San Vicente de Paúl, maestro de oración (06)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: Abbé Arnaud d’Agnel · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1929.
Estimated Reading Time:

Capítulo VI: Virtudes requeridas para hacer con fruto la oración mental

vincent Croatia Zagreb 2La cuestión de método, en la oración mental como en cualquier otro modo de actividad, está lejos de ser despreciable. Es un honor de los grandes directores de conciencia el haberse preocupado de ello todos a ejemplo de san Ignacio y de san Francisco de Sales, el Sr. Vicente le concede mucha importancia. No obstante, según él,  es menos seguir  buenos procedimientos  en este ejercicio que emprenderlo y darse a él con el estado de espíritu querido. Pero este estado no se obtiene ni en un instante ni por encargo. No basta con querer poseerlo para obtenerlo de la misericordia divina.

El Espíritu Santo consiente en nosotros las disposiciones requeridas para el éxito de la oración ; no obstante la Providencia en tiende hacer de nosotros sus colaboradores. Este aporte de buena voluntad se impone.

Cuántos fieles tienen la oración por un acto totalmente distinto de los otros. Ilusión profunda, a la par que peligrosa, y contra la cual los maestros del ascetismo se levantan con fuerza. Reducir la oración mental a una hora al día y, de ordinario, a un tiempo de menor duración, es considerarla como el accesorio de la vida cristiana, cuando es lo principal.

El Bienaventurado Pierre Le Fèvre, un ardiente de los Ejercicios de san Ignacio, muestra las consecuencias de este falso concepto: «Los que no quieren rezar más que al toque de campana, ciertamente no tendrán sólida devoción; se necesitaría un milagro…Aquel no recitará el santo oficio como corresponde quien no piensa antes y después, quien no busca  un momento para recogerse a la vista  de la hora canónica que tendrá que decir pronto «. Verdadera de la recitación de breviario, estas líneas lo son más  de este acto de concentración intelectual y moral que es la oración o más bien que debería serlo.

«En el instante señalado para esta práctica –escribe el Padre Alexandre Brou- se debe hacer sencillamente, exclusivamente, y con más intensidad, conciencia, lo que se ha tenido la costumbre de hacer en todas las horas del día y en plena acción, lo que ya es y debe  hacerse cada vez más el alma de la vida exterior. Corta y prolongada, para ser eficaz, la oración debe bañar  en una atmósfera  ya saturada de oración».

Señalemos otro error que se refiere por otro lado al precedente. Convencidos del papel de la oración mental, espíritus falsos y caracteres débiles, so pretexto que se etregan cada mañana, creen cumplir con ello  sus deberes para con Dios, y de pronto vigilan mal su conducta y caen en la relajación funesta. San Pedro de Alcántara se indigna porque una mentalidad así pueda existir en personas de devoción.. Y sin embargo, existe en varios  menos en estado de germen. Tengamos cuidado de no ser de ese número.

La oración mental no se tiene sola sin punto de apoyo. Es una construcción sólida que reposa en todas las virtudes cristianas. Quitadle ese fundamento, no es ya más que un cuerpo sin alma. No es más que un fantasma, una quimera. Cuidemos, con nuestras buenas costumbres, de no echar por tierra este hermoso edificio de la oración. Pedro de Alcántara dice que con este ejercicio pasa lo que  con una lira, cuyas virtudes son las cuerdas. Suprimir una de estas últimas sería destruir la armonía del conjunto.

El Sr. Vicente comparte esta manera de ver. La oración mental es según él un árbol que se conoce por sus frutos: si son abundantes y de excelente calidad, es buena; si son poco abundantes y de calidad ordinaria, es mediocre; si por último son nulos o agusanados, es mala.

Tres virtudes se piden particularmente por el santo a las almas deseosas de progresar en la práctica en cuestión: la humildad, la confianza en Dios y la mortificación. La más esencial de las tres es la primera. La originalidad de Vicente es insistir en particular en esta virtud de orden práctico. Al leer sus argumentos y sus consejos, se siente que pone todo su corazón en esta demostración. Estima muy justamente que una vez conseguida esta victoria, otras lo serán a su vez. Todo es fácil a los humildes puesto que Dios, por su gracia, las agranda y las eleva a medida que ellos se abajan y se empequeñecen  a sus propios ojos.

La humildad sola abre la inteligencia a las luces de la oración. Con esta última no sucede  como en las investigaciones científicas en que la competencia y los esfuerzos personales juegan un papel preponderante. No es un estudio propiamente dicho, ni una gimnástica del espíritu. Todas las facultades concurren en ella : imaginación, memoria, juicio, razón.

Pero esta puesta en común de sus esfuerzos no es más que uno de los aspectos de la oración mental, y el menor, su lado psíquico, como se ha visto al comienzo de esta obra.

El principal factor de la oración, su elemento esencial que la distingue de las meditaciones filosóficas, literarias, artísticas, es la operación del Espíritu Santo en el alma. Es también el Maestro que propone a la atención tal o cual objeto y que la ilumina con una luz sobrenatural.

El todo es traer al Maestro las disposiciones que requiere. No equivocarse en este sentido.

La Escritura y la Tradición, órganos infalibles del Espíritu Santo, afirma que las luces divinas están reservadas a los humildes. Del agrado de Dios es tratar con los pequeños. Es un hecho de experiencia: las bellas  y grandes ideas están con más frecuencia inspiradas a las mujeres verdaderamente devotas que a los hombres, si no es a los sencillos y a los modestos.

El Sr. Vicente declara manifiestamente que las Hijas de la Caridad, que no saben ni leer, ni escribir, harán mejor oración, con tal que sean humildes, qué no harían las humanamente instruidas en el método que conviene seguir  en este ejercicio, si su saber no va acompañado de humildad.

Si Dios tiene sus delicias en comunicarse a los ignorantes, es para demostrarnos que toda la ciencia del mundo no es más que ignorancia al lado de la que reparte a todo el que se esfuerza en buscarle por la vía de la santa oración.

El Fundador de los Sacerdotes de la Misión admira diariamente esta maravilla entre los hermanos de su Instituto. » Estamos sorprendidos por las luces que les da; -escribe- y parece claro que es él solo, ya que ellos no tienen ninguna ciencia. Será un pobre zapatero, será un panadero, un carpintero, y sin embargo, nos llenan de admiración. Hablamos a veces de ello entre nosotros, con confusión por no ser tales como los vemos. Nos decimos unos a otros: «Fijaos en este pobre hermano; no habéis advertido los hermosos y buenos pensamientos que Dios le ha dado. ¿No es esto admirable?  Porque lo que dice, no lo dice por haberlo aprendido anteriormente; lo sabe desde que hace oración».

A Vicente le gusta basar sus consejos en ejemplos. Pero en lugar de sacarlos de los libros, pone en escena  a personas que le son familiares, o al menos cuya santidad bien conocida en su tiempo es incontestable. Uno de estos últimos es un Carmelita del siglo XVII de semejante ignorancia, que no aprendió nunca a decir el oficio y que sacó un saber tan profundo de la oración que llegó a ser uno de los pensadores más iluminados  de su tiempo.

¿Cómo se hizo semejante transformación? Lo explica el santo en estos términos: «Se presentaba a Nuestro Señor y decía: ‘Señor, aquí está un pobre ignorante que implora vuestra gracia para hacer oración. Yo no sé nada. Pero, Señor, decidme algo. ¿Dejaréis ahí a vuestro pobre siervo sin decirla nada? Señor, qué dirá todo el Cielo si ve que no escucháis el ruego que os hago. Permitid, mi Señor, que os diga que no saldré sin que me hayáis dado la gracia que pido».

La humildad no es de rigor tan solo entre la gente humilde, tampoco entre los de condición media. Lejos de ser así, esta virtud debe desarrollarse  a medida que un hombre recobra más importancia a los ojos de sus hermanos. Indispensable en la obediencia entre los inferiores, ella es también tan necesaria  en el mando entre los jefes. Sin su presencia, en jun caso, como en el otro, ningún espíritu cristiano.

Penetrado de este principio, el Fundador de la Misión (insiste a los suyos) que en cualquier ministerio que sea deben huir de la vanagloria. Que no hablen ni por agradar al mundo, ni para ganarse su estima. » ¡No quiera Dios que yo quite la gloria que le debo, ni que haga algo para adquirir el afecto de aquellos con quienes trabajo! –escribe el santo-. Pero yo quiero que todo lo que haga, diga o piense sea por el amor de Dios. Salir de la oración sin tomar alguna de estas resoluciones, no es hacerla como se debe».

La humildad indispensable en la autoridad, lo es también en la ciencia. Si hay una categoría de hombres  tentados de complacerse a sí mismos y de contar a los demás como cantidad despreciable, es ciertamente la elite intelectual. La bestia humana, de la que son testigos a diario, les da una conciencia cada vez más aguda de su superioridad. Este sentimiento se ve reforzado por la impresión de aislamiento que experimentan incluso en los medios más brillantes. Nadie habla del saber humano con más justeza y moderación que Vicente. Por un lado una amplia erudición y, por otro, una humildad casi sin límites le informan muy exactamente sobre sus ventajas  y sobre sus peligros.

Médico, filósofo, teólogo, exégeta, el santo insiste sobre la obligación para los sacerdotes mismos  de ser sabio. Director de conciencia experimentado, o se equivoca sobre los peligros demasiado reales a los que expone una cierta superioridad de orden intelectual. Los consejos siguientes dados a los estudiantes de San Lázaro son interesantes bajo este doble punto de vista: Se necesita ciencia, hermanos míos, y ¡ay de aquellos que no emplean bien su tiempo! Pero temamos y, si me atrevo a decirlo, temblemos, y temblemos mil veces más de lo que pudiera decir; ya que los que tienen espíritu deben temer : sciencia inflat;  y los que no lo tienen, es todavía peor, si no de humillan».

El Sr. Vicente no atribuye al saber mismo el orgullo que le acompaña en varios. Al preguntarse si la ciencia impide nuestra santificación, responde sin titubear: «No, eso son nuestras propias miserias».

Si el enriquecimiento del espíritu no es causa de orgullo, es con frecuencia la ocasión. Se deben tomar medidas a la vista de esta eventualidad. La principal es ser fiel a su oración de la mañana y hacer con ello un ejercicio de humildad. Cuanto más se siente uno tentado de creerse sabio, más conviene emprenderla y proseguirla con bajos sentimientos de sí mismo. Y cómo no tenerlos ante esta fuente de todas las ciencias que es la oración mental como se complace en llamarla el santo.

Deseoso de hacer amar y buscar esa manera divina de instruirse, Vicente la opone a los procedimientos puramente humanos, a los métodos exclusivamente racionales: «¿De dónde viene que veáis a gente sin letras  hablar tan bien de Dios, desarrollar los misterios con más inteligencia que lo haría un doctor?

«Un doctor que solo tiene esa doctrina habla de Dios verdaderamente de la manera que le ha enseñado su ciencia; pero una persona de oración habla de otra forma muy distinta. Y la diferencia de los dos viene de que una habla por simple ciencia adquirida, y el otro por una ciencia infusa toda llena de amor,  de manera que el doctor, en este encuentro, no es el más sabio. Y debe callarse allí donde se encuentra una persona de oración, pues ella habla de Dios de otra forma que él no puede hacerlo».

El santo se horroriza al ver a algunos hombres  correr frenéticamente tras los conocimientos científicos como si nuestra felicidad dependiese de ello. Su sorpresa y su tristeza son mayores al ver a otros colocar en su estima la inteligencia de los negocios por encima de todo y no alimentar otra ambición que la de adquirirla. Lamenta a estos comerciantes en cuyos ojos nada cabe sino su negocio, ya que Dios les niega la penetración de las verdades cristianas.

Estos sabios orgullosos de su saber y estos hombres soberbios por estar tan al corriente de las cosas de este mundo, si hicieran oración, cada mañana, no sacarían ningún fruto hasta el día en que, tocada por la gracia, su alma llegaría a ser humilde y dócil.

La curiosidad intelectual demasiado grande es peligrosa bajo el punto de vista científico. Si es bueno apasionarse por el estudio a fin de no perder terreno ante el primer obstáculo, es preciso ser suficientemente maestro de sí para contener  y canalizar  este ardor para que no genere en manía de descubrirlo todo y conocerlo todo.

Esta fiebre del saber es también más funesta bajo el punto de vista moral pues es una de las formas más perniciosas del orgullo. Vicente lo explica en las líneas siguientes: «Como naturalmente deseamos aprender algo nuevo, si no despuntamos este deseo y esta curiosidad, no habrá una hoja de lectura que no pueda servir a la vanidad; y comenzando por el espíritu, acabamos por la carne; deseando parecer, saciándonos de humo, queriendo ganar a todos los demás, ser estimados sutiles, de buen sentido, de buen juicio; y ahí acaba todo!»

La conclusión que se desprende de este resumen sobre la ciencia infusa o divinamente inspirada, es que es imposible, sin humildad, adquirir la segunda, si se tuviera la primera en su plenitud. El Espíritu Santo alumbra a los únicos espíritus vacíos de ellos mismos y por decirlo así aniquilados bajo su acción. Importa decirse al principio de la oración: soy indigno de hablar a Dios y de oír interiormente su palabra. Si yo me dispongo a hacerlo, es por su orden, y en unión de espíritu  y de corazón con Jesucristo cuya vida temporal ha sido una oración perfecta de un cabo al otro.

La estima de las luces de orden sobrenatural y la convicción de que ellas  vencen sobre los chispazos del genio nos ayudarán a sacrificarles nuestro amor propio. No existe texto, en el que  estén expuestos con más precisión, profundidad y poesía, los caracteres de la acción brillante del Espíritu Santo en la oración, como en esta reseña de una charla del Sr. Vicente, lo reproducimos a pesar de su longitud. Nada más claro, ni más probatorio podría darse «.

» Véase la diferencia que hay entre la luz del fuego y la del sol: durante la noche, nuestro fuego nos ilumina, y por medio de su brillo vemos las cosas, pero no las vemos sino imperfectamente, no descubrimos más que la superficie, y este brillo no va más allá. Pero el sol lo llena y lo vivifica todo con su luz; no descubre solamente el exterior de las cosas, sino que, por una virtud secreta, penetra en el interior, las hace actuar y hasta fructuosas y fértiles,  según la calidad de su naturaleza.

«Pues los pensamientos  y las consideraciones que vienen de nuestro entendimiento no son más que pequeños fuegos que muestran tan solo un poco el exterior de os objetos, y no nos producen nada más. Pero las luces de la gracia, que el Sol de justicia derrama en nuestras almas, descubren y penetran hasta el fondo y lo más íntimo de nuestro corazón, que ellas excitan y llevan a lograr productos maravillosos. Hay que pedir a Dios que sea él mismo quien nos ilumine y nos inspire lo que le es agradable.

«Todas las consideraciones  altas y rebuscadas no son oración ; son más bien a veces retoños de la soberbia; igualmente de aquellos que se paran allí y se complacen, como de un predicador que se pavonearía en sus bonitos discursos, que  se complaciera viendo a los asistentes satisfechos con lo que les dice ; en lo que es evidente que no sería el Espíritu Santo, sino más bien el espíritu de soberbia  que iluminaría  su entendimiento y sacaría al exterior  todos estos bellos pensamientos ; o, para decirlo mejor, sería el demonio el que le haría hablar de esa forma.

«Sucede lo mismo en la oración, cundo se buscan hermosas consideraciones, cuando se entretiene con pensamientos extraordinarios, en particular cuando es para lanzarlos al exterior al hablar de su oración, para que los demás los alaben. Eso es una especie de blasfemia; es, de alguna forma, ser idólatra de su espíritu ; porque, al tratar con Dios en la oración , meditáis con qué satisfacéis a vuestra soberbia, empleáis este santo tiempo en rebuscar vuestra satisfacción y en complaceros en esta bella estima de nuestros pensamientos,  sacrificáis a este ídolo de la vanidad».

Este análisis tan denso en sentimientos mal conocidos del sujeto, cuando no son inconscientes, supone en Vicente una experiencia consumada de las almas y de las vías misteriosas por las cuales Dios los encamina hacia la perfección. Se debe no solo leer, sino meditar. No sería el colmo del orgullo no descubrir en nosotros ningún rasgo de parecido con esos devotos, cuya vanidad secreta se pone tan magistralmente al descubierto. Tal vez antes de la lectura de estas páginas, teníamos la ingenuidad de tener todo pensamiento  piadoso por divinamente inspirado. El problema del origen de estos pensamientos estaba resuelto de antemano, más exactamente, nos era completamente extraño. Grande era nuestra complacencia en nosotros mismos tanto más temible cuanto mejor oculta estaba bajo los falsos exteriores de la piedad.

Es cierto que con una mentalidad parecida, el orgullo empeora necesariamente día a día y, salvo el caso de una gracia particular de Dios, a medida que crece, la ilusión aumenta y le fortalece más. Nos espantaría si nos fuera dado ver cómo el mal señalado por Vicente está difundido incluso y sobre todo entre las almas tenidas por las mejores. Nuestra emoción aumentaría a la vista del perjuicio inmenso que les causa. Si la obra de la santificación se retrasa, se compromete en los cristianos fieles a la oración cotidiana, no se ha de buscar en otra parte que allí la explicación.

Aprovechemos la experiencia del santo y de su diagnóstico tan preciso para buscar este mal. Que nos sintamos impresionados, no cabe la menor duda. Quién no se complace un poco en la facilidad maravillosa con la que medita, en el nuevo giro que da a un tema banal.

Esta complacencia, lejos de ser un pecado mortal, es más bien una imperfección que una falta. Sin ser culpable, es peligrosa por razón del género de orgullo que encierra. Depende de nosotros matar este germen condenando inmediatamente esta complacencia y aplastándola bajo el peso de un acto de humildad. Por el contrario, si el remedio no se aplica de inmediato, el mal se grabará dentro de nosotros y esterilizará pronto la oración mental y los diversos ejercicios de piedad.

Por suerte para nosotros, el Sr. Vicente, después de señalar el peligro en términos tan claros que es imposible a las almas de buena voluntad equivocarse, indica con la misma claridad el modo de conjurarle con toda seguridad. Prestemos de nuevo el oído a los consejos del querido médico del alma, decididos a seguir puntualmente sus órdenes: «Ah, hermanos míos, guardémonos muchos de estas locuras ; reconozcamos que estamos llenos de miserias ; no busquemos más que lo que puede más humillar y llevarnos a la práctica sólida de las virtudes ; humillémonos siempre en la oración hasta la nada ; y en nuestras repeticiones de oración, digamos humildemente nuestros pensamientos, y si se presentan algunos que nos parecen hermosos, desconfiemos mucho de nosotros mismos y temamos que sea el espíritu de soberbia el que los produzca, o el diablo el que los inspire. Por eso debemos siempre humillarnos profundamente cuando estos bellos pensamientos nos vienen haciendo oración…  «El Hijo de Dios podía encandilar a todos los hombres por su elocuencia toda divina, y no lo ha querido hacer. Sino, al contrario, enseñando las verdades de su Evangelio, se ha servido siempre de las expresiones y palabras  comunes y familiares; ha preferido siempre  ser más bien envilecido y despreciado, que alabado y estimado.

» Veamos cómo podremos imitar a Jesús; y para ello suprimamos estos pensamientos de soberbia en la oración y otras partes. Sigamos en todo las huellas  de la humildad de Jesucristo: usemos de palabras sencillas, comunes y familiares; y cuando Dios lo permita así,  alegrémonos  de que no se atienda a lo que digamos, que se nos desprecie, que se rían de nosotros, y tengamos por cierto que, sin una verdadera y sincera humildad, nos es imposible de aprovecharnos nosotros y los demás».

Tres medidas que tomar se desprenden de los consejos que acabamos de leer. En primer lugar desconfiar de los pensamientos  cuya profundidad, originalidad o belleza de forma agradan al espíritu y, de alguna manera, lo fascinan; en lugar de tenerlos a priori como inspiración divina, mirarlos antes bien como elucubraciones personales y sin interés, ni valor bajo el punto de vista religioso.

Este estado de espíritu lleva a desaprobarlos, y como estos pensamientos, por el atractivo que ejercen, ponen en peligro de orgullo, lo mejor es oponerles inmediatamente  bajos pensamientos de sí mismo, una franca y sencilla confesión de sus miserias y de su nada, en una palabra atacarlos por su contraria.

La última medida que tomar con el fin de reformar las otras es  la de esforzarse en ser más humilde en su conducta frente al prójimo y sobre todo en sus palabras. Si uno es de ordinario orgulloso con sus semejantes, en virtud de la costumbre, se corre gran riesgo de serlo en cierta manera de Dios. Si uno se escucha y se admira al conversar con su familia, sus amigos y los extraños, ¡cómo no admirarse cuando, en el curso de la oración diaria, se habla uno a sí mismo en el secreto de su corazón! Véase porqué Vicente dirigiéndose  a los que sacan su amor propio de sus meditaciones, les recomienda pensar y hablar sencilla y buenamente en todas las circunstancias.

Constatemos una vez más la influencia de la conducta sobre la oración. Si este ejercicio ayuda a vivir cristianamente, a la inversa llevar una existencia verdaderamente cristiana facilita este ejercicio y, se puede decir, asegura de antemano la eficacia.

El Fundador de la Misión preconiza un medio práctico para acostumbrase a hacer humildemente oración, es dar, cada mes, la humildad como objeto de esta práctica. Presiona a su asistente, Sr. Alméras, para que se mantenga firme en hacer una meditación mensual sobre esta virtud requerida para tratar fructuosamente con Dios. Su esperanza,  fundada en la experiencia de la psicología  humana, es que a fuerza de meditar sobre este tema sus misioneros acaben por deshacerse de su orgullo o de sus pequeñas vanidades.

El menosprecio y la desconfianza de sí no son más que uno de los factores de la humildad. Ellos solos engendrarían el desánimo y serían así la causa de debilitamiento moral. A fuerza de repetirse: «Yo soy incapaz de hacer el bien, indigno de existir «, se acabaría pronto de actuar. Un contrapeso es necesario a esta mentalidad deprimente. Este contrapeso es la confianza en Dios.

Cuando el santo recomienda comenzar y seguir la oración con bajos sentimientos de sí mismo, no deja nunca de mostrar a Dios paternalmente inclinado hacia los humildes y atento a las demandas   que le presentan. Después de insistir sobre la ignorancia de la mayor parte de las Hijas de la Caridad,  Vicente termina su charla con estas palabras reconfortantes: «Si hacéis lo posible por entrar en la santa práctica de hacer bien la oración, tendréis un crédito ante Dios para conseguir todas las gracias que le pidáis… Y digo más, Hijas mías, aquellas de vosotras que no podrían ni leer ni escribir harán mejor la oración, con tal que sean humildes, que las que hayan aprendido  el método de hacerla por la ciencia, si no es acompañada de humildad «. Y el santo a tranquilizar plenamente a sus oyentes comparándolas con las gentes humildes sin educación, ni fortuna, como ha querido Nuestro Señor que hicieran sus apóstoles.

Vicente pide, como primera disposición para progresar en el buen camino, reconocerse pobre, despreciable, incapaz de ningún bien y de aceptar ser tenido como tal. Pero inmediatamente después de esta reflexión sobre su indignidad,  hay que levantarse por un acto de amor de Dios y decir : » Aun cuando no sea digno de hacer tal cosa, porque Dios lo quiere, yo la haré a pesar de ello para agradarle, pues la desea de mí».

El medio de ser humilde sin desánimo y confiado sin presunción es unirse en espíritu y de corazón a Jesús  y querer hacer la oración mental como él mismo hacía la suya. Este buen Maestro nos inspirará sus sentimientos de soberano respeto, de confianza y de humildad. Uno de los privilegios de esta virtud es establecer el alma de quien la cultive en una dulce familiaridad con Nuestro Señor. Así se explica la audacia de los humildes. Ellos no dudan de nada tan amados se sienten del buen Dios.

El santo da una idea de este amor en el texto siguiente: «Creedme, la pereza no  aleja al Hijo de Dios de nosotros : él no tiene por qué hacer grandezas, él es la grandeza misma, pero quiere corazones sencillos, humildes. Y cuando los ha encontrado, ¡oh, qué hermoso verle hacer allí su residencia! Se jacta en las Sagradas Escrituras de que sus delicias son de conversar con los pequeños. Sí, el placer de Dios, el contento de Dios, la alegría de Dios, si se ha de decir así,  es estar con los humildes y sencillos que siguen creyéndose en el conocimiento de su bajeza. ¡Gran asunto de consuelo y de esperanza para   nosotros, y gran motivo de humillarnos! »

La tercera virtud requerida para ser hombre de oración es la mortificación. El Sr. Vicente representa esta última como la hermana de la oración, hermanas viviendo en tan buena inteligencia que no van la una sin la otra. » La mortificación va la primera, y la oración la sigue; dice a las Hijas de la Caridad de suerte que, si queréis ser hijas de oración, como lo necesitáis, aprended a mortificaros, a mortificar los sentidos exteriores, las pasiones, el juicio, la propia voluntad, y no dudéis que en poco tiempo, andando por este camino, vayáis  a  hacer gran progreso en la oración.

» Dios os guardará, considerará la humildad de sus siervas, pues la mortificación viene de la humildad; y así os hará participantes de los secretos que ha prometido descubrir a los pequeños y a los humildes».

El Fundador de la Misión se pregunta a menudo porqué varios miembros de su Instituto hacen tan pocos progresos en la oración, mientras que se entregan a ella regularmente cada mañana. Dejémosle que él mismo comunique el resultado de sus investigaciones sobre esta anomalía: » Hay motivos para temer que la causa de este mal no sea que ellos no se ejercitan lo suficiente en la mortificación y que dan demasiada libertad a sus sentidos «.

El consejo del santo se basa en la doctrina de los maestros del ascetismo y de la mística que consideran  la práctica de esta virtud como una disposición necesaria a la oración. Según esta enseñanza, de la que Vicente se hace eco: hay que mortificar no solo los ojos, la lengua, los oídos y los demás sentidos exteriores, pero también las facultades del alma, el entendimiento, la memoria y la voluntad.

En conformidad con esta práctica, el santo recurre a ejemplos que conoce bien por haberlos visto con sus ojos y oído con sus oídos. » Nosotros teníamos uno de nuestros hermanos –dice- que hablando de la oración decía : veis, Señor, cuando agrada a Dios que me mortifique en algo, en beber, en comer, en hablar o en ver oh, para entonces tengo buenos pensamientos en la oración, vienen en masa, de suerte que necesito más bien escoger los que me son más propios, que otra cosa».

El caso de este hermano es un motivo de admiración para su General encantado de ver en ello la confirmación palmaria de una de las leyes de la vida espiritual. Nada más cierto, en efecto, que la feliz influencia de la mortificación sobre la oración. Nada mejor constatado que la reciprocidad de servicios que se prestan una a la otra.

El alma siente tanta más felicidad en vivir de unión con Dios cuanto más supera los obstáculos que la apartan de ella. Esta hija del Cielo está inclinada hacia la Tierra por los apetitos y las pasiones del hombre animal.  ¿Quién la arma contra estas fuerzas? La mortificación cuya función conforme a su nombre es de aminorar la vitalidad de las malas tendencias en beneficio de las aspiraciones  de orden superior.

No hay un paso de esta virtud que no sirva, de un modo o de otro, la causa de la oración. Si yo mortifico mis sentidos, el recogimiento me resultará más fácil ya que mi curiosidad será cada vez menos viva. El ambiente exterior no distraerá más a mi espíritu del objeto de sus meditaciones.

Al refrenar mi imaginación y mi memoria, suprimiré parcialmente las dos principales fuentes de disipación en mis conversaciones con Dios.

Mortificar mi juicio y mi razón, ¿no es aumentar la fe de mi espíritu y preparar de alguna forma mi alma a las luces e inspiraciones  del Espíritu Santo?

Disciplinar mi voluntad oponiéndome a sus caprichos,  es hacerla más dócil a Dios durante la oración y predisponerla a tomar firmes resoluciones.

A su vez, la oración sostiene al alma en esta vía del sacrificio: le muestra la razón de ser de la soberana belleza por la meditación frecuente de los sufrimientos y la muerte de Cristo Jesús, al propio tiempo que inspira al corazón y a la voluntad un atractivo para la mortificación presentándola como un rasgo de semejanza con el Verbo hecho carne y como el mejor medio de testimoniarle su amor.

Por último, la oración, por el gusto de la paz interior que da al alma, la aparta de todo lo que podría perturba esta paz, es decir de las criaturas, todas causas de inquietud y de agitación cuando son amadas demasiado apasionadamente. En la cima de la contemplación e incluso en las pendientes  de la simple meditación, las penas son recibidas de la mano de Dios y, de pronto, su amargura se transforma en dulzura.

Una última prueba de la necesidad de mortificarse para hacer bien la oración es que es imposible,  sin esta virtud, perseverar en este ejercicio. Este último es por sí mismo una prueba más penosa por su repetición cotidiana. Tanto como aceptan los caracteres débiles prestar un esfuerzo extraordinario, tanto se esquivan cuando se les pide que hagan regularmente, cada día, un esfuerzo mediano. El Sr. Vicente no disimula a sus hijas e hijos  espirituales que se necesita espíritu de sacrificio para perseverar en la oración mental.

Esta práctica pone la inteligencia en una dura prueba por la concentración que exige. Y si la hora de recogimiento pudiera ser, a su gusto, trasladada al día siguiente, la pena sería menor. Lo más difícil, en efecto, ¿no es meditar cuando no se tiene ninguna gana?

Laborioso bajo el punto de vista intelectual, este ejercicio lo es otro tanto, si no más, bajo el punto de vista afectivo. Se trata de dar a Dios por único objeto  a sentimientos y pasiones cuyo objeto ordinario es una criatura de carne o algo visible y tangible. Esta madre de familia, por ejemplo, cuya ternura se limita a su hogar, debe imponer silencio, durante media hora, a su amante solicitud para conversar amorosamente con Dios solo. Sin duda, le es permitido hablar de su esposo y de sus hijos, a condición no obstante de mantenerse lo más posible  en el terreno sobrenatural. Lo que no puede lograrse sin grandes esfuerzos: es la luche entre la gracia y el más natural de los instintos en l mujer, el instinto maternal.

Este hombre de negocios, él, apasionadamente enamorado de su industria, de su banca o de su negocio, deberá hacer tregua en sus preocupaciones habituales y trasladar a Dios  sus deseos orientados hacia la materia. Y solo haciéndose violencia a sí mismo este sediento de los bienes de este mundo podrá sentir la necesidad  de los bienes del Cielo.

Ni la voluntad queda sin  ser probada por la oración. Y lo es de maneras diferentes según las personas y los días. En ciertos momentos, la inacción le es recomendada, cuando está febrilmente impaciente por actuar; y en otros, debe salir de su descanso, cuando  no aspira más que a descansar.  Su principal tormento es entregarse a una tarea misteriosa, cuyos resultados le son de ordinario desconocidos: por eso tiene la impresión de trabajar en el vacío.

Es una mortificación que exige el éxito de la oración,  según el Sr. Vicente, es la obligación de levantarse a una hora de la mañana y regular, incluso cuando el sueña haya estado interrumpido por  insomnios más o menos largos. La mayor parte de nosotros  se obligan muy difícilmente a  esta disciplina sin embargo tan favorable a la higiene del cuerpo y del alma. Se ha visto anteriormente la importancia que tiene a los ojos del Fundador de la Misión y de las Hijas de la Caridad.

La perseverancia en la oración sobre todo durante los primeros años exige tales esfuerzos que no basta para lograrlo ser humilde y mortificado, hace falta además ser u hombre de valor y de gran valor. El santo está convencido de ello, y esta convicción le es común con san Ignacio de Loyola. Si él no clasifica esta fuerza de alma entre las virtudes preparatorias a la oración y necesarias para su éxito, como  la clasifica el Fundador de la Compañía de Jesús, es que ella no hace más que una cosa en su pensamiento con la mortificación y la humildad, de tal forma estas tres virtudes se llaman, existen bajo el punto de ser inseparables.

Ya se ha visto en un capítulo precedente que solo un valor heroico triunfa de las sequedades y desganas de la oración así como del fracaso aparente de este ejercicio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *