San Vicente (Collet) 23

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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De esta forma es como cortaba Vicente, en cuanto le era posible, todo género de ambición, incluso de aquella que, adornada con los colores del bien, seduce a veces a hombres llenos de virtudes y de luces. A pesar de ello, nunca un hombre ha tenido más consideración por el verdadero mérito; ni nunca pesó como él la naturaleza, el grado y todas sus circunstancias. Sobre este principio recurrieron siempre bastantes a él por un gran número de Beneficios inferiores, que dependen de Su Majestad, él prefería antes que los extranjeros a los Eclesiásticos de la Casa del Rey y de la Reina, incluso a los que siendo Capellanes con las tropas, habían cumplido siempre con su deber. La regularidad con la que habían vivido, bien en la Corte, bien en el Ejército, es decir en los lugares en que se respira un aire muy corrompido, entraba para él en cuenta y le animaba en justas recompensas. Pero ya que todos no eran virtuosos por igual, que aquellos mismos a quienes por otra parte no se les podía reprochar nada, poco contentos con lo que tenían ya, aunque muy suficiente, perseguían a veces o nuevas Pensiones, o nuevos Beneficios;  y que aquellos que tenían más apoyo y  menos virtud, estaban cargados de bienes, mientras que los que tenían más piedad y menos favores, se quedaban a un lado, el santo Sacerdote hizo los últimos esfuerzos por detener este desorden. Tenía una lista exacta de todos los Limosneros, Confesores, Capellanes, Clérigos, Chantres, y otros Oficiales Eclesiásticos de la Casa, Capilla y Música  de Sus Majestades. En ella había señalado lo que cada uno poseía ya; y como no había nadie cuyo fuerte y débil no conociera y que, a juicio del sr le Tellier, ninguno sabía mejor apreciar y retribuir el carácter de otro, tenía cuidado de proponer a los que merecían serlo, de excluir a los que había que excluir, y de obrar de manera que la abundancia de unos no dañara a la indigencia de los demás.

Cuando los Patronos son Mineros en Normandía, el Rey, por razón de la Guardia Noble, que le pertenece, tiene derecho de proveer a aquellas Parroquias de esta Provincia, que están en Patronato Laico, por eso Vicente se mantenía fuerte, para no verse sorprendido por los que llegaban a pedir estos Beneficios, cuando estaban vacantes por dimisión, o por muerte. Inclinaba al Consejo a no dárselos más que a los más capaces. Decía con razón, y esta razón debe hacer temblar a los Patronos y a los Coladores que aquellos, a quienes pertenece nombrar a los Beneficios con cargo de almas, son responsables ante Dios no sólo de todos los males que hace un mal Pastor, sino también de todos los bienes que no hace quien, aún siendo digno en sí mismo, es con todo menos digno que aquel .a quien se le ha preferido.

El Santo tuvo todavía otros abusos que combatir, y no lo pudo hacer sin atraerse muchos enemigos. Había en su tiempo varios Gentileshombres que, habiendo quedado lisiados en la guerra, pedían con mucha vivacidad, a título de recompensa por los servicios que habían rendido al Estado, Pensiones sobre Beneficios. Vicente hablaba espontáneamente en su favor a la Reina y al Cardenal Mazarino, pero no podía permitir que se les dieran Pensiones Eclesiásticas. Manifestó siempre con mucha firmeza que no estaban hechas  más que para los que tienen las cualidades prescritas por los santos Cánones; y que hombres que no habían vivido nunca y que, según las apariencias, no podían determinarse a vivir eclesiásticamente, debían ser excluidos de la posesión de estos bienes que, según los Padres, son el patrimonio de los pobres y el precio del rescate de los pecados.

Estas máximas que, piensen lo que quieran mucha gente, son las únicas que se deben seguir en la práctica, llevaron al santo Sacerdote a vigilar sobre lo temporal de los Beneficios del Reino. Un número de gentes de condición, que poseían ricas Abadías, se contentaban con percibir las rentas, y dejaban que se arruinasen los Edificios, incluso las Iglesias. Vicente, para advertirles con toda seriedad que estas clases de bienes no son de ellos, que ellos no son más que dispensadores y que deben tener un cuidado muy especial de ellos, se quejaba de ello al Consejo, y lo hizo con tal eficacia, que se escribió de parte del Rey a todos los Procuradores Generales de los Parlamentos para que tomaran Parte contra estos injustos Beneficiarios, y les obligaran por el embargo de sus bienes temporales a las reparaciones necesarias.

Se ve fácilmente que un hombre tan celoso, tan vigilante estaba muy en guardia contra la simonía y la confidencia, vicios infames que, si bien cargados de anatemas en todos los tiempos, son por desgracia demasiado comunes. En el momento que observaba algún rastro, advertía con caridad a los que, por ignorancia u otra causa, intentaban este indigno tráfico; y por poco que persistieran, encontraban en él a un Juez inflexible, y de quien no había ya nada que esperar. Pero como el horror que la simonía tiene de por sí la impide ir con la cabeza levantada, y difícilmente triunfaría, a no ser que esté apoyada en el artificio y en la duplicidad, Vicente examinaba todo cuanto se refería a las Permutas, las Renuncias, y demás Tratados, en los que se desliza con gran facilidad, que era raro engañarle. Su natural infinitamente alejado de todo lo que se llama precipitación, le llevaba a discutir con cuidado todos los asuntos en los que no veía muy claro; y no concedía nada sin aclaraciones capaces de tranquilizarle. Cuando las Pensiones eran excesivas o demasiado onerosas en los Beneficios, sobre los que se imponían, quería que se redujeran. Sobre todo no podía tolerar que algunos las multiplicaran contra la razón y la equidad.

La atención que tuvo el Siervo de Dios en rechazar del Santuario a los que no eran dignos de entrar en él o que querían colocarse en ellos por medios simoníacos, le expuso a las bromas más amargas y a las calumnias más negras. Trataron de enemistarle con la Reina, el Ministro, y con toda clase de gentes de bien que había en el Reino. Como los malos Eclesiásticos son capaces de emprenderlo todo, se halló a uno que se atrevió a difundir por París, y hasta en casa de una persona de la primera distinción, que este hombre, tan enemigo, al parecer, de la simonía, se servía bastante bien de ella en la práctica, y que había procurado a alguien un Beneficio, mediante una Biblioteca y una suma de dinero. Esta noticia era primeramente de oídas y con todas las precauciones, que acompañan a la calumnia; poco a poco se hizo pública.

Uno de los amigos de Vicente se lo dijo. Por acostumbrado que estuviera  el santo Sacerdote a sufrir, una imputación tan negra le conmovió un poco; y en primer término comenzó una Carta para justificarse, pero apenas había escrito dos líneas cuando se reprochó su sensibilidad y, lleno del espíritu de S. Francisco de Sales, que se había visto deshonrado públicamente de una manera todavía más infamante, exclamó hablándose a sí mismo: ¡Desdichado! ¿en qué estás pensando? ¡Que! ¿tú quieres justificarte? Y tú acabas de oír que un Cristiano falsamente acusado en Túnez, ha pasado tres días de tormentos, ha muerto al fin sin proferir una palabra de queja, aunque fuera inocente del crimen, del que le habían acusado:¡ y tú quieres excusarte! No, no será así. Dios se encargó de la apología de su Siervo: los que se habían visto tentados  a poner en dudas su virtud, dejaron muy pronto sus sospechas, y la pronta muerte de quien le había ultrajado tan vivamente, fue tenida por mucha gente como un golpe de la manos de Dios y un castigo por su injusticia.

Era tanto más clamorosa como conocido era en todas partes el desinterés del santo Sacerdote. Sin traer a cuento aquí aquellas inmensas limosnas, que agotaron con frecuencia su Casa, y en las que se encontrado una especie de exceso, Vicente dio a conocer en el tiempo de que hablamos que muy lejos de abusar del crédito que tenía en la Corte para procurarse bienes que no le pertenecían, ni siquiera hubiera querido entrar a ese precio en la posesión de los que eran suyos.

Uno de los principales Magistrados del Reino, hombre poderoso y acreditado, se movía mucho para procurar una Abadía a uno de sus hijos, que no la merecía. Temía y tenía razón para temer, que Vicente se opusiera a su proyecto. Se esforzó pues por ganarse al hombre de Dios. Para conseguirlo, mandó a pedirle por medio de uno de sus Sacerdotes que favoreciera su proyecto; añadiendo que, sin que nadie de la Congregación se mezclara, haría entrar a la casa de S. Lázaro en posesión de muchos derechos y bienes que se le habían incautado; que conocía muy bien el modo de recobrarlos; que no debía dejar de servirse de sus favores y de la ocasión que se presentaba, para colocar a su compañía; que por lo demás no debería tener escrúpulos por ello, ya que otras Comunidades que le nombró, usaban de ello también. A todo aquel bello discurso Vicente no dio otra respuesta que la siguiente: Por todos los bienes de la tierra, no haría yo nada contra Dios, ni contra mi conciencia. La Compañía no perecerá por la pobreza. Temo más bien que si le falta la pobreza, llegue a perecer. Si estas palabras son una Profecía, la Congregación está todavía lejos de perderse.

A pesar de las contradicciones, por las que el santo hombre tuvo que pasar no dejó de tributar grandes servicios a la Iglesia de Francia. Para hablar de esto con algún orden, las distribuiremos en diferentes clases.

El Episcopado ocupará, como es debido, el primer rango. Se ha podido ver hasta ahora que Vicente tenía un respeto sin límites para los Pontífices de la Iglesia de Dios. Nada le resultaba imposible cuando se trataba de obedecer a un Obispo; y aunque los Prelados con los que se veía obligado a tratar, no estuvieran siempre sin defectos, estaba tan acostumbrado a honrar en sus personas el poder y la majestad de aquel cuyo lugar ocupan que no veía más que lo que podía hacerles respetables a sus ojos. Se echaba a sus pies cuando se presentaba a ellos, y había que hacerle violencia para levantarle. Su celo por sus intereses se manifestó más sensiblemente cuando estuvo en el Consejo de conciencia. No necesitaba ni de súplicas ni de ruegos para presentarse a servirles. Mostraba más actividad por sus asuntos de la que tenía para los suyos propios: usaba de alguna manera su crédito, a fuerza de emplearle para ellos. No se cansaba de recomendarlos a la Reina, al Cardenal Ministro, al sr Canciller y a aquellos Magistrados que tenían más autoridad.

Se esforzaba ante todo por desterrar del Episcopado todo lo que podía perturbar la paz. La Diócesis de S. Pablo de Leon en Bretaña dio mucho ejercicio a su celo. René de Rieux, que era su Obispo, acusado de haber favorecido la evasión de María de Médicis, Madre de Luis XIII, y de haber pasado en Flandes un tiempo considerable, sin el consentimiento del Rey, fue depuesto –el 31 de Mayo de 1635- por cuatro Obispos, a quienes la S. Sede había encomendado el examen de este asunto mayor. Robert Cupif ocupó su lugar –en 1639-. Pero habiendo sido repuesto  en 1645, a petición de la Asamblea general del Clero, que se celebraba en París, el sr Cupif quien había realizado buenas cosas en esta Diócesis, que había  sido nombrado por el concurso de los dos Poderes, y que por otra parte no había sido ni depuesto, ni suspendido, creyó y se esforzó por probarlo, que la sentencia que restablecía a su Competidor, no podía perjudicar a sus derechos, y que así el sr de Rieux no podía sacar ventaja, más que en caso de que le sobreviviera. El Consejo de Estado del Rey dio un Decreto favorable a las pretensiones del sr Cupif. Pero esto no sirvió en un tiempo de revuelta y de agitación más que para agriar más los espíritus. El sr de Rieux continuó sosteniendo que no se le hacía justicia, y una buena parte del Clero, que había hecho cesar por nuevos Comisarios de la Santa Sede la sentencia dictada contra él, debió naturalmente entrar en sus sentimientos. Como los Factums y otras Memorias parecidas, aún en el caso de ser necesarias, no edifican siempre, Vicente sufría mucho por esta división. No omitió nada de lo que creyó que podía contribuir a suavizarla. Al fin hizo ver tan claramente al Consejo qué importancia tenía detener este escándalo, que habiendo sido nombrado por el Rey el sr Cupif al Obispado de Dôle, que aceptó, el sr de Rieux se quedó Poseedor solo y pacífico de la Sede de Leon, a la que volvió en 1648, con el aplauso de toda la Diócesis.

El santo Sacerdote contribuyó también mucho al traslado de la Sede Episcopal de Maillezais a la ciudad de la Rochelle. Luis XIII ya había pensado en ello cuando la hizo volver a su obediencia. Había creído con razón que existía grandeza en hacer triunfar la Religión, la Fe y la piedad en una ciudad, que había servido por tanto tiempo de baluarte de la herejía, de asilo al libertinaje, de refugio a los enemigos del Estado, que raramente son los amigos de Dios. Le ejecución de este plan estaba reservado a la Regencia de Ana de Austria, y a los consejos de Vicente de Paúl. Él manifestó a la Reina y a su Ministro que un obispo esclarecido, piadoso, edificante, no podía dejar de producir grandes bienes en la Rochelle.y de disminuir allí el curso del error. Se tomaron a tiempo medidas necesarias pata evitar todo lo que hubiera podido causar confusión. Henri de Béthune Obispo de Maillezais, fue nombrado – el 20 de noviembre de 1648- para el Arzobispado de Burdeos. Jacques Raoul Obispo de Saintes, de la que dependía entonces la Rochelle, fue transferido allí –en 1648-, después de pasar unos quince meses en Maillezais. Le costó para restablecer el orden y a disciplina en un lugar donde no los había desde hacía mucho tiempo: pero Dios bendijo sus trabajos y el éxito respondió a las esperanzas, que había concebido el Siervo de Dios. A fin de evitar las protestas, que hubieran podido surgir entre los obispos de la Rochelle y los de Saintes, cuya Diócesis era desmembrada por la creación de este nuevo Obispado, Vicente hizo que se nombrara para ella a Loüis de Bassompierre, que amaba la paz y la justicia. Estos dos Prelados se pusieron en contacto en Maillezais, y mediante una Transacción, homologada en el Parlamento, ahogaron toda semilla de disensión.

El Santo que quería tiernamente a la Iglesia  se esforzaba sobre todo en  prestar servicio a aquellos Obispos, cuyo Ministerio estaba estorbado por la herejía. Quería que se le fuera disputando el terreno pie a pie, y que no se le permitiera nunca dar un paso más allá de los límites, que le habían sido fijados por los Edictos. De esta manera, cuando los Protestantes querían reunirse, y hacer sus Prédicas en lugares donde esta clase de ejercicios les estaban prohibidos, el santo Sacerdote, apenas era informado, recurría a la autoridad del Rey y a la del sr Canciller, para detener estas peligrosas innovaciones.

Reinaba por entonces otro abuso, que era más difícil todavía de combatir que el precedente. Un número de Hugonotes, ricos y poderosos, para acreditar el Partido en diferentes ciudades del Reino, compraban Cargos en ellas dos o tres veces su valor real. Hacía falta, para tomar posesión de estos empleos, de lo que la Ley los consideraba inhábiles, añadir nuevos gastos a los primeros, pero el error que, cuando se trata de llegar a sus fines, cuenta por nada el dinero, encontraba en todo aquello recursos que no se agotaban. Súplicas, intrigas, protección de los del mismo Partido, que servían al Estado, todo se ponía en práctica: pero nada se lograba, cuando el Santo era informado a tiempo. Hacía valer por su parte el grito de los Obispos, la disposición de las Ordenanzas, los últimos sentimientos de Luis XIII. En fin,  que hablaba con tanta firmeza, que la Regente negaba su consentimiento a todos los que no debían obtenerlo. Vicente llegó más lejos aún ya que, para impedir que se hicieran en lo futuro semejantes tentativas, hizo escribir por parte del Rey a los Intendentes de las Provincias para que tuvieran vigilancia sobre la conducta de los Religionarios y no se les permitiera más que lo que les estaba permitido por la Ley. Algunos de ellos, para desposarse con Jóvenes Católicas, fingían convertirse, pero apenas se habían casado, cuando demostraban recuperando su primer tren de vida que no había en ellos ni fe, ni sinceridad: el santo Sacerdote hizo todo lo que pudo para evitar este pernicioso desorden. No sé si logró todo el éxito que hubiera deseado; si no fue así, debió consolarse, porque según la máxima de S. Bernardo los que están con cargos se ven obligados a trabajar, sin estar obligados a tener éxito. Por lo demás, los Obispos no fueron los únicos a quienes el Hombre de Dios prestó servicio contra los pretendidos Reformados. Todo Católico que tenía Procesos o litigios con ellos podía contar con su protección, con tal que tuviera la justicia de su parte, pues su celo no era ciego, y en él la Ley de la equidad era antes que otra cualquiera.

Las Apelaciones, como de abusos, que no han sido introducidas sino para mantener en su vigor la observancia de la Disciplina Eclesiástica y la pureza de los santos Cánones producían con frecuencia entonces, por la intriga y la corrupción de los malos Sacerdotes,  un efecto muy contrario. Estos hombres entregados al desorden obtenían con engaño la Religión de los Cursos seculares para poner nerviosa la autoridad de los Obispos, y hacer inútiles los Procedimientos contra ellos. Vicente, a quien hablaban sin cesar de los perniciosos efectos de este desorden, gemía por ello ante Dios y buscaba los medios de detenerlo. En una ocasión tuvo una charla muy larga con el sr de Molé, quien de Procurador General había llegado a Primer Presidente del Parlamento de París. Le presentó las quejas de algunos Prelados, que habiendo intentado castigar a Eclesiásticos díscolos, libertinos, escandalosos, había sido maltratados por los Tribunales seculares y que no veían qué partido tomar sino dejar que las cosas marcharan en adelante como pudieran marchar.

Este prudente Magistrado le respondió que era verdad que cuando los Oficiales faltaban en las Formalidades que les estaban prescritas por las Ordenanzas, la Corte no faltaba en corregir sus abusos, pero que cuando ellos observaban bien todas las Reglas, ella no emprendía nada contra sus Procedimientos; que el Oficial de París, que conocía bien su oficio, era buena prueba de ello; que estando los Juicios fuera de alcance, el Parlamento no recibía Apelación contra él, y que sucedería lo mismo con los demás, si fueran también ilustrados. El santo Sacerdote repitió esta importante lección a aquellos Obispos que se quejaban a él. Les manifestó que para parar el golpe que estas clases de Apelaciones suponían para la Disciplina, había que establecer un buen orden en sus Cursos Eclesiásticos y no colocar en ellos más que a Oficiales virtuosos, capaces, sabios en uno y otro Derecho, irreprochables en sus costumbres, igualmente inflexibles y experimentados en la administración de la Justicia, y atentos hasta el escrúpulo en observar las Formalidades, que están en uso en el Reino.

A este consejo Vicente añadía a veces otro que da a conocer su dulzura, su apoyo, y su extrema moderación, con la que hubiera querido que se emplearan las Censuras. Luis Abelly, el mismo que escribió la vida del Siervo de Dios, siendo Oficial de Bayona, le consultó de parte del sr Fouquet, que por entonces era Obispo, sobre la conducta que se podría tener con un número de Religiosos, cuya vida era todo menos edificante, y que a otros defectos añadían el crimen más enorme que raro, de propiedad. Se creía reducirlos mejor restringiéndoles todos los poderes, prohibiéndoles la Colecta y añadiendo a esta penas la de la excomunión en caso de contumacia. Sin embargo, antes de llegar a esto, el Obispo y su Oficial creyeron que no harían nada malo si se enteraban de lo que pensaba Vicente de Paúl sobre este asunto. Su respuesta, cuyo original fue enviado hace cerca de cuarenta años a Cosme III, Gran Duque de Toscana, contiene algo que me ha parecido tan singular, que he creído deber un Extracto al Lector.

Vicente, después de felicitar al Obispo de Bayona por el modo como había ordenado su Casa, por el buen ejemplo que daba a su rebaño, por las grandes limosnas que distribuía, por el cuidado que tenía de los prisioneros, por si celo en la conversión de los Herejes, y finalmente porque no permitía a ninguna mujer alojarse en su casa ni acercarse al Santuario: Vicente, digo,  se acerca al fin a las preguntas, que la había propuesto el sr Abelly. Comienza, como siempre, por manifestar su sorpresa porque hayan tenido a bien consultarle, a él, dice, que es el hijo de un pobre Labrador, que ha guardado las ovejas, y que todavía está en la ignorancia, y en el vicio. Añade que hablará no obstante, como lo hizo en otro tiempo la Burra de Balaam; es decir para obedecer a los que le mandan: a condición no obstante de que, como no se da ninguna importancia a lo que dicen los insensatos, por ser lo que son, ni el sr de Bayona, ni el que le interroga de su parte se aclararán sobre sus sentimientos, más que cuando puedan estar en conformidad con los de ellos, que estimará mucho más que los suyos.

Después de este preámbulo tan familiar a un hombre que se consideraba como el último de los hombres, que se encuentra repetido en más de mil cartas suyas, el santo Sacerdote entra en materia. Su consejo es, que en general convendría tratar con los Religiosos desreglados, como Jesucristo trató con los pecadores de su tiempo; que un obispo y un Sacerdote, obligados como tales a ser más perfectos que un Religioso considerado puramente como Religioso, deben durante un tiempo considerable actuar sólo por la vía del buen ejemplo, y recordar que el Hijo de Dios no siguió otro camino durante treinta años; que es preciso después de esto hablar primeramente con caridad y con dulzura, luego con fuerza y firmeza; sin usar no obstante aún de entredicho, ni de suspenso, ni de excomunión, Censuras terribles que el Salvador del mundo no empleó nunca.

Me parece, Monseñor, continúa el santo Hombre, que lo que os digo os sorprenderá un poco: Pero ¿qué queréis? Este sentimiento es en mí el efecto del que tengo con respecto a las verdades que Nuestro Señor nos ha enseñado de palabra y con el ejemplo. Siempre me he dado cuenta que lo que se hace según esta Regla, resulta perfectamente bien. Haciéndolo así fue como el Bienaventurado Obispo de Ginebra, y a su ejemplo el difunto sr de Comminges se santificaron y fueron la causa de la santificación de tantos miles de almas. Me diréis sin duda que despreciarán al Prelado que actúe de esa manera. Eso será verdad por un tiempo, y es inclusive necesario, con el fin de que honremos la vida del Hijo de Dios en todos sus estados por nuestras personas, como le honramos por la condición de nuestro Ministerio. Pero también es verdad que después de sufrir por algún tiempo, y cuanto agrade a Nuestro Señor, nos hace hacer más bien en tres años de lo que haríamos en treinta. Ciertamente, Monseñor, no pienso que se pueda conseguir de otra forma. Se trazarán bonitos Reglamentos, se usará de Censuras, se restringirán todos los poderes; pero ¿se corregirá con ello? Hay pocas probabilidades. Estos medios no extenderán ni conservarán el Imperio de Jesucristo en los corazones. Dios armó en otro tiempo el Cielo y la tierra contra el hombre, ¿acaso le convirtió así? ¡Eh! ¿Es que no hizo falta que se abajara y humillara delante de él para hacerle aceptar su yugo y su dirección? Lo que un Dios no ha hecho con toda su omnipotencia, ¿Cómo lo hará in Prelado con la suya? Según estos principios que Monseñor de Bayona tiene razón en no fulminar la excomunión contra estos Religiosos propietarios, ni siquiera poner impedimentos inmediatamente a los que examinó y aprobó una vez para predicar los Advientos y las Cuaresmas en las Parroquias del campo, donde no hay estación designada…que si alguien abusa del Ministerio, vuestra sabia conducta sabrá ponerle remedio.

Mal conoceríamos el espíritu y la conducta de nuestro Santo si concluyéramos por la Carta que acaba de añadirse, que él llevaba la indulgencia más allá de sus justos términos. Sabía unir cuando hacía falta la mansedumbre con una sabia severidad; con esta combinación, al mismo tiempo que rendía al Episcopado servicios señalados, cooperaba como vamos a decir enseguida en la reforma de varias Órdenes, cuya mala situación parecía desesperada y a las que una actividad precipitada no habría logrado devolver su integridad primitiva.

Su primer Historiador asegura, y hay razón para asegurarlo, que de todas las Comunidades Religiosas que hay en Francia no existe una a la que no haya prestado servicio, bien al Cuerpo en general, bien a algunos de los Miembros en particular. El Abate de Santa Genoveva y los Canónigos Regulares de su Congregación, reconocen con satisfacción en su Carta a Clemente XI que el sr Cardenal de la Rochefoucaut, encargado por la Santa Sede de establecer en su casa la Reforma, encontró para este gran designio muchos recursos en la persona y los consejos de Vicente de Paúl. Henri de Briqueville de la Lucerne, después de escribir al mismo Pontífice, que Alain Solminihac uno de sus más dignos Predecesores, no hizo nada importante sin escuchar antes los consejos de Vicente de Paúl, y que fue el santo Sacerdote quien le hizo dar un Coadjutor, capaz de continuar en su Diócesis los bienes que había comenzado allí; añade que fue él también quien ayudó a este santo Obispo a restablecer la antigua Disciplina en los Monasterios de la Diócesis de Cahors, y quien le sostuvo en Roma y en Francia en la Reforma de la Orden de Chancelade, de la que era Abate y primer Superior. Henri de la Marche Abate de Grand-mont está de acuerdo en que su Orden le debe mucho, que le ha prestado servicios que no se podrían desconocer sin ingratitud y que animó a los que se dedicaban a restablecer la Disciplina. Los Abates de Bonfay y de Rangéval, de la Orden de los Premostratenses, confiesan que el hombre enemigo se opuso con tanta violencia a la Reforma que se quería introducir en algunas de sus casas que si este santo Sacerdote no se hubiera empleado en su favor con todo el crédito que tenía ante el Rey, todo hace pensar que este importante proyecto no habría podido prosperar. En efecto, algunas de estas Reformas fueron de tal suerte trasgredidas que a juzgar por los movimientos de diferentes personas para impedirlas, se sentirían tentaciones de creer que debían anular al Estado y a la Religión. Aquellos a quienes desagradaban hicieron actuar hasta los Príncipes para hacerlas fracasar. Un número de personas de autoridad y nacimiento no hablaban de ellas más que como se habla de un atentado criminal. Era preciso que Vicente, para apoyarlos, hiciera frente a una parte de los Poderes del siglo. Es muy necesario, le escribía en esta ocasión un Abad Regular que tenía mucha virtud y que hubiera querido volver a ver florecer la virtud por todas partes; es necesario que Dios os dé una fuerza extraordinaria para una Obra tan grande, a vos, digo yo, que defendéis la causa de Dios contra las Potencias del mundo. No podemos hacer otra cosa que rogar a Dios y recurrir a su Providencia y a vuestro celo: sois, Señor, nuestro único refugio en la tierra y el único apoyo de nuestra Orden desolada.

Además de la Reforma de las casas, de que acabamos de hablar, Vicente apoyó y sostuvo las que en las Órdenes de S. Antonio, de S. Bernardo y de S. Benito. Era amigo particular de Dom Grégoire Tariff, primer Superior General de la Congregación de S. Maur, y este perfecto Religioso le honró siempre como un modelo de piedad y de virtud. El Reformador de Grand-mont  -Charles Fremond- y todos cuantos amaban la regularidad hablaban de él en los mismos términos. Se trataba por su parte de justicia y de agradecimiento. Hizo cien veces en su favor lo que nadie habría querido emprender. Se dirigió de parte del Rey a aquellos mismos Abades Generales que no tenían un gusto infinito por la Reforma, a fin de convencerles que vieran con buenos ojos que se estableciera en las Casas que la querían recibir. Impidió a Luis XIV que confirmara las elecciones que no se habían realizado más que  para alejarla. Le preparó la protección de una Princesa cuyo hijo, siendo aún muy joven, acababa de ser provisto de una Abadía, había sido indispuesto contra los Reformadores por un Religioso, que tenía más crédito que la virtud de él: en una palabra, hizo, para restablecer las antiguas Observancias todo lo que tenía costumbre hacer para conservar en sus propios Hijos el primer espíritu de su vocación.

Se puede juzgar por esta base la alegría que tuvo de ver a un gran número de famosos Monasterios volver en su tiempo a ser lo que habían sido en sus más hermosos días; el dolor con el que vio a otros sacrificar su conciencia al amor de una falsa y condenable libertad. A pesar de toda su paciencia y moderación, habló una vez con mucha viveza de cierta Orden, que no tenía más Religiosos que su nombre. Un hombre de otra Comunidad que estaba descontento con sus Superiores, habiéndole consultado sobre el plan que tenía de pasar a otra Orden desordenada, Vicente le escribió con un estilo que da a entender qué odiosos eran a sus ojos esta clase de traslados. No querría, decía él, aconsejar a nadie entrar en la Orden pretendida de N. y se lo aconsejaría todavía menos a un Religioso Doctor y Profesor en Teología y gran Predicador como sois vos, porque es un desorden y no una Orden: un Cuerpo que no tiene consistencia ni verdadera Cabeza, donde viven los Miembros sin tener relación ni dependencia… En una palabra, no es más que una quimera de Religión, que sirve de retiro a los Religiosos libertinos y díscolos, que para sacudirse el yugo de la obediencia se enrolan en esta Religión imaginaria y viven en el desorden. Por eso estimo que estas personas  no están en seguridad de conciencia, y pido a Nuestro Señor que os preserve de una ligereza así. Esta Carta desengañó a aquel para quien estaba escrita: abrió los ojos, conoció el abismo al que se quería precipitar, volvió sobre sí mismo y tomó el partido de santificarse en el Estado al que Dios le había llamado.

Lo que hizo Vicente para poner orden en las casas de los Religiosos, lo izo con más solicitud todavía para restablecer o conservar una exacta disciplina en los Monasterios de Mujeres. Sabía con S. Cipriano que cuanto más honor dan a su Iglesia las Vírgenes consagradas a Dios por la regularidad de sus costumbres, más necesitan ser fortalecidas contra su propia fragilidad; él no ignoraba que el mal ejemplo que es contagioso en todas partes , lo es todavía más entre las personas más fáciles de cambiar. Razón por la cual se esforzó siempre en procurarles Abadesas y Superioras que no debieran su vocación ni a la sangre, ni a la carne, sino únicamente a la voluntad de Dios.

Cuando las Abadías tenían derecho de elección, él se lo conservaba y se oponía con vigor a la intriga, y al manejo de ciertas Religiosas, que no pudiendo esperar subir por este camino al primer puesto, querían llegar a él por el crédito de sus parientes y por la autoridad del Rey. Usaba el mismo camino con respecto a aquellas que, habiendo sido elegidas para tres años, según la costumbre de sus comunidades, solicitaban Patentes de continuación. Un Prelado que tenía virtud, y que había hecho elegir a una Religiosa muy buena para la dirección de una Abadía de su Diócesis, entró un día en liza con el S. Sacerdote, y quiso probarle de buenas maneras que la perpetuidad de las Superioras es más ventajosa que la de trienios. El Siervo de Dios no negaba que eso no pudiera ser en ciertas ocasiones, pero continuó sosteniendo dos cosas que es difícil contestarlas. La primera, que la innovaciones que se hacen contra los usos canónicamente establecidos en las Comunidades deben siempre ser tenidos como sospechosos. La segunda, que entre las Mujeres, que por naturaleza son menos firmes en el bien y que pueden con mayor facilidad olvidarse en los altos cargos, cuando se ven en ellos una vez colocadas para siempre, las elecciones trienales son por muchas razones más de desear que las perpetuas. Vicente en esta decisión tenía al menos la ventaja de pensar, como han pensado los más santos y sabios Fundadores de esas clases de Monasterios.

Cuando unas Abadías se quedaban vacantes, de nombramiento Real, se encontraban siempre hombres distinguidos por su nacimiento y a veces por sus servicios, que presentaban vivas solicitudes a favor de las personas que les pertenecían. El santo Sacerdote hubo de esquivar con frecuencia terribles asaltos por ese lado. Se sentía a veces obsesionado por una multitud de gente que, acostumbrados a dominar en el mundo, creían que era cosa de su honor dominar en el Claustro por medio de sus Hijas: pero este fiel Dispensador, que sólo tenía a Dios a la vista, se olvidaba de todas las consideraciones humanas: así bien persuadido que el fervor o la decadencia de las Comunidades de Mujeres vienen de ordinario de las que están a la cabeza de los Monasterios, se mantuvo siempre firme en permitir nombrar como Abadesas más que a las que se sabía que eran las más capaces, las más experimentadas, las más exactas en todas las observancias regulares.

Fácil será imaginarse que esta constancia severa hizo de vez en cuando caer sobre él  violentas tempestades. Un hombre de clase, hallándose una Abadía vacante y en ella una Joven que era sobrina de la última Abadesa, le vino un día a ver en S. Lázaro, y comenzó por quejarse de lo que impedía que esta Joven no sucediera a la tía, como ésta había sucedido a otra tía. Un Monasterio que su familia estaba en posesión de gobernar durante tantos años, le parecía como un bien hereditario en su Casa, y era a sus ojos una injusticia que clamaba al cielo quitárselo. Tenía razón en un sentido. La Abadía de que se trataba, le servía desde hacía mucho de casa de recreo. El marido, la mujer, toda la familia se iban allí varias veces al año y tenían sus comilonas y se divertían a expensas de la Comunidad. Es verdad que la Religiosas sufrían por ello, y al parecer o superfluo prodigado a los extraños procedía en parte de lo necesario de ellas: pero como se veían obligadas a gemir y a murmurar en secreto, no se les prestaba mucha atención, y las cosas seguían siempre igual. Por fin la muerte de su Abadesa las puso en libertad; y como ellas se temían con razón que si la sobrina venía a reemplazar a la tía, ella seguiría sus pasos, revolvieron roma con Santiago para tener otra Superiora.

Vicente que sabía mejor lo que pasaba al otro extremo del Reino que los que tenían por allí su residencia ordinaria y que conocía las cualidades de la Presidenta, respondió con mucha dulzura y respeto al sr su padre que ella era todavía demasiado joven, y que se vería obligado en conciencia a aconsejar a la Reina que, entre las Religiosas de diferentes Monasterios, para quienes se pedía esta Abadía, se dignara escoger a aquella de entre todas que fuera la más idónea para gobernarla bien.

Una respuesta tan justa y tan mesurada no hizo sino irritar a aquel Señor. La tranquilidad y la paciencia de nuestro Santo encendieron su cólera y su resentimiento. Hizo durante más de una hora un ruido espantoso; llenó a Vicente de reproches y de injurias y añadió a palabras insultantes amenazas, que lo eran más todavía. El Santo le escuchó con una paz profunda, le acompañó hasta la puerta y se creyó dichoso por haber sido saciado de oprobios por la gloria de Dios y de los derechos de la justicia. Habría podido en esta ocasión como tantas otras quejarse a la Reina por un trato tan poco merecido y buscarle a éste de quien lo había recibido algo más duro que unas palabras: pero conocía demasiado el precio e la humillación y de la paciencia Cristianas. Así que nunca abrió la boca contra sus perseguidores. Rezaba por ellos y les prestaba todos los servicios que podía hacerles, sin lesionar los intereses de Dios. Así es como se vengan los Santos; se hade confesar que esta venganza es tan gloriosa como difícil a la naturaleza.

Por lo demás, las contradicciones a las que el santo hombre tuvo que hacer frente no le impidieron marchar constantemente por el camino de la verdad. De manera que cuando algunas Abadesas, so pretexto de edad o de enfermedad, pedían por Coadjutoras a sus hermanas, a sus sobrinas, u otras parientes, hacia las cuales sentían  demasiado cariño, el Siervo de Dios, enemigo declarado de estas ternuras tan humanas, no buscaba más que el bien común; y algo que se pudiera decir o hacer, en ese punto era inquebrantable. Su razón era que, cuando las Abadías se quedan vacantes por fallecimiento, existe la libertad de elegir a mujeres virtuosas y capaces de mantener el buen orden, si ya existe, o de restablecerlo, si no existe: en lugar de que por medio de las Coadjutorías, una Religiosa que tiene poca virtud, suceda a menudo a otra que no tenía mucha más.

Cuando una Abadesa renunciaba a su Abadía, y traían a nuestro Santo Certificados de la capacidad y buenas costumbres de aquélla, a favor de la cual la renuncia había recaído, no recurría absolutamente a estos testimonios, que dictan con demasiada frecuencia el interés, el miedo, el respeto humano. Se tomaba el tiempo que hacía falta para informarse por vías seguras y convenientes de los méritos y de los talentos de la persona que era propuesta. Si la elección era buena, y provechosa para la Abadía, hacía que fuera admitida la Religiosa, si era mala, la hacía rechazar.

Siempre que, contra su parecer, se colocaba al frente de los Monasterios, bien abadesas, bien Priores, que no habían incorporado bien el espíritu de la Religión, y que por consiguiente no estaban en disposición de dirigir bien, este santo y celoso Ministro del Señor no los abandonaba. Los obligaba a pasar un tiempo en Comunidades fervientes, con el fin de adquirir las virtudes  que una Madre debe comunicar a sus Hijas. Con este propósito hizo recibir varias veces en calidad de pensionistas a Abadesas y a Coadjutoras en las casas de la Visitación, cuya exactitud y regularidad él ya conocía.

Cuando había confusión y división en los Monasterios de mujeres, empleaba todos los medios imaginables para detener estos incendios que, como lo dice un Apóstol, nacen a menudo de una ligera chispa. Hacía nombrar a personas virtuosas, experimentadas y provistas de la autoridad del Rey, ya para apaciguar las diferencias, ya para establecer la Clausura, ya en fin para detener los demás abusos que se habían introducido; y comprometía a Sus Majestades para que mandaran a los Obispos de los lugares, o a los Superiores de las mismas Órdenes vigilar la ejecución de los Reglamentos que se juzgaban a propósito establecer.

La Abadía de la Perrine, y la de Estival, que ambas están situadas en la Diócesis de le Mans fueros testigos de su caridad y su atención. La última, dice el sr Fleuri en su Historia de la Madre de Arbouse, Reformadora del Val de Grace, estaba metida en un gran desorden. Había un partido opuesto a la Abadesa, y ella se quejaba de que estaba fomentado por el Obispo, con quien ella tenía un Proceso. Vicente informó de ello a la Reina; esta Princesa dio orden a cuatro Religiosas del Val de Gracia de trasladarse allí y eso con consentimiento del Obispo de le Mans y de la Abadesa de Estival. Se realizó por fin allí la Reforma necesaria  en 1648, y la paz sucedió a las disensiones, que habían durado demasiado tiempo. Con respecto a la Abadía de la Perrine, el Santo envió allí a la Madre Luisa-Eugenia de Fontaine, que restableció la calma allí. La Madre Angélica de l’Huillier hizo con sus órdenes lo mismo en el Monasterio de la Concepción de la Calle S. Honoré de París.

Hallándose agitada una Abadía por disensiones intestinas, que la Superiora ordinaria, a pesar de todos sus esfuerzos, no había podido suavizar, Vicente, que era el recurso de quienes no lo tenían ya, fue encargado de ayudarlas. El santo Sacerdote mandó nombrar como Visitador a un Abate de la misma Orden que tenía mucho celo y prudencia. Este último descubrió muy pronto la fuente del mal, pero reconoció al mismo tiempo que, para ponerle remedio, hacía falta quitar al Confesor de la casa, a quien faltaban estos grandes talentos que llevan a la paz de los espíritus más encendidos. Vicente, a quien se lo escribió, rogó a un Eclesiástico de piedad y condición, quien por otro lado era muy experimentado en la dirección de las Religiosas, que fuera a pasar unos meses en esta Abadía, para reunir los corazones tan peligrosamente divididos. Así lo hizo y Dios bendijo con tanta perfección su obediencia y sus trabajos, que tuvo en muy poco tiempo el consuelo de devolver la calma a todas las partes de la Comunidad.

El Santo se dedicó también a apartar de los Monasterios todo lo que llevaba la huella de la novedad. Hablaremos en su lugar del ardor con que combatió la Herejía Jansenista. Pero es bueno advertir aquí que, algún tiempo después de ser llamado al Consejo, sofocó un error parecido al de los Iluminados que, hacia finales del siglo precedente, había hecho tanto ruido en España. Algunos fanáticos habían encontrado nuevos medios de salvación, que la antigüedad no conoció nunca, y por medio de los cuales pretendían llegar a la más sublime perfección. Según ellos, S. Pedro era un buen hombre, que nunca había caminado por las grandes rutas, que elevan y que deifican al alma. S. Pablo no entendía nada ni de devoción ni de espiritualidad. Ellos eran los únicos elegidos de Dios en los últimos tiempos para dar Lecciones sobre esta materia, y hasta para reformar la Iglesia. Por lo demás, no les faltaban pruebas para autorizar su Misión. Tenían revelaciones en abundancia. Con este socorro se va lejos; al menos, es seguro que la ilusión, el espíritu de tinieblas, y a veces los dos a la vez, le multiplican todo lo que se quiera.

Trad. Máximo Agustin

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