San Vicente (Collet) 22

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Su muerte ocurría en un momento tanto más triste, porque el asunto de la Establecimiento de los Misioneros, que la Duquesa de Aiguillon quería fundar en Roma, todavía no había concluido. Vicente le puso, como solía hacer, en las manos de la Providencia, y se decidió por adorar los designios de Dios. Y al perder al sr le Breton, dice en una Carta que escribió algún tiempo después, -al sr Codoing- del 19 de noviembre de 1641, hemos perdido mucho según el mundo. Varias personas me comunican de sus trabajos y bendiciones que Nuestro Señor daba, pero teniéndolo todo en cuenta, me parece que este santo Hombre hará más en el Cielo de lo que hizo en la tierra, que nos obtendrá las gracias que necesitamos y que si Dios nos quiere en Roma, él hará con sus plegarias que se logre este Establecimiento, a no ser que los pecados de Vicente, que es el peor de todos los hombres del mundo, lo impidan.

Los pretendidos pecados de Vicente no lo impidieron. Los Sacerdotes, de los que reemplazó al año siguiente a este querido difunto, consumaron este asunto poco tiempo después de su llegada. El más joven de ellos, llamado Jean Martín, nativo de París, adquirió tanta reputación que, cuando en 1729 se imprimió en Roma el Compendio Cronológico de la Vida del Bienaventurado Vicente de Paúl, existía todavía en esta primera Ciudad del Mundo un gran número de personas respetables que se sentían felices por haberle conocido y que daban a su ciencia, a su celo, a la bondad de su natural, testimonios que no podían ser sospechosos.

El santo Padre encargó a estos Sacerdotes dar misiones, formar a los Ordenandos y visitar los Hospitales. El progreso en todas partes fue el mismo; y esta Colonia naciente produjo otros que dan en Italia dos Provincias considerables a la Congregación. Vicente, para moderar la actividad Francesa, dio a estos Señores consejos llenos de sabiduría. Les dijo que el espíritu de Italia es contenido y circunspecto; que allí les gustan las personas que contemporizan, que caminan paso a paso; y que están muy en guardia contra las que van demasiado a prisa –Carta del 20 de junio de 1642-. Uno de estos mismos Sacerdotes habiéndole insinuado que, para entrar en el espíritu de los Cardenales, sería conveniente dar las primeras Misiones en sus tierras. Vuestro plan, Señor, le respondió este perfecto Siervo de Dios, me parece humano, Oh, Jesús! Dios nos guarde de hacer nunca ninguna cosa por este principio –5 de agosto de 1642-. No nos ha sucedido más que una vez en esos lugares dar una misión por un motivo más o menos parecido, y resultó bastante mal. Se atuvieron a estas sabias máximas: las ovejas más enfermas se curaron las primeras; y un celo sabiamente distribuido edificó más a la Curia de Roma de lo que lo habrían podido hacer unas diligencias afectadas.

Dios recomendaba con estas bendiciones de todo género la caridad de su Siervo, que crecía todos los días: ya que fue por aquel mismo tiempo cuando, para honrar las humillaciones de aquel que siendo rico se hizo pobre por nosotros, comenzó el día de Navidad a sentar comer a su lado a dos pobres ancianos, enfermos, y a veces bastante repugnantes. Les servían antes que a él y antes que a la Comunidad. Vicente los trataba con mucho respeto, y no les hablaba nunca sin descubrirse. Sus Sucesores han seguido su ejemplo, y de doce pobres tomados en un vecindario donde no faltan, hay cada día dos que, por turno, comen al lado del Superior General, y le advierten que debe ser el Padre de los indigentes, como lo fue aquél cuyo lugar ocupa.

Dios multiplicaba la Familia de Vicente de Paúl: así las misiones que sus hijos comenzaron en Italia, casi nada más besar los pies de S. Padre, no fueron estorbo para las de Francia. Se dieron ese mismo año de 1642 en las Diócesis de París, de Chartres, de Sens, de Soissons y de Senlis. El santo Sacerdote animaba a los Obreros, y se unía a ellos, cuando podía escaparse. Hizo la visita a los que trabajaban en Richelieu y allí se encontró con diecisiete de sus Sacerdotes, y con cinco o seis Clérigos, que roturaban todo aquel cantón. Estos Señores habrían querido aprovecharse por más tiempo de su presencia, pero los asuntos de todo orden le reclamaban en otra parte. A penas estuvo de regreso en París, cuando se vio obligado a partir para Beauvais donde visitó por tercera vez el Monasterio de las Ursulinas.

Estos viajes, cuyo único motivo eran los intereses de Dios y de la Iglesia, no se avenían  bien con un proyecto que se había formado hacía tiempo y que creyó al fin poder ejecutar sobre finales del mismo año. Aunque su congregación no tuviera todavía más que diez Fundaciones, comprendida la de Roma, convocó a una pequeña Asamblea general. La Apertura tuvo lugar el 13 del mes de octubre. Se hicieron varios Reglamentos dignos de la sabiduría de los que la componían. Los más importantes son éstos, 1º que se trabajara en formar un Cuerpo de Reglas comunes, por medio de las cuales se pudiera llevar la uniformidad a todas partes; 2º Que el Superior General no podría pedir préstamos sobre todo de importancia, si no fuera para el bien de la Congregación, y ello con el consejo de sus Asistentes; 3º Que si, por desgracia, le sucediera caer en ciertas faltas escandalosas, sería depuesto y dimitido. Los otros Artículos que se refieren al modo de actuar después de la muerte del General, bien para gobernar la Congregación durante la vacante de su puesto, como para la elección del Sucesor.

Hasta entonces todo parecía lo mejor del mundo y todos contaban con volver a sus casas, con todo el consuelo, que proporciona a unos Hijos bien nacidos el placer de haber visto al mejor de los Padres; cuando Vicente, que nunca había causado tristeza a nadie, lo hizo a toda la Asamblea. Este gran Siervo de Dios, persuadido del todo de que no había nadie en la Congregación que no fuera más apto para gobernarla que él, se puso de rodillas delante de sus Sacerdotes, y después de pedirles muy humildemente perdón de las faltas que él creía haber cometido durante el tiempo de su Generalato, les suplicó con una voz entrecortada por los suspiros, que se procediera a una nueva elección. Se retiró en el mismo momento para dejarles la libertad de la elección, ratificando por adelantado al que juzgaran más idóneo.

La deliberación  no tardó en concluir, los pareceres no se dividieron. Apenas se recobraron de la sorpresa, que debía causar un procedimiento semejante, cuando enviaron al santo Sacerdote Diputados para decirle que la Asamblea tendría mucho cuidado en no aceptar su dimisión; y que le suplicaba que volviera a ocupar su lugar, para terminar los asuntos que quedaban. Estos Diputados le buscaron durante un buen rato; él se había retirado a una Capilla que da a la Iglesia, y allí, prosternado a los pies del Hijo de Dios, le suplicaba con lágrimas que pusiera a la cabeza de su pequeña Compañía a un hombre que fuera según su corazón. Al fin lo encontraron, pero por muchas razones que se pudieron alegar, por mucha insistencia que se le pudo hacer, siguió constantemente aferrado a su primer sentimiento. Protestó que no era ya el Superior y suplicó a su vez que quisieran sustituirle por otro.

Al oír esto, los que componían la Asamblea salieron juntos para rogarle que sacrificara su inclinación a las necesidades de la Compañía, volviera a tomar un empleo, que hasta entonces había llevado tan acertadamente. El humilde Vicente les dijo todo lo que creyó más propio para hacerles cambiar de idea: ellos tampoco se quedaron atrás haciendo todos los esfuerzos que pudieron para hacerle cambiar de idea a él. Como este combate que no se basaba en otra cosa que en la virtud de los dos partidos, seguía y no avanzaba un paso, estos Señores exclamaron como al unísono: Vos queréis pues que procedamos a la elección de un Superior. Vicente que se creyó escuchado, les urgió de nuevo. Pues bueno, replicaron ellos, es a vos mismo a quien elegimos, y podéis contar con que mientras quiera Dios conservaros en la tierra no tendremos a ningún otro. El santo Sacerdote hizo nuevas tentativas, pero al final viendo que no prosperaban más que las primeras, bajó la cabeza, y recogió la carga que Dios le ponía en los hombros. Pidió a la Asamblea la ayuda de sus oraciones, y les aseguró que aquél era el primer Acto de obediencia, que creía rendirle. La Compañía le prometió no olvidarle nunca ante Dios, y renovó por propia iniciativa la protesta de obediencia que le había hecho.

Fue por entonces cuando los Misioneros para permanecer en el bien, y estar seguros de no mirar hacia atrás, se consagraron con un voto simple a trabajar toda su vida en la Congregación, en las funciones de su Instituto, que todas se reducen a la salvación del pobre pueblo. Esta obligación es en un sentido la más importante de las que se imponen unos Sacerdote, a quienes su Ordenación compromete ya a la castidad, que son tenidos por pobres cuando, con el consentimiento general o particular de sus Superiores, hacen de sus bienes patrimoniales o Eclesiásticos el uso que todo buen Sacerdote está obligado a hacer, y que finalmente bajo una dirección cuidadosa, podrían vivir siglos enteros, sin recordarles nunca la promesa que hicieron de obedecer. Por lo demás, este compromiso de estabilidad no se hizo al principio más que con el simple permiso del Arzobispo de París; y sólo algunos años después quedó ratificado por la Santa Sede y homologado en el Parlamento. Sin embargo Vicente de Paúl, que había recibido falsas alarmas, había mandado examinar en Roma en 1641 si el voto simple de estabilidad puede convenir a Sacerdotes Seculares: ya que aunque tuviera hacia el Estado Religioso un respeto muy sincero y profundo, le consideró siempre como incompatible con el Plan de su Congregación.

Ella perdió algunos meses después a un poderoso Protector en la persona de Armand-Jean Duplessis, Cardenal Duque de Richelieu. Este Ministro, que tantas veces había hecho temblar a Europa y que, por la superioridad de su genio, se había mantenido durante ocho años en un puesto, en el que al mismo Rey no le gustaba, vio por fin llegado el momento temible, que ni la Púrpura Romana, ni las Ligas, ni los Tratados, ni todo el Refinamiento de la Política podían alejar. Se ha advertido más de una vez que el curso de esta Historia que él había estimado siempre mucho la virtud y el Instituto de nuestro S. Sacerdote. Nombró muchas veces en las Prelaturas a aquellos de quienes le daba el Siervo de Dios un buen testimonio. Confió la dirección espiritual de la ciudad, que lleva su nombre, a los Hijos de Vicente de Paúl. Pensaba colocar allí a veinte de sus Sacerdotes, cuando se vio atacado del golpe que se lo llevó. No hacía mucho tiempo que había dado a nuestro Santo mil escudos para suplir la pensión de un número de Eclesiásticos, que estaban en París en el Seminario de la Misión. Él continuó en estos buenos sentimientos hasta la muerte; y por Acta de última voluntad dejó a la casa, que había establecido en Richelieu, sumas considerables.

Luis XIII no sobrevivió seis meses a su Ministro. No hacía aún cuatro años cuando este Príncipe, a quien la herejía por un lado y la Casa de Austria por el otro habían dado ocupación durante casi todo su Reinado, veía la muerte avanzar hacia él paso a paso. Al fin, le amenazó desde más cerca en el mes de abril. Una fiebre lenta y un debilitamiento que crecía de un día al otro, hicieron sentir al Rey que su última hora no estaba lejos. Después de tomar las medidas más propias para apartar los problemas los problemas inseparables de una minoría, que debía ser larga, y no quiso pensar ya más que en los asuntos de la Eternidad.

Como los Cortesanos son entonces débiles recursos, y los más hombres de bien no sirven demasiado en estas ocasiones, este Religioso Príncipe mandó llamar a Vicente de Paúl a S. Germain-en-Laie, donde le había atacado la enfermedad. El Santo, para inspirarle confianza, y al mismo tiempo para anunciarle la muerte, que una política mal entendida oculta, tanto como le es posible, al espíritu y a los ojos de los Grandes del siglo, le dijo al abordarle: Señor, quien teme a Dios se encontrará bien en los últimos momentos: Timenti Dominum bene erit in extremis. Este comienzo no sorprendió a un Rey acostumbrado desde hacía mucho a nutrirse de las más hermosas máximas de la Escritura; él respondió concluyendo el Versículo: Et in die defunctionis suae benedicetur.

Vicente pasó esta primera vez alrededor de ocho días en la Corte; estaba con frecuencia con Su Majestad, y este Príncipe, que encontraba en él palabras de salvación y de vida, le escuchaba con una satisfacción particular. El santo Sacerdote, para recordarle indirectamente sus obligaciones y las faltas que había podido cometer, le recordaba las gracias que Dios le había concedido. Dos cosas parecieron ocuparle más: La conversión de los Protestantes, que había sido siempre uno de sus principales objetivos, y para la cual  tomó aún nuevas medidas, de las que hablaremos más adelante; y la denominación a las Dignidades Eclesiásticas, de las que se tiene por un honor durante la vida, que cuesta a veces bien caro a la muerte. Fue en esta ocasión cuando este Príncipe exclamó: ¡Oh  Señor Vicente, si Dios me devolviera la salud, no nombraría a nadie al Episcopado, que no hubiera pasado tres años con vos!

Por lo demás, Vicente admiró, lo mismo que toda la Corte, el espíritu de piedad y de resignación, del que estaba repleto este gran Príncipe. Habló siempre, dice la Señora de Motteville, de la certeza de su muerte, como de algo indiferente, y del viaje de la Eternidad, como de un viaje agradable, que debía hacer pronto. Lo mejor que se encontraba a veces en su salud no le hizo cambiar de idea. No se vio ya en él más que a una víctima, que iba a caer a los pies del Amo soberano de los Reyes. Con estos sentimientos al ver desde su Cámara las Torres de la Iglesia de S. Denis, donde sus cenizas debía reunirse, después de su muerte, a las de sus Predecesores, decía alguna vez: Yo no saldré de aquí, más que para ir allá.

Vicente se tranquilizó con estas buenas disposiciones; y al recobrarse un poco Su Majestad, el Siervo de Dios regresó a París. Pero, habiéndose disipado bien pronto la débil chispita de esperanza, que se había concebido, el Rey que se había encontrado bien en la primera visita del santo hombre, mandó que le dieran la orden de presentarse al punto en S. Germain, para asistirle en sus últimos momentos. Vicente no le perdía casi de vista durante los últimos días de su vida, Le ayudó a elevar su espíritu y su corazón a Dios, a formar interiormente Actos de dolor de sus pecados, de confianza en las misericordias del Señor, de sumisión a su voluntad santa; y de todas las virtudes cuyo ejercicio es más capaz de preparar bien a este último y único momento, del que depende la Eternidad. Si a veces le veía con espanto, también le contemplaba con la firmeza de un Rey muy Cristiano; y cuando su médico le declaró que no le quedaba ya más que un poco tiempo de vida, juntó las manos y volviendo sus ojos hacia el Cielo: ¡Pues bien! Dios mío, dijo sin sombra de alteración,  yo consiento, y de todo corazón. Algunos minutos después, expiró en los brazos de nuestro Santo. Fue el 14 de mayo, día en el que había ascendido al Trono.

Vicente, quien vio a la Reina sumida en el dolor, e incapaz de recibir consuelo de parte de los hombres, se esforzó en procurárselo de parte de Dios. Él partió ese mismo día para París, a fin de organizar oraciones a Dios por Sus Majestades. Se tuvo al día siguiente en la Iglesia de S. Lázaro un Servicio solemne por el descanso del alma del difunto Rey. Cada Sacerdote ofreció los divinos Misterios con la misma intención: pero al rezar por Luis XIII, no se olvidó a la Reina, que iba a entrar en una Regencia cuyos problemas podrían en caso de necesidad servir de modelo a las Regencias más turbulentas.

Como Vicente hizo, durante los primeros años de la Regencia, una gran figura y mucho más grande de lo que hubiera querido, y tomó parte en las desgracias del Ministro, y que al in su historia se halla ligada a los acontecimientos de aquel tiempo: yo no puedo dispensarme de dar en dos palabras una idea general de la dirección que guardó Ana de Austria, cuando tomó las riendas del gobierno.

Esta Princesa, quien había sufrido casi tanto como los demás bajo el imperio del Cardenal de Richelieu, estaba dispuesta a apartar de los negocios a todos aquellos a quienes se podía tener como criaturas de este Ministro. Jules Mazarini que, desde el sitio de Cazal  -26 de octubre de 1630-, donde había sabido detener y encantar, por así decirlo, a dos Ejércitos preparados para la batalla, había encontrado el medio de insinuarse en los favores de Richelieu, y de obtener el Capelo de Cardenal –en 1641-, se consideraba como uno de los que debían ser sacrificados los primeros, y él mismo publicaba ya que iba a volver a Italia; el sr de Beringhen y Vicente de Paúl pararon este golpe cada uno a su modo; Beringhen diciendo a la Reina, que no se podía pasar sin Mazarino, que tenía el secreto de los asuntos; y Vicente por un principio general, predicando a esta Princesa la obligación de perdonar a sus enemigos. El Cardenal fue pues conservado en su puesto; y este hombre hábil, suave, espiritual, laborioso se hizo tan necesario, que separó poco a poco a los concurrentes, y no tuvo menos autoridad bajo Luis XIV de la que el sr de Richelieu había tenido bajo el Reinado precedente.

A estos primeros pasos la Regente añadió otro que mortificó infinitamente a nuestro santo Sacerdote. Ana de Austria, que tenía mucha piedad, estableció un Consejo Eclesiástico, en el que se debían examinar los asuntos que pertenecían a la Religión, y las buenas o malas cualidades de de los que podían aspirar a las Dignidades de la Iglesia. Mazarino, el Canciller Séguier, Charton Gran Penitenciario de París y Vicente de Paúl fueron aquellos en los que puso los ojos la Reina para formar este Consejo, del que fue nombrado Jefe, según lo cuenta la Señora de Motteville, el santo Hombre.

Una dignidad que le daba un rango considerable en la Corte, y que no podía dejar de procurarle los falsos homenajes de un número de gentes aspirantes a los bienes del Santuario, le atravesó de dolor y de confusión. Hizo todas las instancias que pudo para verse libre: pero la Reina, que desde hacía mucho tiempo conocía su virtud y su capacidad, no se las aceptó nunca. Se volvió hacia Dios cuando vio que no podía conseguir nada de parte de los hombres, y confesó a una persona de confianza que, desde el día en que conoció esta funesta noticia, no había celebrado la santa Misa sin pedirle la gracia de volver a su primera condición. La deseaba con tanto ardor que, con ocasión de una viaje que se vio obligado a hacer, corrió el rumor que había caído en desgracia en la Corte, dijo a un Eclesiástico de sus amigos, que vino a él para felicitarle por la falsedad de esta noticia: ¡Ah! quiera Dios que sea verdadera: pero un miserable como yo no es digno de este favor.

No fue más escuchado por Dios de lo que lo había sido de los hombres. La Providencia quiso darle como espectáculo al mundo, a los hombres y a los Ángeles. Y esto durante más de diez años haciendo que su virtud brillara, que su humildad triunfara de los frívolos aplausos del siglo, sin alterarse su paciencia y su equidad nunca en medio de las pérdidas, de las aflicciones y de los golpes que la envidia, la injusticia y la malignidad se esforzaron por causarle. Su firmeza en defender los intereses de Dios y de su Iglesia fue superior a todo lo que se llama respeto humano. En este gran teatro fue donde más brilló su inviolable fidelidad al servicio del Rey, su respeto profundo por los Obispos, su amor por todas las Órdenes de la Iglesia, su tierna caridad por todas las Comunidades, Religiosas o Seculares. Su Congregación fue la única de la que se olvidó., y aunque estuviera en la fuente de la que manaban los favores, la Reina tuviera para él cierta consideración, el Cardenal Mazarino le hubiera amado desde el tiempo del sr Richelieu, y que finalmente hubiera podido pedir muchas gracias que no pareciesen tener repercusión, él no pensó siquiera en abrir la boca, y no la abrió en efecto nunca, ni para sí ni para los suyos.

Se dio perfecta cuenta de que, determinado como estaba a no dar su voto más que al verdadero mérito, iba a crearse una multitud de enemigos poderosos, y que muy pronto se expondría a la contradicción más amarga: pero él se sentiría bien compensado, si hubiera podido separar del Santuario a los que no estaban llamados a él más que por los manejos, la avaricia y la ambición. Lo malo, y este pensamiento le atravesaba el corazón, es que no podía razonablemente esperarlo. El Cardenal Mazarino, que estuvo pronto en condiciones de volar con sus propias alas, y que antes del fin del año –en diciembre- fue nombrado Primer Ministro, este Cardenal, digo, y Vicente de Paúl tenían máximas tan opuestas que se hubiera dicho que habían estudiado dos Evangelios diferentes. Mazarino tenía como amigos de Dios a los que eran los suyos, y creía que, cuando se le podía servir, se podía servir a la Iglesia. Vicente juzgaba del árbol por los frutos, tenía por reglas de las verdaderas cualidades de un Obispo, las que son prescritas por S. Pablo y por los Concilios; y aunque valorara en su justo precio el nacimiento y no dudara en absoluto que un hombre de calidad pudiera, cuando tiene virtud, hacer más bien que otro cualquiera, y que él hubiera dicho más de una vez según un antiguo, que cincuenta ciervos conducidos por un león valen más que cincuenta leones conducidos por un ciervo, estaba sin embargo muy lejos de creer que la nobleza de la sangre fuese el único mérito necesario en un Prelado, y que uno es todo lo necesario para gobernar el rebaño de Jesucristo, cuando es o hijo o pariente de un hombre que toma ciudades, y que gana batallas.

Fue pues con este germen de oposición como estos dos hombres entraron en el Consejo Eclesiástico. Vicente había convenido con la Regente, antes que nada,  que él no se encontrara en la Corte más que cuando Su Majestad tuviera a bien llamarlo. Fue un toque de prudencia, que le situó en disposición de velar por su Congregación, y que le liberó de una cantidad de gente que le importunaba ya por razón de asuntos que no eran de su competencia.

El santo Sacerdote iba al Consejo con el mismo equipo con el que iba a instruir a la gente del campo. No lesionaba la educación pero menos aún lesionaba la sencillez. Nunca se puso Sotana nueva para ir al Louvre; nunca se aprovechó de las consideraciones, que la Reina tenía con él. Un solo pensamiento pareció ocuparle y fue el de hacerse más despreciable, a medida que se vio más honrado. “Pido a Dios, decía en una ocasión, que me tengan por insensato, para que no me empleen más en esta especie de comisión, y tenga tiempo de hacer penitencia”.

Las distinciones le causaban más pena que el placer que producen a los mártires de la ambición. Habiendo querido el Príncipe de Condé en los comienzos de favor hacerle sentar a su lado; Vuestra Alteza, le dijo, me hace demasiado honor al querer aguantarme en su presencia, será entonces porque ignora que soy hijo de una pobre aldeana. Las costumbres de la buena vida, le replicó este sabio Príncipe, son la verdadera Nobleza del hombre. Moribus et vita nobilitatur homo. Él añadió que no era cosa de hoy cuando se reconocieron  sus méritos. No obstante, para juzgarlo mejor, hizo caer la conversación sobre algún punto de controversia. Vicente habló de ello con tanta claridad y precisión, que el Príncipe se vio obligado a hacerle una especie de reprimenda. “Y bueno, Señor Vicente, exclamó, vos decís y predicáis en todas partes que sois un ignorante, y así y todo resolvéis en dos palabras una de las dificultades más grandes que nos sea propuesta por los Religionarios(Prot.)” Le pidió luego la aclaración de algunas dudas, que se referían al Derecho Canónico, y habiendo quedado tan contento de él sobre esta materia, como lo había sido sobre la otra, pasó al Apartamento de la Reina y la felicitó por la elección que había hecho de un hombre tan capaz de ayudarla en lo referente a los bienes y las materias Eclesiásticas.

Desde los primeros Consejos, en los que el santo Hombre asistió, llevó según su método ordinario, a la Reina y a los que componían la Asamblea, a tomar un número de resoluciones, que sirvieran como Reglas para la disposición de los Beneficios. Las redujo a seis que nosotros referiremos aquí, y que todas fueron aprobadas por el Consejo.

1º. La Reina no otorgará ninguna pensión sobre los Obispados o Arzobispados sino en el único caso permitido por el Derecho; es decir cuando el Titular, después de servir por largo tiempo a la Iglesia, dimita voluntariamente de su Obispado, por enfermedad, ancianidad u otras razones pertinentes.

2º. Su Majestad no ordenará ninguna expedición de Patentes para las Abadías, sino para aquellos que, aparte de todas las demás cualidades requeridas, hayan cumplido los dieciocho años: dieciséis para los Prioratos y Canonicatos de las Iglesias Catedrales, y catorce para las Colegiales.

3º. No se otorgará ninguna Patente para los Devolutivos que no se hayan examinado, y los Documentos de los que pretenden servirse los Devolucionados, y los Certificados de vida, costumbres y capacidad, que se verán obligados a presentar; y en caso de que no puedan justificar que tienen las cualidades necesarias para obtener los Beneficios que persiguen, se darán a otros, a quienes no les falten estas mismas cualidades, el derecho y los medios de perseguir el Devolutivo.

4º. No se otorgará ni Coadjutoría ni Reservas para los Abades Comanditarios.

5º. No se hará expedir ninguna Patente de Obispado por muerte, Coadjutoría, o parecido, sino para los que hayan sido ordenados Sacerdotes, por lo menos un año antes.

6º. No se otorgará ninguna Coadjutoría de las Abadías de Mujeres, sino en el caso que se sepa con certeza que se observa la Regla en estas Abadías; y que las Religiosas profesas para ser coadjutoras, hayan alcanzado la edad de 23 años y lleven cinco años de Profesión.

Todo lo cual dio lugar al tercer artículo, que acabamos de escribir, y que concierne a los Devolutivos, fue la indigna y desdichada avidez de ciertos Eclesiásticos que, deseando enriquecerse con los bienes de la Iglesia, al precio que fuese, y sin poder lograrlo por caminos rectos, se servían de la vía oblicua de los Devolutivos. Maravillaban con sus créditos y argucias, los Titulares legítimos, y los forzaban al fin o a cederles sus Beneficios o a redimirse por un arreglo, de su injusta vejación. Vicente obtuvo del Consejo que no se expidiera Patente alguna  para los Devolutivos, sin haber examinado de antemano si los motivos que servían de base a los Devoluntarios eran Canónicos. Él fue encargado de este examen; y aunque tuviera una justa balanza, hizo excluir a una parte de estas sanguijuelas, a las que todo lo que podía engordarlas parecía legítimo. Con esta sabia precaución, ahogó una infinidad de Procesos en su nacimiento, y mantuvo en sus Beneficios a un gran número de virtuosos Eclesiásticos, y de buenos Pastores que, sin la ayuda de este caritativo Protector, se habrían visto obligados en muchos casos para esquivar en las argucias de estos piratas, a abandonar a sus rebaños, y a pasarse meses, a veces años enteros en solicitar Procesos  en diversos Tribunales, e incluso a aguantar con frecuencia una confusión que no se habían merecido.

Si el Plan del Siervo de Dios se hubiera seguido en los demás Artículos, como lo fue en

Éste, todo hace pensar que todas las Órdenes de la Iglesia de Francia habrían recobrado poco a poco su antiguo esplendor: por lo menos es cierto, como dice el ilustre sr de Fénélon en su Carta a Clemente XI que no se habrían visto en el Episcopado a ciertas personas que no han edificado mucho. Pero era difícil que las cosas marchasen largo tiempo con tan buen pie. La Reina que no estaba hecha a los asuntos, y que desconfiaba demasiado de sus fuerzas, se dio pronto cuenta que Mazarino le era necesario; él mismo también se dio cuenta, al menos lo igual que ella: así el Consejo de conciencia no subsistió en toda su integridad más que el tiempo que necesitó este Ministro para afirmar su autoridad. Una vez que estuvo bien cimentada, y no tardó en estarlo, dispuso de las Abadías y de los Obispados vacantes, casi como le pareció bien, para el servicio del Rey y para el suyo propio. Aunque nuestro Santo fuera muy modesto y muy mesurado en sus consejos y que, cuando había dicho cuanto su conciencia y sus luces le comprometían a decir, se quedara tan tranquilo como si se hubiera dado mucha consideración a sus palabras; no obstante, como según refiere una de las favoritas de la Regente, el Cardenal encontraba en él a un hombre todo de una pieza, que nunca había pensado en ganarse las simpatías de la gente de la Corte, y a quien todos los Ministros del Universo no hubieran podido hacerle dar un paso en falso, para evitar ver su propuesta desaprobada, procuró hacerse el dueño de las nominaciones más importantes.

La Reina acudió a él por algún tiempo, pero poco a poco abrió los ojos; reconoció que había seguido demasiado a la ligera sus consejos sobre el importante capítulo de los Obispados, y en lo sucesivo a penas entregó algunos sin consultar en particular con nuestro santo Sacerdote. A pesar de estas precauciones, uno y otra fueron engañados más de una vez por la falsa virtud de los que aspiraban a las Prelaturas; y esta Princesa lo fue todavía más, cuando en la ausencia, o durante las enfermedades del Santo, hizo Promociones sin consultarle. Veamos un ejemplo que será un honor eterno para el Siervo de Dios.

Encontrándose la Corte fuera de París una vez, el Cardenal Mazarino escribió a Vicente de Paúl una carta, que estaba pensada en estos términos: Señor, estas líneas son para deciros que Monseñor X habiendo despachado aquí para pedir a la Reina a favor de su Señor hijo el Obispado de N. que está vacante desde hace unos días, ella se lo ha concedido muy a gusto porque tiene las cualidades requeridas para ser provisto, y porque su Majestad se ha sentido feliz al encontrar una ocasión tan favorable de reconocer en la persona del hijo los servicios del padre, y el celo que tiene por el bien del Estado. La Reina me ha prometido escribiros ella misma, y yo lo he querido hacer antes, con el fin de que podáis verle y que le deis las instrucciones y las luces que juzguéis que le son necesarias para desempeñar bien esta función, etc.

 Esta carta confundió al Santo. Por un lado sentía in gran respeto a las órdenes de Su Majestad y de su primer Ministro, y por otro sabía muy bien que el Eclesiástico en cuestión no era idóneo para desempeñar el puesto, al que acababa de ser nombrado. Como este nombramiento no era cosa suya, habría podido con toda razón liberarse de la comisión, que se le daba. No obstante las necesidades de una gran Diócesis que había sido descuidada durante mucho tiempo por los Obispos precedentes, causaron tanta impresión en su espíritu, y se sintió tan afligido de ver a un hombre, que no tenía otro mérito que el de sus Antepasados, puesto a la cabeza de un pueblo numeroso, que necesitaba de un Pastor lleno de celo, ejemplar y amante de la residencia, que creyó tener que hacer un esfuerzo para parar este golpe.

Nada resultaba más difícil; todos los caminos estaban cerrados por el lado de la Corte que, para que no se pudiera volver atrás, había despachado la Patente de nombramiento inmediatamente. Tomó pues otro partido, y se puede decir que sólo un Santo devorado por el celo de la Casa de Dios puede tomar uno semejante. Se fue a casa del padre de quien había sido nombrado, y sin temor a perder a un antiguo amigo, se atrevió a expresarle las eminentes virtudes que pide el Episcopado, y cuán desprovisto estaba su hijo de ellas; y de estos principios ya tan abrumadores de por sí, sacar esta consecuencia más abrumadora todavía, que estaba obligado a devolver a la Corte la Patente, que había recibido, si no quería exponer su persona, la de su hijo, y tal vez de su familia entera a la indignación de Dios, y a las consecuencias funestas que una mala promoción lleva consigo con demasiada frecuencia.

Un cumplido tan diferente de los que este Señor comenzaba a recibir por la nueva Dignidad de su hijo debió parecerle algo sorprendente. Sin embargo, como tenía un fondo de piedad, y estimaba desde hacía tiempo la virtud del santo Hombre y no podía dudar que una advertencia tan penosa a la naturaleza fuera efecto de una caridad bien depurada, le escuchó con atención; llegó incluso a agradecerle los consejos que le daba y le prometió pensárselo seriamente. El Siervo de Dios regresó a su casa algunos días después para otros asuntos, y fue recibido con estas palabras: ¡Oh Señor! Oh Señor Vicente, ¡qué malas noches me habéis hecho pasar! Le expuso luego el estado de su Casa y de sus Asuntos, su edad avanzada, el número de sus hijos, la obligación en que se veía de dotarlos antes de morir. Añadió que su hijo tomaría consigo a virtuosos y sabios Eclesiásticos que le ayudarían a cumplir con su Cargo, y concluyó con todos estos motivos que no creía tener que perder la ocasión de colocarle, que se presentaba.

Vicente, que ya en la primera conversación había respondido por adelantado a estas razones de carne y de sangre, no le habló más, y abandonó este asunto a la Providencia. Dios habló bien pronto con una voz más fuerte que la de su Siervo, y la muerte que se llevó al nuevo Prelado muy poco tiempo después de su consagración, no dejó a su padre más que el disgusto amargo de haber preferido, para nada, sus propios intereses a los intereses de Dios. Tan verdad es esta máxima, muy familiar para nuestro Santo, que un edificio, del que Dios no es el Arquitecto, no puede subsistir por mucho tiempo,

A pesar de estas sorpresas, que son más inevitables en la Corte que en otras partes, Esprit Fléchier Obispo de Nîmes estaba persuadido más de 45 años después de la muerte de Vicente de Paúl de que el Clero de Francia debía a nuestro santo Sacerdote su esplendor y su gloria.

Nada afligía más al Hombre de Dios que las prisas, por no decir el furor con el que se esforzaban entonces para ascender a las Prelaturas. Solicitudes importunas, dimisiones de grandes Abadías, promesas de Pensiones, todo estaba a la orden del día. El Santo, que por otra parte era muy reservado en sus palabras, no pudo por menos de decir un día a una persona de confianza que temía mucho que este tráfico condenable atrajera la maldición de Dios sobre el Reino. Pero no se contentó con gemir delante de Dios, hizo, y realizó constantemente todos los esfuerzos para impedirlo. Jamás el respeto humano, ni las desgracias que le amenazaban, ni la vista de aquellos hombres, poderosos y orgullosos, que no se olvidan con facilidad de que los han herido, ni otras mil consideraciones semejantes pudieron ablandarle. La gloria de Dios le impresionaba más que toda otra cosa; o más bien era el único resorte de todas sus acciones y de su conducta. Como sus miras eran puras en extremo, habría querido que todos las tuvieran parecidas. Bien persuadido con S. Bernardo de que aquel por quien se solicita un Beneficio debe ser sospechoso, y el que se atreve a pedirlo por sí mismo está ya juzgado, no podía ni aprobar, ni permitir adelantarse a la llamada de Dios, y menos todavía que se la supusiera donde no estaba.

Un Capellán del Rey, que además era muy hombre de bien, solicitado por su familia a exponer los dilatados servicios, que había hecho, y a ponerse en movimiento para obtener un Obispado, se dejó llevar poco a poco, y creyó al fin que, si no hablaba,, por sí mismo o por sus amigos, se olvidarían de él. Sin embargo, al darse cuenta de que un paso de esta naturaleza no solía tener suerte con la humildad y la modestia Eclesiásticas y que era más seguro para su salvación ponerse en las manos de Dios y seguir el curso de la Providencia, llegó a encontrarse en un estado de duda y de perplejidad, del que le costaba salir. Para no dar pasos en falso, escribió a nuestro Santo, y le pidió que tuviera a bien trazarle el camino, por el que debía caminar.

Vicente que, cuando se presentaba la ocasión no dejaba de ayudar a los buenos Eclesiásticos y que deseaba en particular que éste por unas prisas peligrosas no se hiciera indigno de los planes de Dios, le escribió con el fin de hacerle entrar en este orden de indiferencia, o más bien de sumisión, del que parecía separarse un poco, y del que, para mejor ir a su propósito, supone con acierto que no ha salido. La respuesta del S. Sacerdote contiene más o menos, que ha recibido la Carta con todo el respeto que le debe, y con una perfecta estima de las gracias, con las que ha llenado su corazón; que como es este mismo Dios, único que ha podido ahogar en él el deseo de la elevación, deseo que es muy natural al hombre, será también él quien continuará dándole la fuerza de mantenerse inviolablemente en los verdaderos principios; que siguiéndolos seguirá las Reglas de la Iglesia, que no permiten a quienquiera que sea elevarse a sí mismo a las Dignidades y menos todavía a las Prelaturas Eclesiásticas; que imitará al Hijo de Dios, que siendo Sacerdote Eterno y el Deseado de todas las naciones, ha esperado las órdenes de su Padre, para entrar en las funciones de su Sacerdocio; que con una conducta tan humilde y tan desinteresada, dará la edificación a su siglo, en el que por desgracia ejemplos tan puros son bastante raros, y muy poco seguidos. Tendréis, Monseñor, continúa Vicente, tendréis el consuelo, si es del agrado de Dios un día llamaros a este divino Empleo, de tener una vocación segura, porque no seréis introducido en él por medios humanos. Seréis ayudado por estas gracias especiales, que van unidas a una vocación legítima; y que os llevarán a dar frutos… dignos de la Eternidad, como los dan los Obispos que no han dado ningún paso para serlo, y cuya persona y conducta bendice Dios manifiestamente. Finalmente, Monseñor, no os reprocharéis nada en la hora de la muerte el haberos cargado con el peso de una Diócesis, que por entonces parecía insoportable. El Santo acabó dando  nuevamente gracias a Dios por las buenas disposiciones, en que ha puesto a este Eclesiástico, inspirándole no dar ningún paso para imponerse a sí mismo una carga tan peligrosa, y dice que su tranquilidad en este punto, es una gracia que no se puede estimar lo suficiente.

No sé si fue por entonces cuando Vicente se vio obligado a dar una lección casi semejante a un hombre, de quien la hubiera recibido mejor en otra ocasión. Este es el hecho. Un Religioso célebre dentro y fuera de su Orden, y quien uniendo un gran celo a una gran virtud, había predicado con éxito en los primeros púlpitos del Reino, escribió una Carta bastante larga a nuestro santo Sacerdote, en la que le exponía sus largos trabajos, la austeridad de la Regla, la disminución de sus fuerzas y el miedo que tenía de no poder continuar por mucho tiempo los servicios, que había tratado hasta entonces de prestar a la Iglesia. Añadía que no obstante había hallado un carácter, por medio del cual creía estar en condiciones de trabajar todavía útilmente, que para ello era suficiente que la Corte le hiciera Sufragáneo del Arzobispado de Reims; y que dispensándole a dignidad de Obispo del ayuno, y de las demás austeridades de su Orden, él dosificaría sus fuerzas y continuaría predicando con más vigor y fruto; que le suplicaba, como amigo suyo, que le dijera lo que pensaba; que contaba con que si este pensamiento fuera de su gusto, él tuviera a bien ayudarle a obtener el nombramiento el Rey; y que estaba seguro de verse ayudado por personas, que tenían en la Corte crédito y autoridad.

Un hombre menos sincero que Vicente de Paúl, habría prometido maravillas, y no habría hecho nada: pero el santo Sacerdote, cuya rectitud igualaba a la penetración, hizo creer a este buen Religioso que la hermosa idea que le encantaba no era más que una tentación del enemigo; por eso después de mostrarle la estima, que hacía de su Orden y de su persona en particular; después de felicitarle por los talentos que había recibido de Dios para anunciar el Evangelio; después de recordarle la edificación que había dado hasta entonces  a una gran parte del Reino y a su Comunidad, entra en materia y le doce en sustancia, que no duda que, si hubiera sido llamado por Dios a la prelatura, no lo habría conseguido; pero que habiendo dado a conocer la Providencia por el buen éxito con que ella había honrado sus empleos y su conducta, que ella le quería en el estado que había abrazado, no había posibilidad de que ella quisiera sacarle de allí: que si Dios le destinaba al Episcopado, encontraría con toda seguridad los medios de llegar, sin que él diera paso alguno. Pero, añade Vicente, al presentaros vos mismo, parece que habría algo que decir, y que vos no tendríais razón para esperar las bendiciones de Dios en un cambio, que no puede ser deseado ni buscado por un alma verdaderamente humilde como la vuestra.

A estas razones sacadas del interés personal de este Religioso, el santo sacerdote añadió otras, sacadas de las necesidades de la Comunidad, y del inoportuno ejemplo, que no dejaría de causar con su conducta. Le hizo entender que al privar a su Orden de un hombre, que la sostiene con sus ejemplos, que la acredita con su erudición, y que es una de sus principales columnas, le produciría un mal considerable; que al abrir esta puerta daría ocasión a otros o de esforzarse por salir de su retiro o al menos de disgustarse por los ejercicios de la penitencia; que, como él, ellos hallarían pretextos para suavizar estos rigores saludables: Ya que, continúa él, la naturaleza se cansa de las austeridades, y si la consultamos, dirá que es demasiado, que hay que cuidarse para vivir más tiempo, y para servir a Dios más, en lugar de lo que dijo Nuestro Señor: Quien ama su alma la perderá, y quien la odia la salvará. Sabéis mejor que yo, mi Reverendo Padre, prosigue el Siervo de Dios, todo lo que se puede decir sobre ello, y no me propondría  en escribiros mi pensamiento, si vos no me lo hubierais ordenado. Perro quizás vos no os preocupáis por la Corona que os espera: ¡Oh Dios, qué hermosa será! Habéis hecho ya tantas cosas para ganarla felizmente, y tal vez no os quede mucho que hacer; se necesita perseverancia en el camino, en el que habéis entrado, y que conduce a la vida. Ya habéis superado las mayores dificultades, debéis pues armaros de valor y esperar que dios os conceda las gracias de superar las menores. Si me creéis, cesaréis por un tiempo los trabajos de la Predicación, con el fin de restablecer vuestra salud. Estáis aún en condiciones de prestar muchos servicios a Dios y a vuestra Religión, que es una de las más santas y edificantes que hay en la Iglesia de Jesucristo, etc.

Trad. Máximo Agustín

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