San Vicente (Collet) 18

Mitxel OlabuénagaVicente de Paúl1 Comment

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Sumario

 

-Horrible estado de la Lorena bajo el Duque Carlos IV. Furor de los Suecos que la devastan. Dificultad de socorrer a esta Provincia.

-Nuestro santo se encarga de ello. Socorros llevados a la Ciudad de Toul, a la Ciudad de Metz, a la Ciudad de Verdun, a Nancy, a Bar-le-Duc.

-Santa muerte de Germain de Monteuit que trabajaba allí: elogio de este Misionero por el Rector de los Jesuitas.

-Pont-à-Mousson socorrido, así como la Ciudad de S. Mihiel y la de Lunéville.

-Agradecimiento de los Loreneses. Vicente auxilia a los refugiados en París.

-Procura un lugar de retiro a una Comunidad Religiosa. Extrema necesidad de varios Loreneses.

-Vicente forma una Asamblea de Señores para ponerles remedio. Este remedio más difícil a causa de la opresión de los Católicos de Inglaterra.

-Retrato de Cromwel. Esfuerzos y generosidad del Santo. Ruega al Cardenal de Richelieu que dé la paz. Sumas prodigiosas envidas a Lorena. Protección de Dios sobre el que las llevó

-Santas ocupaciones de la Congregación. El Obispo de Ginebra la establece en Annecy. Erección de los Seminarios mayores. Medios que el Santo quiere que se usen para lograr que triunfen los Seminarios. Cree que no se ha de dispensar a nadie. Ocupaciones de los que allí trabajan. Frutos que nacen de los Seminarios, en París, en Bretaña, en el Querci.

-Confesión del sr Alain de Solminihac. Vicente predice que el sr de Arenthon será obispo de Annecy.

-Hace la visita a las Ursulinas de Beauvais.

-Madame de Chantal viene a París. Su muerte, revelación de su gloria; elogio de esta Dama. Servicios prestados a su Orden por el Santo.

-Idea que tuvieron de Vicente las Hijas de Santa María, tanto de la Ciudad de S. Denys en Francia, como de la Capital.

-Talento que empleó para calmar las penas de espíritu y humillar la vanidad. Quiere dimitir del cargo de Superior de estas Damas. Ellas se oponen.

-Prohíbe a los suyos la dirección de las Religiosas.

– Muerte de Luis le Breton.

-La Congregación de la Misión establecida en Roma. El Santo convoca una Asamblea general. Abdica de su cargo, forzado a continuar.

-Muerte del Cardenal de Richelieu. Enfermedad de Luis XIII. Muere en los brazos de S. Vicente.

-Consejo de Conciencia. Vicente es admitido bien a su pesar. Presenta al Consejo un plan de conducta. Mazarino se hace dueño de una parte de los asuntos. Rasgo de firmeza y de sabiduría de nuestro Santo. Avisos que da a un Capellán que  era tentado de prepararse el camino para Obispo.

– Su conducta con respecto a un Religioso que tenía una idea parecida. Recorta diversos abusos. Su violencia contra la simonía.

-Calumnia atroz contra el Santo, Dios la castiga. Servicios que presta al Episcopado. Termina con una discusión sobre el Obispado de S. Pablo de Leon.

-Traslado del Obispado de Maillezais a la Rochelle. Celo del Santo contra los Hugonotes. Sus correcciones al sr de Molé a propósito de las apelaciones como abusos. Sus idea sobre el uso de las Censuras.

-Servicios que prestó a los Canónigos Regulares de Santa Genoveva, de Chancelade, de Prémontré, etc., a  la Congregación de S. Maur, a la Orden de S. Antonio, etc. Lo que hizo por las Comunidades de Hijas. Tormentas que su firmeza levanta.

-Su conducta sobre las dimisiones de Abadías. Restablece la paz en los Monasterios de la Perrine y del Estival. Disipa una secta de Iluminados, manda proscribir los duelos y desterrar la indecencia de la comedia.

-Nobleza y generosidad de sus sentimientos. Rechaza una suma de cien mil libras.

-Sus talentos para el Consejo de los Reyes. Principios de estos talentos. La Congregación se establece en Marsella y en Sedan. Peligrosa enfermedad del Santo. Uno de sus Sacerdotes ofrece su vida por la de él.

-Proyecto de una Misión en Babylone. Sentimiento del Cardenal de la Rochefoucaut sobre la residencia de los Superiores.

– Seminarios de Saintes y del Mans. Fundación en Túnez. Elogio de Luis Guérin y de Juan le Vacher.

-Católicos de Irlanda perseguidos por Cromwel, ayudados por S. Vicente. . Sacerdotes llamados al orden, desgracia del sr Olier, conducta del Santo en esta ocasión. Asunto de S. Méen, y sus consecuencias. Estima y caridad mutua de los contendientes. Raro desinterés del santo Sacerdote.

-Proyectos de Misión en Salé y en Babylone. Oposición del sr d’Horgni. Sabia réplica del Santo. Misiones en Irlanda. Consejos impartidos a los son enviados allí.

-Vicente se asocia a los trabajos de sus Sacerdotes. Servicios prestados a las Hijas de la Povidencia, a las Jóvenes Huérfanas, a las Hijas se Santa Genoveva, a las Hijas de la Cruz. Dos reflexiones sobre este particular.

-La Congregación se establece en Génova, y por quiénes. Elogio del Cardenal Durazzo. Vicente pierde a dos excelentes Sujetos.

 

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Aunque S. Vicente de Paúl nos haya dado hasta ahora pruebas de la virtud más exacta y de la caridad más extensa, es preciso sin embargo confesar que la carrera que ha completado en una edad ya avanzada, es tan grande que tiene algo de prodigiosa. Que se olvide pues, si se puede, todo cuanto ha hecho durante más de cuarenta años, vamos a encontrar todavía en él con qué ponerle en paralelo con los hombres de misericordia que han honrado a la Iglesia en sus más hermosos días. La compasión por los miserables y el celo por la salvación de los pecadores van a formar aquí, como en otras partes, su primer carácter; pero como las ocasiones estarán más presentes que nunca, lo veremos también cumplir de la manera más distinguida y más admirable el glorioso nombre de Padre de los desdichados, que todo su siglo le ha dado. Las ayudas que dará a la miseria y a la indigencia no se limitarán ni a algunas familias, ni a algunas Parroquias, ni a una clase particular de pobres: se extenderán a vastas Provincias, y en estas Provincias tendrán por objeto a las personas consagradas a Dios, como a los Seculares, a los Nobles como a la gente del Pueblo, a aquellos que hasta entonces habían vivido en la abundancia como a aquellos a quienes la bajeza de su condición había dispuesto más a sufrir. Todos estos diferentes estados constituirán el campo de su caridad, porque todos serán golpeados por la mano de Dios y reducidos por ella a la más humillante necesidad.

La Lorena y el Ducado de Bar fueron el primer campo que se abrió a su celo. Estas dos Provincias en otro tiempo tan pobladas, tan fértiles y tan abundantes, tenían por Soberano, desde hacía trece años, a Carlos IV. Príncipe valiente, intrépido, ávido de gloria, bastante fuerte como para dar inquietud a sus vecinos, demasiado débil para sostenerse contra a ellos, siempre presto a buscar acomodos y más presto todavía a romperlos. Un héroe de esta hechura tenía todo lo que era necesario para desolar sus propios Estados, y apenas podía contar con la protección del Dios de los Ejércitos, sobre todo desde que, cansado de su Esposa, a quien debía la Corona, hubiera contraído un segundo y escandaloso matrimonio con la Princesa de Cantecroix.

Fue durante el tiempo, en que estaba muy ocupado en este criminal proyecto cuando la Lorena se convirtió en Teatro de horror. Los Imperiales, los Franceses, los Españoles, los Suecos, los Loreneses mismos, si bien naturalmente Ciudadanos, la devastaban uno tras otro y a veces todos a la vez. El que la defendía apenas la cuidaba más que el que era su más cruel enemigo. El Duque de Veymar, a la cabeza de las Tropas de Suecia, a las que la diversidad de Religión volvía más furiosas, fue el que más la machacó. Se dice que llevaba en sus Estandartes a la Lorena bajo la figura de una mujer, cortada a hacha de la cabeza a los pies, y rodeada de soldados, que en una mano tenían una espada cortante y en la otra una antorcha encendida. Si este hecho es verdad, nunca figura alguna de este género ha sido mejor cumplida. Los suecos, ya dispersos en sus cuarteles, ya reunidos en corporación, se conducían en esta región desafortunada algo así como se conduce un león enfurecido en un corral que ha forzado. No respetaban ni lo sagrado ni lo profano. No se olvidaban ni de las crueldades ni de las violencias. Ninguna seguridad para la pureza de las Vírgenes, ni siquiera en el seno de los Monasterios; ningún viajero en los grandes caminos, ni rebaños en los campos, ni descanso de un hombre que dormía al lado de otro, con el justo miedo a ser degollado por él para servir de alimento.

Una parte de las ciudades, de los burgos y de los pueblos estaban desiertos, los otros estaban reducidos a cenizas. Aquellos, de los que el Soldado no se había podido apoderar, sufrían todo lo que la peste y el hambre tienen de más terrible; sus habitantes lívidos, macilentos, desfigurados, se sentían felices cuando podían comer en paz la hierba y las raíces del campo. La bellota y los frutos salvajes se vendían corrientemente en el mercado como alimento del hombre. Los animales muertos, las carroñas más infectas se buscaban con avidez, o más bien con una especie de rabia. Una madre se asociaba a otra para comerse con ella a su propio hijo, con promesa de pagarle con la misma moneda. Se colgó a la puerta de Nancy a un hombre convencido de matar a su hermana por un pan de suministro. Todo lo que las hambres de Samaria y de Jerusalén tuvieron de más terrible lo era menos todavía que lo que se vio entonces. No sabemos si durante el sitio de la ciudad santa los niños hayan devorado a los que les habían dado la vida: estos horrores estaban reservados a la Lorena, no nos atreveríamos a referirlos si no tuviéramos delante de los ojos a autores contemporáneos, que nos han transmitido el funesto recuerdo. Es lo que hizo decir al Padre Caussin, que vivía entonces, y que era Confesor de Luis XIII, que la Lorena era el único país del mundo, que hubiera dado al Universo un espectáculo más horrible que el del último sitio de Jerusalén: Sola Lotharingia Jerosolymam calamitate vincit.

Las ciudades de las que se había apoderado el Rey, o que estaban ya bajo su dominio como Nancy. Bar-le-Duc, Toul, Pont-à-Mousson, Metz, Verdun, y otras, respiraron por algún tiempo más; pero al fin siguieron el destino del resto de la Provincia: ésta es la situación que acabamos de describir; y en la época a la que nos ha llevado nuestra Historia, estaban también reducidas a la extremidad.

Era muy difícil llevarles ayuda. Cinco ejércitos, que mantenía Francia entonces, consumían una parte de los auxilios que la caridad hubiera dedicado, en tiempos menos tormentosos, a las necesidades de los pobres. Todos se quejaban como suele hacerse en las calamidades públicas. Estaban aterrados por el presente y el futuro no ofrecía nada qua pudiera tranquilizar. Así estaban las cosas, cuando Vicente, animado por el espíritu, del que estaba lleno el primer Sacerdote de la Ley antigua, se colocó entre los vivos y los muertos; detuvo el incendió, que devoraba a la multitud; llevó a cabo con tanto orden como valor las obras espirituales y corporales de misericordia  en los lugares en que las reglas de la humanidad no eran ya conocidas; y enarboló el Estandarte de la caridad, en un País donde la justicia no tenía ya fuerza, donde la autoridad legítima era tenida en nada, donde las leyes de los soberanos no emitían más que un sonido débil e impotente.

El Siervo de Dios encendió mediante el fuego de su discurso y sus mismas lágrimas  el espíritu de compasión que necesitaba ser reanimado. Puso en movimiento a las piadosas Damas de su Asamblea, acudió a la Duquesa de Aiguillon y hasta a la Reina, aunque no tuviera motivos de estar contenta con la región a favor de la cual se acudía a ella. Él dio siempre el primer ejemplo de una santa y generosa liberalidad. Prefirió de alguna manera ver sufrir a los de su Congregación que ver sufrir por más tiempo a los pobres de Jesucristo. Desde los tiempos del sitio de Corbie, había retirado a los suyos un pequeño entremés en la mesa, que se había dado hasta entonces, y que no se ha recuperado aún: ero en el tiempo de las desgracias de la Lorena redujo a su Comunidad al pan moreno: Este es, decía a sus Sacerdotes, el tiempo de la penitencia, ya que dios aflige a su pueblo, es por nosotros que somos sus Ministros, una obligación de estar al pie de los Altares para llorar sus pecados: pero es preciso que hagamos algo de más, y debamos sacrificar para su ayuda una parte de nuestro alimento ordinario. Sus hijos no murmuraban, porque él seguía con más rigor que nadie la ley que imponía a los otros.

Los trabajos que se dio el santo Sacerdote no fueron infructuosos. Se vio poco  a poco en situación de salvar la vida y a menudo el honor a los habitantes de veinticinco ciudades, y de un número infinito de burgos y de pueblos que estaban muy apurados. Alimentó a una multitud de gente hambrienta; hizo para un montón de enfermos, que con frecuencia dormían en las plazas públicas, toda clase de ayudas que podían esperar de la caridad más sensible, Procuró ropas a aquellos que no las tenían; es decir (pues  podía haber equivocaciones) no sólo a un número prodigioso de la hez del pueblo de toda edad y de todo sexo; pero también a cantidad de jóvenes de clase, que estaban a punto de perecer en más de un sentido; a cantidad de Religiosos, cuyos Monasterios habían sido saqueados; a cantidad de Vírgenes consagradas a Dios, que estaban tan desfiguradas como aquellas de las que habla Jeremías; que, en su mayor parte, no tenían ni velos ni calzados, y que, cubiertas de harapos igualmente ridículos y extraños, habían anunciado hasta entonces  a toda Europa el exceso de su aflicción y de su pobreza.

Como una sabia economía en el manejo de las limosnas es uno de los mejores medios de que se pueda servir para el trato con los que las han dado y hacerlas útiles a los que las reciben, Vicente tomó en la distribución, que le encargaron hacer, todas las medidas de una prudencia consumada. Envió a doce de sus Misioneros llenos de celo y de inteligencia a diferentes lugares de la región, les asoció a cinco Hermanos de la Congregación, que tenían secretos contra la peste y que conocían la Medicina y la Cirugía. Les puso en las manos un largo y sabio Reglamento, por medio del cual no podían ofender ni a los obispos, ni a los Gobernadores, ni a los Magistrados. Les prescribió que consultaran a los Párrocos o, cuando no los había, cosa que pasaba a menudo, a las personas más cualificadas de los lugares que visitaban, a fin de evitar la sorpresa y de proporcionar los auxilios a las necesidades y a la situación de aquellos a quienes debían aplicarse. Aunque las Damas de su Asamblea se presentaran incondicionalmente a él y le dejasen una libertad completa de disponer a su gusto de las grandes sumas que le ponían en las mano, no hizo nunca nada sin escucharlas: a menudo incluso quería recibir por sí mismo o por otros las órdenes de la Reina, para seguir en todo la intención de los bienhechores y evitar toda sospecha de acepción de personas.

Siguiendo este plan es como supo contentar a todo el mundo y sobre todo a los pobres, nación con frecuencia intratable, casi siempre dispuesta a los murmullos y a las quejas, raramente tan ocupada en el bien que se les hace como el que se imagina que se les podría todavía hacer. Es verdad que el santo ardor que supo comunicar a las mejores familias de París, las condujo a realizar durante cerca de veinte años esfuerzos que la posteridad tendrá dificultades en creer: pero como el mal era casi universal, y en el más alto grado que se pueda imaginar, era necesario, si se me permite expresarme a sí, multiplicar con la atención y el buen orden auxilios que, aunque muy considerables en sí mismos, no dejaban de ser con mucho inferiores a las necesidades que se querían cubrir.

Aunque en materia de miseria y de indigencia, el detalle se resienta por necesidad de la bajeza del asunto, no podemos así y todo sacrificar a la delicadeza de ciertos lectores el relato de un número de particularidades, que son tan propias para edificar la caridad como pesadas a la imaginación.

La Ciudad de Toul fue la primera que experimentó las bondades de Vicente de Paúl. Sus Misioneros que, como lo hemos dicho en otra parte, tenían ya allí una Fundación, le enviaron ese mismo año – diciembre de 1638-  un Certificado de Jean Midot Doctor en Teología, Gran Arcediano, Canónigo, Vicario General durante la vacante de la Sede Episcopal, y Consejero en el Parlamento de Metz. Daba fe en él, De que los Sacerdotes de la Misión continuaban desde hacía unos dos años, con mucha edificación y caridad, aliviando, vistiendo, alimentando y medicando a los pobres; en primer lugar, dice él, a los enfermos, de los que han retirado a sesenta a su Casa, y un centenar que están alojados en los arrabales. En segundo lugar, a muchos otros pobres vergonzantes reducidos a una gran necesidad, y refugiados en esta ciudad, a los cuales dan limosna. Y en tercer lugar, a varios pobres soldados, de vuelta de los Ejércitos del Rey heridos y enfermos, que se retiran también a la Casa de dichos Sacerdotes de la Misión y al Hospital de la Caridad, donde les dan alimento y trato: por cuyas acciones caritativas, demás comportamientos, la gente de bien queda grandemente edificada. En testimonio de lo cual, hemos formado y hecho contrafirmar, etc.

Este certificado fue seguido de otros dos, que dieron las Religiosas Dominicas de las dos casas de Toul. En ellos hacían justicia a la caridad que los Misioneros habían ejercido tanto con dos Regimientos Franceses, que habían sido maltratados cerca de Gondreville por las Tropas de Jean de Wert; como con su propia casa, a la que daban desde hacía dos años y medio todos los socorros de la caridad más atenta: De esta manera, continúan las Damas del gran Convento, nosotras podemos decir y decimos con toda la Diócesis de Toul: Bendito sea Dios que nos ha enviado a estos Ángeles de paz en un momento tan calamitoso para el bien de esta ciudad y el consuelo de su pueblo, y para nosotras en particular, a quienes han hecho y hacen todavía caridades de sus bienes todos los días, dándonos sustentos, leña, frutas, socorriendo así nuestra necesidad. Nuestro sentimiento interior nos empuja a emitir este testimonio; lo que hacemos de todo corazón. A 20 del mes de diciembre de 1639.

Habríamos estado en disposición de producir un mayor número de declaraciones parecidas, si la humildad de nuestro Santo no lo hubiera impedido por algún tiempo. Habiendo querido saber sus Sacerdotes de él si era conveniente que exigieran otras ciudades a las que debían llevar los mismos auxilios, les respondió que harían bien en no pedir más; que bastaba que Dios conociera sus buenas obras, y que los pobres fuesen socorridos, sin querer producir otros testimonios. Cambió de idea con el tiempo, para adelantarse a las murmuraciones y hasta la sombra de sospecha. Así se verá pronto que los monumentos  de fuerza parecida no nos faltan; y que Dios ha sabido publicar en los tejados lo que su Siervo quería primero enterrar en el secreto de su humildad.

Mientras que estos dignos Ministros de la caridad de Vicente de Paúl, llevaban a cabo en Toul y alrededores todos los deberes de la misericordia, los que el santo Sacerdote había enviado a partir de abril a las demás ciudades de Lorena o de las fronteras, trabajan con el mismo ardor. Los había ya en Verdun, en Metz y en varios lugares más.

La Ciudad de Metz era una de las más afectadas. La concurrencia de pobres que la asediaban en el interior y en el exterior tenía algo de terrible. Era como un ejército de desgraciados de toda edad y sexo que llegaba a veces a cuatro y cinco mil personas. Todas las mañanas se hallaban diez o doce muertos, sin contar los que, sorprendidos aparte, se convertían en presas de los animales carnívoros, pues los lobos furiosos eran aún una de las plagas, con que hería Dios a este pueblo desafortunado. Acostumbrados a alimentarse de cadáveres, se vengaban con los vivos por lo que les faltaba por parte de los muertos. Atacaban en plano día. Hacían pedazos, devoraban a las mujeres y a los niños. Los burgos y los pueblos estaban infestados en todo tiempo; entraban incluso durante la noche a las ciudades por las brechas de las murallas, y se llevaban todo cuanto podían atrapar.

Así era la situación de Metz: pero esto no era más que parte de sus desgracias. El honor de sus Vírgenes más puras estaba en peligro. El hambre, madre de todos los excesos, estaba a punto de llevar a varias Comunidades Religiosas a romper sus claustros, en un tiempo en que las murallas más fuertes eran un muro demasiado débil contra la licencia. Todos los recursos estaban cerrados. El Parlamento, al que el hambre, la guerra y las carreras de los enemigos daban alarmas continuas, se había visto obligado, desde el año precedente, a retirarse a Toul. Se hubiera necesitado un Obispo de los primeros siglos para detener, o al menos para disminuir, el curso de tantas desgracias. Henri de Bourbon, hijo natural de Enrique IV, lo era entonces sin ser Sacerdote. Sus Abadías de S. Germain-des Prés, de Fécamp, de los Valles de Cernai, de Tyron, de Bomport, y de la Valasse, parecían colocarle en situación de hacerlo: pero este Príncipe, que se casó doce años después, tenía al parecer obligaciones más urgentes que las de aliviar a su pueblo .Vicente hizo lo que el Pastor no hacía. Despachó con toda diligencia a algunos de sus Sacerdotes, para conservar la vida de unos, el honor de otros y tratar de salvarlos a todos. Las cosas cambiaron pronto de rostro, y Metz comenzó a respirar un poco. Los Maestros Consejeros y los Trece de la ciudad también recibieron un auxilio muy oportuno; pero como en contaban en su misma extensión razones para temer que no continuaría, escribieron por ello a Vicente en el mes de octubre del año 1640. Su carta, como todas las que recibió entonces el S. Sacerdote, es menos un agradecimiento por el pasado que una petición para el porvenir. Aunque escrita hace un siglo, merece encontrar un hueco aquí. La traeremos pues sin cambiar nada.

Señor, le decían, nos habéis obligado tan estrechamente al socorrer, como la habéis hecho, a la indigencia y a la necesidad extrema de nuestros pobres, mendigos, vergonzantes y enfermos, muy particularmente de los Monasterios pobres de las Religiosas de esta Ciudad, que seríamos ingratos, si permaneciéramos más tiempo sin expresaros el profundo sentimiento que tenemos: al poder aseguraros que las limosnas que habéis enviado hasta ahora no podían estar mejor repartidas ni empleadas que con nuestros pobres, que son aquí en gran número, y en particular a favor de las Religiosas, que se ven desprovistas de todo socorro humano; unas no disfrutando de sus pequeñas rentas desde la guerra, y las otras no recibiendo ya nada de las personas acomodadas de esta Ciudad, que les daban limosnas, porque se les han quitado los medios. Lo cual nos obliga a suplicaros, y lo hacemos con toda la humildad, Señor, que queráis continuar tanto para con dichos pobres como para con los Monasterios de esta Ciudad, las mismas ayudas que habéis prestado hasta ahora. Es un asunto de gran mérito para quienes hacen una obra tan buena, y para vos, Señor, que la lleváis a cabo, la administráis con tanta prudencia y tino, con lo que conseguiréis una gran mansión en el cielo, etc.

La Ciudad de Verdun podía contar, menos que la de Metz con las limosnas de François de Lorraine, de donde era Obispo a la sazón. Este Príncipe, que había entrado sin vocación en el Estado Eclesiástico, había amargado a Francia al excomulgar a todos aquellos que, por orden suya, trabajaban en la Ciudadela de Verdun. Habiéndole obligado un golpe tan atrevido a retirarse a Colonia, él siguió con su humor guerrero, y a la cabeza de algunas Tropas, vino a atacar a su Ciudad Episcopal. Si no logró quitársela al Rey, debió naturalmente  lograr hacerla más pobre todavía de lo que era antes. Asimismo, aunque la miseria fue menos que en Metz, ya que la población de pobres fue menos considerable, tenía sin embargo una muy grande necesidad de las limosnas que Vicente le envió. Sus Sacerdotes que residieron allí durante tres años al menos, le conformaron en 1641 que durante todo ese tiempo habían dado pan cada día a quinientos o seiscientos pobres, y por lo menos a cuatrocientos; que preparaban todos los días sopa y carne a cincuenta o sesenta enfermos y a algunos dinero para otras necesidades; que asistían a unos treinta pobres vergonzantes; que daban a cualquier hora pan a cantidad de gente del campo, y a otros de paso que llegaban pidiendo limosna; y que en fin proporcionaban ropa a quienes no la tenían.

Como el santo Sacerdote sabía muy bien que el tiempo de las calamidades públicas es, en los planes de Dios, un tiempo de misericordia y que entre los que se olvidan de ello en la prosperidad, hay muchos que se vuelven sinceramente a él en la tribulación, había prescrito a sus Misioneros tener cuidado del alma, a medida que se ocupaban de la salud del cuerpo. Todos trabajaban en ello con una santa emulación; y si sus trabajos tuvieron en todas partes tantos éxitos como en Verdun, debieron recibir grandes consuelos. Uno de estos virtuosos Sacerdotes escribió a Vicente que sus Cohermanos y él no se cansaban de admirar la paciencia invencible de los moribundos y de los enfermos; y que la sumisión a las órdenes de dios era tan plena y tan perfecta que iba más allá de toda expresión: ¡O Señor, decía en su Carta, cuántas almas van al cielo por la pobreza! Desde que estoy en Lorena, ha asistido a más de mil pobres en la muerte, que parecían estar bien dispuestos a ello… Ellos son intercesores para los que les hicieron bien.

Aquellos a quienes la ciudad de Nancy les había caído en suerte, no estaban ni menos santamente ni menos continuamente ocupados; daban todos ls días pan y sopa a cuatrocientos o quinientos pobres que, si bien con salud, no podían ganarse con qué vivir, porque no había ni cosechas ni cosechadores; los reunían cada día para  darles instrucciones conmovedoras, y la vista de una multitud de muertos y de moribundos los hizo tan eficaces que muchos de ellos se confesaban y comulgaban casi todos los días.

Respecto de los enfermos, lograron que los recibieran en un gran número en el hospital de S. Julián, al que dieron ropas y dinero, porque no estaba en condiciones de atender a los gastos. Recibieron en su propia casa a los que no podían encontrar sitio en el Hospital; los alimentaron con cuidado, vendaron sus heridas y sus úlceras. Como había por lo general treinta, cuarenta y cincuenta enfermos más alojados aquí y allá por la Ciudad, hicieron distribuirles cada día pan, sopa y carne.

Asistían a dos clases de pobres vergonzantes. A unos, en número de cincuenta, eran de un clase media; otros,  unos treinta, eran gente de clase, en parte Eclesiásticos, en parte Seglares. Se daba a los primeros cierta cantidad de pan a la semana; a los otros se les daba dinero todos los meses, según su nacimiento y sus necesidades.

Enterados de que había en la ciudad un gran número de madres pobres, cuyos hijos que se encontraban todavía en la lactancia se encontraban en peligro de perecer, tuvieron con ellos un cuidado especial: les dieron no sólo pan y sopa como a los demás pobres, sino también dinero y harina.

Hicieron vendar a los enfermos y heridos, que no podían vendarse por sí mismos; pagaron a los Cirujanos y las medicinas; hicieron con sus propias manos gran número de Curas, que no les costaban mucho, y que aliviando con pocos gastos a una parte de estos desafortunados, les dejaban el medio de aliviar a los demás. Finalmente distribuyeron ropa y vestidos a todos los pobres que no tenían.

Como tantos bienes diferentes habrían acabado pronto con los fondos, necesitaban una gran economía y la economía en este campo tenía todo lo que se necesita, no digo para herir la delicadeza, sino para revolucionar la naturaleza. Así, para distribuir las limosnas que llegaban  y para practicar a le vez lo que la caridad Cristiana tiene más difícil; al suministrar ropa propia para esta cantidad de miserables, tomaban sus camisas sucias y a menudo llenas de miseria, las hacían blanquear y repasar, a veces hasta seis o siete docenas, y continuaban distribuyéndolas a quienes las necesitaban: las que no valían ya para nada servían para hacer hilas para las heridas y las úlceras. Yo sé una vez más que un detalle circunstanciado cuesta a la imaginación; pero ¿por qué habría de de tener vergüenza en contar lo que Dios no se avergüenza de inspirar a sus amigos más tiernos y más privilegiados? Por muchos deseos que tuviera el santo Sacerdote de socorrer al mismo tiempo todas las partes de la Lorena y del Barrois, ello no le fue posible. Los primeros auxilios que había enviado subieron tan alto que agotaron desde un principio su casa, a la que castigaba siempre la primera y las de un número de Damas caritativas, que eran su fuente y su asilo cuando se trataba de la necesidad de los pobres. No fue pues hasta finales del mismo año cuando envió a sus Sacerdotes a Bar-le-Duc, y algunos meses después a S. Mihiel, y a Pont-à-Mousson.

Los que fueron enviados a Bar fueron recibidos con gran bondad por los RR. PP. Jesuitas, quienes los alojaron en su casa. Se encontraron en esta Ciudad con unos ochocientos pobres, habitantes o extranjeros. Estos últimos dormían, en su mayor parte durante los rigores del invierno, en el pavimento de las encrucijadas y delante de las puertas de las Iglesias o de los Burgueses. Allí era donde, sobrados de miserias y de enfermedades, consumidos por el hambre y por el frío, esperaban y recibían la muerte casi a cada instante. Les daban, como en todas las demás partes, alimento y ropas, y en pocos días vistieron a doscientos sesenta, que estaban reducidos a una desnudez afrentosa. Se puso al Hospital, dándole cada mes una suma fija, en estado de recibir al mayor número de enfermos, pero como de éstos había unos ochenta que lo eran más que el resto, los Misioneros se encargaron por completo de su subsistencia, y les proporcionaron  cada día los alimentos necesarios.

Uno de los gastos más caros fue el que se vio obligado a hacer  para recibir a los transeúntes, quienes no hallando recursos ni en el campo, que no se cultivaban ya ni en las Ciudades, cuyo acceso les estaba prohibido casi siempre, se retiraban a Francia en grupos. Los Misioneros ocupados en Toul y en Nancy los dirigían a los de Bar que se ocupaban de ellos durante se estancia, y les daban algún dinero para continuar el viaje. No hablo de la santa generosidad con la que estos dignos Alumnos de Vicente de Paúl vendaban todos los días a más de veinte personas atacadas de una agalla espesa y corrosiva, que asqueaba a todo el mundo. Esta enfermedad era por entonces común en toda la Lorena; y los de Bar que con un remedio soberano que les habían enseñado la extirparon poco a poco, no hicieron en este punto sino lo que hacían sus Hermanos extendidos por los otros cantones de esta Provincia.

Pero por grandes que fueran en sí mismos los bienes de que hablamos, los que estos mismos Sacerdotes hicieron en Bar, en el orden de la gracia y de la salvación, los superaron en mucho. Difundieron por todas partes, con la ayuda de Dios, el espíritu de dolor y de compunción. Enseñaron a los pueblos a llorar, no sus desgracias temporales, sino sus pecados, que habían sido la causa de todo. Todo el mundo se esforzó por volver a la gracia con Dios. La multitud que tenía a estos dignos Misioneros, como los Egipcios a José, que los preservaba del hambre, acudió a ellos con rapidez extraordinaria, y quiso inoportunamente no deber la vida del alma más que a aquellos que le habían conservado la del cuerpo. Uno solo de estos laboriosos Ministros de la Penitencia oyó en el espacio de un mes más de ochocientas Confesiones más o menos generales; y tuvo el consuelo de alimentar con el Pan de los Fuertes a una parte de aquellos a quienes tantas veces había distribuido un pan terrestre y común. Pero finalmente la naturaleza sucumbió, estos dos Sacerdotes fueron atacados de una enfermedad violenta. Germain de Montevit -de la Diócesis de Coutance, que se hallaba en una edad en la que no se consulta bastante, fue arrancado – el 19 de enero de 1640- por la fuerza del mal: y la Congregación perdió a un hombre, que a la edad de 28 años, le daba grandes esperanzas. Fue enterrado en la Iglesia del Colegio de los Jesuitas. El R. P. Roussel, que era entonces Rector del Colegio, escribió sobre él a Vicente en estos términos:

Os habéis enterado de la muerte del sr de Montevit, que habíais enviado aquí. Ha sufrido mucho en su enfermedad, que ha sido larga; y puedo decir sin mentir que nunca he visto una paciencia tan fuerte y tan resignada como la suya. Nunca le hemos oído decir ni una sola palabra que diera a entender la menor impaciencia: de todos sus discursos se desprendía una piedad que no era nada común. El Médico nos ha dicho muchas veces que no había tratado nunca a un enfermo más obediente y más sencillo. Ha comulgado con frecuencia durante su enfermedad, aparte de las dos veces que ha comulgado en forma de Viático. Se delirio de ocho días completos no le impidió con todos los sentidos la Extremaunción; le abandonó cuando recibió este Sacramento, y le volvió inmediatamente después de dárselo. En fin se ha muerto como lo deseo yo y como pido a Dios morir. Los dos Capítulos de Bar honraron su cortejo, como también los PP. Agustinos: pero lo que más honró su entierro fueron seiscientos o setecientos pobres que acompañaron su cuerpo cada uno con un Cirio en la mano y que lloraban tan fuerte como si hubieran estado en el cortejo de su padre. Los pobres le debían es te agradecimiento; había contraído esta enfermedad curando sus males y aliviando su pobreza; estaba siempre entre ellos y no respiraba otro aire que su mal olor. Oía sus Confesiones con tanta asiduidad, por la mañana y por la tarde, que no pude nunca lograr de él que se diera una sola vez el descanso de un paseo. Le hemos mandado enterrar junto al Confesionario, donde contrajo su enfermedad y donde recogió los méritos de los que goza ahora en el Cielo. Dos días antes de morir, su compañero cayó enfermo de una fiebre continua que le ha tenido en peligro de muerte durante ocho días; ahora está bien de salud. Su enfermedad ha sido efecto de un exceso de trabajo y de una asiduidad demasiado grande entre los pobres. La víspera de Navidad estuvo veinticuatro horas sin comer y sin dormir; no dejó el confesionario más que para decir la Misa. Vuestros Señores son tratable y muy dóciles en todo, menos en los consejos que se les dan para que se tomen algún descanso. Creen que sus cuerpos no son de carne o que su vida no debe durar más que un año. En cuanto al Hermano, es un joven muy piadoso: ha servido a estos dos Sacerdotes con toda la paciencia y asiduidad que los enfermos más difíciles  hubieran podido exigir. Tengo el honor de ser, etc.”

El P. Roussel había quedado tan impresionado del celo invencible del sr de Montevit, que incluido la Historia en el Diario de su Rectorado; como lo atestiguó el P. Aubri Ministro del Colegio de Bar en 1706 mediante un Certificado -11 de julio- en el que declara auténtica la carta edificante que acabo de traer aquí.

Vicente no había podido hacer nada hasta entonces por la Ciudad de Pont-à-Mousson. Hasta el mes de mayo de 1640, sus Sacerdotes no llevaron las primeras limosnas. Por acostumbrados que estuvieran a las miserias de la Lorena, quedaron asustados por las que este triste cantón ofrecía a sus ojos. Se encontraron allí con cuatrocientos o quinientos pobres, que en su mayor parte venían del campo y tan desfigurados que parecían menos que hombres esqueletos débilmente animados, lánguidos, extenuados hasta no poder siquiera tomar alimentos, y muchos se murieron mientras comían. Había además un centenar de enfermos, cincuenta o sesenta de pobres vergonzantes, Religiosas en una necesidad extraña, y algunas personas de clase, que sentían doblemente el peso de la miseria y de la pobreza.

Los cuatro Párrocos de la ciudad dieron a los Sacerdotes de la Misión una lista exacta de  los más urgentemente necesitados. Se socorrió a todos sin excepción. Les dieron incluso herramientas a los que estaban bastante decididos y bastante fuertes  para trabajar en los bosques. Iban por grupos. Un hombre solo correría peligro, porque merodeaba una cantidad de lobos, que se emboscaban y atacaban con furia. El miedo a estos animales feroces bloqueaba en sus propias casas a un gran número de mujeres y niños de las Aldeas vecinas. Un buen Párroco advirtió a los Misioneros y se ofreció a llevar los auxilios que se le quisieran confiar. Le entregaron una suma de dinero, por medio de la cual se encargó de dar de comer a aquel pueblo abandonado. No se necesitaba menos que un Sacerdote, y un Sacerdote lleno de valor para penetrar en aquellas espantosas viviendas. El hambre allí causaba estragos; el Proceso-Verbal realizado por la autoridad del Ordinario, hace mención de un niño que, acercándose a algunos jóvenes algo mayores que él, fue hecho trozos y devorado ávidamente.

Trad. Mäximo Agustin

One Comment on “San Vicente (Collet) 18”

  1. La C.M. debe reivindicar la figura del padre ANIBAL BUGNINI.hoy aabemos que la lista PECORELLI era una falsa Muchos esperamos una investigación del padre OLABUENAGA, que por cierto anda desaparecido. ?Donde está su blog gracias

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