San Vicente (Collet) 21

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Por este principio, aprovechaba con una santa impetuosidad todas las ocasiones de devolver al Clero su antiguo esplendor; y estas ocasiones eran frecuentes, ya que no había casi nadie que no se dirigiera a él. Pedro Colombes habiendo querido establecer en su Parroquia, que era la de S. Germain l’Auxerrois, una Comunidad de Sacerdotes, que pudieran servir de modelo a los demás, la puso bajo la dirección de nuestro Santo, quien redactó sus Reglamentos, y quien enseñó a los que están encargados en el mismo Ministerio que un  Sacerdote de Parroquia está en peligro de perecer si no sabe construirse para sí mismo una soledad interior y reparar sus fuerzas que la disipación y el comercio del mundo no pueden por menos de debilitar.

Tantos y tan importantes asuntos no permitían casi al hombre de Dios alejarse de París: asimismo él ni salía apenas más que por la orden del los Poderes  Seculares o Eclesiásticos. Sucedió pues que para obedecer al Obispo de Beauvais hizo Vicente en el mes de abril un viaje a su Diócesis y visitó por segunda vez el Monasterio de las Ursulinas establecidas en la Ciudad Episcopal. No sabemos al detalle lo que pasó en esta visita, que fue más larga que la primera. Pero sabemos por otra parte que el ministerio que ejercía en esta clase de ocasiones iba casi siempre acompañado de gracias y de bendiciones espirituales; que poseía sobre todo el gran talento de calmar las penas interiores; y que con frecuencia, al igual que su divino Maestro, no necesitó más que una palabra para devolver la paz a las conciencias más agitadas. No hacía todavía dos años que se había experimentado en Troies, a donde se había visto obligado a ir para asuntos de su Congregación y donde libró en un instante de una tentación tan larga como importuna a una Religiosa, que desde hacía varios años no tenía ni reposo ni consuelo. Es un hecho importante del que hablaremos en otra parte -en el Libro IX con más extensión-.

No era solamente a personas fatigadas por esta clase de pruebas, a quienes las visitas de Vicente de Paúl resultaban provechosas: hubiera sido muy difícil hallar en su tiempo a un hombre más idóneo que él para hacer caminar a las almas consagradas a Dios por los caminos de la más sublime perfección. Las que en este género daban lecciones a las demás, se consideraban felices de recibir las suyas. Uno de los motivos que determinó a la más ilustre Señora de Chantal a ir a París en 1641 fue el provecho que esperó sacar de las conferencias, que debía tener con él. Ella había creído el año anterior que le podría ver en Annecy, a donde deseaba el Obispo que se trasladase para ordenar los asuntos del Seminario. Ella le escribió en unos términos, que daban a entender una viva y santa impaciencia: pero las necesidades de los niños abandonados, que le ocupaban ya -por 1648-, no le permitieron hacer este viaje. De manera que esta entrevista tan ardientemente deseada por una parte y por otra no pudo tenerse hasta quince meses después. La Señora de Chantal se desquitó ampliamente. El S. Sacerdote la vio varias veces en el Monasterio de la calle S. Antonio, del que era Superior. Ella recibió sus consejos sobre la dirección particular y sobre la de su Orden; y se sentía feliz confesando con mucha gratitud que las luces y los consejos de este gran Siervo de Dios le había servido de gran ayuda; son los términos del sr Abate Marsolier en su Historia de esta venerable Madres.

Los bienes espirituales con los que Dios llenó a su Sierva por intermedio de nuestro Santo fueron para ella gracias de preparación a su último sacrificio. Hacia tiempo que estaba madura para el Cielo, y apenas habían transcurrido cinco semanas de su partida de París, cuando ella acabó con una muerte muy santa su vida, que había pasado en el ejercicio de la piedad Cristiana y Religiosa. Dios reveló a su Siervo su muerte y su gloria en una visión, que tiene algo de la grandeza y de la majestad de las de los antiguos Profetas. Como éste es un punto muy delicado y muy glorioso a la memoria de la Señora de Chantal, le volveré a traer con todas sus circunstancias sometiéndole, no a la decisión de aquellos falsos críticos, que rechazan cuanto combate sus prejuicios, sino al juicio de la santa Iglesia Romana, que se siente actualmente interesada en ello; y que en el asunto de la Beatificación de esta perfecta religiosa, no dejará de examinarlo con su prudencia ordinaria. La cosa sucedió pues de esta manera.

Cuando Vicente se enteró, por las noticias públicas, de que la Madre de Chantal estaba en las últimas, se puso de rodillas para pedir a Dios por ella. Como era perfectamente humilde y no veía más que manchas en sus acciones más santas, comenzó por hacer un acto de contrición de sus propios pecados. Apenas hubo terminado, cuando vio un pequeño globo como de fuego, que se elevaba de la tierra y que fue a unirse en la Región superior del aire a otro globo más grande y más luminoso; estos dos globos que, tras su reunión, no formaron más que uno solo, se elevaron más alto y se perdieron en un tercero, que era infinitamente más vasto y más brillante que los otros. En el tiempo que el santo Sacerdote estaba muy ocupado con esta visión, una voz interior le dijo de una manera muy clara que el primer globo era el alma de la Madre de Chantal; el segundo, la del Bienaventurado Obispo de Ginebra, y el tercero la Esencia divina; y que estas dos grandes Almas, después de reunirse se habían fundido en Dios su soberano Principio, y como abismadas en su inmensidad.

Vicente supo algunos días después que Dios había tenido a bien disponer de su Sierva y llamarla a sí. Como las revelaciones particulares están sometidas a la ilusión y resultan también más sospechosas a las personas verdaderamente prudentes, que a las que tienen menos piedad y luces, el santo Hombre, sin contar demasiado con lo que había visto, siguió la ruta ordinaria y quiso pedir por la Señora de Chantal. Es cierto que la había tenido siempre por una mujer realizada en toda clase de virtudes y como un alma de las más santas que hubiera conocido nunca en la tierra; son sus propias expresiones: pero ignoraba que, si bien S. Agustín atribuyó a las virtudes de su incomparable Madre la justicia que les era debida, él había rezado y mandado rezar por ella, por si acaso se le hubiera escapado alguna palabra por poco contraria que fuera a la santidad de los Mandamientos del Evangelio; sabía además que, según este gran Doctor, la vida más saludable sería bien de lamentar si Dios la juzgara con la severidad de su justicia. Él siguió pues el mismo Plan, y lo siguió por los mismos motivos. Se creyó haber advertido en las últimas conversaciones que había mantenido con esta digna Religiosa ciertas palabras que parecían tener algo de pecado venial, y pensó celebrando la Misa, y en el segundo Memento, donde se pide por los Muertos que seria bueno encomendarla a Dios. En el mismo momento tuvo por segunda vez la visión que había tenido ya: los mismos globos, la unión del primero con el segundo y de estos dos con el tercero, se presentaron otra vez a él, pero a todo ello se unió un sentimiento tan vivo y una convicción tan perfecta de la felicidad eterna de esta santa Mujer que desde aquel tiempo no le fue posible pensar en ella sin representársela como rodeada de la gloria de las almas bienaventuradas.

Vicente, según su método ordinario, no habría hablado nunca de algo que podía redundar en su honor, si hubiera podido suprimirlo, sin causar daño alguno a la persona que era objeto de ello. Además, se trataba de examinar si el Ángel de las tinieblas, parra engañarle, no se había transformado en Ángel de la luz. Es lo que le comprometió a abrirse al sr Arzobispo de París, a quien relató el asunto como había ocurrido. Habló también de ello con un Religioso Barnabita –el R. P. Mauricio-, que conocía las operaciones de Dios. Uno y otro le respondieron que esta visión estaba señalada con caracteres, que el Espíritu Santo era su autor, y que podía sin dudarlo tenerlo como una revelación que Dios había tenido a bien hacerle de la felicidad de una persona a la que él había estado tan perfectamente unido. Solamente después de estas sabias precauciones, habló el santo Sacerdote de ello a algunas Religiosas de la Visitación, quienes, abrumadas por la pérdida, que toda la Orden acababa de sufrir, tenían necesidad de este consuelo.

Para guardar la memoria, y tal vez con el pensamiento que su relato podría un día contribuir a dar a las demás la misma idea, que él tenía de las virtudes y de la santidad de la Madre de Chantal, Vicente hizo con ello una especie de Proceso-Verbal, que subsiste hoy. Comienza por el elogio de  la Señora de Chantal. El santo Sacerdote dice que hace veinte años que Dios le había hecho la gracia de conocerla y que ella había tenido a bien honrarle con una perfecta confianza, sea por escrito, sea de viva voz en los diferentes periodos que había pasado en Paris; Que siempre la ha considerado como un modelo de todas las virtudes; Que sobre todo estaba llena de fe, aunque se hubiese sentido tentada toda su vida de pensamientos contrarios; Que el amor a Dios, la confianza en sus misericordias, la humildad, la mortificación, la obediencia, el celo por la santificación de su Orden, y por la salvación del pueblo pobre, se hallaban en ella en un grado soberano; Que ella supo aliar con tentaciones espantosas y penas interiores que la fatigaban sin cesar, una envidiable fidelidad a la práctica de las virtudes Cristianas y Religiosas, una solicitud prodigiosa por la perfección de todas sus Hijas, y ese aire de calma y de serenidad, tan necesario a las personas en empleos importantes. Añade que no duda ni de su felicidad eterna, ni que Dios manifieste un día su santidad, como oigo que está sucediendo en algunos lugares del Reino.

Aquí es donde Vicente sitúa la visión de los globos; sólo habla en tercera persona, y con tan buena fe que propone en dos palabras todo cuanto puede contribuir a establecer o a destruir la realidad. Lo que podría hacer en contra es, a su parecer, que quien ha tenido la visión, y que por otro lado preferiría morir a cometer un engaño, está tan lleno de estima, tan convencido de la santidad de la Señora de Chantal qu no lee nunca sus Cartas sin verter lágrimas, persuadido como está de que es Dios quien le ha inspirado los sentimientos que en ellas se contienen; de donde resulta, dice también, que una visión que tiende a manifestar su gloria podría ser una consecuencia de este prejuicio favorable, y por consiguiente un efecto de la imaginación. Lo que por el contrario puede hacerla ver como verdadera es, añade él, que esta visión es la única que la persona de quien se trata, haya tenido nunca en su vida, aunque haya visto morir a gente, cuya eminente santidad le era particularmente conocida.

Se ve a la primera cuál de estos dos motivos se impone al otro. Se puede decir que cada visón lleva su prueba consigo. Cuando el santo Sacerdote tuvo la primera, ignoraba la muerte de la Señora de Chantal: cuando tuvo la segunda, creyó que por razón de una especie de falta, de la que él había sido testigo, ella podía estar en el Purgatorio, y necesitar oraciones. En una y otra situación un hombre tan prudente no habría podido verla en la gloria, si Dios no se lo hubiera dado a conocer.

La feliz muerte de la Fundadora de las Hijas de la Visitación nos obliga a hablar aquí de los servicios que Vicente de Paúl se esforzó por dar a esta santa Orden. Hemos dicho en otro lado que S. Francisco de Sales no había creído poder confiar en mejores manos como las del Siervo de Dios esta preciosa Obra de su piedad. Las grandes esperanzas de este perfecto Obispo quedaron justificadas con un éxito todavía más grande. Para conservar el espíritu de fervor y de regularidad, sin el cual las personas consagradas a Dios, caen en la languidez, y muy pronto tras una funesta insensibilidad, Vicente realizó un gran número de visitas a los Monasterios de París y de S. Denis. Atento a cortar de raíz todo lo que podía introducir el más pequeño relajamiento y tenía el talento de llevar a la más sólida perfección, pero lo hacía con un estilo tan humilde, tan prudente, tan lleno de caridad, que estas dignas Religiosas se daban cuenta del Espíritu de Dios, del que estaba inundado.

Por bien que se encontrara a Comunidad cuando comenzaba la visita, siempre andaba mejor cuando la concluía. El olor de su piedad subsistía, y subsistía de una manera tan actuante y tan eficaz, que se la veía redoblada en fervor en todos los ejercicios. Además que no era por discursos estudiados, ni por máximas nuevas, ni por los principios de una espiritualidad exagerada como el santo hombre alcanzaba lo que quería. Su grande y su única Regla era llevar a todas las Religiosas en general y a cada una en particular a mirar como una verdadera gracia la de su vocación; a llevar una vida conforme al espíritu de su Instituto; a mantenerse por el espíritu de Fe  tan recomendado en la Ley nueva; a estimar de modo especial sus Reglas y todos los Preceptos o hasta todos los Consejos que en ellas se encierran. A eso es donde se dirigían los consejos que les daba; y no dudaba de que unas Hijas que fueran fieles a las prácticas de sus Constituciones de que no vivieran en la perfección de su Estado. Daba grandes elogios a las Obras de su Fundador y a los Escritos y a las Respuestas de la piadosa Fundadora. Pero en estos elogios la boca no hablaba sino de la plenitud del corazón. La lectura de unos y de otros le afectaba tan profundamente que producía en él una impresión sensible, y le enternecía hasta las lágrimas.

Como para lograr que el bien subsista, se necesita apartar los obstáculos, el Siervo de dios alejaba de las Casas, de las que era Superior, todo lo que hubiera podido hacer entrar en ellas el espíritu de los hijos del siglo. Ni los desprecios que tenia que aguantar, ni las pérdidas que tenía que temer, le debilitaron nunca en este particular. Se negó siempre con una santa y generosa firmeza a permitir la entrada de estos Monasterios a Damas de la más alta condición, e incluso a Princesas, que se lo pedían, para contentar la curiosidad o para satisfacer una devoción mal entendida. No exceptuó de la Regla más que a aquellas, que a título de Bienhechoras, tenían derecho a ser exceptuadas. Así, para no causar perjuicio, ni gracias importunas, reunió varias veces a las Superioras y a las Religiosas más antiguas; quiso saber exactamente las perdonas que estaban o no estaban en caso de excepción. La Reina había parecido desear que una de sus Damas de honor pudiera retirarse a una de las Casas de la Orden: un sacerdote Cortesano habría dado los primeros pasos; Vicente hizo todos sus esfuerzos para esquivar el golpe, y sin faltar al respeto que tenía  para esta augusta Princesa, le hizo ver con buenos ojos que la persona por la que se interesaba se decidiera por otra parte. Porque este Director verdaderamente iluminado temía, y tenía razón para temer que el aire o el espíritu del mundo entrara en el Claustro con estas mujeres, que a menudo están llenas de él; y que el trato que convendría tener con ellas, en parte por urbanidad y en parte por necesidad, enseñara a unas Hijas, a quienes la gracia ha preservado,  muchas cosas que les son más que inútiles, reabriera las heridas de aquellas que han sido menos inocentes, y les inspirara poco a poco aquellas actitudes blandas, aquellas consideraciones superfluas, de las que ciertas devotas del siglo no se privan siempre: las que llevan con bastante frecuencia, y casi sin darse cuenta, la vanidad en triunfo hasta en la Casa de Dios y que no se desprenden de ellas  ni siquiera en sus ejercicios de piedad.

Por lo demás, cuando el santo Sacerdote negaba esta clase de gracias, las negaba en su propio y privado nombre. Tomaba sobre sí todo lo que la severidad de su conducta tenía de odioso; nunca se descaraba él en las Religiosas; es decir, que se situaba en las dificultades para sacarlas de ellas. En toda otra ocasión, trataba de estar de acuerdo con ellas: él no decidía nada extraordinario, ni siquiera nada que tuviera alguna trascendencia, sin escuchar el parecer de las Superioras, y a veces de las Consejeras. Pero las consultaba menos de lo que lo hacía con Dios, el Oráculo supremo de la verdad. Por eso han notado ellas que no respondía a sus dudas sino después de recogerse interiormente y de recibir del Espíritu de sabiduría y de consejo las respuestas que debía dar: las comenzaba de ordinario con estas palabras: In nomine Domini, que le eran muy familiares y por las que quería dar a entender que no deseaba otra cosa más que conformarse en todo a las miras y a los designios de la Providencia.

Sería producir un daño a la memoria de este gran Hombre suprimir los testimonios de gratitud y de justicia que le han tributado, como a porfía, los diferentes Monasterios de la Visitación. Sería también causar un daño a la virtud de estas santas Religiosas: es necesario tener mucha, para percibirla en los demás y alabarla con tanto gusto y discernimiento.

“Su dirección, dicen las Religiosas de la Ciudad de S. Denis, nos ha parecido siempre  extraordinariamente desinteresada. En todos los asuntos que trataba, no tenía otras miras que la gloria de Dios. Una vez que reconocía la voluntad de este soberano Maestro, se aferraba a ella con una voluntad inquebrantable. Su máxima y su palabra era que era preciso en todo caminar al lado de la Providencia.

En los consejos que daba sobre los asuntos que se le proponían, hemos advertido que trataba con tanta prudencia, claridad, profundidad que ninguna circunstancia escapaba a su vista. Esto lo hemos visto en algunos asuntos muy oscuros y extremadamente embarullados, sobre los que habíamos consultado inútilmente a Directores de Religión muy esclarecidos y a Doctores muy capaces. Por fin, recurrimos a nuestro digno Superior, y nos escribió sobre ello con tanta claridad, solidez y penetración, que nos dio los medios de salir de allí con facilidad, y sin interesar ni a nuestra Comunidad, ni a la caridad del prójimo. Es lo que nos hizo decir a varias de nosotras que un hombre, cuyo discernimiento era tan justo, debía tener el Espíritu de Dios.

Nos hemos quedado siempre satisfechas con su dirección. Encontrábamos en él una gran plenitud del Espíritu Evangélico; un celo circunspecto, pero poderoso y abrasado de la gloria de Dios; una firmeza dulce, pero inquebrantable en mantener la observancia de nuestras Reglas; una gran atención en informarse de lo que en ellas se contenía, y de los sentimientos que habían tenido en cada artículo nuestro ¡Bienaventurado Padre, y nuestra digna Fundadora. Jamás se sirvió de su autoridad para establecer algún cambio; estuvo siempre atento a darles firmeza, a confirmarlas, y a hacernos fieles a lo que parecía sin importancia, como a lo que era más importante.

Ya hemos visto, y lo pudimos ver sin mucha edificación, preferir a todas las consideraciones humanas y a sus intereses particulares la observancia exacta de nuestra clausura, y negar con firmeza la entrada de nuestra casa a personas poderosas, cuya calidad y fortuna hubieran podido ser, para él y para nosotras, un recurso y un gran apoyo: pero todas las vanas esperanzas del siglo le decían menos que la incomparable felicidad de nuestra soledad.

En sus visitas no se ahorraba ni cuidado ni esfuerzo, para que nos fueran provechosos. Se comportaba con mucha exactitud, paz y atención. Su bondad y dulzura respiraban el Espíritu de Dios. Escuchaba a la última novicia de la casa con tanta paciencia, como si se tratara de la más antigua profesa.

Para reconocer y advertir nuestros defectos, nos hacía entrar en juicio con Dios, y con nosotras mismas, eran sus términos. Nos decía que las faltas más ligeras eran grandes respecto de la espera de Dios y de los designios que tenía sobre nosotras. Sin embargo preparaba con tanta caridad los espíritus para las reprimendas que se veía obligado a hacer que se sintiera más bien la unción de sus palabras que el dolor de la corrección. A pesar de esta extrema mansedumbre, él se convertía en fuego, y parecía adoptar un nuevo espíritu cuando se trataba de alguna falta cometida en el Oficio divino. Hablaba entonces con tanto vigor y fuerza que imprimía en nuestros corazones el respeto y temor de Dios con rasgos que parecían no deberse borrar jamás. Quería que fuéramos exactas en todas las Ceremonias, que no descuidáramos ni una sola, y que recordáramos que, si Dios en el Antiguo Testamento fulminó con maldiciones a los que transgrediesen sus Preceptos,  también fulminó a los que faltaban a las ceremonias prescritas por la Ley. Nos ordenaba a menudo leer nuestras Reglas, nuestros Directorios, y todo lo que se refiere a nuestro Instituto: mas para que estas lecturas no fuesen ni secas ni estériles, nos recomendaba hacerlas con la disposición de los hijos de Israel, quienes escuchando al regresar de su cautividad la lectura de la palabra de Dios, se sentían invadidos por el dolor y derramaban lágrimas a la vista de sus faltas y de su infidelidades.

No hacía nunca la visita sin exhortarnos con frecuencia a la unión, pero a esta unión de corazones, por medio de la cual se somete una, incluso en las cosas indiferentes, a los sentimientos de las Superioras; nos respetamos, nos avisamos mutuamente; se da la preferencia al parecer de las más Antiguas, acostumbrándose a honrar en su persona a quien se llama el anciano de días. Cuando reprendía de algún defecto contrario a la caridad, invocaba sobre nosotras aquel espíritu de dulzura y de apoyo, que fue tan plenamente el carácter de nuestro Santo Fundador. Nos enseñaba a honrar con nuestro silencio aquel silencio adorable que el Verbo divino guardó por tanto tiempo en la tierra. Quería que nos diéramos a él  por la práctica de una perfecta obediencia a Dios, a nuestras Reglas, y a nuestras Superioras; añadiendo que, como habíamos hecho voto de obediencia, nos tocaba a nosotras dejarnos dirigir.

Nos prescribía hacer, después de cada visita, un breve extracto de lo mejor y de lo más útil y que se había dicho y hecho, y leerlo de vez en cuando en el Capítulo: porque, decía él,  esta lectura atrae la gracia de Dios, lo hemos reconocido por experiencia; y cuando releíamos el compendio de sus visitas, el Espíritu de renovación se difundía sobre nosotras y entrábamos con naturalidad en las disposiciones de fervor y de recogimiento, en las que nos habían puesto.

Conducía las casas, de las que estaba encargado, a un gran desprendimiento y a una perfecta abnegación, enseñándoles a evitar el brillo, la estima de las criaturas, y el trato con los seculares. Con este fin nos hacía gustar de la felicidad que tenemos de estar fuera de París, y por eso menos expuestas a las amistades de las personas del gran mundo.

Nos aconsejaba entregarnos a la lectura de los escritos de nuestro Bienaventurado Padre; mortificar esta curiosidad inquieta que quiere leerlo todo y saberlo todo, y sobre todo abstenernos, bien de la lectura de los libros, bien del trato con las personas incluso espirituales, que podían ser sospechosas de las opiniones peligrosas de la época.

Abundando en este espíritu de abnegación, cuando fue abatido el muro común, que nos separa de las Reverendas Madres Ursulinas, quiso que rechazáramos, con toda la honradez posible, a aquellas de sus Religiosas que tenían parientes entre nosotras, tener trato con ellas, según el permiso que les había sido otorgado por su Superior: nos dijo bien claro que una Virgen consagrada a Dios está muerta al mundo y no debe ya conocer parientes en la tierra.

Nos hablaba poco; pero nos dimos cuenta que, por la eficacia del Espíritu de Dios, que hablaba en él, y por la justa estima que la santidad de su vida le atraía, una sola de sus palabras hacía más efecto en nosotras que sermones enteros; y una Hermana nos dijo que, habiendo tenido la suerte de confesarse a él, a propósito de una pena que la fatigaba, él le dijo tan sólo cuatro palabras, pero tan justas, que eran precisamente las que ella necesitaba; lo que le llamó la atención y la satisfizo a la vez. Dijo a otra, aconsejándole el santo ejercicio de la presencia de Dios, que desde que se había entregado a é, había intentado no hacer nada en particular que no hubiera querido hacer en una plaza pública; ya que, según decía, la presencia de Dios debe hacer en nuestros espíritus más impresión que la vista de todas las criaturas juntas.

Por lo que se refiere a la caridad, entre un gran número de ejemplos que podríamos contar, le vimos hacia el final de su vida, cuando se veía abrumado de enfermedades y asuntos, exponer su salud, emplear su tiempo que le era tan precioso, y hacer varios viajes hasta aquí, a fin de apartar a una pobre Tourrière del plan que tenía de ser dispensada de su voto para casarse. Este santo Hombre, persuadido de que en este cambio había peligro para su salvación, le hablaba en unos términos tan impresionantes, que hubieran sido capaces de ablandar un corazón de acero.

Trataba con tanta circunspección las materias que se refieren a la caridad, que nunca decía la menor palabra que pudiera interesarle de alguna forma. Y cuando era necesario descubrir algún defecto del prójimo, para estar bien seguro de la verdad, una vez descubierta, hacía valer todo lo bueno que podía haber en la persona en cuestión, con tanta habilidad que borraba de algún modo todas las impresiones malas que se había visto obligado a oír.

No se podía, sin mucha satisfacción, ver la conducta que observaba al tratar los asuntos que se le proponían. Dedicaba a su examen todo el tiempo necesario. Su ecuanimidad inalterable le daba una presencia de espíritu que lo comprendía todo.

Tenía para toda clase de personas una deferencia y un respeto extraordinarios. Su cuidado en hablar bien de todo el mundo igualaba al que tuvo siempre de  en despreciarse a si mismo, en publicar que era un pecador, y en envilecerse en todo momento, para gloria de Dios y edificación del prójimo. Su caridad se multiplicaba con los enfermos y las personas afligidas. Su buen corazón sabía acomodarse a las debilidades del cuerpo y del espíritu, y él podía decir con toda verdad con S. Pablo que se hacía todo a todos para ganarse para Jesucristo a los fuertes y a los débiles”.

Tal es en sustancia, y casi en sus propios términos, el glorioso testimonio que han tributado a este gran Hombre las Hijas de la Visitación de la Ciudad de S. Denis. A él acompañaremos el de las Religiosas de la misma Orden, establecidas en la capital, ya sé que existen muchos lectores cuya ávida e impaciente curiosidad no pide más que hechos: pero no es justo preferir este mal gusto al de tantos otros que prefieren instruirse. Y no dudo de que aquellos, que la Providencia ha cargado con la importante dirección de las Vírgenes consagradas a Dios, aprendan con gusto el método que siguió un Santo cuyo trabajo ha fructificado el ciento por uno.

Podemos asegurar con certeza, dicen estas Reverendas Madres, que nos sucedió varias veces en el tiempo de sus Visitas, o pronto después, algo casi milagroso. Desde que empezó a prestarnos este oficio de caridad, liberó casi en un momento a una de nuestras Hermanas  de una pena de espíritu tan violenta, que pasando a su cuerpo, la situaba fuera de la posibilidad de prestar ningún servicio al Monasterio; y su curación fue tan perfecta que ha ejercido después, con gran éxito, durante varios años, el cargo de Superiora y de Maestra de novicias”.

Este humilde Siervo de Dios ha expresado en varias ocasiones más el don muy particular que había recibido de Dios para iluminar, consolar y pacificar a las almas más afligidas. Se ha visto varias veces a Religiosas, hartas de penas y de tentaciones molestas, recobrar por completo la calma y la paz, al comunicarse con este caritativo Padre. Sólo en él, la Madre Hélène-Angélique l’Huillier, probada por dios con sufrimientos interiores, que el nombre de agonía no expresa lo suficiente, podía hallar el remedio de sus males. Se dirigía con todo el celo posible al alivio de aquellas que se encontraban en una situación tan penosa; y en una ocasión, en la que se temía molestarle demasiado, respondió que no había asunto alguno que le pareciera tan importante como el de servir a un alma a la que Dios ponía en esta clase de pruebas. También se sentía afligido cuando sus propias enfermedades le impedían ir a ver y consolar a las Religiosas enfermas que le pedían. Su compasión por las personas que sufrían no se limitaba a sentimientos estériles. Hacía todos sus esfuerzos para suavizar sus males. Exhortaciones tiernas y animadas, oraciones fervientes, palabras propias para recrear santamente, todo se ponía por obra. Una Hermana de las sirvientes, cuya virtud estimaba, hallándose un día muy enferma, y en acceso de una fuerte fiebre, le dijo que estaría muy contenta de morirse. Hermana mía, le replicó, todavía no ha llegado el momento. Hizo sobre ella una señal de la Cruz, y al mismo instante ya no tuvo más fiebre ni dolor.

Como él había atravesado por casi todos los estados de la vida, y la enfermedad, la humillación, y diversos géneros de tentaciones habían probado uno tras otro su virtud, para consolar a aquellos que se hallaban en el mismo caso, les decía con bastante frecuencia que había habido penas parecidas a las suyas, que Dios le había librado de ellas, y que él les daría la gracia que había tenido a buen darle a él. Tened pues paciencia, añadía, conformaos con la voluntad del Señor, servíos de tal y tal remedio y todo irá bien.

Otra Hermana que, como aquella de quien acabamos de hablar, era del rango de las sirvientes, al consultarle sobre una tentación que le daba mucho trabajo, le dio por esta confesión, ocasión de confesar que Dios le había puesta a él mismo durante varios años en una prueba parecida a la suya; y como había que hacer ver a esta Hermana turbada en extremo que la tentación no es un pecado cuan se resiste, como había hecho ella hasta entonces, añadió que la suya no había sido materia de Confesión para él. Le recomendó el secreto sobre lo que acababa de decirle, porque uno de sus primeros cuidados fue siempre ocultar las gracias que Dios le había dado, y no hablar nunca de ello. Aprovechaba en recompensa todas las ocasiones de humillarse, y le encantaba cuando se presentaba alguna. Así habiéndole dicho un día una buena Hermana del servicio que tenía el espíritu demasiado rústico para aplicarse a las cosas espirituales, y que en su Región había estado empleada en guardar los ganados de su padre. Hermana mía, le respondió él, ése es el primer oficio que yo tuve: pero con tal que ello sirva para humillarnos, así seremos más aptos para el servicio de Dios

Quería que se temiera mucho y que se evitara con cuidado todo lo que pudiera conducir a entrar en ciertas intrigas contra el gobierno de las Madres Superioras: pretendía que son estas pequeñas camarillas las que han debilitado la regularidad en muchas Casas Religiosas. Por eso, cuando una o varias Hermanas se quejaban a él de la Superiora, examinaba con cuidado si estas quejas, en lugar de ser el efecto del celo, no eran el de un descontento muy humano, y el de la inquietud natural. Si después de una madura discusión, veía que la Superiora era culpable, la reprendía en particular, y cortaba el mal: pero en ese caso incluso, no se ponía al lado de las descontentas, excusaba a sus Madres en cuanto se lo permitía la justicia, y les procuraba aquel grado de estima y de autoridad, sin el cual las personas que están en los puestos nunca  llegarán a nada”.

Recomendaba sobre todas las cosas a las Casas de París y a todas las que habían fundado tener cuidado de que los Eclesiásticos, que las frecuentaban no estuvieran contagiados por las opiniones nuevas: Ya que, decía él, los que están dentro de una mala doctrina no buscan más que difundirla, y no obstante no se declaran al principio: son como lobos que se cuelan solapadamente en el Redil para asolarlo y perderlo. Debido a este consejo, la Madre Angélique l’Huillier, Superiora del primer Monasterio de París, rechazó una suma considerable, que una Dama de condición ofrecía a la Comunidad para que la permitieran retirarse a ella y para permitir que algunas Jansenistas vinieran de vez en cuando a hablarle a la Reja.

Cuando alguna Religiosa, o varias a la vez, le pedían su bendición, se ponía de rodillas, se recogía interiormente para anonadarse a los ojos de Dios y a los suyos propios. La impartía luego pero deseando sobre todo que Dios juntara la suya, y que la hiciese llegar a las personas y a los oficios. Las palabras que empleaba entonces eran afectivas, piadosas, conmovedoras y propias para animar.

Aunque gozara de extrema mansedumbre, era sin embargo firme en reprender las faltas de alguna importancia, pero su firmeza estaba regulada por la prudencia y por la sapiencia, y no daba consejos ni al azar ni buenos para todo. Aguardaba la hora y el momento, en que la corrección podía producir su efecto. Le propusieron un día mortificar a una hermana que merecía serlo, pero cuyo espíritu no se encontraba bastante tranquilo para sacar provecho; él respondió con estas palabras muy simples: No se da sin gran necesidad Medicina a los que tienen la fiebre. Hacía practicar en este punto a los demás lo que practicaba él mismo. Quería que las Superioras hiciesen una regla de no reprender nunca sino con circunspección y caridad. En cuanto a él, tomaba tales medidas, cuando se veía obligado a poner penitencias, que se contentaba con ver que él habría sentido menos pena en cumplirlas que en imponerlas.

Encontró un día a algunas Religiosas, que al abrigo del espíritu de santa libertad, censuraban a las más exactas y fieles a la observancia de sus Reglas: él las sacó muy pronto de este error, dándoles a entender que la santa libertad no consiste en tomarla o en dejarla, sino en llevar sin cesar esta perfecta mortificación, que hace al alma dueña de sus deseos y superior a sus pasiones.

Tenía una habilidad maravillosa para humillar a las personas altaneras, y eso como cosa de recreo, y sin que ellas le dieran demasiada importancia: pero su celo no se desplegaba nunca con más vigor como contra aquellas que habían desobedecido en cosas de importancia. Reprimía su orgullo con tanta fuerza, que se sentían como aniquiladas. ¡Ay! Qué será de nosotras, se preguntaban a sí mismas, qué será de nosotras cuando Dios, el día de su temible Juicio, nos reproche nuestras faltas, cuando la palabra de un hombre nos aterra, y nos reduce a nada.  

Su compasión por las enfermedades del prójimo, cualquiera que fuesen, era algo prodigiosa, y aunque su presencia inspirara un gran respeto, este respeto no obstante abría los corazones en lugar de encerrarlos. Nadie poseía como él el talento de infundir la confianza, y la dificultad unida a la confesión de las más humillantes debilidades se desvanecía cuando se trataba de descubrírselas: las soportaba con bondad y las excusaba como una madre tierna excusa las de su hijo.

A estas disposiciones que debían considerarse como la expresión del sentimiento general de las misiones que hemos nombrado, añadiremos el testimonio de una de las Superioras de la misma Orden cuyas luces y capacidad fueron universalmente estimadas en su tiempo. Advierte en primer lugar que, para no caer en la repetición, prefiere callarse a repetir cosas admirables, de las que toda la tierra ha sido testigo, y honrar el silencio que ha visto en mil encuentros guardar a nuestro santo Sacerdote, y que tantas veces ha sido el objeto de admiración de sus Hermanas; ya que ella dice en dos palabras, que la ha impresionado siempre la profundidad de su espíritu, que ella apenas se separaba de él sino con un sentimiento de la pequeñez del suyo, que le hacía conocer la desproporción del uno con el otro, y que finalmente por la grandeza de las luces que ella percibía en él, sin que él mismo las viera, le parecía que ella era la criatura más pobre y más incapaz de todo bien del mundo.

Después de repetir lo que acabamos de relatar, bien sobre la respetuosa confianza que este gran Siervo de Dios inspiraba, bien sobre el don que tenía de calmar las conciencias, o bien sobre su ayuda y su firmeza, ella añade que, cuando el santo hombre se veía obligado a hacer la corrección a las que la habían merecido, él mantenía la balanza justa en extremo, o cuando la hacia inclinarse más de un lado que del otro, era siempre hacia el de aquellas dos grandes virtudes, que fueron siempre tan queridas a su corazón, la humildad y la caridad. Me he inclinado, dice para concluir, insensiblemente a caer en las repeticiones que quería evitar, y todo por la abundancia de mi corazón, que conserva hacia este santo Padre más estima, amor y respeto de lo que se puede expresar ni imaginar.

No será difícil creer que Hijas de un discernimiento exquisito y que hallaban en el Hombre de Dios recursos, que les hubiera costado mucho encontrar en otras partes, fuesen sumisas en extremo a su dirección. Sin embargo se vieron más de una vez en peligro de perderle. Como el primer Monasterio de París fue origen de otros tres, y Vicente avanzaba en edad, y la confianza pública que crecía de día en día, multiplicaba a ese ritmo sus ocupaciones y sus problemas, y como la dirección de una Casa Religiosa, cuando se quiere realizar como es debido, exige mucho tiempo y dedicación, Vicente, quien no la había aceptado más que por obediencia, hizo varios intentos para desprenderse de ella, y las cosas fueron tan lejos, que una vez se vio libre absolutamente. Cartas múltiples, súplicas urgentes, intervenciones de un número de personas de primera clase, todo fue inútil; nada le movió. Pero se dirigió contra él una batería que no se esperaba. El Arzobispo de París, aunque conociera tan bien como otro cualquiera, que este venerable Anciano, no tenía tiempo ni para respirar, le pidió que continuara a unas Hermanas tan dignas de sus cuidados los servicios que les había prestado hasta entonces con tantas bendiciones. El santo Sacerdote, para quien la voz de los Pontífices de la Iglesia de Dios fue siempre la voz de Dios mismo, se vio forzado a obedecer; pero a fin de que su ejemplo no tuviera otras consecuencias y que sus Misioneros pudieran entregarse por entero a las funciones que son propias de su Instituto, trazó un Reglamento por el cual se les manda abstenerse de la dirección y de la frecuentación de las Religiosas.

Él mismo extremó este Reglamento todo lo que pudo, y en una coyuntura en la que no le faltarían razones plausibles para derogarlo. El Obispo de Escitia le pidió y mandó que le pidieran que tuviera a bien que sus Sacerdotes de Toul dirigieran a las Hijas de S. Domingo  

que, debido al mal estado de la Lorena, no encontraban sino con dificultad Guías capaces de dirigirlas bien. El Santo se defendió con todo el respeto, pero al mismo tiempo con toda la firmeza posible, y por miedo a que el Superior de esta Casa mal asentada cediese a las instancias de un Prelado, a quien la Congregación debía mucho, le dio orden de ir a echarse a sus pies para conjurar la tormenta. Es cierto que él mismo cedió después, pero fue sólo cuando no pudo resistir más sin ofender a Dios; es decir cuando la guerra, la peste y el hambre hubieron acabado o dispersado a todos los que habrían podido cumplir este oficio; oficio, dice él en una Carta, que la Providencia hace muy poco que me ha puesto en las manos, del que por nada del mundo deben encargarse los Misioneros como contrario a su vocación, y de peligrosas consecuencias.

Va pues contra la Letra de la Ley, dada por este sabio Superior, lo que uno de sus más dignos Sucesores –el sr. Joly- aceptó hacia el final del siglo pasado –en 1691- la dirección de la Casa Real de S. Cyr; pero esta fundación era presentada por manos tan respetables y tan respetadas en todo el Universo que no convenía ir en contra. Además, la Religión, la piedad, la unión de los corazones, la humildad unida a la elevación de los sentimientos, el celo más atento y  más infatigable en la educación de una Nobleza preciosa, que extendida por todas las partes del Reino, debe llevar a todas partes el buen olor de Jesucristo: todas estas virtudes, que hacen de la casa de S. Luis un modelo, que pueden imitar las Casas más regulares, demuestran de rechazo que las Reglas más sabiamente establecidas están sujetas a excepciones que Dios mismo autoriza.

La muerte de la Madre de Chantal y los santos lazos que Vicente de Paúl mantuvo con ella y con sus hijas nos han apartado un poco; pero era justo que una Orden que ocupó siempre un lugar tan distinguido en el corazón de nuestro Santo, tuviera uno considerable en su Historia. Nosotros vamos a reemprender el hilo con el relato de una muerte, a la que un Padre tan tierno no pudo dejar de ser muy sensible. Fue la de Luis de Breton, -ocurrida el 17 de octubre de 1641- aquel piadoso y sabio Sacerdote a quien había enviado a Roma tres años ante. El trabajo de las misiones que desempeñaba con mucho éxito en la Diócesis de Ostia acabó con él al fin: los Religiosos de la orden Tercera de S. Francisco de Asís le dieron una sepultura honrosa en su Iglesia, de la cual fue trasladado después a la de Nuestra Señora de los Milagros. El Vicegerente de Roma y los Cardenales Barberin y Lanti, el primero de los cuales era sobrino de Urbano VIII, que reinaba entonces, y el segundo Deán del sacro Colegio, le honraron con sus lágrimas.

Trad. Máximo Agustín

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