- NUEVA REACCIÓN DEL SEÑOR VICENTE FRENTE A LA OBRA «DE LA FRÉQUENTE COMMUNION» DE ANTONIO ARNAULD
Aún no se había apagado el incendio producido por el Augustinus (1640) cuando tres años más tarde aparece otro foco devastador de la fe y piedad de los fieles: la obra de Antonio Arnauld titulada De la Fréquente Communion (1643). La reacción de Vicente de Paúl era de esperar.
Los hermanos Arnauld: Antonio y Angélica
La abadía cisterciense de Port-Royal estaba muy relacionada con la familia Arnauld, al haber dado varias vocaciones al monasterio y al sostenimiento económico de la comunidad. Entre los hermanos Arnauld destaca Antonio (1612-1694), teólogo de la Sorbona, llamado «el Gran Arnauld»; fue el continuador más admirado de la obra de Duvergier y adversario acérrimo de los jesuitas, contra quienes había publicado con el seudónimo de Petrus Aurelius una serie de escritos sobre su supuesta independencia de los obispos.
Antonio Amauld era el mejor amigo y confidente del abad de Saint-Cyran y el más fervoroso difusor de las teorías jansenistas. La publicación del libro De la comunión frecuente, prologada por Martín de Barcos, contribuyó a incrementar el rigorismo, que ya fomentara y defendiera el propio Saint-Cyran. El autor de la obra, Antonio Amauld, argumentaba que tal había sido la praxis en la Iglesia antigua e invocaba esa práctica para usarla a la hora de recibir el sacramento de la penitencia o de la eucaristía. De ahí también que su rigorismo en materia moral fuera cada vez más extremo. Las sucesivas condenas por parte de la Sede Romana le llevó a él y a los simpatizantes de Port-Royal a sostener posiciones acordes con el galicanismo.
Decíamos que la obra de Antonio Amauld fue prologada por Martín de Barcos (1600-1678), sobrino de Saint-Cyran, irresponsable cuando, sin el más mínimo reparo desacredita la primera biografía escrita de Vicente de Paúl y a su autor Luis Abelly, con tal de defender la postura de su tío y atacar al fundador de la Misión y de la Caridad. Barcos abordaba también en la misma obra la doctrina sobre la «doble cabeza» de la Iglesia, Pedro y Pablo, en realidad, una.
En fin, Antonio Arnauld, autor de la ingeniosa y famosa distinción entre el derecho y el hecho, se dedicó a propagar las ideas de Jansenio intentando presentarlas como puro agustinismo, lo que le valió la exclusión de la enseñanza universitaria de la Sor-bona, con harto sentimiento suyo y de sus admiradores. Criticó ásperamente la costumbre de la comunión frecuente y defendió el retraso de la absolución sacramental hasta cumplir la penitencia, como lo había aconsejado —no mandado— Saint-Cyran. También institucionalizó el jansenismo ofreciéndole una ascética propia, una modificación de los dogmas y los cambios necesarios en la liturgia.
Antonio Aranuld, clérigo inexperto
San Vicente se limita a decir de Antonio Arnauld, personaje controvertido y merecedor de fuertes críticas: «¿No es un ceguera intolerable preferir en cosas de tanta importancia las ideas de un joven sin experiencia alguna en la dirección de las almas, como era la suya cuando escribió ese libro, antes que la práctica universal de toda la cristiandad…? Además, me parece que es una herejía decir que es un gran acto de virtud querer retrasar la comunión hasta la muerte, ya que la Iglesia nos manda comulgar todos los años. También es una herejía preferir esa pretendida humildad a toda clase de obras buenas, siendo evidente que por lo menos el martirio es mucho más excelente. Y también decir, que Dios no es honrado en nuestras comuniones y que no recibe de ellas más que ultraje y ofensa».
Al lado de Antonio Arnauld debe situarse a su hermana Angélica Arnauld (1591-1666), abadesa del monasterio de Port-Royal des Champs, quien muy poseída de sí misma llegó a asegurar que el señor Vicente poseía un «celo sin ciencia». Impuso una férrea disciplina de la regla cisterciense, llevando a sus monjas por las vías de la ascesis y austeridad. Tras la dirección llevada con el obispo Sebastián Zamet, la Madre Angélica pasó a dirigirse con Saint-Cyran, quien no dudó en aconsejarle que gobernara con la máxima exigencia. Avanzando por esta senda, el monasterio de Port-Royal llegó a ser el centro del rigor desde donde partía una espiritualidad pesimista y evocara un Dios severo, una religión de terror y una vida sin amor.
Los amigos y solitarios de Port-Royal
Los orígenes de la antigua abadía femenina cisterciense de Port-Royal des Champs se remontaban a la edad media. Debido a la insalubridad del clima y al gran número de novicias ingresadas en el monasterio, su abadesa Angélica Amauld lo trasladó a las cercanías de París (1625). En torno al primitivo monasterio des Champs se instaló entonces una congregación laica, llamada los «solitarios de Port-Royal». Vuelta la madre Angélica a su antigua abadía, con la mayor parte del Port-Royal de París, los solitarios se retiraron, en 1648, a un paraje próximo. Desde el monasterio de Port-Royal, la doctrina y praxis jansenista se mantenía viva y se extendía por toda Francia y más allá de sus fronteras. El monasterio fue destruido por las tropas reales en 1710 y las monjas que lo habitaban se dispersaron. En cambio, el Port-Royal de París se mantuvo en pie hasta la Revolución francesa.
Nicole, Quesnel y Pascal
El grupo de Port-Royal creció en número y fama, debido a algunos personajes influyentes en la sociedad. A Antonio Arnauld se le unió muy pronto Pedro Nicole, que criticó especialmente la infalibilidad pontificia y propuso la formulación propia de los jansenistas, de corte más conciliador. Pero el espíritu y talante de Antonio Arnauld fue heredado y defendido principalmente por Pascasio Quesnel (1634-1719), incondicional de Port-Royal y autor del libro Reflexiones morales (1671).
Quesnel logró ganarse las simpatías y apoyos incluso del alto clero. Noailles, obispo de Chalons y luego cardenal y arzobispo de París, convencido por Quesnel, provocó una viva reacción polémica contra la condena de las cinco proposiciones jansenistas, aunque terminó aceptando el fallo de la Iglesia. No obstante, las disputas teológicas se multiplicaron y el ambiente se caldeó hasta tal punto que los obispos franceses pidieron una nueva intervención pontificia. Fue entonces cuando el papa Clemente XI (1700-1721) condenó 101 proposiciones de la obra de Ques-nel con la famosa Bula Unigenitus, que muchos, incluido Noailles y otros obispos se resistieron a admitir: fue el golpe de gracia contra el jansenismo.
Al lado de Quesnel destaca Blas Pascal (1622-1662), físico y matemático, gran simpatizante del monasterio cisterciense y ligado a su estrecha moral. Comenzó a frecuentar la abadía a partir de 1654, a causa del tedio que sentía hacia el mundo y por el deseo de vivir una fe cristiana más austera y auténtica. Guiado por un espíritu de exigencia, terminó retirándose a la misma abadía a comienzos del año siguiente. Inmerso en un clima de controversia teológica, clima creado por las corrientes reformadoras, y llevado de su temperamento extremoso, escribe en el año 1655 las famosas Cartas Provinciales, en total 18 cartas. A partir de la 11, el resto van dirigidas a los jesuitas. Su influencia fue muy notable y provocó reacciones fuertes por parte de los mismos jesuitas, que no tuvieron más causas de quejas contra su administración que las demás Órdenes religiosas. A Pascal le animaba la constante presencia de Dios en sus meditaciones y el sentido cristiano de la vida.
Si las referencias condenatorias de Vicente de Paúl contra la obra de Arnauld son abundantes y valientes, no se opuso en cambio, a las diatribas de Pascal, a quien no menciona a no ser indirectamente a través de una carta dirigida a Pedro Cabel, en la que le comunica que ha recibido del P. Annat, de la Compañía de Jesús, dos volúmenes de una obra que ha compuesto. Sin embargo, no está por demás recordar que el santo jamás participó del espíritu del brillante y profundo filósofo, afincado en París, aunque nacido en Clermont-Ferrand (Auvernia).
Los dichos personajes de Port-Royal y algunos más formaban un escuadrón bien formado y dispuesto a atacar la doctrina de la Iglesia en materia de fe y costumbres, y de modo particular a los jesuitas, principales causantes de la desviación doctrinal agustiniana, según los solitarios de la antigua abadía.
«Todos los libros que salen de Port-Royal se dice que siempre tienen algo que huele mal»
Dado el espíritu de los famosos solitarios, resulta interesante lo que el superior de la Misión escribe a Fermín Get, superior de Marsella, el 22 de septiembre de 1656: «Todos los libros que salen de esa botica de —Port-Royal— se dice que siempre tienen algo que huele mal; y como Dios ha querido mantener a la Compañía muy limpia de esa doctrina, tenemos que procurar no solamente conservarnos en esta limpieza, sino evitar en cuanto podamos que los demás se dejen llevar por sus hermosos discursos y caigan en sus errores, sobre todo ahora que no se puede dudar de su falacia. Ya se habrá enterado usted de la condenación auténtica de sus cinco proposiciones por parte del papa difunto (Inocencio X), y de la declaración que hicieron a continuación los obispos de Francia, reunidos en París, contra dichas proposiciones que se encuentran en el libro de Jansenio, y en el mismo sentido con que Su Santidad las condenó. También habrá podido enterarse de cómo la Sorbona ha censurado algunas cartas que escribió luego el señor Arnauld… Le digo todo esto, padre, para que no nos encargue que le enviemos libros procedentes de esa fuente para ninguna persona, pues como la fuente no es limpia, hay motivos para creer que resulta peligroso beber de los arroyos que de ella manan».
Por otra parte, una carta a Luisa de Marillac aconsejándole no diera crédito a quien le pedía una hermana, pone en evidencia su recelo contra los solitarios de Port Royal. El texto dirigido a la Señorita Legras dice: «Me temo que en todo ello hay algo de lo de Port-Royar”. Sin duda, el director alude a la práctica de la confesión frecuente que se estila en la Compañía y a la comunión sacramental, según la costumbre vigente entonces en la Iglesia, en contra de la seguida en el famoso monasterio cisterciense.
La doctrina jansenista respecto a los sacramentos de la penitencia y eucaristía había quedado refutada por Vicente de Paúl cuando hablando a las Hermanas, les exhortaba: «La confesión y la comunión son medios muy poderosos que atraerán infaliblemente las gracias suficientes para ayudaros a soportar y excusar los defectos de los demás y enmendaros. Cuando hayáis observado que habéis caído, recurrid entonces a la santa confesión, acudid siempre a la santa comunión, siempre que os lo permita la bondad de Dios. No dejéis de ir. Dios es el que os llama. No hay remedio tan eficaz contra las enfermedades de nuestras almas. Allí es donde hay que ir a robustecerse. Allí está el verdadero médico que conoce los remedios convenientes; allí es donde hay que ir a estudiar el amor, la paciencia y demás virtudes que nos son necesarias»; o también: «Mantenerse en estado de gracia significa sentir un gran odio contra el pecado mortal y huir de él como del demonio, también del venial; y cuando se haya cometido alguno, confesarse lo antes posible».
CEME
Antonino Orcajo







