San Vicente (Collet) 17

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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No obstante como un gran número de personas de una probidad distinguida, y sobre todo el Superior General del Oratorio, con varios Sacerdotes de su Congregación, se quejaban cada vez más de las malas opiniones de S. Cyran, Vicente quien, al precio que fuera, había querido resguardarle del precipicio, que se abría a sí mismo, resolvió intentarlo otra vez. Se fue un día a verle a su casa, como quien va de visita. Trató de disponerle a recibir favorablemente los consejos, que tenía que darle. Le habló luego de la obligación en que estaba de someter su juicio al de la Iglesia, y de tener más respeto hacia el santo Concilio de Trento del que había tenido. Le hizo ver en particular que algunas de las proposiciones, que había mantenido en su presencia, eran contrarias a la Doctrina de la Iglesia; le expuso que se perdía caminando por un laberinto de errores; y sobre todo que se había equivocado totalmente al querer comprometerle a él y a toda su Congregación. El Santo se animó en el curso de esta conversación, habló con tanta fuerza y solidez, que el Abate se quedó sin palabra sin saber qué responder.

Y no por eso bajó el tono, y se lo dio a conocer un mes después; ya que habiendo ido al Poitou, escribió sobre ello una larga Carta al Siervo de Dios, que es la misma de la que hemos hablado al comienzo de este Artículo. Como está mal escrita, y además más fastidiosa, que por otro lado ya ha sido impresa varias veces  con Notas, me contentaré con su Análisis.

  1. Cyran protesta en primer lugar, que no siente de ninguna manera cargado el corazón por las cuatro cosas que Vicente le reprochó en su última visita; liego entrando en materia sostiene que aquellas de sus opiniones, que se consideran como errores, son verdades Católicas; que no pasan por mentiras o falsedades más que entre los que prefieren el fulgor y el resplandor a la luz y a la verdad; que no hay ninguno de los Obispo que frecuentan la Casa de S. Lázaro, a quienes no les haga autorizar cuando le plazca hablarles a placer; que se los hará ver en los Libros santos; que Vicente le ha hecho estos reproches, menos porque le juzgara culpable que para excusarse de haberle abandonado como a un criminal en el tiempo de la persecución; que él ha soportado sin embargo con facilidad todo de parte de un hombre, quien desde hace mucho le honraba con su amistad; y quien estaba en París creyendo que era un hombre de bien. Tan sólo, añade él, me ha quedado esta admiración en el alma, que vos, que hacéis profesión de ser tan dulce y tan comedido en todo y en todas partes, hayáis justificado un levantamiento que se ha hecho contra mí mediante una triple cábala e intereses bastante sabidos de decirme cosas, que no os habríais atrevido a pensar antes… Añadiendo eso también a los excesos de los demás, a quienes vos habéis comprometido a venir a decírmelo a mí y en mi propia Casa, lo que ninguno más se había atrevido a hacer.

La triple cábala, de la que se queja aquí el sr de S. Cyran, era, como él mismo se explicó, la del Abate de  Prières, la del Obispo de Langres y de Madme de Pontquarré y la de los Padres Jesuitas y del Oratorio.

El Abate acaba confesando a nuestro Santo la buena voluntad que ha tenido de servir a su Congregación tanto en lo espiritual como en lo temporal;  y para probarle que, dígase lo que se quiera, está poco conforme con su sentido, y  dispuesto a bajar con sus amigos, le asegura que ha sostenido sus intereses contra el juicio de su conciencia, que no se lo permitía. Si estas últimas palabras y algunas más de las que las preceden necesitan aclaración, S. Cyran no tardará en dárnosla.

Al año siguiente fue detenido por orden del Rey, y llevado a Vincennes. Los Arqueros que fueron enviados a su casa para apoderarse de sus Papeles y a quienes a pesar de ello se les escaparon muchos, encontraron una Copia de la Carta, de la que hablamos. El sr Lancelot, que fue más tarde Obispo de Chartres, se la presentó a S. Cyran en el Interrogatorio, que le hizo pasar por orden de la Corte.

Este Interrogatorio se ha entregado al Público hace poco, por un Discípulo, que ha prestado un menguado servicio a su Maestro. Se puede decir en efecto que el Abate S. Cyran fue sometido con ello a la más humillante confusión. Es un hombre que se ahoga, y que se agarra a donde puede. Convencido de haber violado el juramento, que hizo sobre sus santas Órdenes de decir la verdad, se excusa diciendo a sangre fría, que está compuesto de contrariedades, y que la figura, que llaman Catacresis, es decir abuso de las palabras, le es muy familiar. Interpelado a decir cómo pudo servir al sr Vicente contra el juicio de la conciencia, se mantiene firme sobre un paso tan resbaladizo, responde que lo ha hecho dispensatoriamente, como habla S. Bernardo en caso semejante. Interrogado sobre los cuatro errores, que el mismo Sacerdote ha ido a reprocharle a su casa, reduce el principal de todos a este Dogma de nuestra Fe, que la Penitencia diferida hasta la muerte, no está bien asegurada. Así es como se defiende S. Cyran: era dar toda la mayor ampliación a la Catacresis.

Hemos de confesar con todo que hubo primera gente honesta, que no tomaron en serio todas las expresiones del Innovador. Así fue el sr Lescot antes de interrogarle jurídicamente; y al parecer nuestro Santo se inclinó durante bastante tiempo de este lado. No sabía a qué atribuir los discursos extraños que se le escapaban a su amigo, y su extrema caridad se los hizo tomar tal vez en algún caso más bien como salidas indiscretas de una cabeza que no sopesa las palabras, que por errores a los que se uniera por sistema y por convicción. El tiempo le desengañó por completo. Él mismo oyó, y escuchó de gentes dignas de fe muchas cosas que no se podían ni paliar ni suavizar. Además, el Libro de Jansenio y las malas Proposiciones que se descubrieron en él pronto, la parte que S. Cyran había tomado en ello, el juicio que expresó desde el tiempo de su prisión, donde él lo puso inmediatamente según S. Pablo y S. Agustín, la idea favorable que se esforzó en darle cuando salió de Vincennes, repitiendo, unas veces que esta Obra era el Libro de Devoción de los últimos tiempos; otras veces que aunque el Rey y el Papa se reunieran para arruinarle, nunca lo conseguirían. La relación más o menos sensible entre las máximas de S. Cyran y esta multitud de errores de nuevo Agustin, a quien se quería dar como la Doctrina constante de la antigua Iglesia; el uso que personas, o prevenidas o seducidas, hacían del nombre y de las palabras de este Abate, a quien daban importancia a fin de contrabalancear el peso y la autoridad de los que proseguían la condena del Sistema del Obispo de Ypres: todos estos motivos acabaron por determinar al S. Sacerdote a revelar este misterio, que haría querido poder enterrar en el silencio, y que él quizás no había descubierto aún más que al Cardenal de Richelieu. Habló de ello en varias ocasiones, como lo certificó René Alméras su sucesor, hombre a quien la educación, la probidad, las raras y sólidas virtudes que poseía, no permitieron nunca sospechar: por fin, protestó ante el sr Palu, Obispo de Heliopolis que no se vio nunca a hombre tan soberbio ni tan apegado a sus ideas, como lo era este Abate.

Querer, después de esto, persuadir al Público, como se ha tratado de hacer últimamente, de que Vicente de Paúl declaró jurídicamente que el sr de S. Cyran era uno de los más hombres de bien que se hayan visto nunca; hacer jurar a este S. Sacerdote cuya sencillez, al decir del sr Barcos mismo, rectitud y otras virtudes formaban el carácter, que antes y durante quince años tuvo una bastante grande comunicación con un hombre cuya fe era sospechosa y más que sospechosa a personas muy respetables que, como el sr de Condren y muchos otros, le obligaban al menos a suspender su juicio, es suponer que el Universo está delirando, y que no cuesta más creer una fábula que lanzarla.

Los amigos de S. Cyran pusieron en juego todos los recursos imaginables para sacarle de prisión. Él nunca se abandonó a sí mismo: para atraer al Ministro, a quien creía haber ofendido con sus malas opiniones sobre la contrición, llegó hasta ir por segunda vez contra el juicio de su conciencia. Por desgracia sus flojeras no condujeron sino a su deshonor. El Cardenal de Richelieu fue inflexible; respondió una y otra vez que si se hubiera a Lutero y a Calvino, cuando comenzaron a dogmatizar, se habría ahorrado mucha sangre al Estado, y a la Iglesia muchas lágrimas. Tras la muerte de este Ministro, S. Cyran fue amnistiado; no gozó por mucho tiempo de la libertad; pero continuó entre los suyos gozando de su reputación. Sus Discípulos le consideran todavía hoy como un modelo de caridad y de humildad; y uno de ellos llega hasta asegurarnos que él juzgará al mundo con Jesucristo. Este tono Profético no nos convendría: lo mejor que podemos hacer es desear desde el fondo de nuestro corazón que Dios le haya dado misericordia. Si fuera permitido decir todavía una palabra de lo que le concierne, añadiría que un Obispo al recurrir se equivocó, cuando escribió que nuestro Santo asistió a los funerales de S. Cyran. Este dato es tan falso como poco concluyente si fuera verdad.

Las buenas obras, que ocupaban a Vicente de Paúl en el tiempo que l molesto conflicto que acabamos de describir, no le hicieron olvidar a las Hijas de San Francisco de Sales. Este mismo año hizo la visita al Monasterio –el 18 de noviembre de la Calle Saint-Antoine, y el 16 de abril de1637 al del Arrabal Saint-Jacques-. Había hecho ya varias en cada una de estas dos Misiones, y podía ver con satisfacción todo lo que la piedad, la paz y la unión tienen e más dulce y más consolador. Sin embargo encontró una vez un motivo muy capaz de tocar el corazón tan compasivo como el suyo y hacerle admirar las rigurosas pruebas por la que Dios quiere de vez en cuando hacer pasar a sus Elegidos.

Una religiosa de verdadero mérito se encontró repentinamente en una tentación por lo menos tan violenta como lo era la del Doctor a quien nuestro Santo libró cuando era Capellán de la Reina Margarita. Esta hermana que hasta entonces había estado llena del amor de Dios, no sintió más que un horror hacia el augusto Sacramento de nuestros Altares y una aversión inflexible hacia todos los ejercicios de la Religión. Cuando la exhortaban a bendecir el nombre del Señor, o escuchaba a sus hermanas que le cantaban Cánticos de alabanzas, el espíritu de blasfemia se apoderaba de ella y le hacía estallar en imprecaciones. Decía en alta voz que no tenía otro Dios que al demonio; quería, en el acceso de su furor, matarse a sí misma, para estar, decía ella, antes en el infierno y allí gozar de maldecir y detestar a Dios por toda la eternidad.

Un estado tan humillante y tan peligroso consternó a la Comunidad. Se consultó a los Obispos, a Religiosos demás personas experimentadas; se recurrió a los más hábiles Médicos; se echó mano de los remedios que unos y otros prescribieron; todo fue inútil. Finalmente, la Superiora de la casa, llena de confianza en la poderosa protección del Bienaventurado Obispo de Ginebra, aplicó a la enferma un pedacito de su Roquete, y algunos días después se curó en un instante. Su espíritu, que durante cerca de seis años se había visto cruelmente agitado, quedó tranquilo. Su cuerpo debilitado recobró las fuerzas. El sueño y el apetito, que había perdido, le volvieron enteramente. Su curación fue tan completa que se encontró en estado de cumplir con bendición los principales cargos de su Monasterio.

Vicente, de quien no he hecho más que copiar las palabras, continúa este relato diciendo que ve esta curación como milagrosa; y que lo que le obliga a pronunciar este juicio es que se realizó a consecuencia de la aplicación del Roquete de S. Francisco de Sales; que hasta entonces todos los remedios humanos no habían servido de nada a esta hermana afligida; que su mal aumentó después de la aplicación de la Reliquia; que la operación se operó en un instante, según la perfecta confianza de la Madre Superiora. Que al fin la Religiosa del milagro quedó convencida, sin género de duda,  que Nuestro Señor la había librado por los méritos del santo Fundador de la Visitación. Declaro todo esto, concluye Vicente, por haber hablado a la Religiosa durante su gran mal y después de su curación y haber visto las particularidades de la Madre Superiora de la Misma Religiosa, pronto después de la curación, que sucedió el día que yo hacía la vista en el Monasterio, con autoridad del sr Ilustrísimo y Reverendísimo Arzobispo de París.

El S. Sacerdote no podía contar este acontecimiento de una manera más modesta: pero la Historia le debe rendir más justicia de la que él ha pensado que se le debe. Conviene pues añadir a su relato que habiendo visto en el curso de su visita a esta Religiosa todavía tan obsesionada y tan y poco dueña de sí misma como antes, el dolor y la compasión que sintió, le llevaron a intentar enternecer a Dios en su favor; que a este efecto se puso en oración; que fue precisamente entonces cuando esta hermana quedó libre, y libre en un instante. Como si el santo Obispo de Ginebra, a quien se debe considerar siempre que es, después de Dios, el primer Autor de este milagro, hubiera querido no otorgárselo más que a las oraciones de un hombre, cuya virtud había honrado durante su vida, dar a conocer después de su muerte, que le agradaban los servicios que este mismo hombre le prestaba en la persona de sus Hijas.

En resumen, no sólo en esta visita han reconocido las Religiosas de la Visitación la virtud y la eficacia de las oraciones de Vicente de Paúl. Ellas han confesado que su presencia fue siempre para ellas una fuente de gracias y de bendiciones; que tenía sobre todo el raro talento de calmar sus penas; y que muchas de ellas, que estaban luchando con tentaciones muy vivas y muy importunas, se hallaban libres del todo, y a veces incluso en un instante cuando él les había hablado.

Las Hijas de S. Francisco de Sales, a las que volveremos más de una vez en el curso de esta Historia, no han sido las únicas por quienes se interesó el Siervo de Dios. Veremos en otra parte lo que hizo por un gran número de Comunidades, ya Religiosas ya Seculares: pero conviene decir, antes de llegar allí, unas palabras sobre lo que hizo ese mismo año para provecho espiritual de su Congregación.

Por grandes deseos que tuviera el santo Sacerdote por impedir que su Compañía multiplicara sus Fundaciones, se dio perfecta cuenta de que no podría resistir mucho frente a las solicitudes de un número de personas respetables, que encandiladas por los bienes que hacían sus Misioneros, se las pedían con la mayor insistencia. Se había visto ya obligado a enviar a Toul en Lorena, a petición de Charles-Chrétien de Gournai Obispo de Scythia, quien  por entonces–en 1635- estaba encargado de la administración de esta vasta Diócesis, a cuya dirección fue nombrado posteriormente. María de Wignerod Duquesa de Siguillon, que siempre honró a Vicente como se honra a los Santos que están aún en la tierra, las quería para las Parroquias de su Ducado. el Cardenal de Richelieu, cuyas peticiones valían órdenes precisas, y cuyas órdenes en este campo fueron siempre consideradas como elogios, ya que jamás hombre reconoció mejor los verdaderos méritos; este Cardenal, digo, quería establecer a los Sacerdotes de la Misión, no sólo en la Ciudad de Richelieu -1638-, sino también en la Diócesis de Luçon, de donde había sido Obispo, y desde la cual, extendiéndose por los Lugares circunvecinos, podían hacer mucho bien, bien devolviendo a los Herejes al seno de la Unidad, ya detenido las consecuencias  del enorme escándalo que la posesión, real o pretendida, de las Ursulinas de Loudun acababa de dar al Poitou, o más bien a Europa entera.

Todas estas Fundaciones, ya hechas o por hacer, colocaban a una Congregación poco numerosa en un vacío que poco a poco se vio difícil de llenar, si no se hubieran tomado las precauciones necesarias. La mejor y más segura era firmar un Semillero de Eclesiásticos que, después de ser probados y educados durante varios años, estuvieran en condiciones de perpetuar y de multiplicar los grandes bienes que sus Predecesores habían comenzado. Fue la decisión que tomó el Santo, al establecer un Seminario, en el que se debía recibir no sólo a Sacerdotes ya formados en las funciones del Ministerio, como se había hecho hasta entonces, sino también a los jóvenes menos adelantados. Y que por lo tanto necesitaban ser cultivados por más tiempo.

Una ocupación de esta importancia pedía un Director virtuoso, capaz, experimentado, dulce sin blanduras, firme sin dureza, vigilante sin afectación, idóneo para humillar sin hacer perder los ánimos, para dirigir al hombre que titubea sin bajar la regla, para fortalecer a su rebaño con el ejemplo como con la unción de la palabra, para distinguir lo verdadero, lo sólido de lo que no tiene más que las apariencias; y que sobre todo poseyera en alto grado el gran arte del discernimiento de los espíritus. Vicente halló todas estas cualidades en la persona de Juan de la Salle, uno de los tres primeros Sacerdotes que se habían unido a él para trabajar en las misiones del campo. Le encargó del cuidado de esta joven y preciosa Milicia, destinada a combatir un día por la salvación de los pueblos. No contento con los consejos que le dio, quiso también que se consultara a aquellos que tienen la reputación de dirigir con mayor éxito a la juventud en las funciones Apostólicas. Según este plan envió a uno de sus Sacerdotes al Noviciado de los RR. PP. Jesuitas, con orden de seguir los ejercicios durante algún tiempo, y traerse todo lo que pudiera convenir a Sacerdotes Seculares, y llenarles de ese celo que ya ha convertido y santificado al nuevo mundo.

El Siervo de Dios esperó siempre que la Providencia, que había hecho nacer  a su Congregación, le daría Individuos capaces de de cumplir todos los deberes. Su gran máxima era que sólo pertenece a Dios escogerse a Ministros, y que las vocaciones que engendra  el artificio, y las mantiene una especie de mala fe, deshonran al rebaño al multiplicarlo.

Para evitar el primero de estos dos defectos, se hace una regla inviolable no decir jamás una palabra a quien quiera que sea para determinarle a decidirse por su Instituto; y prohibió a los suyos atraer nunca a nadie. Todo paso en este género le parecía un crimen, y lo trató de atentado contra los designios de Dios. No permitía siquiera que se hiciera inclinar por este lado a los que parecían tener esa inclinación. Quería que en estas ocasiones, se les dijera que un compromiso de esta naturaleza exige mucha reflexión, que se ha de pensar con madurez y delante de Dios, que para un particular es una bien pequeña fortuna la de ser Misionero, pero que es un punto capital para el Cuerpo entero no tener sino a los que sean legítimamente llamados. Dejemos obrar a Dios, Señores, decía un día en una conferencia que daba a los suyos. Estemos humildemente a la espera y dependencia de las órdenes de su Providencia. Por su misericordia, añadió él, se ha usado de ella hasta el presente en la Compañía, y podemos decir que no hay nada en ella que Dios no haya puesto y que nosotros no hemos buscado, ni hombres ni bienes ni Fundaciones.

Un hombre que tenía principios tan rígidos con respecto a los que no se habían decidido aún, estaba bien lejos de permitir que se propusiera su Congregación a los que se sentían llamados a otro Estado. Los Religiosos se S. Bruno y los de otras Comunidades que exigían de sus Postulantes que pasaran algunos días en S. Lázaro para consultar a Dios en el retiro, tenían razón al contar con su probidad. La acción de desviar a alguien de la Orden a la que era llamado, le habría parecido un robo y un sacrilegio: Sería tomar lo que Dios no nos ha dado, ir contra su voluntad santa y atraer sobre nosotros su cólera y su indignación.

Incluso dio la impresión a veces de llevar en esta materia la atención hasta el escrúpulo. Como no había nadie en su tiempo a quien consultar de mejor gana, bien en París bien en Provincias, una multitud de gente se dirigía a él. Le exponían sus dudas y sus incertidumbres sobre le elección de un partido, se lo jugaban todo en sus manos, le exponía que con una sola palabra fijaría su indeterminación y considerarían su decisión como la señal más segura de la voluntad de Dios: pero este humilde Sacerdote que temía siempre confundirse, casi nunca hizo inclinarse la balanza de un lado más que de otro. Su respuesta más común era ésta: La resolución de vuestra duda es un asunto que debe arreglarse entre Dios y vos. Continuad pidiéndole que os inspire lo que habéis de hacer. Pasad, con este propósito, algunos días en retiro y creed que la resolución que toméis a la vista de Nuestro Señor será la más agradable a su divina Majestad y la más útil para vuestro verdadero bien.

Observaba poco más o menos la misma conducta para con lo que habiendo resuelto ya salir del mundo, recurrían a él para saber si elegirían tal o cual Comunidad: ya que entonces, si las que se le proponían, estaban bien ordenadas, tenía costumbre de responder que sólo pertenece a Dios manifestar el camino por el que quiere que se vaya a él. Pero si su Congregación era una de las dos sobre las cuales se deliberaba, no dudaba en decidir contra ella. Oh Señor, nosotros somos muy pobre gente, no somos dignos de entrar en comparación con esta otra santa Compañía, por la que os sentís atraído. Id a ella en nombre de Nuestro Señor, estaréis allí incomparablemente mejor que con nosotros.

Fue por todas estas razones por que habiendo un día recibido una Carta de uno de sus Sacerdotes para entregársela a un Eclesiástico, quien unía a una gran virtud mucho talento pata las funciones de la Misión, y que en algunas ocasiones había mostrado inclinación por este género de vida, no sólo no se la envió, sino que se quejó a quien la había escrito porque, contra la práctica constante de la Congregación, él rogaba a alguien que entrara en ella. Le hizo ver que es el Padre de familia quien se escoge los Obreros; y que un misionero presentado por su mano paternal hará él solo más bien que otros muchos cuya vocación sería menos pura. “A nosotros nos toca, continuó Vicente, a nosotros nos toca por una parte pedir al Señor que envíe a su mies hombres capaces de hacer la cosecha, y por otra esforzarnos en vivir tan bien que con nuestros ejemplos les demos atractivo para trabajar con nosotros, si Dios los llama a ello”.

Para los que, habiendo tomado ya una última decisión, venían a rogarle que los quisiera admitir en se Compañía, no los recibía sino con cierta circunspección. Se informaba sobre ellos, cuánto hacía y con qué ocasión habían tenido este pensamiento; examinaba sus motivos, sus disposiciones, sus talentos y su Familia; les hacía ver con una especie de exageración las dificultades que acompañaban al Estado que querían abrazar. Les preguntaba si tendrían suficiente fuerza para dar un eterno adiós a sus padres, a sus amigos más tiernos, a su Patria incluso, en caso que se quisiera hacerles pasar a otros Países. Las respuestas más precisas por su parte, respuesta que cuestan con frecuencia bastante poco a una juventud, que no ve las cosas más que de lejos, no eran suficientes para este sabio Fundador. Continuaba probándolos durante un tiempo considerable: les obligaba a volver varias veces para conocerlos mejor; a menudo, para darles solidez, no les daba más que pocas esperanzas de admitirlos; y por muchas pruebas que hubiera tenido de su disposición y de su perseverancia, no les daba nunca palabra, sin haberles mandado hacer un retiro para consultar la voluntad de Dios. Si después del serio examen que hacían de sí mismos seguían con sus primeras intenciones, se los presentaba a los Sacerdotes más antiguos de la Congregación; y con su informe, eran recibidos en el Seminario, del que hablamos, donde, durante dos buenos años bien llenos y bien completos, tenían y tienen todavía hoy, todo el tiempo de probarse a sí mismos y ser probados por los que están a cargo de su dirección.

Para evitar el segundo defecto, que forma parte de lo que las Leyes llaman dolo y mala fe, el Santo no imitó a quienes no presentando a la juventud más que flores durante el tiempo de su prueba, no le descubrirían las espinas hasta que ha franqueado el último paso de su carrera. El Plan de su Seminario no tiene nada que pueda abrumar la naturaleza; sino que tiene todo cuanto es necesario para hacer sentir el peso de las obligaciones que son su fin. No se prescriben en él ni cilicios, ni sacos, ni disciplinas ni otros ayunos que los que obligan al resto de los Fieles: pero en recompensa, lo que de ordinario cuesta mucho más, una gran separación del mundo, una vida muy interior, mucha humildad, mortificación, recogimiento, vigilancia sobre sí mismo, fidelidad a todos sus deberes y, si fuera posible, un fondo inagotable de esta unción santa, que debe sostener un día y consolar a hombres comprometidos por estado en todo lo que el Ministerio tiene de más penoso e ingrato.

Es preciso, decía a este propósito nuestro santo Sacerdote, es preciso que un hombre que quiere vivir en Comunidad, se atenga y se determine a vivir  como un extraño en la tierra, que se haga terreno para Jesucristo, que cambie de costumbres, que mortifique todas sus pasiones, que busque a Dios exclusivamente, que se someta a todos, como el último de todos, que se persuada que ha venido para servir y no para gobernar, para sufrir y no para llevar una vida cómoda, para trabajar y no para vivir en la ociosidad y en la indolencia. Debe saber que se le prueba como el oro en el crisol, que no se puede perseverar sino humillándose para Dios, y que el verdadero medio para estar allí contentos es no alimentarse con otra cosa que con el deseo y el pensamiento del Martirio. Después de todo, continuaba él, nada hay tan razonable como consumirse por aquél que ha dado tan liberalmente su vida por nosotros. Si el Hijo de Dios nos ha amado hasta dar su alma por la nuestra, ¿por qué no estaremos en la disposición de hacer lo mismo por él, si la ocasión se nos presenta? Vemos cada día a Mercaderes que, por una mediocre ganancia, atraviesan los mares, y se exponen a una infinidad de peligros. ¿Tendremos nosotros menos valor que ellos? Las piedras preciosas que van a buscar, ¿acaso valen más que las almas, que son el objeto de nuestros sudores, de nuestros trabajos y de nuestras correrías?”

Tales eran las lecciones que Vicente de Paúl daba a sus Neófitos. A este espíritu de abnegación y celo quería que se refiriesen todos sus ejercicios. Con estas miras como se les acostumbraba entonces, se les acostumbra todavía hoy a una vida ocupada y laboriosa. Levantarse con puntualidad a las cuatro de la mañana durante los inviernos más rigurosos, dedicarse dos veces al día a la meditación, aprovecharse de la lectura de aquellos libros de piedad que más convienen a jóvenes Eclesiásticos, no dejar pasar un día no sólo sin leer sino tampoco sin aprender algo del nuevo Testamento; purificarse en Confesiones frecuentes; fortalecerse con santas Comuniones; pedirse cuentas al final de cada mes en un pequeño retiro del progreso que se ha hecho en la virtud, o mejor del que se ha dejado de hacer; examinarse y ahondarse en los dos retiros grandes y serios que dividen el año; instruirse en las virtudes de su Estado, en los fundamentos de la Fe y de las reglas de la disciplina en frecuentes Conferencias sobre la piedad, sobre la escritura, sobre la Doctrina del santo Concilio de Trento. Esta es la principal, o más bien la única ocupación del Seminario interno.

De esta carrera, cuando se ha terminado de una manera satisfecha, se pasa a la de los Estudios, bien de Filosofía, si todavía no se ha hecho, bien de Teología si se es capaz de entrar. Allí no se adoptan las ideas de ninguna Escuela  en particular. Platón y Aristóteles son los preferidos, pero la verdad lo es más que Aristóteles, y que Platón. La regla de oro es no tener nunca como verdadero lo que la Iglesia condena y de reprobar todo lo que ella juzga digno de proscribirse. Fue la de Vicente de Paúl, como lo diremos en otro lado, y será siempre la de sus verdaderos Hijos.

Pero si este santo hombre quería que los suyos se instruyeran a fondo en el Dogma que están obligados a anunciar a los pueblos y en todas las partes de la Moral que les es necesaria para dirigirlos bien; si les permitía incluso adquirir un buen número de conocimientos, sin los que un Sacerdote puede salvarse y salvar a los demás, su humildad, a la que nada escapaba, le hizo tomar medidas extraordinarias para alejar de ellos la ampulosidad y la vanidad, que acompañan con frecuencia a los talentos y a la ciencia. Se admira uno al considerar hasta qué punto llevaba la previsión en este particular: no sé si alguien lo ha hecho así alguna vez. No ha permitido casi nunca que los suyos mandasen imprimir, y el lector puede acordarse de la respuesta que dio a aquel Sacerdote, a quien los Sabios de Roma querían comprometer y hacer una Versión del Texto Siríaco al de la Escritura. Cuando se le encargó de la dirección de los Seminarios, prohibió que ninguno de los suyos dictara en ellos Cuadernos. Probó en un largo escrito, que es muy sensato y muy sólido, que es preciso, con anuencia de los Obispos, contentarse con explicar a un Autor impreso, salvo que se haga notar algún lugar del que puede haberse apartado de la verdad. Habría llevado a mal que los suyos, cuando asistían a Actos públicos en la Universidad y otras partes no se consideraran cono los últimos en todos los sentidos, y mucho menos que hubiesen querido destacar. No citaré más que un ejemplo que merece ser transmitido a  la posteridad.

Jacques de la Fosse, Orador, Filósofo, Teólogo, y tan Poeta que Santeuil le considera como su rival, y con frecuencia su Maestro, se le ocurrió un día ir a una tragedia, que debía representarse en un famoso Colegio de París, y ocupar una plaza que estabas destinada a otros. El Rector le mandó a decir por medio de un criado que se colocara en otro sitio. La Fosse, a quien los preparativos del Espectáculo habían puesto de buen humor, dijo con buen Latín a este criado que no le entendía que se encontraba muy bien allí, y que no juzgaba oportuno salir de allí. El Rector al ser informado por su deputado, le tomó por uno de Hibernia y le envió a un joven Regente, quien le hizo los cumplidos en Latín que él ya había aguantado en Francés. La Fosse, que conocía el Griego como Demóstenes, le hizo en esta lengua muchos cumplidos que todos iban dirigidos a dar a entender que le costaba desalojar. Este joven Profesor que no tenía edad para saber tanto, le tomó por un hombre llegado recientemente del Líbano, y así se lo dijo a quien le había enviado. El Rector cansado de este juego, que le molestaba, le diputó al Regente de Retórica: pero la Fosse habló en Hebreo. Entonces fue cuando le reconoció un sabio de la Compañía, y lo colocó con toda la distinción debida a sus méritos.

Como se hallaba satisfecho por esta aventura que le había divertido más que ninguna otra, no bien hubo llegado a S. Lázaro cuando se la contó a sus amigos con todo el gracejo de que el fuego de su imaginación la hacía susceptible. Se lo contaron a Vicente enseguida, y aunque se dio cuenta que había en el proceder de este joven Sacerdote más ocurrencia que mala voluntad, creyó sin embargo tener que mortificarle un poco. Después de hacerle ver que un hombre humilde de verdad, no anda buscando ni los primeros lugares, ni hacer que se hable se él en las Asambleas, le dio orden de ir a pedir perdón al Rector y a aquellos Regentes a quienes había podido desedificar. Este hombre sabio a quien su nacimiento y sus talentos no envanecieron nunca, obedeció sin replicar: por suerte se las había con gente que sabían estimar los méritos; y fue recibido con toda suerte de cumplidos, todos estuvieron de acuerdo que sabía unir mucha virtud con mucha capacidad.

Con esta dedicación a mantener a sus Sacerdotes en la humildad, el Siervo de Dios tenía el talento no sólo de sostenerlos en el trabajo sino además de hacerles trabajar de una manera digna de Dios, así como lo ordena el Apóstol. Es verdad, y ya lo hemos dicho, que no los alababa nunca en su presencia, si razones urgentes y muy raras no le obligaban a actuar de otra manera;  sin embargo sabía cultivar en ellos una santa emulación, con sus ejemplos y con la unción de sus palabras y con el cuidado que ponía en hacerles participar de las bendiciones que Dios daba a los trabajos de sus cohermanos. Además, estaban todos muy justamente persuadidos del afecto que él sentía por ellos. Un Padre quiere menos a sus Hijos de lo que él quería a sus Misioneros. Sus cartas, de las que hemos leído más de seis mil, están dictadas todas por la caridad. Su ternura se hace sentir en ellas hasta en las correcciones: pierden en sus manos ese gusto de amargura, que parece acompañarlas.

Era sobre todo en las persecuciones que debían pasar o en las enfermedades que los afligían, donde sentían cómo él era de ellos. No era de esos devotos que, llenos de atención hacia sí mismos en el tiempo de sus enfermedades, se contentan con  dar para los demás órdenes vagas, que ce ocupan bien poco de ejecutar, o nada en absoluto. Vicente examinaba en persona si los suyos eran tratados como lo deben ser hombres, que con frecuencia no sufren más que por verse agotados por el exceso de celo y de trabajo. No se le escapaba nada en este aspecto; y lo repitió más de una vez, que no dudaría en vender los Vasos sagrados, si fuera necesario para procurar a estos queridos enfermos los socorros que se les deben. Los soldados, que combatían bajo el famoso Turena, no temían ni al fuego ni a los peligros, porque veían en él a un  gran Capitán, a un excelente modelo, a un Padre tierno y compasivo: los Sacerdotes que trabajaban bajo Vicente de Paúl volaban a sus órdenes, a los Países más bárbaros, a Provincias donde reinaban la peste y la muerte, porque su caridad los seguía a todas partes, y estaban seguros de hallar allí o los más tiernos tratos por su parte o una corona incorruptible. También el santo Hombre les estaba siempre presente. Hemos tenido la dicha de ver a quienes su nombre solo enternecía más de cincuenta años después de su muerte, y que al hablar de él no podían contener las lágrimas.

Le dieron, el año después de ser establecido el Seminario interno, una nueva prueba de su obediencia, en una famosa Misión que les costó mucho. Se dio en S. Germain –en enero y febrero-, donde estaba el Rey y toda la Corte. El Príncipe mismo la pidió. Vicente hubiera querido de buena gana que la dieran otros. Sus Sacerdotes nacidos para la salvación de la pobre gente del campo le parecían poco idóneos para evangelizar  a los Grandes del siglo que con demasiada frecuencia prefieren al Orador que sabe agradar antes que al Hombre de Dios, que toca y convierte. Pero Luis XIII, habiendo hecho el honor a nuestro Santo de hacerle saber que quería sus Misioneros, tuvo que pasar por ello. Los comienzos fueron trabajosos. El modo como se combatía los desnudos escandalosos y la firmeza constante con la que se quería, en el Tribunal, obligar a las mujeres mundanas a las reglas de una exacta modestia, dieron mucho que hablar. Hubo quejas fuertes por la pretendida severidad de los Obreros y se las cantaron en todos los aires. Pero estos hombres acostumbrados a andar a su aire, continuaron predicando el Evangelio en toda su pureza, y excluyendo de la participación  de los santos Misterios a estas personas que a veces sin pasión se presentan de una manera como para excitarla en los demás.

No obstante la calma no tardó en seguir a la tempestad. La unción del Espíritu de Dios tocó a quienes habían lanzado los gritos más fuertes. Se volvieron tan fervorosas que quisieron ser asociadas a esta Cofradía de la Caridad, de la que tanto hemos hablado. Sirvieron a los pobres según su turno, y divididas en cuatro equipos, solicitaron en su favor la piedad de los Fieles y les procuraron grandes auxilios. No hubo apenas nadie de la Casa del Rey que no se esforzara por aprovecharse de la gracia que Dios distribuía en abundancia. Este Religioso Príncipe se sintió impresionado y tuvo a bien decir a uno de estos dignos  Ministros de la palabra que se sentía muy satisfecho de todos los ejercicios de la Misión, que era así como había que trabajar, cuando se quería lograr algo, y que él daría este testimonio por todas partes. Son sus propias expresiones.

El Cardenal de Richelieu, con todo lo trabajador que era, no pudo concebir cómo podían los Misioneros hacer un trabajo tan largo y tan agotador. Advirtió a Vicente de Paúl que sus Hijos se cuidaban muy poco, y que como él sabía mejor que nadie que un arco siempre tenso pierde la fuerza, y se queda inútil, ordenó a nuestro Santo que diera cada Semana un día de vacaciones a los que trabajaban en las Misiones. Fue en Richelieu mismo, donde otros Sacerdotes estaban ocupados cuando este Reglamento comenzó a ser seguido; y pronto se estableció en todas partes: de manera que debido a la atención de este gran Ministro, los Misioneros deben todavía hoy el día de descanso todas las semanas.

La Reina se encontraba entonces en los primeros meses de su embarazo, y dio ese mismo año un Delfín a Francia -5 de septiembre-, después de 22 años de matrimonio. Para mostrar su gratitud hacia Dios, tuvo grandes y piadosas liberalidades. La estima que tenía por nuestro Santo no le permitió olvidarse de la casa de S. Lázaro. Hizo regalo a la Sacristía, que era muy pobre, de un ornamento de tela de plata. Se lo creyó llegado a tiempo para las Fiestas de Navidad. Vicente debía oficiar en esta Solemnidad: pero su humildad no le permitió vestirse el primero con unos ornamentos tan ricos y pidió unos ordinarios; y por muchas razones que le dieron, no pudieron vencer su repugnancia. Tan verdad es, que todos sintieron una profunda humildad.

Ana de Austria reconoció tan bien, por los efectos de la Misión de S. Germain, todo aquello de que es capaz un celo verdaderamente Apostólico, que cuatro años después pidió una segunda para el mismo lugar. Es cierto que esta piadosa Princesa tenía principalmente a la vista la salvación de un gran número de artesanos, que trabajaban  por entonces en los edificios del Castillo: pero se aprovechó toda la Corte. La Reina asistía todas las tardes con gran aplauso a las predicaciones de uno de los Sacerdotes de Vicente de Paúl, que tenía talentos superiores. Otro daba cada día en el propio Castillo conferencias de piedad a las Hijas de la Reina. Lo que hubo de particular es que el sr Delfín que apenas tenía tres años, tomó, a su modo, parte en las bendiciones de esta misión. Ana de Austria quiso sin condición alguna que se le diera un poco de Catecismo, y fue un joven Eclesiástico de la Congregación el encargado de este glorioso trabajo.

Fue al parecer este año cuando Vicente de Paúl tuvo el consuelo de ver al sr de Quériolet (o Kériolet); este hombre, que de libertino, incluso de ateo, se había convertido en un modelo de penitencia, pero de una penitencia tan terrible, tan proporcionada al exceso de sus desórdenes, que no existe en la antigüedad casi nada que se le pueda anteponer. El sr Bernard, de sobrenombre el pobre Pierre que era, como él, una prueba sensible del poder y del imperio de la gracia de Jesucristo, habiendo alojado durante tres días a este ilustre Penitente, le acompañó en algunas visitas que hizo a algunas personas de una virtud eminente. El R. P. de Condren, y Vicente de Paúl fueron de ese número. El sr de Quériolet tuvo con uno y otro conferencias particulares, cuyo detalle no nos han conservado sus Historiadores, pero que sin duda no se dirigieron sino a animarle a la perseverancia. No es la única vez que nuestro Santo tuvo el honor de ver a este hombre tan famoso en todos los aspectos. Se enseña todavía al final del Seminario de S. Lázaro una pequeña habitación en la que hizo el retiro. Era a la vista de estos perfectos Cristianos cuando Vicente exclamaba a veces, como lo hizo en aquel mismo tiempo: yo soy el único, que soy un miserable pecador, que no hago más que mal sobre la tierra, y que debo desear que Dios tenga a bien retirarme de ella lo más pronto posible, como lo espero de su bondad.

Sin embargo este hombre, que se consideraba como un Siervo inútil, estaba tan plenamente y tan santamente ocupado de la mañana a la tarde que su vida no era más que un tejido de buenas obras. Otro cualquiera menos trabajador, menos sostenido por la gracia habría sucumbido bajo esta multitud de dificultades. No se puede todavía hoy pensar cómo un hombre bastante enfermo, y que no omitió nunca sus ejercicios de piedad podía atender a tantas ocupaciones disparatadas, concluir un número tan grande de asuntos, que no tenían ni enlace ni relación, responder como lo hizo, sin faltar nunca a aquella cantidad prodigiosa de cartas que recibía de todas partes, y formar con todo cuidado las dos Compañías que había instituido.

Estas ocupaciones de las que daremos una idea más extensa bajo 1656, se veían trastornadas por contratiempos: pero el Santo sabía admirablemente volver al orden y aprovechaba la ocasión de hacer un nuevo bien, sin perder de vista el que llevaba entre manos. Hemos dicho ya que el Arzobispo de París se servía de él en diferentes coyunturas: añadiremos aquí que tenía para este prelado, y para todos los Obispos un respeto tan profundo que la más débil insinuación por su parte le parecía una orden, y que sacrificaba hasta los intereses de su Congregación para obedecerles. Dio de ello este mismo año un ejemplo, que no es ni el único ni el más importante de los que dio en este aspecto. Su presencia era necesaria en Richelieu; los arreglos, las atenciones que se necesitan en esta clase de Fundaciones, le llamaban allí; había prometido a los suyos que iría. En la fecha señalada para partir, el sr de Gondi le envió un Mandato de visitar una Casa Religiosa, que debía darle muchos quebraderos de cabeza. El siervo de Dios habría querido que se diera este encargo a otro; tal vez insistiendo habría llegado a verse dispensado de él, pero prefirió la obediencia a todo lo demás, y fue en aquella ocasión cuando, para animar a uno de sus Misioneros a la práctica de esta gran virtud, le escribió que, si el sr Arzobispo le mandara marchar a los extremos de su Diócesis, y quedarse allí de por vida, él creería verse obligado a obedecer a su voz, como a la de Jesucristo mismo. Añadió que sea que este Prelado le prescribiera la soledad, sea que le diera un empleo, le parecía que uno y otro serían para él un Paraíso anticipado, porque estaría seguro de cumplir la voluntad de Dios.

El santo Sacerdote no dejó de ir luego a Richelieu. Aquel viaje le resultó penoso, porque lo hizo en una estación mala: pero estaba acostumbrado a no tener en nada los trabajos, sobre todo cuando eran efecto de la sumisión que tuvo siempre para sus Superiores. Por otra parte, setenta jóvenes Eclesiásticos que encontró en retiro a su regreso y que se disponían a la ordenación de Navidad de una manera de la que se sintió contento, le hicieron olvidar pronto todas sus fatigas.

Algunos años antes había enviado a Roma a uno de sus Sacerdotes –Luis de Breton- que tenía mucha erudición y piedad; no se necesitaba menos para remplazar al célebre sr du Coudrai. Vicente encargó a este último varios asuntos  importantes, que terminó muy exitosamente. Como no le ocupaban siempre, el Santo le dio orden de recorrer el campo de Roma, y de anunciar en él el Evangelio a los pobres. Lo hizo con tal éxito que Urbano VIII, que ocupaba entonces la S. Sede, creyó que un número de Operarios parecidos no podrían sino hacer mucho bien en el Estado Eclesiástico. Se establecieron pues en Roma algunos años después –en 1642-. La Duquesa de Aiguillon quien, como ya hemos visto, tenía hacia Vicente de Paúl sentimientos extraordinarios de estima y de confianza, y cuya caridad iba a buscar al pobre y al indigente hasta en los Países extranjeros, quiso contribuir en el gasto que pedía esta buena obra: lo hizo de una manera tan liberal y tan grande que se la debe mirar como Fundadora de esta primera casa de Italia. Las máximas y el espíritu del Siervo de Dios se han mantenido hasta hoy en toda su integridad. Allí se vieron los Carretti, los Imperiali, los Spínola, y tantos otros de la más alta cuna, no distinguirse de sus Cohermanos más que por la más exacta práctica de todas las virtudes. Pero es más seguro para nosotros suprimir las alabanzas que serían debidas a los ejemplos que nos dan; ya que nosotros no podríamos proporcionarlos a sus méritos, sin hacerlos sospechosos. Laudet te alienus, et non os tuum; extraneus et non labia tua.

Trad. Máximo Agustín

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