Capítulo XI: Servicios prestados a la oración por el examen de conciencia, los retiros espirituales, los ejercicios de San Ignacio, la lectura de edificación, las repeticiones de oración.
El examen de conciencia prepara y facilita la oración mental porque responde maravillosamente a lo que debe ser. El Sr. Vicente compara esta última a un espejo en que el alma se ve con sus imperfecciones y sus defectos. No volveremos sobre esta comparación tan bien aplicada. Basta con advertir que en el espíritu del santo no hay oración seriamente hecha sin vuelta sobre sí mismo, sin esfuerzo por conocerse a sí mismo mejor. El examen de conciencia es pues en este punto de vista un ejercicio preparatorio.
San Bernardo nos asegura que no hay saber más deseable que la ciencia de sí. » Dejad el resto –escribe él que vuestro pensamiento comience por vos y acabe en vos; no examinéis los demás objetos descuidando aquél que es el principal. Fuera de vuestra salvación no penséis en ninguna otra cosa, porque en la adquisición de esta felicidad, nada os es más cercano y más vecino que vos mismo».
Según san Agustín, es un deber constituirse en su propio juez, escucharse, discutirse y que no se parapete detrás el pretendido silencio de la voz interior si no se oye su palabra, es que falta sinceridad consigo mismo y se tiene interés por no oírla.
A los ojos del Padre Louis Lallemant, el mayor mal del hombre es de ser por completo de acción y de corazón en la vida exterior hasta no pensar en otra cosa.
Entre los tres libros que se han de llevar consigo y releer cada tarde, según Ruysbraeck el Admirable, es un libro viejo, deforme, sucio, escrito con tinta negra, es el de nuestra conciencia.
Para convencer a su discípulo que es indispensable entregarse a este ejercicio, so pena de exponerse a la condenación eterna, san Ignacio de Loyola le hace asistir al asedio del alma por el más hábil y el más paciente de los capitanes, el Demonio que no ataca nunca esta plaza antes de descubrir el punto débil, la brecha por la cual es fácil deslizarse.
Para Casiano, tan versado en el ascetismo, esta práctica es tan penosa a la naturaleza como útil a la vida cristiana ya que ella tiene por objeto el fondo mismo del hombre.
Los textos del santo citados en el curso de esta obra le muestran cuidadoso de poner al alma en frente de sí misma. Una de los primeros objetivos de su dirección es el de enseñar a verse tal como se es realmente, y no tal como le gustaría ser. No obstante si Vicente aparta del exterior la vista de su dirigido para fijarla en el interior, no es en absoluto con la intención de apartarle de cuanto le rodea y aislarle egoístamente, es, por el contrario, para permitirle comunicar más con su medio ejerciendo sobre él una influencia penetrante y más útil.
En el examen de conciencia bien comprendido, el cristiano no estudia teóricamente al estilo del filósofo, sino prácticamente al modo de un hombre de acción. Su deseo no es conocerse para complacerse en su yo y encerrarse en una admiración plácida o en una curiosidad de psicólogo. Su sueño no es, tampoco, deducir de este conocimiento observaciones de orden científicas. Lo que ambiciona, por este medio, es una vista práctica de sí mismo a fin de ser, con la ayuda de la gracia, más razonable y más santo en sus actos tanto exteriores como interiores. Por ello se examina teniendo cuidado de verse entre las gentes y las cosas donde transcurre su vida, se mira a sí pero viviendo en tal familia, entregándose a tales ocupaciones y a tales juegos, frecuentando a tales personas, leyendo tales libros o corriendo tras tales espectáculos. Nada en su conducta privada o en su papel público, si desempeña alguno, que no desfile a su vista. En una palabra, si el cristiano cesa, un instante, de mirar el mundo exterior, no es para ignorarlo ni tampoco para tenerlo en cuenta, sino para tener una vista de él más nítida, pues es más reflexiva. Saldrá de su recogimiento más armado para las luchas de la vida.
El Sr. Vicente planea el examen de conciencia bajo el punto de vista práctico. No más que la oración, no debe consistir en ensueños sentimentales, ni en estudio teórico. No hay que hacerlo para resultar más sabio, sino para corregirse poco a poco de sus defectos o para adquirir tal virtud.
Véase en qué términos enseña el santo esta doctrina a las Hijas de la Caridad: «Este examen puede hacerse de dos maneras. Una mirando si se ha sido fiel a las resoluciones de la oración de la mañana, ya que es el fruto de este ejercicio hacer buenas resoluciones, y prácticas. Por ejemplo, esa es una virtud que necesito: yo soy rápida, necesito paciencia; soy perezosa, necesito diligencia. Y así con las demás. Como se ha propuesto esto como resolución, hay que prestar atención, en el examen particular, si se ha sido fiel, o no».
La segunda manera de examinarse consiste en buscar su defecto dominante para mortificarle lo más posible. Si nos hemos dicho al acabar la oración: hoy combatiré mi cólera en tales circunstancias, se preguntará si se ha guardado la palabra para dar gracias a Dios en caso de victoria y humillarse en caso de derrota. «Ya que, veamos, -declara el santo- es imposible corregir bien un vicio, si no se es exacto en hacer este examen de conciencia».
Esta doctrina de Vicente es la de los maestros de la espiritualidad. Ellos quieren todos que el examen de conciencia corrija y mejore nuestra conducta. Desde que nos levantamos, -observa san Juan Crisóstomo- antes de ocuparnos de ningún asunto, hacemos venir a nuestro siervo y le pedimos cuentas de los gastos hechos la víspera. Por eso se ha de proceder bajo el punto de vista moral. Llamemos a nuestra conciencia, y que nos ponga al corriente de los actos, de las palabras y de los pensamientos. Examinemos lo que está a nuestro favor y lo que está a nuestro perjuicio. Cesemos de pensar a tontas y a locas, y tratemos de sustituir dañosos gastos por útiles descansos, palabras indiscretas por oraciones, las miradas demasiado libres por la limosna.
La asimilación de la conciencia a un intendente está bien en el espíritu y el gusto del Fundador de la Misión.
El carácter eminentemente práctico del examen de conciencia, tal como lo entiende Vicente, proviene de esta recomendación de san Bernardo: «Examinemos nuestra conducta, que cada uno piense en realizar progresos, no cuando no encuentra falta alguna en él sino cuando reprende y corrige lo que descubre de malo. No se ilusiona en este estudio de sí mismo, todas las veces que se cree bueno volverlo a empezar».
Según nuestro santo, sin este recogimiento de cada día, no se conoce a uno mismo, sino que se tiene del mundo exterior tan solo un conocimiento ilusorio. Para ver mejor lo que nos rodea, se necesita a veces cerrar los ojos y volverlos a abrir una vez descansados. También sucede en el orden religioso. Según santa Catalina de Siena, la célula exterior está subordinada a la célula interior. Lo que significa, en su estilo místico, que el conocimiento del exterior está bajo la subordinación del del interior».
La reflexión siguiente de Rodríguez es idéntica en el fondo a observaciones de Vicente citadas en el curso de la presente obra. El lado práctico del examen de conciencia aparece en ellas vigorosamente: «Si se pone en la presencia de Dios, no es para quedarse allí, sino para que esta presencia nos sea un medio de hacer bien nuestras acciones… Mientras se tiene un ojo ocupado en contemplar a Dios, hay que servirse del otro para cuidarse de hacer bien todas las cosas por amor del Señor».
A decir verdad, esta observación descansa en la puesta en la presencia de Dios, pero es tanto más apreciable en el examen de conciencia y en la oración, porque estos dos ejercicios no se conciben sin esta práctica. Ahí está precisamente el interés de este texto, a nuestro modo de ver. En efecto, si se entra en sí mismo, ¿no es para descubrir a Dios? Y si se mira del lado de Dios, ¿acaso no es inversamente para conocerse mejor a su luz?
Como el papel de la conciencia es soberanamente útil, nos equivocaríamos al no escuchar esta voz porque nos instruye a nosotros y sobre este mundo en el que nos vemos forzados a vivir y a actuar. Un discípulo genial del Sr. Vicente haciendo eco a las enseñanzas del maestro, aconseja dejar hablar a su conciencia: «Ella tiene el encargo de Dios de avisarnos; lo ha querido hacer, pero se lo hemos impedido. Conviene ahora devolverle la voz y la libertad que le habíamos quitado. Si ella se niega a hablar, se le ha de hacer hablar a la fuerza, hay que ponerla en apuros y en la tortura «. Acaso no es eso una de las principales razones de ser del examen de conciencia y de la oración, dos ejercicios que se corroboran recíprocamente; y esta reciprocidad de servicios no se le ha escapado a la perspicacia del santo.
El Fundador de la Misión se declara partidario de los retiros y en particular de los Ejercicios espirituales de san Ignacio. No hay, a sus ojos, procedimiento más eficaz para morir a su propio espíritu y transformarse moralmente. «Un retiro bien hecho es una renovación completa, dice él: quien lo ha hecho como se debe pasa a otro estado. Uno no es más lo que era, se convierte en otro hombre». De esa forma, el ejercitante se despoja del viejo Adán para revestirse de Jesucristo a fin de cumplir en todas las cosas su adorable voluntad.
Es un tiempo de cosechar el de estos ocho días de silencio –dice Vicente a las Hijas de la Caridad. ¡Qué felicidad si emplearais bien este tiempo que os regala Dios para conversar con toda sencillez con vos! Entonces recorreréis en vuestro espíritu las acciones de nuestro Señor en la tierra «. Declara familiarmente a estas queridas oyentes en otra circunstancia que el retiro lo arregla todo y en particular los odios.
En su conferencia del 16 de marzo de 1659, el santo compara el papel jugado por los retiros en el orden sobrenatural clon los beneficios del sol que contribuye, por sus influencias, a la producción de los bienes de la tierra. Es decir que recomienda también el examen de conciencia, perro un examen que tiene por principal objeto el fondo mismo del alma.
Un ejercicio de piedad muy provechoso a nuestra relación matinal con el Señor es la lectura espiritual. Importa leer cada noche un capítulo de libro devoto. Es algo necesario y bien fácil, con la condición de poner un poco de orden en el empleo del tiempo.
Vicente nos explica la razón de ser de este acto.
Por la mañana, hablamos al divino Maestro en la oración y, por la lectura, el Espíritu Santo habla a nuestras almas. «Si queréis ser escuchadas por Dios en vuestras oraciones, -dice el santo a las Hijas de la Caridad- escuchad a Dios en la lectura. No hay menos ventaja y felicidad en escuchar a Dios que en hablarle».
Para leer con fruto y prepararse así a la meditación, se ha de hacer lentamente para dejar a las verdades el tiempo de imprimirse en el espíritu y descender hasta las capas profundas de la vida afectiva. Cuando la lectura es precipitada, no queda nada.
El Sr. Vicente habla a propósito del oficio de lector instituido por Nuestro Señor. Quien tenga este cargo debe hacerse oír del pueblo leyendo los santos libros en voz alta, distinta y pausadamente. Haciéndolo así se diría que cada una de sus palabras impresiona y llega al corazón. Verdaderas por la lectura pública, estas advertencias lo son todavía más por la lectura privada, porque en el curso de esta última el espíritu se deja distraer fácilmente. Leamos pocas páginas, pero con una extrema lentitud, las distracciones serán menos numerosas, y la oración del día siguiente será mejor.
El santo apoya estos consejos en una comparación muy justa: «Nuestro espíritu es como un pequeño vaso de abertura muy estrecha; échese agua poco a poco y menudos chorros, entra sin perderse nada, y el vaso se llena; pero échese rápidamente y en abundancia, entre muy poca, o más bien no entra nada. De la misma manera, con una lectura reposada, el espíritu se impregna de lo que oye, lo que le es imposible con una lectura rápida.
Otro ejercicio muy útil en el trato matinal con Dios es la repetición de oración. Si el Sr. Vicente no ha tenido la primera idea, temeos derecho no obstante a considerarle como su creador, porque él la ha transformado de manera que se ha convertido en su obra. De una especie de formalismo casi sin vida ni influencia, su espíritu sobrenatural, doblado con su sentido práctico, ha hecho un acto con vida y de una fecundidad inaudita. Este ejercicio verdaderamente suyo ha sido hasta su muerte el objeto de sus cuidados y de su predilección.
«La repetición de oración –dice a sus Sacerdotes el Fundador de la Misión- es un medio, como sabéis de los más necesarios que tengamos para encender unos a otros la devoción. Tenemos motivos para agradecer a Dios por haber dado esta gracia a la Compañía, y podemos decir que esta práctica no ha estado nunca en uso en ninguna comunidad, sino en la nuestra».
Ante la obstinación de uno de sus misioneros en negarse a dar cuenta de su oración, el santo dice » que era muy extraño que quisiera eximirse de hacer una cosa que servía tanto de edificación y de la que todos sacaban tanto fruto para la virtud, como lo hacían las repeticiones de oración».
Vicente desarrolla todas estas ideas en una conferencia a las Hijas de la Caridad: «Sed cuidadosas en dar cuenta de vuestra oración lo antes que podáis. No podríais creer lo útil que os será. Decíos unas a otras con toda sencillez los pensamientos que Dios os haya dado, y ante todo mantened bien las resoluciones tomadas. La Bienaventurada Hermana María de la Encarnación se sirvió de esta medida para adelantar mucho en la perfección. Daba con todo cuidado cuenta (de su oración) a su sirviente. Oh sí, Hijas mías, no alcanzaríais a creer cuánto os aprovechará y lo que agradaréis a Dios haciendo uso de ella.
Ved cómo ocultaba la buena Magdalena en su corazón los buenos pensamientos que recogía de las palabras de Nuestro Señor, lo mismo se dice de la santísima Virgen. Son reliquias los buenos pensamientos que Dios os da en la oración. Recogedlos con cuidado para ponerlos en práctica y alegraréis el corazón de Dios; y todos los santos harán fiesta por él».
Vicente ve, en el ejercicio en cuestión un estimulante de primer orden para el alma por la perspectiva que le abre, durante su oración, por haberlo comunicado. Evidentemente esta exposición sucinta de sus pensamientos y de sus sentimientos obtenía su pleno efecto en San Lázaro porque era obligatorio y público. Nadie podía sustraerse a él fuera la edad que fuese y la importancia de sus funciones. Se ha visto, en el curso de esta obra, a un hermano severamente corregido, castigado por haber tratado de dispensarse.
El santo tan complaciente con las miserias humanas, era en ese campo despiadado. Llegaba hasta prohibir a los sacerdotes decir la misa durante uno o dos días y, a los seminaristas, hasta prolongar por varios meses su tiempo de seminario. Era, en efecto, el tiempo escogido por el Fundador de la Misión para revelar ciertas faltas particularmente dañosas al buen orden y a la prosperidad del Instituto.
El Sr. Vicente transformaba con su ejemplo la repetición de oración en un acto de humildad: antes de corregir a los demás, se trataba a sí mismo muy duramente, y con tal fuerza y tal sinceridad del amor de Dios que arrancaba lágrimas a la asistencia.
Esta práctica, tan beneficiosa en las comunidades religiosas, es irrealizable para los cristianos que viven en el mundo. Salvo muy raras excepciones, es imposible dedicarse a ella entre padres o entre amigos, pero cada uno de nosotros podría, si lo quisiera, repetirse a sí mismo su oración. En cuanto a hacer este ejercicio, para asegurar su pleno rendimiento también hace falta acompañarle regularmente horas y días fijos de antemano. Por falta de esta determinación y de esta regularidad, los resultados se resentirían de ello.
Eso no es más que un lado de la cuestión, y el menor, las repeticiones de oración deben hacerse en el espíritu del Sr. Vicente. Ante todo importa ver en ello un acto de humildad. Se desdoblará mentalmente de manera que se constituya en su propio juez, y un juez severo, inmisericorde, cuyos límites no se ciñen tan solo a conocer los pecados, sino que se esfuerzan a descubrir las causas. Una vez demostrada la culpabilidad, se tratará todo con dureza, se rasgará a sí mismo como el Fundador de la Misión se destacaba en hacerlo.
Este procedimiento se diferenciará del examen de conciencia propiamente dicho pues en lugar de atender al total de su conducta, se concentrará únicamente en su oración mental. Se recordará el modo como se ha hecho y, al constatar sus distracciones y sus negligencias, se preguntará si no provienen de un fondo de orgullo o de pereza, de odio o de celos, de avaricia o de ambición, de apego demasiado vivo a sus ideas personales o a alguna criatura…
Se reflexionará después sobre los medios directos o indirectos de corregir tal o cual defecto de su oración con la certeza de que no existe medida más propia para santificarse que mejorar este ejercicio estimado por el Sr. Vicente el alma de nuestra alma.






