San Vicente (Collet) 19

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Se siguió en Pont-à-Mousson el método que se había seguido en las demás ciudades de Lorena; es decir que, para aprovecharse de los buenos sentimientos que la gratitud inspiraba a este pueblo afligido, se comenzó allí una misión. Tuvo todo el éxito que debía tener en coyunturas tan favorables: las Confesiones fueron frecuentes, comulgaron con gran piedad; todos alabaron a Dios porque en tiempo de la cólera, hacía resplandecer su misericordia tan visiblemente. Por lo demás, estas clases de misiones no fueron el único bien espiritual que procuró Vicente a los habitantes de estos dos Ducados. Como un gran número de Parroquias se encontraban sin Pastores y los niños se hallaban en peligro de morir y morían  incluso con mucha frecuencia sin recibir el Bautismo, el Siervo de Dios, cuya caridad proveía a todo, y que por otra parte no tenía bastante gente para poner remedio a un mal tan grande, hizo buscar a dos Sacerdotes extranjeros quienes bajo una retribución conveniente se encargaron de recorrer la Diócesis de Toul, de bautizar a todos los que no lo habían sido y enseñar a las personas más prudentes de cada cantón el modo de administrar este Sacramento a los niños que nacerían en adelante.

Tantos y tan importantes servicios hicieron el nombre de Vicente tan célebre en la Lorena, que repercutió por todos los lados. Le llenaban de bendiciones. Los particulares, los Párrocos, los Magistrados, todos le declaraban a porfía su más humilde agradecimiento. Pero todos le suplicaban al mismo tiempo que continuara. Ya lo hemos visto en la Carta de Metz, y lo vamos a ver otra vez en la que le escribieron en diciembre los Oficiales de la Policía de la Ciudad de Pont-à-Mousson que le decían:

Señor, el miedo de vernos en poco tiempo privados de las caridades que ha tenido a bien repartir a nuestros pobres, hace que recurramos a vos con el fin de procurarles, si os place, con el mismo celo que hasta ahora, los mismos socorros, ya que la necesidad está en el mismo grado de siempre. Hace dos años que no ha habido cosecha: las tropas han hecho comerse nuestros trigos verdes, las guarniciones continuas no nos han dejado más que cosas por compasión. Los que eran acomodados están reducidos a la mendicidad. Estos son los motivos tan poderosos como verdaderos para animar la ternura de vuestro corazón, ya lleno de amor y de piedad, para continuar sus benignas influencias sobre quinientos pobres que morirán en pocas horas, si por desgracia viniera a faltarles esta dulzura. Suplicamos a vuestra bondad que no permita estos extremos, sino que nos dé las migajas que las otras Ciudades tienen de superfluo. No sólo haréis la caridad a nuestros pobres sino que los sacaréis de las garras de la muerte, y quedaremos obligados de verdad, etc.

Las noticias, que dio a Vicente uno de sus Sacerdotes, a quien había enviado solo a S. Mihiel, le anunciaron una miseria semejante a la que asolaba Pont-à-Mousson. La primera carta que recibió de él hacia el mes de febrero, decía en sustancia, que había hallado una cantidad tan grande de pobres, que no podía darles a todos; que de estos pobres más de trescientos se hallaban en una gran necesidad, y más de otros trescientos en extrema necesidad; que había más de un centenar, cuya piel estaba tan retirada, tan espantosa, tan disecada, que no se les podía miran sin horror; que en general, las cosas eran tan espantosas como nunca se habían visto; que no vivían más que de ciertas raíces, que iban a buscar al campo; que había varias jóvenes que se morían de hambre; y que se temía que la desesperación les hiciera caer en una miseria mayor que la que les era común con el resto de la Provincia.

Este mismo Sacerdote añadía en una segunda carta  que en la última distribución de pan que había hecho, se había encontrado a mil ciento treinta y tres pobres sin contar a los enfermos que eran en gran número, y a quienes se daba el alimento y los remedios convenientes a sus males; que una caridad tan bien colocada enternecía no sólo a los que eran objeto de ella, sino a los mismos ricos, que lloraban de ternura; que los Oficiales de Justicia publicaban en voz alta que, sin este socorro, se había terminado la vida de una parte de estos desgraciados; que un Suizo, Luterano de Religión, se había sentido impresionado, que había abjurado de su herejía, y que habiendo recibido los Sacramentos, había muerto de manera edificante; que finalmente el pueblo no cesaba de pedir a Dios por ellos, por la caridad de quienes él respiraba todavía. No creo, añadía este Misionero, que personas, por quienes se ofrece a Dios tantas y tan fervientes oraciones puedan  perecer.

La conclusión de todas estas cartas era siempre la misma y no acababan casi nunca sin vivas peticiones de un nuevo socorro. Como esta Región desolada no tenía recursos sino el de la caridad de Vicente de Paúl y el santo Hombre no podía sino con grandes dificultades acudir a necesidades tan multiplicadas, dos o tres días de dilación bastaban para llevar la consternación. Así el Siervo de Dios habiendo enviado a uno de los Sacerdotes mas acianos de la Compañía, para visitar en sus departamentos a todos  los Misioneros que trabajaban en Lorena, con orden de darle una cuenta exacta del empleo de las limosnas, el orden que se observaba en las instrucciones, y en fin las de las ciudades que más sufrían: este Visitante le habló de los habitantes de S. Mihiel, en términos capaces de llevarlo a nuevos esfuerzos.

Le expuso, que la Nobleza sufría incluso más que el propio pueblo; que éste pedía pan sin cumplidos; que había por el contrario poca gente de clase, que se atrevieran a dar este paso humillante; que conocía quienes se habían muerto antes que descubrir su extrema necesidad; que había hablado él mismo con personas calificadas, que no podían, sin derramar lágrimas, ver que se entreviera su miseria, ni para socorrerla siquiera; que una Señorita, obligada por el hambre, había buscado varias veces la ocasión de perder su honor para no perder la vida y que, por la misericordia de Dios, la habían sacado de este peligro. Añadía él que no moría ningún caballo en la ciudad, fuese de la enfermedad que fuese, que no lo recogieran enseguida para comerlo; que una viuda, que no tenía ya nada, ni para ella ni para sus tres hijos, estaba a punto de comerse una culebra, cuando el Misionero que estaba encargado de hacer todo cuanto pudiera para la subsistencia de S. Mihiel, se había presentado allí para calmar el hombre que la devoraba; que los Sacerdotes de la Región que llevaban todos una vida ejemplar, no tenían ni pan ni provisiones, hasta que un Párroco de la vecindad se había visto reducido, para ganarse la vida, a uncirse con los Parroquianos, para tirar del arado. No hace falta ir, decía este visitante, donde los Turcos para ver a Sacerdotes condenados a labrar la tierra: se condenan ellos mismos a nuestras puertas, o mejor dicho, se ven obligados por la necesidad.

Acababa declarando que no podía concebir cómo su Cohermano, con el poco dinero que recibía de París, había podido hasta entonces hacer tantas limosnas en general y en particular; que, aunque quedaran aún tantas necesidades, no se habría podido nunca, sin una bendición particular de Dios, hacer todo lo que se había hecho a favor de los pobres; que había reconocido esa especie de Milagro de multiplicación por los otros cantones que había recorrido;  que estaban en duda con el celo, la sabiduría y la piedad de los Sacerdotes que habían venido a Lorena; que en articular el que trabajaba en S. Mihiel estaba lleno de caridad y de ardor; que sabía sufrir el hambre, como aquellos con quienes vivía; que había caído enfermo tanto por la falta de alimento como por la multitud de las Confesiones generales que había oíd; que era respetado universalmente, y que había en la ciudad personas que se tenían por dichosas por haberle hablado una sola vez; que en el penoso trabajo, del que se sentía abrumado, tenía el consuelo de hallar a un pueblo dócil, piadoso, a quien Dios daba en abundancia el espíritu de paciencia, y que un su pobreza estaba tan ávido de los bienes espirituales que, aunque la ciudad fuera pequeña, y la mayor parte de las grandes casas desiertas, se veían en sus Catecismos hasta dos mil personas, para tener el consuelo de oírle.

Estas cartas y otras más parecidas llevaron a Vicente a continuar socorriendo a S. Mihiel; y, aunque el nombre mismo de esta ciudad fuera odioso a Francia , porque algunos años antes -hacia finales de 1635-, un cañonazo lanzado desde sus murallas, había destrozado una parte de la Carroza, en la que estaba el Rey, no obstante el santo Sacerdote actuó con tanta fuerza, bien ante el propio Rey, a quien comprometió a disminuir la Guarnición, bien ante las personas  caritativas para que esta ciudad estuviera siempre comprendida en la distribución de las limosnas que procuraba a la Lorena.

Los Lugarteniente, Preboste, Consejo, y Gobernador  de Sainte-Mihiel se lo agradecieron tres años después en una carta común, cuyos términos son: Todas las Corporaciones y todos los miembros en particular de esta Ciudad os dan un millón de gracias por los trabajos y los cuidados que os  habéis dignado tomar para su alivio, tanto mediante la distribución de las limosnas y de las asistencias a los pobres enfermos y necesitados, como por la descarga de una parte del peso de nuestra Guarnición, suplicándoos humildemente que continuéis vuestra protección y vuestras limosnas de las que esta pobre y desolada Ciudad tiene tanta necesidad como nunca; siendo muy verdad que por este medio una infinidad de personas viven hoy, que no estarían sin ello: si se llega a reducirles o a quitarles del todo, por necesidad una gran parte de los habitantes se mueran  de hambre, o se marchen a buscarse la vida en otra parte. Sin hablar de las distribuciones que habéis mandado hacer en los Conventos, por medio de las cuales han sobrevivido, y de la asistencia que tantas  persona más vergonzantes, incluso de calidad, han recibido de vuestros Sacerdotes, en sus enfermedades y necesidades. No podemos alabar lo suficiente los grandes cuidados y el trabajo que se han tomado ni pediros con bastante insistencia la continuación de los mismos socorros para tantos enfermos y necesitados. Aparte de la gloria y del mérito que tendréis delante de Dios, etc.

Como una inducción más larga acabaría por aburrir, no hablaremos de los socorros que los Sacerdotes de Vicente de Paúl llevaron de su parte a un gran número de ciudades, de burgos y pueblos de la misma Provincia. Lo que hemos dicho es suficiente para dar a conocer que nunca hombre alguno mereció más el nombre de Padre de los pobres, y que la Lorena debe de edad en edad transmitir hasta sus últimos hijos que la mayor parte de ellos le deben la vida, porque él se la salvó a sus padres. Esto es lo que agradecieron todos los Magistrados a quienes acabamos de oír, es también lo que reconoció la Policía de Lunéville, cuyos Oficiales escribieron a nuestro Santo una carta de gratitud que será la última que transcribiremos, es ésta.

Señor, hace varios años que esta pobre Ciudad fue afligida por la peste, la guerra y el hambre que la redujeron a unos extremos en los que se encuentra todavía; en lugar de consuelo no hemos recibido más que rigores por parte de nuestros Acreedores y crueldades por parte de los Soldados, que nos han quitado por la fuerza el poco pan que teníamos, de manera que parecía que el Cielo no tenía ya más que rigor con nosotros, cuando uno de vuestros Hijos en nuestro Señor, habiendo llegado aquí cargado de limosnas, templó mucho el exceso de nuestros males, y reavivó nuestra esperanza en la misericordia  del buen Dios. Como nuestros pecados han provocado la cólera, besamos humildemente  la mano que los castiga y recibimos también los efectos de su divina dulzura con sentimientos de gratitud extraordinaria. Bendecimos a los instrumentos de su infinita clemencia, tanto a los que nos ayudan con sus caridades tan oportunas, como a los que nos las procuran y distribuyen; y a vos particularmente, Señor, a quien nosotros creemos que es, después de Dios, el principal Autor de un bien tan grande.

Digamos que se aplica a este pobre lugar, en el que los Principales se ven reducidos a la nada, es lo que el Misionero que habéis enviado os lo deducirá con menos interés que nosotros. Él ha visto nuestra desolación y vos veréis delante de Dios la obligación eterna que os  tenemos por habernos socorrido en nuestro estado, etc.

Lo que hacían los Magistrados por sus Ciudadanos, los Superiores de Comunidades lo hacían por sus Religiosos. Tenemos también una Carta del P. Félicien Vicario Provincial de los Capuchinos de Lorena, en la que agradece a S. Vicente en nombre de los Hermanos, casi a la manera que S. Pablo agradecía a Filemón porque había socorrido en su extrema necesidad a los siervos de Dios: Quia viscera Sanctorum requieverunt per te.

En el fondo, fueran los que fueran los sentimientos de gratitud  que tuvieran las Comunidades de Lorena por él, era difícil que fueran proporcionados a los beneficios. Noche y día el santo hombre se preocupaba de sus miserias, y de los medios de proveer a ellas. Sus gritos parecidos a los de un enfermo que expira golpeaban sin cesar sus oídos y su corazón. Las veía todas en la cruel situación que tenía su Patria en las Banderas del Duque de Veymar. Las lamenta en todas sus cartas, pero no se contenta con lamentarlas. Aquí hace llegar dos sumas de dinero a las Religiosas de la Visitación de Nancy, que se veían casi reducidas a llorar en secreto: allá proporciona muebles a las Anunciatas de Vaucouleurs, que expulsadas de su Monasterio, no habían encontrado, al regresar, más que paredes. Bien envía hábitos y mantas a las Carmelitas ya del Neuf-Château como de Pont-à-Mousson, donde se conserva aún una en recuerdo de su caridad. Bien en un empleo de setecientas libras destinadas a Misas por el Cardenal de Richelieu, quiere que los Franciscanos de Vic sean los mejor repartidos, porque sufren más. A menudo y muy frecuentemente actúa a la vez por todas las Órdenes Religiosas, ya exponiéndoles a todos juntos a la compasión de los que podían socorrerlos, ya alcanzándoles un Decreto del Consejo de Estado del Rey, que los garantiza de las tasas que se querían levantar sobre ellos: Decreto del que no quiso que sus Sacerdotes de Toul se aprovecharan; y ello con esta máxima tan digna de un gran Santo, Que si los Misioneros son fieles a los deberes de su vocación, no les faltarán bienes, y que si no lo son los tendrán de sobra.

No fue solamente en su propia región donde los Loreneses experimentaron la caridad de Vicente de Paúl; hubo un gran número de ellos que la sintieron en París. Se debe saber para entender esto que el Misionero, que por orden del santo Sacerdote había llevado el dinero a Lorena, expuso a Vicente mismo y a las Damas de su Asamblea que había en esta Provincia varias Jóvenes, incluso de condición, quienes no teniendo ya ni bienes ni parientes ni ningún recurso para subsistir se hallaban expuestas a la indolencia y a la brutal libertad del Oficial y del Soldado. Un peligro tan inminente asustó al Siervo de Dios. Hizo publicar en la primera Asamblea que harían venir a París a aquellas de dichas jóvenes que lo quisieran, y que se tomarían medidas para hacerlas subsistir. Se presentaron más de las esperadas: así que hubo que hacer una elección y esta elección juiciosa cayó en aquellas por quienes había más que temer. El delegado del nuestro Santo llegó a traer en diversos viajes hasta sesenta, a quienes costeó el viaje. Habrían sido más si no se hubiera visto obligado a encargarse de un gran número de niños que perecían. Vicente compartió con la Señorita le Gras el cuidado de esta nueva Colonia. La santa Viuda recibió en su casa a las personas de su sexo. Un número de mujeres de calidad que vinieron a verlas, pasaron la noticia a las principales familias de París; todas estas jóvenes fueron colocadas poco a poco, y cada una según su condición; unas en calidad de Señoritas, las otras, como Doncellas, algunas en empleos inferiores. En cuanto a los jóvenes, de que hemos hablado, el Sacerdote los recibió en S. Lázaro a la espera de colocarlos en servicio.

Ya no fue necesario por más tiempo invitar a los habitantes de la Lorena a pasar a Francia. La mano de Dios continuaba castigando rudamente a esta Provincia, y aquellos pueblos cuyas tierras no estaban bajo el dominio del Rey, estaban tan abandonados que se los veía salir como en caravanas, deslizarse entre los Ejércitos enemigos y arriesgarlo todo para encontrar un asilo, bien en París, bien en otras Ciudades del Reino. Fue esta deserción, la que unida a la mortalidad, despobló tanto a la Lorena, que según referencias de su nuevo Historiador –Calmet- que todo un siglo no ha sido suficiente para reparar sus pérdidas.

Esta trasmigración duró varios años. Los Misioneros ocupados en Toul, en Bar y en los lugares de paso la facilitaban tanto como les era posible, como lo hemos apuntado más arriba: pero Vicente fue aquel de entre todos a quien dio más trabajo. Un gran número de estos pobres refugiados venían directamente a S. Lázaro, donde estaban seguros de encontrar a un hombre, en cuya casa todo era uno en Jesucristo, y quien, cuando se trataba de cumplir los deberes de la caridad, tenía cuidado del extranjero, sin perjuicio del Ciudadano. La gente de bien le enviaba a aquellos que no se atrevían por sí mismos a presentarse a él. Vuestra caridad es tan grande, le escribía en 1643 el R. P. Pierre Fournier Rector del Colegio de Nancy, que todo el mundo recurre a ella. Todos os consideran aquí como el asilo de los pobres afligidos. Por eso muchos vienen a mí, a fin de que os los envíe o que por este medio lleguen a sentir los efectos de vuestra bondad. Éstos son dos cuya virtud y calidad animaron con todo derecho vuestro corazón caritativo a ayudarlos.

Para no desanimarse por una concurrencia que no se acababa nunca, hacía falta un corazón tan vasto, tan dilatado por la caridad, como lo era el de Vicente de Paúl: pero la liberalidad, que tantas lecciones no enseñan sino débilmente a aquellos que estarían más en condiciones de ejercerla, era como el fondo de su temperamento. Los Loreneses lo experimentaron: reconocieron con gozo que esta Sacerdote, cuyo nombre era tan famoso en su Región, estaba por encima de su reputación. El santo Hombre, mientras esperaba que se los pudiera colocar de manera que se ganaran de qué vivir, los hizo alojar en diferentes lugares del vecindario. Les procuró pan y ropas; y al darse cuenta que había muchos que, por falta de Pastores, de los que unos se habían muerto, los otros habían emprendido la huida, no se habían acercado hacía tiempo a los Sacramentos, hizo que les dieran Misiones dos años seguidos por la Pascua en la Parroquia de la Chapelle, pequeña población no lejos de París, como a media legua. Esta proximidad fue ocasión para muchas personas de condición de acudir allá. Los Eclesiásticos de la Conferencia se distinguieron en ellas por su asiduidad al trabajo, y las Damas de la Asamblea por sus limosnas. Así fue como Vicente siguió encontrando el medio de proveer a las necesidades del alma y a las necesidades del cuerpo.

La segunda misión, en la que trabajó el sr. Perrochel fue todavía más favorable a los pobres Loreneses de lo que había sido la primera. Un laico, llamado Droüart, difundió en ella el fuego de la caridad, y a pesar del agotamiento, que producían socorros tan largos y tan abundantes, se vieron en la necesidad de dar pan, al menos por algún tiempo, a los que habían venido a buscarlo de tan lejos. Uno de ellos que era hermano de un Canónigo de Verdun, recibió de él una carta por la que le decía que la miseria le había reducido a dejar el servicio de su Iglesia, en la que no hallaba más que un pan de lágrimas y de dolor; que se había a puesto a trabajar la tierra para tener de qué vivir, pero que al fin el gran trabajo y el escaso alimento le habían debilitado tanto que no podía ya hacer nada ni evitar la muerte si no recibía pronto asistencia. En verdad, decía para concluir su carta, no sé dónde hallar este socorro, sino a vuestro lado, querido Hermano, que tenéis la suerte de ser recibido y favorecido por uno de los más santos y  más caritativos Personajes de nuestro siglo infortunado. Por medio de vos espero la suerte de parte del sr. Vicente. Su esperanza no fue en vano. El Siervo de Dios no abandonó a un Sacerdote de Jesucristo, que no tenía ya más que in soplo de vida, y sin perder un instante, le envió todo lo que necesitaba para salir de tan triste situación.

Fue por este tiempo y por un motivo semejante, cuando el santo Hombre se encargó de una Comunidad de Religiosas Benedictinas, que estaban a punto de morirse de hambre. Habían venido de Remberviller a S. Mihiel, para establecerse allí. Un tiempo de carestía, y de una carestía que despoblaba los Monasterios más antiguos no era muy apropiado para una Fundación.

El de los Hijos de Vicente de Paúl, que trabajaba en S. Mihiel, se lo comunicó. El Santo después de hablarlo con las Damas de su Asamblea, hizo venir a París a estas Religiosas abandonadas. Eran catorce. Las recibieron y les trataron con toda la atención, que merecen una Mujeres consagradas a Dios. El modo edificante de conducirse, dio a entender que Dios no las ponía a prueba sino porque eran agradables a sus ojos. Pero al final, les dio en Francia lo que no habrían encontrado quizás en Lorena.

Unas damas de piedad y entre otras la Condesa de Château-vieux y la Marquesa de Baume, que deseaban ardientemente que hubiese un Monasterio, destinado a reparar por una adoración perpetua los ultrajes hechos a Jesucristo en la Eucaristía, las creyeron muy oportunas para este plan. Ana de Austria participó con mucho por un voto que había hecho de lograr la paz en su Reino. Esta augusta Reina vino en persona a colocar la Cruz en la puerta de esta Comunidad, y dando a sus súbditas uno de esos ejemplos de Religión, que impresionan y entusiasman, se postró con una antorcha en la mano a los pies del Hijo de Dios para hacerle una reparación solemne por las injurias que recibe todos los días en el Sacramento de su amor. Es todavía hoy uno de los primeros deberes de estas mismas Religiosas, una de las cuales debe, día y noche, de rodillas en medio del coro, con la cuerda al cuello y al pie de un poste, esforzarse por ablandar la cólera de Dios por medio de esta postura humillante, y más todavía por los gemidos de su corazón.

Como las desgracias de la Lorena continuaban, y Carlos IV, más ávido de sitios y de batallas que atento a la tranquilidad de su pueblo no hacía nada que no amenazara a sus súbditos con una ruina total, un buen número de personas de uno y otro sexo que entreveían en la extrema desgracia de sus amigos y vecinos la que estaba para caer sobre ellos, tomaron para prevenirla el partido llevarse lo que pudieron de los restos de su bienes y venir a París. Pero después de gastarse todo el dinero que habían sacado de la venta de sus efectos, se encontraron en su mayor parte reducidos a una necesidad tanto más enojosa de lo que podían pensar. La vergüenza de verse en un estado tan distinto del que habían vivido hasta entonces, les cerraba la boca, y estaban decididos a sufrirlo todo antes que dar a saber que sufrían. Una persona de honor y de méritos, habiéndose enterado, se lo dijo al santo Sacerdote, y le propuso la idea de que tenía de buscar los medios para hacerles subsistir. Vicente, quien desde hacía años ponía a contribución su casa y sus mejores amigos de París, se hubiera debido sentir naturalmente muy confuso ante una propuesta parecida: sin embargo la aceptó no sólo con gozo sino también con mucha gratitud. Oh Señor, le dijo a quien acababa de hacérsela, oh Señor, ¡qué feliz me hacéis! Sí, añadió con aquella sabia sencillez, que expresa el Espíritu de Dios, es justo asistir y socorrer a esta pobre Nobleza para honrar a Nuestro Señor, que era muy noble y muy pobre a la vez.

En un asunto tan urgente el retraso era mortal: Vicente se entregó a él en primer lugar, y después de consultar a Dios según su costumbre, tomó tres resoluciones: la primera no tocar las limosnas que debían llevarse de continuo a Lorena, donde eran necesarias a miles de pobres. La segunda no echar esta nueva carga a la cuenta de las Damas de su Asamblea, que necesitaban ya de toda su virtud para continuar lo que habían comenzado con tanta generosidad. La tercera, formar una Asociación de Señores, que llenos de fe, de caridad, y de sentimientos, tuvieran a honra prestar a gente de clase, como ellos mismos,  todos los servicio que hubieran querido recibir de ellos en una situación parecida.

El Santo reunió a siete u ocho de este de estas características, y les habló sobre este asunto, de una manera tan viva y eficaz, que personas menos dispuestas de lo que lo estaban aquellos Señores, se habrían sentido conmovidos. Se acordó por unanimidad que se reunirían para sacar de apuros a aquella Nobleza afligida, que se tomaría cuenta de la situación de las personas de cada familia, y que se proporcionaría el socorro al número y a la calidad de los que tenían necesidad. El sr Barón de Renty, a quien Dios había dado a su siglo para hacerle conocer que un hombre de  clase puede, sin salir del mundo, unir a los compromisos de su clase la mortificación del claustro, el reposo de la contemplación, el celo y la actividad  del Apostolado; este santo Hombre, que en pocos años  cumplió una larga y gloriosa carrera, fue encargado de ir de explorador. Según su informe, los que componían la nueva Asamblea escotaron todos y colaboraron con lo necesario para la subsistencia de un mes. Al cabo de ese tiempo se dirigieron a S. Lázaro, donde tenían sus sesiones e hicieron lo mismo para el mes siguiente, y como en aquel siglo tormentoso nuevas necesidades siguieron a las primeras, Vicente supo tan bien mantener de mes en mes mantener su primer fervor, que continuó durante cerca de veinte años. Se puede, sin titubear, poner a esta ilustre Asamblea en el número de las grandes obras de las que fue Promotor el santo Sacerdote. Encontró en ella recursos extraordinarios para una infinidad de necesidades diferentes; y se sirvió de ella ya para detener desórdenes perniciosos, ya para procurar un gran número de bienes considerables.

El que se destinó a la Nobleza de Lorena duró alrededor de ocho años. Se lo sazonó con todas las honestidades que pueden suavizar todas las amarguras que el solo nombre de limosna lleva consigo. Los de la Asamblea no se contentaban con llevar cada mes a aquellos pobres Gentilhombres con qué subsistir, les hacían de vez en cuando visitas de amistad y de cortesía; les daban muestras de un verdadero respeto; los consolaban con palabras tiernas y comedidas y les prestaban en sus asuntos todos los servicios que podían prestarles. Cuando los disturbios de la Lorena fueron suavizándose, la mayor parte se volvieron a sus casas. Vicente tuvo cuidado no sólo de darles lo necesario para el viaje, sino también con qué subsistir por algún tiempo, cuando llagaran a su Región. Con respecto a aquellos, a quienes la pérdida total de sus bienes o sus asuntos domésticos, retuvieron más tiempo en París, el santo Sacerdote no dejó nunca de ayudarles. Se necesitaba tanto más valor para continuar haciéndolo, porque por entonces mismo el Siervo de Dios se vio obligado a socorrer a otros que no cedían a los primeros ni en nacimiento ni en necesidades.

Inglaterra hecha, eso parece, para ser el Teatro de las revoluciones más sorprendentes, había empuñado las armas contra su Rey. Olivier Cromwel, a quien su elocuencia, su valor, su intrepidez, su disimulo profundo, su negra hipocresía, su humor cruel y vengativo, daban en abundancia todo cuanto contribuye a formar a estos ilustres desalmados, a quienes parecen estar reservados los atentados de primer grado, y que sólo ellos pueden llevar los crímenes hasta su colmo: Cromwel, digo, bajo pretexto de restablecer la pureza del Evangelio y desterrar un Papismo pretendido, acostumbraba poco a poco al pueblo y a la Cámara alta del Parlamento a no ver más que a un tirano en la persona de su Príncipe legítimo; y daba a entender gradualmente al propio Carlos I el vergonzoso cadalso en el que sus propios súbditos le hicieron decapitar años después -el 9 de febrero de 1649-, o resulta difícil creer que durante estos terribles movimientos los Católicos tenían que temerlo todo del furor de los facciosos. Esto fue lo que determinó a una serie de Señores y de Gentilhombres de Inglaterra y de Escocia a retirarse a Francia, asilo ordinario de la Religión perseguida.

El Barón de Renty, siempre ocupado en descubrir a los necesitados, fue el primero que informó a Vicente de Paúl de la buena obra que se ofrecía. Hablaron uno y otro de la Asamblea de los Señores, con todo el celo que inspira una viva y santa caridad. Resolvieron que se haría por estos Nobles Ingleses lo que se hacías desde hacía algún tiempo por la Nobleza de Lorena. El sr de Renty se encargó de la distribución  de una parte de las limosnas. Las llevaba todos los meses a pie, solo por lo común, a los barrios más distantes que había escogido él mismo para tener más méritos. La muerte que se lo llevó en la flor de la juventud, y el mismo año que fue decapitado el Rey de Inglaterra, hizo más difícil ciertamente la continuación de este socorro, pero no lo disminuyó. Vicente continuó con él durante casi todo el resto de su vida. Ya que si bien Cromwel, pérfido hasta el último suspiro, hubiera muerto -11 de setiembre de 1658- antes que nuestro Santo, el encanto con que había fascinado a los ojos de su Nación, no se rompió tan pronto, necesitó más de quince meses para sentir la eterna infamia de que se había cubierto, dejando morir tranquilamente en su lecho al más infame usurpador, que haya existido nunca. Así fue como poco tiempo antes del fallecimiento del Siervo de Dios, estos ingleses fugitivos pudieron regresar a su País, y disfrutar de la escasa libertad que tienen los Católicos en un Reino, en el que se permite ser todo lo que se quiera, mientras no sea lo que se debe ser.

Aun cuando el santo Sacerdote no hubiese contribuido a tantos bienes más que con sus consejos, sus exhortaciones y los movimientos continuos que se vio obligado a hacer durante tantos años, no se necesitaría más para hacer que su memoria fuera preciosa para todos aquellos que conocen el precio y el mérito de la caridad.

Ya que a fin de cuentas, se sabe lo que cuesta pedir y pedir sin cesar, aunque no se haga para uno mismo. Pero el Siervo de Dios no se quedaba en las palabras. El Señor Vicente, dice en propios términos uno de los primeros Señores de la Asamblea,  de la que acabamos de hablar, era siempre el primero en dar. Abría el corazón y lo abría de tal manera que cuando faltaba algo, lo ponía de lo suyo y se privaba de lo necesario para acabar el bien  comenzado.

Estos son dos ejemplos de los que este mismo Señor nos ha transmitido el primero y el sr Abelly el segundo.

Un día que se necesitaban trescientas libras para que la suma que se distribuía cada mes estuviera completa, el santo Hombre las dio enseguida. Era una cantidad que le habían dado para comprarse un caballo, por aquel del que se servía era tan viejo y tan malo que varias ocasiones se había caído: pero como las necesidades de los pobres le incumbían más que las propias, prefirió el riesgo de herirse a no socorrerlos.

En otra ocasión y en una circunstancia muy parecida, se necesitaron veinte doblones. Vicente llamando al Procurador de la casa, lo llevó aparte y le preguntó en voz baja cuánto dinero tenía. No tengo, le respondió éste,  más que lo absolutamente necesario para alimentar mañana a la comunidad que, como ya sabéis, es hoy muy numerosa. Pero cuánto tenéis, preguntó Vicente: cincuenta escudos, replicó el otro, y en toda la casa no encontraríais un óbolo más. En nombre de Dios, continuó el Santo,  vaya a traérmelos. El Procurador se vio obligado a soltar la presa, y Vicente que prefería reducirse a pedir prestado para que vivieran los suyos, antes que abandonar a uno solo de aquellos extranjeros, para quienes él era el único recurso, dejó a su casa sin dinero, para no rebajar en nada cuanto les había prometido. Pero la Providencia no abandonó a un hombre que descansaba tan plenamente en ella.

Uno de los de la Asamblea, que había escuchado, juzgando la petición la petición del santo Sacerdote por la respuesta, que le dio el Procurador admiró la generosa caridad de este gran Siervo de Dios; dio parte de ella al resto de la Compañía, y alguien de los que la componían se sintió tan impresionado que, a partir de la mañana del día siguiente, envió como limosna a la Casa de S. Lázaro una bolsa de mil francos. El Procurador quedó satisfecho, pero los pobres ganaron con ello más que él. El dinero y el lodo eran absolutamente la misma cosa a los ojos de Vicente de Paúl; y si prefería lo uno a lo otro, era tan sólo en relación al bueno y santo uso que se podía hacer de él. Así no tenía en nada  los gastos enormes que se veía obligado a hacer. Lo que le llegó al alma en el curso de una guerra tan sangrienta, fue la blasfemia, la licencia, el sacrilegio, las profanaciones de las cosas más santas, los asesinatos, las crueldades perpetradas en un millón de personas con frecuencia inocentes, la desolación de las Provincias, la ruina de un gran número de familias, que se hallaban expuestas a todos los crímenes, que lleva consigo una excesiva pobreza.

Las largas y serias reflexiones que hizo sobre todos estos males le decidieron a arriesgarse a dar un paso cuyo éxito era más que dudoso, y que a los Políticos del siglo les costará mucho perdonarle. Fue a ver al Cardenal de Richelieu, de quien hemos advertido más de una vez que era reflexivo. Después de exponerle, con todo el respeto y todos los miramientos posibles, la miseria de los pueblos, las ofensas hechas a Dios, y todos los desórdenes, que son la consecuencia ordinaria de una larga y cruel guerra, se arrojó a sus pies y le dijo con una voz animada por el dolor y la caridad: Monseñor, dadnos la paz: tened compasión de nosotros: dad la paz a Francia. Un grande y formidable Ministro quiere que todo el mundo, al menos en su presencia, vea que tiene razón: sin embargo el sr de Richelieu no se ofendió por la libertad de nuestro Santo, se sintió incluso impresionado por el modo como le hablaba; le dijo con mucha bondad que trabajaba en serio por la pacificación de Europa, pero que no dependía de él solamente, y que había dentro y fuera del Reino un gran número de personas cuya colaboración era necesaria para concluirla.

Fue durante el curso de la misma guerra cuando Vicente se encargó de una comisión más aventurada todavía que la conversación que acabamos de relatar; porque hacía escuchar al Cardenal que había algo mejor que hacer que lo que hacía actualmente. Algunas personas que amaban a la Iglesia y los que sufrían por ella, vinieron a ver al Siervo de Dios en el tiempo que Inglaterra estaba coaligada contra su Rey, y le rogaron que expusiera al Ministro, que Irlanda sufría mucho; que sería gloria de un Cardenal, que tenía toda la confianza de su Ministro, ir en auxilio de un pueblo que no estaba perseguido más que por  amor a la Religión de sus Padres; que el Papa le secundaría y ofrecía cien mil escudos.

Pareció en esta ocasión delicada y crítica, que se camina con seguridad cuando se camina con sencillez. El sr de Richelieu respondió al santo Sacerdote con una flema, que perdía de vez en cuando, Que Luis XIII tenía demasiados adjuntos para llevar sus armas a Inglaterra; Que los cien mil escudos, que ofrecía el Papa, no eran nada; Que era toda una máquina un Ejército y que no se movía sino con grandes dificultades; Que se necesitaban tantos Bagajes, tantos Ejércitos, tantos Convoyes por todas partes, que millones no serían suficientes. Vicente se sintió más afligido que sorprendido por la inutilidad de sus esfuerzos, pero tuvo al menos el consuelo de haber hecho todo lo que dependía de él, para detener el curso del pecado y para procurar el verdadero bien de los Católicos. De este modo Irlanda quedó abandonada; el Duque de Lorena demasiado afecto a los Españoles se vio más presionado que nunca; y Felipe IV, que quería perder Francia, se perdió él mismo en un solo día la Corona de Portugal, en una revolución cuyo final convirtió en formidable en todas las Cortes extranjeras al Ministro del Cardenal de Richelieu, quien quizás no había tomado parte alguna en el asunto.

Trad. Máximo Agustin

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