San Vicente (Collet) 12

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Libro tercero

 Sumario

-Antigüedades y revoluciones  de la Casa de S. Lázaro. Estaba administrada en tiempos de Vicente de Paúl por unos Canónigos Regulares.

 -Altercados ocurridos entre ellos y el sr le Bon su Prior. Éste ofrece su Casa a nuestro Santo, quien la rechaza.

-Rasgos notables de su humildad. Nuevas instancias para la donación de la casa de S. Lázaro. Vicente se ve forzado a ceder.

-Toma posesión de esta Casa. Proceso con los señores de S. Victor; quedan desestimados por Decreto. Bienes que recaen en el público de este nuevo establecimiento.

-Cuidado de los Galeotes. Hospital en Marsella para los forzados. Patente del Capellán-Real otorgada al Santo. Comienzo de las Conferencias Eclesiásticas. Con qué ocasión.

-Primera Asamblea: discurso de S. Vicente.

-Orden de estas conferencias. Los señores de Pavillon, de Perrochel, Godeau, Olier son los primeros en entr. Las Conferencias se hacen muy célebres.

-Bienes que producen en la Iglesia.

-Misiones dadas por los de la Conferencia, en el Hotel-Dieu, en un burgo muy desordenado, y sobre todo en el barrio de S. Germain.

-Ocasión de esta última Misión; trabajo que le costó al santo emprenderla; medios de que él quiso que se sirvieran para lograrlo.

-Otros bienes que nacen de la misma Asociación.

-Olier las organiza parecidas en Auvernia.

-Noyon, Angulema, Angers hacen conferencias sobre el modelo de la de S. Lázaro.

-Carta del sr Godeau. Fundación de los Retiros espirituales.

-Medidas que tomó el Santo para salir adelante. Estilo y temas de las charlas que allí se dan. Aviso sobre las resoluciones que se toman en el Retiro.

-Buenos efectos de estos ejercicios. Pecadores desesperados se santifican en ellos.

-El gusto por los ejercicios pasa a las Provincias. Prodigioso cambio de algunos Eclesiásticos, tanto en Francia, como en Génova.

-Retiro del cardenal Durazzo.

-Institución de las Hijas de la Caridad. Débiles  principios  de esta Compañía. S. Vicente les da Reglas llenas de sabiduría.

-Ocupaciones y ejercicios de piedad de estas Hijas. Aprobación del sr de Gondi.

-Cartas patentes del Rey. Protección singular de Dios sobre una hermana de la Caridad

-Institución de una compañía de Damas a favor de los enfermos del Hospital General.

-Reglas de esta Asamblea; bienes que produce; caridad de la Presidenta Goussault.

-Gastos que hace la Asamblea de las Damas.

-Vicente establece Seminarios según el plan del Concilio de Trento.

-Misiones en la Diócesis de Montauban, y en las Cévénes.

-El Santo no deja a uno de los suyos que dé una Versión del Texto Siriaco.

-Bonito discurso en esta ocasión. Éxito de la Misión de las Cévénes.

-Misiones en el Ejército. Reglamento para los que trabajan allí. Doble éxito de esta Misión.

-Servicios prestados a la Orden de Malta.

-Retrato del sr Sillery. Vicente pasa unos días en el Temple. No se siguen sus consejos, y se fracasa.

-El Gran-Maestre de Malta escribe al Santo. Altercados de éste con el sr de S.-Cyran. Elogio de este Abate compuesto por sí mismo. Comienza a soltar sus errores.

-Su desprecio por el Concilio de Trento; sus pretendidas luces sobre la Sagrada Escritura, sus ideas sobre le Iglesia. Se encoleriza contra S. Vicente. Éste quiere realizar un nuevo esfuerzo sobre el espíritu del Abate. Famosa Carta del último.

–Interrogatorio de S. Cyran; él se cubre de ignominia.

-Testimonio de Vicente de Paúl en favor de S. Cyran, fabricado a placer.

-Milagro operado entre las Hijas de la Visitación. Gran parte de S. Vicente en ello.

-Su Congregación establecida en Richelieu.

-Erección de un Seminario interno. Estudios de los jóvenes Misioneros-

-Aventura de Jacques de la Fosse. Ternura infinita del Santo por sus Hijos.

-Misión en S. Germain-en-Laie en presencia de toda la Corte.

-Atención y aviso del Cardenal de Richelieu. Visita del sr de Quériolet. Luis le Breton enviado a Roma. Elogio de los Misioneros de Italia.

 

 

Los que más han estudiado la Historia de París están de acuerdo en que la Casa de S. Lázaro es muy antigua, y en que debe su fundación  a la piedad de nuestros Reyes: pero es imposible fijar bien su época; porque habiéndose apoderado de ella los Anglos bajo el Reino de Carlos VI, quemaron casi todos sus Títulos. El sr de la Mare, en su excelente Tratado de la Policía, dice que, bajo Childeberto, S. Lázaro llevaba el nombre de la Parroquia en la que está hoy. Du Breul se contenta con colocarle en el mismo lugar, en que estaba en otro tiempo el Monasterio de S. Lorenzo, del que, según Gregorio de Tours, S. Domnole fue Abate antes de ser Obispo de Mans. Sea como fuere, es preciso que esta Casa haya sido importante desde los primeros tiempos, ya que, como lo escribe un Autor moderno, los Reyes de Francia hacían de ella su residencia durante algunas semanas, bien para recibir el juramento de fidelidad y las sumisiones de todas las Órdenes, que componen la Ciudad, bien para disponerse a su primera entrada, que era de ordinario muy magnífica. Al correr de los años, S. Lázaro fue el domicilio de los que eran atacados de la lepra, enfermedad terrible, y tan común hasta el siglo doce, que en la Cristiandad hubo,  según Mathieu Paris, hasta diecinueve mil Hospitales para los infectados de ella. La Leprosería de S. Lázaro tenía algo singular en su constitución. No se recibía más que a Burgueses salidos de un legítimo matrimonio, y nacidos entre las cuatro principales puertas de París. Esta Regla no permitía excepción más que a favor de los Panaderos que, por razón del fuego, estando más sometidos a la lepra, eran admitidos en S. Lázaro de cualquier cantón del Reino que fuesen. Nadie era recibido allí sin hacer de antemano voto de obediencia a quien estaba a cargo de la dirección de la Casa. Los enfermos de uno y otro sexo llevaban ropas uniformadas; se los llamaba Hermanos y Hermanas, y después de su muerte todos sus bienes muebles e inmuebles pertenecían en propiedad a la Casa.

Mucha gente ha creído que S. Lázaro era un Priorato, y el sr Abelly habla de él de una manera favorable a esta idea: pero nada más contrario a la verdadera idea. Es verdad que Foulques de Chanac Obispo de París, al reformar los abusos que se habían deslizado en esta casa, desde que no era administrada por Regulares, quiere que, de acuerdo con la  antigua usanza, aquel a quien entregue la dirección, sea nombrado Prior, y que lleve en adelante un hábito Religioso, absolutamente parecido al del Director del Hospital de Santa Catalina: pero le obliga al mismo tiempo a rendirle cuentas cada año, y se reserva expresamente el derecho de deponerle en caso de negligencia y de infidelidad.

Sus Sucesores han obrado de la misma manera; incluso han ido más lejos, y todas las Provisiones, otorgadas desde 1505 hasta 1611, señalan expresamente que el cargo de Prior, tomado en el sentido que acabamos de darle según Foulques, no es más que una comisión amovible, cuya plena y absoluta disposición pertenece al Obispo de París. Así, y  por principio, que estos caracteres son incompatibles con  la naturaleza de un Priorato-Beneficio, está claro que S. Lázaro no fue uno de ellos; y que la denominación de Prior no significaba otra cosa que lo que significa todavía en varios de aquellos que están a la cabeza de las Comunidades. He creído deber al Lector esta observación preliminar, porque ha servido para destruir una objeción del Promotor de la Fe: objeción por lo demás no bien fundada, ya que Vicente, por el respeto que tuvo siempre hacia la Santa Sede, había tomado con respecto a Roma medidas, que hacían su dirección canónica en todos los aspectos, y por medio de las cuales no se le podía objetar la máxima, Regularia Regularibus.

A pesar de las revoluciones que, después de llevar a las Comunidades hasta un cierto punto, las degradan insensiblemente, la casa de S. Lázaro era en tiempos de nuestro Santo una de las más importantes de París, tanto por su terreno que se extiende a lo lejos en el campo, como porque era Señorial, y tenía derecho de alta, media y baja Justicia. Ocho Canónigos Regulares la ocupaban. Adrián le Bon su Superior tuvo con ellos uno de esos altercados que, si bien necesarios en ciertas circunstancias, no son por ello menos desagradables. Fue  a causa de deshacerse de su dirección, cuando algunos de sus amigos le persuadieron de que entrara en conferencia con sus Religiosos, en presencia de cuatro Doctores, con quienes se pactaría de una parte y de la otra. La Asamblea se celebró en casa de un hombre de méritos. El sr le Bon alegó sus quejas: el Superior, que hablaba en nombre de sus Cohermanos, aportó sus respuestas. Después de las disputas que son de rigor en estas clases de coyunturas, se convino que elaboraría un Reglamento, y que cada uno estaría obligado a conformarse a él.

Es cómodo dar Reglas; pero todavía más no seguirlas. Por mucha cabeza que tenga un Superior, si no tiene autoridad, sus proyectos más santos fracasarán casi siempre. El sr le Bon se vio pronto tan cansado del cargo como lo estaba antes de la negociación, de que acabo de hablar; no pensó ya más que en salir de un lugar en el que, con las mejores intenciones del mundo, sufría y hacía sufrir a los demás. Pero, como quería el bien, y por aquel tiempo mismo oyó hablar del que hacía Vicente de Paúl en las misiones, y en todas partes, creyó que, si pudiera colocarle en la casa de S. Lázaro, haría un buen servicio a la Iglesia, y tendría parte en las buenas obras, de las que se enteró que este santo Sacerdote se ocupaba únicamente. Se abrió al sr Lestocq, Párroco de S. Lorenzo, su vecino y su amigo.

Este piadoso y sabio Doctor conocía muy particularmente al Fundador de la Misión; había trabajado con él en los Pueblos: había visto por sí mismo las necesidades de los pueblos y los auxilios ya espirituales, ya temporales que Vicente les procuraba. Por ello tuvo buen cuidado de confirmar al Prior de S. Lázaro en su resolución. le repitió más de una vez que la idea de ceder su casa a los Misioneros procedía del Espíritu Santo, y que no podía hacer otra cosa mejor que llevar a cabo su plan; le contó mil cosas favorable sobre Vicente, y sus Sacerdotes, quienes eran hombres suscitados por Dios para la salvación de los pobres del campo, que tenían una prodigiosa necesidad; que se entregaban con tanto celo como éxito a instruirlos; que les hacían reparar los defectos que la ignorancia, o una falsa vergüenza habían hecho en sus Confesiones precedentes; que no le contaba nada que no hubiera visto con sus propios ojos, y conocido por propia experiencia. Por lo demás, añadió él, encontraréis a la cabeza de estos dignos Obreros a un hombre según el corazón de Dios, y no será posible que os equivoquéis.

Un discurso tan favorable hubiera determinado a un hombre menos dispuesto, de lo que estaba el sr le Bon. Los dos amigos partieron al momento. El Prior de S. Lázaro se apresuró a entrar en materia: dijo a Vicente en pocas palabras que le habían hecho un relato muy impresionante de su Congregación, y de sus caritativos trabajos; que se sentiría feliz, si pudiera contribuir a ello, y que le cedería con gusto su casa y todos sus bienes para concurrir en una obra tan santa y tan saludable

Una propuesta tan ventajosa, y sobre la que otros no se lo habrían pensado, sorprendió al siervo de Dios. Es decir demasiado poco, le asustó; y, aunque fuera dueño de sí mismo en extremo, su turbación fue tan sensible que produjo en él un temblor, del que se dio cuenta el Prior de S. Lázaro. Le preguntó por qué, ya que él no lo adivinaba del todo. Vicente le respondió con mucha modestia que a la verdad su propuesta le había espantado, y que estaba tan por encima de él y de los Sacerdotes de su Compañía que sentiría escrúpulos con sólo pensarlo. Nosotros somos, añadió él, nosotros somos unos pobres Sacerdotes, vivimos en la sencillez, no tenemos otro plan que el de servir a la pobre gente del campo: nos sentimos muy obligados, Señor, por vuestra buena voluntad, y se lo agradecemos muy humildemente.

Continuó explicándose sobre este punto de una forma tan positiva, combatió con tanta fuerza todo lo más urgente que se le pudo decir, que el Prior perdió en un principio toda esperanza de hacerle cambiar de idea. Sin embargo la dulzura del santo Hombre, la piedad y los encantos de su conversación llegaron tan fuertes al corazón del sr le Bon que el deseo de realizar su plan se redobló a medida de los obstáculos que encontraba en él. Esto es lo que le impulsó, cuando estuvo a punto de dejar a Vicente de Paúl, a decirle que la oferta que le hacía merecía bien que pusiera en ello su atención, y que le daba seis meses para pensarlo.

Fue muy probablemente durante este intervalo cuando nuestro Santo dio dos pruebas tan señaladas de humildad que fue fácil concluir que la estima de los hombres no alteraba en él esta importante virtud. El Arzobispo de París que la consultaba con mucho gusto, y que se descargaba con él de muchas cosas, habiendo querido que se encontrase en una gran Asamblea, que se tuvo en el Arzobispado, le hizo una reprimenda bastante seca, con motivo de no sé qué comisión, de la que creyó que no se había ocupado. Vicente, a ejemplo del Rey Profeta, no dijo una palabra para justificarse; y aunque tuviera entonces más de cincuenta años, se puso de rodillas, como un joven Novicio ante su Maestro; pidió perdón por una falta, de la que no era culpable. Esta conducta edificó mucho; pero hubo mayor impresión, cuando se supo que había obrado bien y muy bien haciendo todo cuanto se le había encargado. André Duval, aquel famoso Doctor, quien mantuvo siempre tan íntimas relaciones con nuestro Santo, no pudo menos de exclamar a la cara de toda la Asamblea, que era difícil encontrar en cualquier otro más virtud que en el sr Vicente.

La segunda ocasión en que el santo Sacerdote hizo brillar su humildad por esta misma época, se le presentó por uno de sus sobrinos, quien desde Provincias acudió a París con la esperanza de que un tío que hacía tantos bienes a un gran número de extraños, haría cualquier cosa de más por un hombre que tenía la ventaja de pertenecerle. El Siervo de Dios estaba en su habitación, cuando el portero le anunció que había abajo un campesino, que se decía su sobrino y que pedía hablarle. La naturaleza sufrió un poco en este primer momento. Los santos tienen que combatir en tanto son hombres, y son hombres hasta el último suspiro. Vicente rogó a uno de los suyos que fuera a recibir a este pariente; pero de pronto se sobrepuso: bajó, se fue hasta la calle, donde se había quedado su sobrino; le abrazó tiernamente, y le tomó de la mano, y habiéndole llevado al Patio, mandó llamar a todos los sacerdotes de la Compañía, y les dijo que aquél era el hombre más honrado de su familia. Y fue más lejos todavía, quiso presentar él mismo a este pobre pariente a todas las personas de condición que vinieron a visitarle.

Una victoria tan completa sobre el demonio del orgullo no le pareció suficiente; en los primeros ejercicios que hizo con los suyos, se acusó en público de haber tenido alguna vergüenza en la llegada de su sobrino, y de haberle querido hacer subir en secreto a su habitación, porque era campesino, y mal vestido. Es aquel mismo sr S. Martin Canónigo de Acqs, de quien ya hemos hablado en otra parte, quien nos ha conservado este rasgo tan glorioso en nuestro Santo. Se quedaba por entonces en el Colegio de los Bons-Enfants. Se encontraba allí en el momento mismo que pasó todo esto, él fue testigo y se le puede creer. Por lo demás, este pobre joven, que al llegar a París, había creído su fortuna hecha, se engañó mucho en sus esperanzas: el santo sacerdote había hecho un pacto con su propio corazón; le mantenía en guardia contra las ilusiones de la carne y de la sangre; estaba siempre muy persuadido de que sus parientes serían bastante ricos mientras pudieran vivir de su trabajo. Se mantuvo en este principio, y no se apartó de él nunca. Así despidió a su sobrino a pie como había llegado sin darle más que diez escudos para el viaje: además se los pidió como limosna a la Marquesa de Maignelais; y fue la única vez que pidió ayuda para los de la familia.

Si estos actos de virtud llegaron al conocimiento del prior de S. Lázaro, no pudieron sino inspirarle un nuevo deseo de consumar el asunto que había comenzado. Sea como fuere, este buen Religioso no dejó de dirigirse, al cabo del término que había señalado, al Colegio de los Bons-Enfants, de redoblar sus insistencias, y de pedir como una gracia a Vicente de Paúl que se dignara aceptar su c asa. Le dijo que Dios le inspiraba cada vez más que se la entregara en mano; que tenía la satisfacción de sus Religiosos; que ya no se esperaba más que la suya, y que, por poco que la manifestara era cosa hecha. El sr de Lestocq, que acompañó al Prior en este segundo viaje, como lo había hecho en el primero, habló al menos tan fuerte como él, y suplicó al santo Hombre que no se perdiera una ocasión tan hermosa de poder rendir a la Iglesia nuevos servicios. El Siervo de Dios se mantuvo firme, y siguió inquebrantable; explicó a estos Señores que un establecimiento de tan gran importancia no dejaría de dar qué hablar; que no le gustaba la fama; que no tenía con él más que un pequeño número de Sacerdotes, que apenas acababan de nacer, y que nada temía más que hablaran de él

La hora de comer que siguió suspendió esta discusión. El sr le Bon dijo a nuestro Santo que quería comer con él y su Comunidad. El orden que se guardaba durante la mesa, el silencio, la buena lectura, la modestia, la frugalidad, agradaron de tal manera a este digno Prior que no hablaba de ello sino con admiración. Concibió para todos los Sacerdotes de la nueva Congregación casi tanta estima como la que sentía por su Fundador. Los tuvo a todos como hombres de Dios; y más afianzado que nunca en su primer plan, rogó al sr de Lestocq que continuara con sus intentos y no dejara piedra sin mover con el santo Sacerdote, hasta que le hubiera forzado a consentir en una propuesta, que era muy razonable.

El sr le Bon no podía recomendar este gran asunto a un hombre más ardoroso en urgir su ejecución, y más capaz de lograrlo. El Párroco de S. Lorenzo era un amigo particular de Vicente de Paúl; y él mismo dijo que se lo hubiera cargado al hombro para transportarle a la casa de S. Lázaro. Le hizo más de veinte visitas en seis meses; y se sirvió de todos los motivos, que la razón y la piedad pudieron sugerirle; llegó hasta decirle que resistía al Espíritu Santo y que los bienes, de los que una negativa tan tenaz privaría a la Iglesia podrían muy bien ser un día materia de su juicio. Todo resultó inútil. La humildad y la abyección eran las virtudes favoritas del Siervo de Dios: todo lo que podía darle prestigio, y sacarle de apuros, en que la Providencia parecía haberle colocado con sus propias manos, le parecía sospechoso y lleno de peligros.

El sr de Lastocq, en una Relación sobre el modo como se hizo esta gran fundación, confiesa que no encuentra palabras capaces de expresar el ardor con el que perseguía a Vicente de Paúl. Para dar una idea, recurre a figuras que eran más del gusto de su siglo de lo que lo serían del nuestro; y no encuentra dificultades en decir que le costó menos a Jacob obtener  a Raquel, y a la Cananea hacerse favorables a los Apóstoles, que lo que le costó a él doblegar el corazón del Hombre de Dios. Al cabo de un año, el sr le Bon y él no habían dado un paso más que el primer día; insistencias redobladas más de treinta veces, lejos de vencer su repugnancia,  ni siquiera habían logrado que fuera a ver la Casa que se le ofrecía. Es que temía que su corazón se dejara engañar por sus ojos, y que la situación y los bienes de este nuevo establecimiento le pareciesen una razón para aceptarlo.

Por fin, el Prior de S. Lázaro, molesto por que nada le salía bien, y porque las cosas seguían igual, dijo un día a Vicente, con cierta emoción. Sois, Señor, un hombre bien extraño. No hay nadie de los que desean vuestro bien que no os aconseje recibir el que yo os ofrezco. En asuntos de esta naturaleza, es prudente no referirse a sí mismo únicamente. Decidme de quién tomáis consejo. ¿Qué amigo tenéis cuyas impresiones seguís de tan  buen grado, y en quien tengáis más confianza? Yo me remitiré a él: si piensa como yo, os dejaréis llevar; si piensa como vos, yo cesaré en mis insistencias, y no os cansaré más. Vicente que no tuvo nada que replicar a una propuesta tan justa, indicó al sr Duval como a uno de aquellos en cuyos sentimientos confiaba con agrado. Este piadoso y sabio Doctor era, desde la muerte del sr de Bérulle, Director de nuestro Santo; y pareció bien que en esta ocasión Vicente no hiciese nada importante sin consultarle.

El sr le Bon quedó encantado por este desenlace; sospechó que no encontraría en Sorbona las dificultades que había encontrado en el Colegio de los Bons-Enfants. En efecto, todo le salió bien, tal y como lo deseaba. El sr Duval trató con él de las condiciones, bajo las cuales Vicente y los Sacerdotes serían recibidos en la casa de S. Lázaro. Este artículo, que de ordinario es tan litigioso, no hizo esperar un instante. El Doctor conocía el espíritu de liberalidad y de gratitud del santo Sacerdote; entró perfectamente en sus puntos de vista, y otorgó al Prior tal vez más de lo que pedía.

El asunto parecía concluido, cuando un incidente que no se esperaba, pareció romperlo todo. El sr le Bon quien, como ya lo hemos señalado, era un hombre de bien y de virtud, creyó dar un golpe de estado, haciendo alojar a sus Religiosos en el mismo dormitorio, en el que debía alojar a los Misioneros. Pensó que los hijos de Vicente de Paúl no lo llevarían a mal; que por el contrario sus Religiosos sacarían mucho provecho de ello; que teniendo sin cesar ante los ojos el silencio, la regularidad y la modestia de estos hombres, con los que se había encantado la primera vez que los había visto, irían tomando insensiblemente el mismo tren; y que por fin se sentirían inclinados  poco a poco a imitar a los que no habrían podido dejar de admirar.

Un Superior menos experimentado de lo que no lo era el de la Misión, no habría dudado sobre un artículo, que en un principio parece bastante poco importante, al que incluso se le daban todos los visos del bien. Pero Vicente, que con un vistazo veía los principios y las consecuencias, lo juzgó de diferente forma. El bien espiritual de su pequeño rebaño le pareció preferible a todas las ventajas temporales. El solo temor de exponer el fervor y la regularidad al peligro de estas clases de complacencias, que se tienen con naturalidad con los que comparten su bien con nosotros; este temor, digo, le produjo más impresión de la que la alegría de verse en posesión de un establecimiento de importancia habría producido en otros. Así, sin perder tiempo, rogó al sr de Lestocq que informara al Prior de S.Lázaro que los Sacerdotes de la Misión tenían por regla guardar el silencio desde la Oración de la Tarde hasta el día siguiente después de comer; que tenían entonces una hora de conversación, después de la cual se volvía al silencio hasta la tarde; que la cena estaba seguida de otra hora de conversación, y que después de ésta volvía a comenzar el silencio; que por lo demás este silencio era tan riguroso, que sólo se rompía por cosas necesarias; que en este caso incluso se tenía cuidado de hablar en voz baja para no interrumpir a nadie; que estas prácticas, las que mucha gente considera como pequeñeces, le parecían esenciales; y que estaba persuadido de que no se puede atentar contra ellas sin introducir el desorden y la confusión en las Comunidades.

A fin de que no se creyera que exageraba las cosas y que tenía sobre este punto ideas singulares, hizo comprender que él no pensaba más que lo que habían hecho antes de él los que habían acertado en la disciplina regular; él repitió aquellas palabras comunes de un santo Hombre, Que se tienen todos los derechos a pensar que una Comunidad que observa exactamente el silencio, es fiel del todo al resto de sus Constituciones; que por el contrario aquellas en que se habla cuanto se quiere, no guardan comúnmente ni regla ni orden.

De estos principios Vicente concluía que era de temer que los Religiosos del sr le Bon que no estaban acostumbrados a una disciplina tan severa, y que verosímilmente no podrían hacerse a ella, enseñaran poco a poco a los Misioneros a relajarse en un punto, que le parecía de una consecuencia extrema. Preferiría, añadía el santo Sacerdote, que nos quedáramos en nuestra pobreza a que nos apartáramos del plan de Dios sobre nosotros.

Resulta, y es una reflexión que podemos colocar aquí, ya que ha sido hecha en todas las ocasiones; resulta de estas últimas palabras, que aunque la trasgresión del silencio no fuese más que una bagatela en todas las demás partes, no se podría considerar como tal ni en S. Lázaro ni en la congregación.

No sé si el Prior insistió mucho sobre este apartado; pero Vicente se mantuvo tan fuerte, que fue preciso suprimirlo; sin ello, él no hubiera aprobado los otros; habría preferido mucho más sacrificar las ventajas temporales, que se le presentaban, a prestarse a algo que hubiera podido poner el menor obstáculo al bien espiritual de su Compañía. Así que fue su amor al retiro y al recogimiento interior los que le hicieron tan inflexible en este punto. Estaba persuadido de que sus Sacerdotes debían tomar tantas precauciones contra la disipación del espíritu como expuestos estaban a ella por su estado y por la propia naturaleza de sus empleos. Sentía que podían hacer grandes servicios a la Iglesia; pero todavía se daba mejor cuenta de que cierto comercio de disipación no dejaría de debilitarlos; por este asunto ha dicho más de una vez: Que los verdaderos Misioneros debían ser como Cartujos en la casa y como Apóstoles afuera

A continuación de este Concordato que se firmó, que se firmó el 7 de enero de 1632, Vicente entró en posesión de la casa de S. Lázaro. Juan Francisco de Gondi primer Arzobispo de París, se tomó el trabajo de conducirle allí, y le hizo el honor de instalarle en ella él mismo. Como se tenía el permiso del Preboste de los Comerciantes, de los Jueces, y de todos a quienes podía interesar este asunto, no se creyó que pudiera haber dificultad alguna; pero era justo que Vicente, que durante quince meses había agotado casi la paciencia del sr le Bon, viera poner un poco la suya a prueba.

Habiendo mandado el Rey expedir sus Cartas Patentes sobre esta donación, una Comunidad Religiosa, que tenía crédito y poderosos amigos se opuso al registro y pretendió que la Casa de S. Lázaro le pertenecía. Este contratiempo no sirvió sino para hacer resplandecer más la alta virtud de nuestro santo Sacerdote, y sobre todo su desinterés y su caridad. No apoyó un Proceso, sino porque le aseguraron de todas partes que su derecho era incontestable. Mientras se seguía la Causa, continuó en oración en la Capilla del Palacio; y rogaba a Dios, no que le hiciera ganar, si debía perder, sino conservar en su corazón una perfecta sumisión a las órdenes de la Providencia. Se halló siempre en un equilibrio tan grande en este suceso que consideró la paz de su corazón como un don singular de la misericordia de Dios. Será, decía él en una carta que escribió por este mismo tiempo a uno de sus amigos, será del éxito de este asunto, todo lo que sea del agrado de Nuestro Señor, quien sabe de verdad que su bondad me mantuvo en esta ocasión tan indiferente como ante cualquier otro asunto que haya tenido; ayúdeme, por favor, a darle gracias por ello.

Hemos de confesar sin embargo, y Vicente no se lo había podido disimular a algunas personas de confianza que al principio de esta discusión una cosa le preocupaba, en caso de que llegar a sucumbir: el lector buscaría por largo tiempo antes de poder adivinarlo; ya que lo que aflige a los Santos poco suele afligir a los demás. El sr le Bon había tenido a bien recibir en la casa a tres o cuatro insensatos, cuyos parientes se habían deshecho con gusto de ellos. Vicente, a quien pertenecía en propiedad el cuidado de todos los necesitados, comenzó al llegar a S. Lázaro, por pedir la gracia de que se los confiaran. Sería difícil expresar con qué caridad mandaba servirlos, y los servía él mismo. Tenía para ellos la ternura que una madre tiene por su hijo, cuando el acceso de un frenesí violento le hace más difícil y menos capaz de gratitud. Los más intratables eran aquellos a los que se dedicaba con menos reserva; cuanto más tenía que sufrir la naturaleza con estos hombres sucios, molestos, con frecuencia incluso peligrosos, más contento estaba él , un día pues que se daba cuenta a sí mismo de sus propias disposiciones, y examinaba ante Dios lo que podría afligirle, en el caso de que fuera desposeído: después de un largo y serio examen, nada le inquietó sino el temor de no estar ya en disposición de dar a estos pobres alienados  los servicios que había comenzado a prestarles. La comodidad de una casa Señorial, situada a las puertas de París; los bienes que le eran anejos; la facilidad de formar en ella a su Congregación naciente, todas estas ventajas no le parecieron nada en comparación con el gozo que sentía en honrara a JC en sus miembros enfermos, que todo el mundo rechaza, que no encuentran asilo en sus propias casas, y que a menudo son el juguete y el objeto de desprecio de aquellos hombres mercenarios, a quienes el interés acompaña a su servicio. ¡Qué grande debe de ser a los ojos de los que viven, y piensan según la Fe, cuando se sabe ver como una locura los bienes y los oficios que el mundo estima, y por el contrario se estima como una verdadera sabiduría a aquellos cuyo solo nombre tiene algo que deshonra y humilla!

Al fin, Dios recompensó el desinterés y humildad de su Siervo. Un Decreto contradictorio y solemne puso fin a la disputa; y las Cartas Patentes del Rey fueron registradas en el Parlamente el 17 de septiembre de 1632. Los que habían creído tener que oponerse no han dejado por eso de estimar menos a Vicente de Paúl; han confesado, como el resto de Francia, que la casa de S. Lázaro, al convertirse en el Patrimonio del santo Hombre, se había convertido en el recurso de todos los necesitados y en el asilo de todos cuantos podían necesitarlo. La lectura del resto de esta historia no permitirá dudar a aquellos menos bien intencionados.

Fueron los criminales condenados a las Galeras los primeros que sintieron el efecto de la caridad que este nuevo establecimiento ponía al Santo en estado de ejercer con más amplitud. Hemos visto ya lo que había hecho en su favor, en París o en Marsella, le vamos a ver hacer algo realmente importante: ya que cualquier deseo que tengamos de guardar una Cronología exacta, es de verdadera necesidad que contemos muchas cosa por anticipado, y que nos contentemos con las primeras épocas de un gran número de hechos, que no han podido ocurrir sino en el curso de varios años. Sin eso, no se podría evitar la confusión, sobre todo en una Historia en la que uno se siente abrumado por la multitud de los acontecimientos, y en la que cada año, por no decir cada semana o cada día, ha visto nacer un número sorprendente de gloriosas empresas, que la sabiduría, el celo y la paciencia de un solo hombre han ejecutado felizmente.

Los Galeotes trasladados por los cuidados de Vicente de Paúl al barrio de S. Roch, se hallaban allí lo menos mal que era posible; y el santo Hombre no habría pensado  en hacerles salir, si esta especie de establecimiento hubiese sido fijo. Pero como ocupaban una casa de alquiler, y se podía con diferentes pretextos desalojarlos, Vicente, cuya costumbre era adelantarse a los inconvenientes, que él podía prever, creyó con razón que, para impedir que cayeran en un estado parecido a aquel del que los había sacado, convenía trasladarlos a otra parte, y procurarles un Hospicio, que fuera de ellos para siempre.

Para no errar el golpe, se dirigió al Rey. Le rogó, y se lo hizo pedir por sus amigos que consintiera que una antigua Torre, que se encuentra entre la puerta de S. Bernardo, y la Ribera, fuera destinada a servir de retiro a estos desdichados. Habló también con los Señores Magistrados de la ciudad, y obtuvo por fin lo que deseaba. El cuidado y el cargo de lo espiritual y de lo temporal recayeron casi sobre él solo durante varios años.

En cuanto a lo espiritual, dio orden a aquellos de los Sacerdotes, que se alojaban en el Colegio de los Bons-Enfants, para que visitaran con frecuencia a estos forzados, que les dijeran todos los días la Misa, los instruyeran, oyeran sus Confesiones, y los consolaran.

Y en lo temporal, la Señorita le Gras, siempre despierta cuando se trataba de escuchar y de llevar a la práctica el lenguaje de la caridad, se prestó a ello con la mayor gracia del mundo. Iba con frecuencia a verlos, les prestaba toda clase de servicios, los asistía con sus propias limosnas. Vicente animaba con el ejemplo de esta piadosa Viuda a personas de virtud y de condición a entrar en esta buena obra y a visitar al Hijo de Dios, que sufre por nuestros crímenes en la persona de estos hombres, que sufren por sus propios desórdenes. Pero el santo Sacerdote contribuyó más que nadie al gasto; y fue precisamente a él a quien los Galeotes debieron su mantenimiento y su alimentación, durante los ocho o diez ‘primeros años de su nueva residencia. Finalmente, la Providencia les procuró una ayuda, que tenía alguna proporción con sus necesidades. Una persona, que tenía muchos bienes, les legó al morir seis mil libras de renta, cuyo fondo les debía ser asignado por su hija, que era su única heredera.

Estas clases de Legados, que a menudo son necesarias en descargo de los difuntos, son también más frecuentemente insoportables a los vivos. No se cuenta por nada lo que se adquiere, no se piensa más que en lo que contaba deber adquirir todavía. El marido de la heredera puso dificultades sin número: las solicitudes del santo Sacerdote eran inútiles; aguantaba desechos y palabras molestas; y no podía conseguir ni dinero ni promesas. Otros                 muchos lo habrían dejado todo: pero la verdadera caridad es paciente. Vicente volvía a la carga con tanta tranquilidad, como si hubiera estado seguro de ser bien recibido. Por fin, después de muchas entrevistas, obtuvo por mediación del sr de Molé, que era entonces Procurador General del Parlamento, que se daría un fondo para asegurar esta renta. Él supo incluso tocar el corazón de esta heredera, bien describiéndole el deplorable estado, en que había encontrado a los Galeotes, cuando los visitó por primera vez, bien haciéndole comprender  lo importante que era perpetuar las ayudas que se había comenzado a darles, que esta joven Dama manifestó tanto celo por el éxito de esta fundación, como ardor había manifestado su marido para evitar su éxito.

Se dictaminó que el Procurador General tendría a perpetuidad la administración temporal de esta especie de Hospital; que las Hijas de la Caridad serían destinadas al servicio de los desdichados, que fueran encerrados allí, y de aquellos sobre todo que cayeran enfermos; que se daría cada año a los Sacerdotes de S. Nicolás del Chardonnet la suma de trescientas libras a condición de que quedaran obligados a prestarles todos los servicios espirituales, que los Sacerdotes de la Misión habían desempeñado hasta entonces. Como estos Señores parecían obligados a ello en vista de que los forzados se habían convertido en sus Parroquianos, este último artículo sufrió alguna contradicción: se aprobó al fin, a ruegos de Vicente de Paúl, y de algunas Damas de la Parroquia, que expusieron que una carga tan pesada pedía bien alguna compensación. La asiduidad con la que estos virtuosos Eclesiásticos han desempeñado siempre esta penosa función, supera en mucho la retribución que les ha sido asignada. Sin embargo su celo no ha disminuido el que tuvo siempre nuestro Santo por la salvación de los forzados: se ocupó de tiempo en tiempo de hacerles dar misiones, sobre todo, cuando eran en gran número, y estaban  a punto de ser conducidos a las Galeras; es decir, precisamente en el tiempo en que más necesitan de consuelo, y en el que es más oportuno disponerlos a hacer buen uso de sus penas.

Su ternura por ellos no se limitó a los servicios de que acabamos de hablar. Trató de aliviarlos en el lugar mismo donde tienen que sufrir más. Lo que más le había impresionado en el  viaje que hizo a Marsella era el triste estado de aquellos de los Galeotes que caían enfermos. Quedaban totalmente abandonados. Siempre atados a sus cadenas, comidos de miseria, abrumados de dolores, casi consumidos por la podredumbre y la infección; estos cadáveres en vida experimentaban ya los horrores del sepulcro. Vicente no había podido, sin una emoción profunda, ver a hombres, formados a la imagen de Dios, Cristianos rescatados con la Sangre de JC reducidos a morir como animales: pero fue necesario tener paciencia porque los disturbios del Reino no le permitían actuar.

Cuando las cosas parecieron un poco más tranquilas, el santo Sacerdote se dirigió al Cardenal de Richelieu, quien desde el día de los Inocentes, en que se le había creído perdido sin remedio -11 de noviembre de 1630-, era más poderoso que nunca. Como el cargo de General de las Galeras estaba entonces en la familia, y compartía con la Duquesa de Aiguillon su sobrina los sentimientos de estima que ella tuvo siempre hacia el Fundador de la Misión, Vicente, con aquellos modos insinuantes, aquellas expresiones patéticas que le eran propias, le expuso el triste o, para ser más justo, el horrible estado en que se movían en Marsella los forzados cuando se hallaban enfermos, y la necesidad de fundar allí un Hospital para ellos. Jean-Baptiste Gault Obispo de Marsella, y el Caballero de Simiane, Gentilhombre Provenzal se distinguieron uno y otro por las más raras virtudes, se unieron a nuestro Santo para solicitar al primer Ministro. El Cardenal, a quien gustaban los proyectos en que se trataba de algo grande, hizo que éste le agradara al Rey; y el Hospital fue construido en el mismo lugar donde Felipe de Gondi había echado los cimientos cuando era General de las Galeras, y Vicente estaba con él.

Era algo como una casa cómoda; pero se necesitaban rentas. Parece ser que Luis XIII se las habría procurado suficientes si hubiera vivido más tiempo: la gloria le estaba reservada a su augusto Sucesor. Vicente que, como lo diremos en otra parte, fue llamado a sus Consejos por la Reina Regente, determinó a sus Majestades a consumar este asunto. Luis XIV que, por sus Cartas Patentes de 1646 y de 1648 asignaba a este Hospital doce mil libras de renta anual sobre las Gabelas de Provenza, y llegó a ser en poco tiempo uno de los más cómodos del Reino. Hace trescientos años que los enfermos son servidos por otros forzados, sobre los cuales vigilan  hombres libres, que son a su vez enfermeros. El intendente de la Provincia, y Comisarios a su cargo llevan la dirección temporal; los Sacerdotes de la Misión están encargados de lo espiritual. Este establecimiento ha sido una fuente de gracias para los Galeotes. Era todavía imperfecto, cuando el Caballero de Simiane –en 1645- escribió a nuestro Santo que la mano se hacía sentir no sólo en la conversión de los malos Cristianos, sino en la de los Mahometanos mismos, y que éstos tocados por la caridad que se tenía con ellos, rendían homenaje a una Religión, que en JC y por JC no formaba sino un solo pueblo de todos los pueblos del Universo.

Para situar a Vicente y a los suyos más en disposición de continuar el bien que habían comenzado a hacer con los Galeotes, el joven Rey le había confirmado ya en el cargo de Capellán Real de las Galeras de Francia; y lo había hecho de una manera que resalta la  estima que se le tenía en la Corte. Como esta Acta es importante, nosotros la copiamos entera; es ésta palabra por palabra.

Hoy a 16 de enero de 1644 hallándose el Rey en París, sobre lo que el sr Duque de Richelieu General de las Galeras de Francia, ha presentado a Su Majestad que vistos el gran fruto y ventaja que se ha recibido tanto para la gloria de Dios como para la instrucción, edificación y salvación de todos aquellos que sirven en dichas Galeras, por la excelente elección que se ha hecho hasta ahora del Señor Vicente de Paúl Superior General de la Congregación de los Sacerdotes de la Misión para el cargo de Capellán Real de dichas Galeras, del que habría sido provisto por Breve del octavo de febrero de 1619, con superioridad sobre todos los demás Capellanes de las susodichas Galeras: y visto también que por causa de sus grandes ocupaciones, tanto ante el Rey y la Reina Regente su Madre, que le llaman con frecuencia a su Consejo, como en su cargo de Superior General de dicha Congregación, es imposible que pueda estar siempre en Marsella para ejercer dicho cargo de Capellán Real de dichas Galeras, sería necesario darle poder de encomendar en su ausencia al Superior de los Sacerdotes de la Misión establecidos en Marsella, y afectar este cargo para siempre al Superior General de dicha Congregación de los Sacerdotes de la Misión, presente y por venir. Su Majestad teniendo a bien la propuesta de dicho General  de las Galeras, y por consejo de la Reina Regente su Madre, ha confirmado a dicho Señor Vicente de Paúl en dicho cargo de Capellán Real de dichas Galeras, que no las hallará propias, y colocar a otros en su lugar; como también encomendar en su ausencia al Superior de los Sacerdotes de la Misión de Marsella, para desempeñar  semejantes funciones, autoridad, sueldos, honores y derechos, y ha afectado para siempre dicho cargo al Capellán Real de las Galeras de Francia, con parecido poder de autoridad, al Superior General de la Congregación de la Misión presente y por venir. Queriendo Su Majestad que en esta calidad  sea acostado y empleado sobre el estado de sus Galeras, en virtud de las Patentes que le sean expedidas, en consecuencia de éstas, que Su Majestad ha querido firmar de propia mano, y ser contrafirmado por mí, Consejero de Estado, y Secretario de sus Poderes. Firmado, LUIS, y más abajo, De Lomenie”.

Trad. Máximo Agustín

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