San Vicente (Collet) 4

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Libro Primero

 Sumario

 – Estado de Francia a finales del siglo dieciséis. Ignorancia y corrupción del Clero.

– Nacimiento de S. Vicente de Paúl, su educación, sus estudios y sus progresos.

– Recibe la tonsura y las órdenes menores. Va a Toulouse y toma el grado de Bachiller;

– Explica al Maestro de las Sentencias: notas sobre esto.

– Injusticia de un Escritor. El santo recibe las Órdenes sagradas.

– Le hacen esclavo, vendido a tres Amos. El último es un Renegado; Vicente le convierte, se embarca con él y regresa a Europa; va a Roma; sus ocupaciones en esta Ciudad .

– Un Ministro del Rey le encarga de un asunto importante. Regresa a Francia.

– Sus relaciones con el sr. de Bérulle. Calumnia atroz contra S. Vicente.

– Su inocencia es reconocida. Le presentan a la Reina Margarita.

– Entra en casa de esta Princesa en calidad de Capellán.

– Su caridad para con un Doctor fatigado con una enorme tentación. Se retira a casa del sr     de Bérulle. Le encargan de la Parroquia de Clichy. Su trabajo en esta Parroquia.

– Sale de ella para entrar en la Casa de Gondi. Su conducta en esta Casa.

– Impide que el sr. de Gondi se bata en duelo. Estima universal que hacen de él.

– Confesión de un campesino de Gannes, y sus consecuencias.

– Primera Misión en Folleville. Vicente sale de la Casa de Gondi.

– Es provisto de la Parroquia de Chatillon. Aflicción de la Casa de Gondi.

– Carta del general de las Galeras, sentimientos de su esposa. Se esfuerza en llamar a  Vicente a su casa. Él se niega. Sus trabajos en Chatillon. Reforma su Clero.

– Sus otros éxitos en esta Ciudad. Cambio de dos mujeres de nobleza.

– Conversión resonante del Conde de Rougemont. Virtudes de este Señor.

– Su desprendimiento de las criaturas. Su santa Muerte.

– Conversión de varios Herejes: abjuración de los Señores Beynier y Garron.

– Ocasión y establecimiento de la Cofradía de la Caridad. Reglamento de esta cofradía.. se extiende por la mayor parte de las Provincias del Reino.

 

 

Francia se hallaba en un estado deplorable, cuando vio nacer al Santo cuya Historia emprendo. Este Reino que había animado por tanto tiempo la envidia de sus vecinos, estaba bajo Enrique III, muy preparado a darle compasión, si hubieran sido susceptible de ella: desolado por la facción de los Grandes, devastado por seis o siete Ejércitos diferentes, entregado a indignos Favoritos, parecía estar en vísperas de una ruina total. Si la herejía, fuente funesta de la mayor parte de de estos espantosos desórdenes, pedía alguna vez la paz,  [Meceray. Daniel. i. 9. in 4.] la pedía con las armas en la mano; ella misma regulaba las condiciones y ella se gloriaba de adular a toda Europa, que era por amor y por respeto hacia su Soberano, la razón de darle la Ley, y prescribirle reglas de conducta. Hubiera sido preciso, para equivocarse en ello, conocer muy poco el genio de los Novadores. En el momento mismo que entablaban negociaciones, libraban combates, formaban asedios, tomaban lugares, y asolaban sucesivamente la Capital y las Provincias. En pocos años el Reino no fue más que un teatro de horrores. La Ley del más fuerte fue la única observada; o más bien, no se conoció casi otra que la de la violencia, del libertinaje y de la impiedad. Los templos eran derribados de arriba abajo, los altares abatidos, las cosas santas profanadas, los Pastores o masacrados o reducidos a abandonar su rebaño para buscar un asilo en las plazas fortificadas. [En 1577. Daniel, p.63] La Liga formada contra los Edictos de pacificación, lejos de poner remedio al mal, sólo sirvió para aumentarlo. Armó a los padres contra los hijos; inundó con la sangre de los ciudadanos las ciudades y los campos; acabó por agotar a un Pueblo al que la profusión del Príncipe y los furores de la herejía habían ya reducido al extremo y, para colmo de males, se atrevió a concebir y ejecutar el atentado execrable que hizo perecer al propio Soberano [2 de agosto de 1589].

Como la estrecha relación que existe entre el Sacerdocio y el Imperio hace que los golpes que caen sobre uno un pueden ser sino funestos para el otro, se puede juzgar del estado en que se encontraban los pueblos respecto de la Religión y de la salvación., a unos se les predicaba la sedición, en lugar de predicarles el Evangelio; los ostros no tenían ni iglesias ni Pastores: la mayor parte de los que quedaban eran tan corruptos o de tan escasas luces que no podían sino hacer caer en la fosa a los que caminaban por sus pasos. Es verdad que los grandes movimientos del Estado apaciguados ya en el reinado de Enrique el Grande, los Obispos apoyados en su autoridad tomaron las medidas más propias para detener el mal y devolver a la Iglesia su antiguo esplendor. Se reunieron Concilios Provinciales; se tuvieron Sínodos; se formaron estatutos y reglamentos llenos de sabiduría y de luz. Pero estos remedios con tanta frecuencia empleados con éxito, no produjeron entonces más que escasos efectos, ya porque el mal había echado raíces demasiado profundas, ya porque aquellos a quienes se quería sanar predicaban por principios, y que hombres sin pruebas y sin examen de su vocación pasaban en el espacio de pocos meses, del tumulto y de la licencia de los Colegios, al eminente grado del Sacerdocio; apenas eran capaces de reflexionar en serio sobre la grandeza de su estado, y convencerse de que lo que tan sólo es una falta ligera en un Seglar, es algo de gran consideración en un Eclesiástico [Abelly, in 4. p. 3]. Así a pesar de las tentativas y de los esfuerzos de un gran número de Prelados, el Sacerdocio de JC estaba sin honor; los sacerdotes eran despreciables y despreciados; y este Ministerio glorioso, que es la obra maestra del amor y del poder de un Dios, había caído en un descrédito tan general que tratar de Sacerdote a un hombre de clase era hacerle un insulto: este nombre tan grande, tan respetable, llevaba consigo una especie de mancha, y no se empleaba casi ya en el mundo, sino para expresar a un ignorante y a un vicioso. [Vie du P. de Condren, I.2.c.8. Edic. de 1657].

Pero como el hambre que azota a las Provincias siempre se hace sentir más en los pobres y en los habitantes de los campos, fueron también ellos lo que tuvieron más parte en la humillante esterilidad que afligía a la Iglesia de Francia en los desgraciados tiempos de que hablamos. Sus necesidades eran extremas, y nadie pensaba en aliviarlas. Las Predicaciones y los Catecismos tan útiles, cuando se hacen bien, no estaban apenas en uso. Los Párrocos de los burgos y de los pueblos, atentos a la paga del diezmo, parecían en general haberse olvidado de los que les proporcionan el alimento del cuerpo tienen derecho a esperar de ellos el alimento espiritual. La ignorancia de las cosas de la salvación era tan profunda que un gran número de Cristianos [Abelly, ibid. P.4], apenas conocían que había un solo Dios. En cuanto a los Misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación, cuy fe explícita es absolutamente necesaria para todos los Fieles, no se les explicaba casi nunca: y no andaban mejor instruidos en lo que se refiere a los Sacramentos ni a las disposiciones con las que se debe acercar a ellos. Así el Cristianismo no era para la mayor parte de los que hacían profesión de él, nada más que un título sin realidad. La Fe se apagaba día a día, y aunque estuviera más iluminada en las Ciudades, que de ordinario encuentran en la multitud y las luces de los Ministros del Evangelio, recursos más abundantes, era tan estéril que no se veías en ella casi ninguna señal de esta caridad tierna y generosa que se da a conocer por las obras. Los deberes de los ricos con relación a los pobres eran ignorados en la práctica. La limosna de la viuda del Evangelio ocupaba el lugar de toda limosna en aquellos seglares incluso cuya fortuna era la más cómoda. [ibídem]. Si de vez en cuando alguien iba más allá, su acción pasaba por extraordinaria.

Tal y más dolorosa era la situación de las cosas, cuando Dios que en su cólera trae el recuerdo de sus misericordias, hizo que naciera en un rincón de las Landas de Burdeos un hombre que, a pesar de la bajeza de su condición debía un día dar a la Iglesia y al Estado, servicios señalados, reparar las ruinas del Santuario, poblar la Casa del Señor de Ministros fieles, apartar de las dignidades Eclesiásticas a aquellos para quienes la ambición y el nacimiento ocupaban el lugar de los méritos; formar santas Academias, donde con un plan más hermoso que el de los guerreros, a los que el celo de la gloria de Dios los consume, aprendieran el difícil oficio de salvar a los pueblos salvándose a sí mismos; establecer una nueva Compañía de hombres celosos e infatigables, que consagrados principalmente al servicio de los pobres y de los miserables, no tuvieran en común más que las funciones más duras y más ingratas del Ministerio; inflamar a aquellos dignos Obreros con el fuego del que él mismo se sentía devorado, y enseñarles a correr con gozo, como lo hicieron a sus órdenes, no sólo en los extremos del Reino, sino también en Irlanda, Escocia, Islas Hébridas, Italia, Polonia, Berbería, y hasta bajo la Zona Tórrida en la Isla de Madagascar,  donde la mayor parte de estos hombres Apostólicos, Mártires de la caridad debida a Dios y al prójimo, han acabado su carrera bajo el peso del trabajo y de las perfecciones.

Estas grandes acciones que vamos a detallar en la Historia de Vicente de Paúl, serían más que suficientes para inmortalizar su memoria y hacer precioso su nombre a todos aquellos que sienten algún amor por la Iglesia de JC pero no se detuvo ahí. Si las necesidades espirituales de los pobres fueron el primer objeto de su celo y de su caridad, él no descuidó sus necesidades temporales: y el Lector Cristiano verá con un placer mezclado de sorpresa y admiración, la Lorena, la Picardía, la Champaña, o más bien Francia entera, encontrar en los cuidados y actividad de un hombre pobre por estado y por elección, recursos que no habían hallado ni en la abundancia de los ricos, ni en los tesoros de los Reyes. Reconocerá el dedo de Dios en los auxilios que un sencillo Sacerdote ha procurado a los huérfanos, a los forzados, a los enfermos, a los ancianos, y a un mundo de pobres de toda edad, sexo, nación y condición, y hasta de toda Religión. Admirará la bendición singular que el padre de familia ha repartido sobre las grandes empresas de un siervo fiel; no sólo dándoles durante su vida un éxito más allá de sus esperanzas, sino también continuándolas después de su muerte, bien por intermedio de una Asamblea de Damas ilustres, que se transmiten de edad en edad el espíritu de misericordia y de compasión que Vicente les ha comunicado o or medio de esta nueva y numerosa Compañía de Vírgenes que ha alumbrado en JC y que prefieren el humilde nombre de siervas de los pobres a todos esos títulos gloriosos fomentan la ambición y que adora la vanidad. Pero es hora de entrar en ese detalle tan glorioso para nuestro Santo, tan consolador para la Iglesia y tan capaz de edificar a los que lo lean con la rectitud y sencillez de corazón.

Vicente nació el martes después de Pascua el día veinticuatro de abril del año de 1576, en una pequeña aldea de la Parroquia de Pouy, en la Diócesis de Acqs, hacia los Pirineos. Su padre se llamaba Guillaume de Paul y su madre Bertrande de Moras. Su fortuna se hallaba en ese estado medio, que no es una extrema necesidad ni una mediocridad cómoda. [año 1576, y ss. Nacimiento de S. Vic. de Paúl y su educación. Proces. can. 1713. p. I]. Tenían por todo bien una casa y algunos trozos de tierra que hacían fructificar con sus manos. La piedad, el candor y la inocencia de las costumbres reemplazaban ante Dios lo que faltaba de la fortuna ante los hombres. Un trabajo asiduo unido a una vida muy frugal ocupaba el lugar de un patrimonio más abundante, y los colocaba en estado de no servir de carga a nadie, y hasta de auxiliar a quienes eran más pobres que ellos mismos.

Dios bendijo su matrimonio y les dio seis hijos, dos niñas y cuatro niños. Vicente era el tercero y en una familia en la que se sacaba partido de todo, fue como sus hermanos empleado en los trabajos de la vida campestre. Su ocupación principal fue la del joven David. Como él, fue destinado a cuidar del rebaño de su padre; y como las cosas más indiferentes se cambian en bien para los elegidos, Vicente, a ejemplo del Rey Profeta, obtuvo de su primera condición dos ventajas, la vigilancia y la humildad. Los cuidados que había tenido de un pequeño número de animales sin razón, le enseñaron a una edad más avanzada el celo, los miramientos y la ternura de la que debía usar para con este otro género de rebaño, que el hijo de Dios se había conquistado con su Sangre. La bajeza de este primer estado que él no olvidó nunca fue el principio y la fuente de esta humildad profunda que ha sido su virtud favorita, y que las distinciones más señaladas ni los aplausos más capaces de conmover no alteraron nunca

Una vez que el joven Vicente fue capaz de mostrar sus inclinaciones, dio a entender que la mano de Dios le volvía hacia el bien. La que se mostró la primera fue un gran amor por los pobres y una extrema facilidad para enternecerse con las miserias del prójimo. Hacía a los que sufrían todos los pequeños servicios que podía prestarles. Se hubiera dicho que la misericordia había nacido con él. Él daba muy poco porque no tenía casi nada: pero lo daba todo, y es mucho. Cuando volvía del molino con la harina destinada a la subsistencia de la pequeña familia, si se encontraba con pobres por el camino, abría el saco y les daba unos puñados, cuando no tenía ningún otro medio de socorrerlos. Su pan, sus ropas incluso ya no eran suyas cuando algún desdichado las necesitaba; las repartí o daba sin deliberar. Se advierte ante todo que, habiendo reunido en una ocasión poco a poco hasta treinta sueldos, suma bien considerable en su caso, sobre todo en un tiempo y en un País donde el dinero era muy raro, se lo dio todo a un pobre que le pareció más abandonado y más indigente. Una acción tan generosa, a una edad que es por naturaleza tenaz, y en la que se prefiere mucho más recibir que dar, impresionó a cuantos la conocieron. No hay duda de que fue nuy agradable a quien recompensa un vaso de agua fría dado en su nombre; y se puede creer que la elección que Dios hizo de él después para aliviar a un número casi infinito de necesitados, fue su recompensa.

El buen corazón no fue solamente la cualidad que se vio en Vicente durante sus primeros años. La penetración y vivacidad de su espíritu, atravesaron bien pronto las tinieblas de su educación. Guillermo de Paúl reconoció que con disposiciones tan favorables su hijo podía hacer algo mejor que apacentar los animales. Tomó una decisión, y resolvió mandarle a estudiar. La idea del gasto le desanimaba un poco; pero la esperanza de verse un día recompensado le tranquilizó. Veía en su puerta a un hombre de una condición bastante parecida a la suya, que llegado a Sacerdote, y luego a Prior, había mejorado a sus hermanos con las rentas de su Beneficio. Creyó buena y sencillamente que su hijo tendría la misma conducta, y no dudó un momento que aquel joven ya tan celoso para el socorro de los necesitados, no comenzara por su familia. Se equivocaba mucho. Vicente no puso nunca límites a su caridad. La historia de su vida es una prueba continua de ello; pero siempre estuvo persuadido de que hay sacrilegio en servirse de los bienes Eclesiásticos para alimentar a sus parientes y hacerles salir de un estado en el que Dios los quiere, y fuera del cual no tiene costumbre de santificarlos. Por este principio del que nunca se apartó, un Párroco de su País llegado a verle mucho tiempo después en París, y habiéndole rogado que hiciera algo por sus parientes, cuya fortuna seguía siendo mediocre, Vicente le preguntó si eran más pobres que antes y si el trabajo de sus manos no bastaba ya para llegar a subsistir de una manera conforme a su condición. El Párroco de acuerdo con que continuaban viviendo como siempre habían vivido, nuestro Santo le agradeció por la bondad que tenía por ellos: y le hizo al mismo tiempo  comprende el género de caridad que le proponía no podía atraer la bendición de Dios ni sobre él ni sobre su familia. Le demostró por el ejemplo de aquel Prior mismo del que acabamos de hablar, que se había agotado en enriquecer  a sus parientes con los bienes del Santuario, y le contó que aquella gente tras disiparlo todo durante la vida y después de la muerte de su bienhechor, habían caído en un estado más lastimoso que aquel del cual se había esforzado en sacarlos. Y siempre será así, añadió, porque el trabajo de los que quieren construir la casa, resulta inútil cuando Dios no la construye con ellos. Así el objeto que el padre de Vicente tenía ante sus ojos, cuando destinó a su hijo a los estudios, fue precisamente aquel del que este santo hombre estuvo siempre más alejado. Tan cierto es que Dios se sirve de todo para llegar a su fin, y que sus pensamientos son, como nos lo dice él mismo, muy diferentes de los de los hombres.

El joven Vicente de Paúl tenía doce años cuando su padre se resolvió a mandarle a estudiar. Le pusieron de pensión en los PP. Franciscanos de Acqs, que se habían encargado de la educación de un número de jóvenes, a quienes formaban en la ciencia y en la piedad. Sus maestros se sorprendieron tanto del ardor con que devoró las primeras dificultades de la gramática, como del éxito que Dios concedió a su trabajo. Pero admiraron todavía más su piedad, su prudencia, la pureza de sus costumbres. Le proponían como modelo a todos sus condiscípulos, y en todas las ocasiones hablaban de él con esa complacencia tan natural en los maestros cuando ven fructificar las penas que se toman para ve avanzar a sus alumnos. En cuatro años el santo joven se hizo capaz de instruir a los otros. El sr de Comet, célebre Abogado de la ciudad de Acqs, y juez de Pouy, quedó tan impresionado por el informe ventajoso que el Guardián de los Franciscanos le dio que le rogó fuera a su casa para ser Preceptor de sus dos hijos. Vicente no se perdió la ocasión de aceptar este pequeño puesto. Entraba en una casa de piedad, aliviaba a sus padres, no costándoles ya nada, y podía así continuar sus estudios en Acqs. Allí los continuó en efecto durante cinco años. Su modestia, su prudencia, su madurez muy por encima de su edad, hicieron pensar a los se hallaban más al alcance de examinar su conducta, que una lámpara cuya luz estaba ya tan viva no debía permanecer por más tiempo oculta debajo del celemín y que podría muy útilmente servir en la Casa del Señor hombre. Se decidió pues a Vicente a consagrarse más particularmente a Dios, abrazando estado Eclesiástico. Él consintió al fin, y recibió el 20 de diciembre de 1596 la Tonsura y las Órdenes menores, de manos del sr Obispo de Tarbes, en la iglesia Colegial de Bidache, en la diócesis de Acqs, teniendo la edad de casi veintiún años.

El compromiso que hizo entonces con Dios, obligándose a considerarle en adelante como su única herencia, no fue en él, como en tantos otros, una vana ceremonia donde las expresiones de la boca son desmentidas por el leguaje del corazón. No consideró el progreso alcanzado hasta entonces en la ciencia y en la virtud más que como un ensayo de los que debía hacer en el futuro. Para lograrlo, comenzó por salir de su País, y con el consentimiento de su padre, que realizó un segundo esfuerzo para secundar las intenciones de un hijo que le era tan querido, se fue a Toulouse, para hacer allí su carrera de Teología. No podemos decidir si el viaje que hizo a Aragón precedió al comienzo de sus estudios en Toulouse. Lo que es seguro es que estudió por algún tiempo en Zaragoza; pero no permaneció allí por mucho tiempo. La división que existía entre los Profesores de esta famosa Universidad en el asunto de la ciencia media y los decretos predeterminantes, después de dividir las mentes, agriaba los corazones, como sucede con tanta frecuencia. Vicente que sentía un horror hacia esta clase de disputas, en las que la caridad pierde mucho más de lo gana la verdad, se volvió a Francia y comenzó o continuó sus estudios Teológicos en Toulouse. No descuidó nada para lograrlo, pero si tuvo grandes éxitos, hemos de confesar que no fue sin gran trabajo. Como no era rico, se vio obligado, en lugar de descansar un poco durante las vacaciones, a retirarse a la Ciudad de Buset, y a encargarse allí a la educación de un gran número de niños de clase. Los padres se los confiaban de buena gana a un hombre cuta virtud y capacidad eran reconocidas públicamente. Se los enviaban hasta de Toulouse; y la nueva pensión fue tan floreciente que en poco tiempo estaba compuesta de todo  lo mejor y más distinguido de la Provincia. Vicente tuvo entre otros como alumnos a dos resobrinos de aquel famoso Jean de la Valette, Gran Maestre de la Orden de S. Juan de Jerusalén, que unos 40 años antes se había convertido en el terror del Imperio Otomano, y quien había llegado a la cumbre de su gloria defendiendo con quince mil hombres la Isla y la ciudad de Malta contra un ejército de ciento cincuenta mil combatientes. El Duque de Epernon pariente próximo de estos dos jóvenes Señores, vio algo tan sabio y tan grande en el modo como Vicente los había educado que concibió hacia él una estima muy particular. Eso no fue todo, como era todo-poderoso en la Corte, quiso algunos años después procurar un Obispado al S. Sacerdote, cuya reputación aumentaba cada día. Es lo que el sr de S. Martin, Canónigo de la Iglesia de Acqs, antiguo e íntimo amigo de Vicente, y quien le ha sobrevivido, ha declarado después de su muerte.

Vicente no perdía de vista su principal intención; quería, a toda costa, terminar su carrera, y hacer un estudio sólido de Teología. Con esta intención regreso a Toulouse con sus Pensionistas. Maestro y discípulo a la vez, no debía de disponer de tiempo para sí después del que empleaba en la educación de sus alumnos. Pero se encuentra siempre, cuando se quiere en serio. Vicente se acostaba tarde, se levantaba temprano, no conocía ni la ociosidad ni las diversiones que la indolencia tiene como un alivio necesario: con esta sabia disposición hizo cara a todo, e instruyó a los demás, sin cesar de instruirse a sí mismo. Hizo siete años de Teología después de los cuales siendo recibido Bachiller, tuvo poco tiempo después el poder de explicarlo y explicó en efecto el segundo Libro del Maestro de las Sentencias. Es tal vez por esta razón por la que los Señores de Santa Marta en el Catálogo de los Abates de S. Leonard de Chaume le otorgaron la calidad de Doctor en Teología. Al menos no hemos podido recobrar hasta ahora los Certificados de Doctor.

Como los que no están al tanto de la antigua práctica de las Universidades podrían sorprenderse por que atribuimos a un simple Bachiller una función que está hoy reservada a los Doctores, es justo hacerles ver que el modo de enseñar las escrituras y la Teología ha sido hasta los comienzos del último siglo muy diferente del que practica en nuestros días. Se otorgaba el título de Doctor solamente a los que habían explicado o las santas Escrituras o al maestro de las Sentencias. Eran Bachilleres de una capacidad reconocida los que estaban encargados de lo uno y de lo otro. Los primeros se llamaban Baccalarii Biblici, y los segundos, Baccalarii Sententiarii. En los primeros tiempos no se dictaban Cuadernos y se pronunciaban las Explicaciones, después de aprenderlas de memoria. Este método cambió al menos en París hacia mediados del siglo quince y sobre las representaciones del cardenal de Estouteville, se permitió a los Bachilleres tener un Cuaderno delante cuando explicaban. Como los escolares no escribían entonces más que lo que podían atrapar, lo que se llamaba Reportata, o Reportationes, se pensó en adelante que era más conveniente dictar y explicar. Los dictados se llamaban Postilla, porque iban a continuación de un Texto o de la Escritura, o del Libro de las Sentencias, y se daban lo mismo que las Explicaciones por Bachilleres. Hace más de un siglo que este método no está ya en uso entre nosotros; por lo común hoy ya no hay más que Doctores que enseñen en las Universidades.

A esta digresión que nos ha parecido conveniente, uniremos una reflexión que sigue naturalmente del hecho que acabamos de referir y que será confirmada por un gran número de otras que nosotros expondremos a continuación: es pues muy falso que Vicente de Paúl sea un hombre sin estudio, sin ciencia y sin capacidad, como lo ha publicado un Escritor, que casi hasta su muerte ha desgarrado por igual no sólo la majestad del Trono y la dignidad de la Tiara. Este juicio injusto no sorprenderá a los que conocen el espíritu de los partidarios del error. Pretendidos árbitros del mérito y de los talentos, los distribuyen a su gusto. Si se piensa como ellos, se está siempre seguro de un lugar distinguido, y se llega a veces por un momento o un hombre lleno de luces, o un Santo de primer orden. Si se piensa distinto, no se sirve para nada; apenas se dispone del sentido común, se ignoran las grandes máximas de la Religión; y si se conoce la gracia de JC es sólo para perseguirla. Sobre este principio verificado por la experiencia, Vicente de Paúl debía ser muy maltratado. Lo fue en efecto; y se puede leer sin indignación el relato de los excesos en los que se han dirigido contra uno de los mayores  hombres que Dios haya concedido a su Iglesia en los últimos tiempos. Pero el juicio del sr de Bérulle, del Obispo de Belley, de S. Francisco de Sales, del gran Condé, de los Señores de Lamoignon, o más bien de todo lo que su siglo ha tenido de más ilustre y más esclarecido, le resarce de una estima frívola que no hubiera podido merecer sin crimen. Es en efecto, por poca buena fe que se tenga, se estará de acuerdo en que sería sorprendente que nuestro Santo no hubiera podido adquirir sobre las disputas del tiempo el concepto tan vivo, el trabajo tan continuo y tan constante, y que en cualquier otro género ha sabido  ejecutar tantos proyectos, que los más grandes genios no se habían tan siquiera atrevido a formular. Pero renunciemos para siempre a estas discusiones que no son nunca más desagradables que cuando la injusticia las hace necesarias. Dejemos a los Griegos, decía el Orador Romano, la costumbre indecorosa de cargar de injurias a aquellos contra quienes disputan, y de pasar de la censura de los sentimientos a la crítica de los que los sostienen. Sit ista Graecorum… perversitas, qui maledictis infestantur eos a quibus de veritate disentiunt (Sea esta la perversión de los Griegos, quienes persiguen con maldiciones a los que disienten en la verdad. -N de la trad.-).

Por mucho ardor que pusiera Vicente por el estudio de la Teología durante los siete años de que acabamos de hablar, no se había entregado a él hasta el punto de contraer ese espíritu de languidez, que causa brechas a la piedad que la ciencia más extensa no puede reparar. El deseo que tenía de aprender estuvo siempre subordinado al deseo que tenía de santificarse. Así para unirse más estrechamente a Dios, recibió en la Iglesia Catedral de Tarbes las dos primeras Órdenes sagradas. Tomó el Subdiaconado el 19 de septiembre del año 1598 y el Diaconado tres meses después. El Sacerdocio, después del cual tantos otros corren con una especie de furor, le espantaba; y aunque el sr Jean Jacques du Sault su obispo, le hubiera otorgado una Dimisoria para el sacerdocio, el 13 de septiembre del año siguiente, no lo recibió sino una año después, es decir el 23 de septiembre de 1600, y fue el sr François de Bordeils, Obispo de Périgueux, quien se lo confirió en la Capilla de su Castillo de San Julián. Guillermo de Paúl que fundaba en él tan grandes esperanzas, no tuvo siquiera el consuelo de verle Sacerdote. Dios dispuso del padre más de un año antes de la Ordenación de su hijo. Pero este buen anciano dio, antes de morir, nuevas pruebas de su ternura para Vicente y ordenó en su Testamento –el 7 de febrero de 1598- que no se ahorrara nada para hacerle continuar sus estudios; y le repartió, en cuanto la justicia pudo permitírselo, como a hijo bien querido. La muerte de un padre tan querido, no pudo dejar de ser sensible a un hijo de quien la gratitud fue siempre el carácter; y sólo le consoló la esperanza de poder ofrecer pronto para el descanso de su alma la Víctima adorable que borra los pecados del mundo. No se ha podido hasta el presente saber con toda seguridad ni el día ni el lugar en que ofreció por primera vez este augusto Sacrificio. Una antigua tradición de la ciudad de Buset dice que celebró su primera Misa en una Capilla de la santísima Virgen, que está al otro lado del Tarn, en lo alto de un monte, entre los bosques. Este lugar aislado y solitario debía al menos ser muy del gusto de nuestro joven Sacerdote: pues se le ha oído decir alguna vez que se sintió tan asustado por la grandeza y la majestad de esta acción muy divina, que no teniendo el valor de celebrar en público, escogió, para hacerlo con menos turbación, una Capilla apartada, donde se encontró solo, con un sacerdote para asistirle según la costumbre, y un Clérigo para servirle. Qué lección para tantos nuevos sacerdotes, que menos virtuosos de lo que era Vicente de Paúl, nunca parecen más disipados que ese día precioso en que deberían entregarse por completo al amor, al pavor y al más profundo recogimiento.

Apenas era Sacerdote cuando las personas más esclarecidas le creyeron capaz de ser Pastor; y aunque ausente, fue nombrado para la Parroquia de Tilh que era una de las mejores de Acqs. El sr de Comet su ilustre amigo la solicitó para él, pero sus méritos la solicitaron más todavía; y los Señores Vicarios Generales que estaban mejor que nadie informados de su celo,  de su piedad y de sus talentos, tuvieron a bien procurársela [1600 o 1601]. Pero se la discutieron por un Competidor [se llamaba S. Souvé], quien la había conseguido en la Corte de Roma. Vicente que sabía ya que un siervo de Dios no debe amar los Procesos, sacrificó de buena gana su derecho y sus pretensiones. No hubiera abandonado los estudios  sin mucha pena; su abandono le dejó la libertad de continuarlos: los continuó en efecto con todos los éxitos que ya hemos dicho.

Unos meses después de terminar su carrera de Teología, partió para Burdeos. El motivo de este viaje fue, como escribió más tarde, un asunto que pedía grandes reservas, y que no podía declarar sin temeridad. Es todo cuanto hemos podido saber de cierto. Con todo se puede creer con el Autor del Compendio Italiano de su Vida, que tuvo una entrevista con el Duque de Espernon, quien, como muchos otros,  le juzgaba capaz de los primeros empleos, y que para procurárselos, sólo necesitaba de su consentimiento. Sea como fuere, ya que no tenemos aquí sino conjeturas que presentar, apenas estuvo Vicente de regreso a Toulouse, cuando se vio obligado a hacer un nuevo viaje que duró con toda seguridad mucho más tiempo de lo que había creído; y que fue para él el colmo de la desgracia, si los Servos de Dios no supieran mostrarse superiores a las más inoportunas revoluciones, y encontrar su gozo y su consuelo en cumplimiento de las órdenes más rigurosas de la Providencia. Así es cómo sucedió la cosa.

Una persona de piedad y de condición, que sabía estimar los dones de Dios y que admiraba desde hacía tiempo la virtud de Vicente de Paúl, le instituyó su heredero. Es la primera noticia que tuvo al llegar a Toulouse; y en el estado en que se hallaba, no le debió resultar indiferente. Al darse cuenta que como consecuencia de esta sucesión mil doscientas o mil quinientas libras, de un hombre que para no pagarlas se había retirado a Marsella; se trasladó allá, y como no era de esos corazones inflexibles que no conocen la misericordia, se contentó con trescientos escudos. Hay lugar a pensar que nunca se había visto tan rico. Su buena fortuna no duró mucho tiempo, y pronto supo lo que la experiencia de un millón de otros no nos enseña lo suficiente, que no hay a menudo más que un paso entre el estado más feliz y la desgracia más abrumadora.

Como estaba para partir y listo para volver por tierra a Toulouse, un gentil hombre de Languedoc con quien se había alojado, le invitó a emprender con él la vía del mar hasta Narbona. Era el mes de julio, la estación no podía ser más hermosa; el tiempo era lo más propio para la navegación, y el mismo día se contaba con llegar al término. Vicente se rindió a sus razones; en parte por complacencia, parte para abreviar su viaje y disminuir los gastos, se embarcó. Un viento fresco hizo desaparecer pronto las costas de Marsella, y continuó siendo tan favorable que toda la tripulación se creyó cada vez más el trayecto no iba a durar más de un día, que es de cincuenta leguas y que llegarían temprano a Narbona. Dios había arreglado las cosas de una manera diferente, y no hay ni consejo ni prudencia que pueda resistir contra sus designios. El mal vino por el lado que menos se esperaban. La Feria Beaucaire, que es una de las más hermosas del mundo, no hacía más que comenzar (el 22 de julio). Las riquezas de Oriente que los Comerciantes de África y de Asia llegan a intercambiar por las de Europa constituyen un cebo para los Corsarios, y ellos cruzan, en este tiempo más que en otro, el Golfo de Lyon, para apoderarse de todo lo que pueda servirles de utilidad. Por medio de ellos quiso Dios probar la fidelidad de su servidor. Tres Bergantines Turcos atacaron la pequeña Embarcación que él había abordado. Aunque la partida fuera desigual, los franceses no pensaron  oportuno rendirse, hicieron fuego sobre estos indignos Piratas, mataron a cinco o seis forzados, y a uno de los que estaban a la cabeza. Pero al fin la justicia y el valor sucumbieron bajo la multitud, y los turcos después de matar a algunos de los nuestros y herir a todos los demás, se hicieron dueños de la barca que los llevaba. Vicente que había recibido un flechazo del que se resentía aún al cabo de los años, tuvo el dolor de ver hacer pedazos a su piloto. Fue el primer acto de justicia que ejercieron estos nuevos dueños. Encadenaron luego a sus prisioneros, y después de vendarles muy ligeramente sus heridas, prosiguieron su ruta, y continuaron su bandidaje durante siete u ocho días, contentándose con despojar de sus bienes a los que se entregaban a ellos sin presentar combate, pero privando de los bienes y de la libertad a los que se esforzaban en resistirles. Finalmente cargados de botín y de mercancías, emprendieron la ruta de Túnez, ciudad construida de los restos de la antigua Cartago, famosa por la muerte de S. Luis. Allí es adonde transportaron su captura. Para impedir que fuera reivindicada por el Cónsul que el Rey de Francia tiene costumbre de mantener en ese País bárbaro, presentaron un Proceso Verbal de su captura en el que se decía que la habían hecho sobre un Navío Español. Una mentira no les sale muy cara a Corsarios; y no les importa mucho en Túnez exagerarla cuando sólo perjudica a cristianos: de esta forma nuestros piratas fueron creídos por su palabra y no pensaron más que en deshacerse de su mercancía: con este nombre los hombres son tratados como animales. La manera como proceden a la venta de los esclavos tiene algo que anuncia a éstos el rigor de su condición. Comenzaron, son las propias palabras de nuestro Santo las que voy a copiar, porque son de una sencillez encantadora; comenzaron por despojarnos de nuestras ropas. Dieron luego a cada uno un par de calzones, un sobretodo de lino con un gorro y nos pasearon por la ciudad de Túnez, a donde habían venido expresamente para vendernos. Habiéndonos hecho dar  cinco o seis vueltas a la ciudad, con la cadena al cuello, nos volvieron a llevar al barco, con  el fin de que los compradores vinieran a ver quién podía comer bien, y quién no, y para enseñar que nuestras heridas no eran mortales. Hecho esto, nos volvieron a llevar a la Plaza, donde los compradores vinieron a visitarnos, lo mismo que se hace en la compra de un caballo o de un buey, haciéndonos abrir la boca para vernos los dientes, palpándonos los costados, sondeando nuestras heridas, y haciéndonos andar al paso, trotar y correr, luego levantar pesos, y después luchar para ver las fuerzas de cada uno, y mil otra clase de brutalidades.

Vicente fue comprado en primer lugar por un pescador: pero al darse cuenta éste en seguida de que el aire del mar era muy contrario a su esclavo, se vio obligado a deshacerse de él, y se lo revendió un mes después a un viejo Médico Alquimista. El Santo pasó de un extremo al otro con este nuevo amo; y en lugar de pasarse todos los días en el mar con su pescador, se encontró en casa de su Médico obligado a mantener el fuego de diez o doce hornos. Hacía cincuenta años que este anciano trabajaba en la Piedra Filosofal; y según el método de los que están muy ocupados de un objeto, la Química, y la conversión de loo metales, ocurrían en todas sus conversaciones. Vicente habla de él como de un hombre que sabía cosas sorprendentes en todo género. Hacía a fuerza de resortes hablar a una cabeza de muerto; lo que en un País rústico le daba el relieve de un hombre que tenía íntimas comunicaciones con Mahoma. Pero sabía algo mejor y más ventajoso el importante secreto de curar afondo a los que estaban atacados de la piedra y otras enfermedades parecidas. Él trató siempre a su cautivo con mucha humanidad. Le ofreció cien veces compartir con él sus bienes y sus más hermosos conocimientos, con esta sola condición, que renunciara al Evangelio para abrazar la Ley del Profeta de los Musulmanes. Pero este digno sacerdote de JC prefirió llevar sus cadenas que verse libre de ellas a este precio; y él no habría tenido por nada la conquista del mundo entero, si para lograrla, hubiera tenido que sacrificar su alma. Puso en Dios su confianza, redobló sus oraciones, se esforzó en animar la tierna devoción que había tenido en su infancia  por la santísima Virgen; y lleno de esperanza en quien retira, cuando le place, de las puertas de la muerte a los que ha dirigido, no se creyó destinado a morir en una tierra extranjera.

  1. Hacía ya casi un año que este segundo amo había comprado a Vicente de Paúl, cuando Achmet I, informado de sus talentos, le mandó órdenes de dirigirse a Constantinopla, para trabajar allí para él. Nuestro Santo debió sentirse sensiblemente afligido. Un esclavo que no está absolutamente mal, no puede ganar por lo común al cambiar de amo. Se perdía uno que era por naturaleza dulce, moderado y que le quería mucho. El infortunado Médico abrumado bajo el peso de su propia reputación que le obligaba a abandonar su patria a una edad avanzada, se murió de pena en el viaje. Dejaba un sobrino en Túnez; y como los esclavos forman parte de los bienes de quien los posee, Vicente le tuvo por su tercer amo. Pero no siguieron juntos por mucho tiempo. Corrió la noticia de que el sr de Breves, Embajador del Rey Cristianísimo, había pedido en nombre de este Príncipe y obtenido del Gran Señor la libertad de todos los esclavos Franceses. Esta noticia que, como nos lo recuerda un historiador de aquel tiempo estaba bien fundada, puso la alarma entre los Tunecinos. Vicente cambió pues una vez más de patrón; y la Providencia pareció tratarle con más rigor que hasta entonces. Cayó en las manos de un renegado originario de Niza en Saboya: es explicar en dos palabras el colmo de la desdicha. En general los turcos no quieren a los cristianos: pero los apóstatas los detestan; son sus enemigos más crueles porque encuentran en su fidelidad hacia Dios una censura perpetua de su infame deserción.

Este nuevo amo, enemigo de naturaleza, como le llama nuestro Santo, se lo llevó a su Temat; así se llama la propiedad que tiene el valor como Granjero del Príncipe. Este Temat estaba situado en la montaña, en un lugar extremadamente cálido y desierto. Vicente trabajaba allí la tierra y debía naturalmente  creerse más que nunca alejado de su libertad. Estaba sin embargo más cerca de lo que pensaba; y la ruta que parecía apartarle de ella para siempre, fue la misma de que Dios se sirvió para llevarle a ella poco a poco. El Renegado tenía tres mujeres: una de ellas era Griega Cristiana, pero Cismática; la otra era Turca de nacimiento y Religión: Vicente no califica a la tercera. Fue la segunda la que sirvió de instrumento a la misericordia de Dios. Ella vio en la modestia y la paciencia de su esclavo algo grande a los que no estaba acostumbrada. Iba a verle a menudo en el campo donde él trabajaba; y como era al menos tan curiosa como otra cualquiera, le hacía mil preguntas sobre la Ley de los Cristianos, sobre sus costumbres y sus ceremonias. Un día le encargó que cantara las alabanzas del Dios a quien adoraba. Un hombre lleno del espíritu de los Salmos, y a quien las más bellas aplicaciones se presentaban en primer lugar, se acordó sin esfuerzo de aquellas emotivas palabras  que dictaba el dolor a loa Hijos de Israel cuando estaban cautivos en Babilonia, como él mismo lo estaba en Berbería. ¿Cómo en el abatimiento en que nos hallamos podríamos nosotros repetir aquí los Cánticos que nosotros cantábamos a Jesusalén ¿Cómo cantaríamos las alabanzas del Señor en una región extranjera y bárbara? Quomodo cantabimus Canticum Domini in terra aliena? Este pensamiento hizo correr las lágrimas de los ojos de nuestro Santo: comenzó no obstante a cantar el Salmo: Super flumina Babylonis. Y continuó con la Salve Regina;  y después de algunos otros cantos parecidos que impresionaron en extremo a la mahometana, él le habló de la grandeza y de la excelencia de la Religión Cristiana.

Esta mujer se volvió a su casa encantada y sorprendida por lo que acababa de oír. Descargó su corazón a su marido; le dijo sin rodeos que estaba muy equivocado por haber dejado su Religión, que a juzgar por el relato que Vicente le había hecho, le parecía extremadamente buena, y que el Dios de los Cristianos no merecía ser abandonado. Vuestro esclavo, añadió, me ha cantado hoy las alabanzas de este Dios, y me ha agradado tanto escucharle, que no creo que el paraíso de nuestros padres les ofrezca una alegría más sensible que la que he sentido yo  al escucharle. Este discurso no tenía nada de adulador para un Apóstata, y una declaración de esta naturaleza sólo podía amargarle. Pero si uno es libre de abandonar su primera vocación, no es dueño de ahogar los gritos de su conciencia: y el pecador más corrompido entiende, a pesar de que tenga, en lo más íntimo de sí una voz importuna que habla más alto que la que golpea los oídos. El Saboyano confuso no dijo palabra. Pero a partir del día siguiente se abrió a Vicente, le aseguró que estaba preparado para escaparse con él, que aprovecharía sin tardar la primera ocasión de embarcarse y que lo prepararía tan bien que esperaba encontrarle en pocos días. Ese pocos días duró seis meses enteros: pero al fin llegaron los momentos de la Providencia. El amo y el esclavo subieron los dos a un pequeño esquife. La empresa era de las más aventuradas había que pasar una parte grade del Mediterráneo. Todo era de temer en una barquita así, incapaz por igual de resistir los movimientos del mar o de defenderse contra los Corsarios. A nada que fueran perseguidos o descubiertos, no podían evitar la muerte. El proceso de dos hombres uno hace abjurar del Mahometismo al otro, se cumple pronto, o más bien comienza a unirlos a los dos sin otra forma de proceso. Todos esos peligros no detuvieron a nuestros viajeros. Pusieron sus fuerzas en las manos de Dios, invocaron a aquella a quien la Iglesia da el nombre de Estrella del mar, contaron con su protección, y su esperanza no quedó defraudada, todo les resultó bien;  y el 28 de junio, llegaron a Aguas Muertas, desde donde se dirigieron a Aviñón.

Trad. Máximo Agustín

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