SAN VICENTE COMO CRISTO, ACTUAR

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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El vicenciano, un hombre de acción

Esta afirmación es celebre, porque deriva de la experiencia. El mismo Vicente manifiesta su vitalidad interior por sus creaciones y múl­tiples instituciones. Dos representaciones suyas expresan este doble compromiso: unas veces es representado con la cruz levantada en la mano izquierda y el evangelio en la derecha (es la tradición española), otras rodeado de niños, uno de pie con él y el otro sobre su brazo izquier­do (es la tradición francesa). Estas dos representaciones proclaman el servicio y la evangelización. San Vicente ha trabajado conjuntamente en estos dos sectores. Él ha sido un misionero aplicado desde 1612, al menos hasta 1653, y ha confirmado esta orientación por la fundación de su Congregación. Su compromiso con el servicio se confirma por la fun­dación de las Damas de la Caridad y de las Hijas de la Caridad. La Casa Madre ha debido dar, en vida del santo, unas 840 misiones, sin contar aquellas acumuladas por los otros 25 establecimientos misioneros. En esta perspectiva, se crean las conferencias de los martes, tos ejercicios a los ordenantes, los seminarios, los ejercicios a los eclesiásticos, la reforma de la predicación, la del episcopado y de algunas órdenes monásticas. Además de las Damas de la Caridad y las Hijas de la Caridad, que son fundaciones, abrió la vía a cantidad de obras caritativas a partir de las célebres cofradías de la caridad, la obra de los niños expósitos, atención a los mendigos, a los presos, la animación de la capellanía de las galeras, redención de esclavos, asistencia a las provincias devastadas, asistencia a los ancianos, a los enfermos psíquicos, orfelinatos, asilos, e incluso a las víctimas de las inundaciones. ¡Esta enumeración nos debiera dejar un interrogante y una conciencia sensibilizada! Este operario líos interpela y nos empuja a la acción. Vicente no soporta los brazos alud dos y nos lo dice con insistencia:

La práctica ante todo

Amemos a Dios, hermanos míos, amenos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo: «Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto». Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes senti­mientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración, hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de ins­truir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no nos engañemos: Totum opus nostrum in operatione consistit».

Hay que «sudar», salir de uno mismo, asumir responsabilidades, sufrir interiormente, ir tras los extraviados y sembrar incansablemente la Buena Noticia, en una palabra, trabajar. La propia Iglesia está hecha de destajistas que se mantienen a sí mismos para entregar lo mejor de sí. Este texto es el antídoto del aburguesamiento. Quien lo medita, o cambia o rinde cuentas y se va. Pero no se puede permanecer insensible e inactivo ante tales exhortaciones.

El lector y el autor de esas líneas se sienten interpelados: ¿Qué haremos pala que avance el Reino de Dios a imagen de san Vicente? ¿Cómo remangarnos y llegar a ser un buen operario? «Todo nuestro compromiso está en la acción».

 

El compromiso con los más pobres

En la actividad cotidiana, una constante anima a san Vicente y sus discípulos: la preocupación por los pobres; digamos: los olvidados de este mundo. Múltiples son las formas de la pobreza, múltiples son los abandonados y múltiples los compromisos para con ellos. Este servicio en favor de los olvidados de este mundo concierne a todos los miembros de la familia vicenciana. Las Voluntarias de la Caridad (las primeras en ponerse en camino, podríamos decir las modelos) han de «asistir a los pobres corporal y espiritualmente para honrar el amor que Nuestro Señor siente por ellos»; las Hijas de la Caridad tienen la misma finali­dad en el reglamento de 1645, ya que son especialmente enviadas a los enfermos en el acto del establecimiento de su compañía en cofradía, en 1646, «para las más bajas funciones»; los primeros Misioneros se aso­cian «para ocuparse de las salvación de las pobres gentes del campo»» y así ponerse a su servicio más rápidamente. Los miembros de la Confe­rencias ponen en práctica «la caridad de proximidad».

Cada uno puede encontrar una manera de situarse cerca de los pobres en la verdad y la eficacia. Pero contrariamente a lo que se cree con frecuencia, el compromiso no es personal, es siempre el fruto de una acción colectiva. Algunas veces las circunstancias, la técnica, la especia­lización, pueden conducir a una individualización, pero ha de ser siem­pre el fruto de un discernimiento colectivo y fraternal (en comunidad o en equipo). Cuando éste no existe, surgen las desviaciones y los indivi­duos se separan del espíritu inicial. La experiencia muestra que es mejor cambiar las cosas desde el interior que levantar el hacha de guerra.

Discernir es también eliminar. Un hombre célebre ha hecho notar «que no podemos cargar con toda la miseria del mundo»: el equipo o la comunidad, con las palabras necesarias y las puestas al día periódicas, determina las prioridades y cada uno ha de atenerse a ello.

¿Qué hacer con la profecía? En ciertos aspectos, Vicente fue un pro feta, no se amilanó al denunciar las injusticias y las desviaciones socia­les y estatales de su época. Pensamos en sus esfuerzos en favor de la paz al precio de una caída en desgracia temporal. ¿Fue comprendido por los suyos en ese momento? Puede ocurrir que un hermano o una hermana surjan del grupo y se sitúen como acusadores o provocadores. Que cada miembro desconfíe entonces de un sentimiento inmediato de recelo. La Congregación ha visto pioneros incomprendidos en su tiempo y recono­cidos más tarde. Pensemos en el padre Portal, pionero del ecumenismo, o en el padre Pouget, colocados en una jubilación anticipada, etc. Que cada grupo se interrogue regularmente sobre su capacidad de integrar lo extraordinario. Nadie está al abrigo de ostracismos eclesiales. La His­toria es testigo de esto, ¡por desgracia!

Esta atención a los pobres caracteriza la vocación vicenciana. Así lo subraya Bernard Koch: «Es una característica particular de san Vicente, que no se encuentra en el mismo grado en otros miembros de la Escue­la francesa. Ha captado muy bien su espíritu pero añade esta dimensión, el servicio de Jesús, especialmente en la persona de los pobres o con relación a los pobres». Esta simbiosis se halla en el corazón de la espi­ritualidad vicenciana.

 

El sacramento del pobre

Jesús está en el pobre. Esto nos conduce a lo que ya hemos evoca­do. Esta es la savia evangélica, sin duda la más pura, que encontramos en Mateo 25.

Vicente cita con frecuencia este pasaje en las conferencias a las Hijas de la Caridad. Explicándoles el fin de su Compañía, el 18 de octu­bre de 1655, y abordando el servicio a los dementes, Vicente recuerda que Jesús dijo de sí que había perdido la cabeza: Es menester que sepáis que él está en esos pobres privados de razón lo que en todos los demás. Con esta creencia tenéis que servirles y, cuando vayáis a verlos, alegraos y decid dentro de vosotras mismas: «Me acerco a esos pobres luir o honrar en sus personas a la persona de Nuestro Señor; voy a ver en ellos a la sabiduría encarnada de Dios que quiso pasar por tal, sin serlo el efectivamente».

El 25 de noviembre de 1658, durante la conferencia sobre el empleo de la jornada, a propósito de los intercambios que deben tener cada viernes por la tarde, una Hermana dijo que eran fieles a esta práctica salvo cuando algunas veces el servicio de los pobres se lo impedía. Vicente contesta:

Bien, hija mía, sigan con esa buena costumbre siempre que puedan, a no ser que el servicio de los pobres les prive de ese tiempo, pues es razonable que se sirva primero a los pobres. Los pobres son nuestros amos; son nuestros reyes; hay que obedecerles; y no es una exageración llamarles de ese modo, ya que Nuestro Señor está en los pobres.

Estamos aquí ante una presencia real; es la misma formulación. Esto incluye una devoción a Jesús en el pobre. ¡Qué inmensidad! ¡Qué nove­dad de tono, redescubierto después de la Edad Media! Vicente relee para nosotros el evangelio y se permite revitalizar todas nuestras rela­ciones, sobre todo aquellas de nuestro compromiso habitual e incluso las de fuera de la institución. Cada vez que me encuentro con una persona extraviada, ya sea en deterioro material o espiritual, es a Jesús a quien encuentro.

El pobre, para ser servido o evangelizado, ha de ser el más honra­do, tal como Vicente los llama: «reyes», «amos», «señores». El respeto está en el encuentro, y esto cambia nuestra mirada y nuestro compor­tamiento con ellos. La relación se invierte, y nosotros somos los subal­ternos, digamos los subordinados. Esto nos libera de la tentación per­manente de paternalismo y del lenguaje con ello relacionado: «Me ocupo de… cuido de… voy a los pobres-… El vicenciano evitará toda tutela y toda dominación, incluso si su naturaleza pecadora, como en todo creyente, oculta siempre un resto de autoritarismo y de poder. Su marca de fábrica no le preserva de los desviacionismos.

Caridad afectiva y efectiva

El activismo será la peor de las desviaciones, pero peor aún será la sola complacencia en el amor, sin pasar a la acción que presupone. Vicente nos invita a amar con el corazón y por el compromiso. Así se refiere a san Francisco de Sales que utiliza la división de amor afectivo y efectivo en su «Tratado del Amor a Dios».  Se ama a Nuestro Señor tiernamente con el corazón, igual que una madre ama a su hijo que exclama «mamá” en el momento que ella se aleja de él. Dios se com­place en nuestro amor cuando se lo devolvemos.

De este amor afectivo, se pasa al amor efectivo que «consiste en hacer las cosas que la persona amada manda o desea». También hay amor efectivo incluso cuando no se siente nada, cuando se actúa con el corazón seco, sin dejar de hacer el bien. Testimonio de esto es esta bella parábola que huele al mejor evangelio:

Los dos niños

Uno es todavía pequeño. El padre lo acaricia, se divierte jugando con él, le gusta oírle balbucear, piensa en él cuando no le ve, siente vivamente sus pequeños dolores. Si sale de casa, sigue pensando en aquel niño; si vuelve, va enseguida a verlo y lo acaricia lo mismo que Jacob hacía con su pequeño Benjamín.

El otro hijo es ya un hombre de 25 ó 30 años, dueño de su volun­tad, que va adonde quiere, que vuelve cuando le parece bien, que está al frente de todos los asuntos de la casa; y parece que su padre no le acaricia nunca, ni que lo ame mucho. Si hay alguna preocupación, el hijo es el que tiene que cargar con ella; si el padre es labrador, el hijo cuidará de todo el ajetreo de los campos y pondrá manos a la obra; si el padre es comerciante, el hijo trabajará en su negocio; si el padre es abogado, el hijo le ayudará en las prácticas judiciales. Y en nada se «maceró que lo ama su padre. Pero se trata de hacer testamento, y entonces el padre demostrará que lo ama más que al pequeño, a quien acariciaba tanto, porque le concederá la mejor parte de sus bienes y le dará lo mejor. Y se observa en las costumbres de algunos países, que los mayores se quedan con todos los bienes de la casa, mientras, que los pequeños sólo tienen una pequeña legítima. Y de esta forma se ve que, aunque aquel padre tenga un amor más sensible y más tierno al pequeño, tiene un amor más efectivo al mayor….

Para san Vicente no hay duda, el amor efectivo está por encima del amor afectivo. Las virtudes meditadas pero no practicadas, son más nocivas que útiles. Cuidado con perderse en las nubes. «Reman­garse,>, sudar, mancharse, penar y sufrir por el otro, es lo que Dios quiere y espera de cada uno de los obreros de su viña. Somos tos men­digos de su gracia.

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

SAN VICENTE COMO CRISTO, ACTUAR

El vicenciano, un hombre de acción

Esta afirmación es celebre, porque deriva de la experiencia. El mismo Vicente manifiesta su vitalidad interior por sus creaciones y múl­tiples instituciones. Dos representaciones suyas expresan este doble compromiso: unas veces es representado con la cruz levantada en la mano izquierda y el evangelio en la derecha (es la tradición española), otras rodeado de niños, uno de pie con él y el otro sobre su brazo izquier­do (es la tradición francesa). Estas dos representaciones proclaman el servicio y la evangelización. San Vicente ha trabajado conjuntamente en estos dos sectores. Él ha sido un misionero aplicado desde 1612, al menos hasta 1653, y ha confirmado esta orientación por la fundación de su Congregación. Su compromiso con el servicio se confirma por la fun­dación de las Damas de la Caridad y de las Hijas de la Caridad. La Casa Madre ha debido dar, en vida del santo, unas 840 misiones, sin contar aquellas acumuladas por los otros 25 establecimientos misioneros. En esta perspectiva, se crean las conferencias de los martes, tos ejercicios a los ordenantes, los seminarios, los ejercicios a los eclesiásticos, la reforma de la predicación, la del episcopado y de algunas órdenes monásticas. Además de las Damas de la Caridad y las Hijas de la Caridad, que son fundaciones, abrió la vía a cantidad de obras caritativas a partir de las célebres cofradías de la caridad, la obra de los niños expósitos, atención a los mendigos, a los presos, la animación de la capellanía de las galeras, redención de esclavos, asistencia a las provincias devastadas, asistencia a los ancianos, a los enfermos psíquicos, orfelinatos, asilos, e incluso a las víctimas de las inundaciones. ¡Esta enumeración nos debiera dejar un interrogante y una conciencia sensibilizada! Este operario líos interpela y nos empuja a la acción. Vicente no soporta los brazos alud dos y nos lo dice con insistencia:

La práctica ante todo

Amemos a Dios, hermanos míos, amenos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo: «Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto». Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes senti­mientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración, hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de ins­truir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no nos engañemos: Totum opus nostrum in operatione consistit».

Hay que «sudar», salir de uno mismo, asumir responsabilidades, sufrir interiormente, ir tras los extraviados y sembrar incansablemente la Buena Noticia, en una palabra, trabajar. La propia Iglesia está hecha de destajistas que se mantienen a sí mismos para entregar lo mejor de sí. Este texto es el antídoto del aburguesamiento. Quien lo medita, o cambia o rinde cuentas y se va. Pero no se puede permanecer insensible e inactivo ante tales exhortaciones.

El lector y el autor de esas líneas se sienten interpelados: ¿Qué haremos pala que avance el Reino de Dios a imagen de san Vicente? ¿Cómo remangarnos y llegar a ser un buen operario? «Todo nuestro compromiso está en la acción».

 

El compromiso con los más pobres

En la actividad cotidiana, una constante anima a san Vicente y sus discípulos: la preocupación por los pobres; digamos: los olvidados de este mundo. Múltiples son las formas de la pobreza, múltiples son los abandonados y múltiples los compromisos para con ellos. Este servicio en favor de los olvidados de este mundo concierne a todos los miembros de la familia vicenciana. Las Voluntarias de la Caridad (las primeras en ponerse en camino, podríamos decir las modelos) han de «asistir a los pobres corporal y espiritualmente para honrar el amor que Nuestro Señor siente por ellos»; las Hijas de la Caridad tienen la misma finali­dad en el reglamento de 1645, ya que son especialmente enviadas a los enfermos en el acto del establecimiento de su compañía en cofradía, en 1646, «para las más bajas funciones»; los primeros Misioneros se aso­cian «para ocuparse de las salvación de las pobres gentes del campo»» y así ponerse a su servicio más rápidamente. Los miembros de la Confe­rencias ponen en práctica «la caridad de proximidad».

Cada uno puede encontrar una manera de situarse cerca de los pobres en la verdad y la eficacia. Pero contrariamente a lo que se cree con frecuencia, el compromiso no es personal, es siempre el fruto de una acción colectiva. Algunas veces las circunstancias, la técnica, la especia­lización, pueden conducir a una individualización, pero ha de ser siem­pre el fruto de un discernimiento colectivo y fraternal (en comunidad o en equipo). Cuando éste no existe, surgen las desviaciones y los indivi­duos se separan del espíritu inicial. La experiencia muestra que es mejor cambiar las cosas desde el interior que levantar el hacha de guerra.

Discernir es también eliminar. Un hombre célebre ha hecho notar «que no podemos cargar con toda la miseria del mundo»: el equipo o la comunidad, con las palabras necesarias y las puestas al día periódicas, determina las prioridades y cada uno ha de atenerse a ello.

¿Qué hacer con la profecía? En ciertos aspectos, Vicente fue un pro feta, no se amilanó al denunciar las injusticias y las desviaciones socia­les y estatales de su época. Pensamos en sus esfuerzos en favor de la paz al precio de una caída en desgracia temporal. ¿Fue comprendido por los suyos en ese momento? Puede ocurrir que un hermano o una hermana surjan del grupo y se sitúen como acusadores o provocadores. Que cada miembro desconfíe entonces de un sentimiento inmediato de recelo. La Congregación ha visto pioneros incomprendidos en su tiempo y recono­cidos más tarde. Pensemos en el padre Portal, pionero del ecumenismo, o en el padre Pouget, colocados en una jubilación anticipada, etc. Que cada grupo se interrogue regularmente sobre su capacidad de integrar lo extraordinario. Nadie está al abrigo de ostracismos eclesiales. La His­toria es testigo de esto, ¡por desgracia!

Esta atención a los pobres caracteriza la vocación vicenciana. Así lo subraya Bernard Koch: «Es una característica particular de san Vicente, que no se encuentra en el mismo grado en otros miembros de la Escue­la francesa. Ha captado muy bien su espíritu pero añade esta dimensión, el servicio de Jesús, especialmente en la persona de los pobres o con relación a los pobres». Esta simbiosis se halla en el corazón de la espi­ritualidad vicenciana.

 

El sacramento del pobre

Jesús está en el pobre. Esto nos conduce a lo que ya hemos evoca­do. Esta es la savia evangélica, sin duda la más pura, que encontramos en Mateo 25.

Vicente cita con frecuencia este pasaje en las conferencias a las Hijas de la Caridad. Explicándoles el fin de su Compañía, el 18 de octu­bre de 1655, y abordando el servicio a los dementes, Vicente recuerda que Jesús dijo de sí que había perdido la cabeza: Es menester que sepáis que él está en esos pobres privados de razón lo que en todos los demás. Con esta creencia tenéis que servirles y, cuando vayáis a verlos, alegraos y decid dentro de vosotras mismas: «Me acerco a esos pobres luir o honrar en sus personas a la persona de Nuestro Señor; voy a ver en ellos a la sabiduría encarnada de Dios que quiso pasar por tal, sin serlo el efectivamente».

El 25 de noviembre de 1658, durante la conferencia sobre el empleo de la jornada, a propósito de los intercambios que deben tener cada viernes por la tarde, una Hermana dijo que eran fieles a esta práctica salvo cuando algunas veces el servicio de los pobres se lo impedía. Vicente contesta:

Bien, hija mía, sigan con esa buena costumbre siempre que puedan, a no ser que el servicio de los pobres les prive de ese tiempo, pues es razonable que se sirva primero a los pobres. Los pobres son nuestros amos; son nuestros reyes; hay que obedecerles; y no es una exageración llamarles de ese modo, ya que Nuestro Señor está en los pobres.

Estamos aquí ante una presencia real; es la misma formulación. Esto incluye una devoción a Jesús en el pobre. ¡Qué inmensidad! ¡Qué nove­dad de tono, redescubierto después de la Edad Media! Vicente relee para nosotros el evangelio y se permite revitalizar todas nuestras rela­ciones, sobre todo aquellas de nuestro compromiso habitual e incluso las de fuera de la institución. Cada vez que me encuentro con una persona extraviada, ya sea en deterioro material o espiritual, es a Jesús a quien encuentro.

El pobre, para ser servido o evangelizado, ha de ser el más honra­do, tal como Vicente los llama: «reyes», «amos», «señores». El respeto está en el encuentro, y esto cambia nuestra mirada y nuestro compor­tamiento con ellos. La relación se invierte, y nosotros somos los subal­ternos, digamos los subordinados. Esto nos libera de la tentación per­manente de paternalismo y del lenguaje con ello relacionado: «Me ocupo de… cuido de… voy a los pobres-… El vicenciano evitará toda tutela y toda dominación, incluso si su naturaleza pecadora, como en todo creyente, oculta siempre un resto de autoritarismo y de poder. Su marca de fábrica no le preserva de los desviacionismos.

Caridad afectiva y efectiva

El activismo será la peor de las desviaciones, pero peor aún será la sola complacencia en el amor, sin pasar a la acción que presupone. Vicente nos invita a amar con el corazón y por el compromiso. Así se refiere a san Francisco de Sales que utiliza la división de amor afectivo y efectivo en su «Tratado del Amor a Dios».  Se ama a Nuestro Señor tiernamente con el corazón, igual que una madre ama a su hijo que exclama «mamá” en el momento que ella se aleja de él. Dios se com­place en nuestro amor cuando se lo devolvemos.

De este amor afectivo, se pasa al amor efectivo que «consiste en hacer las cosas que la persona amada manda o desea». También hay amor efectivo incluso cuando no se siente nada, cuando se actúa con el corazón seco, sin dejar de hacer el bien. Testimonio de esto es esta bella parábola que huele al mejor evangelio:

Los dos niños

Uno es todavía pequeño. El padre lo acaricia, se divierte jugando con él, le gusta oírle balbucear, piensa en él cuando no le ve, siente vivamente sus pequeños dolores. Si sale de casa, sigue pensando en aquel niño; si vuelve, va enseguida a verlo y lo acaricia lo mismo que Jacob hacía con su pequeño Benjamín.

El otro hijo es ya un hombre de 25 ó 30 años, dueño de su volun­tad, que va adonde quiere, que vuelve cuando le parece bien, que está al frente de todos los asuntos de la casa; y parece que su padre no le acaricia nunca, ni que lo ame mucho. Si hay alguna preocupación, el hijo es el que tiene que cargar con ella; si el padre es labrador, el hijo cuidará de todo el ajetreo de los campos y pondrá manos a la obra; si el padre es comerciante, el hijo trabajará en su negocio; si el padre es abogado, el hijo le ayudará en las prácticas judiciales. Y en nada se «maceró que lo ama su padre. Pero se trata de hacer testamento, y entonces el padre demostrará que lo ama más que al pequeño, a quien acariciaba tanto, porque le concederá la mejor parte de sus bienes y le dará lo mejor. Y se observa en las costumbres de algunos países, que los mayores se quedan con todos los bienes de la casa, mientras, que los pequeños sólo tienen una pequeña legítima. Y de esta forma se ve que, aunque aquel padre tenga un amor más sensible y más tierno al pequeño, tiene un amor más efectivo al mayor….

Para san Vicente no hay duda, el amor efectivo está por encima del amor afectivo. Las virtudes meditadas pero no practicadas, son más nocivas que útiles. Cuidado con perderse en las nubes. «Reman­garse,>, sudar, mancharse, penar y sufrir por el otro, es lo que Dios quiere y espera de cada uno de los obreros de su viña. Somos tos men­digos de su gracia.

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

 

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