San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (03)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Henri Lavedan · Translator: I. Fernández. · Year of first publication: 1928.
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El Señor de Commet

M. de Commet, célebre abogado de la corte presidial de Dax y juez al mismo tiempo del distrito de Pouy, por lo cual no conocía a los Depaul, buscaba un preceptor para sus dos hijos. Habiendo oído los continuos elogios de los PP. Menores acerca del alumno privilegiado, del cual esta­ban tan orgullosos, propuso a éste que una vez termina­dos sus primeros estudios viniera a su casa para encargar­se de la instrucción de sus hijos. Tal ofrecimiento tan útil como honorable fue muy del agrado de Vicente. Lo acep­tó como un beneficio, beneficio que duró cinco años, trata­do por el abogado como un hijo y por todos como un amigo. Cuando los dos alumnos empezaron sus estudios pudo él continuar los suyos, incansable en buscar siempre lo me­jor. Se le veía así agasajado, escuchado, respetado, consi­derado, —a veces demasiado y contra su voluntad— en el seno de aquella honorable y antigua familia de magis­trados y de estimable aunque modesta nobleza, tantas de las cuales establecidas entonces en el corazón de nuestras provincias las unían e impedían su dislocación a la mane­ra que las raíces profundas retienen en la pendiente las tierras movedizas. Estas familias vivían en casas hereda­das, bien construidas, rodeadas de muros, de solidez a to­da prueba, casas de trabajo y de reposo, de silencio y de paz, de alegrías tranquilas. Hogares de buenas costumbres y de buenos modales donde se perpetuaba la urbanidad, la discreción, la paciencia, la indulgencia, la consideración y todas las formas de cortesía y de bondad que atenuando los defectos contribuyen a la quietud; casas mantenidas con magnificencia aunque sin lujos vanos y en las cuales en la verdadera economía se vivía tan bien como sólo es posible imaginarlo.

Obligado a vivir en medio de aquellas comodidades, sin complacerse en ellas. Vicente observaba, llevado de su espíritu curioso y práctico, los métodos de administración y vida y sus excelentes resultados. Es lícito pensar que allí, en el disfrute personal de aquel bienestar sabiamen­te regulado y disciplinado, debió adquirir las primeras nociones de orden interior, de economía, de conducción de los negocios, que más tarde le serían de preciosa utilidad cuando empezase a trazar el plan de sus fundaciones. Tan­to los Menores como la casa Commet le inspiró, cada cual en su género, el mismo espíritu de comunidad.

Zaragoza

Han pasado nueve años desde que diera el adiós a la llanura natal cuatro años de Colegio y cinco en casa del juez de Pouy. Actualmente el hijo de Guillermo Depaul tiene veintiún años. Es un hombre en plena juventud. iUn joven! Vale la pena imaginarse que lo fué; tan distinta es la imagen, podernos decir la única, que lo popularizó e inmortalizó: la de un anciano encorvado, de cabellos blancos y rudos, de nariz prominente y cuyos ojos, bajo la bóveda de la anchurosa frente nos miran suaves e inda­gadores en un sonreír angelical…

Sin embargo, en esta época, debió ser un robusto mo­zo trigueño, de mejillas sonrosadas, de firmes pómulos, de labios rojizos, de tesonera mandíbula coronada de dientes que debió perder pronto, adquiriendo entonces una expre­sión de mansedumbre infinita.

Pero su piedad más madura que él, precediéndolo y arrastrándolo, indicaba cada día a todos que estaba desti­nado solo a Dios. Se lo dicen; él ya lo preveía. Pero fue necesario convencerlo para que aceptara con ardor y sin presunción a pesar de la tímida idea de no poder reali­zarlas, las esperanzas, irrazonables a sus ojos, que sobre su porvenir le forjaban sus maestros. Tomada la determina­ción, la mantiene. El 20 de diciembre de 1596 recibe la tonsura y las órdenes menores… la amplia tonsura de entonces practicada en los espesos cabellos, y que más tar­de ampliada por la tijera de los años, brillará bajo el negro solideo como una aureola semioculta… el hábito cuya aspereza le da bríos, más suave a la piel que los an­tiguos vestidos de pastor; y ciñe a su cintura con impetuoso entusiasmo el cordón nuevo que a la larga le trazará un surco sobre los riñones.

Todo esto sucede no en Dax sino en la Iglesia Cole­giata de Bidache, cerca de Bayona. Consagrado soldado de la Iglesia decide abandonar su familia y su patria para dedicarse exclusivamente a ella. ¿A dónde irá? No lo sabe pero lo indaga activamente. Todos los caminos que conducen al bien son buenos. El camino deseado en este caso es el que lo conduzca a la teología con la mayor rapi­dez y seguridad, en cuyas lecciones siente la necesidad de perfeccionarse, de armarse y acorazarse para los combates futuros.

Con este intento Zaragoza lo invita y después lo fas­cina por completo. La distancia es larga pero no lo arre­dra. La salvaría aunque fuese el doble. Siempre en pos de esta idea, en la que cree escuchar un llamado de la providencia, vende un par de bueyes y en posesión del importe, más rico ahora que en tiempo de los treinta suel­dos, parte. A pie, por supuesto.

En su vida posterior, recorrerá a pie y entre el polvo, sus caminos de apostolado, de socorro y de limosna, esti­mando este medio de locomoción como el más rápido y ade­cuado para detenerse ante el necesitado, inclinarse hacia él, interrogar, responder, escuchar, alentar, sostener los cuerpos debilitados, darles de comer y de beber y conso­larlos de cerca con más comodidad que desde lo alto de un asiento o- desde la ventanilla de un coche. Comprende que no es cristiano que mientras el pobre y el enfermo son socorridos permanezcan con el rostro al nivel de su estri­bo. Jesús nunca anduvo a caballo. A lo más se sirvió del asno y del más pequeño que tuvo a mano, desde el cual casi tocaba la tierra con los pies. Tan humilde cabalga­dura le sirvió para todos sus recorridos: desde el establo hasta la huída a Egipto y la entrada triunfal en Jerusalén

Entretanto Vicente se encamina a su destino a través de los abruptos Pirineos y de sus senderos áridos y roco­sos. Su itinerario era: Saint-Palais, Mauléon, los desfila­deros de Roncesvalles para llegar a Pamplona de Nava­rra y desde allí, atravesando regiones siempre escarpadas, llegar a las vastas e infecundas llanuras de Aragón. Este trayecto aunque el más corto era sin embargo largo y pe­noso. Cuántas veces debió preguntar a los arrieros, pere­grinos y montañeses: «¿Zaragoza?».

Por fin pasa el Ebro. Admira la limpidez de sus aguas y las primeras aldeas: momento de emoción física e histórica. Los nublados con que la Edad Media ensombreció el noble y altivo país asaltan su pensamiento. El rudo y ca­dencioso acento aragonés llega a sus oídos como el despe­ñarse de un torrente pirenaico. Los pañuelos rojos anuda­dos en las cabezas a modo de turbantes, las mantas pen­dientes de los hombros que desciende en largos pliegues monacales hasta las rústicas alpargatas, las cinturas eri­zadas de cuchillos y cruces, el oro de las joyas, el flamear de las banderas y estandartes, las calles sombrías y tor­tuosas cuyas casas defendidas por rejas muestran rostros adustos, el fanatismo del ambiente pronto a estallar, ocu­pan la imaginación del joven clérigo. Entra en la ciudad y hacia la puesta de sol sube a la Torre Nueva. Desde allí su mirada abarca los campanarios, las cúpulas, la verdu­ra sombría de los paseos y la Universidad que alcanza a distinguir entre la abigarrada confusión de los techos.

Pocos días después la fiebre de sus impresiones decae: se siente solo, desterrado, perdido. A la dulzura de los prados pastoriles y a la vida tranquila y familiar de Pouy y de Dax se sucede el tumulto abrumador que pretende ahogar la solemnidad de tantos silencios. Experimenta dolorosamente la manera áspera y brusca con que se reali­zaban los estudios teológicos. Esperaba encontrar en la cé­lebre universidad reflexión, gravedad, recogimiento, pru­dencia, respeto al parecer ajeno, atenta cortesía aun en la controversia. En su lugar se siente entre batallas de ásperos discursos y disputas, en las cuales los clamores cu­bren el sonido de las palabras y la razón es desalojada co­mo a fustazos. A veces faltaba poco para que los profeso­res viniesen a las manos con motivo de la «ciencia media» o de «los decretos predeterminantes». Los contendientes se mostraban el puño mientras argumentaban.

Con creciente disgusto veía Vicente que no era aquella la escuela de su vida espiritual. Entonces cerró sus libros para obedecer las lecciones de su corazón. Con todo deci­dió permanecer en aquel país que ofrecía ante sus ojos to­dos los problemas de la miseria, de una miseria que hasta entonces nunca había imaginado, y que le parecía descu­brir por primera vez.

España era en aquel tiempo el reino de la pobreza, del pillaje y de los grandes sufrimientos y plagas que afli­gían el corazón del buen franciscano.

Dotado de espíritu metódico al que subordinaba to­dos sus actos, supo, a pesar suyo, diferir el día de la com­pasión. ¿Para qué había venido de tan lejos a Zaragoza? ¿Para socorrer a los indigentes y cuidar a los enfermos? No, sino para perfeccionarse en la doctrina religiosa y en las cosas divinas He ahí el objeto de su viaje, su primera misión. La caridad, el prodigarse a sí mismo serían obra de días futuros y con ellos los pobres nada perderían. Era necesario ante todo acabar lo comenzado.

Vicente siempre se impuso esta norma de conducta en sus tareas, su lema fue éste: «Vivo al día». Es el santo más acabado del age quod agis.

Viendo, pues, que disponía en su patria de cuanto necesitaba para terminar sus estudios, se dirige a Tolosa, donde rodeado de una atmósfera apropiada a sus deseos, obtiene al cabo de siete años de trabajo el título de bachi­ller y según otros el de doctor.

Pero el dinero del par de bueyes se disipó pronto en Zaragoza y las pequeñas sumas que recibía de su padre anciano, enfermo y pobre no le permitían afrontar las exigencias de la vida. Se dedica a la enseñanza: los alum­nos afluyen.

Ahora sus entradas le bastan y renuncia a los bie­nes que su padre le legara al morir en virtud del mayo­razgo. Habiendo pues cumplido con su conciencia y con su deber ante su madre y hermanos, libre de todo y maes­tro experimentado, sólo le queda aprobar el examen final. El 13 de setiembre de 1600 se ordena sacerdote.

Sacerdote y pastor

No se sabe con certeza el día y lugar en que cantó su primera misa. Se diría que por un exquisito pudor él mis­mo quiso que esas circunstancias se ignorasen. Para estar más cerca de Dios se aparta de los hombres y se oculta en el seno de aquella naturaleza que le había abierto los ojos y héchole mirar a lo alto.

Según atestigua Abelly, «ante la idea de celebrar los divinos misterios, un terror sagrado lo invadía hasta el punto de hacerle temblar, y no atreviéndose a celebrar su primera misa públicamente, eligió para ello una capi­lla retirada». Es casi indudable que pensó en las ruinas de N. Señora de Buglose o en la bóveda de la vieja enci­na convertida por él en oratorio. Pero a pesar de la dul­zura especial que evocaban en él aquellos sencillos alta­res de su infancia, eran demasiado pobres para el acto ca­pital cuya majestad lo abrumaba. Cerca de Bazet se le­vantaba —si es permitido hablar así de tan humilde san­tuario— una pequeña capilla solitaria, Nuestra Señora de la Gracia. De difícil acceso, se ocultaba en la cumbre de una montaña, semioculta en la maleza de un bosque. Tan ele­vado y alejado retiro era muy del agrado de Vicente De­paul. Según la tradición aquí celebró por vez primera el santo sacrificio, de la manera que más le plugo, teniendo un sacerdote por asistente y un sólo acólito, cuya presen­cia podrá olvidar. Nadie del mundo en torno a su Dios, que para él era todo el mundo.

Acompañémosle desde lejos mientras desciende aquel sendero que subió tantas veces para visitar la capilla de

Nuestra Señora de la Gracia. Ahora se trata de emprender después de éste, otro camino más largo y tortuoso: el Gran Camino trazado por la Providencia en su destino.

En este punto de su inaudita existencia en que los rasgos novelescos se entremezclan en juego prodigioso, ocu­rre un incidente velado por el misterio y al parecer de escasa importancia pero que sería lamentable no revelar porque muestra la admirable y aun excesiva reserva del religioso cuando trataba de su persona al par que su mo­destia y su repugnancia por los honores.

Le fue preciso viajar de Tolosa a Burdeos.

—»¿Para qué? «.

—»Para un asunto, —se limita a contestar en una carta llena de prudencia— que requería grandes gastos y que juzga temerario declarar».

Pero de ciertas alusiones de un amigo suyo, M. de Saint-Martin, se deduce que el objeto del viaje era una entrevista con el duque de Epernon que había llamado a Vicente (quién lo hubiera adivinado) para ofrecerle un obispado. ¡Obispo él! Caso inaudito. ¡Qué alegría y orgu­llo hubiera experimentado, si viviera, su padre, el viejo landés, cuyas ilusiones jamás habían traspasado los lími­tes del priorato!

Sin embargo el tal asunto no prosperó.

Sin indagar los motivos, es fácil conjeturar que el úni­co obstáculo consistió en la negativa del candidato. Pero no. Felizmente estaba escrito en el gran Libro de la San­tidad que el señor Vicente jamás sería llamado monseñor, que jamás vestiría el hábito violeta ni la púrpura carde­nalicia, aunque tuviera para ello todos los méritos requeri­dos. ¿El usando medias de seda y de color, cuando siem­pre las usó de lana gris? Después de usar tanto tiempo el cayado de pastor, su báculo seria un simple bastón; en lugar de mitra y de capelo, un solideo no mayor que una escu­dilla. Durante toda su vida no cubrirá su enjuto cuerpo más que con una sotana negra de paño tosco y raído dentro de cuyos pliegues penará, marchará y sudará en todo tiempo y bajo todos los cielos y a cuyo abrigo vivirá, res­pirará, envejecerá y morirá, siempre de negro como un sencillo sacristán. Se diría que cuando la ocasión le ofre­cía aquel género de vida sedentaria, se resuelve a renun­ciar por completo a ella y que la Providencia quisiera in­tencionalmente prepararlo para más vastas actividades y adiestrarlo para las peripecias de su vida.

Feliz viaje

Apenas vuelto a Tolosa, una sucesión inesperada y tal vez importuna a su parecer, lo obliga a volver a Mar­sella. Felizmente no está lejos. Llega, pues, armado de aquella serenidad que previene lo inevitable. Todo resulta satisfactorio. Desinteresado por hábito, se alegra de desentenderse pronto de los leguleyos. Se disponía a regresar por tierra como había venido, cuando cierta persona a la cual había conocido durante su hospedaje en el mismo hotel, le invitó a hacer el viaje por vía marítima hasta Narbona. Sería interesante conocer el nombre de este hotel que pro­bablemente no pasaría de una vulgar posada con vista al puerto. Y más interesante saber el nombre de aquel perso­naje caído de las nubes. «Un gentilhombre de Langue­doc», dice sólo Vicente. Intentemos imaginárnoslo: Segun­dón de una familia gascona, saleroso y chispeante, alegre, seguro de sí mismo, locuaz y persuasivo. Es el mes de Ju­lio; el sol resplandece entre el cielo azul y la mar tran­quila. Cálida alegría que se difunde por doquiera.

–¡Qué tiempo para navegar, Padre, y con mil ven­tajas a favor nuestro! Por ejemplo, con gasto mínimo, el máximum de placer; el trayecto se abrevia y el viaje se hace en menos de un suspiro. Hoy mismo estamos en Nar­bona.

Me parece imaginarlo hablar con el acento agridulce del mediodía. Cortés y complaciente, Vicente acepta y tal vez «el gentilhombre de Languedoc» lo abraza como si se tratara de un viejo amigo.

Aquel agradable viaje de apenas un día dejó sin em­bargo en los viajeros recuerdos tan imborrables que Vi­cente experimentó la necesidad de relatarlo y de enviar la narración con los menores detalles a M. de Commet su antiguo protector. Pero esto ocurrió sólo dos años más tarde.

¿Por qué después de tanto tiempo?

La misma carta, de conmovedora y graciosa sencillez nos lo explicará con toda exactitud. Conservamos el estilo del original, pues cualquier cambio atentaría contra su pri­mitiva belleza.

«Estando a punto de partir por vía terrestre fui per­suadido por un gentilhombre con quien me albergaba, de embarcarme con él hasta Narbona en vista del tiempo tan favorable, cosa que hice más por hacer alguna economía o por mejor decir para no hacer ninguna y perderlo todo. El viento era tan favorable como lo pedía el viaje que era de 50 leguas. Pero permitió Dios que tres berganti­nes turcos que custodiaban el golfo de León para apresar los buques que venían de Beaucaire, donde suelen tenerse ferias que dicen ser las mejor provistas de la cristiandad, nos persiguieran y atacaran con tal empeño que dos o tres de los nuestros quedaron muertos y los demás heridos y yo mismo recibí un flechazo que me servirá de reloj pa­ra el resto de mi vida. Así, pues, nos vimos obligados a entregarnos a aquellos piratas más feroces que tigres. Su primer estallido de furor consistió en hachar a nuestro pi­loto en cien mil trozos por haber perdido ellos uno de sus principales cabecillas además de cuatro o cinco remeros que los nuestros les mataron. Hecho esto nos encadenaron des­pués de curarnos groseramente y prosiguieron su ruta ha­ciendo mil piraterías pero dando libertad a los que se entregaban sin combatir, después de haberlos despojado. En fin, cargados de mercancías, al cabo de una semana to­maron rumbo a Berbería, madriguera y guarida de los la­drones vagabundos del Gran Turco.

Llegados a aquel lugar nos expusieron en venta des­pués del proceso verbal de nuestra captura que decían hecha de un navío español porque sin tal mentira hubié­ramos sido puestos en libertad por el cónsul que el Rey mantiene allí para asegurar el comercio libre a los fran­ceses.

«Para proceder a nuestra venta nos despojaron de toda nuestra ropa y nos entregaron a cada uno un par de bombachas, una casaca de lino y un bonete, después nos pasearon por la ciudad de Túnez a donde habían venido para vendernos. Habiéndonos hecho dar cinco o seis vuel­tas por la ciudad con la cadena al cuello nos volvieron al barco para que los mercaderes viesen que podíamos co­mer y que nuestras heridas no eran mortales.

«Hecho esto nos llevaron a la plaza donde nos visita­ban los mercaderes como si se tratase de comprar un ca­ballo o un buey. Porque nos hacían abrir la boca para exa­minarnos la dentadura, nos palpaban las costillas, nos son­daban las heridas, nos hacían caminar al paso, trotar y correr; también nos hacían llevar cargas pesadas y luchar para ver la fuerza de cada cual y mil otras brutalidades.

A mí me vendieron a un pescador que pronto se des­hizo de mí, pues nunca tuve nada más contrario que el mar; y del pescador fui a manos de un viejo, médico y alqui­mista muy ducho en extraer quintas esencias, hombre muy humano y tratable, el cual según me decía había trabaja­do cincuenta años en la búsqueda de la piedra filosofal; y en lo de la piedra poco, pero muy versado en otras tras- mutaciones de metales. Yo mismo le vi muchas veces fun­dir oro y plata en cantidades iguales, y disponerlos en ca­pas con un polvo especial en un crisol o vaso para fun­dir que usan los orfebres, tenerlo al fuego veinticuatro ho­ras, después abrirlo y encontrar la plata convertida en oro.

Otras veces lo vi hacer congelar o consolidar el azogue en plata fina que él vendía para darlo a los pobres. Mi ocupación consistía en mantener el fuego de los diez o doce hornos, cosa que a Dios gracias hacía sin pena ni gloria.

Me quería mucho y le causaba gran placer discurrir conmigo de alquimia y más aun de su ley, a la cual con grandes esfuerzos procuraba atraerme prometiéndome grandes riquezas y todo su saber. Pero Dios me dispensó su continua protección por las asiduas plegarias que yo le dirigía, como también a la Virgen María por cuya in­tercesión creo firmemente que fui preservado.

Estuve pues con dicho viejo desde el mes de setiem­bre de 1605 hasta el mes de, agosto siguiente en que fue llevado al Sultán para que trabajara para él, pero en vano, porque murió de añoranza en el camino.

Quedé como propiedad de su sobrino, verdadero an­tropomorfita, que me vendió después de la muerte désu tfo porque oyó decir que M. de Breve, embajador del Rey en Turquía, venía con credenciales del Gran Turco para libertar los esclavos cristianos.

«Un renegado de Niza en Saboya, enemigo de natura, me compró y me llevó a su «temat», como llaman a las posesiones que tienen en arriendo del Gran Señor porque el pueblo nada posee; todo pertenece al Sultán.

El «temat» de este tal estaba en la montaña, donde el país es extremadamente cálido y desierto. Una de sus tres mujeres de origen griego y cristiana aunque cismá­tica, de gran espíritu, me cobró gran aprecio; pero más otra de origen turco que sirvió de instrumento a la in­mensa misericordia de Dios para sacar a su marido de la apostasía y librarme a mí del cautiverio. Era muy curiosa por saber nuestro modo de vivir y me venía a ver todos los días a los campos donde yo cavaba, mandándome ante todo que cantase alabanzas a mi Dios. El recuerdo del Quomodo cantabimus in terra aliena de los hijos de Is­rael cautivos en Babilonia me hizo comenzar con lágrimas en los ojos el salmo Super flumina Babilonia y después la Salve Regina y muchas otras cosas, en todo lo cual se com­placía tanto que era de maravillarse. Una noche dijo a su marido que había hecho muy mal en abandonar su reli­gión que ella estimaba muy buena por lo que yo le había dicho de nuestro Dios y por las alabanzas que yo había cantado en su presencia, oyendo las cuales la inundó tan divino placer que no creía fuese el paraíso de sus padres y el que a ella le esperaba, tan glorioso ni gozoso como el placer que sentía mientras yo alababa a mi Dios. Esta nueva burra de Balaam hizo con sus discursos que el ma­rido me dijese al otro día que por las circunstancias era di­fícil escaparnos a Francia, pero que él en pocos días pon­dría tales medios que sería para alabar a Dios.

Estos pocos días fueron diez meses, pasados en vanas pero al fin ejecutadas esperanzas, al cabo de los cuales nos escapamos en una pequeña embarcación, llegando el 28 de junio a Aiguesmortes y poco después a Aviñón donde mon­señor el Vicelegado recibió públicamente al renegado con los ojos arrasados de lágrimas y la voz ahogada por los sollozos, para gloria de Dios y edificación de los presen­tes. Dicho monseñor nos retuvo a los dos para llevarnos a Roma a donde va para el trienio que se cumple el día de San Juan. Ha prometido al penitente que lo hará en­trar en el austero convento de los fate bene fratelli don­de cumplirá su voto, y a mí que me conseguirá alguna pre­benda.

Después de la lectura de esta admirable y deliciosa carta nos sentimos tentados de releerla para recoger una a una las flores de modestia, sencillez y suave esplendor que campean entre la resignación, la gracia y la fina iro­nía, dignas del buen estilo aromático y francés de Montaigne.

En algunas de sus frases como ésta: «el pueblo nada posee, todo pertenece, al Sultán», se respira con un siglo de anticipación el perfume de las Cartas de Persia; y toda esa pintoresca baraúnda de caballero de Languedoc, ber­gantines, alquimista, renegado, esclavitud y conversión, de ser pura invención, darían pretexto a Voltaire para al­gunas de sus más irreverentes y entretenidas parodias

Pero no se trata de historietas jocosas ni de cuentos de las Mil y una Noches. Nos hallamos a mayor altura que Aladino. La lámpara que aquí nos alumbra es la única en verdad «maravillosa» que jamás se extinguirá, alimen­tada con las virtudes de Vicente, de rara belleza. La carta que comentamos las contiene todas en forma emocionante y es el prefacio de su obra y de sus trabajos futuros. En ella observamos el aprendizaje necesario a las empresas de su caridad a la vez que se vislumbra la extensa perspec­tiva de su futuro apostolado.

En el curso de esta larga prueba debió aceptar la es­clavitud, y sus sacrificios, heridas, cadenas, ser vendido, revendido, pasar del fuego de los hornos al del sol, bajo cuyos rayos ardientes se vio obligado a cavar la tierra, a trasportar cargas y a extraer de su agotamiento el ánimo de entonar cánticos para la mujer de su señor… En esta escuela de su dolor despreciada y olvidado conoció y qui­so sentir el dolor humano y concibió los medios de ali­viarlo. Su esclavitud lo encaminó hacia los esclavos de las ciudades y desiertos. Cuando más tarde se encontró ante los forzados de las galeras, nada nuevo vio en ellos; sólo recordó: «También yo fui uno de ellos». Y como había soportado en su cuello. y en sus pies el peso de las cade­nas y conocía en carne propia la mordedura de los esla­bones, se convirtió en protector y amigo de los galeotes y aun de aquellos turcos «más feroces que tigres» que lo había apresado en el mar cuando pacífico y gozosa na­vegaba hacia Narbona en un plácido día de julio.

Examinemos lo más íntimo de estas páginas, escritas en tan sobrio estilo, en las cuales se encierran tantos acon­tecimientos. Cada línea nos reserva una sorpresa, una ad­miración. Ni una protesta, ni un lamento. Vicente no pier­de nunca la confianza. Se inclina ante su suerte sin que ésta lo abata. La saluda como orden de Dios «que permi­tió» que los tres diabólicos bergantines lo persiguiesen y capturasen. Si habla de sí es con la mayor parsimonia y sin poder evitarlo; en ese caso desliza alguna agudeza para que el lector no le atribuya importancia: «y yo mis­mo recibí un flechazo que me servirá de reloj para el resto de mis días». ¡Al hacer esa mención de sí mismo, cuán­to se empequeñece! Se diría que se excusa de su flecha y pide perdón por haberla recibido.

No es necesario poseer una imaginación ardiente para suponer que aquel ataque naval debió ser una verdadera carnicería: muertos y heridos por ambas partes, el piloto destrozado a hachazos; el barco está inundado de sangre donde resbalan los pies desnudos. El agua azul teñida de rojo, muchos metros alrededor de los cascos de las naves.

El, sin embargo, no intenta hacer descripciones. Se limita a narrar los hechos con prudencia y lealtad. Si pue­de en algún punto honrar a sus enemigos, lo hace, aunque se trate de sus verdugos y no duda en afirmar: «dando libertad a los que se entregaban sin combatir». No los in­juria ni conjura sobre ellos el rayo divino. Cuando le in­troducen en la boca los dedos sucios para examinarle la dentadura como a un buey y le palpan los costados, ni si­quiera al recordar estos incidentes expresa el menor sen­timiento de odio o de disgusto; y cuando le examinan las heridas ensanchándolas dolorosamente, no profiere una que­ja. No se indigna ante tales tratos que parece disimular y los designa sencillamente con el nombre de «brutalidades». Cuando dice que su primer amo, un pescador, se vió obli­gado a deshacerse de él «pues nunca tuvo nada más contrario que el mar», parece confesar su falta de no tener es­píritu ni corazón de marino. Y cuando puede hablar fa­vorablemente de aquellos a quienes servía fielmente y di­rigirles algún cumplido, ¡cuán feliz se siente! Su médico alquimista «muy ducho en extraer quintas esencias» le inspira términos laudatorios de tierno reconocimiento a pesar de que en su frenesí por la piedra filosofal le hace abrazar junto a los doce hornos. De su último amo, el re­negado de Niza, se expresa con gran moderación, aun antes de sospechar que podrá un día convertirlo.

Entre este hombre «enemigo de natura» y sus tres mujeres, júzguense las dificultades que su posición le ofre­cía, a su edad de veintinueve años. Sin embargo las su­pera de tal modo —no teme expresarlo en la pureza de su corazón— que se atrae pronto las simpatías de la griega cismática que dotada «de gran espíritu le cobró mucho aprecio». Y, cosa extraordinaria y rayana en milagro, llega a conmover a la turca tan profundamente que convertida secretamente obtiene de su marido que vuelva a la reli­gión y se dedique a obtener la liberación de aquel hom­bre admirable, en el cual ve un enviado de Dios digno de ser su señor en lugar de ser su esclavo.

Aquí llegamos a lo patético. La mujer, impelida por una fuerza irresistible, viene un día, velada y ocultándo­se, hasta los campos devorados por el sol donde Vicente, solitario y sudoroso se curva sobre la azada, mientras ella lo mira «cavar». De pronto, impulsada por la gracia, la neófita le ordena «cantar las alabanzas de su Dios»; Vi­cente deja en tierra la azada y con los brazos en cruz, y las mejillas bañadas de lágrimas entona el Super flumina con voz temblorosa, mientras la turca cristiana lo escucha a sus pies ahogada por los sollozos. Sobre las notas del cántico se extiende el silencio africano y el cielo deslum­brante de azul como el manto de María… las almas casi libradas de los cuerpos se elevan sobre la tierra que de­saparece.

Aquellos minutos sobrenaturales permanecerán impre­sos en el alma de Vicente por todo el resto de sus días.

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