San Vicente de Paúl o la clarividente oposición al jansenismo (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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AMBIENTACIÓN

La oposición de Vicente de Paúl al jansenismo no es un tema tan fundamental que desplace a un segundo término el carisma que recibiera de la Misión y de la Caridad, a las que subordinó cuanto él era y tenía por gracia y naturaleza, vocación y entrega. Aunque tampoco fuera algo accidental en su vida espiritual y apostólica, el conocimiento del tema nos ayuda a aquilatar la ortodoxia de su fe católica y a conocer más en profundidad su amor incondicional a la Iglesia y a la doctrina expuesta y defen­dida por los Concilios y Papas y, finalmente, nos ayuda a definir, con más precisión, los rasgos de su misión apostólica, puesta al servicio del pueblo necesitado.

Si es así, como está hartamente probado en las biografías escritas sobre el «santo de la caridad», todo lo que contrariaba, doctrinal o pastoralmente, a su fe y experiencia, era en él objeto de oposición obligada. Su postura frente al jansenismo constitu­ye, eso sí, una actitud y una acción relevantes, acompañadas al principio de muchas cautelas pero después cargadas de valentía contra las nuevas doctrinas sobre la gracia, la fe, la predestina­ción y los sacramentos de la penitencia y comunión.

Complejidad, riqueza y límites del tema

La complejidad y riqueza del tema vienen dadas por el con­junto de factores que la integran: religiosos, doctrinales teológicos, morales y espirituales, políticos y sociales, artísticos y litera­rios, aunque nosotros tratemos de simplificarlos. A veces resulta difícil deslindar los campos en que se movían los fautores del nuevo movimiento reformista. Además de los factores indicados, existe otro de especial relevancia que relaciona la persona y misión de Vicente de Paúl con el movimiento innovador. Tal fac­tor no es otro que la relación o conocimiento que tenía de las per­sonas comprometidas con la difusión u oposición del jansenismo. Nombres como Luis XIII, Richelieu, Mazarino, Francisco de Sales, Pedro de Bérulle, Miguel de Marillac, Juan Santiago Olier, Carlos de Condren, Andrés Duval, Miguel Bayo, el abad de Saint-Cyran, Martín de Barcos, los hermanos Arnauld, Antonio y Angélica, Pascasio Quesnel y otros solitarios de Port-Royal, como Blas Pascal, y muchos jerarcas de la Iglesia como Alano de Solminihac, Juan Francisco de Gondi, Pedro de Marca1 y Carlos de Noailles, son testigos, entre otros muchos, de aquellos ambien­tes reformistas de la Iglesia del siglo XVII en Francia. No nos detendremos en presentar cada uno de ellos, pero sí a algunos más cercanos a Vicente de Paúl, bien por su simpatía doctrinal o por sus marcadas diferencias en puntos teológicos y morales.

El jansenismo es un movimiento multiforme que influyó en la vida de la Iglesia a partir de los años 40 del siglo XVII, movi­miento que deja sus reflejos en la dogmática, en la moral y en la espiritualidad, con interferencias múltiples entre sí. Esos reflejos fueron, precisamente, los que hicieron reaccionar a Vicente de Paúl, que veía en ellos, unas veces, un ataque solapado y, otras, un atentado manifiesto contra la fe profesada por la Iglesia, cuyo depósito él trataba de guardar como su mejor tesoro. Al final de la vida llegó a decir: «Durante toda mi vida he tenido miedo de encontrarme en el origen de alguna herejía. Veía el gran desastre que había causado la de Lutero y Calvino y cómo muchas perso­nas de toda clase y condición habían sorbido su peligroso vene­no, al querer saborear las falsas dulzuras de su pretendida refor­ma. Siempre he tenido miedo de verme envuelto en los errores de alguna nueva doctrina, sin darme cuenta de ello. Sí, durante toda mi vida he tenido miedo a esto.

A diferencia de los jansenistas, venidos en su mayoría de la clase burguesa, Vicente de Paúl procedía de origen humilde y destinaba su palabra y misión a los pobres y necesitados; en defensa de los desvalidos empeñaba su influencia desde los púl­pitos de las Conferencias de los Martes, del Consejo de Concien­cia, de sus Congregaciones de la Misión y de la Caridad y de las Cofradías de Caridad, cuyas ayudas económicas y pastorales iban destinadas a la salvación completa de los hambrientos, des­nudos y encarcelados.

Ponemos límite a nuestro estudio en el año en que fallece Vicente de Paúl, es decir, que comprende desde 1624, en que tiene conocimiento del plan de la pretendida reforma, hasta que le sobreviene la muerte en 1660. Si fijamos este límite es debido a que muy cercana a tal fecha el papa Inocencio X había conde­nado en la bula Cum occasione (1653) las cinco proposiciones principales de la obra de Jansenio, el Augustinus, dando, prácti­camente, la puntilla a la mueva doctrina herética. Cierto que se sentirán poco después nuevos zarpazos, pero las filas de los innovadores habían sido ya derrotadas. El papa Clemente XI, con la bula Unigenitus de 1713, si excitó de momento los ánimos de los jansenistas supervivientes, consiguió completar la obra de sus antecesores Inocencio X y Alejandro VIII.

Nos parece, pues, acertado no avanzar más allá del año 1660 y dejar para otra ocasión la investigación de las secuelas jansenistas que afectaron a la historia de la Congregación de la Misión, en años posteriores a la muerte del fundador, más en concreto a los misioneros que vivieron durante y después del generalato del P. Edmundo Jolly (1673-1697). No obstante, serán inevitables algunas alusiones, dada la cercanía en el tiempo de estos misioneros con los inmediatos sucesores de Jansenio3.

Con esta breve ambientación, presentada bajo mínimos histó­ricos, nos posicionamos en la palabra y conducta de Vicente de Paúl frente al jansenismo. Por todo lo dicho, los puntos a tratar los reducimos a cuatro: 1.° Presentación del jansenismo. 2.° Reacción de Vicente de Paúl ante la publicación del Augustinus (1640) de Jansenio. 3.° Nueva reacción de Vicente de Paúl ante la obra de Antonio Arnauld: De la Fréquente Communion (1643). 4.° Actualidad y futuro de la doctrina jansenista.

CEME

Antonino Orcajo

 

 

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