San Vicente (Collet) 25

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Para decir todavía una palabra a propósito de S. Méen, añadiré que el asunto causó una emoción pasajera en los espíritus, sin alterar la caridad que debe unir los corazones. Cada partido nos proporciona pruebas tan consoladoras, que son raras hoy en día. En el momento mismo de la crisis, Vicente escribía a uno de los suyos –al sr Portail-, el 25 de agosto de 1661, estas palabras notables: Hasta ahora he prestado a la Congregación de los Religiosos reformados todos los servicios que he podido prestarles y, por la gracia de Dios, cuento con poder continuar hasta el fin. Y continuó efectivamente, y mediante un uso del crédito que tenía en la Corte, hizo ver en más de una ocasión que sus palabras no eran un cumplido vano. Por otro lado, Dom Grégoire Tariffe no se cansaba de publicar las virtudes del santo Sacerdote; y así fue de alguna manera que para entrar en las miras de este gran Religioso, su piadosa y sabia Congregación fue una de las primeras en solicitar del Soberano Pontífice la Beatificación de Vicente de Paúl. No es la única vez que los Hijos de S. Benito han dado al Fundador de la Misión pruebas decisivas de estima y de respeto.

El Santo se los erigía a sí mismo más duraderos, que los que están grabados en el mármol o en el bronce. Cien veces había recomendado a sus Casas el desprendimiento de los bienes de la tierra; les enseñó en aquel mismo tiempo hasta dónde debía llegar este desprendimiento.

Un particular, que había dado un fondo de cuatro mil libras para las Misiones, cayó en la necesidad. Cuando Vicente fue informado, le escribió para recuperara la renta, añadiendo que si no era suficiente, iba a hacerle la retrocesión del capital; y para hacerle decir su pensamiento con más libertad –carta del 28 de agosto de 1646-, le explicó que no era la primera vez que había obrado así, y que había mandado entregar al Párroco de Vernon el fondo de seiscientas libras de renta que los suyos habían recibido de él. El Santo ha marchado siempre por el mismo camino. Algunos años después, habiendo sabido que uno de los Bienhechores de su Congregación, que se decía que andaba algo mal en sus negocios, no echó en cara su propia liberalidad: Os suplico, le dijo Vicente, que uséis del bien de nuestra Compañía como del vuestro. Estamos preparados a vender para vos todo lo que tenemos, y hasta nuestros Cálices. No haremos en esto más que lo que ordenan los santos Cánones, que es dar a nuestro Fundador en su necesidad lo que él nos ha dado en su abundancia. Y esto que os digo, Señor, no os lo digo por ceremonia, sino delante de Dios y como lo siento en el fondo de mi corazón.

A estos dos rasgos de un verdadero y perfecto desinterés, añadiré un tercero que los pasa por mucho; y es que un número de Damas de la primera distinción, habiendo ofrecido a este santo Sacerdote la suma de seiscientas mil libras para construir una nueva Iglesia, él no quiso recibirla: alegó como razón que los pobres comenzaban a sufrir y que los primeros templos que pide Jesucristo son los de la caridad y de la misericordia.

Fue por entonces cuando el santo Hombre se determinó a hacer nuevos esfuerzos para enviar a algunos de sus Sacerdotes a África y a Asia. Salé ciudad del Reino de Fez, menos famosa por su Mezquita que de mil cuatrocientos pies de longitud que por la crueldad y el número de sus Corsarios, fue el primer objeto de sus cuidados. Creyó que un Misionero celoso podría hacer allí los mismos bienes que sus Hermanos hacían en Argelia y en Túnez; y que, como ellos, enseñaría a los esclavos a santificarse por la Fe y por los sufrimientos. El que había señalado Vicente recibió la orden de de ver en Marsella al Cónsul de Francia, que estaba preparado a hacerse a la vela para Salé. Pero habiéndose adelantado un Religioso y apoderado de esta Misión, el santo que temía el mal entendimiento tan peligroso en los asuntos de Dios como en los proyectos políticos, creyó un deber escribir sobre ello al Cónsul –c arta del 5 de octubre-. Después de agradecerle el honor que hace a la Congregación de poner los ojos sobre ella para emplearla en el servicio de Dios y en la asistencia a los esclavos de Berbería, le manifiesta, que él y los suyos tienen por máxima ceder a los demás las buenas obras que se presentan por hacer; que está persuadido de que ellos desempeñarán mucho mejor el trabajo de lo podrían hacerlo los Sacerdotes; y que si por desgracia estos Obreros cuyos empleos serían tan limítrofes, llegaran a tener alguna reyerta no dejarían de escandalizar a los Cristianos y a los Infieles. Estas razones, cuya solidez demuestra bien una experiencia funesta, suspendieron la partida del que estaba destinado para ese País bárbaro; y este plan, que se desvaneció poco a poco,  no dejó a Vicente más que el consuelo de hacer  lo que podía hacer razonablemente para ejecutarlo..

Volvió pues todas sus miradas hacia Asia. Se trataba de enviar a Babilonia un Coadjutor, que compartiera con el Obispo de aquel lugar las fatigas del Ministerio. La Congregación de la Propaganda apremiaba al Santo para que entregara a un hombre formado por su mano, o que fuera de su gusto y de su elección. El Nuncio se lo pedía con insistencia. La caridad de Jesucristo y el deseo de extender su Imperio le urgían todavía más que los mismos hombres. Como se trataba de una dignidad Eclesiástica, y hubiera deseado que no recayera sobre ninguno de los suyos, puso los ojos en Hipólito Ferrer, cuyo celo y virtud él conocía: pero el Arzobispo de París no quiso sacrificar a un hombre que le servía muy útilmente: le hizo Párroco de la Parroquia de S. Nicolas de Chardonnet; y Vicente después de buscar inútilmente entre los Sacerdotes de la Conferencia del Martes a alguien que acudiera y quisiera prestarse a una obra tan buena, fue obligado a volverse a su Congregación para encontrar a un Sujeto capaz de responder a los designios de la Sede Apostólica.

Jean d’Horgni, que era uno de sus siete primeros compañeros y que por entonces desempeñaba en Roma la función de Superior, no aprobaba el proyecto de la Misión de Asia, se esforzó en quitarle las ganas al Siervo de Dios; tras muchos razonamientos basados únicamente en  los gastos y dificultades de la empresa, eran otros tanto motivos capaces de animar cada vez más al santo Sacerdote; le atacó por el lado de la humildad y le expuso que al abrir la puerta a las Prelaturas, él la abriría al mismo tiempo a las murmuraciones, a la envidia y a la ambición. Aunque Vicente estimara al sr d’Horgni, no se dejó engañar. Le siguió diciendo que, después de hacer todo cuanto dependía de él, para procurar a un externo la dignidad de que se trataba, no tenías nada que reprocharse; que le entrarían escrúpulos por no obedecer a la voz del Soberano Pontífice; que el poder que Dios ha dado a su Iglesia de enviar por toda la tierra a Obreros Apostólicos reside en él de manera particular; que un obispado situado en una tierra extranjera, alejado del trato de todos nuestros amigos, peligroso por razón del viaje, más peligroso todavía por razón de la residencia no podía tentar más que a hombres Apostólicos; que él contaba que aquel que escogiera viviría como han vivido los primeros obispos; que era el único medio de dar fruto; que el fasto y la pompa no convienen a los Discípulos de un Dios, que comienza por hacer renunciar a ello a los que abrazan su Ley; y que los fieles, al comparar el estado humillado del Maestro con el exterior brillante de los que ocupan su lugar, suelen escandalizarse.

A los motivos sacados de la obediencia debida al Vicario de Jesucristo, y de la necesidad particular que Babilonia y sus cercanías tenían de buenos Obreros, Vicente añade otro, que repite al menos tres veces en diferentes cartas, que escribió entonces -31 de agosto de 1646, del 8 de marzo y 2 de mayo de 1647-. Confiesa pues, que una inclinación secreta le arrastra a contribuir con todas sus fuerzas a la Propagación de a Fe en las Tierras infieles; que un hombre, que ama a la Iglesia, debe tratar de compensarla por las pérdidas que ha sufrido por las últimas herejías; que una parte de Alemania,  Noruega, Dinamarca, Suecia, y un gran número de otros Reinos se han rebelado contra ella desde hace al menos un siglo; que una deserción casi parecida parece amenazar a Francia; que la corrupción de las costumbres, el desprecio por los Misterios de la Religión, los errores que pululan cada día, que crecen, que causan grandes estragos en ella, le hacen temer que Dios le quite la Fe, para dársela a los que no la tienen, y que este don precioso se le escape al fin en menos tiempo del que ha pasado desde que nuestros vecinos la perdieron. En cuanto a mí, añade el Santo -8 de marzo, yo sé que esta idea me preocupa hace mucho: pero aunque Dios no tuviera ese designio, nosotros deberíamos siempre contribuir a la propagación del Evangelio  

Sentimientos tan dignos de un Ministro de la Iglesia no pudieron ser sino muy agradables a quien por su gracia los había inspirado. La preparación del corazón fue quizás todo lo que exigía de Vicente. El viaje de Persia fracasó, se dice, como el de Salé; y nuestro Santo, que estuvo siempre listo para todo acontecimiento, se consoló de ello con la esperanza de hacer en otra parte lo que había resuelto hacer en estos Países bárbaros.

Las nuevas opiniones, de las que el Siervo de Dios acaba de quejarse tan amargamente, se hallaban encerradas en parte en el Libro de Jansenius, quien comenzaba ya a hacer mucho ruido, y de quien hablaremos más adelante, y en parte en las Obras de sus Defensores. Se examinaba entonces en Roma una Proposición, que parecí poner entre S. Pedro y S. Pablo una igualdad perfecta, haciendo de estos dos Apóstoles dos Jefes de la Iglesia, que se reducían a uno. El Abate de Barcos sobrino de  Saint-Cyran la había insertado en el Prefacio del Libro de la frecuente Comunión. No cabía allí en absoluto, como lo ha señalado el Doctor Dupin. Pero el Autor había creído al parecer que esta clase de diferencias se perdonarían a favor de la buena intención. Se equivocó: su Proposición fue sancionada en Roma, y Vicente –Carta del 4 de octubre de 1646-, a quien estas desavenencias nacientes afligían sensiblemente, contribuyó a esta censura, como diremos más tarde.

Tres o cuatro meses antes, Inocencio X proporcionó al santo Sacerdote una ocasión de señalar su celo por la Fe y de hacer el bien en Hibernia, que no había podido hacer en Oriente. Este gran Papa le hizo saber que la Religión, violentamente atacada por los Anglicanos, corría peligro de ser totalmente aniquilada en Irlanda; que los Católicos que tenían muy pocos Pastores vivían en una profunda ignorancia de nuestras santas verdades; que de todos los discurso que oían no había casi ninguno que no se dirigiera a sumergirlos en el error; y que al fin, para detenerlos al borde de una pendiente tan rápida, lo más acertado era darles Misiones, que al esclarecer el espíritu, reformar el corazón, no dejarían de producir disposiciones directamente opuestas a la herejía.

Vicente obedeció sin dilación a la voz del Vicario de Jesucristo; y como él vio que la mies que se le proponía era espinosa en extremo, escogió de su Congregación a ocho Operarios, capaces de hacer la cosecha a expensas mismo de su vida. Cinco de estos virtuosos Sacerdotes, educados en la Gran Bretaña, conocían perfectamente las costumbres y la lengua; los otros, con un poco de trabajo podían estar en condiciones de ser entendidos del pueblo. Todos se prepararon a salir, y se postraron a los pies del Santo para pedirle su bendición. Vicente pidió al Dios de las misericordias que se sirviese bendecirlos él  mismo. “Permaneced unidos, les dijo, y Dios os bendecirá, pero estad unidos por la caridad del Hijo de Dios; toda unión que no está cimentada en la Sangre de este divino Salvador no puede subsistir. En Jesucristo pues, por Jesucristo y para Jesucristo, debéis estar unidos unos con otros. El Espíritu de este Dios-hombre es un espíritu de unión y de paz. ¿Cómo podríais atraer las almas a su servicio, si no estuvieseis unidos entre vosotros y con él mismo? No tengáis pues sino un mismo sentimiento y una misma voluntad. Si los caballos, uncidos al arado para roturar el campo, tiraran unos de un lado y otros del otro lo romperían todo. Dios os llama para trabajar en su viña, id pues; pero id no teniendo sino un mismo corazón y una misma intención, y de esta forma lograréis fruto”.

Les indicó a continuación el modo como debían comportarse en el viaje y cuando llegaran a los lugares. Les exhortó ante todo a ser testigos de gran respeto al Soberano Pontífice en un país, en el que muchos del Clero fallaban en esto y no daban buen ejemplo a los demás Católicos. Finalmente, les prescribió los detalles de los medios más idóneos para triunfar en esta importante Misión. Ellos reconocieron en la práctica, y confesaron a su regreso que debían, después de a Dios, el fruto de su trabajo a los consejos saludables que esta sabio y juicioso Superior les había dado.

No habían salido todavía de Francia, cuando comenzaron a extender el fuego, con el que los había abrasado el santo. Obligados a esperar en Nantes, más de lo esperado, la ocasión de embarcarse, se esparcieron por aquí y por allá; y con los permisos necesarios, instruyeron a los pobres, sirvieron y consolaron a los enfermos en los Hospitales; dieron conferencias espirituales a las Damas de la Caridad de las Parroquias, y les enseñaron el modo de visitar y de asistir a los enfermos en el espíritu de caridad y de compasión, del que nos ha dejado ejemplo el Hijo de Dios.

De Nantes se dirigieron a S. Nazaire, donde debía tener lugar el embarque: allí se encontraron con un gran número de personas, que iban a hacer el viaje con ellos. El barco holandés que los había de llevar, no encontrándose aún listo para hacerse a la vela, dieron una especie de Misión a aquellos de los pasajeros que quisieron aprovecharse de la ocasión. Un gentilhombre Inglés y Hereje tuvo la curiosidad de escucharlos. No pudo resistir contra el Espíritu santo que hablaba por su boca. Se le abrieron los ojos: volvió a aquella misma Iglesia, de la que sus Padres se habían separado tan desdichadamente. Todo daba a entender que Dios tenía sobre él designios de salvación. Tres días después, no sé por qué casualidad, fue herido de muerte; y viendo que no podía eludirla, no cesaba de agradecerle a aquél que por su gracia le había hecho pasar de las tinieblas al sendero de la luz y de la paz. Su boca no tenía expresiones para demostrar lo suficiente su gratitud. Daba cuenta de manera tan viva del dolor y del pesar por sus pasados extravíos, que todos los que le oyeron hablar no pudieron contener las lágrimas y quedaron muy edificados por sus disposiciones.

Nuestros Misioneros partieron por fin, y antes de llegar a Limerik, esquivaron por mar y por tierra tempestades y asaltos tan violentos que fueron de milagro arrancados a las puertas de muerte. Hablaremos en otro lado de las victorias que lograron sobre el enemigo de la salvación, y de los medios que empleó éste para vengarse.

Mientras que los Sacerdotes de Vicente de Paúl estaban tan santamente ocupados, se le presentó una ocasión de asociarse a una parte de sus trabajos. Ana de Austria, habiendo llevado el Rey a su hijo a Compiègne, y de Compiègne a Amiens, para tranquilizar la Provincia, y alentar a sus tropas, a las que diferentes fracasos habían intimidado; el Santo se aprovechó de la ausencia de Sus Majestades para reanudar en el campo sus funciones Apostólicas. Dio la misión en Moüi en la Diócesis de Beauvais; y a petición de la Señora Princesa  de Conti, estableció allí la Cofradía de la Caridad que, según un escritor muy moderno, es todavía una de las más florecientes del Reino. Fuera el que fuera el gusto que tuvo por este género de trabajo, no pudo continuarlo por mucho tiempo; tanta gente lo necesitaban en París, que se le echaba de menos enseguida.

Sus luces y su protección eran entonces necesarias a la Comunidad de las Hijas de la Providencia, de las que era Superior. Tan sólo hacía cuatro años que había sido nombrado por Marie de Lumague, Viuda de François Pollation, Consejero del Rey, y su Residente en Raguse. Esta piadosa Mujer, educada hacía varios años en la Escuela de Vicente de Paúl, en la que había aprendido a practicar las más sólidas virtudes del Cristianismo, y sobre todo la confianza en Dios y el celo de la salvación de su prójimo. Con estas felices disposiciones, aunque no tuviera otro fondo que de la Providencia, se propuso dar asilo a las jóvenes de su sexo, a quienes la belleza, la indigencia, el abandono o la mala conducta de sus padres, pueden ser una ocasión de perderse, delante de Dios y delante de los hombres. Francisco de Gondi Arzobispo de París quiso saber lo que pensaba nuestro Santo de esta nueva Fundación, antes de dar su última Aprobación. Por orden suya Vicente les hizo dos visitas regulares, a fin de reconocer los talentos y la vocación de las que se presentaban a concurrir a la formación de esta Sociedad naciente. De treinta Jóvenes, que había entonces, eligió a siete, que le parecieron más aptas para servir de bases a todo el Edificio. Les dio consejos dignos de su alta sabiduría, de su gran experiencia; y difundió en sus corazones

Chispas vivas del fuego que le consumía.

Todo parce dar a entender que fue él quien cuatro años después llevó a Ana de Austria –en 1651- a darles el Hospital de la Salud, situado en el Barrio de S. Marcel, que es todavía hoy el lugar de su residencia. Es contiguo al magnífico Monasterio Val-de-Grace, donde esta Princesa pasaba de ordinario las principales Fiestas del año; y por ello lo prefirió a otro: porque como ella misma lo dijo en el Contrato de Donación, quería tener a la vista esta Fundación, de la que esperaba grandes frutos. Los acontecimientos han justificado la  espera de esta Reina tan digna de serlo. La casa de la Providencia ha sido siempre, y lo es todavía hoy el buen olor de Jesucristo. El espíritu de Vicente, que ha sido su primer Superior, se ha perpetuado en ella. Su memoria es tan cara y respetada. Se tiene como honor y deber allí imitar sus virtudes; y, aunque la gratitud no sea la virtud del siglo, se publica con agrado que las Hijas de la Providencia no deben menos al santo Sacerdote que as u virtuosa Fundadora.

Para volver con menos frecuencia a las Comunidades de esta naturaleza que han tenido la mayor parte en el crédito y en las buenas obras del hombre de Dios, diremos aquí una palabra de otras dos o tres que le deben mucho, pero será sin tener demasiado en cuenta el orden de los tiempos.

Aparte de  -1650 y1652-  las de la Unión Cristiana, y de la Propagación de la Fe, que reunió en un solo Cuerpo, se movió mucho por la casa de las Hijas Huérfanas, establecida hacia el Pré-au-Clerc por la Señorita de Lestang. Él la socorrió en las mayores necesidades, se encontró varias veces en Asambleas que se tuvieron para ponerles remedio; por fin la puso bajo la dirección espiritual de un Sacerdote de la Conferencia –el sr Gambart-, que desde hacía veinte años dirigía con mucho éxito a las Hijas de la Visitación en el Barrio de S. Jacques.

Para formar a la Fundadora en el gobierno, la invitó a ver a la Señorita le Gras, que poseí en alto grado el raro talento de guiar bien. Se celebró en su presencia un Consejo para enseñarle el modo como debía portarse. Vicente, después de proponer el asunto, que debía ser el objeto de la deliberación, reclamó los pareceres de la Superiora y de las Asistentas; hizo valer las dificultades y las respuestas, tomando al final una decisión. Advirtió después a la Señorita de Lestang que escogiera en su Casa, compuesta entonces de doscientas Jóvenes, a tres o cuatro de las más inteligentes; que compartiera con ellas el peso de los asuntos; que las reuniera de vez en cuando; que tomara sus consejos y los del Director de la Casa, y sobre todo que tuviera como una tentación el deseo de hacerlo todo por sí misma. Parece que hasta entonces había pecado un poco en esto.

Vicente tuvo también parte en la fundación de las Hijas de Santa Genoveva. Tres Señoritas que sentían cierto atractivo por reunirse en Cuerpo de Comunidad, y asociarse a las personas de su sexo, que pensaran como ellas mismas pensaban, creyeron, a fin de evitar un paso en falso, no deber hacer nada sin escuchar el parecer del Siervo de Dios, a quien ellas tenían como un Santo y un hombre lleno de luces y de prudencia. Las animó a que comenzaran por consultar a Dios, y les pidió ocho días para pensar en este asunto. Al cabo de este tiempo volvieron a él, decididas a remitirse a su decisión. Vicente les dijo con un tono seguro y firme, que Dios quería servirse de ellas para dar una nueva Compañía a su Iglesia; que Nuestro Señor sacaría de ella su gloria y que de ello correspondería al prójimo mucho fruto y ventajas. El tiempo ha puesto en claro que Dios hablaba por la boca de su Siervo. Estas jóvenes que después se reunieron con las de la Señora de Miramion han hecho con ellas un intercambio de virtudes: al entrar en sus bienes espirituales, ellas les han comunicado los que poseían anteriormente.

Pero existen pocos Establecimientos que deban más a nuestro Santo, como el de las Hijas de la Cruz. La insolencia de un Maestro, que se había atrevido a atentar contra el honor de una de sus Escolares, habiendo demostrado que unas jóvenes nunca están más seguras que en las manos de las personas de su sexo, se pensó en reunir a algunas de ellas, que tuvieran suficiente virtud y buena voluntad para emprender esta buena obra. Se presentaron cuatro en Roie de Picardía, donde había ocurrido el escándalo. Pero habiéndoles obligado la guerra y sus propios asuntos a retirarse a París, Marie l’Huillier de Villeneuve las recibió con bondad, haciendo de su celo y de sus talentos un ensayo, que la animó a interesarse en el éxito de un plan tan bueno. Antes de comprometerse, consultó con varios  grandes Siervos de Dios. Vicente, cuya virtud ella respetaba, y cuya experiencia conocías, fue uno de los consultados en primer lugar. El Santo la animó, le dio sabios consejos, la enseñó a formar a Jóvenes, y a ponerlas en condiciones de poder formar a otras en lo sucesivo. . el Arzobispo de París aprobó sus Constituciones. El Rey les dio Cartas Patentes, y ellas adoptaron el nombre de Hijas de la Cruz, a causa de los azares y de las contradicciones que habían superado hasta entonces.

Pero lo que habían sufrido no era sino el preludio de las penas que les estaban reservadas. La Señora de Villeneuve, a quien sus largas enfermedades no habían permitido fundarlas suficientemente, les faltó en momentos muy difíciles. Se vieron bien pronto abandonadas de aquellos mismos con quienes habían creído deber contar más; y las personas que hasta entonces habían tomado más parte en los intereses de esta Congregación, pensaron, o que se la suprimiera, o al menos que se juntara a alguna otra Comunidad. Se celebraron con este propósito varias Asambleas en presencia del Santo; casi todas las voces iban a la supresión, pero algo que se pudiera decir, Vicente, quien de ordinario se determinaba con bastante lentitud, y que en esta clase de asuntos no se oponía a la multitud, se vio fuertemente inclinado al parecer contrario. Sostuvo y dio a entender que había que poner en uso todos los medios posibles para hacer subsistir a este santo Establecimiento. Es la obra de Dios, dijo con sus propias palabras al sr Abelly, y no vamos a destruirla: esta Comunidad no está hoy compuesta más que de cinco Jóvenes, pero su número se multiplicará; el arroyo es débil, pero recibirá aguas que le harán más caudaloso.

Estas palabras, dadas las circunstancias en las que fueron pronunciadas, parecían tan poco verosímiles que costó mucho creer que no fueran desmentidas por los acontecimientos: y fue la escasa luz que se veía en su ejecución la que les hizo ser tenidas luego por una Profecía o como el efecto de una ilustración particular. Sin embargo no tardaron en verificarse. Vicente, quien al apoyar contra todos el Establecimiento de las Hermanas de la Cruz, se consideraba más responsable que nadie, comprometió a la Señora de Traversai a tomar parte en esta buena obra. La santa Viuda se entregó a ella por entero. Superó con su paciencia su crédito y la ayuda del Hombre de Dios, los obstáculos que se le oponían a cada paso: allanó las dificultades, y a fuerza de trabajos y sufrimientos puso a estas Hermanas en estado de servir útilmente a la Iglesia.

Como un buen y sabio Director entra para mucho en el Edificio espiritual de una Comunidad, Vicente, con permiso y anuencia del Ordinario, puso en ella a un Superior que por sus cuidados y sus luces terminó lo que la Señora de Villeneuve no había hecho más que esbozar. El Santo de dio consejos en diferentes ocasiones, que fueron muy útiles a esta Congregación tan vacilante y tan accidentada. Por fin, salió a flote: pronto se reconoció que este Árbol tan batido por los vientos produciría frutos de justicia y de salvación. Las Hijas de la Cruz, dice el sr Abelly, contribuyeron y contribuyen aún cada día a la santificación de un gran número de almas. No sólo forman en la instrucción a las que quieren tomar parte en sus trabajos, sino que ejercen todavía con las personas de su sexo, y sobre todo con las más pobres, todas las obras de caridad espiritual, que son de su competencia. Enseñan las verdades de la Fe a las personas poco instruidas; disponen a las Confesiones generales a las que lo necesitan. En una palabra, entran, como las demás Congregaciones de las que hemos hablado, en aquellas funciones Apostólicas, que la Ley de Dios no les ha prohibido.

Se deja, después de esto, al juicio del lector, si el primer historiador de nuestro Santo se equivocó al decir que, aunque Vicente no sea el Fundador de las Hijas de la Cruz, es su Reparador y Conservador; y que sin la mano caritativa que les tendió en unos tiempos en que todo conspiraba contra ellas, su perdición era segura y su ruina inevitable.

Antes de acabar esta materia, me será permitido añadir dos reflexiones que la afectan. La primera –la Hermana Marie Froger-, que me presenta una de las Hijas de la Cruz, es que el Santo, al apoyar su Establecimiento, hacía  de alguna manera mal a las Hijas de la Caridad, ya que habría podido hacer recaer sobre éstas los bienes que procuraba a aquéllas. De manera que este hombre, cuyos caminos todos iban marcados con el sello del desinterés, sacrificaba su propia obra al ascenso y al bien de una obra ajena: o más bien nada de lo que pertenecía a Dios era ajeno a los ojos de un hombre, en cuyo corazón la caridad lo reunía todo.

La segunda reflexión, que honra sobre manera a las Fundaciones, de que acabamos de hablar es que, en general, el santo Sacerdote estaba en guardia contra las nuevas Comunidades. Esto se ve en una carta extensa que escribió ese mismo año -8 de septiembre de 1647- al sr Arzobispo de París, en la que une a un profundo respeto una firmeza verdaderamente sacerdotal. Un hombre que tenía un Priorato dependiente de la Abadía de S. Florent-les-Saumur, quería hacía años reunirse con él en el seminario de los Bons-Enfants, ya muy recargado por la manutención de cuarenta Sacerdotes externos, que no pagaban más que siete cuartos al día. El sr de Gondi a quien se hizo la propuesta no la aceptó. Dio a entender a los que se la hacían que estaba descontento de Vicente de Paúl; que sabía de buena tinta que era él que, en el Consejo del Rey había impedido que cierta Religiosa se estableciera en Lagni; que, si quería ser como antes de sus amigos, debía cambiar de estilo, y que llevara a la Reina a cambiar de sentimientos.

Fue en esta ocasión cuando el santo Sacerdote escribió al Prelado la carta, de la que acabo de hablar: contiene en sustancia, que es verdad que la Reina, a su regreso de Amiens, le ha hablado de la Fundación en cuestión; que también es verdad que él no la ha favorecido; pero que ha tenido fuertes razones para actuar de esa manera; que hace tiempo que se había determinado en el Consejo Eclesiástico que no se permitirían más Fundaciones de Religiosas, que se admitía que había ya demasiadas; que Su Majestad recibía a menudo quejas; que muchas se aniquilaban por sí mismas; que hacía muy poco se habían visto formar y desaparecer a seis o siete de esta clase de Congregaciones; que algunas habían dado escándalos y levantado murmuraciones; finalmente, que no se conocía lo suficiente el espíritu de la Reina cuando se la creía capaz de cambiar a la ligera; que en cuanto a él, él no podía arrepentirse, ni desdecirse de un parecer, que no había dado sino bajo las miras de Dios. 

La firmeza de estas palabras estaba mitigada por testimonios de gratitud, de sumisión y de respeto, que yo suprimo en este lugar, donde no se trata de constatar los justos miramientos que el santo Sacerdote tuvo siempre con los Pontífices de la Iglesia de Dios; sino de dar a entender que la apariencia del bien no le seducía; y que no daba su Aprobación a las nuevas Fundaciones de mujeres más que cuando el espíritu de Dios, la naturaleza y los principios de su Instituto, y más aún la experiencia, le daban pie a juzgar que no había nada que temer y mucho que esperar.

Fue hacia finales del mismo año cuando los Hijos de Vicente de Paúl tuvieron una Misión en Génova. Se la debieron a la piedad de los Señores Baliano, Raggio, y Juan Cristóbal Monza los tres Sacerdotes y nobles genoveses, que concurrieron en esta buena obra con el sr Cardenal Durazzo su Arzobispo: pero ellos se la debieron todavía más a su trabajo y a su celo infatigable. El Cardenal que no veía sino con mucho dolor el deplorable estado de su Diócesis, ejercitaba desde hacía dos años a estos dignos Obreros de una manera tan seguida y continua que no les dejaba ni descanso ni tregua. Su vida no era más que un círculo perpetuo de Retiros, de Ejercicios de Órdenes, de misiones agotadoras, que se sucedían unas a otras sin interrupción. Vicente, enemigo como era del descanso y de la inacción, estaba alarmado; temía que un trabajo tan vivo, tan cargado, los pusiera pronto fuera de combate. Las oraciones que elevó por ellos y los grandes ejemplos del Cardenal los sostuvieron.

Este Prelado convertido en uno de ellos se asociaba a sus funciones: entraba en las prácticas de su Instituto, seguía su Reglamento con fidelidad inviolable. Le trajeron un día un presente digno de él, él lo rechazó; y dijo como razón que los Misioneros no reciben ningún  regalo en el curso de sus Ejercicios. Detallaremos en otro lado los frutos sin número que hicieron estos Señores en los Estados de la República. Basta con anotar aquí que nuestro Santo, que estaba muy bien informado, daba a Dios continuamente gracias. Así lo explica en una Carta que escribió el 12 de septiembre de 1647 al Superior de Génova: No pienso nunca en vosotros ni en los que están con vosotros sin sentir mucho consuelo. Deseáis todos ser enteramente de Dios u Dios os desea a todos para sí. Él os ha escogido para rendirle los primeros servicios que exige de nuestra Compañía en el lugar en que os halláis: y para ello sin duda os dará las gracias muy particulares, que servirán como de fundamento para todas las que otorgará siempre a esta nueva Casa. Siendo esto así, ¿qué gratitud no debéis a su divina Providencia? ¿Qué confianza no debéis sentir en su protección? Pero ¿cuál no debe ser vuestra humildad, vuestra unión, vuestra dulzura de unos con otros?  El Santo se enciende poco a poco; el amor está en su corazón, como un fuego molesto en el seno de la tierra se abre un paso, sale y estalla. Sus hijos, lejos como están de él, le llegan al alma, le enternecen, como si estuvieran delante de sus ojos. La caridad se los hace presentes. ¡Oh Dios, exclama, oh Señor mío, sed el lazo de sus corazones! Haced florecer tantos santos afectos, cuyo germen habéis colocado en ellos. Dad el incremento a los frutos de sus trabajos, para que los Hijos de vuestra Iglesia puedan nutrirse de ellos. Regad con vuestras bendiciones esta Fundación, como una nueva planta. Fortaleced y consolad a estos pobres Misioneros en las fatigas de sus trabajos. Y finalmente, Dios mío, sed vos mismo su recompensa, y por medio de sus oraciones extended sobre mí vuestra inmensa misericordia.

No hay consuelo en este mundo que no vaya bañado de amargura. La alegría que daban al santo Hombre las buenas noticias que recibía de Génova, de casi todas partes, donde sus Sacerdotes se habían establecido, fue mitigada por la pérdida de algunos de ellos. Le dolió sobre todo la de los srs Noüely y Calon. Este último era de una buena familia de la Ciudad de Aumale y Doctor de Sorbona. Su celo por las Misiones le llevó a fundar una para el lugar de su nacimiento, y a formar parte en un Cuerpo que tiene por fin la santificación de los pueblos. Las Diócesis de París, de Roüen, de Meaux, de Chartres y de Senlis fueron los principales teatros de su caridad. Sus trabajos, su paciencia y sus mortificaciones, acabaron por consumirle. Murió -1 de agosto de 1647- en Vernon con los RR. PP. Penitentes, que le conocían desde hacía mucho, y le honraban como a un Apóstol. Nada impresiona tanto como la extensa Carta que escribieron a nuestro Santo estos dignos hijos de S. Francisco: pero nada tampoco era más capaz de redoblar la aflicción que una pérdida  tan considerable le debía causar.

La del sr Noüelly Sacerdote de la Diócesis de Ginebra debió serle todavía más penosa, ya que era mucho más joven. No hacía más que un año que trabajaba en Argel cuando sirviendo a los esclavos atacados de la peste, él mismo se sintió atacado. La noticia de su enfermedad y la muerte que la siguió muy pronto, afligió hasta a los turcos, que no se afligen fácilmente. No había nadie en este País bárbaro que no se conmoviera por el celo que tenía por el alivio de los pobres, y sobre todo de los enfermos. Día y noche era suyo. Los más desesperados, aquellos cuyos males inspiraban más horror, eran sus hijos queridos. Al fin él fue el mártir de su propia caridad. Siete u ochocientos cristianos de toda raza asistieron a sus funerales. Los moros mismos y los turcos parecieron olvidarse de que era enemigo de su Secta, y se encontraron con los demás allí. Las lágrimas que se derramaron en su tumba fueron demasiado universales para no ser sinceras. Este excelente Sacerdote no tenía aún treinta años.

Estas pérdidas habían ido precedidas de algunas otras que debieron afligir todavía más a Vicente, ya que eran menos en el orden de Dios. No obstante, si bien hubo que llenar estos diferentes vacíos, el santo hombre formó en este tiempo y ejecutó al año siguiente un  proyecto, que sería suficiente por sí solo para demostrar que su caridad se extendía a todo el Universo y que no existían dificultades ni obstáculos que pudieran retardar su actividad. Es el juicio que ha aducido la S. Sede: estamos persuadidos de que el Lector Católico no aportará otro.

Trad. Máximo Agustín

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