San Vicente (Collet) 2

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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PREFACIO

 Hace cerca de diez años que me propusieron trabajar en la Obra que entrego al público. De ella me encargué, sin consultar demasiado ni a mi gusto ni a mis fuerzas. Llegué a componer en escaso tiempo algunos Cuadernillos, de los cuales aquellos que me pusieron a la obra, no parecieron quedar descontentos: y hubo lugar a pensar que yo no tardaría en retirar mi palabra. He de confesarlo, mi vocación iba por otros caminos. Acostumbrado desde hacía años a hojear a Teólogos y a Canonistas, a encontrar en ello decisiones de toda clase, y de ello sacar toda clase de esas escasas luces que hacen a un hombre menos inútil a la sociedad, no me presté sino con una muy fuerte repugnancia a una Historia, que yo creía saber, y en la que yo no hallaba sino una perpetua censura de mi conducta y de mis imperfecciones.

Asimismo, la longitud y la dificultad de la empresa me asombraban, y tal vez habrían asombrado a los demás. En efecto, ¿qué cuadro más grande, más difícil de dibujar que el de un Santo, que vivió más de ochenta años, y que nunca se cansó de hacer el bien? De un Santo, que no había concluido una obra cuando comenzaba otras diez, sin desanimarse jamás. De una santo que, si hubiera podido, habría dado tanta ocupación a sus virtuosos amigos como la que se daba a sí mismo. De un Santo quien, sin salir de París,  ponía en movimiento a Francia, y Gran Bretaña, a Italia y a Polonia. De un Santo quien, si bien muy pobre por estado y por elección, ha distribuido más limosnas durante los treinta últimos años de su vida, que cantidad de Soberanos distribuyen en el espacio de un siglo. De un Santo, quien cubrió con su escudo el Campo de Israel; quien extendió el terror en todos los operarios de la iniquidad; quien no perdonó ni el error, aunque hubo de atacarlo entre los más tiernos de sus amigos, ni la simonía, aunque tuviera que hacerlo en los Grandes del siglo, ni una política menos Cristiana, aunque se la encontrar a veces en los Ministros de los Reyes, ni la ignorancia, y el desorden, aunque se viera obligado a perseguir a uno y a otro hasta en el Santuario, donde él no quiso ver nada que no mereciera su respeto y sus elogios. De un Santo, cuyo celo no conoció límites, sino porque el Universo tiene los suyos; y quien después de saciar en todos los aspectos al habitante de las frías Hébridas, llevó nuevos fuegos a climas ardientes, y se esforzó en santificar a la vez al esclavo de Argel, al Insular de Madagascar,

Tantas acciones ya conocidas, y que por eso mismo podían causar al lector el placer de la sorpresa, pedían una mano hábil en pintar al natural; fecunda para variar acontecimientos que, aunque hermosos en sí mismos, causaban por la similitud; sabia en el arte de dar un acertado resumen  de un gran número de discursos, que un tanto pasados en el estilo, se leen hoy con menos ánimo de lo que se oían en otro tiempo; juiciosa para conservar estos fragmentos preciosos, donde el defecto de la dicción está reemplazado por el número y la dignidad de las Sentencias; viva y eficaz, para pasar imperceptiblemente en la misma semana, y a veces en el mismo día de un hemisferio al otro; una mano, para decirlo todo en dos palabras, que alcanzara al menos de lejos la elocuencia rápida de los Fléchier, la pura y corriente narración de los Bouhours, la grave ligereza de los Marsollier. Dueña de sus dones la naturaleza la naturaleza me ha rehusado éstos: más dura todavía me ha negado hasta la paciencia de adquirirlos por el trabajo. Et bien seguro, si por imposible yo pudiera serlo, escribir a fuerza de contención, como nuestros mejores Historiadores escribieron por la única facilidad del genio, yo lamentaría el tiempo, cuyo empleo tendría por objeto la cadencia, la armonía, y la dulzura de las transiciones.

Doy insensiblemente una idea bastante mala de mi Obra: prefiero presentársela de buena gana al Lector a esperar que se la forme él mismo con dolor. Me sentiría sin embargo molesto que juzgara del fondo, igual que se verá obligado a juzgar de la forma. Impaciente en supremo grado, cuando se trata de ordenar palabras, soy casi infatigable cuando se trata de hacer investigaciones. Tampoco he omitido nada de cuanto podía, o bien enseñarme datos nuevos, o constatarme de los sucesos dudosos, o darme fechas seguras: fechas sin las cuales la Historia no es sino un conjunto de datos descosidos, que no tienen ni ligación, ni seguimiento, ni gracia.

Para llegar a esto, he debido recorrer los Procesos de la Beatificación y de la Canonización del Santo, cuya vida presento; leer las cartas que han escrito a Clemente XI los Soberanos, los Obispos, los Generales de Órdenes, que han tenido parte en este grande asunto; las Cartas que S. Vicente escribió él mismo, y de las que quedan aún en París, y en las Provincias más de seis o siete mil; consultar las Memorias sobre las cuales  el Señor Abelly ha trabajado, y las Vidas manuscritas de los primeros compañeros de nuestro santo Sacerdote; estudiar cuanto han dicho de él los que le trataron; desenterrar lo que se podía saber de este gran Hombre, bien en el Oratorio, donde tuvo amigos entrañables, bien en Macon, donde en pocos días se elaboró un gran Nombre por su caridad y por su inteligencia; bien en Chatillon-les-Dombes, donde su memoria vivirá perpetuamente; bien en Marsella, y en Santa-Reina, que le deben en todo o en parte sus célebres Hospitales.

Después de todo La Vie du vénérable Serviteur de Dieu Vincent de Paul, publicada en 1664, por el Señor Luïs Abelly, Evêque de Rodés, ha sido, como lo ha debido ser la fuente de donde más yo he bebido. La he considerado como una colección de monumentos, que la voz de las gentes de bien  han defendido con el sello de su autoridad; Colección cuyos defectos son menos los del autor que los del tiempo en que escribe: Demos una ligera idea de este fiel historiador: cuanto más llega a interesar una obra más gusta conocer a quien más nos ha proporcionado los más ricos materiales. Además, desde su muerte cantidad de gente ha hablado de él como dando a entender que no le conocían.

Louis Abelly nació en 1504. Tuvo por padre a Pedro Abelly, Tesorero y Receptor General de la Généralité de Limoges. Hizo sus estudios en París. Allí tomó el Bonete de Doctor, es un problema sobre el que existen divisiones. Lo que es cierto, es que tomó afecto a Vicente de Paúl una vez que éste se retiró al Colegio de los Bons-Enfants; que tuvo el placer de tomar parte en los trabajos Apostólicos, y que no siguió, por piedad y por los empleos, otros movimientos que los que un Director tan prudente creyó deber comunicarle.

Vicente le dio en primer lugar en calidad de Vicario General a François Fouquet Obispo de Bayona, quien le encargó luego de la Oficialidad; comisión que, como veremos en otra parte pedía,  por razón del tiempo y de las circunstancias, mucha firmeza y más prudencia aún. De regreso a París, donde sus asuntos le llamaron, Abelly, que conocía las necesidades del campo, aceptó una parroquia de pueblo. Su modestia edificó, pero se le hizo violencia; y poco tiempo después, fue encargado de la parroquia de S. Josse en París.

Su Clero fue el primer objeto de sus cuidados. Formó una Comunidad Eclesiástica, que sirvió de modelo a muchas otras. Si malos Sacerdotes se pasaron por encima sus designios, Sacerdotes ejemplares creyeron un deber secundarlos.

Cuando se desterró la mendicidad de París, que sabía hacer el bien y hacerlo en toda su extensión, creyó deber confiar a este virtuoso amigo la dirección del Hospital General. Tal vez no había en toda Europa una Parroquia tan difícil de dirigir como lo era esta Casa naciente. Abelly se despachó hasta decir que si la elección de Vicente de Paúl le honraba, hacía honor a la elección de Vicente de Paúl.

Hardoüin de Péréfixe Obispo de Rodés una vez nombrado para el Arzobispado de París, deseó a Abelly como Sucesor y se lo pidió a la Corte. Un Prelado respetable me ha confirmado hace poco una Anécdota, que se relaciona con este nombramiento; es curiosa.

El Rey, sin abrirse sobre lo que el sr. de Péréfixe le había propuesto, nombró para todas las Plazas vacantes, con la excepción de Rodés, que dejó, o más bien pareció dejar a la disposición de su Confesor. Era el P. Annat: tenía un sobrino y este sobrino era en la actualidad Vicario General de Rodés. El paso era resbaladizo: este prudente religioso se mantuvo firme; se acordó que Vicente de Paúl le había hablado en otro tiempo de Abelly, como de un hombre que unía un gran celo a una verdadera y sólida capacidad. Esto le fue suficiente: se olvidó de su pariente próximo, y propuso a Abelly. Luis XIV tributó justas alabanzas a una conducta tan limpia; y cuando se publicó la hoja, confesó a algunos Confidentes que había habido un poco de malicia en su proceder, y que había querido tender una trampa a su Confesor.

La Diócesis de Rodés que estaba llena de Hugonotes, necesitaba a su Pastor. El nuevo Prelado no tardó en dirigirse allí. Y allí trabajó con su actividad ordinaria: pero el aire del País resultó tan contrario a su temperamento que no le fue posible aguantarlo. Un primer ataque de parálisis anunció algo más funesto. Hubo que ceder al mal. Abelly se decidió como hombre que se sabe las reglas acertadas, y cuando los Médicos decidieron que no podía residir en su Diócesis sin poner en riesgo la vida, pensó que no podía conservar una Diócesis, en la que le era imposible residir.

Sus antiguos lazos con el Fundador de la Misión le hicieron desear acabar su carera en un lugar donde este santo Hombre había terminado la suya. Le dieron en la casa de S. Lázaro un apartamento de la última sencillez. Allí libre del tumulto y de los apuros del siglo entregaba buena parte de su tiempo a la meditación y al estudio; o más bien dirigía sus estudios de manera que los convertía en meditación. De más de treinta Obras que ha publicado no hay una sola que no se dirija a alimentar o a reformar el corazón. Su Sacerdos Chrisitianus, su Episcopalis sollicitudinis Enchiridion, su Tradition de l’Église touchant la dévotion… envers la sainte V ierge, sus Meditaciones para todo el año no pueden proceder más que de un hombre que conoce la Escritura, que conoce las Leyes del Cristianismo y del Sacerdocio, y que está versado en la vida interior

El título de su Compendio de Teología había dado pie al  Juvénal François, quien no sabía que el Autor no se sirvió de él, más que para oponerle a un Título parecido, que un Doctor Protestante había dado hacía poco a no sé qué Compendio de los Errores de la Secta. Despréaux ha pensado que había bastado con uno solo de sus versos para hundir la Obra de Abelly; y fue él mismo quien por miedo a que el Público creyera que se debiera a ignorancia, se lo hizo advertir por medio de Brossette. Despréaux se equivocó. Conozco, dice un Autor iluminado, una docena de ediciones de la Medulla, continúa, que son posteriores al Lutrin. El meollo, continúa, fue bien recibido del Público, y porque es una Obra breve y también tan rellena como un Compendio de esta naturaleza pueda serlo; y porqueel sr Abelli no había dado más que los sentimientos que se enseñaban por entonces comúnmente en Sorbona. Me sería fácil hacer ver que gente muy hábil han emitido el mismo juicio:

El amor que el antiguo Obispo de Rodés tenía al estudio, no le impidió dedicar al prójimo toda clase de servicios que se podían esperar de él. Conducía en calidad de Superior varias Comunidades de chicas y sobre todo las de las Hermanas de la Cruz; dirigía a personas de una rara piedad; formaba en la virtud por saludables consejos; y más todavía por sus ejemplos a los jóvenes Eclesiásticos. Quería tiernamente a los Estudiantes de san Lázaro, que en efecto merecen serlo; y es a su liberalidad a la que deben la Casa de Campo adonde van a descansar de sus trabajos. Dejada aparte esta buena Obra, los Misioneros le deben mucho. Los ha edificado durante su vida, ha querido descansar entre ellos después de su muerte

Tal es el autor que he seguido, mientras su plan y el mío han podido permitirlo. Con la excepción de los Procesos Verbales, que la Religión del juramento parece poner en un orden superior, ¿podía yo seguir a un Guía que mereciera más crédito? Era contemporáneo de nuestro Santo; le había tratado durante un gran número de años;  tenía relaciones estrechas con sus Hijos espirituales; no ha escrito ni una palabra que no haya comunicado a testigos oculares; sólo ha trabajado sobre Memorias, que el público había en cierto modo construido; muy lejos de poner en ellas lo suyo, la proximidad de los tiempos le ha obligado a recortar muchas cosas de las que yo he sacado provecho. Además, estaba lleno de rectitud, de candor, de probidad; y los que, para vengarse de la pureza de su fe, menos le han perdonado sus Obras, no se han atrevido a travestirlo de hombre incapaz de escribir lo que había visto u oído. Es verdad que le han atacado con viveza por el caso del Abate de S. Cyran; pero no es menos verdad que su fidelidad ha triunfado en este punto, y que las pruebas más decisivas vienen en apoyo de lo que ha escrito. Que no se sorprenda la gente pues al ver que su nombre aparezca con tanta frecuencia en esta Obra: es para nosotros lo que son las verdaderas Actas de los Mártires para los que trabajan en su Historia.

¿Pero acaso somos nosotros los únicos que emitamos sobre este punto capital un juicio tan favorable de este piadoso Obispo? Falta sin duda alguna mucho. Lo que París y las Provincias hacen para constatar la buena fe de un escritor, habla a favor de Abelly. Se verá en el Cuerpo de nuestra Historia a Ministros de Estado, a Presidentes de Mortero, a Consejeros en el Parlamento rendir a las virtudes de Vicente de Paúl un homenaje jurídico: no se verá a ninguno que no emita testimonio no conforme con el relato del Obispo de Rodés. Se verá a los Prebostes de los Mercaderes, y Magistrados de la Capital, en la incapacidad en que se hallan de decirlo todo, remitir al Padre común de los Fieles –Clemente XI-, a la Historia, que su ilustre Compatriota ha publicado de la Visa se este gran Hombre; Historia, dicen ellos, que no tiene nada menos por garantes de su exactitud y fidelidad que a un gran número de personas de toda índole, que son sus testigos oculares, y que viviendo aún entre nosotros confirman su notoriedad pública. Finalmente se verá a los Obispos de Acqs, del Mans, de Agen, y de Saintes explicarse como Señores de la Ciudad de París. No traduciré aquí más que las palabras del último.  Lo que ha escrito, dice este Prelado a Clemente XI, lo que ha escrito con la más escrupulosa exactitud Luis Abelly, hombre, recomendable por su capacidad, por la inocencia de sus costumbres, por su amor a la Religión, es, Santísimo Padre, lo que han visto en la persona de Vicente de Paúl, todos los que afectos, como nosotros lo éramos entonces, al Clero de París, tenían la ventaja de ser admitidos a su trato, de recibir sus consejos, de aprovecharse de sus ejemplos.

 Esto es más que lo necesario para establecer la pureza de las fuentes, en que nos hemos informado: feliz, quien encargado de escribir las tenga tan puras. Acabemos pues con algunas advertencias.

  1. Al hablar de los Muertos y de aquellos a quienes honro con toda sinceridad, tales como los Obispos, los Abates, los Generales de Órdenes o de Congregaciones, ha suprimido por lo general las palabras de Monseñor, Señor, u otras parecidas, de las que la educación pide que nos sirvamos, al hablar de los vivos. Así lo hice 1º. Porque este es hoy el estilo de nuestros mejores escritores. 2º. Porque el nombre Señor tiene poca gracia delante d los nombres de Bautismo, que el público tiene el gusto de saber. 3º. Porque esta clase de palabras con frecuencia se repiten tres o cuatro veces en la misma página, lo que es un fastidio. 4º. Porque el nombre de los que han ocupado grandes espacios forma de por sí en las mente del público un elogio, que pierde más de lo que gana en una denominación que se aplica a todo el mundo. Aquellos a quienes un respeto, bien o mal entendido, lleve a pensar de otra manera, no les costará mucho poner remedio al mal. La adicción de una M. o un buen consejo dado a algún lector de mesa, quitará todo el escándalo.
  2. La Historia, que permite las reflexiones, no las quiere ni largas, ni frecuentes, ni marcadas con ese falso celo que caracteriza a un solo hombre para alegrar a todos los demás a sus expensas. Yo he planeado evitar este escollo. Desapruebo toda imputación de censura personal. Con ello no iré, soso adulador, a desmentir los monumentos públicos por faltas probadas. Yo alquilaré los últimos años del célebre Coadjuteur; pero aprovecharé, en caso de necesidad, sus Memorias, que honran más a su cabeza que a su virtud. Por el mismo principio, si hago del Cardenal Mazarino un Político de primer orden, no haré de él más que un Santo del último piso. Tal es el fuerte de los grandes puestos, la verdad, después de la muerte de los que los ocuparon, se venga de la cautividad en la que la retuvieron durante sus vidas.

III. He consultado en París y en Provincias a diferentes personas sobre mi Obra. Nunca se han puestos de acuerdo. ¿Qué hacer en estos casos? Ir a lo más seguro: es el partido que he tomado. ¡Dichoso! si, a pesar de mi docilidad, la impresión permite sustituir la participación de los sentimientos.

  1. Es difícil que no me haya equivocado alguna vez en los nombres propios. Es el escollo de los que trabajan sobre piezas mal escritas, o mal impresas. Nada tan hermoso como los Procesos Verbales de la Beatificación de S. Vicente. Roma, que no admira con facilidad, admiró su método y la solidez. Pero si ellos hacen honor a quien los ha redactado, se lo hacen muy poco a quien les ha dirigido la impresión. Los nombres propios están cruelmente maltratados
  2. he entrado, y entrado más de una vez en detalles en los que algunos encontrarán minucias y prolijidad. Escribo para niños, para quienes todas las palabras de su padre son lecciones de sabiduría y de vida. Por derecho natural el gusto del hijo debe ser preferido al del extraño. Este último verá sin embargo que he respetado a menudo su delicadeza. Es lo menos que debía hacer por él. El destino de mi libro está en sus manos. Si le abandona, se convertirá en Crónica de Orden, y caerá en el olvido.
  3. Como en toda Historia que no es general, los Sumarios son bastante inútiles. Yo he recargado con ellos muy poco los márgenes de mi libro. Sobre ellos se hallará mucho más en la tabla que sigue. En ella he señalado las páginas poco más menos cada de cinco en cinco. Con ello ahorro la molestia de recorrer veinte para hallar la única palabra que se busca. De todos los seres, la desgana es el que un autor debe multiplicar menos. Esta última observación me avisa que tengo que terminar. Pasa con un como con un sermón; uno y otro, cuando cuestan poco hacerlos cuestan mucho más oírlos o leerlos.

Trad. Máximo Agustín

 

 

 

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