San Vicente (Collet (7)

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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La respuesta que dio Vicente a la Generala de las Galeras la afligió; pero no por eso se desanimó. Así que siguió poniendo en juego todos los resortes que pudo imaginar para doblegar su espíritu, y hacerle entrar en otros sentimientos. Como el mérito de nuestro Santo era conocido por todos, por la casa de Gondi y por los que la frecuentaban, todo el mundo tuvo a gala prestarse a los deseos de la Condesa. Salían cada día de París y alrededores una nube de cartas  para Châtillon; se ven todavía hoy un gran número de doctores, Religiosos, personas respetables por su nacimiento y por su piedad, hijos del sr de Gondi, el Cardenal de Rets Obispo de París, su hermano, sin hablar de las de los Oficiales principales de la casa, que habían conocido mucho a Vicente como para no echarle de menos. El P. de Bérulle escribió también, como se lo había prometido a la Generala, pero lo hizo de una manera conforme a la alta sabiduría y a la eminente piedad de que hacía profesión. Se contentó con exponer a su amigo la pasión extrema que el sr de Gondi sentía por su regreso y el terrible golpe que suponía para la Condesa su ausencia. Por lo demás, él no inclinó la balanza hacia ningún lado, y persuadido de que Vicente era más capaz que nadie de resolver, y seguir los designios de Dios sobre él, creyó no poder hacer otra cosa que establecerle juez en su propia causa y dejar a su prudencia y penetración el cuidado de examinar si la voluntad de Dios le era suficientemente conocida. Estas nuevas tentativas no corrieron mejor suerte que las que se habían puesto en juego hasta entonces. La Generala no sabía ya casi qué partido tomar, cuando se enteró de una negociación que le resultó bien; de ello hablaremos más adelante; es tiempo ya de detallar una parte de las cosas que hizo Vicente en Chatillon. Este relato, aunque abreviado, justificará a la vez la dirección de Dios y la de su Siervo, y demostrará de la manera más evidente que fue una Providencia especial la que llevó a Vicente a Bresse y que su presencia era allí más necesaria que en cualquier otra parte.

El retrato que le habían hecho de esa región no podía ser más parecido. No quiera Dios que exageremos el mal al querer honrar a aquel de quien se sirvió Dios para detener su curso; nosotros lo disminuiremos por el contrario, y no le daremos aquí más que un extracto moderado del Proceso Verbal hecho en Chatillon y firmado por los principales habitantes del lugar. Han sido ellos mismos quienes nos han informado que, cuando Vicente entró en esta ciudad, todo en ella se encontraba en un estado lastimoso. Cada uno daba escándalo a su manera. Varias familias y sobre todo las más importantes, se sentía pertenecer a la vecindad de Ginebra, y estaban infectas de las nuevas herejías. Aquellos habitantes que se habían mantenido en la pureza de la Fe, la desmentían en su mayor parte por la corrupción de sus costumbres. Seis viejos Eclesiásticos, que componían todo el Clero de Chatillon, en lugar de oponerse al torrente del desorden, le hacían más rápido y contagioso con su mal ejemplo. Vivían todos en un gran libertinaje, y no pensaban siquiera en salvar las apariencias. Ese era todo el recurso de dos mil habitantes; porque no había entonces ninguna Comunidad Religiosa en Chatillon.

Desde que Vicente llegó, se dedicó a conocer el estado de su rebaño. Lo que descubrió por sus propios ojos y por el informe de algunas personas que se habían mantenido en la piedad, le impresionó y le horrorizó. Como su celo era ilustrado, acertó al pensar que no podría hacer nada sólido, si no fuera con fuertes ayudas. Regresó pues a Lyon en busca de algunos Eclesiásticos propios para cooperar en sus planes piadosos y dispuestos a desbrozar con él una viña, que desde hacía tantos años era víctima de un jabalí furioso, y de las bestias más feroces.

pLa Providencia no le abandonó. Si no tuvo suficiente gente para encontrar, como el Padre de familia, un gran número de operarios, que no pidieran más que ser empleados, encontró al menos a uno que podía ocupar el lugar de varios. Se llamaba Luis Girard; era Doctor en teología; sus méritos y virtud eran estimados en la Bresse de donde era originario; y quizás hubiese ocupado desde hacía tiempo un lugar distinguido, si el País que da el nacimiento no fuera aquel en que es más difícil ser Profeta. Este digno Sacerdote no decepcionó a Vicente. Trabajaron los dos desde primeros de agosto con un celo infatigable, y con este afortunado concierto, sin el cual los mejores Obreros no lo conseguirán nunca. Vicente siguió en Chatillon el método, que unos años antes le había resultado bien en Clichy. Comenzó por arreglar la Casa donde se alojaba. Se levantaban a las cinco, se hacía oración a continuación;  el Oficio y la santa Misa se decían a una hora fijada, y no se separaban sin necesidad. Nuestros dos Sacerdotes se hacían ellos mismos sus habitaciones. No había ni chica ni mujer para servir en la casa, Vicente no lo quiso permitir, y la cuñada de su Huésped, a fin de no turbar el buen orden, tuvo la generosidad de acomodarse a él la primera.

El nuevo Pastor visitaba con regularidad dos veces a la semana a una parte de su rebaño. El resto del tiempo se repartía entre el estudio y el Confesionario. El deseo de hacerse por igual útil a los pequeños y a los grandes le llevó a hacer un estudio particular de la especie de Patois, que está en uso entre la gente del pueblo. Se lo aprendió en poco tiempo, y se servía de él para dar los Catecismos. Hizo que se celebrara el Oficio con la mayor decencia posible. Desterró los bailes y los excesos escandalosos, que deshonraban las Fiestas, y sobre todo la de la Ascensión de Nuestro Señor; para incrementar un poco la renta de su Beneficio, fundó dos Misas a perpetuidad, una para el día de S. Vicente, la otra para el de S. Pablo

Como el mal ejemplo de un solo Eclesiástico causa con frecuencia más males que bienes puede hacer la conducta edificante de muchos otros, que viven en la regularidad, Vicente no descuidó nada para reformar a los Sacerdotes de su Parroquia. Cortó los vicios para establecer con mayor seguridad la virtud; hizo que cuantos tenían en sus casas a personas sospechosas las desterraran de ellas para siempre. Les persuadió a no entrar más ni en los tabernas, ni en los juegos públicos. Suprimió abusos que, por ser antiguos, no eran menos ridículos, y tan ridículos que la gravedad de la historia no nos permite referir. Abolió la mala costumbre de exigir y de recibir dinero por la administración del Sacramento de la Penitencia. Siempre se contentaba con las retribuciones que le daban, y no trató de defender sus derechos. Prohibió que se continuara confesando a los niños, como se había hecho hasta entonces, es decir reuniéndoles en Capillas, donde se les obligaba a acusarse en voz alta unos delante se los otros. Hizo ver los inconvenientes de esta conducta, que por supuesto no está de acuerdo ni con la libertad del Penitente ni con el secreto inviolable de la Confesión. El Santo Hombre no se contentó con recortar todos estos abusos, se esforzó por hacer reinar el orden y la justicia en el mismo lugar, donde el desorden y la confusión habían reinado durante tanto tiempo. Comprometió a todos sus Sacerdotes a vivir en Comunidad y a dar más tiempo a la piedad y al trabajo de lo que daba antes a la ociosidad y a la bagatela. Manejaba  los espíritus y los corazones con tanta fuerza, dirección y rectitud, que todo le salió bien. Toda la ciudad se sorprendió y edificó por un cambio tan pronto y tan perfecto, y los más sabios pensaron que un hombre, a quien la reforma de un Clero como el suyo había costado tan poco sería bastante afortunado si ganaba para Dios a su Parroquia entera.

El acontecimiento verificó la conjetura. Después de los arreglos de que acabamos de hablar, Vicente comenzó a trabajar con su celo ordinario en la instrucción del pueblo y en la conversión de los pecadores. Habló con más fuerza y unción que nunca. Dio cabida en sus discursos a lo que la Escritura tiene de más propio para suscitar el temor a los Juicios de Dios y el dolor de haberle ofendido. Abrió a los ojos de sus oyentes ese estanque de fuego y azufre en el que se precipitan los impíos en vida. Detalló estas penas eternas que son la funesta recompensa de los falsos placeres que embriagan a los hijos del siglo. Presentó la dicha y la paz de que gozan los siervos de Dios; la escasa proporción que existe entre sus combates y la corona que les espera; la facilidad de ganar este Reino, cuya conquista han logrado tantos otros, que eran tan débiles como nosotros.

Para no destruir por el ejemplo lo que edificaba con la palabra, tenía siempre ante los ojos esta gran verdad, que un Sacerdote, y más todavía un Pastor, está obligado a juntar las obras con la luz, y que toda su conducta exterior debe llevar a los que deben ser sus testigos a glorificar a Dios. Sobre este principio en Chatillon, como en todas partes, no se veía nada en su persona que no inspirara la piedad y que no fuera una lección continua de virtud. Visitaba con regularidad a los enfermos y consolaba a los pobres, se hacía pobre él mismo a fuerza de aliviarlos: inspiraba a los niños también los sentimientos de celo y de afecto que había tenido desde su tierna juventud para estos miembros sufridores de JC y uno de ellos ha declarado que apenas pasaba un día sin darle alguna lección sobre la limosna. Por lo demás, estaba vestido  muy sencillamente; llevaba siempre hábito largo y el cabello muy corto, bien lejos siempre de todas esas costumbres profanas, a las que los malos Eclesiásticos dan el nombre de modas, y los santos Cánones el de mundanalidades, sé que todos estos hecho se presuponen fácilmente en un hombre como Vicente de Paúl; también debo confesar de buena fe que no los he relatado sino por hallarse en los testimonios prestados por el Barón de Chastenai, y que no resulta difícil concluir por ellos que, a pesar de lo que piensen muchos, los seglares prestan atención a todos los momentos de los Sacerdotes, y que tienen como importantes muchas cosas que nosotros tratamos con demasiada facilidad de minucias.

Después de tantas precauciones era difícil que Vicente no tuviera éxito. Pero, por poco que fuera el éxito que pudiera alcanzar de la misericordia de Dios, se ve claro que las bendiciones de las que era seguido su trabajo sobre pasaron sus esperanzas. El Espíritu, que hablaba por su boca, renovó en poco tiempo la faz de la Parroquia. Cuatro meses habían transcurrido cuando ya no se encontraba a Chatillon en el Chatillon mismo, tanto había cambiado en ella. Los grandes pecadores se presentaban en masa en el Tribunal de la Penitencia, y como el Santo no despedía nunca a nadie, con frecuencia se veían obligados  a ir a retirarle del Confesionario, en el que muy ocupado por la necesidad espiritual de sus hermanos, se olvidaba de las más urgentes necesidades de la naturaleza. Entre las conversiones que Dios operó por medio de su ministerio son dignas de  notar las de dos jóvenes de condición que, llenas del espíritu y de las máximas del siglo, no habían hecho hasta entonces sino bastante mal uso de los atractivos de su sexo, y de las ventajas de la fortuna. Sus costumbres se resentían de la corrupción del gran mundo, en el que se habían criado. Esclavas del lujo y de las modas, ignoraban esos justos límites que prescribe S. Pablo a los que han abrazado el Evangelio. Sus preocupaciones más ordinarias eran los bailes, los festines y los juegos. Desde el primer discurso que el S. Sacerdote hizo en público, tuvieron una alta idea de sus méritos. Su estilo todo de fuego las movió, y quedaron en ir a visitarle. Allí las esperaba la gracia. Vicente, que advirtió la confusión que había hecho nacer en sus conciencias, les habló con tanta fuerza y tanta unción, que tomaron una decisión al instante, y sin preocuparse por lo que podría decir el mundo, formaron la resolución de renunciar a sus diversiones, y consagrarse sin reserva al servicio de J.C. y de los pobres que son sus miembros. Lo emprendieron y lo ejecutaron con una facilidad que las sorprendió a ellas mismas, y su celo las hizo dignas de ser las primeras piedras del edificio espiritual que el santo Hombre levantó tiempo después a favor de los enfermos y que, con el nombre de Cofradía de la Caridad, ha servido de modelo a una infinidad de otros, como diremos más adelante.

La separación del Pastor, quien faltó a estas generosas mujeres antes de lo que esperaban, no disminuyó en absoluto su fervor, y se presentaron luego molestas conjeturas, que hicieron brillar toda su virtud. Poco tiempo después del regreso de Vicente de Paúl a París, la ciudad de Chatillon fue visitada por Dios con un hambre extraordinaria. El hambre y la muerte anunciaban ya sus estragos; y todo hacía temer por los pobres. Pero el espíritu de firmeza y de vigilancia, que las alumnas de nuestro Santo habían recibido en sus lecciones, vino en ayuda de la miseria y de la indigencia. El sr Beynier se asoció a las dos Damas de quienes hablamos. Alquilaron con él un granero común, colocaron allí una parte de sus haberes, le añadieron lo que pudieron recoger en una colecta general, que hicieron en la ciudad y lugares vecinos, que estaban en disposición de contribuir, y sin desanimarse ni por el trabajo, ni por los gastos, lo distribuyeron ellas mismas a los que no tenían nada.

La plaga más temible que el hambre vino después. La peste asoló a Chatillon. El miedo a un mal tan contagioso y tan terrible, espantó a los hombres más valientes. El sexo más débil y más tímido, pareció no arredrarlas. Que uno es fuerte cuando se siente animado de la caridad de JC. Estas mismas Señoras, que habrían podido ponerse al abrigo de la tormenta en sus casas de campo, no quisieron abandonar a los pobres y a los enfermos. La confusión y las alarmas públicas no les quitaron nada de la presencia de espíritu tan necesaria, pero tsan rara en estas tristes ocasiones. Sin querer tentar a Dios, pusieron en él su confianza. Hicieron levantar cabañas cerca de la ciudad, y se alojaron en ellas. Allí se preparaban víveres para los pobres y los remedios para quienes había atacado el mal: manos fieles se encargaban de llevárselos a los necesitados. La ciudad de Chatillon se enterneció con el espectáculo que le daban dos personas tan distinguidas en la Bresse, y casi se les saltaban las lágrimas cuando las veían pasar los días y las noches a las chozas, donde expuestas al aire corrompido lograban esquivar las incomodidades de estos reductos miserables. El fin del mal no fue el término de su caridad. Las instrucciones que nuestro Santo les había dado, estuvieron siempre presentes, y como todo cuanto habían hecho hasta entonces no bastaba a la dimensión de su celo, contribuyeron a la fundación de los PP. Capuchinos en la Ciudad de Chatillon, para multiplicar por medio de estos santos Religiosos el bien que no podían hacer por sí mismas.

La conversión de estas dos Damas dio en toda la Región mucho crédito al S. Sacerdote; pero no la hubo más resonante, ni más capaz de honrar sus trabajos que la del Conde de Rougemont. Era un Señor de Saboya retirado en Francia, cuando Enrique IV unió la Bresse a su Reino. Había pasado toda su vida en la Corte, y de ella había tomado como sucede más que de ordinario a los que la frecuentan, los sentimientos y las máximas. Como los duelos eran por entonces la pasión dominante de la gente de clase y el medio más corriente de adquirirse esta falsa reputación de la que son tan celosos, el Conde de Rougemont que amaba la gloria y que no sabía ni perdonar ni disimular una injuria, era uno de los más grandes duelistas de su siglo. Siempre se encontraba listo para echar mano a la espada, bien para vengar a aquellos de sus amigos que le pedían auxilio, bien para terminar sus querellas personales. Como era grande, flexible y vigoroso, siempre llevaba ventaja. Apenas se creería, decía nuestro Santo hablando de él, a cuántos había maltratado, herido y causado la muerte, se había convertido en el terror de la Región; y aquel que no andaba recto con él, estaba seguro de quedar despachado  enseguida. Una vez difundida la reputación de Vicente por toda la Bresse, el Conde quiso conocer en persona a un hombre, de quien oía tantas cosas extraordinarias. Se fue a verle varias veces en Chatillon. Le habló a menudo de los asuntos de su salvación y de su conciencia, y él se abrió sin esfuerzo, incluso en la conversación, sobre los excesos, de los que hasta entonces se había gloriado, y que por otro lado no eran ignorados de nadie. La palabra del Siervo de Dios fue para él como esa reja de doble filo de que habla la Escritura; entró, penetró hasta los últimos pliegues de su alma, hasta las junturas y médulas. Este hombre que había hecho temblar a tantos comenzó a temer él mismo. Su conciencia le produjo horror, y para calmarla lo antes posible tomó el partido de someterse a la dirección del Santo, y de entregarse a él sin medida ni reserva. Su retorno a Dios fue tan completo como rápido; no pasó apenas por esos grados de debilidad y de imperfección, que con mucha frecuencia se encuentran en la conversión de la mayor parte de los penitentes; y a Vicente le costó más moderar su fervor que a los demás Directores les cuesta de ordinario inspirárselo a los que les falta. Toda la Provincia se sorprendió al ver a un hombre vengativo, sensible hasta el exceso, y que no conocía otras leyes que las del bienestar del siglo, abrazar en menos de quince días los más rigurosos ejercicios de una vida perfectamente Cristiana. Comenzó por vender su Tierra de Rougemont; y  de los más treinta mil escudos que sacó, no hubo ni siquiera un óbolo que no lo empleara, sea en fundar Monasterios, sea en aliviar a los que se hallaban en la indigencia. El Castillo de Chandes, donde residía de ordinario, era como un Hospicio común para los Religiosos, y una especie de hospital para todos los pobres: sanos y enfermos eran tratados en él con toda la atención, toda la caridad posible. Nada les faltaba, ni para las necesidades del cuerpo, ni para las del alma; porque el Conde mantenía a Eclesiásticos que no tenían otra ocupación que la de consolarlos, prestarles todo los servicios de los que eran capaces, y él animaba con su ejemplo a aquellos de su gente a quienes había encargado de esta buena obra; no les dejaba hacer más que lo que él no podía  hacer él mismo. No había en toda la extensión de sus Tierra ningún pobre enfermo que él no visitara y sirviera en persona; y cuando se veía obligado a ausentarse, lo que era bastante raro, les hacía visitar y servir por sus criados.

Tenía una idea tan alta de la pobreza que, aunque poseyera su bien, menos como Amo  que como ecónomo encargado de hacerle valer en provecho de los desamparados, quería absolutamente renunciar a ello, para conformarse a la conducta de aquel que siendo rico se hizo pobre por nosotros. Vicente necesitó de toda su autoridad para impedirle dar este paso; y el Conde necesitó de toda su sumisión para ceder a sus consejos.

Es el P. Des-Moulins, del Oratorio, quien nos ha transmitido todos estos datos, y su testimonio no puede ser sospechoso, ya que no ha dicho nada de lo que no haya sido testigo. ¡Ah, Padre mío, le decía un día el Conde de Rougemont, con los ojos bañados en lágrimas, ¿es preciso que yo sea siempre tratado de Señor, y que posea tantas cosas?¿Porqué me impone el sr Vicente esta dura necesidad? ¿Qué no me deja hacer? Os aseguro, añadía, que si me soltara la mano, antes de un mes, no poseería ni una pulgada de tierra; y yo no llego a comprender cómo un cristiano puede tener nada propio, viendo al Hijo de Dios tan pobre en la Tierra.

Como la luz de los Justos, por muy viva que sea al principio, crece siempre, y se aumenta hasta formar un día perfecto, el conde hacía cada día nuevos progresos. Obtuvo del Arzobispo de Lyon el permiso de tener el Santísimo Sacramento en la Capilla, para reanimar  más frecuentemente su fe y su amor. Allí, postrado a los pies de su Salvador, repasaba en la amargura de un justo dolor las ignorancias de su juventud, y los excesos de una edad más avanzada; lloraba con lágrimas de sangre la pérdida irreparable de tantas almas que el amor de una falsa gloria le había hecho precipitar en el abismo; y ponía su boca en el polvo, como el Profeta, para alcanzar un rayo de esperanza. Daba con regularidad al menos tres horas al día, y a veces cuatro, a la meditación. La hacía siempre con la cabeza descubierta, de rodillas y sin apoyo. La Pasión y los sufrimientos de J.C. eran el gran objeto de sus reflexiones. Su piedad le llevó un día a saber cuántos golpes había recibido el Hijo de Dios en su flagelación; se miró a sí mismo, poniendo la vista en sus antiguos desórdenes, como uno de los principales ministros de esta sangrienta ejecución; y para redimir sus pecados con una limosna, que tuviera alguna relación con el número, dio a la Casa del Oratorio de Lyon tantos como llagas había causado a su divino Salvador.

Vicente, para quien no tenía ningún secreto, habiendo ido una vez a visitarle, el Conde le declaró que todos sus ejercicios de piedad no tenían otro fin que el del perfecto desprendimiento de las criaturas. Ya que, añadía, estoy persuadido de que si no poseo nada en el mundo, seré todo de Dios y por eso examino cuidadosamente si la amistad de un vecino, de un pariente, de un hombre de consideración, me detiene; o si mis bienes, mis pasiones, la vanidad y el amor a mí mismo son obstáculos al progreso que debo hacer en la perfección; y en el momento que me doy cuenta que algo me aparta de mi soberano bien, acudo a la oración y, sin dudarlo un momento, rompo, corto, rasgo el lazo funesto, que no podría apegarme a la tierra, sin alejarme del Cielo.

Este detalle penetraba a nuestro Santo con el más dulce consuelo; pero lo que añadió el Conde no le produjo menos. Le contó pues que yendo de viaje un día, y ocupándose de Duios por el camino como siempre, se puso a examinar con una atención renovada si desde el momento que había formado el plan de renunciara los afectos del siglo había todavía alguno que no estuviera desterrado de su corazón. Y recorrió los asuntos, las alianzas, las ideas de reputación y de honor, y esa cantidad infinita de distracciones que cautivan al hombre casi sin darse cuenta. En medio de esta discusión que le duró largo tiempo, puso los ojos en su espada; y se preguntó a sí mismo porqué la llevaba todavía. Su espíritu agitado le ofreció razones en pro y en contra. Le hacía ver que si fuera atacado, estaría perdido, si no la tuviera; pero también le hizo ver que la facilidad de servirse de ella podría otra vez serle funesta. Este combate interior le hizo sentir que los Siervos de Dios son siempre hombres por alguna razón; y aquel que ha sacrificado lo que tenía como más importante se puede apegar aún a una bagatela. ¿Qué haré, oh Dios mío?, exclamó Un instrumento como éste de mi vergüenza y de mi pecado es capaz todavía de tenerme encaprichado? No encuentro otra cosa que esta espada que me estorba. Se acabó, no tendré ya más la debilidad de servirme de ella ni de llevarla nunca. A estas palabras, se apeó del caballo, rompió contra una piedra esta espada que le había sido tan querida; después de romperla, continuó su camino. Estaba de acuerdo que este sacrificio le había costado mucho; pero confesaba también que, después de hacerlo, experimentó una paz, una libertad, un desprendimiento tan completo y tan perfecto que espera ser en adelante todo de Dios, y de él solamente.

Esta confianza, que no estaba fundada más que en los méritos del Hijo de Dios, no quedó confundida. El Conde de Rougemont caminó hasta el último momento por el sendero que su Director le había señalado. Fue probado hacia el final de sus días por una larga y molesta enfermedad; pero su amor y la fidelidad fueron más constantes que sus dolores continuos. Por fin, pronto a partir para la eternidad, pidió con insistencia a los PP. Capuchinos, y recibió con respeto el hábito humilde  de S. Francisco. Este saco de penitencia le pareció más glorioso que todas las dignidades de que había sido revestido. Nadie dudó de que su muerte no fuera preciosa a los ojos del Señor, todos le colmaron de bendiciones; pero no se las daban sin hacerlas subir hasta Vicente de Paúl, a quien el Conde era, después de Dios, deudor de su conversión, y sin el cual habría podido morir como había vivido por tanto tiempo, es decir en el desorden y en la impenitencia.

Vicente no limitó su celo a los que S. Pablo llama los domésticos de la Fe, lo extendió a los que las nuevas herejías habían separado de la Iglesia. Uno de los primeros cuya conversión emprendió fue el señor Beynier, el mismo con quien se había alojado al llegar a Chatillon. Era un joven a quien sus padres habían transmitido sus errores y sus bienes de consideración, y por consiguiente una gran facilidad de sumergirse en toda clase de desórdenes: los gastaba sin tino y llevaba una vida que nada tenía de edificante. Vicente, a ejemplo del Hijo de Dios, que conversaba con toda facilidad con los publicanos y que se preocupaba más de los enfermos que de los sanos, se insinuó poco a poco en su espíritu. Y le hizo sentir el peligro al que sus malas costumbres y su herejía exponían su salvación eterna. Le separó insensiblemente de la compañía de una multitud de libertinos que le asediaban antes y que con toda facilidad lograban inspirarle los sentimientos de que ellos estaban imbuidos. Por fin le hizo ver de la manera más viva que si el libertinaje está en consonancia  con una Religión, que hace a Dios Autor del pecado, no está de acuerdo con la verdadera Religión de JC.

Las palabras del Hombre de Dios movieron finalmente al señor Beynier. Pareció más prudente, más moderado, más circunspecto en su conducta. Este cambio inopinado alarmó a los Ministros de Chatillon. Ellos no habían parecido apurarse porque Beynier continuara viviendo en el libertinaje; pero tuvieron en mucho perderlo. Un hombre rico es un objetivo para los Sectarios; su bien ayuda al partido, y su nombre engrosa la lista. Pusieron toda la carne en el asador para retener a un hombre, que no resultaba sospechoso sino porque se había vuelto prudente. Pero los reproches, los ruegos y las súplicas fueron inútiles. Los momentos de Dios habían llegado; y el nuevo prosélito después de renunciar a sus desórdenes, renunció a su herejía. Vicente habría podido recibir su abjuración, según el poder que le había dado el sr de Marquemont Arzobispo de Lyon, pero su humildad no se lo permitió; cedió este honor a otros. No le importó que se creyera entre el Público que no tenía ninguna parte en la doble conversión del señor Beynier; aunque Dios no se hubiera servido más que de él para realizarla. Es la advertencia que hizo entonces el P. Des-Moulins Superior de los Sacerdotes del Oratorio de Macon.

Si el regreso del sr Beynier a la Iglesia Romana dio mucho honor al celo y a la capacidad de Vicente de Paúl, la regularidad constante de su conducta no lo hizo menos. Entró con una rapidez sorprendente en la práctica de las mayores virtudes del Cristianismo. Resolvió guardar el celibato durante toda su vida. Entregó en una semana dos o tres propiedades que nadie le reclamaba; pero cuya adquisición hecha por sus parientes, que quizás no eran muy escrupulosos, le parecía sospechosa. Fue tan rico para con Dios y para con los pobres que son sus miembros como pródigo había sido en gastos superfluos. Auxiliaba con abundancia a todos los miserables que se presentaban a él. Su caridad se declaró más que nunca en la peste y en el hambre que, unos años después de la salida de Vicente afligieron a la Ciudad de Chatillon. En una palabra, llevó la liberalidad tan lejos que, a fuerza de dar, bien a las Iglesias bien a los pobres, se hizo pobre él mismo; el escaso bien que le quedaba cuando Dios lo llamó a sí, no fue empleado, según sus últimas intenciones, en otra cosa que en obras de piedad y de misericordia. El lector advertirá más de una vez en la historia que escribimos que la caridad hacia el prójimo era la virtud favorita de nuestro Santo y que poseía un talento singular para comunicársela a todos aquellos que tenían alguna relación con él.

La conversión de Beynier fue seguida de otras más: pero no hubo ninguna que diera tanto que hablar como la de los Señores Garron; porque no hubo otra que fuera más trascendente. Su padre, que había sido Oficial en la Compañía de las Gentes de armas del sr Duque de Montpensier, era uno de los más celosos partidarios de la Religión pretendida reformada. El cambio de Beynier su cuñado le había indignado; pero cuando vio que se comenzaba a a desengañar  a sus propios hijos, no se contuvo. Puso en práctica todo lo que la autoridad paterna tiene más capaz de hacer impresión. Amenazó a sus hijos con desheredarlos. Hizo comparecer a Vicente ante la Cámara del Edicto en Grenoble. Puso en movimiento a sus amigos y a sus Ministros. Todo fue inútil, ya que no hay fuerza ni poder que prevalezca contra los designios de Dios. Todos sus hijos se convirtieron: uno de ellos hizo su abjuración en Montpellier en las manos del sr Fenoüillet, que era el Obispo; los otros la hicieron en Chatillon. Al desdichado padre esto le causó la muerte de dolor; pero la propia muerte reanimó  la fe de la familia. El mayor de sus hijos entró en la Orden de los Capuchinos; la hija se hizo Religiosa Ursulina; los otros se quedaron en el siglo y dieron grandes ejemplos de caridad, de desinterés, y sobre todo de celo por la gloria de Dios.

El servicio importante de Vicente de Paúl había hecho a los Señores Garron no se les borró nunca de la mente. Creyeron un deber ordenar su conducta sobre las máximas que les había enseñado, y le consultaban en sus dudas. Tenemos aún una carta, 27 de agosto de 1656, por la que uno de ellos le pedía, casi cuarenta años después, su opinión sobre un asunto importante. Esta carta da a entender tan bien el respeto que sentías por nuestro Santo los que le habían tratado y el talento que poseía para formarlos en las más sublimes virtudes, que si bien un tanto anticuada por el estilo, creemos tener el deber de incluirla aquí en sus propios términos. Soy uno de vuestros hijos en J.C. que recurre a vuestra bondad paternal, cuyos efectos sintió en otro tiempo, cuando engendrándole para la Iglesia por la absolución de la herejía, que vuestra caridad le dio públicamente en la Iglesia de Chatillon-lès-Dombes, el año 1617, le enseñasteis los principios y las más hermosas máximas de la Religión Católica, Apostólica y Romana, en la que por la misericordia de Dios he perseverado y espero continuar el resto de mi vida. Yo soy el pequeño Jean Garron sobrino del señor Beynier de Chatillon, en cuya casa os hospedasteis al llegar aquí. Os suplico que me deis el socorro que me es necesario, para evitar que no haga nada contra los designios de Dios. Tengo un hijo único quien, al acabar sus Clases, se ha formado el plan de hacerse Jesuita. Es el hijo más aventajado de los bienes de fortuna, que exista en toda esta Provincia. ¿Qué debo hacer? Mi duda procede de dos cosas, etc. Después de exponer las razones en pro y en contra de este plan, concluye con estas palabras: Temo equivocarme, y he creído que podríais hacerme la gracia de dar vuestros consejos sobre ello a uno de vuestros hijos que os los suplica humildemente. Os complacerá que os diga que en Chatillon la Asociación de la Caridad de las Siervas de los pobres sigue en vigor.

No sabemos qué respuesta dio el Santo a esta carta; pero no se puede dudar que le consoló mucho en su extrema ancianidad. Por un lado, veía en ella a un padre de familia que, lleno del Espíritu, del que le había animado en otro tiempo, estaba preparado a privarse de un hijo, que era su alegría y su consuelo y que no difería hacer el sacrificio a Dios más que porque dudaba todavía si le sería agradable. Por otra parte, aprendía que el Señor continuaba bendiciendo las obras de sus anos, y que la primera Fundación que había hecho en favor de los pobres, subsistían en toda su dimensión, este último artículo, que se refería a los pobres,  a los que Vicente amó siempre tan tiernamente, debió sobre todo llegarle al alma; y el ardor con el que multiplicó hasta la muerte la Cofradía de la Caridad, puede fácilmente llevar a pensar con qué placer oyó que la que había servido de modelo a todas las demás, no había decaído. No podemos dejar de dar a conocer la naturaleza de una Fundación tan útil al público. Lo haremos en pocas palabras; pero hemos de comenzar por explicar lo que llevó a nuestro Santo a formar su plan, y a ejecutarlo. Se advertirá la verdad de lo que dijo tantas veces el Siervo de Dios, que en las diferentes Fundaciones, de las que se le hacía autor, no había nada suyo; que todo se hacía sin ningún plan de su parte, y que nunca había pensado que estos débiles comienzos debieran tener los frutos felices que Dios tuvo a bien darles.

Vicente estando un día de Fiesta preparado para subir al Púlpito para hacer una exhortación a su pueblo, una de aquellas dos Señoras –Sra. de la Chassaigne- de quienes he hablado antes, le detuvo un momento y le rogó que encomendara a las caridades de sus Parroquianos a una familia en extrema pobreza, en la que la mayor parte de los niños y criados habían caído enfermos en una Granja, alejada una media legua de Chatillon. Lo hizo con aquella unción que le era natural, y que parecía redoblarse cada vez que se trataba del interés de los que se hallaban en la miseria. Dejó claro con mucha fuerza la necesidad de socorrer a los pobres, sobre todo cuando la enfermedad va unida a la indigencia, y que no están en condiciones de valerse por sí mismo, como no lo estaban los que recomendaba.

Dio tanto peso y eficacia Dios a sus palabras que, después de la Predicación, un gran número de los que las habían escuchado salieron para ir a visitar a aquella pobre gente; nadie fue con las manos vacías; unos les llevaron pan, otros vino, carne, y otras cosas parecidas. Vicente fue también después de Vísperas con algunos de los habitantes de Chatillon. Como no sabía que tanta gente hubiese estado allí antes que él, quedó sorprendido de encontrase en el camino con una multitud de gentes que volvían en grupos, y algunos descansaban debajo de los árboles, porque el calor era excesivo. Alabó su celo pero no lo encontró bastante prudente. Esto es una gran caridad, dijo, pero no está bien reglada. Estos obres tendrán demasiadas provisiones a la vez, esta misma abundancia hará que una parte sea inútil. Las que no se consuman al momento, se estropearán yse  echarán a perder, y estos pobres desdichados volverán muy pronto a su primera necesidad.

Esta primera reflexión llevó a Vicente, que tenía un espíritu de organización y de sistema, a examinar por qué medio se podría socorrer con orden no sólo a esta familia afligida, que era entonces el objeto de su celo, sino a todos cuantos en lo sucesivo se encontraran en una necesidad parecida. Y lo trató con algunas mujeres de la Parroquia que poseían bienes y piedad. Se convino muy pronto en la manera cómo se había de proceder. Todas quisieron tomar parte en una obra tan buena; y el Santo, para aprovechar estas felices disposiciones, elaboró un Proyecto de Reglamento, que quiso que se probara durante algún tiempo antes de ponerle el sello de la Aprobación de los Superiores Eclesiásticos. Vicente tenía una máxima que siguió siempre, cuando no se le forzó a abandonarlo, a la que  los que se hallaban presentes no podrían prestar demasiada atención. Estaba persuadido que un hombre prudente debe ajustar sus ideas a la experiencia; y que hay mil cosas que, aunque muy hermosas en la especulación, no son ni posibles ni ventajosas en la práctica asimismo aunque no hizo nunca nada sin consultarlo con Dios y oír el consejo de las personas más experimentadas, se cuidaba mucho de no dar nada por definitivo hasta después de una prueba suficiente. Es lo que hizo en relación con el Reglamento de la nueva Asociación, a la que se dio desde entonces el nombre de Cofradía de la Caridad; y él no pidió su Aprobación hasta que cerca de tres meses de experiencia le hicieron saber que no había nada que arriesgar. Obtuvo fácilmente esta Aprobación; y el Vicario General que la otorgó en ausencia del sr de Marquemont hizo justicia al celo y a la sabiduría del Párroco de Chatillon. Vamos a hacer un resumen de este Reglamento, que podrá servir de modelo a los que su piedad y el amor a los pobres llevarán a hacer otras Fundaciones semejantes para hacerlo con mayor orden, lo dividiremos en diez Artículos. Aquellos a quienes estas clases de detalles no les gusten, podrán ahorrarse su lectura.

1º. Las personas que se reúnan para auxiliar a los pobres enfermos se propondrán a J.C. como modelo. Recordarán que este divino Salvador, que es la caridad misma, no recomendó nada con mayor insistencia que la práctica de las obras de misericordia, y que propuso a todos los cristianos con estas palabras: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Y con aquellas otras: Venid bienamados de mi Padre, poseed el reino que se os ha preparado desde el comienzo del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis.

 2º. No se admitirá en este empleo de Caridad más que a mujeres y jóvenes cuta virtud y prudencia sean reconocidas. Unas y otras no serán recibidas sino con el consentimiento de las personas de quienes dependan. No tendrán otro nombre que el de Siervas de los pobres, y tendrán a gloria llevarlo. Para prevenir la confusión que vendría por la multitud, no se recibirá más que a un cierto número. Este número fue fijado por Vicente en veinticuatro para la Ciudad de Chatillon.

3º. Para establecer el orden, y una justa subordinación entre estas diferentes personas, ellas elegirán a los ojos del Párroco de la Parroquia a una Superiora y dos Asistentas. La Superiora velará por la observancia del Reglamento. Ella se dedicará, en cuanto le sea posible, a hacer que los pobres enfermos sean alimentados y atendidos. No los admitirá a  las caridades de la Cofradía sino cuando sean verdaderamente pobres; los despedirá cuando no tenga ya necesidad de auxilios. En todo esto no hará nada sin el parecer de las demás Oficialas, a menos que se den casos tan urgentes que no pueda consultarlas; y entonces se verá obligada a dales lo antes posible cuenta de las razones que tuvo de actuar sin su participación. Cada una de las que compongan la Asamblea respetará y amará con toda sinceridad a la que esté presidiendo. La obedecerán en todo lo que se refiera al servicio de los pobres; y para hacerlo con mayor facilidad, recordarán que el Hijo de Dios fue obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz.

4º. La primera Asistenta, que será al mismo tiempo la Tesorera,  y el principal Consejo de la Superiora, guardará el dinero de la Cofradía en un Cofre con dos cerraduras, de las que ella tendrá una llave y la Superiora la otra. Podrá sin embargo  tener en mano un suma poco considerable para poder remediar los gastos imprevistos.

5º. La segunda Asistenta, cuyos consejos seguirá también la Superiora, estará encargada de guardar y conservar la ropa y los muebles que estén destinados al servicio de los enfermos. Cuando los necesiten se los proporcionará, después de consultar a la Superiora y tendrá cuidado de recogerlos después de la enfermedad.

6º. Además de estas tres Oficialas, la Cofradía elegirá como Procurador a un hombre piadoso y aficionado al bien de los pobres y que pueda hacer su Capital de sus intereses. No se tomará para este empleo sino a un hombre de la Parroquia; Seglar o Eclesiástico poco importa, con tal que sea virtuoso y caritativo. Tendrá cuidado de escribir el producto de las Colectas que se hagan en la Iglesia o por las Casas; llevará también los asuntos que conciernan al fondo de lo temporal, después de consultado el Párroco y las Oficialas de la Cofradía. Propondrá en las Asambleas lo que juzgue más propio para bien de los pobres, lo que haya hecho o lo que querría emprender para su servicio. Si la Cofradía tiene una Capilla particular, velará por los Ornamentos, cumplirá con las Misas, etc. Será tenido como miembro de la Asociación; y en esta calidad tendrá parte  en las indulgencias, que le serán concedidas, y tendrá voz en las deliberaciones mientras ejerza  su Oficio.

7º. Como es muy útil a una Comunidad que los que la compongan se reúnan de vez en cuando para tratar de lo que puede contribuir al bien y al progreso del Cuerpo en total y de cada uno de sus miembros, las Sirvientas de los pobres se reunirán todos los terceros Domingos de cada mes. Se consultarán y comunicarán ese día, si es posible escucharán después de Vísperas una breve Exhortación que les hará el Párroco del lugar; se deliberará luego sobre la que pueda interesar a la Cofradía. Si se necesita recoger los votos, el Párroco será encargado de hacerlo. Comenzará por las que han sido recibidas las últimas, y continuará siguiendo el tiempo de la recepción, y subiendo hasta el Procurador, las Asistentes y la Superiora.

8º. Las Oficiales no podrán estar en el cargo más que dos años. Expirado el cual, entregarán sus cuentas en presencia del Párroco, y de todos los habitantes de la Parroquia, que quieran hallarse allí. Será el lunes después de Pentecostés cuando se procederá a una nueva Elección. Se continuará al Procurador, a no ser algo obligue a sustituirle por otro. Si alguna persona de la Cofradía vive de una manera poco edificante o descuida el cuidado de los pobres, se le advertirá con caridad; si no se corrige será despedida.

9º. Las necesidades espirituales de los enfermos serán todavía más el objeto del celo de la Cofradía que sus necesidades temporales. Se comenzará pues por las primeras, que son más interesantes que las otras. Por eso se trabajará primero en llevar a los enfermos a hacer una buena Confesión. Se les hará ver que nada es más propio para santificar al hombre, que los sentimientos y las aflicciones cuando se los recibe como es debido de la mano de Dios. Para no ver más su corazón, y hacerles más atentos, se les pondrá ante los ojos la Imagen del Hijo de Dios atado a la Cruz. Se les enseñará a unir sus penas con las del divino Salvador; y se les hará ver que si el leño verde ha sido tan mal tratado, un leño seco y árido, que no sirve para nada, merece un tratamiento mucho más riguroso. Cuando se lleve el S. Viático a alguno que sea cuidado por la Cofradía, la que sirva ese día, limpiará la Casa del enfermo, y la adornará, en cuanto le sea posible para recibir con decencia la visita del Hijo de Dios. La Cofradía asistirá en corporación al Entierro de los pobres a quienes haya asistido durante su enfermedad, y mandará decir una misa por el descanso de sus almas.. se rendirán, con mayor razón, a aquellas de las Hermanas, de las que Dios disponga, los mismos deberes de caridad.

10º. Para impedir que una Asociación, que no está compuesta con demasiada frecuencia más que de personas obligadas a vivir del trabajo de sus manos, cause perjuicio a la casa de aquellas que serán juzgadas dignas de ser admitidas, las Hermanas de la Cofradía servirán por turno a los enfermos, durante un día solamente. Comenzará la Superiora, seguirán las Asistentas y después de ellas cada una de las demás, según el orden de su recepción. Se preparará el alimento de los enfermos, y se les servirá con las propias manos. Lo harán con ellos, como una madre llena de ternura lo hace con respecto a su hijo único. Les dirán unas palabritas de nuestro Señor, y tratarán de distraerlos y alegrarles, si parecen demasiado tristes por su mal.

Vicente entra en detalles de lo que se debe dar a los enfermos como alimentación. Como depende mucho de las circunstancias, no nos detendremos en ello Lo que acabamos de decir es suficiente ara dar una idea de su sabiduría y amor por los pobres. De esta manera se estableció en Chatillon la Cofradía de la Caridad. Sería difícil, dice un testigo ocular,  relatar todos los bienes que produjo, las conversiones de que ha sido el origen, y los auxilios que han recibido de ella los pobres, sobre todo en tiempos del contagio, de lo que ya hemos hablado. Los habitantes de Bourg y de las localidades vecinas, que fueron informadas de las ventajas que de ellas recaían en el público, las establecieron semejantes en sus lugares. El Hombre de Dios, a quien estos primeros éxitos habían sorprendido y animado, la multiplicó durante toda su vida, mientras lo pudo hacer. En pocos años la fundó en Villepreux, en Joigni, en Montmirel, y en más de treinta Parroquias dependientes de la Casa de Gondi. De allí pasó a Lorena, a Saboya, a Italia y a tantos otros lugares que no se podrían contar. Pero al menos se puede concluir, como se ha hecho desde hace mucho, que hay en una gran parte de Europa miles de pobres que deben todavía hoy a la caridad y a la sabia industria de Vicente de Paúl los auxilios temporales y espirituales que reciben de la piedad de los fieles.

Por lo demás, como el Santo Sacerdote, por poco celoso que fuera para el consuelo de todos los miserables, sentía una atracción particular hacia los pobres del campo, que por lo común son los más abandonados, no pensó en un principio en introducir la nueva Cofradía en las Ciudades importantes. Con todo se vio pronto obligado a establecerla en la Capital misma del Reino. Algunas Damas de calidad que tenían Casas de campo en la Isla de Francia y en las Provincias vecinas, donde el santo había dado Misiones, vieron y admiraron los grandes bienes que provenían de una Asociación tan santa: se acordaron al mismo tiempo que, aunque el Hotel-Dieu de París no estuviera cerrado a nadie, había no obstante en esta Ciudad inmensa un gran número de Artesanos y de Obreros, a quienes la vergüenza u otras razones impedían dejarse llevar allí, cuando caían enfermos, y que esta clase de personas, a quienes les falta de todo, una vez que se hallan sin trabajo, se encontraban tarde o temprano reducidas al estado del mundo más necesitado; sin recursos, ni sustento ni consuelo. Ellas hablaron a los Señores Párrocos y les propusieron la Fundación de la Cofradía de la Caridad, como un medio propio para detener un mal sobre el que gemían  ellos mismos hacía tiempo. Algunos de ellos le hablaron a nuestro Santo; y como estuvieran persuadidos que había una bendición particular unida a todas las obras que pasaban por sus manos, le rogaron que se encargara de la empresa, y añadiera a su primer Plan o quitara lo que juzgara conveniente, en atención a la diversidad de los lugares y de las personas. El S. Hombre lo hizo con aquella actividad que le era natura natural cuando se trataba del interés de los pobres. La primera Parroquia en la que fundó la Cofradía de la Caridad fue la de S. Salvador. Hizo en ella los mismos bienes que había hecho en todas las otras partes; los que menos aprueban las nuevas Fundaciones no pudieron por menos de estimar ésta, en lo que ella se merece, y se difundió con tanta rapidez por casi todas las Parroquias de París, que resultó fácil ver que esta obra era del número de aquellas que Dios tiene bajo su protección. He creído relatar todos estos hechos por anticipación para no caer en repeticiones tan fastidiosas para el Lector como poco favorables al Historiador.

Trad. Máximo Agustín

 

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