San Vicente de Paúl, maestro de oración (08)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Abbé Arnaud d'Agnel · Translator: Máximo Agustín CM. · Year of first publication: 1929.
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Capítulo VIII: Consideraciones y reflexiones: elección de los temas de oración. Modos diversos de meditar.

vincent Croatia Zagreb 2El lado propiamente psíquico del papel  de la inteligencia en la oración ha sido el asunto del primer capítulo. Es inútil volver sobre lo que es la concentración y lo que la distingue de un conocimiento superficial. Los problemas que se plantean ahora, por ser de un orden menos general, merecen sin embargo ser estudiados seriamente. El Sr. Vicente no ha descuidado su examen y los ha resuelto con ese pragmatismo, esa amplitud de idea, ese juicio impecable que le caracterizan.

La elección de los temas de oración tiene su importancia. Sería un error meditar sobre el primer pensamiento que se presente, aun cuando fuera de los mejores y de los más santos. Es de un psicólogo avisado querer, como lo quiere san Vicente que existe cierta correlación entre el misterio o el punto doctrinal del que trata la oración y la mentalidad particular y las necesidades personales de quien se entrega a ello. Es evidente que una verdad propia para moderar el ímpetu de un alma gozosa no debe proponerse como asunto de reflexión a las víctimas de la tristeza y del desánimo.

Por ser hecha juiciosamente, esta elección supone una vista clara y bastante profunda de la persona en juego y de su estado de espíritu actual, ya que este último juega un papel primordial. Quién no ve el interés  para cada uno de nosotros en pedir a su director que le ayude. Desde el momento en que es imposible conocerse a sí mismo, sus luces son indispensables. Puedo inconscientemente alejar de mis asuntos de oración las virtudes que más falta me hacen y, por el contario, insistir sobre vicios o imperfecciones que me son antipáticas por naturaleza. Obligado me veo, si no quiero dejarme engañar en un asunto tan grave de recurrir  al juicio de alguien competente e imparcial, como lo es un buen director  de conciencia.

El Sr. Vicente preocupado por la santificación de sus dirigidos les indica los asuntos más apropiados a sus necesidades. Con una solicitud impresionante, redacta memorias donde están escritos los diversos asuntos que propone a las meditaciones de su incomparable Philothée, Luisa de Marillac. Si esta última es presa de preocupaciones demasiado vivas a propósito de su hijo, ahí está su padre espiritual para dirigirle enseguida estas líneas: «os ruego que hagáis oración sobre Zebedee y sus hijos, en la que Nuestro Señor dice cómo se preocupaba por la colocación de sus hijos: No sabéis lo que pedís»,

Conociendo la tierna piedad de Luisa para con Nuestra Señora, su director la presiona que honre, en sus sufrimientos, la pena que tuvo la Madona al ver morir a su Hijo.

La Srta. de Marillac está impaciente por tener  noticias de una persona querida él le recomienda que medite sobre la paciencia de la Santísima Virgen. Vicente se toma el tiempo de  leer los resúmenes de las meditaciones de su Philothée.

Las demás hijas adoptivas del santo, que sean colocadas desde hace tiempo recientemente bajo su dirección, son todas el objeto de una solicitud igual. Júzguese por este texto: «Bendito sea Dios por lo que me decís de la Sra. Turgis. Le hablaréis del nacimiento y de la vida de Nuestro Señor de vez en cuando, por favor; y luego habrá que continuar con la Pasión y algunas apariciones y no hay que olvidar hablarle de las bienaventuranzas en dos o tres ocasiones».

El Fundador de la Misión constata en uno de sus dirigidos orgullo o algún defecto notable, le fija un asunto de meditación en relación con su mala tendencia. «Es de desear que tengamos, vos y yo,  un poco más estima de las máximas del Evangelio de lo que tenemos, -escribe al Sr. Boucher- y yo os ruego que hagáis oración un rato sobre estas palabras: «A quien te quite la sotana, dale también el manto»; y sobre esta otra: Inquire pacem et sequere eam {{Sal. XXXIII, 15. Busca la paz y corre tras ella}}; Quaecumque dixerit vobis facite {{Ev. Selon Saint Jean, II, 5. Todo lo que os, diga hacedlo}}, qui vos audit me audit, et qui vos spernit me spernit {{Ev. Selon s. Luc. X, 16. Quien a vos escucha a mí me escucha, quien os desprecia a mí me desprecia.}}». Os molestaréis en pedirme los pensamientos que Nuestro Señor os dé sobre esto y luego las resoluciones que tomaréis. Me consolará verlo».

Este texto muestra  con qué precisión escoge el santo las palabras de Dios más adaptadas a las faltas cometidas por su corresponsal. ¿No es buena diplomacia dejar al culpable hacerse él mismo la aplicación?

Como el Sacerdote de la Misión, Pierre Escart, uno de los espíritus más difíciles de las Compañía no quiere a su Superior Bernard Godoing, Vicente le dicta una meditación en cuatro puntos que hacer desde la recepción de la carta. » Os ruego muy humildemente –le escribe-9- pensar con seriedad ante Dios en lo que le voy a decir, que es : 1º que Nuestro Señor carga con el desprecio en el que tenéis a esa persona; 2’ que lo que hay de más reprobado en el Evangelio, son los juicios temerarios ; 3’ que da cantidad de maldiciones a las personas que juzgaren temerarias de su prójimo ; 4’ que era reprobado por ser hombre vano, amante de sí mismo, que aguantaba que le derramaran ungüentos en la cabeza…Pues bien, ¿quién ponía en circulación estos ruidos? Eran sus propios discípulos, o alguno de ellos…». El interés de esta cita es hacer resaltar la justeza y las ocurrencias con las que el santo combate los pretextos invocados por su corresponsal para no desistir de sus sentimientos y de su actitud tan reprensible.

Al leer las líneas  precedentes uno se convence  que al escoger los temas de meditación en relación con sus inclinaciones  buenas y malas, se fortalecerían pronto las primeras y debilitarían las segundas. La obra de la santificación se cumpliría con más regularidad y al precio de menos esfuerzos. El tiempo estaría mejor empleado porque no habría ya titubeos sobre la naturaleza de los enemigos y sobre la táctica que seguir para vencerlos. Ante tales ventajas, roguemos a nuestro director, como lo hacía la Srta. Le Gras, que nos dé un programa de oración conforme a nuestras necesidades espirituales.

Que atravesamos una crisis moral, supliquemos a nuestro guía que nos diga o nos escriba un plan de meditación que nos ayude a salir de ella victoriosos. Claude Dufour lo hizo y recibió del santo este plan muy desarrollado con la recomendación siguiente: «Os ruego que hagáis una hora de oración sobre lo que os digo y me digáis los sentimientos que os dé Dios después, y no os olvidéis de mí, por favor,  para que Dios se digne tener misericordia de mi pobre alma».

La admirable humildad de Vicente no es por cierto extraña a la elección tan juiciosa de los temas de meditación. Si andamos buscando un director, en igualdad de competencia, escojamos al más humilde, tendrá más luces, será el mejor escuchado.

Tenemos un proyecto importante bajo el punto de vista moral, imitemos la conducta de una Superiora de la Visitación que somete al juicio del santo lo que está punto de emprender. Este, después de un estudio serio del asunto, demuestra la vanidad, y su argumentación, como era de esperar, es de las más sólidas. Fiel a su táctica, ruega a la Madre que haga por lo menos una hora de oración mental sobre tres puntos, de los cuales el último es mirar en el fondo de su alma si ella no tiene algún plan secreto de obedecer a sentimientos antes que a Dios.

En las horas de desánimo, recurramos a nuestro padre espiritual, como lo hizo Tousaint Lebas, y que podamos  recibir de él la respuesta que recibió este sacerdote del buen Sr. Vicente: «Os ruego que hagáis oración sobre este principio: que después de poner los ojos en nuestras miserias, las llevéis siempre a las misericordias de Dios, deteniéndoos  mucho más sobre su magnificencia  con vos que sobre vuestra indignidad para con él, y más sobre su fuerza que sobre vuestra debilidad, abandonándoos  con este fin en sus brazos paternales y en la esperanza que hará él mismo en vos lo que pretende de vos, y bendecirá lo que haréis por él».

Esta elección de los asuntos de meditación apropiados a las necesidades de las almas y a las fases diversas  que atraviesan es una cuestión tan práctica que nos ha parecido bien estudiarla en detalle y una manera muy concreta. Es por otra parte uno de los aspectos originales de la enseñanza del santo.

Conservemos las advertencias precedentes que  han de dar a nuestras oraciones un carácter personal y de actualidad. Lo mejor es decirse, cada noche, antes de fijar el asunto: veamos, ¿de qué tengo yo sobre todo necesidad en este momento, hacia qué verdad conviene orientar mis pensamientos?  La oración no es para diversión del espíritu ni para su sola instrucción, sino para el bien del alma entera y por contragolpe, del cuerpo.

En el orden de idea que nos ocupa, el utilitarismo sobrenaturalmente entendido es de rigor. Cuando medito, es en primer lugar con vistas a mi propia santificación. Este principio explica por qué el santo aconseja con tanta insistencia reflexionar sobre sus deberes de estado. Estamos en presencia de un tema siempre práctico ya que es de todos los tiempos, indica a cada uno cuál ha de ser la forma particular de su vida moral y religiosa. De ahí la obligación de prever, en el curso de la oración, los actos que hacer durante el día, sin dedicar sin embargo demasiado tiempo a esta previsión. El principal no es tanto conocer lo que habrá que hacer como descubrir los defectos susceptibles de aniquilar nuestras resoluciones. Estos defectos deberán ser objeto de un análisis minucioso. Los cristianos de buena voluntad se verán ayudados  en este trabajo por las luces del Espíritu Santo. Según Vicente, «la oración es una conversación con Dios, una mutua comunicación, en la que Dios dice interiormente al alma lo que él quiere que sepa y que haga, y donde el alma dice a su Dios lo que él mismo le da a conocer que deba pedir».

Cuando se leen los diversos temas de meditación propuestos por el Sr. Vicente a sus hijas e hijos espirituales, impresiona ver que se reúnen casi todos en los misterios de la vida, de los sufrimientos y de la muerte del Dios hecho hombre. Es inútil insistir sobre este hecho después de las explicaciones dadas en los capítulos sobre la oración bajo el punto de vista sobrenatural y sobre las relaciones de esta última con la acción exterior.

El santo quiere también que se mediten fruentemente las máximas del Evangelio y principalmente las contenidas en el sermón de las bienaventuranzas.

Hecho inaudito para su siglo, el Sr. Vicente comprende que es lógico y provechoso unir en su espíritu la liturgia de la oración. Excelente medio, en efecto, de hacer nuestra vida religiosa y meditar sobre las  ceremonias y las oraciones litúrgicas puestas a nuestros ojos por la Iglesia, el mismo día.

El Fundador de las Hijas de la Caridad defiende este modo de ver ante los miembros de este Instituto: «Sería de desear –les dice- que meditéis, los días de fiesta, sobre los evangelios que en él se dicen; y estos evangelios, los podréis aprender». Él mismo da ejemplo en sus pláticas y en su correspondencia. En el curso de una conferencia sobre la explicación del reglamento, dice estas palabras: «He pensado que el día de san Miguel, en el que la Iglesia nos propone, en el evangelio, la imitación de los niños, nos sería una ocasión  para pedir a Dios, por los méritos de este arcángel, que nos dé una particular disposición para sacar provecho de esta lectura del reglamento».

Cuando el santo compromete a sus oyentes que ahorren los bienes de los pobres de la Comunidad, cita una máxima leída, esa misma mañana, en el misal: «El evangelio de hoy lo dice: ‘Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará’: Mis queridas Hermanas, eso es lo que estáis haciendo. Una verdadera hija de la Caridad que no tiene otro deseo que consagrarse en la divina gracia, busca el reino de Dios. Vosotras además buscáis su gloria sirviendo a vuestros enfermos, y mientras hagáis esto, no temáis que os falte nada».

El Sr. Vicente enseña el modo de meditar los misterios. En lugar de dividir el tema en varios puntos bien distintos unos de otros, como cuando la oración trata sobre una virtud o un defecto, conviene tratar el misterio en su conjunto y en sus menores circunstancias, no habiendo ninguna tan pequeña y tan común como puedan ser, en las que no haya grandes tesoros ocultos, si sabemos buscarlos bien».

Hay de estas riquezas, ignoradas de los profanos, como pequeños granos de mostaza, de donde salen grandes árboles, cuando agrada a Nuestro Señor extender  su bendición. La primera disposición de espíritu para reflexionar  útilmente en los relatos y las máximas de la Escritura, es de creer que una gracia especial se halla en cada palabra y que un esfuerzo de atención por nuestra parte puede contribuir a la manifestación en nuestro favor.

Se medita sobre una virtud, la marcha que seguir  es diferente: se examinará sucesivamente la naturaleza, la excelencia, los medios generales y particulares de adquirirla, las ventajas que resulten para nosotros y para el prójimo de esta hermosa adquisición.

Todo otro plan puede ser adoptado, mientras sea claro y tienda hacia la puesta en práctica de la virtud. Lo esencial es de buscar las razones que nos llevan a cultivar interiormente esta planta celestial cuyas flores y frutos causan nuestra admiración. Un motivo nos impresiona más, no busquemos entonces otros.

El Sr. Vicente señala en estos términos un escollo contra el cual se golpean los mejores espíritus: «Estos motivos se pueden sacar de la Sagrada Escritura o bien de los Padres. Cuando algunos pasajes de sus escritos nos vienen a la memoria sobre este asunto durante la oración, es bueno rumiarlos en su espíritu; pero no hay que rebuscarlos, ni siquiera entregarse a varios de estos pasajes; ¿pues de qué sirve  detener su pensamiento en un montón de razones, sino tal vez para ilustrar y sutilizar nuestro entendimiento? Lo que es más bien darse al estudio que hacer oración.

«Cuando se quiere tener fuego nos servimos de un fusil (un encendedor), se lo golpea y tan pronto como se ha hecho el fuego, se prende el candil; y sería ridículo quien, habiendo encendido el candil siguiera golpeando al fusil. Del mismo modo cuando un alma está bastante enterada por las consideraciones, ¿para qué necesita  buscar otras y dale que te pego al espíritu para multiplicar las razones  y los pensamientos?».

Lo difícil es no ser ni curioso, ni indolente durante la oración. ¿Cómo evitar una de las dos contrarias sin caer en la otra? Si yo concentro mi atención en un tema dado, me intereso en él y pronto sin saberlo lo transformo en un objeto de curiosidad. Por el contrario si me apasiono un poco por este trabajo de inteligencia que es la meditación en su primera parte, no tardaré apenas en cumplirla indolentemente y a modo de recibo. En las dos hipótesis, el resultado es nulo o todo lo más mediocre.

El medio de evitar estos dos extremos es formarse una idea justa de la oración, de verla bajo su verdadera luz. En principio importa situar este ejercicio en el terreno sobrenatural. Sin duda una serie de actos psíquicos lo sustituyen, pero lo que  le informa y anima de una fuerza superior es la gracia que  tiene de un cabo al otro y la santificación del alma hacia la que está ordenado. Una vez bien firme en esta creencia, se abordará la oración con la mentalidad querida, es decir no menos, como este último, un grande y vivo deseo de saber, pero nos es para satisfacción  de conocer lo que otros ignoran. Aquí esta sed de conocimientos tiende hacia el amor: no existe en el alma que la experimenta más que en vista de la posesión del objeto conocido, es decir de Dios. Su papel es servir la caridad.

Admitido este principio, consideraciones y razonamientos se convierten para el alma amante en jun camino que recorre lo más rápido posible en su impaciencia por llegar al término de su carrera. Tal es la mentalidad del Sr. Vicente y todos sus cuidados tienden a comunicarla a las personas cuya dirección lleva.

Tras estas anotaciones, se comprende  por qué no quiere el santo en la oración ni la aplicación intelectual demasiado grande, ni el abandono. Prohíbe la primera a los enfermos y a los convalecientes. » Haréis muy bien  en vigilar  al Sr. Fleury para que no se entregue a la oración con demasiado esfuerzo –escribe el Superior de este misionero- recomendadle que se comporte con suavidad y sin esfuerzo «. El Fundador de la Misión ruega al Superior Jacques Pesnell que tenga la misma solicitud respecto de su cohermano, el Sr. Caron. Condena, como un efecto del amor propio, la obstinación de muchos en hacerse sensibles de las verdades  que no lo son por su naturaleza.

Enemigo de la fatiga cerebral,  el Sr. Vicente lo es también de la pereza y del abandono. Cuántas almas, so pretexto de no estorbar la acción de Dios, se aprovechan de ello para ahorrarse toda pena. Esta tendencia egoísta resultaría contagiosa, si no combatiera en diversos frentes. Uno de los mejores es obligarse a seguir un método hasta estar familiarizado con la oración. El santo recomienda el método de su contemporáneo y amigo Francisco de Sales porque es el más sencillo, el más fácil. No obstante, a pesar de su ejemplo, no es indispensable. Ciertos espíritus, por otra parte, son refractarios a ellos por naturaleza; otros capaces de seguirlo, renuncian bajo la moción del Espíritu Santo. Ni los primeros ni los segundos son reprensibles en ningún aspecto. Hechas estas reservas, es innegable que adoptar un orden metódico, y no apartarse de él, sin razón grave, es soberanamente útil, sobre todo en los comienzos. El artista más inspirado debe conocer la técnica de su arte y, si la desdeña, se causaría perjuicio.

Antes de abordar el examen de diversos procedimientos sugeridos por el santo, elucidemos un punto sobre el que podría haber confusiones. Algunas palabras del santo dejarían suponer que sostiene que el saber teológico, por sólido y profundo que sea, por nulo auxilio en asuntos de oración. Las palabras incriminadas no producen en manera alguna esta impresión, si se tiene en cuenta la mentalidad de las hijas de la Caridad que las escuchan. Como muchas de ellas son ignorantes e inhábiles para todo trabajo intelectual, importa ante todo no acentuar su desánimo y hasta, si la cosa se puede hacer, incluso darles confianza. Es para honor del conferenciante lograrlo reduciendo al mínimo las consideraciones y los razonamientos.

Otra cosa es la manera  de expresarse del santo cuando tiene a la vista a hombres instruidos, como son los que escuchan en este texto: Medios para dirigir a los ejercitantes. –Cuando no saben meditar se les ha de preguntar si han estudiado. Que son teólogos o físicos, digámosles que es casi filosofía o teología, con la excepción que los teólogos y los físicos no emplean más que la memoria y el entendimiento, mientras que en la meditación, se tiene también recurso a la imaginación y al sentimiento, y añadamos que las razones se sacan de las consideraciones.

Si no han estudiado, aconsejemos  que tomen su libro en la mano, detengan en una consideración particular, y esto por largo tiempo a fin de permitirle que se difunda en la memoria, para que lo recuerden bien; en el entendimiento, para que comprendan la verdad; y por último en la voluntad, para que broten los afectos. Sicut oleum effusum, como el aceite derramada».

Tanto como el lado propiamente intelectual de la oración está reducido a poco en las Conferencias a las Hijas de la Caridad,  tanto recobra su valor en estas palabras dirigidas a los Sacerdotes de la Misión, es decir a hombres encargados de de iniciar a  fieles e incluso a eclesiásticos en el secreto del ascetismo y, si ha lugar, de la mística.

Abordemos la cuestión de los procedimientos. El santo se declara partidario de los libros de meditación sobre todo en los comienzos. Gracias a la alternancia de la lectura y de las reflexiones sobre lo que se ha leído, el tiempo de la oración pasa fácilmente. Es necesario insistir en los pensamientos que nos convienen más y pasar rápidamente a los otros. «La reina sigue este método –advierte Vicente- «Yo no podría –dice ella- hacer oración». Y ella manda leer a su lado, después medita sobre lo que se ha leído. Muchos grandes personajes la imitan y hacen progresos».

Otro procedimiento muy simpático al Sr. Vicente por su sencillez es el empleo de imágenes sobre las que están figurados los misterios que forman el objeto de las meditaciones sucesivas. De todas estas imágenes, las más útiles con mucho son las de nuestro Señor y de su Madre.

Santa Juana de Chantal se sirvió de este medio con gran aprovechamiento. El santo hace alusión a ello  en este texto: «Una sierva de Dios aprendió así a hacer oración. Mirando una imagen de la Virgen, se dirigía a los ojos y decía: «Oh, ojos de la Santa Virgen, ¿qué hacíais vosotros? » Y se le respondía interiormente: «Yo estaba en la modestia y me mortificaba de las cosas que hubieran podido  traerme placer». –»¿Qué más hacíais?» -«Yo miraba a Dios en sus criaturas y pasaba así a la admiración de su bondad». Y luego volvía a empezar: «Oh, ojos de la Santa Virgen, ¿qué hacíais además?» -«Me producía tanta alegría al mirar a mi Hijo; y al mirarle, me sentía elevada al amor de Dios…»

Así esta buena señora sacaba instrucción de todo lo que debía hacer, a imitación de la Virgen; pues, cuando había terminado con los ojos, ella iba a la boca, de la boca a los oídos, al tacto. Y así aprendió también a regular sus sentidos que llegó a un alto grado de oración y de virtud».

Este empleo de las representaciones de misterios es particularmente bueno para las personas dotadas de memoria visual y por lo tanto más atentas a las imágenes que a los sonidos. En cuanto a los sin letras, ellos encuentran en esto una especie de lectura apropiada a su estado. Por el contrario este procedimiento no sirve para los soñadores ya que no ofrece nada a su inteligencia de suficientemente preciso. Estos últimos tienen necesidad de que les recuerden de vez en cuando el orden por los puntos sucesivos de un plan de meditación bien concebido.

Un medio muy práctico sobre todo para los hombres de acción es interrogarse sobre sus defectos. La oración se convierte entonces en una predicación que se hace a sí mismo para convencerse de la necesidad que se tiene de recurrir al buen Dios y de cooperar con su gracia para extirpar los vicios de su alma y plantar en ella las virtudes. La ventaja de la oración así comprendida es de transformar pronto ésta en una lucha de su pasión dominante.

Vicente da a este propósito excelentes consejos: recomienda » mantenerse firme en este combate ; andar dulcemente en la manera de obrar, y no romperse la cabeza a fuerza de entregarse y de querer sutilizar; de elevar su espíritu a Dios y escucharle, porque una de sus palabras hace más que mil razones y que todas las especulaciones de nuestro entendimiento… Solo lo que Dios inspira y lo que viene de él nos puede aprovechar». Este sistema de interrogación que nos imponemos a nosotros mismos y en el que se encadenan  unos con otros recuerda el método socrático.

Es un procedimiento de oración al alcance  de los enfermos y de los espíritus que no pueden,  sin gran pena, hacer trabajar a su imaginación y a su razón. San Francisco de Sales es su, sino su autor, al menos el principal propagador. Bien entendido, Vicente lo adopta y no lo propone, con su discernimiento habitual, más que a las almas capaces de sacar provecho de él. Dejemos al santo exponer él mismo este modo de unión a Dios: «El bienaventurado obispo de Ginebra ha enseñado a sus religiosas otra clase de oración, que los propios enfermos pueden hacer: es mantenerse dulcemente delante de Dios y exponerle sus necesidades, sin otra aplicación del espíritu, como un pobre que descubre sus úlceras y que, por este medio, excita más poderosamente a los transeúntes a hacerle bien como si se rompiese la cabeza  a fuerza de   persuadirles su necesidad. Se hace pues una buena oración estando así en la presencia de Dios sin ningún esfuerzo del entendimiento, ni de la voluntad».

Es también a este procedimiento tan sencillo y tan hermoso de humilde confianza, al que Vicente hace alusión, cuando recomienda, en ciertos casos, estar al pie de la Cruz en silencio si no se tiene nada que decir, y allí esperar pacíficamente que Dios  tenga a bien hablar.

Dudamos tal vez entre estos diversos procedimientos. ¿A cuál mostrar nuestras preferencias? Evitemos  todo prejuicio a favor o en contra. Solas las necesidades del momento deben inspirar nuestra elección. Hoy este método es oportuno, puede ser que mañana no lo sea ya, si nuestro estado de espíritu ha cambiado, en esta hipótesis sigamos otro diferente, para volver luego al primero si hay lugar o para adoptar un tercero. Es una cuestión de oportunidad: Se trata de tomar lo que más conviene en lo que estamos ahora.

 

 

 

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