentro con el pobre hasta el descubrimiento de todos los pobres; una mirada que se universaliza desde la pequeña pa­rroquia de Chátillon… hasta Mada­gascar; una mirada que se profundiza: del pobre a Jesucristo, de Jesucristo al pobre.

Los estudiosos subrayan que para San Vicente de Paúl, “el aconteci­miento es el signo de Dios y, de mane­ra privilegiada, cuando concierne di­rectamente a los pobres. El acontecimiento es, para él, portador de Dios; le indica su voluntad”.

El descubrimiento de los pobres llevará a Vicente de Paúl a confesar: “Los pobres, que no saben a dónde ir, ni qué hacer, que sufren y que se mul­tiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor””. Y a denunciar, al mismo tiempo, que “los grandes sólo piensan en honores y riquezas”19 Empeñará todas sus fuerzas en la libe­ración y salvación de los pobres, por­que “no es suficiente ser salvados, hay que ser salvadores con Cristo”. Convencido como está de que “no me basta con amar a Dios, si mi prójimo no le ama”.

Si Vicente de Paúl dedica a los po­bres su persona y las instituciones por él fundadas, es porque viendo las co­sas en Dios los pobres nos represen­tan a Jesucristo, son sus miembros sufrientes. Nos advierte que hay que ver las cosas como las ve Dios, “como son en Dios, y no como apare­cen al margen de Él, porque, si no es así, podríamos engañarnos, y obrar de manera distinta de la que El quie­re”. Y nos invita a juzgar desde esa perspectiva: “Atengámonos al juicio que Dios tiene de las cosas… Ajuste­mos nuestro juicio, lo mismo que nuestro Señor al juicio de Dios, tal como lo conocemos en las Sagradas Escrituras… Entonces, en el nombre del Señor, podemos formar nuestro razonamiento según el sentido más conforme con el espíritu del Evangelio”.

La mirada de Vicente de Paúl, al­canzado y alterado por Dios, descu­bre a Cristo en el pobre. Dice a las Hi­jas de la Caridad en la conferencia del 16 de marzo de 1642: “Los pobres tie­nen el honor de representar a los miembros de Jesucristo, que conside­ra los servicios que se les hacen como hechos a Él mismo”. Y en la confe­rencia del 13 de febrero de 1646: “Al servir a los pobres se sirve a Jesucris­to. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la perso­na de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una herma­na irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día en­contrará en ellos a Dios…

Argumenta ante los misioneros en la conferencia del 27 de abril de 1657: “No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior ni según la impre­sión de su espíritu, dado que con fre­cuencia no tienen ni la figura ni el es­píritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios… ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, consi­derándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos pa­recerán despreciables”.

También a las señoras, damas de la caridad, se dirige con parecida argu­mentación el 11 de julio de 1657: “El mismo Cristo quiso nacer pobre, reci­bir en su compañía a los pobres, ser­vir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que hacemos a los pobres los con­siderará como hechos a su divina per­sona… ¿Y qué amor podemos tenerle nosotros a Él si no amamos lo que Él amó? No hay ninguna diferencia, se­ñoras, entre amarle a Él y amar a los pobres de ese modo; servirles bien a los pobres, es servirle a Él… ”

Es esta manera de ver el mundo y la historia, según Dios, el motor de cada una de las fundaciones de Vicen­te de Paúl, fundaciones que prolon­gan la vida y misión del mismo Cristo cuando estuvo en la tierra y las pala­bras y obras predichas por los profe­tas. “Puede decirse que venir a evan­gelizar a los pobres no se entiende so­lamente enseñar los misterios nece­sarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio”. Porque “nuestra voca­ción consiste en ir, no a una parro­quia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra; ¿par qué? Para abra­zar los corazones de todos los hom­bres, hacer lo q e hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo consuma todo? “

Es esta manera de ver el mundo y la historia, según Dios, de donde Vi­cente de Paúl concluye: si el servicio al pobre así lo requiere, habrá que de­jar la oración e incluso la eucaristía. Obrar así no será descuidar los debe­res de la religión, sino dejar a Dios por Dios. “Si fuera voluntad de Dios que tuvieseis que asistir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacerlo. A eso se le llama dejar a Dios por Dios”

Es esta manera de ver el mundo y la historia, según Dios, el dinamismo de la imaginación profética que hace po­sible la creación de nuevas y originales firmas de presencia y servicio en la Iglesia y la creatividad en la organiza­ción de los recursos (humanos, econó­micos y estructurales) para hacer fren­te a las nuevas y siempre cambiantes situaciones de pobreza. Baste recordar la que se ha dado en llamar “Carta Magna” de las Hijas de la Caridad: “Considerarán que no se hallan en una religión, ya que este estado no conviene a los servicios de su voca­ción… puesto que no tienen por mo­nasterio más que las casas de los en­fermos y aquella en que reside la supe­riora, por celda un cuarto de alquiler, por capilla la iglesia de la parroquia, por claustro las calles de la ciudad, por clausura la obediencia; sin que tengan que ir más que a las casas de los enfermos o a los lugares necesarios para su servicio, por rejas el temor de Dios, por velo la santa modestia, y no hacen otra profesión para asegurar su vocación más que por esa confianza continua que tienen en la divina Provi­dencia, y el ofrecimiento que le hacen de todo lo que son y de su servicio en la persona de los pobres…”

Finalmente, es esta manera de ver el mundo y la historia, según Dios, lo que explica las intervenciones de Vi­cente de Paúl en la política y su deci­dido compromiso con la justicia, en lo que llamamos hoy denuncia profé­tica. Bien podría aplicarse a Vicente de Paúl el elogio que en su presencia hicieron las primeras Hijas de la Cari­dad tras la muerte de su compañera Juana Dalmagne: “Tenía mucha liber­tad de espíritu en lo que se refería a la gloria de Dios, y hablaba con tanta franqueza con los ricos como con los pobres, cuando veía en ellos algún mal. Un día, al saber que algunas per­sonas ricas se habían eximido del tri­buto, para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios los juzgaría por esos abusos. Y como yo le hiciese ad­vertir que hablaba con mucho atrevi­miento, me contestó que, cuando se trataba de la gloria de Dios y del bien de los pobres, no había que tener mie­do de decir la verdad”.

3. “Mirad: todo lo hago nuevo

Las palabras del último escrito profético del Nuevo Testamento “Mi­rad: todo lo hago nuevo” (Ap 21,5) nos introducen en otra dimensión de la vida y ministerio de los profetas. El profeta, que ve el mundo y la his­toria según Dios, es siempre testigo de esperanza, porque la fidelidad de Dios, su Amor, “su misericordia lle­ga a sus fieles de generación en gene­ración” (Le 1,50).

El profeta sabe y ha experimentado que Dios no abandona nunca a su pueblo. “¿Cómo podré dejarte, Efraím; entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me revuelven todas las entrañas. No cederé al ar­dor de mi cólera, no volveré a des­truir a Efraím, que soy Dios y no hom­bre, el Santo en medio de ti y no ene­migo devastador” (Os 11,8-9).

El profeta transmite la confiada es­peranza que sabe y ha experimentado de Dios. “Aunque la higuera no echa yemas y las cepas no dan fruto, aun­que el olivo se niega a su tarea y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no que­dan vacas en el establo, yo festejaré al Señor gozando con mi Dios salva­dor” (Hab 3,17-18).

Cristo, el evangelizador por exce­lencia, que anunció la llegada del Rei­no de Dios con palabras y con obras, recorría las ciudades y aldeas curando todos los males y enfermedades, en prueba de la llegada del Reino de Dios. Las palabras y los gestos sal­vadores de Jesús suscitaban esperan­za entre los pobres. y afligidos que a Él acudían.

Como seguidor de Cristo Jesús, Evangelizador de los pobres, también Vicente de Paúl es instrumento de es­peranza en el compromiso contra las pobrezas, promoviendo la vida, la dignidad de las personas, brindando motivos para la superación, abriendo sendas para una nueva justicia y fra­ternidad. “Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su cari­dad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las al­mas”

Los interlocutores de Vicente de Paúl reprocharon, más de una vez, la extensión de las obras para atender a necesidades de los pobres, cada vez más amplias. Para. Vicente de Paúl no es posible pensar en detenerse ante to­das las necesidades de todos los po­bres. Les dice a las señoras de la cari­dad en una conferencia del 11 de fe­brero de 1649: “En verdad parece que las miserias particulares nos dispen­san del cuidado de las públicas, y que tendríamos un buen pretexto delante de los hombres para retirarnos de este cuidado. Ahora bien, señoras, no sé cómo eso aparecerá a los ojos de Dios, quien nos podría decir lo que San Pablo decía a los corintios, que se encontraban en las mismas cir­cunstancias: ¿habéis resistido hasta la sangre?

Escribiendo al Papa Inocencio X, el 16 de agosto de 1652, hace Vicente de Paúl una enumeración (no cerrada) de las necesidades que es preciso atender: “Aliviar a los pueblos deso7 lados con tan larga guerra, devolver la vida a los pobres abatidos y casi muertos de hambre, ayudar a los campos totalmente devastados…”

El servicio a los pobres no es sólo un ejercicio de amor al prójimo, sino expresión de la bondad y la ternura de Dios. Dice Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad en la conferencia del 18 de octubre de 1655: “Es Dios el que os ha encomendado el cuidado de sus pobres y tenéis que comportaros con ellos con su mismo espíritu, compadeciendo sus miserias y sin­tiéndolas en vosotras mismas en la medida de lo posible, como aquel que decía: ‘yo soy perseguido con los per­seguidos, maldito con los malditos, esclavo con los esclavos, afligido con los afligidos y enfermo con los enfer­mos,“.

De este modo, el servicio a los po­bres y todos los trabajos emprendidos para su promoción y liberación, se convierten en signos proféticos que manifiestan la infinita misericordia del Padre que, en Jesús, camina con los pobres y los salva. Por ello, Vicen­te de Paúl invitará, con auténtica pa­sión: “Así pues, hermanos míos, va­yamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados; reconozcamos delante de Dios que son ellos nuestros seño­res y nuestros amos, y que somos in­dignos de rendirles nuestros peque­ños servicios”

4. “En aquellos días… todos profetizarán”

¿Necesita hoy nuestro mundo, nuestro tiempo, profetas? El día de Pentecostés, citando al profeta Joel, proclama Pedro solemnemente: “En los últimos días, dice Dios, derrama­ré mi Espíritu sobre todo hombre, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas… Sobre mis siervos y mis sier­vas derramaré mi Espíritu en aque­llos días, y todos profetizarán” (Hch 2,17-18).

Las primeras comunidades cristianas enumeran el carisma de profecía junto a otros carismas y ministerios. “Dios ha asignado a cada uno un puesto en la Iglesia: primero están los apóstoles, después los profetas, a continuación los encargados de ense­ñar…” (1Cor 12,28). Pablo concreta además los encargos que atañen al profeta: “El que profetiza habla a los hombres para su edificación, exhor­tación y consolación” (1 Cor 14,3).

Como Vicente de Paúl, muchos hombres y mujeres de todos los tiem­pos han sido alcanzados y alterados por Dios, han sido verdaderos profe­tas.

Hoy, la Iglesia nos sigue recordan­do que la inspiración profética de los Fundadores, transmitida a sus discí­pulos, ha de ser “por éstos vivida, custodiada, profundizada y desarro­llada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne”

Seguir desarrollando el carácter profético de nuestra vocación vicen­ciana, “como una forma de especial participación en la función profética de Cristo, comunicada por el Espíritu Santo a todo el Pueblo de Dios, constituye hoy uno de los desafíos a los que estamos invitados como Fa­milia Vicenciana.

Los caminos para hacer vida este carácter profético serán los que tenga­mos que redescubrir entre todos.

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