San Vicente de Paúl, místico de la caridad y de la misión[1]   (II) 

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. Místico de la Misericordia

La reciente conclusión del Año Santo de la Misericordia nos ofrece todavía la feliz oportunidad de insertar la mística vicenciana en la óptica del misterio y de la virtud de la misericordia. Misterio y Virtud, atributo divino y cualidad humana, porque “como ama el Padre, así aman los hijos. Como él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros”[2]. Y el modelo perfecto, la síntesis del misterio insondable y de la comprometedora virtud de la misericordia, es la humanidad del Hijo de Dios, la vida donada de Jesús de Nazaret, ungido por el Espíritu que guía todas sus acciones hacia aquellos más necesitados de compasión y perdón, cuyos gritos resuenan fuertemente en su corazón (cf. Mc 10,46-52). Siendo la misericordia una clara expresión de la caridad misionera, nada nos impide considerar a Vicente de Paúl como un místico de la misericordia[3]. “Dentro de las ‘insondables riquezas de Cristo’ (Ef 3,6), San Vicente se deja tocar de modo especial por la misericordia del Señor, ungido por el Espíritu para anunciar la Buena Nueva a los pobres, haciendo de ellos los destinatarios privilegiados de su Reino”[4]. De hecho, ya el Papa Juan Pablo II lo había denominado «heraldo de la ternura y de la misericordia de Dios», destacando su legado a toda la Iglesia como irresistible llamada a  su conciencia de  samaritana de la humanidad, instada a  definirse por la solicitud y el servicio a los heridos y caídos en los caminos de la historia.

Los escritos y conferencias de San Vicente testifican admirablemente cómo este infatigable amigo de Dios y de los pobres supo vivir totalmente confiado en la misericordia del Señor, ante la cual se reconocía admirado, arrepentido, perdonado y agradecido. Una vez escribió a su colaboradora incondicional, Luisa de Marillac: “El trono de la bondad y de las misericordias de Dios está establecido sobre el fundamento de nuestras miserias. Confiemos, pues, en su bondad y jamás nos veremos confundidos, tal como él nos ha asegurado con su palabra” (ES II, 243|SV II, 290)[5]. Al corazón misericordioso de Dios, fuente de consuelo, esperanza y aliento, remitía el padre Vicente sin cesar a todos aquellos que se beneficiaban de sus consejos. A la misma Luisa, en otra ocasión, le pregunta: “¿Por qué no va a estar su alma llena de confianza, si es la hija querida de Nuestro Señor por su misericordia?” (ES I, 152|SV I, 45)[6]. Enséñanos, así, que sólo abrazados por la misericordia, descubrimos nuestra mayor dignidad y valor: somos todos, en primer lugar, hijos muy amados. A uno de sus Padres de la Misión, Vicente recuerda cómo la experiencia de la misericordia compromete y responsabiliza al hombre que cree, empujándonos a ser mejores, más verdaderos y generosos cada día, más sensibles y solidarios: “La perfección consiste en la perseverancia invariable por adquirir las virtudes y progresar en ellas, ya que en el camino de Dios el no avanzar es retroceder (…). Pues bien, el medio para ello es el reconocimiento continuo de las misericordias y bondades de Dios con nosotros, junto con el temor continuo o frecuente de hacerse indigno de ellas” (ES II, 107-108|SV II, 129)[7]. Vicente muestra una conciencia altamente esclarecida de la proporción infinita de la misericordia de Dios, que supera todas las infidelidades y las debilidades humanas, porque considera en primer lugar la dignidad de sus hijos y la necesidad que tienen de ser acogidos, perdonados y levantados. Es lo que se puede deducir de la oración que propuso a un Hermano moribundo en la cual se puede sentir la vibración mística de su corazón paternal: “Tu misericordia y bondad es infinitamente mayor que mis indignidades y malicias (…), porque el trono de su misericordia es la grandeza de las faltas que perdona” (ES XI, 63-64|SV XI, 143)[8]. Sin embargo, esta convicción acerca de la benevolencia de Dios no le impedía estimular el examen de conciencia, el esfuerzo de contrición y el decidido cambio de vida, actitudes a través de las cuales el ser humano se muestra abierto y receptivo al perdón que lo pacifica y plenifica . Así, al mismo tiempo que invoca la misericordia para los que “provocan la justicia de Dios”, pide también para ellos “la gracia del arrepentimiento y de la conversión de vida” (ES VI, 79|SV VI, 79)[9]. Dentro y a partir de un corazón humilde, confiado y disponible, la misericordia obra maravillas, revirtiendo la desintegración causada por el pecado y sus consecuencias.

En la percepción mística y misionera de San Vicente, la confianza en la misericordia tiene un sentido dinámico y exigente, capaz de impulsar el desprendimiento y el celo en el ejercicio de la caridad y el anuncio del Evangelio. Como el Señor tiene misericordia de nosotros, no podemos dejar de ejercerla con otros, especialmente con los pobres y los que nos han ofendido. Tal fue la convicción que el padre Vicente quería transmitir a los miembros de su Congregación: “Pidámosle todos a Dios este espíritu para toda la Compañía, que nos lleve a todas partes, de forma que cuando se vea a uno o dos Misioneros se pueda decir: ‘He aquí unos hombres apostólicos dispuestos a ir por los cuatro rincones del mundo a llevar la Palabra de Dios’. Pidámosle a Dios que nos conceda este corazón; ya hay algunos, gracias a Dios, que lo tienen y todos son siervos de Dios. ¡Pero marcharse allá oh Salvador, sin que haya nada que los detenga, qué gran cosa es! Es menester que todos tengamos ese corazón, todos con un mismo corazón, desprendido de todo, con una perfecta confianza en la misericordia de Dios, sin preocuparnos ni inquietarnos ni perder los ánimos. ‘¿Seguiré con este espíritu en aquel país? ¿Qué medios tendré Para ello?». ¡Oh Salvador, Dios no nos fallará jamás! (…) ¡Oh Salvador! ¡No hay nada tan apetecible! Así pues, no os atéis a cosa alguna; ánimo, vayamos donde Dios nos llama él mirará por nosotros y nada tendremos que temer” (ES XI, 190-191|SV XI, 291-291)[10]. En otra ocasión, San Vicente aparece, delante de su comunidad,  maravillado con las fuertes impresiones dejadas por las Hijas de la Caridad en los diferentes lugares donde vivían y trabajaban, practicando la misericordia con los pobres y enfermos. El ejemplo de las Hermanas le llevó a animar y fortalecer a los Misioneros en los mismos caminos de misericordia: “En una palabra, ejercitan la misericordia, que es esa hermosa virtud de la que se ha dicho: ‘Lo propio de Dios es la misericordia’. También la ejercitamos nosotros y hemos de ejercitarla durante toda nuestra vida: misericordia corporal, misericordia espiritual, misericordia en el campo, en las misiones, socorriendo las necesidades de nuestro prójimo; misericordia, cuando estamos en casa, con los ejercitantes y con los pobres, enseñándoles lo que necesitan para su salvación; y en tantas otras ocasiones como Dios nos presenta” (ES XI, 253|SV XI, 364)[11].

Otra idea muy actual de San Vicente sobre la misericordia es aquella que la considera en su relación con la justicia, cuya promoción resulta imprescindible para la práctica de la caridad. Escribiendo a un sacerdote dedicado al servicio y a la evangelización de los presos y a la mejora de las condiciones a las que fueron sometidos, afirma el fundador “Le doy gracias a Dios por la caridad que la ciudad de Marsella demuestra tener con los pobres en la necesidad en que se encuentran y por la ayuda que usted les ha prestado a los forzados oportunamente en medio de estos fríos y en estos momentos de escasez. ¡Que Dios nos conceda la gracia de enternecer nuestros corazones en favor de los miserables y de creer que, al socorrerles, estamos haciendo justicia y no misericordia! Son hermanos nuestros esas personas a las que Dios nos manda que ayudemos” (ES VII, 90-91|SV VII, 98)[12]. Sin saberlo, San Vicente anticipaba las terminantes palabras del Concilio Vaticano II, refiriéndose a la acción de caridad como distintivo del apostolado cristiano: “Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraordinario y aparezca como tal, es necesario que se vea en el prójimo la imagen de Dios según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor a quien en realidad se ofrece lo que se da al necesitado; se considere como la máxima delicadeza la libertad y dignidad de la persona que recibe el auxilio; que no se manche la pureza de intención con ningún interés de la propia utilidad o por el deseo de dominar; se satisfaga ante todo a las exigencias de la justicia, y no se brinde como ofrenda de caridad lo que ya se debe por título de justicia; se quiten las causas de los males, no sólo los defectos, y se ordene el auxilio de forma que quienes lo reciben se vayan liberando poco a poco de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos”[13]. En estas iluminadoras consideraciones del Concilio, se puede descubrir una síntesis perfecta de la obra de Vicente de Paúl y de los miembros de sus fundaciones.

Nos place mencionar la aplicación que San Vicente hace de la relación entre justicia y misericordia, al discernimiento vocacional requerido por aquellas que se entregan a Dios para el servicio de los pobres en la Compañía de las Hijas de la Caridad. En una carta a Santa Luisa, se refiere, respetuosamente, a una Hermana que “ha cometido muchas faltas, por las que varias personas han creído hoy había que cambiarla”. Solicita, a continuación, el envío de “otra que tenga el espíritu más manso y acomodable”. Y, por fin, sin considerar la dispensa definitiva de aquélla que no dejó de ser advertida sobre su postura contraproducente, recomienda a Luisa: “Creo sin embargo que habrá que recogerla en el Hôtel-Dieu o en otro sitio, a fin que la justicia vaya acompañada de misericordia” (ES I, 464|SV I, 458)[14]. Aquí trasluce la sabiduría del formador, que articula lucidez y suavidad en el procedimiento adoptado en relación con la Hermana. La verdadera misericordia no se confunde con relajación, que todo permite y contemporiza, ni con el rigor, que nada releva y nunca perdona. La misericordia es la virtud del equilibrio y la sensatez, que repele a los excesos de rigidez y el relativismo. En el sentir y en el actuar de Vicente, misericordia y justicia no se separan.

Conocemos la célebre conferencia de 6 de agosto de 1656, por la cual el fundador quiso confirmar el espíritu de la compasión y la misericordia que debería distinguir a sus Padres y Hermanos en el cumplimiento de la misión de socorrer espiritual y corporalmente a los pobres en situaciones de gran penuria (miseria, endeudamiento, éxodo rural, hambre,  peste,  muerte, etc.). Para ello, Vicente de Paúl propone un camino de aproximación, empatía y entrega, similar al recorrido por el samaritano de la parábola, que vio, se conmovió y se movió para curar la vida y recuperar la dignidad del se encontraba caído: “Cuando vayamos a ver a los pobres, hemos de entrar en sus sentimientos para sufrir con ellos y ponernos en las disposiciones de aquel gran apóstol que decía: Omnibus omnia factus sum (1Cor 9,22), me he hecho todo para todos (…). Para ello, es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que es el espíritu propio de Dios: pues, como dice la Iglesia, es propio de Dios conceder su misericordia y dar este espíritu. Pidámosle, pues, a Dios, hermanos míos, que nos dé este espíritu de compasión y de misericordia, que nos llene de él, que nos lo conserve, de forma que quienes vean a un misionero puedan decir: ‘He aquí un hombre lleno de misericordia’” (ES XI, 233-234|SV XI, 341). San Vicente quería que la misericordia brillase en el compromiso apostólico de sus hijos, proporcionándoles la sensibilidad humana, la atención respetuosa y solidaridad efectiva. Y concluye, amonestando a sus oyentes con brillante claridad: “Así pues, tengamos misericordia, hermanos míos, y ejercitemos con todos nuestra compasión, de forma que nunca encontremos un pobre sin consolarlo, si podemos, ni a un hombre ignorante sin enseñarle en pocas palabras las cosas que necesita creer y hacer para su salvación. ¡Oh Salvador, no permitas que abusemos de nuestra vocación ni quites de esta Compañía el espíritu de misericordia! ¿Qué sería de nosotros, si nos retirases tu misericordia? Así pues, concédenos ese espíritu, junto con el espíritu de mansedumbre y de humildad” (ES XI, 234| SV XI, 342) [15].

San Vicente nos invita a recorrer el itinerario de la misericordia: acogerla como don y ejercerla en el dinamismo de la caridad misionera, movidos por una mística. Semejante convocatoria es renovada por el Papa Francisco, que nos habla del urgente imperativo de “abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea”. La persona que sigue a Jesucristo en los senderos de la misericordia es aquella que aprende a interesarse por los descartados, que se inclina sobre los caídos, que se esfuerza por promover la justicia, que se vuelve compasivamente hacia los que más precisan de amor y que no pueden retribuirle por aquello que gratuitamente les hace con el fin de “curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención”. La mística vicenciana nos sumerge en el misterio de Dios y de él nos remite al corazón herido del mundo, donde se encuentran los hambrientos, sedientos, desnudos, peregrinos, enfermos, encarcelados y muchos otros carentes de misericordia. En resumen, la mística vicenciana revela su fecundidad en la mirada atenta que percibe e interioriza el sufrimiento callado; la cercanía compasiva que enjuga las lágrimas y reconforta el corazón; en la evangelización creativa que introduce y confirma en la fe, la esperanza y el amor; en el generoso servicio que alivia el dolor, promueve la vida y defiende la dignidad humana. Las palabras del Papa son como una paráfrasis de la mística de la misericordia con la que San Vicente se alimentó y compartió con evangélica firmeza y tenaz fidelidad: “No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo”[16]. Siempre actual, la mística vicenciana nos despierta las energías de la inteligencia y de la voluntad, fecunda nuestra contemplación y mejora nuestros esfuerzos, habilitándonos para asumir la misericordia como estilo de vida y principio motriz de nuestra consagración misionera.

 

[1] Publicado en: Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, Madrid, tomo 126, n. 3, pp. 271-293, mayo-junio 2018.

[2] Misericordiae vultus, n. 9.

[3] En el panorama del Año Santo, San Vicente fue propuesto como modelo de “misericordia para los últimos” (CPPNE. Os Santos e a Misericórdia. São Paulo: Paulinas|Paulus, 2016, p. 33-36). Sobre la misericordia en San Vicente, ver el volumen temático de Vincentiana, compuesto de 5 artículos bajo el título: La misericordia en nuestro ser de Vicencianos (año 60, n. 1, enero-marzo 2016).

[4] GROSSI. Um místico da Missão, Vicente de Paulo, p. 70.

[5] Carta a Luisa de Marillac. Septiembre de 1640.

[6] Carta a Luisa de Marillac. 1630.

[7] Carta al Padre Etienne Blatiron. 9 de octubre de 1640.

[8] Exhortación a un Hermano moribundo (1645).

[9] Carta al Padre Edme Jolly, superior en Roma. 8 de septiembre de 1656.

[10] Repetición de Oración de 22 de agosto de 1655.

[11] Repeticiones de Oración de 2 y 3 de noviembre de 1656.

[12] Carta al Padre Fermin Get, superior en Marsella. 8 de marzo de 1658.

[13] CONCÍLIO VATICANO II. Decreto Apostolicam actuositatem. Sobre el apostolado de los laicos, n. 8.

[14] Carta a Luisa de Marillac. Marzo de 1638.

[15] Conferencia sobre el espíritu de compasión y misericordia. 6 de agosto de 1656.

[16] Misericordiae vultus, n. 15.

 Vinícius Augusto Teixeira, C.M.

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