San Vicente (Collet) 20

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Como la Lorena, aunque siempre en guerra con Francia, comenzó a respirar por poco que fuera por el año 1643, y sus habitantes trabajadores por naturaleza, menos hostigados por los Soldados, a quienes el Marqués de la Ferté-Senneterre hacía observar una exacta disciplina, tuvieron al menos la ventaja de cultivar una parte de sus tierras, y por fin no quedaba ya más que un reducido número de pobres en esta Provincia, Vicente llamó a la mayor parte de los Misioneros que había enviado allí. No obstante mandó todavía continuar por cinco o seis años, a favor de los más pobres, las limosnas que les repartía desde hacía tantos años.

Hizo distribuir otras nuevas  en casi todas las demás Ciudades de Lorena, y sobre todo en las de Château-Salins, de Mircourt, de Châtel-sur-Moselle, de Stenai, y de Ramberviller. Por este medio asistió no sólo a un gran número de pobres vergonzosos, de Burgueses arruinados, de familias nobles, quienes sin poder hacer valer a sus propiedades, se encontraban siempre en un estado muy angustioso; pero hizo también subsistir a todas las Comunidades de uno y otro sexo, que se hallaban necesitadas, haciéndoles repartir por barrio hasta tres, cuatro, cinco y seiscientas libras, según el número y la pobreza, sin hablar de una de una gran cantidad de Piezas de Tela que se proporcionaban al entrar en estos diferentes Monasterios, con el fin de que se hicieran ellos mismos hábitos a su modo. Todas estas Casas estaban libres de dar un Recibo a quien les señalaba Vicente, y de quien esperaban el regreso con alguna impaciencia. Estos socorros duraban todavía, cuando, por orden de la Reina Regente y bajo la dirección del Siervo de Dios, uno de sus Misioneros llevó cantidades considerables a varias Ciudades del Artois y de las Regiones vecinas, de las que se había apoderado el Ejército del Rey; como Arras, Bapaume, Hédin, Landrécies y Gravelines. Estas últimas limosnas, como las de la Lorena, consistían en parte en hábitos, en parte en dinero. El que las distribuía iba de una Parroquia a otra. Los Párrocos de los Lugares, u otros Eclesiásticos, a quienes pasaban la comisión, le acompañaban de familia en familia. Así evitaba la sorpresa, o al menos no se dejaba engaña más que según las reglas de la prudencia.

Es difícil hacer un cálculo bien exacto de todas las sumas que nuestro Santo hizo circular por la Lorena y por el Barrois. Quien las llevaba, es decir el hombre del mundo más en condiciones de fijar su valor Las hace subir a un millón seiscientas mil libras: suma con la que se hacía entonces lo que no se haría tal vez hoy con tres millones, y que aunque muy considerable en sí misma, lo era más todavía en un momento en que la miseria era extrema y en que los más ricos vivían con estrecheces. Esto sólo fue una parte no obstante de lo que Vicente hizo a favor de estos dos Ducados. Envió allí además en diversas ocasiones unas catorce mil varas de Paños de todos los colores y especies que, como ya hemos dicho, fueron empleadas en cubrir a la Nobleza, la Burguesía, las Personas consagradas al servicio de Dios, con frecuencia a familias enteras, que no tenían más que ropas deshechas, y como todo esto no era suficiente todavía, la Reina impresionada por el cuadro descrito por el santo Sacerdote sobre la desnudez y las miserias de aquel pueblo afligido, les envió todas sus tapicerías y los lechos de duelo después de la muerte de Luis XIII. La Duquesa de Aiguillon siguió este grande y generoso ejemplo.

Si unimos a este prodigioso gasto el que hubo que hacer, bien para dar a las Iglesias despojadas de los lienzos y de los Ornamentos, bien para conducir a París a las Jóvenes de quienes hemos hablado, bien para mantener allí a aquellos del pueblo que llegaban por sus propios medios, bien finalmente para sostener durante varios años a tantas familias respetables, que se hallaban en el estado más lamentable del mundo: los mismos enemigos de un Santo, que no los debería tener, se verán obligados a convenir que lo que hizo a favor de los Loreneses es algo milagroso, y que no se puede desconocer en ello la más viva, la más generosa y la más persuasiva caridad.

No debo omitir aquí una circunstancia, que fue por entonces y que debe serlo todavía hoy considerada como una prueba sensible de la protección de Dios. Había en aquella época de miserias, de muertes y de carnicerías, un peligro infinito de viajar a Lorena. Todo estaba infestado de soldados, de ladrones, de bandidos, que recorrían el campo y desvalijaban a los campesinos sin misericordia, como sin escrúpulo. Los Croatas  o Cravates, especie merodeadores, que en su mayor parte eran Loreneses, acantonados en algunas Fortalezas, salían de ellas como los relámpagos de la nube y cayendo rápidamente sobre cualquiera que se les presentaba, pillaban, mataban y masacraban  todo sin distinguir al amigo de quien no lo era. Fue un Hermano de la Misión diputado por S. Vicente para llevar las limosnas de París, a través de tantos peligros quien hizo, sin ningún accidente, hasta cincuenta y cuatro viajes. No llevaba nunca menos de veinte mil libras, y llevó con frecuencia hasta diez u once mil escudos en oro: sin embargo nunca le robaron. Es verdad que era precavido, vivo e inteligente, pero más de una vez experimentó que el Dios de Vicente de Paúl estaba con él, y que le guardaba en todos sus caminos.

A veces se unía a un convoy; este convoy era atacado, golpeado, secuestrado, y Mathieu, es el nombre del hermano, encontraba el medio de escapar. En otras ocasiones, se asociaba con viajeros, los abandonaba un instante por una orden de la Providencia, y en ese instante mismo eran despojados por ladrones, que ni siquiera le habían visto. Pasó con frecuencia por bosques llenos de soldados a la desbandada o de gente que no valían mucho más; nada más descubrirlos, escondía detrás de un matorral, o incluso en el barro, el dinero que llevaba de ordinario en un saquito desgarrado a la manera de los pordioseros, y de allí se iba derecho hacia ellos, como un hombre que no tenía nada que temer; en algunas ocasiones le cachearon, en otras le dejaron pasar sin decir palabra, en pocas lo maltrataron. Continuaba su camino por algún tiempo, y una vez que habían pasado el primer puesto, volvía sobre sus pasos y recogía el dinero.

Se encontró una tarde con algunos de esta buena gente, que en París se llaman timadores; se lo llevaron a un bosque para meterle miedo; y después de registrar inútilmente los pliegues y repliegues de sus ropas, le preguntaron si no pagaría cincuenta doblones por su rescate. “Soy un pobre hombre, les respondió, y aun cuando tuviera cincuenta vidas, no tendría para comprarlas ni una perra gorda”. No sé si se sintieron tentados o no a darle limosna, pero por lo menos le dejaron marcharse, que es lo que les pedía. Cargado un día con treinta y cuatro mil libras, se vio de golpe y porrazo asaltado por un hombre de a caballo quien, pistola en mano, le mandó caminar por delante para cachearle aparte. Mathieu, que le observaba de vez en cuando, al verle volver la cabeza dejó caer la bolsa. Cien pasos después se puso a hacer al caballero grandes reverencias, que impresas fuertemente en una tierra de labranza, pudieran servirle para recuperar su tesoro. Lo recuperó efectivamente después de soportar al borde de un precipicio una visita rigurosa, donde no perdió más que una navaja, porque no tenía otra cosa que perder.

Otra vez, y es quizás después del que acabamos de narrar el mayor lío en que se haya encontrado nunca, descubrió a unos Croatas en un campo grande y amplio. Donde consiguientemente podía ser descubierto con facilidad. Había que tomar una decisión inmediatamente; un minuto de espera podía echarlo todo a perder. Se deshace rápidamente de su saquito, lo cubre con unas hierbas que había por allí a mano; deja a los cuatro o cinco pasos un pequeño bastón para muestra, y se cuela en medio de ellos. Vuelve algún tiempo después; busca a derecha y a izquierda durante parte de la noche, ruega a Dios de todo corazón y encuentra por fin al despuntar el alba lo que durante tanto tiempo y tan inútilmente había buscado

Como se le fue conociendo poco a poco en toda la Lorena por el que traía las limosnas le resultaba a la postre muy difícil ocultar su camino. Pero Dios puso de su parte a aquellos mismos de quienes lo temía todo, o hizo inútiles los lazos que le tendieron. Un Capitán emboscado cerca de S. Mihiel le dio a conocer a sus soldados, sin mala intención: pero viendo que querían caer sobre él, empuñó su pistola y declaró con tono firme que rompería la cabeza a quien estuviera tan rabioso, fue su palabra, como para hacer ningún daño a un hombre que hacía tanto bien. Unos Corbatas que supieron que se encontraba en Nomeny con mucho dinero, salieron en su busca en todas direcciones para no dejarle escapar. Al salir del Castillo, donde consiguió, a fuerza de pedirlo, que le abrieran una puerta falsa, enfiló, antes del amanecer, un sendero apartado, por el que no se encontró con nadie. Los merodeadores le creían todavía en Nomeny, cuando él ya estaba en Pont-à-Mousson. Apenas pudieron creérselo a los que les decían que se había marchado. Juraron, blasfemaron, dijeron que era preciso pues que Dios o el diablo se lo hubiera llevado por encima del bosque. Sus imprecaciones no sirvieron más que para dar a entender, que uno está a buen recaudo cuando le guarda Dios mismo. El público estuvo por fin tan persuadido de que había en ello algo maravilloso, que uno se creía menos expuesto cuando se viajaba con este buen Hermano. La Condesa de Montgomery, a quien los Pasaportes del Rey de Francia, del Rey de España y del Duque de Lorena no habían garantizado contra el pillaje, no se atrevía a ir de Metz a Verdun, por miedo a un nuevo accidente. Habiéndose enterado de que el Hermano iba a hacer el mismo viaje, le suplicó que montara en su Carroza, persuadida, decía ella, de que su compañía le serviría más que todos los Pasaportes del mundo. Su confianza no fue en vano; llegó a Verdun sin encontrase ni con ladrones ni con soldados.

Cuando regresó a París, la Reina, que había estado informada de su viaje, quiso verle varias veces. Oyó, con un placer infinito,  el relato de las estratagemas de que se servía, y que alteraba según el caso, cuando las primeras estaban ya gastadas. Pero él, él estaba bien persuadido, y lo repetía con frecuencia, que una protección tan visible era un efecto de la Fe y de las oraciones del santo Hombre que le enviaba. Debido a estas mismas oraciones, los Sacerdotes que hacían la distribución de las limosnas atribuyeron más de una vez la multiplicación que, como lo creyeron entonces, se realizaba entre sus manos, y sin la cual no lograban entender cómo con sumas que, cuando se dividían en veinte o treinta partes se hacían muy pequeñas, podían socorrer a tantos pobres y remediar tantas necesidades diferentes.

No pienso que sea necesario detener por más tiempo al Lector, pata darle a conocer los bienes inmensos que realizaron en la Lorena las limosnas y los Misioneros que envió allí. Resulta de lo que hemos dicho y todo el mundo lo ve al primer vistazo, que por medio de ello se han salvado un número casi infinito de enfermos y de personas agonizantes, a quienes el hambre, el fría, la desnudez y una cantidad de miserias consumían poco a poco; Que se ha preservado de un triste y vergonzoso naufragio a cantidad de jóvenes, incluso de nacimiento distinguido, a las que la necesidad iba a reducir a extraños extremos; Que se ha dado a varias Comunidades Religiosas el medio de conservar su clausura, sus votos y sus Reglas, de continuar cantando en sus propias Casas la justicia y la misericordia de Dios, y de no experimentar lo peligroso que es el aire del mundo a Vírgenes, que la miseria obliga a errar de ciudad en ciudad para mendigar su subsistencia. No hablo aquí de tantos servicios espirituales que se presentaron a los moribundos ni de tantas instrucciones, por las que se enseñó a los pueblos a santificar sus sufrimientos y a adorar todas las voluntades de Dios y a expiar mediante una vida perfectamente Cristiana los pecados que habían excitado su cólera: esa era, como lo hemos observado tantas veces, la principal intención de Vicente de Paúl, y sus Hijos no podían pasarla por alto, ellos cuyo primer objeto es la conversión de los pecadores. Dedicándose a ello en Lorena, no hacían otra cosa que lo que habían hecho tantas veces y seguían haciéndolo aún sus Cohermanos en sus distintas Misiones.

Conviene advertir que las dificultades en que colocó a nuestro Santo el deplorable estado de la Lorena, no le hicieron interrumpir el curso de los servicios espirituales, que se había encargado de prestar a los Pobres del Campo. Sus Sacerdotes, durante los tres primeros años, en los que este apartado ocupó  más dieron más de setenta Misiones en diversas Diócesis. La Congregación de Vicente de Paúl, que no estaba compuesta más que de Hombres Apostólicos, trabajadores, y que con frecuencia no se cuidaban lo suficiente, hacía más con cincuenta Sacerdotes, de lo que ella y cualquiera otra habrían podido hacer con un número más alto de aquellos hombres vagos, indolentes, siempre fatigados, y cuya   

Filosofía consiste en creer que deben conservarse, porque los grandes Asuntos no son comunes. Además, Dios multiplicaba los Hijos de su Siervo, y el Seminario que había fundado le proporcionaba cada año no sólo con qué reemplazar a los que se morían, sino también con qué acceder de vez en cuando a los deseos de los que le pedían Sacerdotes.

Los envió desde comienzos de ese mismo año a Annecy, residencia ordinaria de los Obispos de Ginebra desde que los habitantes de esta última Ciudad se sacudieron el yugo de la Iglesia Romana, para abrazar la pretendida Reforma de Calvino. El Señor Juste Guérin, la ilustre Madame de Chantal y los Señores de Sillery y Cordon, los dos Comendadores de la Orden de Malta, fueron los primeros Promotores de este Establecimiento. Esta buena obra fue una de las últimas acciones del sr de Sillery. Su muerte respondió a la hermosa y santa vida que había llevado. Sr ha ido al Cielo, dice Vicente en una de sus Cartas, como un monarca que va a tomar posesión de su Reino, con una fuerza, una confianza, una paz y una dulzura difíciles de explicar. En este sentido, añade el santo Sacerdote, como yo hablaba de ello estos días pasados a su Eminencia el sr Cardenal de Richelieu; y yo le aseguraba con razón, que desde hace ocho o diez años que tenía el honor de tratarle, no había advertido en él ni pensamiento, ni palabra, ni ninguna acción que no se dirigiera hacia Dios, y que su pureza iba más allá de todo lo que se pueda decir.

El piadoso Obispo de Annecy, que no pensaba en otra cosa que conservar en su Diócesis los grandes bienes que S. Francisco de Sales había hecho, juzgó prudente que el mejor medio de lograrlo era trabajar en formar a buenos Eclesiásticos, mientras que se trabajar en santificar a los pueblos. Se propuso sacar estas dos clases de socorro de los Sacerdotes de Vicente de Paúl y reunir en la misma Casa a hombres llenos del espíritu de Dios, que fueran idóneos para estos dos empleos. El artículo que concernía a los pueblos no tuvo dificultades: no era cuestión más que de dar misiones; se dieron en Annecy y en las Parroquias del campo. En el asunto que se refería a la formación de los Sacerdotes y por lo mismo a la erección de un Seminario le ocupó más.

La dificultad estaba en saber si en el Establecimiento de este Seminario se seguiría el plan del Concilio de Trento, no admitiendo más que a Jóvenes, que preservados por un santo retiro de la corrupción del siglo, se nutriesen temprano de la leche de la virtud y de la ciencia Eclesiástica; o si no se admitieran más que a Clérigos de unos veinte años de edad , quienes habiendo comenzado ya a consultar a Dios, y teniendo la madurez necesaria para abrazar un Estado, parecían dar esperanzas más seguras y cercanas. Juste Guérin consultó a nuestro santo Sacerdote en este punto importante. Se sopesaron con cuidado todas las razones en pro y en contra: pero como al explicar estas razones últimas Vicente, que no quería suprimir nada, se vio obligado a decir, que los Seminarios de Provincia, donde más movimientos habían tenido lugar, para formar a los Eclesiásticos casi desde la infancia, no habían salido adelante; que los de Burdeos y de Agen estaban desiertos en la actualidad; que el Arzobispo de Rouen reconocía con dolor que en el espacio de más de veinte años, no había sacado seis Sacerdotes de aquel gran número de jóvenes que había mandado educar con toda la precaución posible; que la mayor parte volvían al siglo, sin otra cosa que decir que habían tomado el hábito Eclesiástico a una edad, en la que no eran capaces de reflexión: El Obispo de Annecy quedó tan impresionado por estas razones, fundadas en la experiencia que resolvió adoptar el último partido. Vicente, quien se remitía por completo a él, y que había declarado de la manera más positiva que no pretendía decidir, sino dar motivos que sirvieran de fundamento para la decisión, creyó que lo que un Prelado tan prudente, tan ilustrado, tan unido a Dios, había concluido al fin, debía ser lo mejor, ya no digo en sí mismo, sino por razón de los tiempos y de los lugares.

Los Obispos de Francia no emitieron pronto el mismo juicio; y se sabe que en todos, o casi en todos los Seminarios del Reino, no se reciben más que a Clérigos, que ya han cursado la Retórica, la Filosofía, y con alguna frecuencia algunos años de Teología. Es al parecer por esta razón que un Escritor de Italia dice que el Seminario de Annecy es el primero que se haya fundado al otro lado de los Alpes para las personas un poco avanzadas ya en edad. Sea como sea, (pues me parece que este punto no carece de dificultades) Vicente al año estableció uno sobre la misma base en el Colegio de los Bons-Enfants; pero su respeto por el Concilio de Trento no le permitió destruir el que había formado según el Plan de esta santa Asamblea. Le trasladó a una casa al extremo del recinto de S. Lázaro; y le llamó el Seminario de S. Carlos. Los Sacerdotes de la Congregación formaban allí en la virtud y en las bellas Letras a un número de jóvenes, que daban pruebas de la inclinación por el Estado Eclesiástico y que después han desempañado dignamente los primeros empleos: así se unían a los ejercicios de piedad los ejercicios de los Colegios más regulares; y el célebre de la Fosa hizo representar a menudo allí Tragedias Cristianas, cuyo fuego y elevación le merecieron siempre los aplausos de todo lo que París tenía de Entendidos.

Una vez que el Siervo de Dios vio al Obispo de Annecy determinado totalmente a la erección de un Seminario mayor, pensó seriamente en los medios de hacer de ál una santa y sabia Academia. También lo redijo todo a una piedad sólida, a una gran plenitud del Espíritu Sacerdotal, y a esta especie de Ciencia práctica, que abraza el Dogma, y más particularmente todavía la Moral. Quiso que las Conferencias que se debían tener dos veces por Semana sobre el Espíritu y las Virtudes Eclesiásticas fuesen emotivas e instructivas; que hubiera tiempos señalados para el Canto, las Ceremonias y el modo de administrar los Sacramentos y de hacer las Homilías y los Catecismos; que las Clases de Teología estuviesen bien preparadas, que las explicaciones fuesen claras y precisas, y que no se dejaran de dar nunca; que se profundizase todo cuanto puede contribuir a la dirección de los pueblos, y que se tuvieran en poco aquellas Cuestiones o Metafísicas, o de pura crítica, que un buen Pastor puede ignorar, y que un mal Doctor sabe a menudo más que otro.

Estaba persuadido de que los genios más hermosos no son siempre los que forman mejor a la juventud, a menos que no sepan, cosa que les es a veces bastante difícil, limitarse, acercarse, proporcionarse a sus alumnos. Escribió un día a uno de sus Sacerdotes, que tenía grandes talentos, una carta que comenzaba con estas palabras, singulares en apariencia, pero bien llenas de sentido y de razón: Os recordamos, Señor, y os rogamos que no regentéis más, porque seáis muy hábil. Porque este profesor que tenía mucha erudición, a fuerza de querer enseñárselo todo a sus Escolares, no les había enseñado nada; se reconoció, al examinarlos delante del Obispo, que habían aprovechado mucho bajo su colega, cuyos talentos eran inferiores.

Temía sobre todo que un Director de Seminario se creyera haberlo hecho todo, cuando ya había dado su Clase. Miraba, en verdad, la ciencia como una parte esencial, porque un Sacerdote ignorante es un ciego, que conduce a los demás al precipicio; pero daba la preferencia a la piedad: por eso quería que todos los que tienen trabajo en un Seminario trabajaran con sus buenos ejemplos, su asiduidad, su vigilancia continua, y una gran separación del mundo, en llenar a los jóvenes Eclesiásticos de las virtudes de su Estado. Debemos, decía a los suyos, llevarlos por igual a la ciencia y a la piedad, es lo que Dios pide de nosotros. Ellos necesitan capacidad, pero tienen necesidad de una vida santa y regular: sin ella la otra es inútil y peligrosa.

Como este plan, expresado en pocas palabras, es muy vasto, y los trabajos del Hombre de Dios, unidos a reflexiones profundas, le habían adquirido mucha experiencia y grandes luces, tenía por máxima que con el fin de sacar fruto de un Seminario, conviene que los que son recibidos en él pasen un tiempo considerable. Pedía al menos un año antes de admitir a quienquiera que fuese a las Órdenes sagradas. “Y bueno! decía con el sr Bourdoise, los oficios más viles exigen una prueba mucho más larga; y se creerá que cinco o seis meses son más que suficientes para unos hombres encargados de purificarse de las malas costumbres que han contraído: de vaciar su corazón de todo lo que podría respirar afecto menos reglado para la criatura; de avanzar en el conocimiento y en el amor del gran Maestro, al servicio del cual quieren consagrarse; de penetrar y ahondar en las máximas Evangélicas, que nos ha revelado por su Hijo; de establecer sólidamente en ellos mismos ese Reino de santidad y de justicia, que no se posee sino cuando se sabe imitar la vida y las virtudes de Jesucristo, y finalmente de llenarse del espíritu de Oración y de Meditación, sin el cual un Sacerdote apenas puede lograr algún fruto, ya que, decía también nuestro Santo, lo que la espada es al Soldado, la Oración lo es para aquellos que se dedican al servicio de los Altares”.

No creía que fuera necesario eximir del Seminario a ninguno de los que pretenden las sagradas Órdenes; ni siquiera a aquellos que tienen más virtud o capacidad. ¡Qué habría dicho si hubiera visto dispensar de él a los que una especie de nacimiento, o un puesto conseguido por herencia en el Santuario, ocupan el lugar de todo mérito!

La razón que daba el Santo de su conducta era que unos Eclesiásticos ya virtuosos y capaces no dejarán nunca de aumentar en un buen Seminario su ciencia y su virtud; que además, servirán de mucho a los demás, porque los débiles se animan con el ejemplo de los más fuertes, y avanzan de buena gana por el camino por el que les ven caminar; y que finalmente, cuando la regla es general, un Obispo, y los que dirigen bajo sus ojos, están a cubierto de muchas importunidades, porque no se les ocurre entonces pedirles excepciones, que no se conceden a nadie y que además no pueden ser sino perjudiciales a los que las obtienen.

Parece ser que el Santo inspiró estos sentimientos al sr Alain de Solminihac Obispo de Cahors: al menos este gran Obispo no dispensó nunca a nadie ni de la entrada ni del tiempo del Seminario. Se mantenía firme en no dar el Subdiaconado más que a los que habían pasado en él un año, y no admitía al Sacerdocio más que a los que habían terminado el resto de su carrera. Con esta sabia conducta llegó a reformar su Diócesis y la puso en estado de servir de modelo a otras varias. Vicente propuso más de una vez a los Obispos, que le consultaban, el ejemplo de este santo Prelado y les indujo cuanto le fue posible a  imitarle en un punto tan esencial.

Como los Hijos del santo Sacerdote se hubiesen sorprendido al verle multiplicar sus trabajos, y temer que, al repartir sus fuerzas, las Misiones, que parecían deber ser su grande y principal objeto sufrieran menoscabo, este sabio Superior les dio sobre esta importante materia varias Conferencias, que prueban plenamente que su celo era tan iluminado como extendido.

Explicó, que la Compañía no tenía otras funciones que aquellas de las que Dios mismo le había encargado por el Ministerio de los Pastores de su Iglesia; que los designios del Padre de familia se habían desarrollado poco a poco; que parecía por la vida de Jesucristo mismo que esa era la economía ordinaria de la Providencia; que esta divino Salvador había comenzado  por una vida oscura y privada; que luego había evangelizado a los pobres y que al fin para mantener su obra se escogió Apóstoles y Discípulos; que no había nadie en la Congregación que no supiera que quienes habían sido sus primeros miembros no se habían ocupado en primer lugar más que en su salvación y en la de los pueblos del campo; que los habían destinado a dar los Ejercicios de los Ordenandos en el tiempo que menos lo esperaban; que era la misma autoridad la que los empleaba en la dirección de los Seminarios; que debían por lo tanto prometerse con la misericordia de Dios los mismos éxitos si sabían estimar la gracia que se les ofrecía en lo que deber ser estimada.

De estos principios Vicente dedujo, que un Sacerdote de la Misión se equivocaría si dijera que no pretendió encerrarse en una ciudad para formar a Clérigos, sino para recorrer los Burgos y los Pueblos y convertir a los pecadores; que en verdad la instrucción de los pobres es algo muy importante, pero que la instrucción de los Eclesiásticos lo es todavía más; ya que, si son ignorantes,  se sigue por necesidad que los pueblos lo sean también; que se ha de trabajar en las Misiones, pero no se han de dejar a un lado los Seminarios; pues una cosa y la otra son casi por igual esenciales al Instituto de la Congregación, y que ésta no llegará a dar frutos permanentes en el Ministerio que ejerce con relación a los simples Fieles, mientras los Pastores, abandonados a sí mismos, sigan en el desorden y la ignorancia.

No le quedaba al Siervo de Dios otra cosa que dar a conocer a los suyos a qué se comprometen al encargarse de la dirección de los Seminarios. Esto lo hizo de una manera propia para dar de esta santa y terrible ocupación la idea justa que cada uno debe tener de ella. Les dijo en sustancia, que el carácter de los Sacerdotes es una participación del Sacerdocio del Hijo de Dios; que este primer Sacerdote de la Ley nueva ha dado a sus Ministros el poder de inmolar su propia Carne y hacer de ella el alimento de los Fieles, para que los que la coman vivan eternamente; que a este poder que se refiere a su Cuerpo natural ha unido otro que se extiende a su Cuerpo Místico, es decir sobre los Fieles, cuyos pecados atan y desatan los Sacerdotes; que un Ministerio tan grande y tan sublime, tan augusto y que es objeto de la admiración de los Ángeles, merece muy bien que se sacrifique, para poner a los que deben ser revestidos de él, en estado de ejercerlo como se debe; que esta verdad constante en todos los tiempos lo era todavía más en un siglo desdichado en el que la Iglesia tenía una gran necesidad de Ministros que fueran según el corazón de Dios y que desterraran este cúmulo de vicios, de ignorancias y de escándalos, de los que está cubierta la Tierra y sobre los que deben verter lágrimas de sangre los verdaderos Cristianos.

Y añadió, que un buen Sacerdote era capaz de emprenderlo todo por la gloria de Dios; que podía procurar la conversión de los pecadores más endurecidos, restablecer el buen orden y la hermosura de la casa del Señor; que, para convencerse de ello, no había más que poner los ojos en el sr Bourdoise, aquel excelente Sacerdote, que había hecho tantas cosas y que haría otras más para honor de la Iglesia; que la felicidad del Cristianismo dependía de los Sacerdotes, y que cuando eran lo que debían ser, el pueblo los honraba, escuchaba su voz y seguía sus ejemplos.

A este motivo tan consolador para aquellos Ministros de Jesucristo que viven de una manera digna de él y para los que tienen la dicha de contribuir a llenarlos del Espíritu Eclesiástico, Vicente añadió otro capaz de hacer temblar a los malos Sacerdotes y a los que encargados de su educación les faltan luces o celo o la fuerza necesaria para desempeñarla bien. Dijo y son sus propias palabras; que se dudaba de si todos los desórdenes, que se veían en el mundo, no debían atribuirse a los malos Sacerotes; que de verdad esta proposición tenía por qué asustar, pero que no debía escandalizar a nadie; que había sido discutida hacía poco exactamente en varias Conferencias, cuyo resultado había sido: que es seguro por lo menos que la Iglesia no tiene enemigos más crueles que los malos Sacerdotes; que son ellos los que dieron nacimiento a las herejías, los que han acreditado el error, los que han hecho que reine el vicio y la ignorancia; que son la primera fuente de estos torrentes funestos que han devastado la Tierra; que unos han contribuido a ellos por la depravación de las costumbres, los otros por una indolencia criminal, que les ha impedido hacer frente al mal, como estaban obligados a hacerlo.

Para juzgar de la impresión que estos discursos del Siervo de Dios produjeron en el espíritu, y más todavía en el corazón de sus Hijos, relataremos por anticipado los frutos que produjeron en los Seminarios, de cuya dirección se vieron obligados a encargarse. Parece ser que si Vicente mandó hacer el recuento, ni fue sino para animar a sus Propios Sacerdotes y a los Extraños a consagrarse a esta buena obra, ya que ningún hombre ha deseado con tanto ardor que todo el mundo profetizara; y él se hubiera creído ya reprobado si la envidia que, a juicio de un Padre, quema a veces a los Santos y les persuade de que lo que hacen no es del todo el mayor mal, hubiera penetrado en su corazón. De ahí estas hermosas palabras que repitió más de una vez: Preferiría perder cien Fundaciones antes que impedir una sola de otra Comunidad. Por lo demás, para no caer en repeticiones, no produciremos más que dos relatos, uno de un excelente Misionero, que estaba al frente de un Seminario de Bretaña, el otro del que estaba encargado de la dirección del Seminario de París, que era Doctor de Sorbona y uno de los primeros Compañeros de nuestro santo Padre.

El último, que se llamaba d’Horgni, hablaba poco más o menos en estos términos:

  1. Se hace en este Seminario como una Misión perpetua, y se ven en proporción los mismos frutos, que se ven en las Misiones de las Ciudades o de los Campos. Beneficiados y Sacerdotes, que se habían sumido en el desorden y en el escándalo en el lugar de su domicilio, se convierten de buena fe: derraman lágrimas en sus retiros; desearían que se les permitiera hacer Confesiones públicas; se humillan en todas las ocasiones. Cuando hablan en las Conferencias hacen pública confesión de su ignorancia pasada. Felicitan a sus jóvenes Cohermanos por la ventaja que tienen de instruirle en sus obligaciones. Los que tenían enemistades inveteradas se reconcilian por cartas llenas de humildad. Hacen, bien a la Iglesia, bien a sus demás Acreedores, restituciones considerables. Los santos Padres de los primeros y de los últimos siglos, cuyos textos se hallan en el derecho Canónico, dicen a menudo que los Eclesiásticos corrompidos son incorregibles: pero, gracias a la misericordia de Dios, sean quienes hayan sido, parece que se convierten ordinariamente en los Seminarios.
  2. Los hay que, apoyados en la mala costumbre de sus Provincias, han poseído durante varios años y con mucho apego Beneficios incompatibles. Se les determina aquí a dejar el que no les conviene, y se someten a ello de buena gana.

III. Es cosa común ver, bien a Sacerdotes ya mayores, bien a Abades, Canónigos, Párrocos y demás Beneficiados, bien a Consejeros del Parlamento, o Jueces, que hacen con alegría el oficio de Portero, de Acólito, de Turiferario, o por inclinación a estas funciones, o para castigarse por no haberlas desempeñado nunca, o para manifestar el pesar que sienten de haberlas tenido antes como poco convenientes a gente de condición.

  1. Lo que produce consuelo es que estos buenos efectos del Seminario no acaban con él. Párrocos que no habían instruido nunca a sus Parroquianos, de vuelta a casa, les reparten el pan de la palabra y cumplen perfectamente con todos sus demás empleos. Algunos de ellos han llegado a declarar al pueblo, hasta en el púlpito, que ellos acababan de conocer su deber y que querían comenzar en serio a cumplirle lo mejor posible.
  2. Varios al salir del Seminario dejaron la casa paterna y tomaron otra en el lugar mismo de su nacimiento, con el fin de establecer allí pequeñas Comunidades Eclesiásticas, que santifican al continuar viviendo como vivían aquí, y que multiplican ganando para Jesucristo y su Iglesia a los que pueden asociarse.
  3. Hemos tenido varios Canónigos de Iglesias Catedrales o Colegiales, que a su regreso a casa, han sabido poco a poco sin ruido, pero no sin fruto, entablar con sus Cohermanos santas y sabias relaciones, para establecer o sostener la disciplina de su Iglesia; y se sabe con qué celo y prudencia hablan ya en particular, ya en Capítulo, de la obligación que tienen Canónigos de mantener el orden y las Reglas Eclesiásticas.

VII. Existen también los que, habiendo comprendido de que importancia son las escuelas de Niños, se pusieron, aunque fueran de nacimiento, a hacerlas por pura caridad. Este santo ejercicio edificó mucho: Dios lo ha bendecido y los habitantes de las Ciudades sólo lo han visto con admiración.

VIII. No se puede omitir aquí que Dios da la gracia a la mayor parte y casi a todos que han hecho el Seminario, de mantenerse en la piedad y en el ejercicio de sus funciones: los testimonios que se reciben de todas partes son muy favorables.

IX .Pero lo que de algún modo resulta más impresionante es la inocencia de vida que se observa en estos Señores durante el tiempo del Seminario. Es tal que a los Confesores les resulta difícil de ordinario encontrar en ellos alguna materia de absolución.

Se puede reducir a tres o cuatro puntos principales lo que escribía a nuestro santo Sacerdote aquél a quien había confiado el cuidado de un Seminario en Bretaña. Dice en resumen, que uno de los mayores frutos que haya visto nacer es el celo por la salvación de las almas; que los que han hecho esta carrera se aplican con gozo a la instrucción de los pueblos; que, como predican de una manera útil, familiar y conforme al método, que se les ha enseñado en el Seminario, tienen frutos importantes; que se ve con frecuencia en sus Predicaciones a personas que acuden de cinco o seis Parroquias vecinas; que se frecuenta más el Tribunal de la Penitencia; que se reúnen allí no sólo los Domingos y Fiestas, sino también los días laborables, lo que no sucedía anteriormente; que ha habido Sacerdotes que han dejado Beneficios buenos de cura de almas para ir a catequizar y confesar en las Parroquias más abandonadas; que varios de estos virtuosos Eclesiásticos no se contentan con ser útiles al pueblo, sino que trabajan también en hacerse útiles a sus Cohermanos, que no habiéndose formado como se debe toscos en extremo; que los invitan con bondad y los atraen con dulzura a Conferencias espirituales que hacen una vez a la Semana; que, como una sola Parroquia tiene a veces más de cincuenta Sacerdotes, hay siempre varios que van, aunque estén con frecuencia a más de una legua; que de este modo han conseguido reformar a un buen número de Eclesiásticos poco regulares, con buen ejemplo de los simples Fieles, que ven en ellos más recursos, sobre todo en el tiempo de sus enfermedades.

Hemos visto, dice también, cantidad de Sacerdotes del Campo, que animados por el buen ejemplo de los que habían salido de este Seminario han cambiado de vida hasta edificar a toda la Diócesis; y algunos han llegado aquí de más de veinticinco leguas, expresamente para realizar un retiro y reforzar las buenas resoluciones  que habían tomado ya.

Añade que, antes de la Fundación del Seminario, había Diócesis enteras, en las que habría costado trabajo encontrar a un Eclesiástico del campo, que estuviera vestido de negro; que hasta entonces parecían menos Sacerdotes que rústicos, y que trabajaban como Laicos después de decir sus misas: pero que las cosas han cambiado mucho desde la fundación del Seminario; que la mayor parte van siempre con sotana; que en sus cabellos y todo su exterior no hay nada que ofenda la decencia Eclesiástica; y que los menos regulares llevan por lo menos la sotanela.

Acaba diciendo que los Eclesiásticos del campo se reúnen la víspera de las Fiestas para preparar las ceremonias del Oficio y hacerlas con más piedad y edificación: y que este punto, que les parecía casi sin sentido antes, les parece ahora tan importante que, cuando les viene alguna dificultad en esta materia, escriben el Seminario para ilustrarse.

Es evidente por muchos lugares de este relato que el buen olor de este primer Seminario de Bretaña se extendió produciendo impresión hasta las Diócesis vecinas.

Es lo que se vio de manera sensible con la puesta en marcha de los Catecismos; había algunas de estas Diócesis donde no se daba en absoluto. La dedicación con la que los jóvenes Sacerdotes, que salían del Seminario, desarrollaron esta parte esencial de su Ministerio, despertó a sus vecinos; y en pocos años no hubo casi ninguna Parroquia, donde no se instruyera con éxito a la juventud, que hasta entonces había estado criminalmente descuidada.

Estas certezas de la bendición que Dios tenía a bien derramar sobre los trabajos de los Misioneros fueron confirmadas a su santo Fundador mediante el testimonio de los más santos Obispos de su tiempo. Alain de Solminihac, el hombre del mundo más cuidadoso en materia de alabanzas, y que no tenía por bueno más que lo que realmente lo era, escribió sobre ello unos años antes de su muerte, al Siervo de Dios en estos términos: Os encantaría ver a mi Clero, y bendeciríais a Dios mil veces, si supierais el bien que los vuestros han hecho en mi Seminario, y que se ha difundido por toda la Provincia. En este sentido hablaba, y en su nombre, y en el nombre de los demás Obispos, y esto más de 25 años después de la muerte de Vicente de Paúl, uno de los prelados más dignos que hayan sucedido a S. Francisco de Sales; me estoy refiriendo a Jean d’Arenthon d’Alex. Su pensamiento va incluido en su Testamento. Qué situación más propia para desterrar todo idea de falsa complacencia, que la de un hombre que se considera preparado para comparecer ante Dios.

La ocasión que se presenta de decir unas palabras de este gran Obispo no deja omitir algo que le honraba mucho, y que de hecho otro tanto a nuestro Santo. D’Arenthon era todavía joven cuando Vicente le vio por primera vez en S. Magloire: le cobró mucho afecto, y le pidió que viniera a verle de vez en cuando, y en las conversaciones que tuvo con él, le dijo a menudo en estos términos: Dios quiere servirse de vos, hijo mío, y os aseguro que seréis un día Sucesor de san Francisco de Sales. El Siervo de Dios reiteró varias veces esta predicción; y el sr Abate de la Pérouse, que había venido a verle a S. Lázaro, como le dijera un día que el sr d’Arenthon era su tío, Vos sois, replicó al instante, vos sois el sobrino de un hombre, que será un día Obispo de Ginebra. Vicente tuvo el consuelo de ver antes de su muerte que no se había equivocado. El sr d’Arenthon fue, después de no pocas dificultades, nombrado -en 1660- al Obispado de Annecy por Cristina de Francia, quien por entonces era Regente de Saboya: y el sobrino del nuevo Prelado, en visita a nuestro Santo: Ya os lo había dicho, exclamó Vicente al recibirle, que Dios quería que vuestro tío fuera Obispo de Ginebra. Id, Monseñor, a santificaros con él y fijaos en su familia, como un san Juan en la de Nuestro Señor, de quien era el pariente y el Apóstol.

Antes de terminar este Artículo de los Seminarios, debo hacer resaltar que Vicente de Paúl, no contento con dar a los que estaban en el Seminario establecido en el Colegio de los Bons-Enfants, todos los socorros espirituales, que dependían de él y de los suyos, se encargó también de mantener durante los primeros años a un número de Eclesiásticos que, con mucha buena voluntad, no tenían medios de pagar su pensión. Solicitó para ellos la caridad de las Casas de la Congregación y las limosnas de algunas personas de piedad, a quienes había dispuesto a emprenderlo todo por el bien de la Iglesia. Una liberalidad tan bien colocada produjo una santa emulación en virtuosos Sacerdotes, que estaban más cerca  de conocer cuánto vale un buen Eclesiástico. El sr Chomel Oficial y Vicario General de la Diócesis de S. Flour, envió con este fin, cada año, durante el espacio de diez o doce años, sumas considerables al Seminario de Troie en Champaña, y al de Annecy en Saboya. Esta especie de limosna es sin duda una de las mejores que se puedan hacer. Enriquecer el Rebaño de Jesucristo con un santo Sacerdote es enriquecer a los pobres, de quienes él no dejará nunca de ser Padre, y a quienes devolverá el céntuplo de lo que él mismo habrá recibido de la piedad de los Fieles. Vicente estaba tan impresionado por esta idea, y sabía tan bien  lo que vale un digno Ministro de los Altares, que decía a veces exclamando: ¡Oh, qué gran cosa es un buen Sacerdote! ¿Qué no puede hacer? Pero ¿qué no hace con la gracia de Dios?

Tradu. Máximo AGustin

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