San Vicente (Collet) 15

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

Antes de entrar en este nuevo campo, dejar para siempre la materia de los Retiros, se me permitirá decir en dos palabras, que lo que Vicente de Paúl temía tanto, no sucedió; que hoy, como durante su vida, se recibe cada Semana y muy gratuitamente un buen número de Ejercitantes; que las desgracias de los últimos tiempos tan funestas a una parte del Reino, y en particular a la Casa de S. Lázaro –años 1634 y 1635-, en nada han perturbado la práctica de esta buena obra; que estos Señores son los primeros, y los mejor servidos; que se encuentran alojados mucho más cómodamente de lo que lo estaban en la época de nuestro Santo; que el sr Alméras su digno Sucesor, cuando quiso levantar un nuevo Edificio sobre las ruinas del antiguo, que se caía por todas partes, comenzó por hacerles construir un grande y vasto Cuerpo de Viviendas, que contiene 75 Habitaciones; y que al fin, cuando este gran número de habitaciones no les fuera suficiente, (pues hemos visto más de una vez hasta cerca de ciento veinte) los Misioneros, para dejarles sitio, acampan donde pueden; y no tienen en nada lo que tienen que pasar, mientras estos Señores no lo pasen mal. Pero con esto hay más de lo necesario sobre un dato, del que todo París es testigo. Volvamos al curso de nuestra Historia. El sector que vamos a comenzar es uno de los más hermosos de la vida del Siervo de Dios; y sería más que suficiente para merecerle los mayores elogios, si viviéramos en un siglo, en que la gratitud se mereciera por las obras buenas.

Hacía unos diecisiete años que Vicente de Paúl había fundado las Cofradías de la Caridad a favor de los pobres enfermos. Esta Asociación de misericordia pasó, como lo hemos dicho ya, del campo a las ciudades; y se vio a un buen número de mujeres de condición que quisieron unirse a ellas. Pero lo que hizo más brillantes a estas Cofradías contribuyó poco a poco a hacerlas menos útiles. Las primeras Damas que se habían incorporado, lo habían hecho por elección, y servían a los pobres en persona. Esto no fue así del todo con las que las reemplazaron; algunas entraron porque era la moda; otras actuaron, a la verdad, por motivos más puros; pero la oposición de sus maridos que temían el aire infectado y la enfermedad, no les permitió la libertad que necesitaban. Unas y otras acudieron a sus criadas, y como la mayor parte eran con frecuencia almas sobornables, que no tenían ni afecto ni habilidad, se veía con el paso del tiempo perecer una fundación, que pide mucho  de ambas cosas.

Para remediar este desorden, se pensó que era necesario tener Sirvientas que, ocupadas exclusivamente en el cuidado de los pobres enfermos, les distribuyesen cada día el alimento y los remedios según la exigencia de sus enfermedades. Este proyecto estaba bien claro; pero para realizarlo, había que, ante todo, hallar personas que quisieran prestarse a ello; también se necesitaba, después de hallarlas, formarlas y prepararlas para un empleo que, sin discusión, pide mucha capacidad y virtud, y más virtud que capacidad. Estas dos cosas no eran fáciles, y la segunda lo era todavía menos que la primera.

No de dejó de consultar al S. Sacerdote sobre un asunto que era de su competencia únicamente por tener que ver con los pobres –en 1630-. Pensó en ello delante de Dios, según su costumbre; y después de reconocer que lo que se le proponía era necesario por lo menos en las ciudades, creyó que él podría encontrar en los campos una parte de aquello que necesitaba. Se acordó que en el curso de sus misiones, se había encontrado con buenas jóvenes, quienes sin tener atractivo para el matrimonio ni suficientes bienes para entrar en Religión, podrían darse el gusto de consagrarse por el amor de Dios al servicio de los pobres enfermos. La Providencia que favoreció siempre a Vicente, porque descanó siempre sobre ella, le sirvió en esta ocasión, como le había servido en tantas otras. Desde las primeras misiones que se dieron algún tiempo después, se encontró a dos jóvenes, llenas de buena voluntad, de las cuales una fue colocada en la Parroquia de S. Salvador, la otra en la de S. Benito. Algunas más se presentaron todavía posteriormente: unas fueron puestas en S. Nicolás del Chardonnet, las otras distribuidas en diferentes Parroquias.

Pero se ha de confesar que no resultaba todavía de todo eso más que un trabajo en bruto, y muy imperfecto. Estas jóvenes reunidas de diferentes lugares no tenían entre sí ni relación ni correspondencia: Vicente y la Señorita le Gras no podían darles más que consejos pasajeros, que a veces se les olvidaban muy pronto: con lo que se veía bastante a menudo que sus trabajos no eran satisfactorios; y como después de desplazarlas, no se tenía a otras para sustituirlas, los pobres volvían a caer en sus primeras necesidades; fue entonces cuando se sintió mejor que nunca que, para lograrlo, había que tener un número suficiente de jóvenes, y comenzar por instruirlas(?) en el servicio de los pobres, y más aún en los ejercicios de la vida espiritual, sin los cuales era fácil de ver que no podrían mantenerse mucho tiempo en un estado muy laborioso, y en el que se necesita día y noche combatir y superar todas las repugnancias de la naturaleza.

La Señorita le Gras, a quien consumía su amor por los pobres, no pedía otra cosa que entregarse por completo a formar personas capaces de socorrerlos. Deseaba ardientemente que le fuera permitido consagrarse a ello con un voto irrevocable: pero como en los asuntos de alguna importancia, ella no daba nunca un paso sin consultar a su Director, y que su Director mismo no daba uno solo sin consultar a Dios, ella se vio obligada a moderar su celo durante cerca de dos años. Durante ese tiempo, que debió parecer largo a la piadosa Viuda, el santo Sacerdote acudió a Dios en la oración; le suplicó que manifestara sus designios y que no permitiera que un pecador, tal como él  creía serlo, tuviera la desgracia de echar a perder nada de la obra de la Providencia. Escribió varias veces a su Penitenta para que no se precipitara en nada; que honrara con la paz y la sumisión de su corazón, la sumisión y la paz de del corazón de Jesucristo; que se dirigiera frecuentemente a él en la oración, para conocer su santa voluntad, y estar bien persuadida de que si ella ponía su confianza solamente en él, la esperanza  que ella tenía no quedaría defraudada.

Estas últimas palabras, que el Siervo de Dios repitió varias veces, se verificaron al fin. Varias jóvenes que parecían dispuestas a las más duras funciones de la caridad, se presentaron a él. Eligió a tres o cuatro, que juzgó las más idóneas para trabajar bien; las colocó, hacia finales del año 1633, en las manos de la Señorita le Gras, quien las recibió, las hospedó, y las preparó en su Casa; donde no descuidó nada de lo que podía contribuir a hacerlas capaces de lo que se esperaba de ellas. Se vieron entonces los grandes talentos que Dios había dado a su Sirvienta para esta fuerte educación. Estas primeras jóvenes a quienes las necesidades urgentes de los pobres no les dejaron esperar más tiempo fueron el ejemplo de todas las Parroquias a donde las enviaron. Su modestia, su dulzura, su disposición para aliviar a los enfermos, y la santidad de su vida encantaron a quienes fueron sus espectadores. Tan buenos ejemplos llamaron la atención, y pronto después movieron a otras más  de su misma edad y del mismo sexo que vinieron a ofrecerse, como ellas, en humilde servicio a Jesucristo en la persona de los pobres.

Esos fueron los comienzos de esta Compañía de Vírgenes que, con el nombre de Hijas de la Caridad, tiene hoy hasta treinta y cuatro casas sólo en la Ciudad de París. Tan pequeña en su nacimiento, como la mostaza, cuando todavía es semilla, se ha convertido, como ella, en un gran Árbol. Sus raíces alimentadas, menos con la sustancia de la tierra que con el rocío del Cielo, se han extendido por todas las partes de Francia, por la Lorena, incluso hasta Polonia: Y veremos bien pronto al huérfano abandonado, a la viuda desolada, al soldado cubierto de sangre y de heridas, a los pobres vergonzantes, a los enfermos de yoda clase, respirar a la sombra de sus ramas saludables, y encontrar allí el alimento, la salud y la vida.

Vicente y su piadosa Colaboradora no habían esperado ni previsto progresos tan rápidos y tan dilatados. Pero cuando vieron que Dios, contento de alguna forma con haber esbozado su obra, quería confiársela a sus cuidados, para darle la última mano, se esforzaron uno y otra en perfeccionarla con el socorro de la gracia y en sacar de este precioso talento todo lo que les fuera posible. Su intención no había sido en un principio otra que ayudar en las Parroquias a aquellos enfermos que estaban desprovistos de los auxilios necesarios, sea porque no había Hospitales, a los que trasladarlos, sea porque no habrían podido entrar sin dañar mucho sus pequeños asuntos. Los designios de Dios al  manifestarse más claramente con el tiempo, hicieron que el santo Fundador las juzgara idóneas para otros empleos, que no son menos importantes, y que todos se dirigen al auxilio de los pobres. Así las encargó poco a poco de la educación de los Niños abandonados; de la instrucción de los jóvenes que, por falta de medios, carecían de ella; del cuidado de un gran número de Hospitales,  y hasta de los criminales condenados a las Galeras. Como estas diversas ocupaciones hacen de alguna forma de una sola Compañía varias Comunidades, el santo Sacerdote les prescribió Reglas generales y particulares para dirigir y sostener el Cuerpo entero, y las diferentes partes que lo componen. Siguió en relación a las Hijas de la Caridad la máxima que había seguido con los de la Congregación; es decir que hubo muchas cosas que no propuso más que a modo de ensayo, y que no publicó definitivamente más que aquellas que, tras una larga práctica y mucha experiencia, le parecieron que se debían publicar. También se está de acuerdo en que las Constituciones que redactó para estas piadosas Hijas son una Obra maestra de prudencia y de sabiduría. Tan sólo daremos un Compendio, ya que un detalle más largo nos llevaría demasiado lejos.

Las Hijas de la Caridad deben, ante todas las cosas, tener por principio, que Dios las ha reunido para honrar a Jesucristo Nuestro Señor como la fuente y el modelo de toda caridad, prestándole en la persona de los pobres ancianos, niños, enfermos, presos, y otros parecidos, todos los servicios, tanto corporales como espirituales, que puedan prestarles; que, para corresponder a una vocación tan santa, deben trabajar con una atención continua en su propia perfección, y juntar los ejercicios interiores de la vida espiritual a los empleos exteriores de la caridad Cristiana; que, aunque no sean ni puedan ser Religiosas, porque el Estado de Religión no es compatible con su trabajo, deben sin embargo llevar una vida tan perfecta como la de las más santas Religiosas en sus Monasterios; que esto es tanto más verdad cuanto que ellas están mucho más expuestas en el exterior de lo que lo están personas, a quienes su estado pone al abrigo del trato y de los peligros del mundo; Que en cuanto a ellas  no tienen de ordinario por Monasterios más que las Casas de los pobres; por Celda una habitación de alquiler; por Capilla la Iglesia de su Parroquia; por Claustro las calles de la Ciudad, o las Salas de los Hospitales; por Clausura la obediencia; por Reja el temor de Dios; por Velo una santa y exacta modestia.

De ahí, continúa el santo Fundador, resulta que necesitan mucha vigilancia; que deben en todo lugar, a donde sus funciones las llamen, comportarse con un recogimiento y una atención a Dios que no ceda en nada al fervor de los Claustros más regulares; que, como la pureza, virtud difícil y de una amplitud infinita, les es indispensablemente necesaria, y que en este género toda sospecha, por ligera, por injusta que fuera, sería mayor mal a su Compañía que todos los demás crímenes que les fueran falsamente imputados, ellas deben apartar con las más severas precauciones, todo cuanto pudiera herir los ojos de Dios y los del prójimo; que es necesario en consecuencia que tengan unas para con otras aquella clase de respeto que excluye la familiaridad; que en sus recreos como en otras partes, se abstengan de las ligerezas pueriles, de los gestos o palabras inconvenientes, de los juegos capaces de llevar a algo menos honesto; que su vigilancia sobre sí mismas debe redoblarse cuando la caridad las obligue a extenderse por el mundo y tratar con las personas de un sexo diferente, a cuidar a los enfermos, y también a los moribundos; que antes de salir de la Casa, deben prosternarse a los pies del Hijo de Dios, suplicarle que sostenga su debilidad, darle gracias a su regreso porque no ha permitido que sus ojos se detuvieran en la vanidad.

Digámoslo de paso: ¡Cuántas faltas evitadas, cuantos escándalos ahorrados a la Religión, si las Vírgenes Cristianas se condujeran el mundo por máximas tan juiciosas y tan puras! Sin embargo el santo Hombre no se detuvo ahí. Yodo lo aterra, cuando se trata de la inocencia y de la reputación de sus Hijas. Llega hasta prohibirles que no vean nunca a su Director fuera del Tribunal de la Penitencia, a no ser quizás en caso de una enfermedad seria; aun así conviene que entonces vayan acompañadas o de una de sus Hermanas o de una vecina suya. La ociosidad madre de todos los vicios y más de la impureza que de ningún otro, les está estrechamente prohibida: pero se tiene por ociosidad entre ellas muchas cosas que, aunque capaces de contribuir al honor de Dios, como sería el cuidado de adornar la Iglesia, o de lavar los paños que sirven en el santo altar, podrían apartarlas del fin, al que están dedicadas y mezclarlas en cantidad de entrevistas, que son por lo menos inútiles.

Como nada hay tan propio para sostener la virtud como la mortificación de este cuerpo de pecado, que nos sigue a todas partes, y una fidelidad inviolable a todos los ejercicio de una verdadera y sólida piedad, ellas tienen, en relación a lo uno y a lo otro, Reglamentos que no dejan nada que desear, y que exigen mucho pareciendo exigir bastante poco. No se les prescribe ni el uso del cilicio ni las demás severidades del Claustro. Su gran penitencia debe ser la vida en común. Levantarse exactamente en Invierno y en Verano a las cuatro de la mañana; hacer dos veces al día la oración mental; vivir muy frugalmente; no beber nunca más que agua, a no ser quizás en caso de enfermedad; prestar a los enfermos los servicios más repugnantes; velarlos por turno durante las noches enteras; no contar por nada la infección de los Hospitales, ni el aire emponzoñado que se respira en ellos, ni los horrores de la muerte y de los moribundos: ese es el género de mortificación de las Hijas de la Caridad; y si parece suficiente para hombres fuertes es más que suficiente para personas naturalmente débiles.

En cuanto a sus ejercicios de piedad, los hay que son de Regla común; hay otros sobre los que deben hablar a su Confesor. Éstos se refieren a la frecuentación de los Sacramentos, a los que deben, mientras puedan hacerlo, acercarse los domingos y las Fiestas: aquéllos consisten en oír a diario la santa Misa; en recitar devotamente el Rosario; ocuparse en ya en lecturas, ya en conversaciones de piedad; y sobre todo en hacer por la mañana tres cuartos de hora de meditación, y media hora después de cenar. Estos ejercicios no obstante están subordinados a los ejercicios de la caridad, que deben al prójimo. Al primer grito del pobre, deben volar en su auxilio. Mas a fin de que Dios no salga perdiendo, conviene que se ocupen de él durante su paseo, y recojan hasta en las Plazas públicas los frutos de justicia y de paz, que la Providencia no les deja entonces recoger en el silencio y el retiro.

A pesar del deseo que tengo de abreviar, no puedo, en una Fundación que tiene a los pobres y sobre todo a los enfermos por objeto, dispensarme de decir una palabra de los servicios, que Vicente ha querido que sus Hijas les prestaran. Las Reglas que les dio sobre esto, llevan, como las precedentes, toda la huella de una caridad igualmente tierna y luminosa. Por todo el celo que deban tener por procurar a los enfermos la salud del cuerpo, deben todavía más interesarse por la salvación de sus almas. Como el viaje de la eternidad no se hace más que una vez, el punto capital es hacerlo bien, que para hacerlo bien, hacen falta grandes disposiciones, ellas deben, para llenar el espíritu y el corazón de estos queridos enfermos, aprovecharse de los momentos que les quedan. En primer lugar conviene que se esfuercen en penetrar su carne de este temor saludable, que es el comienzo de la sabiduría; que ellas les inspiren un santo horror por sus pecados; que, si hay todavía tiempo, los dispongan de una manera viva, pero general, a una Confesión exacta de todas sus miserias; que si el tiempo apremia los animen a tener un dolor sincero de sus desórdenes pasados y una firme resolución de morir antes que volver a caer más en ellos.

Para no cansar a personas a quienes sus propios sufrimientos agotan ya mucho, se encarece a las Hijas de la Caridad que les hablen poco cada vez, de volver de vez en cuando a la carga, de llevarles ya a hacer Actos de Fe, de esperanza y de Caridad; ya a perdonar o a pedir perdón a sus enemigos; ya a ponerse sin reserva en las manos de Dios, y a recibir con una perfecta sumisión el juicio de vida o de muerte que le agrade pronunciar.

Esta atención a la salvación eterna de los enfermos debe redoblarse, cuando se acercan los últimos momentos; entonces deben encomendarlos a Dios e inspirarles aquellos tiernos sentimientos, que son tan propios para unirlos a Jesucristo. Que si por el contrario recobran la salud, se los debe animar a hacer un buen uso  de su enfermedad y de su recuperación; hacerles ver que Dios no ha afligido al cuerpo sino para curar el alma; que tiene razón de exigir que consagren a su servicio, días que ha dado por pura misericordia; que ahora es cuando el Cielo y la tierra van a ver si había sinceridad en las promesas, que han repetido tantas veces, de no ofenderle más; que además, les costará menos de lo que creen vivir en la santidad y en la justicia; que todo irá bien, si son exactos en pedir a Dios noche y día, acercarse varias veces al año a la Penitencia y a la Eucaristía, para evitar las ocasiones que hasta entonces han sido funestas a su inocencia. Esto es una especie de plan de una conducta que las Hijas de la Caridad deben tener en cuenta con respecto a los pobres enfermos; arreglarse como puedan para que los servicios espirituales, que ellas les prestan, no perjudiquen en nada al cuidado que deben tener de su salud,  y que desempeñen estas dos funciones con mucha más sencillez y humildad.

Estos Reglamentos y otros más parecidos después de ser llevados a la práctica durante casi 20 años, fueron aprobados por Jean-François-Paul de Gondi, Cardenal de Retz, Arzobispo de París. Este prelado, en las Cartas de Erección, rindió al Padre y a las Hijas la justicia que les era debida. Puso a la nueva Compañía bajo la obediencia de Vicente de Paúl y de sus Sucesores los Superiores Generales de la Congregación de la Misión. El Rey confirmó la misma Fundación por sus Cartas Patentes, que son un monumento eterno de la piedad y de la estima que ya por todas partes se levantaba  a esta virtuosa Comunidad. Este gran Príncipe declara en ellas que su intención es de favorecer, y apoyar todas las buenas obras que son para la gloria de Dios; que ha reconocido que la Compañía de las hijas de la Caridad es de este género; que sus comienzos se han visto llenos de bendiciones y sus progresos abundantes en caridad; que en consecuencia las coloca bajo la salvaguarda y protección especial, con todos los bienes y fondos que les son y serán en lo futuro otorgados; que les confirma el bien que el Rey su Padre les dio sobre su Dominio, y que en fin les permite establecerse en todos los Lugares de su Reino, a los que sean llamadas para el servicio de los pobres, o de los Hospitales. Estas Cartas Patentes fueron verificadas y registradas en el parlamento de París el 16 de diciembre del año siguiente (1668): y ocho años después la misma Comunidad fue confirmada por el Cardenal Luis de Vandôme Legado a latere de la Santa Sede Apostólica, y del Papa Clemente IX.

La caridad, que Luis XIV admiraba en estas santas Hijas, mereció pronto los mayores elogios, no por razón de sus funciones, que han sido siempre las mismas, sino por razón de las personas que las cumplieron. Vicente había creído en un principio que no había apenas más que jóvenes de baja condición que pudieran resolverse a dar por sí mismas a toda clase de enfermedades los servicios más bajos y más repugnantes; parecía incluso pensar que Dios bendeciría más en particular a pobres que sirvieran a otros pobres. El ejemplo de la infatigable Señorita le Gras era en su espíritu uno de esos fenómenos que no aparecen sino raramente; y la costaba trabajo creer que se pudiera encontrar en cierto mundo una virtud y una actividad parecidas a la suya. Así durante un buen número de años no se recibió entre las Hijas de la Caridad más que a personas de un nacimiento bastante mediocre y acostumbradas desde la infancia a los más penosos trabajos de las Ciudades y de los campos. Pero unas jóvenes de familia y otras de condición, habiendo hecho, por sí mismas o por sus amigos, reiteradas instancias para compartir con las primeras la abyección y el mérito de sus trabajos, se creyó que habría injusticia en cerrarles una puerta que Dios mismo parecía abrirles. Se resolvió pues hacer una prueba, y ésta fue acertada del todo. Se vio entonces y se sigue viendo hoy a jóvenes criadas en la delicadeza, vestidas con preciosas ropas, más acostumbradas a mandar que a obedecer, renunciar a todas las comodidades de la vida para abrazar un Estado, en el que la naturaleza tiene mucho que sufrir; honrar como a sus amos a desdichados de toda clase, que no habrían sido admitidos a servirlas en el mundo; y llevar con más alegría un hábito vil y grosero de la que las jóvenes del siglo sienten llevando sus aderezos casi siempre mundanos, y con frecuencia escandalosos.

No sé si este cambio se hizo durante la vida del santo Fundador; lo que es seguro es que de cualquier condición que hayan sido en su tiempo las Hijas de la Caridad, tenía hacia ellas un respeto particular. El solo nombre de Sirvientas de los pobres enternecía a este Padre de todos los afligidos. La protección, que Dios otorga a los que le sirven en sus miembros, le aseguraba perfectamente contra los peligros a los que ellas están expuestas. Las ha enviado bien a los ejércitos para cuidar de los soldados heridos; bien hasta Polonia atravesando Alemania y una multitud de Países herejes, sin dar a entender que temía por ellas, lo que hubiera temido por los demás. Les había ordenado que en sus viajes fueran rocas contra todo lo que pudiera anunciarles la trampa del seductor; no dudaba un momento que ellas no lo fuesen, y Dios se lo concedía a sus oraciones y a sus exhortaciones, alguna vez hasta ha parecido prometerles que la Providencia haría en su favor milagros, antes que abandonarlas; y la Providencia ha justificado más de una vez sus predicciones.

A este propósito, les habló un día de un suceso, del que todo París acababa de ser testigo, y en el que la incredulidad misma tendría sus dificultades en no ver el dedo de Dios. Una de estas virtuosas mujeres habiendo ido a una casa del Arrabal de S. Germain, para dar la porción a un pobre enfermo, apenas hubo entrado, cuando todo el Edificio se abrió de arriba abajo, y se desplomó por completo. De treinta personas, o más, que estaban en el Edificio, no se libró ninguna de quedar sepultada bajo las ruinas,  menos un niño que quedó herido y la Hermana, de quien hablamos, que salió ilesa. Se encontró durante esta violenta tempestad en un rincón del piso, que no se cayó, aunque el resto del piso se hundiera todo. Allí se quedó inmóvil con una cesta que llevaba en la mano. Una granizada de piedras gordas, de vigas, de postes, de cofres, de armarios, de mesas que se precipitaron de los pisos superiores, le pasaron casi rozando, pero parecieron respetarla; salió sana e intacta de este montón de escombros, en medio de las aclamaciones de una multitud de gente que el ruido y el estrépito habían reunido.

Para terminar lo que se refiere a este Instituto, bastará con añadir que las Hijas de la Caridad no hacen más que votos simples; que no los hacen por primera vez sino después de cinco años de prueba; que, para tenerlas en una justa dependencia, y dejarles al mismo tiempo todo el mérito de una plena libertad, ellas no los hacen cada vez más que por un año; que al renovarlos el 25 de marzo, día en que la Señorita le Gras los hizo por primera vez, lo hace con el permiso que les da la Superiora General; que el retraso de este permiso es la penitencia más dura que se les pueda imponer; que, aparte de las tres virtudes que están en uso en las Órdenes Religiosas, hacen un cuarto voto de servir a los pobres en la Compañía, a la que Dios las ha llamado; y que finalmente la libertad que tienen de salirse no ha servido apenas hasta el presente más que para ligarlas con lazos más consoladores y más inviolables.

El servicio que rindió a los pobres Vicente de Paúl procurándoles unas Mujeres, que no tienen otro objeto que el de socorrerlos, fue pronto seguido de un Establecimiento nuevo, que procuró a estos mismos pobres bienes y ventajas que cuesta mucho idear, y más aún explicar. A la vuelta de un viaje en el que, por orden del sr Obispo de Beauvais, giró en dos días la visita a las Religiosas Ursulinas -26 y 27 de julio de 1634-, con una sabiduría, cuya prueba subsiste aún hoy en las Ordenanzas que dejó allí. La sra Presidenta Gouffaut vino a verle y le propuso una buena obra cuya idea la ocupaba hacía tiempo. Era una mujer de una caridad eminente. Rica y hermosa, se había quedado viuda en la flor de la edad; el mundo le ofrecía en un segundo matrimonio todo lo que puede halagar a una joven de su condición. Pero la gracia fue más fuerte que la naturaleza. Jesucristo pobre y sufriente en los pobres fue el único Esposo que la Presidenta se quiso escoger; y fue a él solo a quien se esforzó por agradar el resto de sus días. No perdió nada en ello y los pobres ganaron mucho.

A los que veía con mayor frecuencia era a los enfermos del Hospital General de París (l’Hôtel-Dieu), y fueron ellos el objeto principal de la visita que hizo al santo Sacerdote. Le propuso con mucha fuerza, que este grande y vasto Hospital merecía una atención particular; que pasaban por él cada año unas veinticinco mil personas de toda edad, de todo sexo, de todo País y de toda Religión; que por consiguiente se haría allí una cosecha infinita para la gloria de Dios, si las cosas marcharan como debían marchar; que faltaba mucho para que las cosas fueran como debían ser; y que ella sabía, por haberlo visto, que a los pobres les faltaban muchos auxilios espirituales y temporales.

Vicente sabía muy bien que no se encontraba en el Hospital General el bonito orden que se ha visto luego y se admira hace tantos años;  pero sabía también que existen males que hay que tolerar, y que de este número son aquellos que no se pueden parar, sin exponerse a hacerlos mayores. Así que se contentó con responder a la Presidenta que no le convenía meter la hoz en la mies del prójimo; que la casa de la que le hablaban estaba gobernada en lo espiritual y en lo temporal por Directores y Administradores, a quienes tenía por muy sabios; que no tenía no carácter ni autoridad para impedir los abusos que podían hallarse allí como en todas partes; que había que esperar a que los que estaban encargados del gobierno de esta gran casa aportaran los remedios necesarios. Este discurso era sabio, y en él se reconoce fácilmente a un espíritu muy circunspecto y muy precavido: sin embargo, como todo eso no remediaba nada, el celo de la Presidenta no quedó satisfecho. Hizo nuevas tentativas; pero recibió siempre respuestas más o menos parecidas; Vicente continuó diciendo que este asunto no era de su incumbencia, y que no le convenía mezclarse en él.

Lo que hace el amor del mundo en el corazón de una mujer, que es su víctima, lo hace el amor de Dios con mayor facilidad en el corazón de esas mujeres virtuosas, que no respiran sino su gloria. La Señora Gouffault no perdió de vista el proyecto que había formado: lo siguió por entero, es decir que persistió en querer que fuera ejecutado y, lo que es más, que Vicente fuese quien lo ejecutara. Toda la dificultad estaba en hacérselo comprender; ya que por poco que quisiera encargarse, ella conocía demasiado su prudencia y su habilidad, para dudar del éxito. Con este pensamiento se fue a ver al sr Arzobispo de París; ella le habló de una manera tan expresiva, tan urgente que este Prelado hizo saber al Siervo de Dios que le complacería escuchar las propuestas que le habían hecho, y establecer una Compañía de Damas, que tuvieran un cuidado particular de los enfermos del Hôtel-Dieu.

El Santo no dudó más de la voluntad de Dios, una vez que se le manifestó por el órgano de su Obispo. Por eso, sin deliberar, rogó a unas mujeres de condición y de piedad que se reunieran tal día y a tal hora  en casa de la presidenta. Allí se encontraron las Damas de Ville-Savin, de Bailleul, del Mecq, de Sainctor y de Pollaillon. El santo Sacerdote abrió la Asamblea con un discurso tan enérgico, y resaltó tanto la necesidad, la importancia, la grandeza de la empresa que les proponía que todas resolvieron entregarse a ella. Vicente señaló una nueva Asamblea para el lunes siguiente; Vicente encargó a todos los que habían asistido a la primera que invitaran a la segunda a aquellas amigas suyas que juzgaran aptas para prestarse a la buena obra que se quería emprender: pero, según su costumbre, también les encargó más todavía que encomendaran este asunto a Dios, y que comulgaran con esta intención. En este sentido escribió a la Señorita le Gras, advirtiéndole que la necesitarían y a cuatro de sus Hijas.

Esta segunda Asamblea fue más numerosa que la primera. Se encontraron allí varias Damas tan distinguidas por su virtud como por el rango que ocupaban. Las más conocidas son Elizabeth d’Aligre Cancillera de Francia, Anne Petau viuda del Señor Reanut Señor de Traversai y Marie Fouquet. Esta última se creó un nombre inmortal por su afecto a Dios, su ternura hacia los pobres, su amor a la oración: y no se olvidará nunca que en el momento de enterarse de la humillante desgracia de su Hijo -1661-, el Superintendente de las Finanzas, pronunció a los pies de su divino Maestro estas palabras que serán su elogio por todos los siglos: Os doy gracias, mi Dios; siempre os pedí la salvación de mi Hijo, este es el camino.

Se procedió en esta Asamblea a la elección de tres Oficialas; es decir de una Superiora, de una Asistente y de una Tesorera. La Presidenta Goufault tuvo el honor de ser la primera Superiora de la nueva Compañía, y Vicente fue constituido el Director perpetuo. En pocos años se hizo tan floreciente que contaba con más de doscientas Damas, entre las cuales se han viso con edificación a Presidentas, Condesas, Marquesas, Duquesas, Princesas incluso, que inclinaban humildemente delante de los pobres una cabeza nacida para llevar la Diadema. Cuanta mejor voluntad testimoniaban mujeres respetables, mejor reconoció Vicente lo importante que era dirigir su celo. Por eso les prescribió unas Reglas, de las que se convino que no apartarían. Como tenía una vista admirable, y examinaba sus objetivos en todas sus partes, se dio cuenta que había que, 1º Hacer el bien, sin dar a entender que se reprochaba a los que estaban encargados por no haberlo hecho. 2º Hacerlo a la vista de todos aquellos que quisieran presenciarlo. 3º Por fin, hacerlo a enfermos, más dignos de compadecer por parte del alma que de parte del cuerpo.

A base de estos principios fue como, sin alejarse de esta sabia sencillez, que fue siempre el alma de su conducta, al entrar en el Hospital General, irían en primer lugar a presentarse a las Religiosas, que cuidan a los enfermos; que les rogarían tener a bien que, para participar de sus méritos, tuvieran el consuelo de servir con ellas; que en caso de que se hallara alguna, que no las mirara con buenos ojos, ellas tendrían mucho cuidado de no contradecirla, o de querer imponerse; y para terminar ellas honrarían a todas estas jóvenes, como a sus propias Madres, las Dueñas de la Casa, las Esposas de Jesucristo. Que con respecto a los pobres, les hablarían con mucha dulzura y humildad; que, para no contristar a estos desdichados, a quienes el lujo de los ricos hace sentir más el peso de sus miserias, no se presentarían ante ellos más que con vestiduras igualmente sencillas y modestas; y que, para hacerles más atentos a las pequeñas exhortaciones que les debían hacer sobre el asunto de la salvación, les procurarían todos los pequeños auxilios, que la casa no les daba. Finalmente, el S. Sacerdote quiso también que, a fin de no dañar los ojos de cierta clase de gente que les gusta censurar lo que no tienen el valor de imitar, evitaran no sólo hacerse las sabias, cuando instruyeran a los enfermos, sino también parecer hablar de sí mismas; y que para ello tuvieran siempre en la mano un Librito, que se mandó imprimir a este fin y que encerraba aquellas verdades Cristianas, cuyo conocimiento es más esencial.

Este proyecto fue ejecutado, y dio buenos resultados. Estas Damas, por medio de sus modos amables y respetuosos, se ganaron el corazón de las Religiosas de la casa. Tuvieron plena libertad de recorrer las Salas y las camas para consolar a los pobres, hablarles de Dios, llevarles a hacer buen uso de sus enfermedades, disponerlos a una santa y Cristiana muerte. Comenzaron por desterrar algunos abusos de importancia, que eran efecto de un celo mal entendido. Era costumbre en el Hospital General hacer confesarse a los que eran admitidos en el momento que entraban. Estas Confesiones realizadas a toda prisa por personas, que no estaban ni preparadas ni instruidas no podían por menos que estar mal hechas. Con bastante frecuencia incluso eran también sacrilegios por otro capítulo. Había hombres que, si bien crecidos en la herejía, se confesaban como los demás, por el miedo a no ser recibidos o ser maltratados. Por otro lado, no se hablaba nunca a los enfermos de hacer Confesiones generales. Después de esta primera Confesión, que habían hecho al entrar, se los dejaba tranquilos hasta la proximidad de la muerte; es decir, hasta que fueran tanto a más incapaces de confesarse bien como la primera vez.

La supresión de estos desórdenes fue el primer efecto del celo de la nueva Asamblea. Las Damas, que visitaban a los enfermos, se dedicaron a instruirlos, a enseñarles la manera de examinar bien sus conciencias, a hacer nacer en sus corazones, con la ayuda de la gracia, estos sentimientos de dolor y de humillación, que Dios no ha rechazado nunca. Todo ello se hacía con la más perfecta sencillez de los Hijos de Dios, como lo había recomendado el santo Sacerdote muy expresamente. Estas virtuosas Damas menos prescribir a los demás lo que debían hacer, que contarles lo que la misericordia de Señor les había mandado hacer a ellas mismas. “¿Hace mucho tiempo, querida Hermana, decían a una mujer enferma, que no os confesáis? No tendríais la devoción la devoción de hacer una Confesión general, si os dijeran cómo hay que hacerla. A mí me han dicho que era importante para mi salvación hacer una buena antes de morir, ya para reparar los defectos de las Confesiones ordinarias, que quizás yo haya hecho mal; ya para concebir un mayor arrepentimiento de mis pecados, teniendo presentes por un lado los más graves de aquellos que tuve la desdicha de cometer durante toda mi vida, y por otro la misericordia infinita de Dios, que lejos de condenarme al fuego del infierno, cuando lo he merecido, ha escuchado mi penitencia para perdonármelos, y concederme su Paraíso, si me convirtiera a él de todo corazón. Pues bien, podéis tener las mismas razones que yo de hacer esta Confesión general, y de entregaros a Dios para vivir bien el resto de vuestros días. Y si queréis saber lo que debéis hacer para acordaros de vuestros pecados, y luego confesarlos como es debido, me enseñaron a examinarme como yo os voy a decir, etc. También me enseñaron a hacer Actos de Fe, de Esperanza, de Amor de Dios, y de un verdadero y sincero dolor de mis pecados de esta manera, etc.

Este fue el método que siguieron,  por  consejo de su sabio Director, las Damas de la Asamblea, en las instrucciones de los enfermos. Logró mucho más de lo esperado; edificó a aquellos mismos que no sentían mucha inclinación a la edificación, y la crítica más mordaz no encontró en ella nada que pudiera censurar.

Cuando los enfermos estaban bastante instruidos, y parecían estar suficientemente preparados, estas mismas Damas se cuidaban de procurarles Confesores idóneos para acabar lo que ellas habían comenzado. Se dirigieron en primer lugar a Religiosos; pero habiendo sobrevenido en esta ocasión algunas dificultades, escogieron a dos Sacerdotes Seculares de los cuales uno, que sabía varias lenguas, podía confesar a los Extranjeros, que no hablaban francés. Algún tiempo después, habiendo aumentado el número de enfermos, las Damas que se vieron abrumadas por la multitud de los que había que instruir, y que de esta forma no podían prestar con comodidad los servicios a los hombres que prestaban a las mujeres, tomaron nuevos acuerdos. Convinieron con los Superiores de la Misión, colocar allí a seis Sacerdotes, que no tendrían otro oficio que el de instruir a los hombres y escuchar las Confesiones de las personas de uno y otro sexo. Estos Sacerdotes, para realizar mejor una función tan dura como importante, debían comenzar por hacer un Retiro en S. Lázaro, y renovarlo cada año, a fin de mantener el espíritu de caridad, que les es necesario. Por lo demás, su condición era buena para el tiempo. La Asamblea de las Damas daba a cada uno de ellos cuarenta escudos al año: tenían cada día en Notre Dame la retribución por sus Misas; el Hospital General les proporcionaba habitación y alimentación.

Este Establecimiento, que procuraba a los enfermos y a los moribundos un socorro tan esencial, no impidió que las Damas de la Asamblea continuaran prestando sus servicios espirituales de los que eran capaces. Se imaginaban, como Vicente de Paúl que era su modelo, no haber llegado nunca a hacer lo suficiente para responder a los designios de Dios. Se piensa enseguida que la Señorita le Gras no era la menos ardiente. El Siervo de Dios se vio obligado más de una vez a moderar su celo, y a decirle que el deseo y el pensamiento de llegar más lejos de lo que podemos hacer con los medios que él nos da, es un crimen para los Hijos de la Providencia.

Con vistas a dirigir a Damas, cuya conservación tan necesaria era a los pobres, el santo Sacerdote, dos años después de la Fundación de su Compañía, hizo un nuevo Reglamente que las aliviaba mucho, sin perjuicio de los enfermos. Hasta entonces las mismas personas, que los habían servido, se tomaban también el trabajo de instruirlos y prepararlos para la muerte. Vicente creyó que había que compartir estos oficios. Para no hacer nada sin el consentimiento de ellas, señaló una Asamblea, en la que se hallaran todas. En ella propuso sus razones, que fueron aceptadas. Se disponía que en adelante las Damas serían distribuidas en dos clases; que unas estarían encargadas de servir a los pobres, mientras que las otras trabajarían en instruirlos; que cada tres meses se nombrarían a catorce para esta doble función; que dos de este número irían, cada día de la Semana, al Hospital General después de recibir la bendición de aquel de los Señores Canónigos de la Catedral, que fuera entonces su Superior; que en las cuatro témporas del Año, se haría una nueva Elección; y que las que salieran de cargo, entregarían a la Asamblea un informe sencillo y fiel des éxito de sus trabajos, y cómo se las habían arreglado para llevarlos a buen fin; para que sirviese de regla y diera valor a las que las siguieran.

Hasta aquí hemos hablado sólo de los auxilios espirituales que estas virtuosas Damas prestaban a los enfermos; es justo decir unas palabras de los servicios corporales que ellas les han prestado durante la vida de nuestro Santo y que han continuado prestándoles con mayor o menor amplitud, más de sesenta años después de su muerte. Se habían reglamentado, desde el comienzo, estos servicios por el informe que había hecho la Presidenta Gouffault, sobre el modo como pasaban los enfermos la mañana y la tarde. Conviene o que no se les diera nada durante todo ese tiempo, o que no se les diera más que alimentos demasiado vulgares, y poco proporcionados al estado de disgusto y languidez en que se encuentran casi siempre los enfermos. Una caridad menos tierna que la de esta ilustre viuda, no hubiera llamado mucho la atención. Cuando no se sufre, no se siente lo que sufren los demás  Pero una mujer, a quien la gracia había enseñado a mirar a los pobres como a sus propios hijos, estaba muy lejos de sentir de tener sentimientos tan duros, tan poco razonables. Ella hubiera querido verlos tratados en sus enfermedades, como ella era tratada en las suyas. Vicente secundó sus buenas intenciones, y este digno Sacerdote, cuyo gran talento fue siempre mover los corazones a favor de los pobres. Comunicó gozoso estas buenas y caritativas disposiciones de las Damas tan piadosas como lo eran las de su Asamblea. Se publicó pues desde la segunda sesión, que se alquilaría una Casa cerca del Hospital General y que se establecería allí a Hijas de la Caridad, para preparar el desayuno y la colación de un millar de enfermos; que por la mañana se darían hervidos con leche a los que pudieran tomarlos; que por la tarde se les serviría pan blanco, bizcochos, confituras, helado, incluso cerezas, y racimos según la estación y el grado de su convalecencia; que durante el invierno se les traería cebollas, fruta cocida, asados al azúcar; que por fin las Damas que,  por turnos, serían destinadas a ir al Hospital General, tendrían a mucha honra presentar con sus propias manos estos pequeños dulces a los que los necesiten.

Trad. Máximo Agustin

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *