San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (14)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Henri Lavedan · Translator: I. Fernández. · Year of first publication: 1928.
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Quinta parte: In extremis — In excelsis

El engranaje

Las Hermanas de la Caridad, o las «Hermanas grises» de entonces, como el pueblo las llamó en un principio, dis­ponían de una sola casa en el villorrio de la Chapelle: la mansión de la señorita Le Gras. Pero viendo ésta que su domicilio se hallaba muy alejado de París, decidió insta­larse con ellas frente a San Lázaro. Así podían comuni­carse cómodamente con su director quien las instruía en pláticas memorables inspiradas en aquel espíritu sencillo y paternal, base de su encanto y eficacia.

Habiendo, pues, formado las famosas Cofradías de hom­bres y mujeres, organizado y extendido sus misiones sin detrimento de la vasta labor o que le obligaba su cargo de Capellán de Galeras como consultas, sermones, correspon­dencia, visitas, viajes, espinosas cuestiones de dinero, de conciencia, podría arrogarse si no el derecho al reposo —que para el temerario señor Vicente hubiera signifi­cado la deserción y el pecado— al menos el de limitarse a desenvolver el gigantesco programa, concentrando en él sus actividades. Pensar de ese modo sería conocerle mal. No sabía limitarse en la práctica del bien. Su complexión y temperamento le exigían «empresas» sin descanso y pró­digas multiplicaciones al servicio del prójimo. Cuanto más hacía, más quería hacer y más encontraba por hacer. Las grandes perspectivas lejos de amedrentarlo lo estimulaban. Sólo la timidez y la reserva eran capaz de descorazonarlo.

Como si el colosal y desierto edificio de San Lázaro, donde apenas instalado con su escaso personal sintió el te­mor de su propia flaqueza, hubiera despertado en él el santo anhelo de animarlo y poblarlo, se irguió y agigantó como el nuevo señor que contempla sus vastos dominios go­zoso de descubrir lo extenso de su posesión y la riqueza de sus recursos. Su mirada abarca aquel ardiente lugar de acción interior y exterior en que había de transformarse el triste conjunto de salas muertas y galerías frígidas del palacio desierto, en espera de su voluntad para despertar y desbordar de la gloria de Dios.

Desde aquel día el señor Vicente convirtió la antigua leprosería en su cuartel general. Colmena extraordinaria y en continua efervescencia, San Lázaro era un mundo y para Vicente el único mundo al que lo ligaban los lazos que en él se había creado. Sólo allí se sentía en plena po­sesión de su personalidad, en plena armonía de cuerpo y alma y en disposición de cumplir su destino. Allí estaba su patria, allí le parecía haber nacido y allí esperaba mo­rir. Cuando volvía de las provincias abrumado, casi sin voz por haber predicado centenares de veces a los pobres de la campaña o después de las fatigosas visitas a los hospitales y a las cárceles, y se encontraba de nuevo en su estrecha celda de lisas paredes, recobraba al instante las fuerzas y respiraba un aire más vivificante que el de los grandes espacios abiertos. De 1628 a 1660 durante los treinta, y dos años que debía aún misionar, allí vivió, y allí nacieron las fuentes y arroyos de caridad destinados a con­vertirse en ríos caudalosos, hijos de su múltiple genio.

Nos faltaría espacio y tiempo para narrar la historia larga y difícil de esfuerzo perseverante y los espléndidos resultados que finalmente le coronaron. Otros lo han hecho con la ciencia y autoridad necesarias en obras tan numerosas que formarían una biblioteca entera, sin agotar por eso el tema. Vicente de Paul continúa siendo después de su muerte tan inagotable como durante su vida: prodiga y se prodiga. Tómese cuanto se quiera de sus lecciones y ejemplos; el acervo de sus enseñanzas permanecerá siem­pre íntegro. En los repliegues de su generosa existencia quedará suficiente oro y plata para alimentar, instruir y refrigerar a los sedientos y hambrientos de perfección. Su recuerdo perdura entre el tesoro moral de todos los santos como los que se conservan en las basílicas, a veces en una sencilla capilla que son admirados por lejanos peregrinos. De igual manera Vicente de Paul, tesoro de Francia y de la Iglesia está patente en todos, en todo momento y gratis. Pero_ en lugar de ostentar su imagen adornos deslumbran­tes de pedrería, sólo se ven en ella inscripciones de rasgos austeros y poderosos como los de su escritura, como los de «Vicente de Paul, presbítero», que dicen: «Cofradías… Hospitales… Cárceles… Galeras… Campesinos… Lepro­sos… Dementes… París… Provenza… Italia… Polo­nia. .. España… Berbería… Madagascar… Retiros… Sermones… Correspondencia. . . Caridad: sus Hijas, sus Damas… Ancianos, niños, los pobres de Picardía, de Champaña, de Lorena, Consejos, Deberes… Los hombres, Dios… Amén».

He aquí los diamantes de su espíritu, las perlas de su amor, los rubíes de su celo.

Fundó, pues, sus Hijas de la Caridad, o como él de­cía, «ellas mismas se fundaron». Después de 1629 cobra­ron importancia, lograda, eso sí, poco a poco. Las obras de Vicente no son cosa de un día. Los comienzos de la obra fueron muy modestos. Las valientes jóvenes eran desig­nadas por su nombre de pila seguido del de la parroquia en la cual trabajaban: Margarita de San Pablo, María de San Lorenzo…

Nadie sospechaba, ni siquiera ellas mismas, que lla­madas así por un santo del cielo, llevaban un nombre de la más alta nobleza y que pese a su humildad formaban la aristocracia de la virtud. Al principio, siendo escaso su número, fueron agregadas a las Damas de la Cofradía de la Caridad. Estas últimas respondieron perfectamente a su cometido mientras se trató de figurar en la asociación, de distribuir limosnas y visitar a los pobres. Pero cuando fue menester algo más que dinero y buenas palabras, soco­rrer a los desgraciados en toda forma, aplicar sobre sus miserias la mano y el corazón, se las halló menos diligentes. Unas se excusaron por su situación, otras por falta de tiem­po, de salud o de experiencia; la mayor parte se hicieron sustituir por criados en el alivia de la miseria, lo cual no concordaba con la idea de Vicente. Las Elijas vinieron a llenar este vacío. Su acción dio lugar a las más halagüe­ñas esperanzas. El santo, siempre que podía, las reunía en San Lázaro, para instruirlas con sus suaves lecciones. Al principio les dirigía breves pláticas aclarando su voca­ción particular y el privilegio de servir a los pobres… más tarde a medida que la obra tomaba cuerpo, las desa­rrollaba más ampliamente hasta convertirlas en confe­rencias.

Lamentamos no poseer otra palabra menos académica, porque en realidad eran charlas cordiales y afectuosas, im­pregnadas de ternura paternal. Desconocedor y enemigo de artificios oratorios, alcanzaba sin pretenderlo el nivel de la elocuencia evangélica. Procuraba que sus charlas no se limitasen a un simple monólogo; se ingeniaba para que tomaran parte sus hijas a las que conocía en particular según su carácter y cualidades. A veces, las interrogaba repentinamente: «Veamos, Brígida de Saint-Jacques… «, con aquella amabilidad fina y pura que da confianza y aun osadía de buena ley a los más tímidos, siendo recom­pensado con creces por la franqueza y libertad con que ellas exponían sus dificultades, dichosas de acercarse más a él y afianzar su filiación espiritual.

Así las vemos después de tres siglos animadas del mis­mo espíritu de los tiempos heroicos en que charlaban con el señor Vicente. Su encanta irresistible no ha declinado ni variado. Siempre han conservado el juicio recto, y leal, la frente serena y un no sé qué de franqueza y vivacidad que las distingue. La hermana de San Vicente ignora la tristeza. ¿Se las ha visto alguna vez llorar? No. Todo en ella es alegre, con alegría serena, infantil y límpida, pero resuelta y popular. Porte, gestos, tono de voz, la danza y el tintineo de sus llaves, el entrechocar de las cuentas de su rosario, la nieve y las alas de su toca, su risa de recreo, su espíritu de iniciativa, su adaptación instantánea a las más graves circunstancias, proclaman y contagian la ale­gría histórica que las hace correr al dolor como hacia un manjar exquisito.

Doce años han de pasar para que la gran obra se afiance. No existen reglas ni constituciones, por lo menos escritas. Las cosas marchan buenamente sostenidas por la gracia de Dios y la asidua vigilancia del señor Vicente que aguarda el momento de fijar los estatutos de la Orden, a los cuales su prudencia temperamental no quiso dar forma de ley hasta no ver a la institución suficientemente proba­da. Antes que la letra, exige la práctica. Sigue el ejemplo de la Iglesia, que sólo se decide a promulgar una ley des­pués de largas experiencias. Las Hijas de la Caridad no alcanzan a cubrir la demanda de las Cofradías que de todas partes las reclaman. En 1641 se consagran a dos nuevas obras, las escuelas de párvulos y los asilos.

La caridad tiene su lógica, su fuerza inherente e inin­terrumpida de expansión. Los acontecimientos expuestos se suceden como en virtud de un orden predeterminado, pa­ra irse cumpliendo en su debido tiempo y lugar, justifican­do la calurosa fe de Vicente, pero sin dejar de atormen­tarlo, pues el encadenamiento trae consigo un movimiento propio impuesto por sí mismo hacia rumbos imprevistos. Es necesario marchar, y más rápida de lo que se quisiera. Avanzar es una ley humana o sobrehumana y los caracte­res sabios y reflexivos que apartándose del mundo han to­mado el estrecho camino que los aparta de la agitación no se ven libres de aquel otro trajín interior que les está re­servado en la senda del deber. No todas las tentaciones proceden del demonio. También existe el espíritu maligno del bien que a cada instante asalta a sus favorecidos, co­nocedor de sus escrúpulos y piadosa timidez. Al llegar la vejez, en el tiempo en que llenos de días y de méritos, sa­turados de privaciones, hartos de sacrificios, se sienten in­clinados a creer que lo hecho es suficiente y que ya care­cen de los medios para llevar a cabo nuevos planes en cuya ejecución fracasarían, entonces se acerca el ángel para excitarlos y reconvencionarlos. —¡No has terminado aún! ¿Es miedo o cobardía? Considera lo que te resta por hacer. Obedece a mi llamado, lánzate a la meta. No alegues tu edad o tus achaques. Nadie es demasiado anciano para in­teresarse por los ancianos ni demasiado achacoso para des­cender hasta los niños. Alarga tus años en los primeros, rejuvenece en los segundos. Suaviza los dolores con tu son­risa y tu mansedumbre».

Vicente no necesitaba semejantes amonestaciones. Las voces de esperanza y de socorro resonaban continuamente en sus oídos. Las posibilidades de hoy —imposibilidades ayer— lo acicateaban. «En verdad, se reprochaba, mi con­ciencia y sus llamados están en lo cierto. En realidad no he hecho ni la mitad, ni la cuarta parte de lo que debiera.

Las ciudades y los campos se han removido sin beneficio del pobre, existen cofradías de hombres, de mujeres; Hijas y Damas de la Caridad; todo ello bueno y excelente. Pero, después de esto, ¿me entregaré al reposo? Los niños tienen escuelas y asilos… pero para poder ser recibidos en ellos, han de entrar primero en la vida, comenzando por los que jamás tendrán cuna y son ahogados apenas ven la luz, lan­zados por una ventana, arrojados en un muladar para ser pasto de las ratas o deformados por los verdugos de sus padres, quienes les aplanan la cabeza y tuercen los miembros para convertirlos así en monstruos de la natu­raleza y miserandos mendigos… como lo pude ver yo mis­mo una noche; por fortuna arranqué al inocente de las tenazas del miserable y lo llevé sin sentido a la Casa Cuna de la calle Saint-Landry. Pero según me han dicho, esta casa vale poca cosa. ¡Otro problema que me preocupa! ¡Los niños! ¿Es que ya no existe la misericordia? Me he propuesto no comenzar obras nuevas y ahora se presenta una nueva y urgente… ¡Tanto peor!… No, tanto me­jor. ¡La llevaremos adelante! ¡Y a mis buenos amigos los galeotes que me son tan queridos, a quienes debo tanto y que tanto me han enseñado, tendré que abandonarlos? Por el hecho de haberlos consolado con una que otra palabra, con algunas visitas, ¿puedo dar por saldada mi deuda para con ellos, para con sus cuerpos martirizados, para con sus almas más atormentadas aún? ¡De ninguna manera! Re­cuerdo que una vez, en Marsella, conmovido ante el as­pecto de sus miserias, pensé que un hospital para ellos solos les sería muy útil.

Después todo pasó, como el agua bajo el Puente Nue­vo… ¡Y ellos me esperan! ¿Dónde tengo la cabeza… y el corazón? ¡Cuanto antes, la primera piedra! Con el tiempo que se tarda en edificar, ¿veré alguna vez el te­cho? ¡Poco importa! Empecemos por los cimientos, que el techo, si no vivo, lo veré desde allá arriba. i Dios mío! ¡Mi llares de visiones me asedian, millares de luces me ilumi­nan! Por ejemplo, los sufrimientos de los campesinos, in­creíbles, e imposibles de expresar con palabras. Convendría describirlos y relatarlos crudamente, imprimirlos y distri­buirlos en las puertas de las iglesias, en las plazas, en los mercados. Sería un medio poderoso para tocar el corazón de las gentes y arrancarles limosnas del bolsillo. Esta idea me parece muy digna de ser tenida en cuenta. La idea por cierto es brillante, pero todo se me ocurre a la vez. ¿Qué hacer pues? El pensar en los pobres campesinos me apesa­dumbra. Sé que a pesar de nuestras limosnas y auxilios, su alimentación deja mucho que desear. Sería de gran pro­vecho distribuir semillas entre los labradores, para que puedan sembrar sus campos devastados por las guerras. ¿Y qué pensar de los cadáveres insepultos que contaminan el aire con peligro de desencadenar la peste? En un rin­cón de mi cerebro reservo un plan: instituir una compañía a la que llamaría «de los saneadores», encargada de en­terrar a los muertos y hacer desaparecer las inmundicias. Triste trabajo, sin duda, para el que se ofrecerán conta­dos candidatos. Pero en caso de no comparecer ninguno, ¿no están mis misioneros y mis hijos que con sumo placer me darán una mano? Verdad que debido a los viajes que han de hacer por las provincias devastadas, Toul, Verdun, Nancy, Bar-le-Duc, Saint Mihiel, Pont-á-Mousson, adon­de les he enviado a llevar socorros, se hallan sobrecarga­dos de trabajo. A pesar de su entusiasmo y valor, ¿podrán estar en todas partes? Sin tener en cuenta que también la Picardía tiene gran necesidad de sus visitas. ¿Entonces? También quisiera… .¡Ah, Señor, no me inspiréis más pla­nes, porque con ello me desoláis! Pero…, ¡perdón! Antes bien, ¡mostrádmelos cada día en mayor número!… «.

Estos pensamientos resuenan continuamente en sus oí­dos durante un cuarto de siglo, como un juego de campa­nas. Al escuchar sus sones se sentía conmovido y feliz. «¡Oh, mis campanas!», exclamaba ante el concierto de tantas sugestiones y proyectos imperativos que retumbaban en su conciencia como toques a rebato. Todas esas empre­sas y otras que omito, vinieron en su tiempo y hora a ofre­cer el remedio, a cerrar el rumbo de agua, a llevar la sa­lud. ¿De qué manera? ¿Por qué medios secretos y mis­teriosos?

No se lo preguntéis. Os responderá con su refrán de siem­pre: «Buena y sencillamente». Pero si se observan las con­diciones especiales en las cuales Vicente hubo de encauzar y llevar a término sus obras, prescindiendo de la impor­tancia y cantidad de las mismas, quedaremos maravillados, atribuyéndolas, no a prodigio de magia, sino a rotundo y admirable milagro.

Intentemos, pues, formarnos una idea cabal de las cosas, en su misma realidad.

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