San Vicente de Paúl (la esclavitud en Túnez) (I)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl, Formación Vicenciana, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Guichard, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1937 · Fuente: Desclée de Brouver.
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Prefacio

Apareció, en el correr del  año 1935, en la casa de ediciones Bloud y Gay, una historia del cautiverio de San Vicente de Paúl en Berbería, escrita con estilo cálido y coloreado por un maestro de la lengua francesa, Armand Praviel. Monsieur Vincent chez les Turcs, París, 1935, in-12. Utilizando como base de su relato la famosa carta de San Vicente sobre su cautividad, el autor ha sabido sacar de ello un libro lleno de interés y de verosimilitud. Ha añadido a este fondo un conocimiento penetrante de las costumbres árabes y de África del Norte, una descripción histórica de las guerras de Berbería, un estudio muy avanzado de los secretos de la alquimia y una pintura viva de la ciudad de Aviñón, en los primeros años del siglo XVII. Estas páginas aureolan de luz y de gloria el comienzo trágico en la vida de Vicente de Paúl.

Libro apasionante, obra con su encanto, acogida con fervor por todos los amigos del gran Santo.

Si bien aparecida en la colección de la Gran Aventura, la obra es, a su modo, una respuesta a aquellos que -recientemente- no habían temido poner en duda la cautividad de San Vicente de Paúl o incluso rechazarla por completo.

Por nuestra parte, nos atrevemos a abordar el mismo problema, colocándonos exclusivamente bajo el punto de vista histórico.

Hace siete u ocho años, se formó una opinión nueva sobre la juventud de San Vicente de Paúl y sobre su cautividad en Berbería. Primeramente se manifestó con bastante timidez, y con reserva, después de una manera más descarada, por fin, hace poco, se ha presentado como adquirida definitivamente y propuesta para ser registrada por la historia oficial.

Según las nuevas historias, la juventud de Vicente de Paúl, frente a todo lo que se había escrito hasta entonces, no carecería de graves errores. Para encubrirlos a los ojos de sus contemporáneos, el joven sacerdote habría recurrido a una fuga, a una desaparición de una duración de dos años. Habría explicado la ausencia prolongada, inventando de punta a cabo una ficción: la novela de su esclavitud entre los Turcos. En la carta en que él contó su pretendida aventura no habría una sola palabra de verdad, estas páginas se habrían compuesto, con la cabeza reposada, en la Costa Azul y los hechos que en ellas se mencionan serían producto de una imaginación fecunda al servicio de un joven audaz en apuros. Abrumado por fuertes deudas de dinero,  insolvente, Vicente habría evitado – con este juego- las consecuencias extremas de sus locas imprudencias.

Desde 1930, uno de mis venerados cohermanos, particularmente informado sobre todo cuanto concierne a África del Norte, había intentado una respuesta A pesar de su gran competencia, su trabajo dejaba que desear sobre un punto esencial. Una vez ciego en el momento en que escribía, no había podido citar las pruebas de sus asertos.

Deseamos, por nuestra parte, repasar las piezas del proceso; examinar con atención las pretendidas imposibilidades de que estaría llena la carta de Vicente, controlarlas, una a una, por testimonios escritos.

A las afirmaciones más o menos seguras de los nuevos historiadores queremos oponer documentos auténticos y textos impresos o manuscritos de la época. Multiplicaremos las citas a riesgo de fatigar al lector. Para ilustrar el relato de Vicente  recurriremos a los datos de la historia del siglo XVII. Frente a su propio modo de hablar, pondremos los numerosos datos de cautivos de Berbería, que se han publicado hasta hoy. A todas las objeciones levantadas contra su relato, la respuesta de sus compañeros de desdicha se dejarán oír en nuestro lugar.

Si se han de explicar algunas expresiones oscuras, adoptaremos siempre la interpretación más razonable, la más verosímil antes de proponérsela a los lectores.

Nos sentiríamos bastante recompensados por nuestro trabajo, si estos lectores, después de seguirnos hasta el final, quisieran admitir que la tesis de la no-sinceridad de la carta de san Vicente de Paúl incurre en dificultades insuperables y que la prueba no se hecho todavía. “Ningún hombre de acá abajo aceptaría ser juzgado y condenado con tales pruebas”, ha declarado el ilustre historiador, el Sr. canónigo Saltet.

Cuando este hombre lleva el nombre de san Vicente de Paúl, ¿no habrá que pensárselo dos veces para no determinarse a la ligera antes de pronunciar un juicio así?

Tres partes dividen este estudio:

  1. La crítica interna del relato de san Vicente de Paúl sobre su cautiverio;
  2. La crítica externa o argumentos nuevos aportados al debate;
  3. La crítica de las opiniones emitidas y la respuesta a las objeciones dirigidas contra la cautividad.

Algunos documentos, en relación con la cuestión tratada, están publicados íntegramente, con notas explicativas, en el curso de este trabajo.

Una ilustración documental, que reproduce piezas originales, adorna nuestro libro. Es debida a la pluma delicada y experimentada de un joven talento que desea guardar el anonimato, que se nos permita dirigirle nuestro más respetuoso agradecimiento, así como a todos mis cohermanos y amigos que han tenido a bien ayudarnos con sus consejos y sus luces.

PRIMERA PARTE: LA CRÍTICA INTERNA

EL RELATO DE SAN VICENTE DE PAÚL

1. Los documentos

Antes de entrar en la crítica de los documentos sobre la cautividad de san Vicente de Paúl, se ha de hacer una observación importante.

Los defensores de la negativa tienen tendencia a simplificar el problema. No hablan de ordinario más que de lacarta de cautividad. Al reducir y minimizar los documentos, es más fácil de pasar por alto su fuerza; es más cómodo sostener que han sido trucados, que no corresponden a la realidad, que han sido inventados todos, que no dan el relato objetivo de los acontecimientos pasados, y que son fruto de una imaginación aventurera al servicio de un hábil jugador.

Pues bien -y algo que se ha de reseñar desde el principio, -que nosotros sepamos, el joven Vicente no escribió sólo una carta sobre el hecho de su cautividad, escribió NUEVE:

  • la primera al sr. de Commt, desde Aviñón, el 24 de julio de 1607;
  • la segunda al sr. Darnaudin, notario de Dax desde Aviñón, en la misma fecha;
  • la tercera a su madre, desde Aviñón, con la misma fecha;
  • la cuarta y la quinta al sr. de Comet, desde Roma, antes del 28 de febrero de 160;
  • la sexta al sr. de Comet, desde Roma, el 28 de febrero de 1608;
  • la séptima al sr. Dusin, su tío, desde Roma, el 28 de febrero de 1608;
  • la octava al sr. de San Martín, desde París, antes del 17 de febrero de 1610;
  • la novena a su madre, desde París, el 17 de febrero de 1910.

La primera se encuentra en todas las Vidas del Santo. De ésta es de la que hablamos únicamente.

La segunda y la tercera llegaron con seguridad a sus destinatarios. Vicente las había incluido en la carta al sr. de Comet. “Escribo al sr. D’Arnaudin y a mi madre. Os ruego, le dice, que les hagáis llegar mis cartas por hombre a quien el sr. Canterelle pagará”. Estando el sr de Comet en Dax, con una ocasión era suficiente para hacer llegar un correo al Pouy. Estas cartas no se han conservado. ¿Qué contenían? Con toda probabilidad noticias que a él atañían y algún relato adaptado a sus corresponsales del gran acontecimiento de su vida que era la causa de su largo silencio.

La cuarta y la quinta se perdieron por el camino, y nunca llegaron al destino.

San Vicente lo declara en la sexta. Comienza de esta manera:

“Señor, os he escrito dos veces por el ordinario de España que pasa a París y a Bayona, y dirigido dos cartas con el Señor de la Lande para que llegaran al Señor procurador del rey que me acuerdo que son parientes…”. Un poco más adelante dice su contenido:

“Le agradecía, por mis precedentes, por cuidado paternal que tiene a bien profesarme y a mis asuntos, y rogaba a mi Dios, como lo sigo haciendo y lo haré toda mi vida, que quiera hacer la gracia de darme el medio de poderos satisfacer con mi servicio que estáis hipotecado por el precio de todo el bien que un padre puede hacer a su propio hijo.”

Y naturalmente daba noticias suyas -como lo hace en la que remplazó a las otras dos perdidas – sobre su vida en Roma, sobre las relaciones con el vice-delgado y el penitente, sobre su cautiverio.

Terminaba, acusando recibo de las cartas de bachiller en teología y de su ordenación -pero precisando que la copia de estas últimas se había dado por inválida por “no haber sido autorizada por la firma junto con el sello” del obispo de Dax.

Pues como estas piezas oficiales  -las cartas de sus órdenes- son absolutamente requeridas para obtener, por influencia del antiguo vice-legado Pierre-François Montorio, algún honesto beneficio en Francia, suplicaba a su corresponsal y amigo que se las proporcionara sin dilación en buena y debida forma, “con un informe del obispo de Dax, que podría conseguir preguntando sumariamente a alguno de nuestros amigos cómo se me ha reconocido siempre viviendo  hombre de bien, con todas las demás pequeñas formalidades del caso”.

Se puede reconocer incluso con toda legitimidad, que daba en estas dos cartas extraviadas detalles más numerosos y circunstanciados sobre su pasado. En esta sexta carta que las reemplaza, dice en dos ocasiones que es seguido de cerca por la marcha precipitada del religioso a quien confía su misiva.

“Me entristece que no os pueda escribir más sumariamente sobre el estado de mis asuntos debido a la precipitada salida de los marineros poco cortés con los cuales este venerable Padre se va, no a Dax, por lo que me ha dicho, sino al Béarn, donde me ha dicho que el reverendo P. Antonio Pontanus, que ha sido siempre un amigo mío, predica, a quien dirijo mis cartas”.

Y al terminar: “Las prisas me obligan a concluir la presente, mal garabateada, en este lugar…”

Si en una carta escrita a todo correr, san Vicente encontró el medio de revelar algunos de los secretos aprendidos con el viejo médico, de quien había sido esclavo -el espejo de Arquímedes, la cabeza parlante y mil otras cosa bonitas geométricas cuyo conocimiento llenaba de gozo a Pierre Montorio, – ¿qué no habrá podido relatar, en esas cartas extraviadas, redactadas con la cabeza tranquila y toda comodidad?

La séptima carta, salida de Roma, con la dirección de su tío, Señor Dominique, párroco de Pouy, asignada con la segunda al sr de Comet joven, con fecha del 28 de febrero de 1608.

“Estoy resuelto a liberarme de deudas, pues Dios ha querido darme el justo medio para ello. Escribo al sr Dusin, mi tío, y le ruego que me eche una mano en este asunto”.

El historiador P. Collet mostrará a Dominique Dusin, párroco de Pouy en 1623, en el momento en que Vicente encontrándose en Burdeos para una misión a los galeotes, tuvo la idea de realizar la promesa, renovada en todas sus cartas, de hacer una visita a su familia. Dusin recibirá a Vicente en su presbiterio y le dará hospitalidad. Los escritos sobre esta visita hablan de la edificación general que dejó Vicente en el espíritu de todos aquellos que fueron testigos.

En esta misma época (1623) Dominique Dusin es al mismo tiempo por la autoridad del obispo Jean-Jacques Dussault director de la capilla de Buglose.

Esta capilla, levantada hacía poco sobre las ruinas de la antigua y cobijando a una Virgen milagrosa, había sido bendecida con toda solemnidad el año anterior por el obispo de Dax rodeado de numeroso clero y de una gran afluencia de peregrinos.

Como los milagros se multiplicaban desde la renovación de la peregrinación -diecinueve fueron constatados en 1622, veinticuatro en 1623, – Dusin presentó una petición a Mons. el obispo de Dax, pidiéndole el favor de constituir actas auténticas, memorias que se quedaron allí en los archivos de la peregrinación hasta la Revolución. Raymond de Marriol las tenía a la vista cuando escribía su informe sobre Notre-Dame-de-Buglose que acabamos de citar.

La carta de Vicente a Dominique Dusin, su tío párroco de Pouy, no se ha conservado lamentablemente.

Sabemos lo suficiente para afirmar dos cosas:

1º Las deudas de Vicente dejadas en suspenso en Toulouse por su captura en el mar, fueron ajustadas con la ayuda de su tío, en la primavera de 1608.

2º Para obtener este resultado, Vicente se vio absolutamente obligado a explicar las circunstancias de su esclavitud.

La octava carta dirigida al sr de Saint-Martin, fechada en París, tras el regreso de Roma, y mencionada en la que dirigió a su madre del 17 de febrero de 1610, era anterior a ésta por algunos meses. San Vicente, en efecto, escribía a su madre:

“He hablado de la situación de mis asuntos con el Señor de Saint-Martin, quien me ha testimoniado que quería secundar la benevolencia  y el afecto que ha tenido a bien otorgarnos el sr Comet. Le he suplicado que os lo comunique por completo”.

Se puede suponer, sin temeridad, que, si bien escrita en 1610, esta carta al cuñado del sr de Comet nos habría informado sobre todos los sucesos del cautiverio y pos-cautiverio hasta esa fecha.

El sr de Comet joven, que había muerto hacía unas semanas, recibió el elogio que san Vicente no dejó de tributarle, ni de ofrecer sus piadosas condolencias  al sr de Saint-Martin, su pariente, ni de reclamar de éste la benevolencia que siempre había recibido de los dos hermanos de Comet.

En la última carta dirigida a su madre desde París, el 17 de febrero de 1610, -casi tres años después de su regreso de Berbería, – hace alusión con claridad a su esclavitud, y deja suponer, como consecuencia, que su madre y todos los suyos estuvieron al tanto sobre su pasado. Sin ello, las palabras que emplea no tendrían sentido para ellos.

Se excusa en efecto de retrasar tanto su regreso a la región a la que está unido su corazón, pero la estancia, escribe él, que necesito todavía pasar en esta ciudad (de París) para recobrar la ocasión de mi ascenso que me han arrebatado mis desastres…”

Y antes de terminar dice también: “Desearía que mi hermano enviara a estudiar a alguno de mis sobrinos. Mis infortunios y lo poco servicio que haya podido ofrecer a la casa puedan tal vez quitarle la voluntad. Pero que se imagine que el infortunio presente presupone una felicidad en lo futuro”.

Esto, al parecer, era importante resaltar antes de entrar en materia.

San Vicente escribió nueve cartas en las que ha hablado de su cautividad en Berbería a cinco corresponsales distintos:

  • al sr. de Comet joven, su protector en Dax;
  • al sr Dusin, su tío, párroco de Pouy;
  • a su madre, en Pouy;
  • a Pierre Darnaudin, notario en Pouy o en Dax;
  • finalmente al sr Saint-Martin, cuñado del sr de Comet, juez de Pouy.

Su familia y todos sus antiguos amigos le tuvieron así al corriente del infortunio que había experimentado.

Estos documentos de la mano de san Vicente sobre su cautiverio nos proponemos hacer de ellos un análisis exacto y fiel sirviéndonos de rodos los medios de información a nuestro alcance, para demostrar su sinceridad y su inquebrantable autenticidad.

II. La herencia

“Señor, se hubiera dicho hace dos años, a juzgar por la apariencia de los progresos favorables de mis asuntos, que la fortuna no se ensañara contra mi mérito, haciéndome más envidiado que imitado; pero, ay, sólo era para jugar en mi sus vicisitudes e inconstancia, convirtiendo su gracia en desgracia y su felicidad en desdicha”.

Este es un buen comienzo, un tanto solemne, lleno de serenidad filosófica, al que no le falta finura literaria. Hay un poco de complacencia en la oposición de palabras bien señaladas en tres veces, que dan al estilo n aire de búsqueda. La pluma sigue la vieja sintaxis de la época, pero guarda una naturalidad extrema.

Las primeras líneas de la correspondencia de san Vicente de Paúl dejan adivinar a un maestro de la lengua francesa. Todas las cualidades de su estilo se encuentran reunidas en él y el todo forma el encanto. “Su lengua, escribe Calvet, está llena de franqueza, diciendo las cosas directa y abiertamente; está llena de jugo y de vigor, como esos frutos medio maduros que conservan todavía la juventud de la savia. Su frase es ruda y fuerte, sin elegancia mundana, pero sin sosería. Escribe como escribía Enrique IV, como escribirá Bossuet en sus comienzos”.

“Habéis podido saber, Señor, continúa Vicente, pues conocéis de sobra mis asuntos, cómo yo me encontré, a mi regreso de Burdeos, con un testamento hecho a mi favor por una buena anciana de Toulouse, cuyos bienes consistían en algunos muebles y algunas tierras, que la Cámara bi-partida de Castres le habían adjudicado por tres o cuatrocientos escudos que un mal tipo y malvado le debía; para retirar parte del cual yo me encaminé al lugar para vender la posesión, como me aconsejaron mis mejores amigos y por la necesidad que tenía de dinero para satisfacer las deudas que había contraído y los muchos gastos que presentía que me iban a hacer falta en prosecución del asunto que mi temeridad no me permite nombrar”.

El joven Vicente, de forma inesperada y por sorpresa, ha visto su nombre estampado que le lega una modesta herencia. Es pues ya conocido, apreciado, estimado y querido. Es una buena anciana quien le elige entre otros varios, es la primera conquista del Santo. Su edad aleja toda sospecha malévola. Y ¡qué buena es la Providencia! Esta pequeña fortuna le cae bien.

Vicente se puso a proseguir un asunto que debía ser honrado; has hecho un viaje a Burdeos para eso; se ha gastado bastante dinero. El asunto no ha resultado.

El joven sabe ya rodearse de reservas; no nos dice a qué lugar ha ido para ejecutar su herencia, ni qué asunto le ha llevado a Burdeos. Gran lección que renovará con frecuencia después. Este silencio profundo sobre sus asuntos personales supone, en este joven sacerdote, una gran fuerza de voluntad, un dominio seguro de sí mismo, un verdadero carácter.

Adviértase, así mismo, que busca el parecer de personas amigas y que se cubre en sus determinaciones con el manto de la prudencia. Esta será más tarde una de las grandes directivas de su acción. De esta forma es cómo desde las primeras líneas de su primera carta se descubren las notas características que marcarán toda la vida de Vicente y constituirán la originalidad:

  • la amistad de un bienhechor,
  • la estima de la gente del mundo,
  • los cuidados de la Providencia, de la que será más tarde a la vez el instrumento y el teórico,
  • el hombre prudente y sabio que sabe aconsejarse antes de actuar.

Este silencio del que se rodea, en relación con este asunto que su temeridad no le permite nombrar, será su señal característica. Si se lee superficialmente no se ve sino una aventura de juventud fallida. Si se presta atención a quien habla sus palabras pueden ocultar la acción más meritoria o la más heroica, bajo el velo de una confesión de humildad o incluso de culpabilidad.

Téngase pues cuidado, el todo san Vicente está ahí.

“Hallándome en el lugar, prosigue, me encontré con que el galán había salido de la región por una acción que la buena mujer tenía contra él por la misma deuda y me enteré que le iba bien en Marsella y que disponía por allí de medios. Con lo cual mi procurador concluyó (según toda verdad la naturaleza de los asuntos lo requería) que me convenía dirigirme a Marsella, pensando que una vez preso, yo podría tener dos o trescientos escudo. Sin dinero para salir de allí, vendí el caballo que había tomado en alquiler en Toulouse, esperando pagarlo al volver, que mi desgracia hizo que fuera con retraso como grade es mi deshonra al dejar mis cosas tan revueltas; cosa que no habría hecho si Dios me hubiese dado un éxito tan grande en mi empresa como me lo prometían las apariencias. Salí pues sobre este aviso, apresé a mi hombre en Marsella y me arreglé con trescientos escudos, que me hizo efectivos al contado”.

Vicente tampoco dice en qué lugar liquidó su heredad. Según todas sus confidencias, el lugar debía ser una localidad en las cercanías de Castres.

Allí se fue a caballo, como se hacía entonces, en una montura de alquiler. A su llegada se encuentra que el cliente se ha marchado. Contrata allí mismo a un procurador que le dice que el buen hombre está en Marsella donde le van bien los negocios, y le aconseja ir a buscarlo y hacerle pagar por las buenas lo que le pueda sacar.

Pero está el viaje, y Vicente, no habiéndolo previsto, no dispone del dinero suficiente para llevarlo a cabo. Vende el caballo de alquiler, creyendo que al regresar a Toulouse pagará el importe al dueño; y parte en diligencia.

Algunos de sus biógrafos reprochan con amargura a Vicente haber vendido un caballo que no le pertenecía.

Adviértase bien su intención bien explícita de pagar el precio al regreso a Toulouse. No se juzgue de las costumbres de aquel tiempo por las nuestras. Sabemos ya ni viajar a caballo, ni con exactitud qué es un caballo de alquiler. Entonces el caballo era el principal medio para desplazarse; y se agenciaba uno como hoy se compra un billete de tren o de autocar. Para Vicente volver a Toulouse era perder tiempo y dinero, era volver la espalda a Marsella. Con los papeles en mano, se aprovecha de las circunstancias para liquidar este asunto en su beneficio.

Si estaba sin dinero para continuar su ruta hacia Marsella no quiere decir que era un menesteroso. Podía tener en reserva, no ya una fortuna, pero alguna suma conveniente para su residencia de Toulouse. No había tomado a su partida lo necesario para el viaje a los alrededores de Castres. No cometía pues entonces la menor falta moral -en las circunstancias en que se hallaba- al vender su caballo de alquiler, decidido como estaba a devolver el precio a su regreso. Además, es posible que se lo haya hecho saber mediante carta al propietario del corcel. Sin la captura en el mar, no habría dejado esta deuda en suspenso: esta disposición muestra que era un hombre concienzudo.

Ya está Vicente en la ruta de Marsella: tiene la dirección de su hombre, la orden de su procurador para su captura. No pierde el tiempo. Se le junta, le hace apresar, y ahí se entiende con él en trescientos mil escudos.

Aunque se vea el método algo extraordinario, era legal. Era costumbre del tiempo. Se podía seguir sin ser tachado de injusticia, sin pasar por cruel. Podía aplicarse sin escrúpulo en relación con un deudor recalcitrante que se hubiera escapado a doscientos kilómetros para no pagar sus deudas.

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