San Vicente (Collet) 6

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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El sr de Bérulle, en lugar de dar un Sacerdote de su Congregación como se le pedía, puso los ojos en Vicente de Paúl, y le convenció que entrara, al menos a modo de prueba, en la Casa de Gondi. La elección que hizo de nuestro Santo en esta ocasión, es una buena prueba de la alta idea que tenía de su espíritu y de su virtud; pero sorprende bastante que un hombre tan celoso por la salvación de las almas, y que con toda seguridad no estimaba menos la de un campesino que la de un hombre de condición, privara a una Parroquia entera del Párroco que hacía prodigios en ella para colocarle en una casa donde su celo debía estar naturalmente muy limitado. Es una nueva prueba de la necesidad de suspender su juicio en relación a la conducta de los Santos y reconocer que ven a menudo de una manera más o menos confusa lo que las almas ordinarias no ven más que en el tiempo mismo del suceso. Vicente, quedándose en Clichy, se habría limitado necesariamente a su pueblo: al entrar en la Casa de Gondi se vio  a punto de trabajar por la salvación de un mundo entero y hacer más por la gloria de Dios en el curso de un año tan sólo de lo que habría podido hacer durante un siglo cuando se viera encargado de la mayor Diócesis del Reino.

Fue, por lo que podemos conjeturar, hacia finales del año 1613, cuando nuestro santo sacerdote comenzó a trabajar en la educación de los Señores de Gondi. La conducta que observó en este nuevo empleo puede servir de regla a los que Dios llama al mismo género de trabajo; porque parece que Dios no haya hecho pasar a Vicente de Paúl por tantas condiciones diferentes, que con el fin de enseñar a un gran número de personas, que tienen los mismos compromisos, el modo como se pueden santificar allí.

Se propuso en primer lugar honrar a JC en la persona del sr de Gondi, a la santísima Virgen en la de su ilustre esposa, y a los discípulos del Salvador en la de los Oficiales y de los criados inferiores. Esta manera de actuar, que parece la sencillez misma, encierra no obstante una práctica exacta y continua de los primeros deberes del Cristianismo, y esto es lo que la Escritura nos prescribe cuando quiere que obedezcamos a los Poderes como a Dios y que honremos a los pobres como a los miembros de JC Vicente confesaba de buena fe que le había servido mucho, y que al ver a Dios mismo bajo diferentes versiones en todas las personas con las que tenía que tratar, se había esforzado en regular sus pasos ante los hombres como si los hubiera regulado ante el Hijo de Dios, si hubiera tenido la suerte de conversar con él durante los días de su vida mortal. Aconsejaba la misma práctica a los que se encontraban  en una condición semejante a la suya: él se la propuso sobre todo varios años después a un joven abogado de París muy piadoso y muy prudente, a quien había determinado a entrar a la Casa de Retz, para llevar la Intendencia. Este joven habiéndole rogado que le dijera cómo podría guardar el espíritu de devoción y de recogimiento en medio de las distracciones que son inevitables en una multitud de asuntos, de la naturaleza de aquellas de las cuales iba a verse abrumado; el santo le descubrió la manera cómo él se había conducido en la misma familia durante algunos doce años que había estado allí. Le exhortó a ponerla en práctica, y le aseguró que no podía por menos que serle provechosa. Así fue en efecto como nuestro Santo, constantemente unido al Salvador a quien descubrió hasta en las obras más pequeñas, no solamente no se apartó de los senderos de la virtud, sino que caminó por ellos con un fervor nuevo, y por él hizo caminar a los demás.

Si bien una casa como la del General de las Galeras, donde se hallaba un mundo infinito, fuera necesariamente tumultuosa, Vicente vivía en él y en parte como si hubiera vivido en los desiertos de la Tebaida. Pasaba en una gran soledad todo el tiempo que no debía dedicar a la educación de sus alumnos. No se presentaba ante sus padres más que cuando le llamaban, se cuidaba mucho de no mezclarse más que en lo que se refería a su empleo. Tenía por máxima que no se esta mucho tiempo firme contra los peligros de los que están llenas las casas de los Grandes, cuando no se prepara uno por el silencio y el recogimiento para resistirlos. Sin embargo, una vez que se presentaba la ocasión de prestar servicio al prójimo, él encintraba tanta satisfacción en dejar su retiro como la que sentía al encerrarse en él, cuando nada le obligaba a salir. Por eso estaba atento a desterrar las disensiones y a mantener la paz y la concordia entre los criados. Los visitaba en sus habitaciones cuando estaban enfermos, y después de consolarlos, les prestaba los servicios más humildes. Algunos días antes de las Fiestas solemnes, los reunía a todos y los instruía sobre la grandeza del Misterio del que la Iglesia debía ocuparse, los disponía a la recepción de los Sacramentos y les enseñaba a santificar estos días preciosos, los que por una desgracia que no se puede deplorar lo suficiente son para la mayor parte de los Dueños y sirvientes, días o de libertinaje o al menos de ociosidad. Observaba el mismo método en el campo, pero allí daba más cuerda suelta a su celo. Consideraba como perteneciente a la Casa de Gondi a esta numerosa multitud de pueblo, que contribuían al bienestar de la Casa. Así cuando el general de las Galeras le llevaba con su familia a Joigni, a Montmirel, a Villepreux, y a otras Tierras parecidas, todo su deseo era emplear el tiempo que le quedaba libre en la instrucción de aquella pobre gente, que por lo común tenían buena falta. Hacía con la aprobación de los Obispos, y el consentimiento de los Párrocos, Predicaciones y Catecismos. Administraba los Sacramentos, y sobre todo el de la Penitencia; en una palabra, hacía por ellos lo que el Pastor más tierno, más activo y más vigilante puede hacer por su rebaño.

Se puede juzgar con facilidad que un hombre tan celoso por la salvación de todo lo que pertenecía a la Casa de Gondi no descuidaba a los que eran sus Jefes. No dejaba pasar ninguna ocasión de mantener y animar las grandes disposiciones que tenían para la virtud. Su respeto hacia ellos no estaba mezclado de aquella complacencia baja y tímida que hace aprobar o disimular el mal, que una firmeza llena de dulzura y templada por justos miramientos podría detener. He aquí un ejemplo bien glorioso para Vicente y para el sr de Gondi. Éste recibió o creyó haber recibido una insigne ofensa de un Señor de la Corte. Su virtud y su delicadeza de conciencia se rompieron contra este escollo tan funesto para tantos otros. La gloria de su casa, el valor invencible del Mariscal de Retz su padre, el alto rango que tenía él mismo en el Reino; todos estos motivos se presentaron a su imaginación y le determinaron a lavar con la sangre de su enemigo el ultraje que creía haber recibido. Los duelos, aunque prohibidos recientemente todavía por Enrique IV bajo pena de crimen de lesa majestad, eran todavía tan comunes que apenas se sentían escrúpulos. Nos sentiríamos incluso tentados a pensar que algunos los consideraban como un acto de virtud. Comunmente se iba a la Iglesia antes de enzarzarse en combate y se encomendaba seriamente a Dios cuyo solo proyecto es ya un crimen abominable a sus ojos. El sr de Gondi siguió el método ordinario; oyó la Misa con toda la devoción de un hombre que estaba resuelto a irse a batir un momento después. Se quedó incluso en oración un momento en la Capilla más que de ordinario. Es fácil de creer que Vicente conociendo su plan había suplicado a Dios durante la celebración de los santos Mártires que le concediera esta ocasión para volverse atrás. No la dejó escapar: cuando todo el mundo se fue, se acercó al sr de Gondi y arrojándose a sus pies: permitid, Señor, sin darle tiempo a respirar, permitid que os diga unas palabras con toda la humildad. Me he enterado de que tenéis intención de ir a batiros en duelo. Pero os declaro de parte de mi Salvador, a quien os acabo de mostrar, y vos venís de adorar, que si no abandonáis este mal  propósito, él ejercerá su justicia sobre vos y sobre toda vuestra posteridad.  Después de estas escasas palabras, vivas y tiernas por igual, Vicente se retiró como un hombre abrumado por la tristeza y por el horror a la vez; muy resuelto sin duda a hacer algo más si lo que acababa de hacer no era suficiente. Pero no hizo falta más. La conciencia habló, sus remordimientos se mezclaron con las palabras de Vicente. El sr de Gondi reconoció la trampa del tentador, tomo la resolución acertada, y dejó la venganza a aquel que se ha reservado el derecho de ejercitarla.

Esta acción, que el sr de Gondi ha repetido varias veces, honró mucho a nuestro Santo, pero la totalidad de su conducta no lo hizo menos. Su regularidad, su modestia, su aplicación a juntar la prudencia de la serpiente con la sencillez de la paloma, su acierto en desterrar incluso en la mesa las conversaciones inútiles, y en sustituirlas sin reparo y sin afectación por otras más santas y más edificantes; en una palabra, sus virtudes le ganaron el corazón y el afecto de todos aquellos con quienes vivía. Solo había un parecer sobre él, no solamente en la casa sino hasta en toda la familia; y nunca Capellán de gran Señor ha sido tan universalmente respetado.

La Señora de Gondi conoció mejor que nadie lo que valía Vicente de Paúl, y quizás no hacía un año que estaba en su casa cuando resolvió tomarle por Director. Pensó prudentemente que un hombre que tanto bien hacía en todo lugar podría serle muy útil, pero no quiso hacerle la propuesta directamente, porque el conocimiento que tenía de su profunda humildad le hizo pensar que encontraría mil expedientes para no aceptarlo. Se dirigió pues al sr de Bérulle y le pidió con insistencia que obligara a este sabio y virtuoso Sacerdote, que era su penitente, a encargarse del cuidado de su conciencia. Ella no podía emplear un medio más seguro y más eficaz: nunca un hijo fue más sumiso a su padre, como Nuestro santo lo estaba a este piadoso Director, era su oráculo; una vez que había hablado, se desvanecían todas las dificultades, y Vicente no sabía más que obedecer. Su decisión fue entonces como siempre, considerada como la expresión de la voluntad de Dios, y aunque una elección tan gloriosa hiciera sufrir mucho a nuestro S. Sacerdote, él no resistió más, como si le hubieran  prohibido resistir.

Por muy virtuosa que fuera la Generala de las Galeras cuando se puso bajo la dirección de Vicente de Paúl, se vio pronto lo que puede en materia de dirección un hombre lleno del Espíritu de Dios, y abrasado por el amor de su gloria. La sra de Gondi se entregó con nuevo ardor a la práctica de las más sublimes virtudes. Hacía grandes limosnas para socorrer a los pobres, y en particular a los de sus Tierras. Visitaba con exactitud a los enfermos, y tenía como un gozo y un honor  servirles, como si hubieran sido sus amos. Daba a los Oficiales de sus Dominios órdenes tan precisas para realizar una justicia buena y pronta, para que no se los viera nunca apurados por retrasos sin fin, ni pagas incapaces de sostenerlos. Ella sólo colocaba a personas de una probidad conocida y cuya rectitud no pudiera ser atacada por los presentes o el respeto humano. Procuraba, en cuanto podía, acabar amistosamente los Procesos y las diferencias que nacían entre sus vasallos. Se adelantaba a sus disensiones o al menos las apaciguaba, cuando no podía adelantarse a ellas. Celosa protectora de los huérfanos y de las viudas, impedía con todo cuidado que no se les oprimiera. Finalmente no perdonaba ni trabajos ni gastos para hacer que Dios fuera servido y honrado en todos los lugares que dependían de ella. El sr de Gondi entraba en todos sus planes, y aunque hubiera deseado que su esposa dirigiera más, él estaba siempre dispuesto a concurrir en sus santas empresas. Pero como su rango y sus empleos le llamaban bien a la Corte bien a la extremidad del Reino, Vicente le reemplazaba en una infinidad de obras buenas. Él era el alma y el consejo de todas las acciones de la sra de Gondi. Trabajaba por su parte mientras ella estaba ocupada en lo suyo, y volaba en socorro del prójimo, tan pronto se presentaba la menor ocasión de prestarle servicio. Se habría dicho que él tenía el talento de multiplicarse, pues se hallaba presto en todos los lugares donde se requería su presencia.

La naturaleza sucumbió al fin, la continuidad del trabajo le agotó. El Santo se sintió atacado de una enfermedad importante, y se la puede considerar como la época de la debilidad y de los dolores de los que se ha resentido en las piernas durante 45 años, es decir hasta el último momento de su vida. Ya sé que se atribuyen estos crueles dolores o a las cadenas con las que fue cargado en Túnez o incluso a las que se pretende que la caridad le hizo llevar en Marsella, como diremos más tarde; pero nadie duda que un mismo mal no pueda proceder de varios principios diferentes. Todo llega a encontrase al final; y las fatigas continuas de un hombre sin miramientos para consigo mismo vuelven a abrir con frecuencia los rastros que parecían borrados por completo. Sea como fuere, Vicente fue entregado a los votos de la casa de Gondi, y su temperamento bastante robusto le sacó de apuros. Reanudó su ritmo ordinario, y creyó que Dios no le había devuelto la salud más que para sacrificarla sin reserva a la salvación de todos aquellos que podían necesitarlo.

 

  1. Confesión del campesino de Gannes.

Un día que estaba con la Señora Generala en el Castillo de Folleville, Diócesis de Amiens, vinieron a pedirle que fuera a Gannes, pueblecito alejado de Folleville un par de leguas. Se trataba de confesar a un campesino gravemente enfermo; y que había dicho que moriría contento si tuviera la suerte de abrirse a nuestro Santo Sacerdote. Vicente no tardó en llegar allí. Los vecinos del moribundo le hablaron muy bien del moribundo, y efectivamente había vivido siempre con la reputación de un gran hombre de bien. Dios que ve los corazones no juzgaba como los hombres que sólo ven las apariencias. El desdichado campesino tenía la conciencia cargada de varios pecados mortales, que una falsa vergüenza le había impedido siempre descubrir. El Santo habiendo comenzado a escucharle tuvo la idea de llevarle a hacer una Confesión general. Este pensamiento venía de Dios. El enfermo animado por la dulzura con la que su nuevo Director le trataba, hizo un esfuerzo; le descubrió sus miserias secretas que nunca había tenido la fuerza de descubrir a nadie. Esta rectitud tan necesaria en un hombre que estaba pronto a caer en las manos de Dios fue seguida de un consuelo que no se puede explicar. El penitente se vio descargado de un peso enorme que le abrumaba desde hacía varios años. Lo que hubo de particular es que pasó de un extremo al otro, y que durante tres días que vivió después, hizo varias veces una especie de Confesión pública de sus desórdenes que había suprimido durante tanto tiempo en el Tribunal mismo de la Penitencia. La Condesa de Joigni que había ido a verle según su costumbre le oyó decir nada más verla: Ah, Señora, yo estaba condenado, si no hubiera hecho una Confesión general, a causa de varios pecados mortales de los que no me había atrevido a confesar. Esta generosa declaración que era una prueba bien sensible del cambio de quien la hacía y de la sinceridad de su contrición, edificó mucho a los que fueron testigos. Pero la sra de Gondi que era una mujer eminentemente Cristiana, y que disponía, en relación a los asuntos de la salvación, de luces muy superiores a las de la multitud, se sintió asustada, y sacó una consecuencia digna de su celo y de su caridad. ¿Qué es esto, Señor, dijo dirigiéndose a Vicente de Paúl, qué es esto que acabamos de oír? Es de temer que ocurra lo mismo con la mayor parte de esta pobre gente. Ah, si este hombre que pasaba por hombre de bien se hallaba en estado de condenación, ¿qué será de los demás que viven peor?¡Ah, Señor Vicente, cuántas almas se pierden1¿Qué remedio para esto?

Primera misión en Folleville

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  1. Estos pensamientos ocupaban noche y día a la piadosa Generala; y daba vueltas con santa inquietud en su espíritu los medios de parar el curso de un mal tan grande. Como no ignoraba que en materia de reconciliación con Dios, las demoras sólo pueden resultar funestas: ella rogó a Vicente algunos días después, es decir el 25 de enero, día en que la Iglesia honra la Conversión de S. Pablo, que predicara en la iglesia de Folleville para exhortar a los habitantes a la Confesión general. Él lo hizo ese mismo día, y dios dio una bendición tan grande a sus palabras, que todo el pueblo quedó impresionado, y todos comenzaron a repasar todas sus miserias con dolor de su corazón, para reparar con una nueva Confesión lo que las precedentes podían tener de defectuoso. El Santo continuó instruyéndolos, y hablándoles de las disposiciones necesarias a la penitencia, antes de presentarse al sagrado Tribunal. Comenzó por fin a oírles cuando los creyó suficientemente preparados. Pero tanta era la gente que no siendo suficiente con otra Sacerdote que le ayudaba, se vio necesitado a buscar ayuda en las Ciudades cercanas. La Generala escribió al R. P. Rector de los Jesuitas de Amiens, que él mismo llegó. No dejándole permanecer por más tiempo sus ocupaciones que le llamaban en otra parte, envió para trabajar en su lugar al P. Fourché de la misma Compañía. Su celo tuvo en qué ocuparse. La cosecha era tan abundante que estos tres Operarios, que la querían recoger entera, tenía apenas un momento de respiro. Una vez que acabaron en Folleville, volvieron a comenzar en los otros Pueblos del mismo cantón que pertenecían a la Casa de Gondi. La afluencia de los pueblos fue la misma, y la mano de Dios les repartió las mismas bendiciones. Vicente, que se consideraba el mayor pecador que hubiera en el mundo, atribuía todos estos éxitos a la piedad de su ilustre Penitenta: la Señora de Gondi las consideraba como el efecto de las raras virtudes de su Director, y todo hace pensar que eran una recompensa anticipada de la caridad ardiente que los consumía a los dos.

Esta misión de Folleville y de los alrededores es la primera que haya dado Vicente de Paúl; y él la ha tenido siempre como el fermento de aquel gran número de otras que dio o hizo dar hasta su muerte. Cada año, el 25 de enero celebraba su memoria con los sentimientos del más vivo agradecimiento. Quería que sus Hijos la celebraran como él, aunque estuviera persuadido de que todos los días son santos, porque pertenecen todos al Señor, él no obstante daba muy humildes acciones de gracias a Dios porque había querido que el día de la Conversión de S. Pablo fuera aquel en que su Congregación hubiera sido pensada de alguna forma. No es que él pensara en ella entonces, ni siquiera ocho años después. No existía ni sombra de que esta primera tentativa debiera ser de alguna forma origen de esta gran Fundación. Fue es cierto sin embargo su principio y fuente. La sra de Gondi quedó tan encantada por este feliz ensayo, y por los frutos abundantes que vio nacer que desde entonces formó el plan de dar a alguna Comunidad de mil seiscientas libras, por medio del cual se encargara de dar por todas sus Tierras Misiones cada cinco años. Veremos un poco más adelante en qué se empleó este fondo.

La alegría que sentía esta piadosa Generala a la vista de los grandes bienes que Vicente acaba de conseguir en una parte de sus Tierras, pronto se vio turbada por una de las más rudas pruebas que ella hubiera atravesado nunca; y esta prueba rigurosa le llegó por parte del hombre del mundo que más la honraba, y de quien menos lo hubiera esperado, quiero decir por parte de Vicente de Paúl. Aunque este S. Sacerdote se hubiese llevado la estima y los sufragios de toda la casa de Gondi, una vez que hubiese sido conocido, no obstante la uniformidad de su dirección, su virtud que, lejos de desmentirse, parecía cada día con un nuevo brillo, sus talentos y su empeño en formar en el Señor a un pueblo perfecto en todos los lugares donde se encontrara, la bendición sensible que Dios difundía en las Tierras más ingratas, desde que había emprendido cultivarlas; en una palabra, sus virtudes, sus trabajos y sus éxitos, produjeron una impresión tan grande sobre aquellos con quienes vivía que todos le respetaban como a un Santo, le miraban como al Ángel tutelar de la Familia. Se tenían de él los mismos sentimientos que tenía Putifar de José; y se pensaba que Dios estaba con él, que él secundaba sus obras, y que las bendiciones que daba a toda la Casa eran la recompensa de su fe y de su caridad. Por muchas precauciones que se tomaran para no alarmar la delicadeza de su humildad, era imposible no testimoniarle con frecuencia la estima infinita que se sentía de sus méritos: y cuando se hubiera podido permanecer en el silencio, se le trataba con un distinción tan definida, y una consideración tan continua que hasta los extraños conocían primeramente el juicio que se tenía de él. Estos sentimientos que hubieran halagado a un hombre menos sólidamente virtuoso eran un suplicio para Vicente de Paúl. Hubiera querido ser considerado como el último de los hombres. Tenía por máxima, no se si los hijos del siglo se la perdonarán que sería mejor ser entregado a los insultos y a la furia del infierno que vivir sin cruces y sin humillación, y tenía como expuesto a un peligro próximo a perderse a un hombre a quien todo le sale bien y que no tiene contradicciones que vencer

Fueron estos grandes sentimientos los que le determinaron a retirarse de una Casa donde sufría con impaciencia no tener nada que sufrir. Tuvo miedo de que el escollo de la vana gloria le hiciera caer en el mismo naufragio que ha hecho caer a tantos que parecían consumados en la virtud. El ejemplo de un gran número de Santos, que en ocasiones menos peligrosas, se creyeron obligados a tomar el partido del retiro, se presentó con toda su fuerza a su espíritu, y resolvió imitarlo.

Existía aun otra razón que le llevaba a lo mismo. Dios había probado por largo tiempo a la sra. de Gondi con penas interiores tan vivas y tan pesadas que se veía con frecuencia  reducida a los más tristes extremos. Sus escrúpulos la agotaban; el fuego, que la purificaba como el oro en el crisol la consumía al mismo tiempo. Lo más molesto era que viéndose en la necesidad de pasar parte del año en el campo, no podía resolverse a abrirse a un Sacerdote del Pueblo. Hay debilidades cuya confesión cuesta más que la del pecado mismo; es difícil descubrirlas al primero que llega y quedar tranquila cuando no se descubren, porque no se las distingue bastante del pecado. Vicente, que reunía un juicio recto con mucha experiencia, tranquilizaba a la Condesa. Una palabra suya le devolvía la calma, y si continuaba siendo probada de vez en cuando, al menos tenía el consuelo de tener en su casa a un hombre de confianza, que veía antes mismo de que ella hablara de que se trataba; y que por consiguiente era más apropiado que nadie para consolarla. El Santo Sacerdote cumplía con gozo estos deberes de caridad, lo habría hecho con agrado al último criado, pero no podía permitir que le viese como a un hombre que le era necesario. La atención que tenía con este miserable, nombre que se daba a sí mismo, esta atención que constituye el encanto secreto de muchos Directores, le afligía sensiblemente. Sin embargo ella crecía día a día. La Generala no podía soportar su ausencia. No podía dejar de expresar inquietud cuando los asuntos la obligaban a algún viaje. Como él era muy sensible a las impresiones del aire, temía que se sintiera mal y que el frío o el calor le hicieran caer en laguna enfermedad. Al fin su imaginación alarmada la llevaba preguntarse muchas veces a sí misma qué sería de ella si tuviera la desgracia de no tenerle cerca cuando Dios juzgara oportuno llamarla a sí,.

Vicente tuvo este exceso de temor como una imperfección, y como no buscaba más que la pura gloria de Dios, se esforzó en suprimirla de un alma que le era tan querida. Para lograrlo, hizo lo que no hará nunca un hombre de carne y sangre. La obligó a dirigirse a otro Confesor, y sobre todo a un P. Recoleto, cuyas luces y experiencia ya conocía. Le hizo estar de acuerdo que había quedado satisfecha; él se sirvió de este ensayo para convencerla que Dios la conduciría tan bien por otro como por él, si supiera poner toda la confianza en su infinita bondad.

Pero ni estas experiencias pasajeras ni las razones que le daba Vicente pudieron hacer cambiar a esta virtuosa Dama sus primeras impresiones. Continuó persuadida de la extrema necesidad que tenía de la ayuda y de la caridad del santo Sacerdote; y Vicente, que no podía sufrir que nadie en el mundo tuviera el menor apego a la dirección particular y que temía que este exceso de confianza fuera un obstáculo a una verdadera y sólida perfección, se confirmó cada vez más en el plan de retirarse.

A estas razones principales, y que solas eran suficientes, y que de por sí eran más que suficientes, para poner en acción a un hombre tan ávido de cruces como los demás lo son de consuelo, se unían también motivos capaces de perturbarle. Los srs de Gondi comenzaban a crecer y la humildad de Vicente le llevaba a creer que no tenía los talentos necesarios, para darles una educación proporcionada a la grandeza de su nacimiento y de los gloriosos desempeños que parecían ya estar llamando a sus puertas. Además, la Capital del Reino, donde el S. Sacerdote pasaba con sus alumnos un tiempo considerable, se hallaba presa de la discordia y de las disensiones. La Corte, el Parlamento, los Grandes del Reino, para ir, como todos ellos lo pretendían, hacia el bien común, tomaban medidas tan opuestas que por todas partes no se veía más que confusión y nubarrones. Concini, tan famoso bajo el nombre del Mariscal d’Ancre, acaba de ser asesinado -24 de abril de 1617- en el puente levadizo del Louvre. Leonora Galigaï, su viuda, después de ver por tanto tiempo las cabezas más soberbias del Estado doblar la rodilla ante ella, se había visto llevar en un volquete a la Grève -8 de julio-. A la Reina Madre le había solicitado su hijo que se retirara a Blois; y se marchaba -3 de mayo- tras un adiós tan duro como el destierro que le siguió. En estos grandes movimientos cada uno toma partido en pro o en contra. Se condena o se justifica según la inclinación, y a veces del interés. Por lo general, hay poco que ganar y mucho que perder en esta clase de discusiones; y si, como parece ser, Vicente pensaba entonces como pensó en el tiempo de las revueltas suscitadas con ocasión del Cardenal Mazarino, es seguro que debió abandonar con satisfacción una Ciudad, donde los rumores, la detracción, las sospechas injuriosas tomaban cada día un nuevo Imperio.

Sea como quiera esta conjetura, el Santo Sacerdote tomó su última resolución; y aunque se diera perfecta cuenta de que el Público se sorprendería de su proceder, que se le consideraría como a un hombre sin agradecimiento, que poca gente entendería cómo podía marcharse de una casa que le había colmado de honores; él trató de tomar prudentes medidas para llevar a cabo lo que creyó que Dios le pedía. Moisés abandonó la Corte del Faraón, porque estaba corrompida y los placeres avanzaban hasta corromper su virtud; Vicente salió de una casa muy prudente y reglada, porque miró la estima, los aplausos y una confianza excesiva como a un veneno casi tan funesto a la piedad como la corrupción misma.

Como había entrado solamente en la casa de Gondi por la persuasión del P. de Bérulle, no quiso salir de ella sin informarle. Pero no entró en los detalles de los motivos que le llevaban a actuar. Se contentó con decirle que se sentía interiormente obligado por el Espíritu de Dios a ir a alguna Provincia distante, a dedicarse por entero a la instrucción y al servicio de la  pobre gente del campo. El P. de Bérulle que sabía cómo el santo iba directamente a Dios, pensó que un hombre tan firme y tan sabio no dejaba su puesto sino por razones legítimas. Por eso no se opuso a este cambio, que por otra parte tuvo que afligirle. Como vio que el celo del S. Sacerdote no tenía aún norte definido, le propuso ir a trabajar a Bresse; le señaló en particular la Parroquia de Chatillon-lès-Dombes, le aseguró que allí hallaría en qué ocuparse. Y por cierto que no le engañó.

Chatillon estaba como abandonada: las rentas de la Parroquia teniendo en cuenta su extensión y sus cargos, eran muy módicas. Hacia unos cuarenta años que no estaba ocupada más que por Beneficiarios de Lyon, que no se acercaban por allí más que para cobrar y no dar lugar a una devolución. Así pues desde hacía casi medio siglo esta ciudad desafortunada no tenía, hablando con propiedad, ni Párroco ni pastor.

Los Señores Condes de Lyon, para poner remedio a este desorden, se habían dirigido al P. Bence Superior del Oratorio de la misma ciudad para poner remedio a este desorden u le habían pedido que buscara a una persona propia para restablecer las cosas. El P. Bence había escrito al sr de Bérulle y este sabio Superior no había encontrado aún a nadie capaz de un trabajo tan ingrato y tan difícil, cuando Vicente le comunicó el plan que se había hecho de abandonar la casa de Gondi. Esto es lo que le llevó a formularle la propuesta de ir a trabajar a Bresse.

Vicente lo aceptó sin titubear, creía tener mucho que sufrir, lo que era suficiente para decidirle. Salió de París el mes de julio so pretexto de un corto viaje que necesitaba hacer, tomó la dirección de Lyon donde el P. Metezeau, o Metezeon, Sacerdote del Oratorio, le dio cartas de recomendación para el señor de Beynier o Beyvier quien, aunque Calvinista, le trató con distinción, le alojó durante algún tiempo porque la Casa Curial estaba medio arruinada, y recibió el céntuplo en caridad, como vamos a decir pronto.

No se sabía aún nada en la casa de Gondi de la nueva situación de Vicente de Paúl, ya que no había comunicado su proyecto en París a nadie más que a una o dos personas de confianza. A los pocos días de su llegada a Châtillon, se lo comunicó al sr Genral de las Galeras que se hallaba por entonces en Provenza. Le suplicó que aceptara su retiro y trató de persuadirle de que no tenía los talentos necesarios para educar a sus hijos, y le confesó que había salido de su casa sin decir a la Señora de Gondi el plan que se había formado de no volver más. El General de las Galeras era, según lo hemos dicho ya, un gran hombre de bien, amaba la virtud y la practicaba, se proponía hacer todavía más de lo hecho hasta entonces, y estaba persuadido de que Vicente no podía sino contribuir mucho a la ejecución de sus buenos propósitos. Por eso se sintió muy afligido por la noticia de su partida, o más bien se sintió inconsolable. No cesó de urgir a su esposa para que empleara todo el crédito del P. de Bérulle sobre el espíritu de su penitente para hacerle volver a su primer empleo.

La primera carta que escribió a la sra de Gondi es muy capaz de dar a conocer sus sentimientos: Estoy, son sus propios términos,  estoy desesperado por una Carta que me ha escrito es sr Vicente y que os envío para ver si no habría todavía algún remedio a la desgracia que nos supondría perderlo. Me extraña muchísimo que no haya dicho nada sobre su resolución, y qua no hayáis tenido información. Os suplico que empleéis toda clase de medios para lograr no perderlo. Pues aunque las razones que dé fueran de verdad, a mi no me convencerían, no existiendo ninguna más fuerte que la de mi salvación y de mis hijos, en lo que podrá un día ayudar mucho, y en las resoluciones que deseo más que nunca poder tomar, y de lo cual os he hablado con bastante frecuencia. Todavía no le he dado respuesta, esperaré vuestras noticias en adelante. Pensad si la influencia de mi hermana de Ragny, que no está lejos de él, va a servir de algo; pero creo que no hay nada más seguro que el sr de Bérulle. Decidle que si bien el Sr. Vicente no tuviera el método de enseñar a la juventud, puede disponer de un hombre a sus órdenes; pero que de todas formas deseo con todas mis fuerzas que regrese a mi Casa, donde vivirá como quiera, y yo un día como hombre de bien, con tal que no se marche.

Esta Carta es del mes de septiembre de 1617, y fue el día de la Exaltación de la santa Cruz, cuando la recibió la Condesa de Joigni. Ella se quedó tan impresionada como un pobre Labrador que ve el fuego del Cielo reducir a cenizas su granja, sus cosechas, sus recursos y sus esperanzas. Como la piedad, que no ahoga los sentimientos de la naturaleza, detiene todavía menos aquellos cuyo principio es la gracia, la Sra. de Gondi echó de menos a Vicente tanto como él se merecía. Nada podía calmar su dolor, sus ojos vertían torrentes de lágrimas. Pareció incluso ir demasiado lejos, y durante un tiempo, no hubo casi para ella ni alimento ni sueño. Después de todo, la virtud jugó siempre un gran papel en el dolor de su corazón, y se explicó un día a una persona de confianza de una manera que indica a la vez la estima que tenía de su santo Director, el disgusto mortal que su ausencia le causaba, su sumisión a las órdenes de la Providencia: Nunca lo hubiera pensado, decía ella. El sr Vicente me había dado tantas pruebas de su celo por mi salvación, que yo no podía naturalmente sospechar de su parte un abandono tan funesto. Pero Dios sea alabado, yo no le acuso de nada. Un hombre tan prudente no ha hecho con toda probabilidad nada que no sea una impresión particular de la Providencia y del amor de Dios. Sin embargo cuanto más pienso en su distanciamiento, más extraordinario me parece. Él sabe la necesidad que tengo de su dirección; los asuntos que tengo que comunicarle; las penas del alma y del cuerpo que he pasado, por falta de ayuda; el bien que quiero hacer en esos Pueblos míos, y que no puedo emprender sin su participación y sus consejos. Ya veis, continuaba la piadosa Condesa, con qué sentimientos me ha escrito el sr Genera. Yo misma veo mejor que nadie que mis hijos se van perdiendo día a día, y que el bien que hacía en mi Casa, y a siete u ocho mil almas que hay en mis Tierras no se hará ya. Bueno, ¿estas almas no han sido también rescatadas con la Sangre preciosa de nuestro Señor, como las de Bresse?¿No le son tan queridas? no sé cómo lo entiende el sr Vicente: pero sé muy bien que me aparece que no debo descuidar nada para conseguir que vuelva a mi Casa. No busca más que la mayor gloria de Dios, y yo no lo deseo en contra de su santa voluntad, pero se lo suplico con toda mi alma que me lo devuelva; se lo pido también a su santa Madre, y se lo pediría más fuerte todavía, si mi interés particular no estuviera mezclado con el del sr General, de mis hijos, de mi familia y de mis súbditos.

Se ve fácilmente que una mujer tan llena de Religión y tan justamente prevenida a favor de un hombre que había multiplicado el rocío del Cielo en toda su casa, no debiera limitarse a sentimientos estériles. Sin embargo su propia virtud y la delicadeza de su conciencia la frenaron por algún tiempo, persuadida como estaba de que un Sacerdote tan atento como era Vicente de Paúl a consultar la voz del Señor no había hecho nada sin la impresión de su Espíritu, ella temía ir contra la voluntad de Dios, trabajando en hacerle volver a su casa. La sra de Gondi se condujo en todo este asunto como una mujer verdaderamente cristiana. Ella no desechó los medios de la prudencia humana; sino los que da la Religión y que, piense lo que piense la gente de mundo, son los más eficaces, tuvieron la preferencia, y por ellos comenzó. Rogó mucho a Dios y mandó que se lo pidieran todas las personas de piedad que conocía, se esforzó en poner en sus intereses a un gran número de las principales Comunidades Religiosas de París, y creyó que tantas almas inocentes le conseguirían del Cielo la gracia de conocer por dónde debía caminar. Fue varias veces a verse con el R. P. de Bérulle; le abrió el corazón y le hizo conocer su dolor y el exceso de su aflicción. Sus lágrimas sustentadas por las más sólidas razones, hasta sus razones siempre subordinadas a una resignación perfecta a las órdenes de la Providencia, impresionaron a este gran Siervo de Dios. Creyó como ella que la situación en que se hallaba, la presencia y los consejos de Vicente de Paúl le eran de alguna manera necesarios. Comenzó por tranquilizarla, que podía en conciencia hacer todo lo posible para hacerle volver a su casa; le hizo percatarse  que se puede, sin dejar de ser Santo, no participar de todas las ideas de los que no lo son; Finalmente la hizo esperar que él mismo trataría de persuadir a Vicente que no la abandonara.

Estas palabras de hombre de Dios confortaron mucho a la virtuosa Generala, y le hicieron decir que el sr de Bérulle era el hombre más consolador del mundo, pero no pudieron calmar del todo sus inquietudes. Sabía por experiencia que Vicente deliberaría mucho antes de decidirse, pero también que era todavía más firme en la ejecución, que no era lento en el examen que la precedía. Estas tristes reflexiones que abrumaban a la Condesa de Joigni no la impidieron ponerlo todo en práctica para doblegar a su Director y llevarlo por un camino más ventajoso para ella y para su familia. Le escribió varias cartas que son otras tantas pruebas del gran sentido y de la piedad, de que estaba imbuida. Juntó a la primera de estas cartas la que había recibido del sr General; pidió al Santo que pesara ante Dios el deseo que tenía de su regreso y los motivos que la obligaban a desearlo con tanto ardor. Todas estas cartas que no salían antes de haber sido comunicadas al P. de Bérulle, contenían, en sustancia, que había temido siempre verse privada de los auxilios espirituales, que encontraba en las luces y en la caridad de Vicente de Paúl ; que el suceso no justificaba sino por demás sus alarmas, pues al final le había perdido; que si fuera por algún tiempo, sus males tendrían remedio; pero que al pensar en tantas ocasiones, en las que bien en la vida, bien en la muerte, ella necesitará sus consejos, o de su ministerio, sus dolores se renuevan, y que es imposible que no sucumba muy pronto bajo el peso de su aflicción. Yo sé que una vida, añade ella, y sus palabras llevan bien a conocer la dimensión de su amor a Dios, que como la mía, no sirve más que para ofender a Dios, no merece ser atendida, y que se puede sin riesgo alguno verme en peligro de perderla; pero mi alma debe al menos ser asistida en la muerte.

Para prevenir lo que Vicente le había dicho varias veces que encontraría en cualquier otro los auxilios que necesitaba para su salvación, ella le recuerda su propia experiencia, le da a entender que él conoce mejor que nadie la confusión en que se encuentra al tratar de abrirse a un desconocido, que en este particular tiene sus repugnancias y sus dificultades, que ella no puede dominar, que él mismo ha sido testigo de la confusión y agitaciones  durante su última enfermedad, y que él sabe perfectamente que nunca se había sentido tan alarmada como, hallándose en un pueblo, había temido con razón no encontrar a nadie para dirigirla. Después de todas estas razones, que eran muy fuertes en un momento en que el número de Directores ilustres era raro, sobre todo en los campos, la Condesa de Joigni terminó declarándole que si no cede a sus peticiones, le hará responsable ante Dios del mal que ella podrá hacer, y del bien que no hará, por faltarle sus consejos. En una palabra le responsabiliza de su salvación, de la del Sr de Gondi, y de la de otros más, a la que podría un día contribuir mucho.

Motivos tan urgentes, razones tan sensibles parecían tener que decidir a Vicente de Paúl y vencer sus repugnancias: pero él no era como esas cañas que se doblegan a todos los vientos, ni de esos hombres, a quienes impone cuanto tiene apariencia de bien. Lo primero que hizo, después de leer la carta de la sra de Gondi fue elevar su espíritu a Dios, y hacerle el Sacrificio de todos sus sentimientos, en los que el respeto humano y la naturaleza podrían tener parte, pedirle el espíritu de luz y de fuerza que necesitaba para conocer y practicar lo que estaría más conforme con su santa voluntad. Trató de pesar de nuevo el pro y el contra en la balanza del santuario; y como tras un examen tan serio, como si no lo hubiera hecho antes de su partida, no reconoció que Dios le pidiera volver al empleo que había dejado, dio a la Generala de las Galeras una respuesta llena de piedad y de Religión. Le hizo ver todo lo él juzgó lo más propio para aliviar su pena, sin omitir nada de cuanto la podía llevar a someterse a las órdenes de Dios y a entrar en todas las vías de la sabiduría infinita. De esta forma por una dirección particular de la Providencia, estas dos grandes almas, a las que la gracia y la caridad de JC habían unido de manera tan perfecta, se ejercitaban  mutuamente. Era Dios quien había dado a Vicente a la Condesa de Joigni, para dirigir sus pasos por los senderos de la justicia. El progreso que había hecho desde que estaba bajo su dirección, el amor a Dios que crecía sensiblemente, su celo por la salvación de aquellos que estaban a su cargo; en una palabra, todas sus virtudes, que cada día despedían nuevas luces, eran pruebas bien manifiestas de la bendición que Dios daba al ministerio de su prudente Director. Era también Dios quien había dado la casa de Gondi a Vicente de Paúl: cada día encontraba nuevas ocasiones de poner en juego su celo, de multiplicar los hijos de adopción, de adornar y embellecer esta Iglesia que el Hijo de Dios se había conquistado con su sangre: ¿quién hubiera creído que este mismo Dios debiera separar a las dos personas que no tenían otra unión que la que la que él mismo había formado? Lo hizo sin embargo, como ya lo hemos visto, pero no lo hizo según veremos después, más que para santificarlos cada vez más y convertirlos en los instrumentos más dignos de su misericordia y de trabajar con mejores resultados en la salvación de este gran número de almas abandonadas, que por mediación suya y de sus cuidados han llegado a ser un pueblo fiel y perfecto

Trad. Máximo Agustín

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