II.- COMO CRISTO, SER
La imitación de Cristo
El más poderoso motivo para vivir, al estilo evangélico, la verdadera relación con los más necesitados de este mundo, es el mismo Cristo. La imitación de Cristo es un principio mayor en san Vicente. Su discípulo estima que ha de servir como él ha servido. Cristo «quiso experimentar en sí mismo todas las miserias…; tomar sobre su inocente persona todas nuestras pobrezas». «Hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra» «continuar el ejercicio de su Hijo en la tierra» «expresar al vivo la vocación de Jesucristo», trabajando por la salvación de las pobres gentes. Y sobre todo, testimoniar con la propia vida y la propia misión la misericordia del Padre al modo de Cristo:
Espíritu de misericordia
«Cuando vayamos a ver a los pobres, hemos de entrar en sus sentimientos para sufrir con ellos y ponernos en las disposiciones de aquel gran apóstol que decía: Omnibus omnia factus sum (1 Cor 9, 22), me he hecho todo para todos; de forma que no recaiga sobre nosotros la queja que antaño hizo nuestro Señor por boca de un profeta; Sustinui qui sinnut mecum contristaretur, et non fuit (Sal 68, 22), «esperé a ver si alguien se compadecía de mis sufrimientos, y no hubo nadie». Para ello, es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que es el espíritu propio de Dios: pues, como dice la iglesia, es propio de Dios conceder su misericordia y dar este espíritu…
Así pues, tengamos misericordia, hermanos míos, y ejercitemos con todos nuestra compasión, de forma que nunca encontremos un pobre sin consolarlo, si podemos, ni a un hombre ignorante sin enseñarle en pocas palabras las cosas que necesita creer y hacer para su salvación.
Vivir interiormente «a lo san Vicente»
Hay un modo de vivir, «a lo san Vicente». En el plan interior y a nivel institucional. Cada uno está invitado a practicar las virtudes según su estado y condición. En número de cinco para los Misioneros, y de tres para las Hijas de la Caridad. Nos vamos a parar en las de los Misioneros que parecen recapitular el pensamiento y la acción de san Vicente. Se dicen «fundamentales». La elección del adjetivo es revelador: caracterizan y forman al Misionero, digamos al vicenciano.
El texto más general y apropiado es la conferencia del 22 de agosto de 1659 sobre las cinco virtudes fundamentales explicando las Reglas Comunes, Cap. II, art. 14. El párrafo concerniente dice:
«Aunque hemos de hacer todo lo posible por guardar todas estas máximas evangélicas, por ser tan santas y útiles, hay algunas de ellas que son para nosotros más apropiadas que las demos, o sea las que recomiendan especialmente la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo de las almas; por eso, la congregación se aplicará a ellas de un modo más especial, de forma que esas cinco virtudes sean como las facultades del alma de toda la congregación y las acciones de cada uno de nosotros se vean siempre animadas por ellas».
El primer argumento de Vicente que aboga en favor de la elección de las cinco virtudes, como se puede esperar de él, es Cristo. Para hacer la voluntad de su Padre, anunciar su benevolencia y enseñarla a los hombres, ha legado «el consejo de las máximas evangélicas». La expresión merece nuestra atención, dado que san Vicente nos indica, de paso, que estamos aquí en el dominio de los consejos y que hemos de tener un gran interés espiritual tanto en recibirlos como en vivirlos. Invitación y proposición que nos conducen hacia la perfección deseada desde el primer párrafo de las Reglas Comunes. Además Cristo practicó «estas máximas evangélicas», esto es, «la sencillez, la humildad, la dulzura, la mortificación y el celo por las almas». Vicente afirma con fuerza: «Esa fue su finalidad, su gloria y su honor; de ahí hemos de deducir que, como nuestra intención no debe ser otra más que la de seguir a nuestro Señor y conformarnos enteramente a él…
Nosotros tenemos un gran interés en vivirlas para el cultivo de la santidad como acabamos de decir. Nos apartan de la mediocridad, nos alejan «del afecto a las cosas terrenas» y «de tres poderosos enemigos: la pasión de tener bienes, de tener placeres y de tener libertad”. ¡Gran beneficio, según san Vicente, llevar a la práctica estas máximas evangélicas! Nos conducen a la libertad cristiana. De esclavos henos aquí libres, nada nos podrá retener como cautivos; «la mortificación de vuestros placeres y la sumisión a la voluntad de Dios os hacen triunfar».
Como son muchas las máximas evangélicas, sería aconsejable leer todo el capítulo segundo de la Reglas Comunes de la Congregación de la Misión; el fundador se centra en cinco y mantiene la proa fija en ellas. Mirad su insistencia: las cuales —ya que son muchas en número… he escogido especialmente las que son más propias del misionero; ¿cuáles son? Siempre he creído y he pensado que eran la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo.
Solo Dios
La sencillez consiste en hacer todas las cosas por amor de Dios, sin tener otra finalidad en todas las acciones más que su gloria. En eso es en lo que consiste propiamente la sencillez. Todos los actos de esta virtud consisten en decir las cosas sencillamente, sin doblez ni artificio; ir derecho a nuestro propósito, sin rodeos ni andar con recovecos. La sencillez consiste, por tanto, en hacerlo todo por amor de Dios rechazando toda mezcla, ya que la simplicidad es la negación de toda composición. Por eso, como en Dios no se da composición alguna, decimos que es un acto purísimo y un ser simplicísimo. Por consiguiente, hay que desterrar cualquier mezcla, para buscar solamente a Dios. Pues bien, hermanos míos, si hay personas en el mundo que deben tener esta virtud, son los misioneros, ya que toda nuestra vida se emplea en ejercer actos de caridad para con Dios o para con el prójimo. Y en ambos casos hemos de proceder sencillamente, de forma que, si se trata de cosas que hemos de hacer, que se refieren a Dios y dependen de nosotros, hay que huir de los artificios, ya que Dios se complace y comunica sus gracias solamente a las almas sencillas. Y si miramos a nuestro prójimo, como hemos de asistirle corporal y espiritualmente, hemos de evitar parecer cautelosos, taimados, astutos, y sobre todo no decir nunca una palabra de dos sentidos. ¡Qué lejos ha de estar todo eso de un misionero.
En un mundo lleno de astucia y doblez, ¡la sencillez! En una encuesta hecha en el momento del aggiornamento postconciliar, se puso de manifiesto que lo que más agradaba a los seminaristas dirigidos por los vicencianos franceses (esto es muy perceptible en el cuerpo de profesores de los Grandes Seminarios y de las Escuelas Apostólicas), es justamente la sencillez. Pienso en rostros muy concretos y les rindo homenaje. La práctica ha alcanzado el deseo de san Vicente. Me encanta esta corta pero divertida admonición: «¡Adiós la Misión, adiós su espíritu, si no tiene sencillez».
En diversos lugares, Vicente da testimonio de su propia forma de actuar: «La virtud que más aprecio y en la que pongo más atención en mi conducta…». Y añade en otro lugar: «Dios me ha dado un aprecio tan grande de la sencillez, que la llamo mi Evangelio». He aquí una perspectiva llena de sentido, ir directamente a Dios y a los demás, en coherencia con uno mismo.
La segunda máxima es la humildad: anonadarse ante Dios, cambiar uno mismo (nos damos cuenta que la primera expresión suena mal hoy en día, ya que nuestra sociedad propugna la realización de todo el ser), pero la búsqueda es positiva; se quiere «colocar a Dios en el corazón. En el primer lugar. La razón de este trabajo de anonadamiento será necesario quizás llamarlo kenosis, y es apostólico:
«Nuestra finalidad son los pobres, la gente vulgar del pueblo; si no nos acomodamos a ellos, no podremos servirles en nada; el medio para que podamos aprovecharles es la humildad, porque la humildad hace que nos anonademos y nos pongamos en las manos de Dios, soberano ser… Pero yo diría que es ése el estado que conviene a la Misión; y entonces hemos de temer que, si no somos así, no tenemos el espíritu de verdaderos misioneros»
Con estas palabras, expresiones de su tiempo, se nos invita a hacernos pequeños con los pequeños. Tenemos aquí una argumentación querida por san Vicente: todos los valores fundamentales tienen una finalidad misionera. Ellos dignifican nuestra vocación, son útiles a nuestro trabajo apostólico y nos permiten vivir como testigos. Sin contar que estimulan y alimentan nuestra vida espiritual, como lo recomienda la Regla de los Misioneros:
El nudo de toda vida espiritual
Pues bien, esta humildad, que tantas veces nos recomienda Jesucristo con su palabra y su ejemplo y en cuya adquisición debe trabajar la compañía con todas sus fuerzas, ha de tener tres condiciones: la primera, juzgarnos con toda sinceridad dignos de desprecio; la segunda, sentirnos contentos de que los demás conozcan nuestros defectos y nos desprecien por ellos; la tercera, ocultar el poco bien que Dios haga por medio de nosotros o en nosotros, pensando en nuestra propia bajeza, y, si esto no es posible, atribuirlo totalmente a la misericordia de Dios y a los méritos de los demás. Aquí es donde está el fundamento de la perfección evangélica y el nudo de toda la vida espiritual. Quien tenga esta virtud obtendrá fácilmente todas las demás; y el que no la tenga, se verá también privado de las que parece que tiene y vivirá en continuas preocupaciones.
La tercera máxima es la mansedumbre, de origen muy salesiano. Tiene el mismo objetivo: soportar a aquellos que evangelizamos a pesar de sus limitaciones y de su carácter rudimentario en todos los aspectos, principalmente en el nivel cultural120. Porque nuestro apostolado nos acerca o nos debiera acercar a los pequeños y a la gente a veces frustrada y simple, debemos aceptar esta camaradería y adaptarnos a su temperamento, a su educación, a su estilo de vida mediante la mansedumbre. Esta virtud permite aproximarse a la realidad sin ser agresivos ni despectivos, sino en estado de servicio. Mansedumbre rima con respeto; nosotros aceptamos a las personas tal como son y las amamos por lo que son.
El testimonio de san Vicente es convincente en esta cita de gran inspiración:
Compadecer
Los mismos condenados a las galeras, con los que estuve algún tiempo, se ganan por ese medio; cuando en alguna ocasión les hablé secamente, todo se perdió; por el contrario, cuando alabé su resignación, cuando me compadecí de sus sufrimientos, cuando les dije que eran felices de poder tener su purgatorio en este mundo, cuando besé sus cadenas, cuando compartí sus dolores y mostré aflicción por sus desgracias, entonces fue cuando me escucharon, dieron gloria a Dios y se pusieron en estado de salvación.
He aquí el esquema que se establece: la sencillez nos asemeja a Dios, la humildad nos reviste de Él y la mansedumbre nos pone en situación de servidores.
Queda por decir que estas tres virtudes presuponen un medio radical que es la mortificación. Para vivir en comunidad «sin estar siempre con rencillas»122 y siempre disposición de evangelizar. Ascesis, austeridad, penitencia, exigencia, todas estas palabras aproximan a la virtud solicitada. Se comprende aquí el sustantivo «muerte>, y esto no es exultante, pero Cristo no se ha dado un placer viniendo «para servir y no para ser servido». Vivimos y trabajamos en su escuela, y hemos aprendido que hay que morir a uno mismo para vivir en Él. Dejemos que san Vicente nos dé una lección.
La ascesis de los Misioneros
Es tan necesaria esta virtud que no podríamos vivir sin ella; lo repito, no podríamos vivir unos con otros, si nuestros sentidos interiores y exteriores no son mortificados; y no sólo es necesaria entre nosotros, sino también con el pueblo, con el que hay tanto que sufrir. Cuando vamos a una misión, no sabemos dónde nos alojaremos, ni qué es lo que haremos; nos encontramos con cosas muy distintas de las que esperábamos y la providencia muchas veces echa por tierra todos nuestros planes. Por tanto, ¿quién no ve que la mortificación tiene que ser inseparable de un misionero, no sólo para trabajar con el pobre pueblo, sino también con los ejercitantes, los ordenandos, los galeotes y los esclavos? Porque, si no somos mortificados ¿cómo vamos a sufrir lo que hay que sufrir en todas estas tareas? El pobre padre Le Vacher, del que no tenemos noticias, que está entre los pobres esclavos con peligro de peste, y probablemente su hermano, ¿pueden esos misioneros ver cómo sufren las personas que les ha encomendado la providencia, sin sentir ellos mismos sus penas? No nos engañemos, hermanos míos, los misioneros deben ser mortificados.
¡Será preciso también mostrarse celosos, es decir, llenos de ardor, inflamados! «El celo consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo. Celo de extender el reino de Dios, celo de procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios»124.
Para Vicente todo está encadenado. Así lo pone de relieve en numerosas ocasiones y lo dice en una síntesis magistral donde cada uno puede extraer el soplo y el impulso misionero.







