San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (04)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Henri Lavedan · Translator: I. Fernández. · Year of first publication: 1928.
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Segunda parte: Entre los grandes de la tierra

En Roma

Cualquiera diría que apenas llegó a manos de M. Com­met la historia de la cautividad de Vicente, produjo gran revuelo y acrecentó la admiración de todos hacia él por haber salido airoso de tales pruebas. Pero no sucedió na­da de esto. Por el contrario todo quedó oculto, sin duda porque Vicente recomendó al juez de Pouy el más estricto secreto y éste lo custodió fielmente hasta su muerte.

En esa oportunidad, revolviendo sus papeles un ca­ballero de Dax, nieto de AL de Saint-Martin, cuya amis­tad con Vicente mencionamos antes, tuvo el placer de ha­cer el descubrimiento. Sabiendo la vinculación existente entre Vicente y su tío, puso la carta en manos de este úl­timo, quien pensando que Vicente habría olvidado las circunstancias de su antigua aventura y que tendría gran placer en recordar los detalles, le envió una copia fiel del original. A veces nos gloriamos de conocer a fondo los hombres, tanto sus defectos como sus cualidades, sus vir­tudes, sus vicios… y nos equivocamos. Con más razón cuando esos hombres son superiores y tocan las regiones de lo sublime. Hacía un cuarto de siglo que el gran servi­dor de Dios se ejercitaba en despreciar todo lo que pudie­ra atraer sobre sí la atención, la curiosidad y más aún los homenajes o las alabanzas; había logrado así la paz com­pleta que la súbita comunicación de M. de Saint-Martin vi­no a turbar. El recuerdo de la vieja historia, que según sus deseos había de permanecer oculta e ignorada a todos y que él casi había borrado de su alma, lejos de agra­darle le causó gran contrariedad. Si nos atreviéramos a pronunciar una palabra, inadmisible tratándose de este modelo de paciencia y de mansedumbre, diríamos que se irritó… no más que por algunos segundos. Arrojó al fue­go la copia de la antigua e imprudente carta como si le quemara los dedos con ardor diabólico y escribió inme­diatamente a M. Saint-Mar tin para ordenarle… —no, era demasiado amable para expresarse en ese tono— para suplicarle que le enviase el original. Este, que comprendió las intenciones de Vicente de destruir la carta, precisa­mente por consideración a su santo amigo, se hizo el de­sentendido. Vicente insistió y reiteró sus instancias con tal energía que hubiera sido imposible no acceder a su deseo: «Por las entrañas de Jesucristo». Decía además: «Por todas las gracias que Dios ha tenido a bien conce­deros, os conjuro me enviéis esa miserable carta que hace mención de Turquía». Esto acontecía seis meses antes de la muerte de Vicente, quien enfermo, viejo, tullido y casi sin fuerzas, se veía precisado a dictar. El religioso que le servía de secretario juzgó sagazmente —como afir­ma uno de sus biógrafos— que la tal carta cuya posesión deseaba el santo con tanto ahínco debía contener algo re­ferente a su gloria y que el objeto de su impaciencia era destruirla cuanto antes. Por lo cual deslizó en el mismo sobre un billete rogando a M. Saint-Martin que enviase la carta a otra persona, si no quería verla perdida sin re­medio. M. Saint-Martin se persuadió no solo que podía, sino también que debía desobedecer a sus amigos tratán­dose de publicar las gracias de Dios y siguió el consejo al pie de la letra.

La preciosa carta, objeto de tantos y tan diferentes deseos  fue a parar a manos del superior del Seminario, es­tablecido en el colegio de Bons-Enfants. Sin este astuto juego sólo nos hubiéramos enterado muy vagamente de la esclavitud de Vicente de Paúl y del glorioso triunfo que rompió sus cadenas. En efecto, en todo el proceso verbal de su beatificación sólo se encuentra un solo testigo que hubiera oído hablar de su cautiverio y M. Daulier, secre­tario del rey, que conocía por otros conductos toda esta historia, incitó varias veces a Vicente a hablar de ella co­mentando asuntos de Túnez y de los cristianos que sufren esclavitud en aquellas regiones sin obtener de él una sola palabra de la cual se dedujera que aquel país le era de al­gún modo conocido.

Pero reunámonos a nuestro libertado donde le hemos dejado, es decir, en Roma.

Fue una gran fortuna para un alma como la de Vi­cente poder escapar «en un pequeño esquife» y arribar, después de las luminosas escalas de Aigues-Mortes y Avi­ñón, a la ciudad eterna, al puerto de la cristiandad.

El recién llegado admira aquella Roma pomposa, en­galanada y embellecida por la munificencia artística de los papas. Pero sus esplendores no lo deslumbran, Saluda las obras maestras de la antigüedad y las maravillas que la civilización ha acumulado progresivamente y se empe­ña aún en seguir acumulando, pero el homenaje que les tributa no es el más entusiasta de su corazón. Cumplido una vez por todas, aparta de ellas los ojos para dirigirlos a la tierra donde reposan los mártires buscando las hue­llas de sus pasos que se alegra de poder hollar gravemen­te. Por esos caminos se desplazan todos sus deseos y co­rren y se estacionan sus pensamientos.

Se encamina presuroso a las iglesias y sólo Dios sabe la alegría que experimenta durante muchos días orando en ellas. No lo cautivan precisamente los tesoros famosos encerrados en los depósitos de las sacristías. Es el hom­bre del polvo. Desciende a las criptas. Prefiere a las ce­nizas de los mausoleos de mármol, las que esconde a la va­nidad el ángel de los sarcófagos. Cuántas veces las cata­cumbas lo envolvieron de la mañana a la noche entre sus pliegues funerarios de roca. Sus laberintos son su jardín donde las luces rutilantes de sus lámparas brillan como fragmentos de estrellas. El humilde altar, la grada carco­mida o quebrada, el atrio donde brota la hierba lo ven aplicar sobre ellos sus manos, su frente, sus labios y sus rodillas. Los palacios más fastuosos no atraen sus miradas; sus museos son las capillas. No asedia las moradas de los grandes; las salas de los hospicios son sus antecámaras.

Cada pobre es para él un santo que resucita.

Y si se encamina «fuera de los muros» es para con­templar mejor y abrazar desde la distancia a la Roma majestuosa y dulce capital del mundo y reina de las reli­quias. Ante todo prosigue sus estudios. ¿Qué más espera? Recuérdense las últimas palabras de su famosa carta: Una prebenda. No hay duda; lejos de ocultarlo, lo confiesa in­genuamente y es allí donde confía lograrla. ¡Y cómo no aprobar esta su manera de pensar y decir! Abrumado de deudas, sin tener de qué vivir, ¿cómo podrá ejercitar el apostolado sin ser una carga para los suyos?

Si desea la tal prebenda es con espíritu desinteresa­do, sabiendo que el prójimo saldrá más beneficiado que él. Con toda tranquilidad se confía a la bondad y a la om­nipotencia del legado Montorio que le ha hecho la pro­mesa. A pesar de todo, como si Dios hubiese juzgado a su siervo muy por encima de las ventajas materiales que son el principio de una carrera banal, Montorio, por más que fuese legado, no pudo obtener lo que solicitaba para su joven amigo.

La noticia lejos de abatir a Vicente lo turbó tan poco que se alegraba viendo en ello un signo manifiesto de lo alto y esta vez  fue el fracaso lo que le pareció beneficio.

El fracaso por lo demás honraba tanto al protector como al protegido. Tuvo por causa los grandes méritos de Vicente y los elogios que de ellos hacía ante todos el vice­legado, enterado como nadie de sus virtudes, pues se al­bergaba en su casa, comía en su mesa y proveía a sus ne­cesidades. Esta intimidad cotidiana había originado en él una admiración sin límites por su huésped que publicada de tal modo  fue lo que hizo frustrar sus deseos había de permanecer oculta e ignorada a todos y que él casi había borrado de su alma, lejos de agra­darle le causó gran contrariedad. Si nos atreviéramos a pronunciar una palabra, inadmisible tratándose de este modelo de paciencia y de mansedumbre, diríamos que se irritó… no más que por algunos segundos. Arrojó al fue­go la copia de la antigua e imprudente carta como si le quemara los dedos con ardor diabólico y escribió inme­diatamente a M. Saint-Marlin para ordenarle… —no, era demasiado amable para expresarse en ese tono— para suplicarle que le enviase el original. Este, que comprendió las intenciones de Vicente de destruir la carta, precisa­mente por consideración a su santo amigo, se hizo el de­sentendido. Vicente insistió y reiteró sus instancias con tal energía que hubiera sido imposible no acceder a su deseo: «Por las entrañas de Jesucristo». Decía además: «Por todas las gracias que Dios ha tenido a bien conce­deros, os conjuro me enviéis esa miserable carta que hace mención de Turquía». Esto acontecía seis meses antes de la muerte de Vicente, quien enfermo, viejo, tullido y casi sin fuerzas, se veía precisado a dictar. El religioso que le servía de secretario juzgó sagazmente —como afir­ma uno de sus biógrafos— que la tal carta cuya posesión deseaba el santo con tanto ahínco debía contener algo re­ferente a su gloria y que el objeto de su impaciencia era destruirla cuanto antes. Por lo cual deslizó en el mismo sobre un billete rogando a M. Saint-Martin que enviase la carta a otra persona, si no quería verla perdida sin re­medio. M. Saint-Martin se persuadió no solo que podía, sino también que debía desobedecer a sus amigos tratándose de publicar las gracias de Dios y siguió el consejo al pie de la letra.

La preciosa carta, objeto de tantos y tan diferentes deseos fue a parar a manos del superior del Seminario, es­tablecido en el colegio de Bons-Enfants. Sin este astuto juego sólo nos hubiéramos enterado muy vagamente de la esclavitud de Vicente de Paúl y del glorioso triunfo que rompió sus cadenas. En efecto, en todo el proceso verbal de su beatificación sólo se encuentra un solo testigo que hubiera oído hablar de su cautiverio y M. Daulier, secre­tario del rey, que conocía por otros conductos toda esta historia, incitó varias veces a Vicente a hablar de ella co­mentando asuntos de Túnez y de los cristianos que sufren esclavitud en aquellas regiones sin obtener de él una sola palabra de la cual se dedujera que aquel país le era de al­gún modo conocido.

El landés y el bearnés

Enrique IV se aseguró en 1608 las perspectivas de un largo reinado. Sin embargo persiguió con no menor ahínco y habilidad la realización de un vasto proyecto según el cual había de reunir a todos los estados de Europa para hacer contrapeso al poderío de la casa de Austria.

Calculó acertadamente que la entrada del Papa Pau­lo V en la Liga sería de una importancia decisiva, pues seguirían su ejemplo los príncipes de Italia, el duque de Saboya, el gran duque de Toscana, Venecia y las demás potencias italianas. Con este fin destacó en Roma numero­sos embajadores encargados de negociar ante la Santa Sede dicha unión. Estos hábiles ministros buscaban algún intermediario verbal, entre ellos y el rey, en quien pudie­ran depositar toda su confianza. Mucho habían oído en­salzar por boca del vicelegado la valía y las cualidades de su protegido, por lo cual no dudaron en convenir que él era el hombre que necesitaban.

Después de conversar con él quedaron tan prendados de sus virtudes que inmediatamente le declararon sus in­tenciones y le confiaron una importante misión ante En­rique IV teniéndolo por suficientemente enterado del asun­to para tratarlo y dilucidarlo con su rey tan pronto como el príncipe lo juzgare oportuno. Vicente llegó a principios de 1609.

Aquí nos encontramos ante el secreto. Si está permi­tido a los historiadores deducir con verosimilitud las prin­cipales razones que motivaron el viaje, el objeto preciso de su entrevista con el monarca y de su viaje a Roma per­manecen en el misterio. ¿Se trataba sólo de una entrevista? Tal vez de algo más importante. El objeto era de demasiada importancia para poderlo suponer. Sea lo que haya sido, sentimos que nada se haya traducido de lo que allí se trató o resultó.

Enrique IV tenía cincuenta y seis años, Vicente trein­ta y tres. No obstante los veintitrés años de diferencia, apenas en presencia el uno del otro debieron entenderse plena y francamente y a través de simples insinuaciones. Con toda seguridad la seriedad de los asuntos y de los pensamientos no impidió el giro ingenioso de los concep­tos. Los dos interlocutores eran paisanos, oriundos del mis­mo suelo ya que el Béarn y Las Landas son países veci­nos y se asemejan como un hermano a otro hermano El hombre de Francia y el hombre de Dios poseían igual fi­nura; igual amor al bien público, igual profundidad de miras. Con idéntico acento que los asemejaba aun más, ha­blaban la misma lengua. Sentados ambos a cada lado de una mesa, el bearnés invita al viajero que llega de tan le­jos a vaciar con él una copa de vino juraron rosado. Cordial y sonrosado, rápido el gesto, cálidas la mano y la mejilla, el rey habla, expone, ríe, jugando con los dedos en la barba rizada; el súbdito lo escucha atento, compren­diéndolo tan perfectamente, con semblante risueño que en po­cos instantes se gana la voluntad del rey. Entre tanto la entrevista se prolonga y el tiempo pasa. En el amplio ves­tíbulo los introductores y encargados del servicio de ante­cámara comienzan a asombrarse. Las opiniones y los re­celos corren con rapidez en el Louvre.

En los pasillos, en los rincones, se oye esta pregunta en voz baja: «Por qué se demorará tanto tiempo con su Majestad? ¿Quién es ese religioso moreno que vimos pasar como una sombra por los corredores?». Algunos, temien­do una ambición en marcha, una influencia, puesta en mo­vimiento, arrugan el entrecejo. No falta quien los tranqui­lice: «Vamos, al fin y al cabo de quién se trata? De un pobre franciscano de un rincón de Gascuña. Un descono cido. ¿Su nombre? Vicente… me parece, Vicente de… no me acuerdo qué… Bueno, Vicente de… nada».

Ah, señores, tranquilizaos. El recién llegado no os causará la menor molestia. No es su afán granjearse la gra­cia del rey haciendo que vosotros le perdáis. Sus fines son otros. Ya terminó la audiencia, y sale sin la menor promesa. Es probable que si el rey le ofreció favores, los declinó y al salir se vuelve y os saluda amablemente. No temáis cuando le veáis regresar, dentro de algún tiempo, al despacho del rey. Pero saludadlo con presteza y en voz baja, como a los grandes personajes porque es más impor­tante que Sully, Bassompierre y Crillon; es el embajador de Dios, el futuro ministro de los pobres.

Vicente, acusado de hurto, toma otros rumbos

Su breve estadía, en la corte le hizo concebir por ésta un gran temor y huyó de ella. Sin duda el rey le dispensó una acogida benévola que jamás habría de olvidar. Vi­cente admira y ama en el rey al monarca paternal, al hombre de bien, al político y al católico, tan hábil bajo uno como otro aspecto.

Una vez finiquitada su comisión sólo le persigue una idea: desaparecer en el retiro. La piedad es su única am­bición. Un modesto y apartado albergue del barrio de Saint-Germain, casi enfrente del hospital de caridad, le parece la vivienda más adecuada. Admirable ocurrencia la del futuro padre de aquellas santas mujeres que exten­derían su gloria por toda la tierra, ocultar su existencia a la sombra de este hospicio de caridad. Los destellos de su obra completa iluminan plenamente el comienzo de la misma. Ordena pues sus actividades en forma simple y la­boriosa. Visita los enfermos, los exhorta; acompaña y ani­ma hasta el umbral de la muerte a los pobres moribundos que no tienen más cama que sus brazos. Ofrece a los pe­bres los socorros que más necesitan, tanto corporales como espirituales y cura a los enfermos del alma más con el aliento de su espíritu que con sus manos de carne. Nada en su vocación, si es lícito hablar así, como en un piélago de felicidad. Pero hay más. La amistad con M. de Berulle que data de este tiempo, llena el colmo de su alegría.

Este modelo de perfección sacerdotal atrae inmedia­tamente a Vicente. Eran más o menos de igual edad y los une una amistad desde entonces indestructible.

Vicente que conocía bien cuánto vale la consolación, busca un consolador y más todavía un guía. ¿Dónde ha­bría de encontrar un hombre tal sino en el discípulo del gran Francisco de Sales? Nada tiene ya que desear. En la soledad, donde ya no está solo, se siente plenamente di­choso, tal vez demasiado.

Se diría que la dicha, aun siendo ejemplar e irrepro­chable y tan pura como se puede imaginar, está proscripta no solo a los grandes hombres sino también y con mayor razón a los que Dios ha destinado a la santidad. Esta se opone al ocio y rechaza la comodidad, tanto corporal como espiritual. Un santo sin congojas, sin contrariedades, sin ningún tormento físico ni moral… o que en cada tribu­lación se mostrara tan injusto y candoroso que se admi­rase de ella exclamando: «¡Dios mío, jamás me dejas tran­quilo, ni siquiera para hacer el bien según mi deseo y el tuyo!», tal santo ya no sería un santo. Perdería de inme­diato el titulo de aspirante a tal. Los santos están desti­nados a ser infortunados y atormentados proporcionalmen­te al grado de santidad a que Dios desea elevarlos. Según esto Vicente, como se verá, había de ser objeto de un especial favor.

Se vió precisado, quizá por razones de economía a compartir su habitación con un compatriota, el juez de Sore, aldea cercana a Pouy. El tal juez guardaba su dine­ro en un armario y siempre que salía tenía la precaución de cerrarlo y llevarse consigo la llave, en lo cual hacía bien, porque en aquellos tiempos, aun en París, el dinero no admitía que se le dejara solo y a puertas abiertas. Una mañana el juez al salir olvidó la llave en la cerradura. El santo que precisamente ese día se encontraba indispuesto y debía tomar un medicamento… —porque la virtud no impide los achaques corporales— se había quedado en ca­ma. Pronto llegó el encargado de traer la medicina. Ne­cesitaba un vaso y buscándolo por todos los rincones abrió el armario donde ojeó las monedas y las arrebató sin dejar una.

El enfermo, que en ese momento estaba vuelto de es­paldas, no tuvo tiempo de hacer la menor observación. Des­pués que éste tomó su medicina, el malandrín se retira «conservando una gran serenidad». Son cuatrocientos es­cudos. El juez al volver sorprendido y turbado al no en­contrar su dinero, fue presa de gran conmoción.

Lo reclama, primera con energía, después con cólera a su compañero de habitación. Vicente le responde que no lo ha visto tocar y que, por supuesto, él nada tiene que ver en el asunto. Entonces el juez, fuera de sí por la pér­dida, llega al punto de insinuar que sospecha de Vicente. Y como a tal demencia el pobre sacerdote prefiere oponer un digno silencio, se le acusa del latrocinio. El estupor y la tristeza que embargan al desventurado al saber tal su­posición inaudita no hacen más que aumentar la ceguera del juez. Ve en ello una prueba de culpabilidad y arroja a Vicente de su compañía, quien no se resiste. Paciente y manso abandona el cuarto como un culpable. , Obtendría así la tranquilidad? No. El vengativo juez se encarniza más aun y lo denuncia ante todos, incluso ante M. de Bé­rulle al cual lo describe como un criminal.

M. de Bérulle debió sonreír, aunque solo un instante; tal fue el dolor que le causó ver a su inocente amigo tan vilmente calumniado. Probablemente sufrió más él que la misma víctima.

Aunque los clamores divulgados hubiesen llegado a convertirse en un «espantable rumor», Vicente de Paúl no exteriorizó la menor señal de molestia.

Conservó su equidad de ánimo, de lo cual tenemos el comprobante en su propio testimonio, aunque expresado a su manera. No pudiendo ocultar el suceso, como lo hiciera con su aventura por tierras berberiscas, se refiere a él con la modestia habitual que evita lo escénico. Relata el hecho, pero como si se tratase de otra persona: «Conocí una per­sona que acusada por su compañero de haberle sustraído cierta cantidad de dinero, contestó suavemente que no lo había hecho. Pero viendo que el otro perseveraba en la acusación, tomó otros rumbos, y se dirigió a Dios dicién­dole: «¿Qué haré, Señor ?, tú sabes «la verdad». Enton­ces confiado en El resolvió no responder a las acusaciones que llegaron a propalar el latrocinio y decidió hacérselo conocer».

En verdad es imposible meditar estas líneas sin con­cluir de ellas la admirable y piadosa sabiduría que cons­tituían en Vicente el fondo de su carácter. Posee el «buen sentido de lo divino». Toda su vida observará esta regla de conducta. Siempre que tropiece en su camino con un obstáculo humano grande o pequeño, «cambiará de rum­bo» en el sentido de lo bueno. Como recompensa obtendrá, aun más tarde, el triunfo de su causa y contra toda es­peranza se justificará más allá de sus deseos.

Tal fue el caso del asunto que nos ocupa, cuya solución él mismo relata: «Pues bien, sucedió y quiso Dios que después de seis años, el que había perdido el dinero encontrase al ladrón, a unas ciento veinte leguas de aquí. Este ladrón así como el robado vivían en Burdeos. «Allí fue puesto en prisión a causa de un nuevo crimen.
Conocía perfectamente al juez de Sore y no ignoraba que el dinero robado hacía tanto tiempo, le pertenecía. Asediado de remordimientos llamó a su víctima al calabozo y le
confesó todo lo sucedido». El magistrado sintió entonces lo detestable de su pasada conducta y escribió a Vicente una extensa carta en la cual le conjuraba le perdonase,
protestando que si no lo hacía iría personalmente a París, se arrojaría a sus plantas e imploraría gracia con la soga al cuello. Vicente se juzgó por demás indemnizado con tan feliz arrepentimiento. Perdonó al juez dispensándolo del viaje y de la humillante diligencia. Recordemos que el arrepentimiento del magistrado se produjo recién seis años después. Volvamos al tiempo en que calumniado no obstante su bondad angélica y apena­do por el incidente, decidió, para evitar la repetición de semejantes contratiempos, ocultar más que nunca su vida. Creyó, desde que llegó a París, haber hecho lo bastante al respecto. Suprimió su apellido de familia, aun cuando ha­yamos seguido aplicándoselo, por parecerle demasiado so­lemne, contentándose con llevar el solo nombre de pila, único por el que se le conoció, aun en vida. Proscribió de su alrededor hasta la menor señal que pudiera revelar los destellos de su inteligencia, la amplitud de su saber y los títulos conquistados. Asediado por las preguntas, se ha­cía pasar por un pobre estudiante, apenas en posesión de los primeros rudimentos de la gramática. Permanecer en la oscuridad lo henchía de alborozo. Hablaba de sí —él mismo lo atestigua— «como del último de los hombres».

Pero sería demasiado bello e injusto que tantas pre­cauciones fueran suficientes, para asegurar, aun a los espíritus superiores, el éxito fundado en ellas. El placer de la vida desapercibida no se dispensa a los santos duran­te mucho tiempo. No pertenece a la iniciativa humana esco­ger los sacrificios que han de agradar a Dios. Es Dios quien los envía al hombre y quien en ellos se ostenta.

Por esto acontece que las medidas más severas adop­tadas por el hombre en este sentido, son con frecuencia de efectos opuestos. La extrema discreción acucia a los indis­cretos. Esfuércese’ quienquiera por ocultar su vida y los curiosos perecerán por penetrarla, no sólo los malévolos sino también los bien intencionados.

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