San Vicente de Paúl: el realismo de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Lloret, C.M. · Year of first publication: 1981 · Source: Ecos de la Compañía.
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caridad_fanoEn el pensamiento de la gente, el nombre de San Vicente de Paúl ha venido a ser sinónimo de «Amor» o de «Caridad», y la legendaria «corneta» no con­tribuyó poco a ello. En el 4.» centenario de su nacimiento, vayamos a las fuen­tes de este gran Amor y tratemos de «reencontrar» para nuestro tiempo, para nuestro mundo, sus expresiones tan exactas y tan realistas. Tal es el «fin prin­cipal» para el que «Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad».

El Amor de Caridad —al que nos referimos aquí— no es otra cosa que la vida divina que se nos ofrece en Jesucristo y que se apodera de nosotros tan completamente cómo es posible en esta tierra. Como decía el P. Pouget:

«Mientras que al hombre no le es dado ver a Dios en este mundo más que a través de sombras; con el corazón, en cambio, puede unirse a Él con un amor al que no se le añadirá otra perfección que la de una inmutable estabi­lidad en la gloria.»

Vivo eco de la tan conocida expresión de San Pablo:

«… Ahora vemos por un espejo y oscuramente, pero entonces veremos cara a cara. Al presente conozco sólo parcialmente, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen estas tres cosas: la Fe, la Esperanza, la Cari­dad; pero la más excelente de ellas es la Caridad» (I Cor. XIII, 12,13).

Ahora bien, la vida divina —fuente y modelo de toda vida espiritual— es esencialmente «comunión». Por eso, como misioneros debemos estar atentos a todo lo que pueda traducir o provocar una auténtica comunión: generosidad, amistad, solidaridad, participación. No es que todo esto desemboque necesa­riamente en Caridad: «… Y si repartiere toda mi hacienda… no teniendo ca­ridad, nada me aprovecha…», pero prepara el terreno para el encuentro con Jesucristo, para descubrirle y reconocerle, a El que quiere apoderarse de nosotros para la Vida Eterna, y nos concede vivir ya desde ahora esa Vida de Comunión de las Personas divinas, tan totalmente, tan radicalmente como sea posible. Lo vemos en San Vicente, que, captado por esa caridad, vivía la ley fundamental del «más y más».

I. La medida del amor es amar sin medida

Carlos de Foucauld, tan próximo él también al Corazón de Cristo, expresa­ba en sus Escritos espirituales esta totalidad de la caridad de una manera a la vez sencilla y muy verdadera:

«Cuando se ama, no se piensa más que en una cosa: en el ser amado; no se inquieta uno más que por una cosa: por el bien de ese ser amado, por poseer­lo. En cuanto a lo demás, se es absolutamente incapaz de concederle el me­nor aprecio, la menor importancia. Cuando se ama, una sola cosa existe: el ser amado; el resto del mundo es como nada, como si no estuviera. Si un corazón ama a Dios, ¿pueden encontrarse en él inquietudes o preocupaciones mate­riales?»

Es Cristo mismo quien nos dice: «Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su Justicia, y todo eso se os dará por añadidura»… Cuando se obra de ma­nera distinta, no se porta uno como «hijo de Dios», se obra corno «pagano». Los que aman verdaderamente, como «hijos», en la medida misma en que reina en ellos la Caridad, no tienen preocupación más dominante que la de la vida divina, que el advenimiento del Reino.

Las Hijas de la Caridad conocen bien las palabras de San Pablo: «La Caridad de Cristo nos constriñe». Es significativo que los Fundadores les hayan dado corno lema o divisa esa frase que, si se lee en su contexto, expresa con fuerza la ley de totalidad de la Caridad, refiriéndola al Misterio Pascual:

«La Caridad de Cristo nos constriñe, persuadidos como estamos de que si uno murió por todos, luego todos son muertos; y murió por todos para -que los que viven no viven ya para sí, sino para Aquel que por ellos murió y resu­citó. De manera que desde ahora a nadie conocemos según la carne… de suer­te que el que es de Cristo se ha hecho criatura nueva, y lo viejo pasó, se ha hecho nuevo» (II Cor. V, 14 y ss.).

Hay que acudir con frecuencia a este texto para meditarlo y que nos sirva de alimento. Con San Vicente y Santa Luisa, encontraremos en él la raíz y el significado más profundo de la Caridad a la que hemos consagrado nuestra vida.

Se trata de tomar a la letra el «por todos». Jesucristo murió para que en El todos estén muertos efectivamente, muertos a todo lo que no sea El y radi­calmente renovados para la vida de El. «Todo esto viene de Dios, que, por Cristo, nos ha reconciliado consigo», añade San Pablo: gracias a Jesucristo y en Jesucristo estamos de nuevo destinados a nuestro verdadero fin, que es la Vida divina, reabsorbidos, en cierto modo, por esa Vida divina. Todo está re­novado en Dios y por Dios. El mundo antiguo ha desaparecido corno una figu­ra que pasa y se olvida. No hay ya lugar más que para ese nuevo ser que debe invadirlo todo.

El precepto del Amor expresa hasta la saciedad esa totalidad: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu espíritu, y amarás al prójimo como a ti mismo.»

En el Evangelio de San Lucas, el recuerdo de este precepto es la introduc­ción a la parábola del Buen Samaritano (X, 29,37), que —como la del Hijo Pródigo, que se encuentra un poco después— nos dice hasta dónde van las exigencias del verdadero amor, el cual —repitámoslo— tiene su Fuente y su Modelo en Dios mismo y en la Misericordia infinita que el Padre nos muestra en Jesucristo.

La última Encíclica de Juan Pablo II merece también que la leamos y la meditemos para llegar a impregnarnos de esa ternura divina que se halla en el centro del Mensaje Evangélico. A nosotros nos concierne de todo punto, puesto que tenemos que ser los testigos y los mensajeros de esa ternura.

Es, pues, muy importante observar que la ley de la totalidad es una ley ab­soluta del amor y forma parte de su misma naturaleza. Entra en juego tan pronto como nace el amor, y por muchas que puedan ser las infidelidades, la exigencia de fondo es siempre la misma: la medida del amor es amar sin me­dida. Se trata de dejarse absorber y «reabsorber» más y más por Jesucristo y en Jesucristo, en la Comunión de las Personas divinas, vivir de ella, irradiarla.

San Vicente, experto en caridad si los hubo, nos pone justamente frente a lo que podríamos llamar «la obligación de lo más perfecto». Ahí también se manifiesta su realismo: «lo más perfecto» no es lo más perfecto «en sí», sino «lo más perfecto» según nuestra vocación, según las necesidades y las indica­ciones del momento; en una palabra, según las llamadas de una auténtica Ca­ridad. Será, pues, necesario sin duda poner en obra los medios de discerni­miento; pero un verdadero amor lleva en sí mismo una especie de «instinto» que indica lo que puede ser más agradable a Dios, lo que puede glorificarle más en lo concreto de la vida.

II.—Algunos criterios de totalidad

a) «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón»

Por lo que se refiere a nuestro amor al Señor, ese amor es verdadero en la medida en que, según nuestra vocación, nos va asimilando más y más a Je­sús en su actitud filial hacia el Padre. Jesús está enteramente «vuelto hacia el Padre»: «¿No sabíais que debo estar en casa de mi Padre?»

¿Por qué, según el título de un Documento publicado recientemente y que se inserta en este mismo número de Ecos, hay una dimensión contemplativa de toda vida consagrada? Sencillamente porque esa dimensión es esencial a toda vida bautismal, a toda vida teologal: traduce nuestra identificación lo más plena posible con el Verbo encarnado, que, según la hermosa expresión de San Agustín, «respira amor». Nos unimos a Él, coincidiendo con El, si puede decirse, en su actitud más característica, que es la de «Hijo».

Recordemos, por lo demás, que el vínculo vivo de «comunión» entre el Hijo y el Padre no es otro que el Espíritu Santo, su Espíritu Santo, y enton­ces comprenderemos mejor por qué ese Espíritu de Amor trabaja en nosotros para hacernos lo más acordes posible con la actitud filial de Jesús, según nuestra vocación bautismal y, en esa vocación, según la manera específica en que tenemos que vivirla en el seno del Pueblo de Dios.

En este sentido, todos los cristianos están llamados a ser «contemplativos» uniéndose lo más posible, y en todo, según su condición concreta, a la actitud filial de Jesucristo, y sobre todo, entrando, con El, a un medio de su trabajo y actividad, en una familiaridad con el Padre, tan grande como posible sea:

«Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a co­nocer» (Jn. XV, 15).

Por lo que a nosotros se refiere, ¿quién puede decirnos mejor que San Vicente lo que ha de ser la «contemplación» en nuestra vida y la forma en que debe traducirse? De lo que se trata siempre es de coincidir, cada vez más, con Jesucristo, «Manantial y Modelo de toda caridad, contemplándole y sirviéndo­le, corporal y espiritualmente en la persona de los pobres»:

«No teniendo ordinariamente por monasterio más que las casas de los en­fermos, por celda un cuarto de alquiler, por capilla la iglesia de la parroquia, por claustro las calles de la ciudad o las salas de los hospitales… deben, en fuerza de estas reflexiones…, portarse en todas partes donde se hallaren en­tre gentes con tal recogimiento, pureza de corazón y cuerpo, desasimiento de las criaturas y con tal edificación como se portaría una verdadera religiosa en el retiro de su monasterio.»

Esta familiaridad de todos los instantes con el Señor requiere ser renova­da y profundizada en esos tiempos fuertes de «contemplación» a los que San Vicente quiere que seamos fieles en la medida en que la Caridad no nos pida que «dejemos a Dios por Dios». Un amor sencillo y humilde de siervo, de sier­va, debe inspirar esa comunicación íntima con El.

La contemplación parece difícil a veces porque no adoptamos bastante la postura de «niños», de «pequeños», según el Evangelio. Uno de los mejores medios para ejercitarse en ello es recurrir a fórmulas sencillas que nos ponen en estado de receptividad de lo divino. El rosario, por ejemplo, si se compren­de bien, nos permite entrar en los Misterios de Cristo y configurarnos con El como María y con Ella: lo que solemos llamar «fruto del Misterio», no es otra cosa que la actitud que nos asimila un poco más a Jesús y nos mantiene con El vueltos hacia el Padre en el claro oscuro de la Fe.

En todo caso, no amarnos de verdad al Señor si, día tras día, no nos vamos dejando coger totalmente por Jesucristo, si no entramos cada vez más, según nuestra vocación, en su actitud filial.

b) «…amarás a tu prójimo como a ti mismo» …

¿Cómo debe ejercerse hacia el prójimo ese amor «total» que el Señor pone en nosotros? También en este caso, el amor de Caridad —bien lo vemos en San Vicente— no conoce límites de ninguna clase si de verdad es «amor de Caridad» enraizado en Cristo.

1. «Todos» y «Todo»

¿Cómo podría tener ‘límites el amor que el Espíritu pone en nosotros, si por definición es una participación en el Amor que está en Dios, en el Amor que es Dios?

En efecto, la humanidad, tal y como es, es la que Cristo ha aceptado y la que ama; «… siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su hijo…», dice San Pablo (Rom. V, 10). La humanidad que quiso asumir de manos del Padre es la humanidad en la totalidad de su pecado.

Hay, pues, ahí una exigencia de universalidad y de completo despojo de nosotros mismos: aceptar y abarcar en ese amor a todos nuestros hermanos con todo lo que hay en ellos de bueno y de positivo, pero también, en un sentido no menos real, todo lo que hay en ellos de malo y de negativo.

Mas para que esto sea posible y para que llegue a ser Amor de Caridad debe ser:

2. En Cristo, por Cristo y como Cristo

La expresión Manantial y Modelo de toda Caridad tiene aquí toda la fuer­za de su significado.

De no ser así, no salimos de nuestras reacciones naturales. «Hijas mías, decía San Vicente a las primeras Hermanas el 19 de julio de 1640, ya podéis hacer todo el bien que queráis, si no lo hacéis bien, no os aprovechará de nada. San Pablo nos lo enseña: dad vuestros bienes a los pobres, si no tenéis caridad, no hacéis nada; no, aunque diérais vuestra vida. ¡Oh, amadas Herma­nas!, hay que imitar al Hijo de Dios que no hacía nada sino por el motivo del Amor que tenía a su Padre. Así, vuestro propósito al venir a la Caridad, tiene que ser venir puramente por el Amor y el agrado de Dios. Todas vuestras ac­ciones deben tender a ese mismo Amor» (Coste, IX, 20).

Comprendemos mejor las advertencias de San Vicente en cuanto a simpa­tías y más aún en cuanto a antipatías naturales. Sentir es una cosa y consen­tir, otra; y tan pronto como todo esto entre, por poco que sea, en conflicto con las exigencias de la Caridad según Cristo, debe ser sencillamente supera­do y aun borrado de nosotros.

En la misma línea de espíritu, suspendamos nuestro propio juicio. Huma­namente estamos inclinados a juzgar con severidad y a condenar. O, por el contrario, en un liberalismo incierto, lo toleraríamos todo. En este sentido, tenemos que saber decidirnos a no mirar a nuestro prójimo y a entrar en el Misterio de Cristo. Lejos de que esto nos impida decir —cuando debamos de hacerlo— la palabra que pueda esclarecer, que pueda aconsejar o ayudar a discernir, será el mismo Espíritu de Amor el que nos la dicte. Nunca le di­remos bastante: «Espíritu Santo, enséñanos a amar».

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