San Vicente (Collet) 5

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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El Renegado dio allí señales de la más sincera conversión, y fue reconciliado en público por el Vicelegado Pierre Montorio. Este Prelado que estaba esperando las órdenes de su Santidad para dirigirse a Roma, entretuvo a su lado hasta su partida a Vicente y a su antiguo Patrón: a éste porque quería que lo recibieran en el Hospital de S. Juan de Dios, donde había hecho voto de entrar para hacer penitencia, y a Vicente porque ya sentía por él una estima singular, y porque quería demostrarle señales de ello; partieron algún tiempo después para esta Capital del Mundo Cristiano. Pero antes de iniciar el segundo viaje no podemos dispensarnos de dar a conocer cómo se conoció al primero. Si la historia de la cautividad de Vicente de Paúl tiene algo que llame la curiosidad, la historia, si puedo expresarme así, del modo como se ha descubierto esta triste y gloriosa esclavitud, es muy capaz de aumentar la piedad, y nosotros no podríamos suprimir este importante fragmento sin robar a nuestro Santo una parte de su gloria, y quitarnos a nosotros mismos el consuelo de dar a conocer hasta dónde  ha llevado la humildad, y cómo se sobreponía a sí mismo en una edad más madura, él a quien vemos ya tan grande desde el comienzo de su carrera.

Antes de que Vicente partiera de Aviñón para Roma, escribió –el 24 de julio de 1607- al sr de Comet el joven, hermano de aquel célebre Abogado que tanto había querido a nuestro Santo desde su infancia y que había muerto algún tiempo antes. Le pedía que le enviara las Cartas de órdenes y de grados; y como una ausencia tan larga como la suya había sembrado la alarma entre todos los que le conocían, le hizo relación detallada de todas sus aventuras y de su esclavitud, tal y como lo hemos hecho nosotros. Su Carta fue –en 1658- más de cincuenta años después hallada entre otros papeles más por un gentilhombre de Acqs, que era sobrino del sr S. Martin. Este Gentilhombre que conocía los estrechos lazos de su tío con Vicente, se la entregó en la mano. El sr de S. Martin envió una copia a su antiguo amigo, persuadido de que según el método de los que están en una edad avanzada se rejuvenecerán al leer sus antiguas aventuras.

Aunque el sr S. Martin tuviera una alta idea de la virtud de Vicente, no conocía toda su extensión. Hacía más de cuarenta años que este gran Siervo de Dios no hallaba consuelo sino en el desprecio de sí mismo, la observancia rigurosa de la más profunda humildad. Exacto hasta resultar importuno en publicar y exagerar sus menores defectos, sólo veía las propias miserias, descubría manchas en acciones donde los demás no veían más que virtudes. Todo cuanto le traía el recuerdo de sus trabajos para procurar la gloria de Dios, le resultaba insoportable. Por ello una vez que recibió la copia de su antigua Carta, la arrojó al fuego, y enseguida escribió al sr S. Martin para suplicarle que le enviara el original. Este buen Canónigo abrió los ojos y no se dio prisas en consentir a los deseos de su amigo. Vicente reiteró sus instancias, y seis meses antes de morir, hizo una nueva tentativa, pero tan viva y urgente que hubiera sido difícil resistirla, si Dios que busca la gloria de sus Santos en la medida que trabajan en obscurecerse, no hubiera trastornado sus medidas. Os conjuro, decía el Santo en su Carta, por todas las gracias que Dios ha tenido a bien otorgaros, que me concedáis la de enviarme esta miserable Carta que hace mención de Turquía. Hablo de la que el sr Dages ha encontrado entre los papeles de  su señor padre. Os ruego otra vez por las entrañas de J.C. Nuestro Señor que me hagáis lo antes posible la gracia que os pido.

Quien escribía por Vicente y que conocía perfectamente sus pasos, sintió en primer lugar que una carta que este Santo Hombre volvía a reclamar con tanto ardor, no podía serle desfavorable; sabía que en ese caso bien lejos de suprimirla, habría hecho lo posible por difundirla. Pensó pues con mucha razón que contenía algo que redundaba en su gloria, y que no pedía el original más que para quemarlo como lo había hecho con la copia, para que nadie lo conociera. Por eso mandó deslizar un billete en la carta misma de nuestro Santo y pidió al sr de S. Martin que dirigiera esta primera carta que Vicente le reclamaba a algún otro que no fuera él, si no quería que se perdiera. El sr de S. Martin, que sabía que se desobedece inocentemente a sus amigos cuando se les desobedece sólo para manifestar las gracias y las misericordias de Dios para  ellos, siguió exactamente este consejo. Envió esta carta tan deseada al Superior del Seminario establecido en el Colegio de los Bons-Enfants. Éste tuvo buen cuidado de no advertir a Vicente, quien en efecto nunca supo nada. Sin este piadoso artificio, o ignoraríamos por completo o no sabríamos más que de una manera muy vaga y muy confusa la esclavitud de Vicente de Paúl, la constancia invencible de que hizo gala y el modo cómo se vio libre.

Esta precaución del Santo por sustraer al público el conocimiento de un suceso tan extraordinario debe pasar por la prueba más completa del eminente grado en el que poseía la vigilancia Cristiana, y el talento en moderar su lengua. Mil veces habló, escribió y conferenció sobre los asuntos y la triste situación de los Cristianos cautivos en Berbería: no descuidó nada para procurarles todos los auxilios que dependían de él,  logrando que fueran a ayudarlos  todos los que estaban en situación de hacerlo, y denunciando con toda la energía de su celo la espantosa situación en la que se encuentran esos miembros afligidos de J.C. En esta clase de ocasiones parece imposible no añadir que no se adelanta más que lo que se ha experimentado por sí mismo. La historia de nuestras propias desgracias se repite siempre, cuando describimos desgracias parecidas. Un discurso fundado en su propia experiencia llega a tener algo más vivo y más conmovedor. Además, Vicente habría podido dar a su relato ese aire de piedad del que es tan susceptible. Pero todos estos motivos no pudieron llevarle a romper el silencio, y en el proceso verbal de su Beatificación no se halla más que un solo testigo que le haya oído hablar de su cautiverio.

Es incluso moralmente seguro que no le había oído hablar de ello más que en un tiempo en que la memoria era aún reciente, ya que el sr Daulier Secretario del Rey, que sabía además toda esta historia, depuso jurídicamente que él había puesto con toda intención varias veces a Vicente en situación, hablándole o de Túnez o de los que están como esclavos, sin poder sacarle una palabra en relación con su cautividad, o que pudiera incluso dar a entender  que esta País no le era desconocido. Él le conocía sin embargo bastante bien, y no se puede dudar que el conocimiento que tenía no haya sido el principio del celo con que se esforzó a los desafortunados a quienes había visto sufrir bajo el peso de sus cadenas, abrumados por un trabajo que sobrepasa sus fuerzas, expuestos a los más crueles ultrajes y, lo que es mucho peor, al peligro continuo de perder la Fe, desprovistos de todo consuelo y reducidos a llorar durante la noche el exceso de su desgracia, porque sería un crimen llorarla delante de los que son su única causa.

Pero es hora de retomar el hilo de nuestra historia y volver a nuestro Santo, que hemos dejado en Roma. Se esforzó en santificar cada momento que debía pasar en esta ciudad célebre, que después de ser por tanto tiempo el centro de la infidelidad y del error, es hoy el centro de la Fe y de la unidad. Mortificó su curiosidad natural, que no fue llamada ni por estos monumentos soberbios, que una largo sucesión de siglos y el furor de los bárbaros parecen haber respetado ni por esos restos fastuosos, cuyas ruinas anuncian todavía la magnificencia de la antigua Roma. Pero en recompensa concedió a la piedad todo cuanto podía mantenerla y aumentarla. Visitó las Iglesias, las Catacumbas, y todos los demás lugares que son más particularmente el objeto de la veneración de los Fieles. Él confesaba treinta años después en una carta que escribió a un Sacerdote de su Congregación, que residía en Roma, que se sintió sobre manera consolado, son sus propias palabras, al verse en esta Ciudad maestra de la Cristiandad, donde se halla el Jefe de la Iglesia militante, donde están los cuerpos de S. Pedro y de S. Pablo y de tantos otros Mártires y de Santos ilustres, quienes en otro tiempo vertieron su sangre y emplearon su vida por J. C. y que se tenía por afortunado de caminar por la tierra que tantos grandes santos habían hollado, y que este consuelo le había enternecido hasta las lágrimas.

Por dulces que fuesen estas santas ocupaciones para un corazón cuya piedad era tan tierna, Vicente no se limitó a ello. Su pasión por el estudio, que había suspendido su cautiverio, se despertó, y como después de cumplir lo que debía a la Religión y al distraimiento, le quedaba aún bastante tiempo libre, volvió a tratar de cultivar su espíritu y a ampliar sus conocimientos. El Vicelegado le alojaba,  le daba su mesa y proveía a su mantenimiento. Le admiraba cada vez más a medida que le conocía mejor, hablaba de él con elogios a todos aquellos a quienes encontraba, y fue eso mismo lo que se lo hizo perder más de lo que hubiera querido. Había por entonces en Roma varios ministros Franceses encargados ante el Papa –Paulo V- de los asuntos del Rey. Los principales eran el Marqués de Bréves, el mismo que dos años antes había pensado sin saberlo terminar la esclavitud de Vicente de Paúl; Denis de Marquemot Auditor de Rota, Charles de Gonzague Duque de Névers, enviado para la Embajada de Obédience. Algunos de ellos o tal vez todos a la vez quisieron ver a un hombre de quien el Vicelegado decía tantas cosas buenas. Apareció, le entrevistaron varias veces, le sondearon, y agradó; creyeron poderse abrir a él, y le encargaron de una expedición importante, que exigía secreto y prudencias, y un hombre, que estando perfectamente instruido pudiera hablar de ello con el Rey, todas las veces que este Príncipe lo tuviera a bien.

Vicente partió pues de Roma y se halló en Francia a principios del año 1609. Tuvo el honor de conversar con el Rey todo el tiempo necesario para el asunto al que le habían enviado. Este gran Príncipe, que sabía juzgar bien de las cualidades del espíritu y del corazón, quedó muy satisfecho de las que descubrió en él, y nadie puso en duda que por poco atento que estuviera a la Corte, no se vería pronto recompensado. Pero Vicente tenía sentimientos más nobles y desinteresados, y profirió vivir pobre entre los brazos de la Providencia que exponerse al aire contagioso de la corte para hacerse rico. Así los que han creído que fue nombrado a la Abadía de S. Léonard de Chaulme por Enrique IV  se equivocaron. Fue Luis XIII quien le nombró a la dimisión de Paul Hurault de l’Hôpital, Arzobispo de Aix.

El santo Hombre se retiró pues después de desempeñar su comisión, y cerrando los ojos a las primeras luces de la fortuna, esperó en paz que Dios le manifestara sus designios. Comenzó no obstante por cumplir esa vocación común a todos los cristianos, que consiste parcialmente en prestar al prójimo todos los servicios que se puedan. Tomó un alojamiento en el Faubourg de S. Germain, bastante cerca del Hospital de la Caridad que se había establecido allí ocho años antes. Allí iba con exactitud a visitar a los enfermos, les hacía exhortaciones conmovedoras, y les servía como a sus hermanos con toda la solicitud posible. Esta caridad, a la que no se estaba muy acostumbrados en su tiempo sirvió en adelante de regla y de modelo a mucha gente, y sobre todo al célebre sr Bernard apodado el pobre Sacerdote, que en este género y casi en todo otro ha hecho prodigios hasta el último momento de su vida.

Uno de los primeros conocimientos que Vicente de Paúl hizo en París fue el del sr de Bérulle. Hacía ya mucho tiempo que este gran hombre pasaba por un modelo de la perfección sacerdotal. Su celo por la gloria de Dios, su experiencia en la dirección de las almas, su oposición a todo lo que llevaba el carácter de la novedad, sus éxitos en la conversión de los Herejes le atribuían en todos los lugares el buen olor de Jesucristo. Vicente pensó que el trato de un hombre tan acabado no podía sino serle de gran provecho. Le visitó y estimó tanto como merecía serlo, y se dirigió por sus consejos. El sr de Bérulle conoció muy pronto todo el valor de este nuevo amigo. La caridad formó entre estos dos santos Sacerdotes nudos que no se rompieron nunca. Eran poco más o menos de la misma edad, las inclinaciones eran las mismas, y no tenían otra meta que su propia santificación y la del prójimo, cada uno de ellos había pasado ya por el fuego de la tribulación: por eso estaban los dos en el estado de sostenerse y afirmarse mutuamente. Vicente fue el primero a partir de este precioso conocimiento que tuvo necesidad de consuelo. No hacía un año que estaba en París cuando su paciencia fue puesta a una prueba capaz de hacerle echar de menos las cadenas que había llevado en Túnez.

Estaba alojado con un Juez de un pequeño lugar llamado Sore, situado en las Landas, y en el distrito del Parlamento de Burdeos. Como Vicente era del mismo cantón, actuaban uno y otro con la mayor libertad, y alquilaron una habitación común. Habiéndose levantado temprano el Juez de Sore, se fue a la ciudad por ciertos asuntos y se olvidó de cerrar un Armario donde había dejado el dinero. Vicente, que se encontraba algo indispuesto, se quedó en la cama esperando una medicina que debían traerle. El mozo del Farmacéutico habiendo llegado algún rato después para dársela y buscando un vaso en el armario del Juez que vio abierto, encontró este dinero, se apoderó de él con toda habilidad, u se lo llevó con toda la tranquilidad del mundo. La suma era de cuatrocientos escudos.

El Juez a su regreso, se quedó muy sorprendido, y más afligido aún al no encontrar ya su bolsa. Se la pidió con dolor, y muy pronto con enfado a Vicente de Paúl. Éste que no había visto nada de lo que había pasado y quien le habría costado mucho creer el mal que habría visto, muy lejos de sospechar aquello de lo que no había sido testigo, respondió que él no lo había tomado ni visto tomar. Lo cual fue suficiente para que el Juez redoblara su mal humor. Estalló sin miramientos; el estado pobre de Vicente, su silencio mismo y la paciencia pareciéndole pruebas suficientes. Comenzó por echarle de su compañía, y este trato indigno no fue más que el preludio de una venganza más completa. Tomó todas las medidas  posibles para conocer a aquellos con quienes Vicente tenía relación. Se trasladó a sus casas, y allí pintó al santo Varón con los más negros colores. Oyéndole, Vicente no era menos que un hipócrita y un ladrón. Como la abundancia del corazón de este Juez era grande, su boca hablaba sin cesar, y no se agotaba nunca, cuando se trataba de lanzar invectivas contra el pretendido perverso que le había robado su dinero. Un día, entre otros, fue a buscarlo en la casa del sr de Bérulle donde estaba con otras personas de honor y de piedad, y allí renovó sus quejas en los términos más ofensivos. Se dice incluso que llevó el exceso y el escándalo hasta hacerle presentar un Monitorio. Este hecho, si fuera verdad probaría de por sí que en este asunto se conculcaron  las Leyes divinas y las Leyes humanas. Sea como fuere, el Siervo de Dios no perdió la paz del corazón. La calumnia, que a juicio del Espíritu Santo, conturba al hombre sabio y debilita su valor y firmeza, no produjo en Vicente de Paúl estos tristes efectos. Puso su confianza en Dios y se contentó con decir que quien le debía juzgar un día conocía la verdad, y en el curso de este asunto que duró mucho tiempo y causó un revuelo espantoso, él se dominó tanto y conservó una igualdad de espíritu tan completa que no hubo lugar a engaños sobre él, a no ser los que quisieron dejarse engañar. Los prudentes y todos los que le siguieron de cerca quedaron tan edificados con su moderación y su humildad que no sólo no dudaron de su inocencia, sino que estimaron más que nunca su virtud y el talento singular que tenía de tener su alma en la calma y la paciencia.

Aquel de entre todos que más le admiró, si bien un tanto demasiado tarde fue el mismo Juez que le había tratado tan cruelmente. El ladrón que era como él de la parte de Burdeos, volviendo a esta ciudad, fue detenido y puesto en prisión por algún nuevo crimen, verdadero o falso del que fue acusado. Conocía perfectamente al juez de Sore, y el Juez a él. Sabía también que la bolsa que cogió le pertenecía. Presa de los remordimientos de conciencia, que de ordinario se hace oír mejor en el tiempo de la tribulación que en cualquier otro, le envió a pedir que fuera a verle a la prisión y, bien porque no pensó en la consecuencias del paso que quería dar, bien porque creyera no tener nada que temer al dar el paso, le declaró que era él mismo quien había cometido el robo, del que había acusado a Vicente, y le prometió una pronta y entera restitución. El Juez de Sore sintió entonces toda la indignidad de su conducta y la injusticia de las persecuciones que había realizado seis años atrás contra Vicente de Paúl. La alegría de verse a punto de recobrar su dinero le impresionó menos que el dolor de haber ennegrecido la reputación de uno de los más virtuosos Eclesiásticos que hubiera conocido nunca. Oponía sin cesar la paciencia de este santo Varón a sus propios excesos, su moderación a sus Arrebatos, su dulzura constante a sus invectivas continuas, y estaba inconsolable. Para aliviar su pena, se la comunicó a quien había sido la ocasión. Escribió a Vicente una gran carta para pedirle perdón, le suplicó que le diera este perdón por escrito, y protestó que si no lo hacía, iría en persona a París a echarse a sus pies, y pedírselo con la soga al cuello. Son sus propias expresiones las que he creído deber conservar. El Santo Sacerdote le ahorró los gastos y las molestias del viaje; le había perdonado desde el momento mismo que era perseguido con todas las de la ley, ¿habría podido no perdonarle, cuando le vio dar pruebas tan positivas de dolor y de arrepentimiento?

El buen uso que hizo Vicente de la sucia e injuriosa acusación del Juez de Sore –año de 1610- no le impidió reconocer que el trato con los seculares es peligroso para un Ministro del Hijo de Dios, y que no puede apenas vivir con ellos sin salir perdiendo. Esto es lo que le determino a buscar un lugar de retiro donde poder trabajar mejor por su salvación y disponerse a trabajar por la de los demás. Mientras se hallaba ocupado en este plan, se presentó a su virtud una nueva ocasión, que aunque en una especie bien diferente de la que acabamos de relatar, no hizo brillar menos  el ardor de su fe y de su caridad. Para mejor conocerla se han de tomar las cosas algo antes y referir ciertos hechos que colocaremos aquí con mayor comodidad que en otra parte.

Cuando Vicente llegó a París, tomó todas las medidas posibles para seguir en el desprecio y la oscuridad. Hasta entonces se le había llamado sr de Paúl; era su nombre de familia, y hubiera podido sin orgullo continuar llevándolo, pero el temor que tuvo de pasar por un hombre de condición se lo hizo quitar. Humilde delante de Dios y delante de los hombres como un criado lo es en la casa de su amo no tomó otro nombre que el de su Bautismo y se hizo llamar sr Vicente, y apenas ha existido otro nombre con el cual haya sido conocido durante su vida. Pasaba en Toulouse por uno de aquellos que eran capaces de dar honor a la Universidad, y era el único en no reconocer  sus propios talentos; se esforzó en París en hacer pensar a los demás por su cuenta lo que pensaba de sí mismo; sólo habló de sí como  de un pobre escolar, que sabía apenas los elementos de la Gramática. En fin, tenía ya mucha virtud y sin embargo nada temió tanto como pasar por un hombre virtuoso.

Esta nueva manera de presentarse ante el mundo no impidió a los que le examinaron de más cerca hacerle perfecta justicia. No fueron tan sólo Eclesiásticos quienes atravesaron la nube en la que trataba de envolverse, seculares reconocieron también los artificios de su humildad, y le estimaron más porque quería ser menos estimado. Du Fresne Secretario de la Reina Margarita fue de este número. Conoció todo lo que valía, y es él quien ha dado este testimonio, desde aquel tiempo el sr Vicente parecía muy humilde, caritativo y prudente, que hacía el bien a todos; que no estaba servía de carga a nadie, que era circunspecto en sus palabras, que escuchaba con paciencia a los demás, sin interrumpirlos nunca; y que desde entonces iba cuidadosamente a visitar, servir y exhortar a loa pobres enfermos de la Caridad.

Du Fresne no se limitó a una amistad estéril, hizo cuanto pudo por Vicente, y todo parece que fue él quien le dio a conocer a la Reina Margarita. Esta Princesa que fue la última de la rama de los Valois, había tenido durante varios años una reputación más equívoca: pero había emprendido al disolverse su matrimonio el partido de la devoción: vivía con más dulzura y regularidad de lo que lo había hecho anteriormente, y parecía querer sinceramente recuperar mediante un gran número s obras buenas, y sobre todo limosnas considerables, esos años de licencia y extravío, que tienen que ver en la juventud, pero que impresionan, a pesar de que se tengan, a medida que se avanza hacia la eternidad. La manera favorable con que le hablaron de Vicente le hizo querer verle; y mandó que lo admitieran en su Casa como su Capellán ordinario.

Fue en el curso de este nuevo empleo cuando Vicente dio a conocer la extensión de su fe y de su amor al prójimo. El suceso tiene algo tan extraordinario que yo lo habría suprimido si no estuviera apoyado en pruebas que no admiten ni excepción ni réplica.

Había en la Corte de esta Princesa un célebre Doctor que habiendo sido por mucho tiempo Teólogo, había defendido la Fe contra los herejes con mucho celo y éxito. La Reina Margarita que gustaba de las conversaciones sabias, le había llamado a su lado para disfrutar de vez en cuando de sus charlas. El descanso de que gozaba en este cambio de estado le fue más funesto que el trabajo excesivo que hasta entonces le había abrumado. Una nube oscura, espesas tinieblas surgieron en su mente. Su fe hasta entonces tan luminosa y firme se quebrantó poco a poco. Su corazón se vio pronto enfrentado a todos los síntomas de la infidelidad. La tentación crecía por los mismos medios de los que los demás se sirven para calmarla. El nombre de JC tan propio para animar la confianza, era para él un asunto de pena. No pensaba en él más que con movimientos de furor y de blasfemia que casi no podía detener. Una situación tan violenta acabó pronto en desesperación. El infortunado Doctor pensó más de una vez arrojarse por las ventanas para poner fin a un desgarramiento tan vivo y continuo. Se vieron obligados a prohibirle decir la Misa, decir el Oficio, y hasta hacer ninguna oración vocal. En efecto, una vez que comenzaba a recitar tan sólo la Oración Dominical, el infierno y todos sus espectros se representaban de una forma tan sorprendente a su imaginación que no se conocía ya a sí mismo. Lo inoportuno de sus tentaciones le agotaba, y el desprecio que se esforzaba a veces por hacer de ellas le entregaba a las alarmas más mortales. Sus amigos, entre los cuales estaba Vicente de Paúl, le rogaron que se contentara en el acceso de su mal con volver la mano o el dedo hacia alguna iglesia con una intención general de expresar con este movimiento que no tenía otra creencia que la de la Iglesia universal. Este expediente le resultó tan inútil como los usados anteriormente. Al final la naturaleza sucumbió. La confusión del alma produjo el hundimiento del cuerpo. El Teólogo cayó enfermo. Cuanto más disminuían las fuerzas por un lado más redoblaba la tentación por el otro. El espíritu maligno le asaltó con más furia que hasta entonces, y no dejó nada para inspirarle este odio implacable que siente hacia el Hijo de Dios. Vicente se sintió impresionado al ver a su amigo en un estado tan lastimoso y temió que sucumbiera al fin bajo golpes tan repetidos, que sus labios se abriesen a la blasfemia y su corazón a la irreligión. Para inclinar la misericordia de Dios que castigaba con tanto rigor la ociosidad a la que este Doctor se había inclinado en demasía, se puso en oración, suplicó insistentemente a quien calma cuando quiere las olas más irritadas que concediera la paz a un hombre que la había servido tanto tiempo, e imitando de alguna forma la caridad de JC que tomó sobre sí nuestras debilidades para curarnos de ellas y se ofreció a Dios en espíritu de víctima, y cargó para compensar su injusticia con llevar sobre sí o el mismo género de prueba o bien otra pena con la que Dios quisiera afligirle.

Una oración tan animada y que se parecía bastante al deseo que tenía S. Pablo de ser anatema por sus hermanos fue escuchada, pero lo fue en toda su extensión. El enfermo se vio completamente libre de su tentación -1610-. Una paz profunda siguió a la tempestad. Las dificultades que oscurecían su fe se disiparon. Comenzó a ver los Misterios de la Religión de una manera tan clara y consecuente que le parecía tocarlos con el dedo. Sus sentimientos de respeto y de ternura para con JC fueron más vivos que nunca, y hasta la muerte bendijo a Dios porque le había proporcionado el consuelo en la amargura de su conducta pasada, o más bien porque le permitía gustar una calma cuya dulzura le llevaba infinitamente por encima de la violencia de las agitaciones que la habían precedido.

Pero como la lepra de Naamán pasó a Giezi la tentación del Teólogo pasó a Vicente de Paúl; con esta diferencia, que el siervo de Eliseo fue castigado, porque era criminal, en cambio Vicente fue afligido, precisamente porque su caridad le había llevado a pedir serlo. Las primeras impresiones de un mal que no se siente nunca mejor que cuando uno está  atacado personalmente, le asombraron: pero no le abatieron. Empleó para librarse de ellas  oraciones y mortificaciones. Verdad que le sirvieron para soportarlo con mucha paciencia y resignación. Pero no le detuvieron. El nuevo Job parecía abandonado  a toda la impetuosidad del demonio, pero no perdió su valor y espero siempre que dios tendría piedad de él.

Para fortalecerse en la Fe, a medida que era más atacado en ese lado, hizo dos cosas que le ayudaron, y que se podrían proponer a los que sufren la misma especie de tentación. Escribió su profesión de Fe y se la aplicó al corazón, y haciendo una retractación de todos los pensamientos de infidelidad, convino con Nuestro Señor que todas las veces que tocara el lugar donde había puesto esta confesión de Fe, lo que le sucedía con frecuencia, se pensaría que la renovaba y por consiguiente renunciaba a la tentación, aunque no profiriese palabra alguna exterior. Mediante este inocente artificio, hacía inútiles los esfuerzos del hombre enemigo; pero supo todavía hacérselos ventajosos; y para ello, se fijó una ley de hacer precisamente lo contrario de lo que el espíritu seductor le sugería. Se entregó más que nunca a llevar esta vida de Fe que hace el carácter del Justo. Dio con nuevo ardor a JC todo el honor que pudo rendirle, y como sabía perfectamente que este divino Señor mira como hecho a sí mismo lo que se hace a favor de los pobres que son sus miembros los sirvió en los Hospitales con un celo y una diligencia de que la Fe más pacífica es apenas capaz. Se está muy lejos de consentir  en las solicitaciones del espíritu maligno cuando uno se porta con tanta diligencia hacia todos los objetos de los que nos quiere apartar. Así la tentación que Vicente experimentaba no sólo no fue nunca la materia de sus Confesiones, sino que fue la fuente de una cantidad de gracias de las que su espíritu y su corazón estuvieron inundados. Es verdad que la fatigaba sobre manera, y que a pesar de su sumisión a las órdenes de Dios, le rogaba sin cesar que mantuviese su debilidad, y apartara la mano que le abrumaba, pero él siguió constantemente el método que se había prescrito, y durante cuatro años que tuvo que gemir bajo el peso de este riguroso ejercicio, no se separó de él nunca. Por fin Dios le devolvió la paz, y fue un nuevo esfuerzo de caridad el que se la mereció. Un día que se hallaba muy ocupado por la violencia de su mal y en los medios de detenerlo para siempre, tomó una firme e inviolable decisión de consagrarse toda su vida al servicio de los pobres para honrar más al Hijo de Dios y para seguir de un modo más constante el ejemplo que nos dejó. Apenas hubo formado este grande y generoso designio cuando la tentación desapareció. Su corazón gozó de una dulce y perfecta libertad; su espíritu no tuvo ya más contradicciones que rechazar, y sobreabundó la paz donde había abundado la inquietud. Recibió incluso el don de calmar a los que Dios probaba como le había probado a él mismo; y un virtuoso Sacerdote ha declarado que siendo una vez tentado vivamente sobre un artículo de la Fe, el Santo, a quien descubrió su pena le libró de ella por completo, lo que no habían podido hacer todos los consejos y explicaciones de varias personas más de gran mérito a quienes había consultado con anterioridad. Tan verdad es que todo se convierte en bien para los Santos y Elegidos de Dios.

Para merecer y aumentar  los nuevos favores con los que recompensaba su paciencia y su fidelidad, Vicente, muy poco tiempo después de la tentación de que hemos hablado, ejecutó la resolución que había tomado ya de vivir en cuanto pudiera hacerlo en el retiro y la soledad. La unión que tenía con el sr de Bérulle no le permitió deliberar sobre el partido que debía tomar. Este digno Sacerdote de JC estaba entonces muy ocupado en el plan de fundar la Congregación del Oratorio, y reunía con selección  a Ministros celosos por la gloria del Hijo de Dios, y dispuestos a honrar particularmente a quien siendo Sacerdote eterno según el orden de Melquisedek es el fundador y la fuente del Sacerdocio de la Ley Nueva. Los primeros Compañeros del P. de Bérulle no podían dejar de estimar mucho a un hombre por quien su santo Fundador sentía una estima tan decidida. Vicente entró pues en su casa, no para ser agregado a su Congregación, ha declarado más de una vez que no habían pensado nunca en ello, sino para separarse del mundo, cuya injusticia había experimentado tan sensiblemente, para estudiar los planes de Dios sobre él y disponerse a seguirlos, para nutrir su fervor por el buen ejemplo de aquellos con quienes iba a vivir, y sobre todo para hallar en la persona del P. de Bérulle a un ángel visible que le condujera en todos sus pasos, y que pudiera ayudarle a descubrir lo que Dios quería que emprendiera en su servicio. Le abrió su corazón con más efusión que nunca, le dio a conocer su tendencia y sus inclinaciones. Este virtuoso Director, que era sin discusión uno de los hombres más prudentes e iluminados de su tiempo, reconoció a la primera que Vicente estaba llamado a grandes cosas. Se llega a decir que le predijo que Dios quería servirse de él para prestar a su Iglesia un servicio importante, y que para ello formaría con el tiempo una nueva Congregación de Sacerdotes que cultivarían la Viña del Señor con fruto y bendición.

El santo hombre gozaba de las dulzuras de la soledad sin no obstante abandonar sus ocupaciones ordinarias cuando el que dirigía todos sus pasos le dedicó a un nuevo trabajo. El sr Bourgoing, Párroco de Clichy, pueblecito situado a una legua de París, no bien vio al sr de Bérulle determinado a poner los fundamentos de su Instituto, cuando resolvió ser uno de sus primeros hijos. Le rogó que le diera un sucesor, a quien sin nada que temer para su conciencia pudiera entregar su beneficio. El piadoso Fundador hizo pronto su elección; conocía el celo y la capacidad de Vicente de Paúl, y se lo propuso y la propuesta fue aceptada: pero parece que por el tiempo que transcurrió entre la renuncia y la toma de posesión, que por dócil que fuera Vicente a la voz de su Director, él no se encargó sino con dificultades de una carga bajo el peso de la cual tenía miedo de sucumbir. En todas las épocas se ha visto a los Eclesiásticos más pobres en virtudes y talentos, buscar los Beneficios, mientras que los que tienen todas las señales de una legítima vocación, o se alejan de ellos para siempre o no acceden sin temor.

Vicente dio pronto a entender qué apropiado era para este empleo. Tomó todas las medidas posibles para ser del número de esos Pastores que Dios da al pueblo en su misericordia. Para cumplir lo que el Espíritu Santo ordena a los que están encargados de la salvación de las almas se entregó a conocer a sus ovejas y los diversos de enfermedades de las que podían estar atacadas. Les distribuía un alimento saludable y proporcionado a sus necesidades. Tenía sin cesar ante los ojos esta verdad terrible: Que su alma debía un día responder por el alma de aquellos que estaban confiados a sus cuidados. Por eso no  descuidaba ninguno de lo deberes que llevaba consigo su Ministerio. Las Predicaciones, los Catecismos, la asiduidad al Tribunal de la penitencia, eran su ocupación ordinaria: sus proyectos, sus pensamientos, sus acciones no tenían otro objeto que el bien de la Parroquia. Se veía a esta santo sacerdote visitar a los enfermos, consolar a los afligidos, socorrer a los pobres, pacificar las discusiones, apaciguar las enemistades, mantener la paz y la concordia entre las familias, fortalecer a los débiles, animar a los buenos, reprender con una santa firmeza a los que no lo eran, y hacerse todo a todos para ganarlos a todos a JC.

El medio más propio y más eficaz de que se servía, para hacer fructificar sus discursos,  fue el buen ejemplo, y es sin duda el que triunfará siempre en los que están encargados del mismo oficio. Su vida era una predicación continua. Sus costumbres eran inocentes, y no se veía nada en su persona que no recordara la idea de aquel cuyo sacerdocio él ejercía. Como una extrema regularidad tiene algo de orgulloso y por eso mismo puede impedir parte del bien que se quisiera hacer, Vicente supo templarla con maneras llenas de dulzura y de afabilidad. Pintaba la virtud con colores tan hermosos que parecía llena de atractivos, y unía a las cruces de las que el camino del cielo está sembrado todas la unción que puede suavizarlas. Una dirección tan prudente le concilió los espíritus y los corazones. Los pobres que formaban casi todo su rebaño le querían como a su padre; y los burgueses de París, que tenían casas de campo en su Parroquia le miraban y respetaban como a un Santo. Los Párrocos del vecindario concibieron todos gran estima por él: tenían una gran confianza en sus luces, buscaban su trato, le consultaban en sus dudas y sentían la satisfacción de aprender de él el modo de desempeñar bien sus funciones, y cumplir con sus deberes.

Estos sentimientos de estima y de respeto que los habitantes de Clichy y de sus alrededores tenían para nuestro Santo quedan muy bien expresados en una Carta, en la que su Vicario daba cuenta del estado de su Parroquia, de la que había tenido que ausentarse por un asunto indispensable. Venid lo antes posible, Señor, le decía este buen Sacerdote. Los Señores Párrocos vuestros vecinos desean vuestro regreso. Todos los burgueses y los habitantes también. Venid pues a mantener a vuestro rebaño dentro del buen camino en el que le habéis puesto; ya que tiene un gran deseo de vuestra presencia. Por lo demás, estas palabras no deben ser tenidas como vano cumplimiento, y un Doctor de la Facultad de París, Religioso de una Orden célebre, que predicaba de vez en cuando en la Iglesia de Clichy mientras que Vicente fue párroco, ha tributado, tiempos después, un testimonio que confirma del todo el que se acaba de presentar, y es tanto más glorioso para nuestro Santo por no ser nada sospechoso. Termina con estas palabras notables: He predicado al pueblo de Clichy mientras estaba allí el sr Vicente, y confieso que vi a esta buena gente que en su totalidad vivían como Ángeles, que a decir verdad yo daba luz al Sol. El elogio del rebaño fue siempre en aquella clase de ocasiones el elogio del celo, de la vigilancia y de la aplicación del Pastor.

Cuando Vicente vio a su pueblo en el buen camino, formó un plan que parecería algo temerario, si estuviera permitido juzgar de los grandes hombres por las reglas comunes. La Iglesia de  Clichy se caía a pedazos, había muy pocos ornamentos, los parroquianos no eran ricos, no podían por consiguiente, sin sufrir mucho, contribuir a una reparación, que pedía grandes gastos: y esto es con toda probabilidad lo que había obligado al sr Bourgoing a dejar las cosas casi como estaban cuando las había encontrado. Vicente era pobre también, y lo habría sido también, cuando su Beneficio hubiera sido muy rico, porque tenía la costumbre de darlo todo a los que veía en la indigencia. Estos obstáculos no le detuvieron; reconstruyó la Iglesia entera, y puso los muebles y ornamentos necesarios, la dejó en situación de celebrar los Oficios divinos con ese aspecto de decencia que contribuyó a la grandeza del culto y a la edificación de los pueblos. Lo que hubo de particular es que no les costó nada a sus Parroquianos. Una cantidad de gente de bien que residía en París se prestaros a esta buena obra, y se complacieron en secundar  las buenas intenciones de un hombre que sólo buscaba la gloria de Dios

Para procurarla y aumentarle cada vez más, el Santo hizo todavía dos cosas. En primer lugar se cuidó de establecer la Cofradía del Rosario. Estaba persuadido de que el honor que se rinde a la Madre de Dios no puede ser sino muy agradable a su Hijo. Desde su tierna infancia había experimentado la leche de una tierna devoción a la santísima Virgen. Cuando estaba todavía en la casa de su padre visitaba a menudo la Capilla de Nuestra Señora de Buglose, que no está lejos; no hay duda de que la viera con mucho consuelo el concurso de aquel gran número de Peregrinos, a quienes atrae de todas las partes de Francia y de España la celebridad del lugar. El tiempo sirvió para fortalecer su fervor. Se ha podido ver hasta hoy y se verá también en adelante que su confianza en la santísima virgen era sin límites, y de ahí podemos deducir de una vez por todas lo que pensaba de estos espíritus superficiales que tratan de devociones populares las que ellos no tienen el coraje de abrazar; y que renunciarían tal vez a sus propios sentimientos, si sus sentimientos fueran los del pueblo y los de la multitud.

En segundo lugar lo que hizo Vicente por el bien de la Parroquia fue comprometer a su sucesor en educar a varios jóvenes Clérigos, que formados bien temprano en las funciones propias de su estado, pudieran realizar las ceremonias de la Iglesia de una manera digna de la santidad del lugar y de la majestad de aquel a quien se quiere honrar. Eligió él mismo en París y en otras partes a los que creyó más capaces para ello. Así, aunque obligado antes de lo pensado a abandonar el pueblo que le era tan querido, dio a conocer que lo llevaba a todas partes en su corazón, y continuó cumpliendo por él, en cuanto le fue posible,  todos los deberes de un Pastor tan tierno como desinteresado. Vamos a explicar las razones que determinaron a nuestro Santo a volver a París.

Aunque la piedad fuera bastante rara en la Corte durante la minoría de Luis XIII, había sin embargo personas que, por la regularidad de su conducta, habrían podido servir de regla y de modelo en los tiempos más felices. Se puede colocar en este número a Felipe Manuel de Gondi, Conde de Joigni, General de las Galeras de Francia, y Comendador de las Órdenes del Rey, salido de la antigua Casa de los Philippi, famosa desde los tiempos de Carlomagno. Este Señor se había casado con Margarita de Silly, Dama de Commercy, hija mayor del Conde de la Rochepot, Gobernador de Anjou. Era una de las mujeres más perfectas de su siglo: pero su mayor gloria le venía, como la de la hija del Rey, de la hermosura de su alma. Piadosa, compasiva, generosa, atenta al verdadero bien de su familia, no se ocupaba de otra cosa que de honrar a Dios y de hacer que le honraran todos aquellos de cuyos cuidados estaba encargada. Como nada debe interesar más a una madre verdaderamente Cristiana, que la educación de sus hijos, la Sra de Gondi se hizo de ello su punto capital, y como ella deseaba mucho más hacer de los que Dios le había dado y le podía dar todavía en lo futuro, Santos en el Cielo que grandes Señores en la tierra, desde el momento que llegaron al estado de ser puestos bajo la dirección de un Preceptor, trabajó de acuerdo con su esposo, en procurarles al más santo y virtuoso que fuera posible encontrar. Para no equivocarse en una elección tan importante, se dirigieron uno y otro al R.P. de Bérulle, y le suplicaron que les diera a algún santo Sacerdote de su Congregación, que pudiera formar en la piedad y en la ciencia a tres de sus hijos, que tenían más que nadie necesidad de una y de la otra, ya que estaban destinados por su nacimiento a poseer las primeras dignidades del Estado y de la Iglesia. Las poseyeron en efecto. El mayor fue Duque de Retz, Par de Francia, y General de las Galeras por renuncia de su padre. El segundo fue como su tío, y después de él, Arzobispo de Paris, Cardenal de la santa Iglesia, y no hizo sino dar a conocer demasiado la fecundidad y el ardor de su espíritu en los problemas de París, donde con el nombre del Coadjutor, figuró mucho más de lo necesario para el estado y para sí. Con respecto al tercero, no se dio a conocer sino cuando fue necesario, para llorarle mucho. Prometía infinitamente por las hermosas cualidades de cuerpo y de espíritu de las que estaba adornado. Pero fue segado a una edad todavía tierna por este Juicio de misericordia del que habla la Escritura. Apenas tenía diez u once años, cuando Dios se lo arrebató de la corrupción del siglo para darle en el Cielo una parte más valiosa que la que hubiera hallado en la tierra.

Trad. Máximo Agustín

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