San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (15)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Henri Lavedan · Translator: I. Fernández. · Year of first publication: 1928.
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San Lázaro

Tracemos ante todo el cuadro. El lugar carecía en aquella época de la terrible fama de días posteriores. No inspiraba ni atracción ni repulsión. Años después, el Te­rror, le dio la fama de crimen y martirio, convirtiendo a sus viejos muros, en la paz corrompida que sucede a los di­luvios, en prisión tétrica de mujeres culpables o enfermas y transformándolo en morada de siniestra y punzante me­lancolía, en una especie de purgatorio donde, hasta nues­tros días, preside y sonríe la Bondad.

Mas cuando Vicente y la falange de sus sacerdotes, hubo tomado posesión de la antigua leprosería sin un solo leproso, se convirtió al instante en uno de los lugares más famosos de París y de Francia.

Para todos los religiosos y laicos observantes, fue el lugar de entrevistas cotidianas y de moda, de la santa mo­da, en que el brillo de la piedad los llevaba a encontrarse, como el palacio real era el centro obligado de los paseos y las maneras elegantes. Bajo las arcadas de la mansión se reunía la concurrencia. Era fácil reconocer en su porte las personas importantes que allí acudían. Entrar, era en­contrarse en medio de una inmensa colmena. Se diría que fuerzas irresistibles empujaban al interior. Allí vibraba la actividad silenciosa y sin ostentación, que a pesar de sus libertades e incoherencias era en general ordenada y re­gulada. La mayor parte de los parroquianos sabían el re­corrido a través de galerías, corredores y pasadizos y se orientaban a través de aquel dédalo de varios pisos que era el enorme edificio de San Lázaro. A veces circulaban lentamente y con los ojos cerrados, pues estaba de más abrirlos en los rincones obscuros o apenas, iluminados, otras, los pasos se hacían más vivos allí donde los altos ventanales hacían deslizar sobre el embaldosado su lluvia luminosa.

El edificio ofrecía al que llegaba, perspectivas pro­fundas de cuarenta o cincuenta metros donde campeaban tantas puertas que era imposible sustraerse a la tentación de contarlas y hasta de abrirlas mentalmente una a una. Las ventanas se contaban por centenares y lo mismo las escaleras construidas para ser subidas y bajadas cuantas veces se quisiese, escaleras anchas, rectangulares, de esca­lones indestructibles, de descansos amplios como habitacio­nes y barandas de encina tan gruesas y nobles como las de piedra del Louvre o del fastuoso Hótel du Marais, con pasaderas del espesor del brazo, en que la caricia de las palmas había puesto el lustre del ágata.

Imaginemos por estas galerías y escaleras a los di­versos miembros de la casa, los del oratorio y del refec­torio, los reposteros y enfermeros, el barbero y el sacris­tán, el boticario y el sastre, los hermanos laicos, los sir­vientes, aguadores y leñadores, cada uno haciendo su re­corrido conforme a las exigencias de su oficio. En medio de todo se distinguen los Padres de la Misión, de todas las misiones de las cuales San Lázaro es ahora la cuna ru­morosa, y el hogar, el punto de partida y de regreso. Las cofradías de hombres y mujeres cuyos efectivos Vicente úl­timamente ha multiplicado, y cuyos directores llegan allí y pasan la noche entre dos jornadas, le informan o piden órdenes en busca de nuevos objetivos… Vicente no per­tenece ahora a sus obras, como en los comienzos de su apos­tolado. Con el tiempo, habiéndose acrecentado el compli­cado conjunto de estas obras y aumentado por medio de las filiales, sólo con dificultad consigue estar al tanto de todas ellas. Además ha de considerar y emprender obras nuevas (le inspiración ajena, que habrá de dirigir, unas veces factibles, otras débiles, que esperan de él la vida que su gran corazón es incapaz de rehusarles.

He aquí cómo se explica la presencia continua y agi­tada de esa muchedumbre que «no es de la casa» y de la cual podría decirse: «¿Quiénes son? ¿Qué vienen a hacer?».

Ya lo sabemos. Allí se veía de todo: vestidos y toca­dos de los más diversos modelos, religiosos predicadores o mendicantes, labradores enjutos y rapados, colosos barbu­dos, capuchinos de todos los climas, del norte y del medio­día ; penitentes blancos, azules, negros; hábitos de todos los tonos, lienzos de los más diversos colores ; monjas de todas las órdenes alrededor de su abadesa, delegadas de hospicios y claustros: hombres y mujeres de iglesia veni­dos de muy lejos, desconocidos la víspera, emparentados, sin embargo, en la diferencia original y vecina de los cin­turones, cruces, escapularios, cordones y agnus Dei que los individualizaban.

Aquello parecía una Babel en pequeño donde se oían todas las lenguas, traducidas al latín cuando era necesario y donde se encontraban los fatigados y polvorientos pere­grinos de España y de Italia, apoyados en su bordón, de piel amarillenta de terracotta, que habían caminado cientos de leguas para contemplar unos instantes al santo y después volverse a sus tierras. Muchos erraban por los corredores devorados por secretas esperanzas o se acurrucaban en un rincón oscuro como después de un naufragio. ¿Quién se hubiera atrevido a arrojarlos?

No todos inspiraban tranquilidad. Mendigos profesio­nales con mirada de lobo y signos cabalísticos tatuados en la frente y en el pecho, crispaban sus dedos sobre el mal empuñado crucifijo, como sobre un puñal. Pero fuesen lo que fuesen eran pobres y miserables, representantes de la miseria, y así, nadie los inquietaba. Tal vez entre ellos Se ocultaba algún asaltante en vías de conversión o algún galeote evadido que sintió en la fuga la nostalgia por su an­tiguo capellán. ¡Cuánta seguridad tenían estos últimos de ser recibidos con los brazos abiertos!

Descendiendo a la planta baja, hacia las cocinas y des­pensas, nos encontramos con los vendedores de hortalizas, carniceros y demás proveedores; afuera junto a las puer­tas que dan a la calle se alinean las filas de pobres famélicos que esperan su turno para llenar sus vasijas con las sobras de comida y sopa caliente. Por todas partes un mundo especial en que se confundían todos los mundos, muchedumbre que variaba según la estación, la circunstan­cia y la hora.

Las pláticas de los martes y los retiros

Cuando Vicente a instigación de su amigo el señor Olier, futuro fundador de San Sulpicio, comenzó a reunir una vez por semana en San Lázaro, a los ordenandos para acrecentarlos en el fervor, las conferencias del martes se vieron tan concurridas que San Lázaro desbordaba. Todos querían asistir, pero como esto era imposible se hacía ne­cesario escoger entre la muchedumbre de aspirantes. En­tre éstos se hallaba un joven borgoñón, rubio y sonrosado que escuchaba ávidamente a Vicente, bajo los repliegues de un cortinado. Su nombre era Bossuet: tal discípulo para tal maestro.

Las conferencias adquieren tanta resonancia que el cardenal de Richelieu celoso de una fama no procedente de su persona, determina visitar a «aquella celebridad». Deslumbrado, declara poco después a la duquesa d’Aigui­llon: «Tenía una gran idea del señor Vicente; pero des­pués de nuestra entrevista lo considero como un hombre extraordinario«. ¡Sólo la seductora modestia del capellán y sus humildes vestiduras fueron capaces de conquistar a su fastuosa y celosa Eminencia! ¿Pero quién no hubiera sido vencido por la dulzura y el brillo de su fe? Bajo un exterior débil e inerme, llevaba en sí el secreto del triunfo. Además de las conferencias de los martes que acababan de ser aprobadas —casi diríamos absueltas por el gran inqui­sidor—, inaugura los retiros para sus sacerdotes, pues el bien e interés de éstos suscita en él nuevas iniciativas. Si después, otros, deseosos de recoger a su vez una parte del bien efectuado, se aprovechan de ello, tanto mejor. El que descubre una fuente puede permitir beber en ella a los demás después de haberse posesionado de la misma. Tal fue el origen de casi todas las obras de este descubridor de manantiales del espíritu.

La nueva forma de retiros cobró desde sus principios una importancia extraordinaria. ¡Cuán distintos de los que hasta ahora se habían tenido! Estos eran una verda­dera explosión que levantaba nubes de polvo, una verda­dera moda o manía. Moda y manía casi sagrada, sin nada de profano, sin elementos impuros, animada de un ímpetu tan brusco y patente que todos sus secuaces, oyentes y actores, se encontraban como fuera de sí, excepto su creador, en quien toda agitación exterior acrecentaba la serenidad de es­píritu.

Entonces apareció en San Lázaro una muchedumbre asombrosa compuesta de gentes que en otro lugar jamás se hubieran rozado y que allí se trataban sin la menor sorpresa. «En los bancos del mismo refectorio se encon­traron de la noche a la mañana, juntos y sin el menor re­paro jóvenes y ancianos, clérigos y laicos, doctores de la Sorbona y analfabetos, nobles y plebeyos, obreros y magistrados, pajes y caballeros, siervos y señores, todos al mismo nivel«, todas las clases sociales representadas y confundi­das en un acercamiento que ningún otro sitio, ni la misma iglesia, podía ofrecer. Si se tiene en cuenta que los fieles, durante su reclusión voluntaria, estaban obligados a comer y dormir allí mismo, se tendrá una idea de la efervescencia que en esos días animaría a la inmensa casa.

Probablemente algunos pocos estaban dispensados de la obligación de pasar allí la noche; pero lejos de eludir esta última costumbre la solían aceptar con agrado, pues formaba parte del programa de penitencias al que los par­ticipantes se adherían con ardor y entusiasmo. Esto último hacía que escasearan las habitaciones o que fueran ocupa­das por varios a la vez. Se improvisaron dormitorios comu­nes pero sin lograr dar cabida a todos los aspirantes. Además del aprovechamiento espiritual, compensaban las en­tradas los cuantiosos gastos? Con excepción de los ricos que pagaban generosamente los beneficios de Dios, los de­más poco o nada ofrecían, de tal manera que bajo el as­pecto práctico, Vicente no podía gloriarse de la excelen­cia del negocio. ¿Pero pesaban estas razones cuando se tra­taba del enriquecimiento de las almas? Nuestro capellán no se inquietaba en lo más mínimo. A veces, ante la ame­naza de deudas al parecer insolubles, le aconsejaron desis­tir; era lo mismo que alentarlo. Su aparente imprevisión era en él efecto de una certeza prevista y segura.

Como casi todas las grandes empresas religiosas que surgidas de la nada han conquistado al mundo paulatina­mente, alimentadas con recursos módicos e irregulares, las obras de este creador magistral tan prudente y reflexivo vivían al día y no solo vivían, sino perduraban, prospera­ban y se extendían sin garantía alguna contra los obs­táculos entrevistos que podrían comprometer su prosperi­dad. Se diría que la exigüidad de los recursos era la me­jor garantía del éxito. Otro que no fuera Vicente hubiera perdido la cabeza. El, por el contrario, nunca se mostraba tan tranquilo y seguro como cuando todo parecía ir mal y todos desesperaban. En verdad admiraba su sistema es­pecial de conjurar el peligro. Podía creerse que con tal objeto «daría máquina atrás», que acudiría al ahorro o a la tacañería, presa de una fiebre de economía por lo de­más inútil.

Su conducta era muy diversa. Redoblaba generosamente los gastos con increíble osadía. «¡Dios nos los volverá con intereses!«. Sus misioneros se inquietaban:

—Padre, estamos recibiendo en los retiros a muchos que no pagan…

—¡ Por Dios!¡ Qué le hemos de hacer, si todos quieren salvarse!

El procurador llega despavorido:

—Señor,¡ no nos queda un céntimo para mañana!

—¿Ni un céntimo? ¡Valiente noticia!¡ ¡Bendito sea Dios! El será ahora nuestro procurador, El nos procurará lo necesario mejor que vos y yo. Volved a vuestra oficina.

Cierto día, dando oído a las advertencias de sus com­pañeros alegando que se admitía a todo el mundo por com­placerlo, respondió:

—Pues bien; hoy haré yo de portero. Yo mismo me encargaré de seleccionar y admitir a los que deseen en­trar en retiro.

Jamás fueron recibidos tantos candidatos como aquel día y con tanta amabilidad.

«¿Qué queréis, explica, no pude tomar sobre mí la responsabilidad de rechazar a nadie».

—¡ Señor, suspira un buen hermano en el colmo del apuro, no hay más habitaciones disponibles!

—¿Que no? Ahí está la mía, utilizadla.

Y al otro día el dinero llovía del cielo en cantidad inesperada que sobrepasaba las necesidades.

—Ya lo veis, sonreía Vicente, le pedimos un poco y nos da mucho.¡ Oh, mi Dios!¡ Sed razonables y que baste con lo sucedido!

La asistencia a los retiros era de unas ochocientas per­sonas por vez; el movimiento no decrecía.

Cada nuevo retiro parecía superar a los anteriores en fruto y esplendor. «No había en París ningún eclesiástico ni persona de mérito que no hubiera estado en ellos». Bossuet, que siendo simple ordenando los había escuchado, hizo de ellos su primera cátedra ensayando su voz ante los grandes del mundo.

Pronunciadas las últimas palabras del sermón de clau­sura, cuando la casa quedaba silenciosa después que los participantes volvían a sus casas en posesión del precioso tesoro, ¿se daría Vicente un poco de reposo?

Pasados los días de excepcional afluencia, el movi­miento normal de la vida era bastante para animar y ocupar a Vicente más allá de las fuerzas humanas.

Las mujeres, que durante aquellos días reservados exclusivamente a los hombres se veían alejadas y privadas de su Padre amado, corrían a él en tropel deseosas de re­cuperar el tiempo perdido.

Y no solo acudían las plebeyas y humildes, sino tam­bién las damas de sociedad para confesarse, comulgar, para solucionar dificultades de familia y apaciguar tempestades de conciencia o escrúpulos… tanto por razones serias co­mo por las más fútiles.

¿No debía satisfacer a todas sin parcialidad, no sólo a las privilegiadas, a las cuales no convenía dar lugar a pensar que el prestigio de su rango era causa de tratarlas con menos consideraciones que a las de «humilde cuna» cuya vida era con frecuencia mayor? Vicente testimonia­ba a todas igual afecto de modo que las más indiscretas antes se cansaban de hablar que él de escucharlas.

Le placía ver en las más virtuosas a las reemplazantes de aquellas desaparecidas damas de Gondi y de Maigne­lais, sus amigas espirituales predilectas. No podía arriesgar un paso fuera de su habitación, pues se le acechaba ince­santemente. «¿Dónde está? ¿No lo han visto?«. A ve­ces tenía que esconderse. Por fin lo divisaban; entonces resonaba una sola voz: «¡Aquí lo tenemos!«.

Las puertas rechinan, la gente acude, se inclina, se arrodilla, llora. Cada cual busca aproximarse lo más que puede para poder tomarle las manos, estrecharlas y be­sarlas. El las retira enternecido y confuso. «¡Basta, basta, reportaos!«. Entonces lo dejan libre, mas no mucho, co­mo para poderlo contemplar. ¿Este es el señor Vicente? ¿Este hombre de baja estatura, de cabellos escasos, de boca desdentada que sonríe con su mentón blanco y sus mejillas de anciana nodriza? Sí, es él. ¡Pero cuán atractivo!¡ Parece un pobre y un campesino convertido en un Venerable de la plebe y un Santo de estrado!

Su afabilidad lo lleva a dispensar atenciones a todos los visitantes a pesar de las circunstancias. A veces era una orden que se le pedía, un consejo, un permiso, una di­rección, un nombre, una noticia que no era discreto co­municar ante oídos extraños. Otras, personas virtuosas que trabajaban «como hadas» en el bordado de una ca­sulla, o que en la habitación vecina gemían, desplegando un roquete de encaje. ¡Ah!¡ Todos aquellos obsequios! Buen cuidado tenía de no aficionarse a ellos y hasta de prohi­birlos, pero nunca se veía libre de ellos. De la noche a la mañana recibía de París o de las provincias objetos pre­ciosos o de escaso valor, imágenes piadosas, escapularios, medallas, cirios, un sinnúmero de cosillas que los pobres le mandaban en cumplimiento de un voto o como recuerdo de sus tierras… Vicente lo aceptaba todo pero no conser­vaba nada. Cuando eran flores ordenaba: «Riéguenlas, y pónganlas en la capilla»; cuando eran frutas: «He aquí el postre de mis enfermos»; cuando era pan: «Dénlo a los pobres, mientras esté fresco»; cuando eran huevos o leche: «A los niños expósitos».

Tenía un cuarto lleno de estas ofrendas que se reno­vaban sin cesar.

Además, cuántas molestias provenientes de los que traían polvos, elixires, hierbas, aguas, «que curan todas las enfermedades; de los curanderos «que curarían con seguridad al señor Vicente de sus achaques y su cojera».

De repente llega un hombre cubierto de polvo y su­dor, enlodado, hasta los ojos. «¿Qué quiere ese tal?«.

—Señor, replica el portero, es un correo de Lorena.

—¿De Lorena? Venid, pues, amigo mío.

Le hace señal de que entre. El portero le tira suave, mente de la manga:

—¿Qué otra cosa?

—¡Señor! También está ahí el duque que vino ya dos veces y espera impaciente.

—Bueno… Ahora estoy ocupado. ¿Es ese que gol­pea la puerta con los pies?

—¡ Oh, no, señor! El que golpea es un pobre loco que encerré. Dice que es el Papa y está molesto por no po­der veros.

—¿Un loco?¡ Dios nos lo envía! Lo veré inmediata­mente después del correo de Lorena, antes que al duque.

De esta suerte podemos imaginarnos a San Láza­ro en continua gestación y producción de vida pululante, verdadero hormiguero humano en el que Vicente era la cabeza, el corazón y el rey. A los innumerables trabajos y desvelos impuestos por tal ministerio, añádanse los viajes que lo llevaban a donde quiera que fuese útil su presen­cia, a su cara Lorena, a Trois-Evéques, al Franco Conda­do, a la Champaña, a Borgoña, a Picardía, a cualquiera de las desdichadas comarcas víctimas del pillaje y de la gue­rra, roídas como huesos, tan devastadas que no era posible formarse una idea de sus miserias más que encontrándose entre sus ruinas y escombros.

El conocía los horrores de la guerra tan bien como Callot. Como éste, hubiera podido reproducirlos, de do­minar el arte del buril. Aunque incapaz de los diseños del vigoroso grabador los conocía mejor que éste, pues ade­más de la miseria exterior vívidamente captada por el ar­tista, había llegado, como sacerdote, a las profundidades de la miseria interior. A través de las llagas y las torturas de los cuerpos, de los techos en llamas, de las murallas en ruinas, había sondeado las heridas de los corazones y de las almas martirizadas… y conservaba las planchas mor­didas por un buril más cruel que el del grabador.

Estas otras imágenes cuya visión sólo él podía con­templar, sangraban y se revolvían en su pensamiento, se imprimían en cuadernos más dolorosos que una colección de ejecuciones en la horca y descuartizamientos. Apenas desprendidas del hogar convertido en un montón de rui­nas humeantes, comenzaban a perseguirlo: entretanto él rogaba a Dios para que resucitase las buenas tierras de Francia, suplicándole en su sublime mansedumbre por la salvación de los asesinos.

Además de los inocentes le preocupaban los culpables. Las hordas de bandidos croatas, bohemios, húngaros, sue­cos, italianos; la flor de las tropas mercenarias, los con­dottieri de cascos empenachados, señores de desastres, los Piccolomini, los Wallenstein, los Mansfeld que cobijaban la ruina bajo los buitres y halcones de sus estandartes eran quienes más excitaban la compasión de Vicente y provo­caban su generosidad. Deseaba ardientemente que se arre­pintieran para que Dios les otorgase el perdón. Quería la salvación de todos, atm de los verdugos, única recompensa de las víctimas, según su modo de pensar.

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