San Vicente (Collet) 11

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Con respecto a las charlas, que son la parte esencial de estos ejercicios, se daban dos al día; una sobre las cualidades y virtudes necesarias a un ministro de JC que quiere salvarse y salvar a sus hermanos; la otra sobre los principales puntos de la Teología moral.

En las charlas, que trataban de las virtudes propias del santo Ministerio, se hablaba de la Oración mental, sin la cual un Sacerdote no puede mantenerse en la piedad; de la vocación al estado Eclesiástico, del espíritu Sacerdotal, de las Órdenes en general y en particular, de las disposiciones en se ha de estar para recibirlas bien, de la ciencia necesaria para bien desempeñar las funciones, y en fin de la vida santa y laboriosa que deben llevar aquellos que están encargados de cultivar la viña del Padre de familia.

En las charlas que tenían por objeto la Teología moral, se hablaba de las censuras, de las irregularidades, del Sacramento de la Penitencia, de las disposiciones necesarias, sea para los que se acercan a él, sea para los que están encargados de administrarlo; de las Leyes divinas  y humanas, de los pecados, de sus circunstancias, de sus efectos y de sus remedios; de las virtudes Teologales, de los Mandamientos de Dios, de los Sacramentos, del Símbolo de los Apóstoles. Como no era posible tratar extensamente tantas materias en tan escaso tiempo, se esforzaban al menos en hacer un resumen que pudiera recordar a los jóvenes Eclesiásticos lo que habían estudiado con más detención, y darles un tinte de lo que no sabían todavía. Para inculcárselo más y más, después de cada conferencia se reunían los Ordenandos. Se los distribuía por equipos compuestos cada uno de doce a quince personas. Se colocaba juntos a los que tenían  poco más o menos igual capacidad. En cada una de estas pequeñas Academias presidía un Sacerdote de la Misión, quien conversaba con estos Señores sobre lo más importante y más necesario que se había dicho. A Vicente no le gustaban las ideas abstractas y generales; quería detalles y en esos detalles mucha sencillez: estaba persuadido de que, con tal que se siguiera bien este método, los Ordenandos se quedarían con casi todo lo que se les había dicho.

Sobre todo el santo Sacerdote no podía sufrir esas charlas pomposas, que no parecen destinadas sino a encantar los oídos. Todo discurso que no se dirigía más que a merecer aplausos a su autor era, según él, un discurso no solamente inútil, sino pernicioso. Nuestros Ordenandos, escribía él en 1656, se han retirado, gracias a Dios, bien satisfechos. Después de habernos edificado grandemente. Mons Obispo de Sarlat les ha dado la charla de la tarde muy bien: y al mirar de cerca la causa de un éxito tan feliz, se ha visto que era debido a su humildad, que le ha llevado a seguir palabra por palabra la antigua sencillez de los que comenzaron estos ejercicios. Otros, al servirse de palabras nuevas y de pensamientos nuevos, han creído hacer maravillas; pero al predicar a la moda lo han estropeado todo. Quiera Nuestro Señor comunicarnos su sencillez. Veremos en otra parte, al hablar de las virtudes del Santo, que la sencillez en todo género fue una de sus preferidas. Sólo destacaremos aquí que él quedó tan impresionado por la del sr de Sarlat, que al salir de una de sus conferencias, le dijo felicitándole: Monseñor hoy me habéis convertido; habéis hablado tan buenamente y tan sencillamente que me he enternecido, y no he podido por menos que alabar y bendecir a Dios por ello. ¡Ah, Señor, respondió el Prelado, debo confesaros con la misma sencillez que no habría podido servirme de un estilo más pulido, y más elevado: pero habría ofendido a Dios si lo hubiera hecho.

Aunque unos ejercicios tan cortos, tan áridos, y con los que nuestro Santo no se contentaba, porque no era dueño de continuarlos por más tiempo, no debieran tener más que un éxito bastante mediocre, Dios les dio no obstante una bendición que se debe tener como el fruto de las oraciones y de los gemidos de su Siervo. Para juzgarlo sin prevención, bastará con comparar una Diócesis con él mismo, y considerarlo antes y después del tiempo, en que los ejercicios, de que hablamos, fueron introducidos. Antes de que estuvieran en uso, el desorden del Clero era tan general que ya era proverbial, como he notado al comienzo de esta Historia. Aquellos Eclesiásticos a quienes el contagio no había alcanzado y los más virtuosos Prelados, escribían sobre ello todos los días a Vicente de Paúl, y ellos no lograban explicarse que en los términos del dolor más amargo. En esta Diócesis, le decía un Canónigo de la Iglesia Catedral, hombre respetable por su nacimiento y su piedad; en esta Diócesis el Clero está sin disciplina, el pueblo sin temor, los sacerdotes sin devoción y sin caridad, los púlpitos sin Predicadores, la ciencia sin honor, el vicio sin castigo. La virtud es perseguida, la autoridad de la Iglesia odiada o despreciada, el interés particular es el peso ordinario del Santuario, los más escandalosos son aquí los más poderosos; la carne y la sangre han suplantado al Evangelio y al Espíritu de J.C.  Seréis, estoy seguro, bastante solicitado por vos mismo para acudir en auxilio de una Diócesis tan abandonada.  Quis novit utrum idcirco ad regnum veneris, ut in tali tempore paraveris. La ocasión es digna de vuestra caridad. Tened a bien pensar en ello con seriedad ante Nuestro Señor; y acordaos de que la muy humilde petición que os hago viene de uno de vuestros primeros hijos.

Trabajo cuanto puedo, con mis Vicarios generales, le decía un buen Obispo; pero es con poco éxito, a causa del grande e inexplicable número de Sacerdotes ignorantes y viciosos que componen mi Clero, y a quienes no se puede corregir ni con palabras ni con ejemplos. Siento horror cuando pienso que en mi Diócesis hay cerca de siete mil Sacerdotes borrachos o impúdicos, que suben todos los días al Altar, y que no tienen ninguna vocación.

Otro Prelado le escribía en estos términos: Excepto la Teología de mi Iglesia, no conozco a ningún Sacerdote entre todos los de mi Diócesis, que pueda desempeñar ningún cargo Eclesiástico. Por ahí juzgaréis qué grande es la necesidad, en la que estamos de tener Obreros. Os suplico que me dejéis a vuestro Misionero para que nos ayude en nuestra Ordenación.

Ahí tenemos mucho más de lo que nos hacía falta para constatar el deplorable estado en que se encontraba la mayor parte del Clero, cuando Vicente de Paúl emprendió su reforma y, para realizar su plan, estableció en su casa, y en todos los lugares donde quisieron seguir sus consejos, los ejercicios de los jóvenes Ordenandos. Las cartas de agradecimiento que el santo Hombre recibió de todas las Provincias, a las que había enviado a sus Sacerdotes para conducir estos mismos ejercicios, no atestiguan con menos claridad los grandes bienes que ellos produjeron. Los que estaban a la cabeza de las Diócesis de Poitiers, de Angulema, de Reims, de Noyon, de Chartres, de Saintes, etc. le enviaron a porfía sus testimonios de gratitud. No publicaremos estas cartas, porque, si bien los términos son diferentes, la sustancia es casi la misma. Todas felicitaban a Vicente por el celo y la capacidad de los obreros formados por sus manos y por la fecundidad que Dios había acompañado a sus palabras. Le enviaban de Angulema y de Richelieu que las ciudades y los campos bendecían a Dios por un bien tan grande, que los pueblos tocados por la modestia de los Eclesiásticos, derramaban lágrimas de gozo y de ternura; que encantados por el orden, la decencia, la piedad, con la que los nuevos Sacerdotes comenzaban a celebrar los Oficios divinos, creían ver no a hombres, sino a Ángeles descendidos del Cielo. Le escribían de Noyon que uno de sus Misioneros había movido de tal manera todos los corazones, que no se podían cansar de hablarlo. Añadían, y las cartas del sr Obispo de Saintes decían más o menos lo mismo; añadían que antes que se comenzaran los ejercicios, varios de los que debían hacerlos, irritados de que se les impusiera este nuevo yugo, se habían propuesto no hacer Confesión general, y sobre todo no hacerla con los Sacerdotes de la Misión: pero que después de oír las primeras charlas del retiro, se habían conmovido tanto que no sólo habían cambiado de resolución, sino que incluso se habían humillado en presencia de sus Cohermanos por haberse portado en contra de sus verdaderos intereses. Las cartas de los Obispos de Chartres y de Angulema, acababan por suplicar al Santo que no los abandonase, y que les dejase a estos mismos Obreros, que habían comenzado a hacer tanto bien en sus Diócesis.

El ruido de un éxito tan grande, como imprevisto, se difundió pronto por toda Francia. Una santa emulación animó a los Pontífices de la Iglesia de Dios; todos se dirigían al Institutor de la nueva Congregación, para recibir de él los apoyos, que había procurado a sus vecinos. Perro siendo la mies demasiado abundante, un número tan pequeño de personas no podían recogerla en tantos lugares diferentes. Varios Obispos se vieron obligados a esperar la hora que el Padre de familia les había reservado, y que él solo la tiene en su poder; otros llegaron a enterarse del método que seguía Vicente en esta clase de retiros; se acomodaron a él y no tardaron en reconocer qué ventajoso era.

Italia fue con el tiempo tan convencida como Francia. A medida que los Hijos de Vicente de Paúl se establecían, se cuidaron de introducir, en cuanto el genio y el carácter de los pueblos se lo podían permitir, las santas prácticas de su Fundador. Una de las Ciudades en la que Dios bendijo de una manera señalada los ejercicios de que hablamos fue la de Génova. El sr Cardenal Durazzo, Arzobispo de allí -1645-, habiendo conseguido de nuestro Santo a  algunos de sus Sacerdotes, como lo diremos en otro lado, se sirvió de ellos no sólo para la instrucción de su pueblo, sino también para la reforma de su Clero. Los ejercicios de Órdenes fueron uno de los primeros servicios, que le rindieron los Misioneros. No eximió a nadie, y fue todo un acierto; desde los primeros días, el espíritu de fervor se adueñó de todos los jóvenes Eclesiásticos. Unos derramaban lágrimas no sólo durante el tiempo de la oración, sino también durante las Conferencias que la seguían; otros publicaban en voz alta la misericordia de Dios, que les descubría tan claramente la grandeza del estado que abrazaban, y las cualidades necesarias para santificarse en él. Hubo uno que, al despedirse del Superior de la Misión, al final de los ejercicios, le dijo con una voz entrecortada de sollozos, que apenas se le podía oír bien, que pedía a Dios que le enviara mil muertes antes que permitir que tuviera nunca la desgracia de ofenderle.

El Arzobispo de Génova, que fue informado del caso, no pudo él tampoco retener las lágrimas, alabó con toda la capacidad de su corazón la bondad de Dios, que había bendecido tan visiblemente aquella Ordenación.

El fruto que estos mismos ejercicios dieron en Roma, no fue menos consolador. Urbano VIII había establecido en Monte-Citorio a los Sacerdotes de la Misión, algunos años antes de su muerte, es decir en 1642. Comenzaron desde el año siguiente a recibir en su Casa a los que se retiraban a ella por su propia iniciativa, para disponerse a las Órdenes. La mano de Dios estuvo con ellos en esta gran ciudad, como en todos los lugares; se reconoció que no se necesitaban más tres o cuatro Sacerdotes animados del Espíritu de Dios para santificar a un gran número de otros. Sin embargo, sea que el primer fervor de los Romanos amainó, sea que los padres apartasen a sus hijos de los retiros, que no podían por menos que asustar a un buen número de ellos, y separarlos de un estado, al que se les hacía pensar a veces que no eran claramente llamados: el Cardenal Vicario fue vio obligado luego a dar un mandamiento por el que se obligaba a todos los que aspiraban a las Órdenes sagradas a retirarse en Casa de los Sacerdotes de la Misión, para prepararse a recibirlas, haciendo los ejercicios que allí estaban en uso desde hacía varios años. Alejandro VII, a quien se había informado del modo como ocurrían las cosas, confirmó lo que había hecho el Cardenal-Vicario; de manera que la asiduidad a estos piadosos ejercicios se convirtió en una condición necesaria para la recepción de las santas Órdenes.

Si Vicente recibió consuelo al ver en vida una práctica tan saludable establecida en la primera ciudad del mundo Cristiano, lo fue todavía más al ver a sus hijos encargados de un trabajo tan glorioso, sin que hubieran dado el menor paso para lograrlo. En efecto, los Sacerdotes de la Misión habían estado tan lejos de solicitar esta importante función, que el Superior de su casa de Roma ni siquiera pudo descubrir a aquellos que habían  inducido al Papa a confiársela a él antes que a otros. Es lo que le hacía decir en una Carta, que escribió sobre este asunto a nuestro Santo, que esperaba que aquel que había comenzado esta buena obra se dignara perfeccionarla.

Como consecuencia de las órdenes de Su Santidad, todos aquellos que aspiraban a las Órdenes del mes de diciembre, acudieron a casa de los Misioneros. Todo sucedió en la más exacta regularidad. Se siguió punto por punto el Reglamento que se observaba en Francia. Dos sacerdotes Italianos de la Congregación de la Misión dieron las conferencias de la tarde y de la mañana; y el informe que se dio al Papa fue tan favorable que Su Santidad dio testimonio en un Consistorio, que se tuvo a continuación, que estaba muy contenta. El  Cardenal de Santa Cruz informó de ello al Superior de la Misión de Roma, y éste no tardó en comunicárselo a nuestro Santo.

Como la humildad era en aquellos días dichosos la virtud dominante del Padre y de los Hijos, el Superior de Montecitorio atribuía en su carta una gran parte del éxito de estos últimos ejercicios a los srs Abates de Chandenier. Eran sobrinos del Cardenal de la Rochefoucault, y compartían con él el respeto profundo y la veneración que demostró siempre por nuestro santo Sacerdote. La Providencia que quería dar en su persona un gran espectáculos a los jóvenes Eclesiásticos de Roma, permitió no sólo que se hallaran en esta ciudad, sino en la casa de los Misioneros, cuando los Ordenandos fueron recibidos. Poseían uno y otro en un grado eminente todas las virtudes que el Hijo de Dios exige en sus Ministros: pero no podían dejar de edificar mucho a los que se hallaban cerca para verlos. No hubo en efecto nadie que no fuera impresionado por su modestia, y se los tuvo con razón como modelos acabados en todo género. El mayor decía todos los días la Misa mayor en presencia de los Ordenandos. Realizaba este augusto Ministerio con la gravedad, el recogimiento y la piedad que le eran comunes. Su hermano plenamente convencido de que no hay nada bajo en el servicio de los Altares, hacía con gusto los oficios de Acólito y de Turiferario. Semejantes ejemplos impresionan y arrastran, ¡feliz quien puede darlos!

Vicente, para tener siempre a sus Sacerdotes en vilo, y no dejarles enfriarse, se hacía dar cuenta del éxito de cada retiro. Reconoció con harta satisfacción que no se descuidaba nada de lo que podía hacerlos salir bien. Pero al parecer no había previsto todos los bienes que podían derivarse de ellos. Efectivamente, se habló pronto en todos los barrios de Roma de una manera tan provechosa, que se vio a Prelados y Cardenales asistir a las conferencias. El Papa persuadido cada vez más de que nada era más propio, sea para apartar del Santuario a los que Dios no destinaba a él, sea para robustecer las virtudes Eclesiásticas en los que eran verdaderamente llamados, se mantuvo firme en no dispensar a nadie de ellos.

El consuelo que estas buenas noticias daban a Vicente de Paúl se vio enseguida mezclado de alguna inquietud. Esta fue la ocasión: resultará fácil concluir que el Santo se alarmaba de que no hubiera fallado en agradar a otros.

El Obispo de Plasencia estaba en Roma en calidad de Embajador extraordinario del Rey de España, en el tiempo en que los ejercicios de las Órdenes fueron autorizados por el Soberano Pontífice. Un Gentilhombre Español, que era de la Diócesis de Plasencia, con el propósito de  recibir las santas Órdenes, se presentó, como los demás, para ser admitido a los ejercicios. Pero cuando llegó a comprender por las charlas que allí se daban de qué clase de crímenes se hacen culpables los que se atreven a entrar en el Ministerio, sin ser bien llamados a él por Dios, cuando hubo meditado con madurez la amplitud y grandeza de las obligaciones que se contraen al comprometerse en el servicio de la Iglesia, le entró tal miedo, que no podía resolverse a ir más lejos; fue con mucho trabajo como los que dirigían su conciencia, le decidieron a dejarse dirigir.

Una de las primeras cosas que hizo este eclesiástico al salir de la Ordenación fue ir a encontrar a su Obispo y hacerle una extensa síntesis de los ejercicios que se hacían en Casa de los Sacerdotes de la Misión y del bien que producían. Este Prelado hizo rogar al Superior de Monte-Citorio que viniera a conversar con él. Es un hombre, decía este Superior en una Carta que escribió a Vicente de Paúl, es un hombre lleno de celo, ha dado en su Diócesis cantidad de Misiones, casi del mismo modo que tenemos nosotros de darlas, si no es que él las da más cortas; él predica, confiesa, y da el Catecismo en persona. Pero este nuevo invento de trabajar en formar a buenos Eclesiásticos le encanta. Quiere venir aquí a la Ordenación próxima y pregunta si, cuando regrese a España no podremos darle a alguno de los nuestros, para llevar a cabo allí lo que hacemos aquí.

Fueron estas últimas palabras las que alarmaron al Siervo de Dios. No temía otra cosa más que ver a su Congregación extenderse por medios humanos. Tuvo miedo de que sus Sacerdotes de Roma hubieran insinuado al Obispo de Plasencia que su colocación en su Diócesis podría hacer allí bien. Les advirtió seriamente que tuvieran cuidado de dar ningún paso en este asunto; y no se quedó conforme hasta que ellos escribieron que estaban muy lejos, por la gracia de Dios, de buscarse empleo, o de querer promocionarse por sí mismos;  que no habían vuelto al Palacio del Embajador desde la primera visita que le habían hecho; y que si les presionaban alguna vez a aceptar alguna nueva fundación serían exactos en remitirlo todo a su decisión. Sin embargo España no tardó en aprovecharse de los ejercicios de Italia, como Italia se había aprovechado de los que Vicente  había comenzado en Francia. El Obispo de Plasencia que quería sinceramente el bien de su Clero, se trasladó a Monte-Citorio en la primera Ordenación: para juntar la práctica con la teoría, asistió a todos los ejercicios; se formó un plan del modo cómo se realizaba todo, y se lo envió a su Diócesis, con orden de seguirlo punto por punto, a la espera de que los asuntos de los que el Rey su Señor le había encargado le permitiesen hacerlo por sí mismo.

Es la suerte de los mejores y de las más santas empresas estar expuesto a los celos y a la contradicción; sucedió pues algún tiempo más tarde que los grandes frutos que producían estos ejercicios, y la justicia que se les hacía en toda la causas de Roma, desataron la emulación en una Comunidad Religiosa que creyó que era de su honor procurarse para sí la comisión de hacerlos. En general, todo lo que se llama pasión no razona; pero la envidia es quizás de entre todas la que menos razona. Se diría que ignora este exterior de beneficencia, bajo el cual la mayor parte de los demás tienen el acierto de envolverse. Para quitar a los Padres de la Misión un trabajo, que no habían solicitado, se atrevieron a decir al Papa, y a hacerle decir por otros que encargar  de una tan honorable comisión a una Casa sola era despreciar a las demás. Lo extraño del asunto es que los que empleaban este lenguaje, habían comenzado por pedir esta función para ellos, con exclusión de aquellos mismos que hasta entonces habían estado en posesión de realizarla. Así que no lograron sacar adelante un proyecto que no tenía por principio más que un despecho presuntuoso. El Cardenal-Vicario rechazó de plano una propuesta tan fuera de lugar; y el Papa, persuadido de que las empresas más duraderas son las que vienen de Dios, mandó publicar un nuevo Breve -1662-, por el que aprueba y confirma por propia iniciativa todo cuanto había ordenado anteriormente, obliga, bajo pena de suspensión, no solamente a sus súbditos de la Ciudad de Roma, sino también  a los de seis Obispados sus Sufragáneos, que quieran ser ordenados en sus Diócesis, a asistir durante diez días a estos ejercicios, antes de recibir las sagradas Órdenes; y con el fin de que se conociera bien hasta dónde llegaba su decisión, se reservó a sí mismo, y a sus Sucesores, el poder de dispensar de esta Ley. Se mantuvo tan firme todo el resto de su Pontificado en no dispensar a nadie sino cuando permitía a alguien recibir las Órdenes extra tempora, exigía que hiciera un retiro espiritual en Monte-Citorio con los Sacerdotes de la Misión.

Inocencio XI, a cuyas virtudes la propia herejía ha hecho justicia, confirmó por Cartas circulares lo que había hecho Alejandro VII sobre esta materia. Inocencio XII fue todavía más lejos que sus Predecesores: pues prohibió que se diera el poder de confesar a los que no lo tenían aún o que se les continuara a los que lo tenían ya, si con anterioridad no hacían durante ocho días los ejercicios espirituales en la casa de los Misioneros. Ordenó además que los Párrocos seculares de la ciudad de Roma hicieran cada tres años los mismos ejercicios; y que los que compartían con ellos los trabajos del Ministerio, no pasase ningún año sin hacerlos. En cuanto a los Eclesiásticos que estaban sin empleo o que no tenían más que Beneficios simples, los exhortó a no descuidar la gracia que se les ofrecía, y a llenarse en un retiro tan útil para tantos otros del espíritu de piedad y de renovación que es necesario a todos los Sacerdotes de JC. De esta forma crecen las obras de Dios y se fortalecen en el seno mismo de las contradicciones.

Por lo demás, aunque nos hayamos detenido ya un poco más de la cuenta en esta materia, creemos deber añadir que el éxito con que los Hijos de nuestro san Sacerdote trabajaban en formar en la ciudad de Roma a santos y virtuosos Eclesiásticos determinó a muchos Prelados a llamarlos a sus Diócesis. El Cardenal Barbarigo, quien por entonces era Obispo de Bérgamo en el Estado de Venecia, fue uno de los primeros que los solicitó a dar retiros a sus Ordenandos. Lo hicieron siguiendo su método ordinario; y consta que este Prelado, que se persuadió en primer lugar de qué importancia eran estos ejercicios, se asoció a sus trabajos. Por lo menos es cierto que habiendo ido a Roma algunos años después, se encargó voluntariamente de dar él mismo una parte de las charlas de la Ordenación. Su ejemplo fue seguido por algunos más del sagrado Colegio: y se ha visto en Monte-Citorio a un buen número de Cardenales, de Obispos, de Prelados, de Generales de Órdenes, tan impresionados como los Ordenandos mismos por los hermosos discursos del Cardenal Albici, y del Cardenal de Santa Cruz. Este método de invitar a dar las charlas de la Ordenación a personas importantes por sus empleos, o por si erudición, era el de Vicente de Paúl. Él sabía que, aunque la palabra de Dios esté por sí misma llena de fuerza y de eficacia, con todo parece tener más energía en la boca de aquellos a quienes un gran nombre ha hecho superiores a los demás hombres. Basado en este mismo principio el célebre sr Bossuet, y varios grandes Obispos detrás de él, han dado más de una vez en S. Lázaro las charlas de los Ordenandos; es justo que, como su celo los llevó a tomar parte en los trabajos del Fundador de la Misión, la Historia les haga compartir con él los elogios que su siglo le ha tributado.

La dedicación, con la que Vicente trabajaba en la reforma del Clero, no le hizo olvidar las necesidades de los pobres, y sobre todo de los del campo. Era por ellos principalmente por quienes se movía tanto, y formaba en todas partes a buenos Sacerdotes. Ya que a fin de cuentas estaba persuadido, y tenía razón para estarlo, de que si los pueblos estaban atendidos por buenos Pastores, los pobres encontrarían en su caridad recursos a una parte de sus necesidades. Pero como estos recursos estaban aún lejos, y por otro lado los Sacerdotes mejor intencionados no se encuentran siempre en disposición de ayudar a todos los que necesitarían serlo, el santo Hombre quería poner remedio a los males presentes, al mismo tiempo que tomaba las medidas más justas para alejar los que podían presentarse después.

Había fundado, según lo hemos visto en otra parte, las Cofradías de la Caridad, en los lugares que había podido: como sus ocupaciones no le permitieron mucho tiempo continuar visitando los lugares, donde las había establecido, y los Sacerdotes abrumados bajo el peso de una infinidad de otros trabajos no podían trasladarse sino raramente, era de temer que el primer fuego de una Asociación tan útil se relajase poco a poco, y los pobres volvieran a caer en el mismo estado, del que tanto trabajo había costado sacarlos. Vicente deseaba pues con ardor que la Providencia suscitara a alguna persona caritativa, que fuera apta para recorrer los campos, para animar a las personas de que estaban compuestas estas Cofradías, a mantenerlas en las contratiempos que tenían que superar, para mantener y hacer nacer entre ellas el espíritu de misericordia, que había sido el principio de su unión caritativa.

Dios no tardó en satisfacer la inquietud de su Siervo. Acababa de entrar en el Colegio de los Bons-Enfants, cuando la ilustre señorita le Gras tomó -1629-, sin conocerle, una casa que no distaba mucho de la suya. Esta mujer incomparable que, a juicio de cinco grades Obispos, fue regalada a su siglo para convencerle de que ni la debilidad del sexo ni la delicadeza del temperamento ni los compromisos mismos de la sociedad, no constituyen obstáculos invencibles a la salvación, había nacido en París de Luis de Marillac señor de Ferrières y de Margarita de Camus. La belleza de su espíritu llevó a su padre a mandarle estudiar la Filosofía, y joven todavía, se mostraba capaz de las ciencias más elevadas. Pero la gracia le dio lecciones, que los mayores Maestros no pueden dar: si la delicadeza de su complexión no le permitió entrar como ella deseaba, en una Orden que practica una penitencia rigurosa, su matrimonio con Antonio le Gras Secretario de la Reina María de Médicis, no le impidió merecer en pocos años el glorioso nombre de Madre tierna y universal de los pobres. También les prestaba todos los servicios de la más humilde y de la más industriosa caridad. Ella los visitaba sin prestar atención a la naturaleza de sus enfermedades; les presentaba ella misma el alimento que necesitaban; les hacía las camas con mayor afecto que lo hubiera hecho una criada a sueldo; los consolaba con palabras llenas de ternura, los disponía con exhortaciones a recibir los Sacramentos, y los sepultaba después de su muerte.

Jean-Pierre le Camus Obispo du Beley, este amigo íntimo de S. Francisco de Salles, y que por consiguiente lo era de Vicente de Paúl, dirigía a la Señorita le Gras: estaba casi tan ocupado en moderar su fervor como en calmar las penas interiores que, durante largo tiempo perturbaron la paz y la tranquilidad de su alma. Pero como la obligación de residir en su Diócesis le impedía estar al alcance de darle las lecciones que necesitaba, quiso escogerle un Director capaz de mantenerla en el estado en que se hallaba tras la muerte de su marido, y en la confusión continua que le producía un temor excesivo de esta clase  de faltas que escapan a las almas más inocentes. Vicente de Paúl fue aquel sobre quien puso los ojos para reemplazarle. Al santo Sacerdote no le gustaban estas direcciones particulares; se le ha visto por la dirección que tuvo con la Señora de Gondi: creyó sin embargo deber ceder en esta ocasión a los consejos del Obispo du Beley. Dios pronto dio a conocer que era él quien había preparado este asunto, y que quería servirse de estos dos grandes corazones para reanimar la caridad de los fieles, y para dar a su Iglesia una nueva Compañía de Vírgenes únicamente entregadas a las obras de misericordia.

La Señorita le Gras repartía el tiempo entre el ejercicio de la oración y el de la caridad: daba al alivio de la indigencia todo el tiempo que no entregaba a la meditación y a los demás deberes parecidos, que se refieren a Dios más inmediatamente que al prójimo. Pero su celo se redobló a la vista de un Director, que no sabía moderarse  cuando se trataba de ser útil a sus hermanos. A su ejemplo, ella concibió el plan de consagrar su vida al servicio de los pobres, y de cooperar con todas sus fuerzas a la ejecución de los grandes proyectos que el santo Sacerdote formaba cada día a favor de los miserables. Vicente, a quien comunicó su resolución, y que estaba en guardia contra los pasos precipitados, quiso probarla, y la prueba duró casi cuatro años. Le prescribió durante este tiempo consultar a Dios en el retiro, y sacar frecuentemente en la recepción del Cuerpo y de la Sangre de JC el espíritu de luz y de fuerza que necesitaba.

Este tiempo que, como lo ha escrito el sr Gobillon en su historia de la Señorita le Gras, fue para ella una especie de Noviciado, no sirvió sino para afirmarla en su primer plan. La actividad con la que abrazó, durante este intervalo, todas las ocasiones de caridad, que se le presentaron, hizo por fin que su Director conociera que era tiempo de ponerla a trabajar: y que teniendo todas las virtudes, que S. Pablo pide en las viudas, la caridad no tenía Ministerio, por difícil, por repulsivo que pudiera ser, del que esta mujer no fuera capaz. Le propuso pues en 1629 encargarse de la visita de una parte de los lugares, donde las Asambleas de caridad habían sido establecidas; para honrar, tanto como fuera posible, los viajes que la caridad del Hijo de Dios le había hecho emprender, y participar en los trabajos, en las fatigas y en las contradicciones que este divino Salvador había pasado.

La piadosa viuda obedeció a la voz del Santo, como habría obedecido a la de Dios mismo. Como los viajes llevan naturalmente a la disipación y no santifican siempre a quien los hace aun por  buenos motivos, el sabio Director tomó las medidas tan justas, que las carreras de la Señorita le Gras contribuyeron siempre a hacerla más recogida y más fervorosa. En los viajes iba siempre acompañada de algunas Damas de piedad. Los coches más incómodos eran preferidos a los otros. Se debía vivir y acostarse muy pobremente, para tomar más parte en la miseria de los pobres. Los ejercicios de piedad se hacían en el campo con la misma  regularidad que en la casa. El día de la partida se comulgaba, para recibir con la presencia de JC una comunicación más abundante de su caridad, y una prenda más segura de su protección. En el curso del viaje, se alzaban con frecuencia los ojos hacia las santas montañas para hacer bajar de ellas los auxilios necesarios. Con tales precauciones se camina mucho tiempo sin sufrir menoscabo. Así, lejos de verse nunca ninguno en la Señorita le Gras, se la vio siempre regresar a París más virtuosa de lo que era antes de salir.

Se entregó durante varios años a estos ejercicios de caridad: ella recorrió con mucho fruto las Diócesis de Soisons, de París, de Beauvais, de Meaux, de Senlis, de Chartres y de Chalons en Champaña. Cuando había llegado a un Pueblo, reunía  las mujeres que componían la Asociación de la Caridad; les daba las instrucciones que necesitaban para desempañar bien este empleo; les hacía sentir su grandeza y su precio ante Dios. Cuando eran demasiado pocas para soportar la carga, multiplicaba su número; les enseñaba con su ejemplo a servir a los enfermos más desesperados; restablecía con sus limosnas sus pequeños fondos, que con frecuencia estaban muy agotados; y a fin de ponerlas en situación de continuar con más comodidad lo que habían comenzado tan bien, les distribuía a sus expensas la ropa y las medicinas necesarias al alivio y a la salud de los pobres.

Cuando su Director tenía mucho menos cuidado de la reposición de las fuerzas del cuerpo que la salud del alma, la Señorita le Gras, precisa en seguir todas sus intenciones, no trabajaba en lo uno sino para llegar a lo otro. De manera que no se limitaba a apaciguar los dolores o el hambre del enfermo y del indigente. Ella plantaba el Reino de Dios en el corazón de las jóvenes de su sexo. Con la venia de los Párrocos, sin la cual le estaba prohibido emprender nada, reunía en alguna casa cómoda a las jóvenes que no estaban suficientemente instruidas; las catequizaba y les enseñaba los deberes de la vida Cristiana. Si había una maestra de Escuela, le enseñaba, casi sin que lo pareciera, a hacer bien su oficio; si no la había, trataba de colocar a una, que tuviera las disposiciones necesarias para este santo empleo; y para educarla comenzaba ella misma a dar las primeras lecciones.

Empresas tan santas, y que habrían hecho honor a los Pablos y Fabios, fueron a menudo pasadas; pero fueron con mayor frecuencia y más universalmente aplaudidas. Se han visto ciudades enteras apresurarse a testimoniar su gratitud y su respeto por una mujer tan perfecta, echarle mil bendiciones, no verla marcharse sin dolor, seguirla bien lejos hasta que se volvía. Dios mismo pareció querer justificar la estima que los hombres hacían de su Sierva. Un día que se marchaba de Beauvais, donde se habían fundado  dieciocho Cofradías de la Caridad, como una multitud de gente desesperada de perderla tan pronto, la seguía con afán, un niño se cayó tan cerca de una especie de carrito, que le servía de vehículo ordinario, que una de las ruedas le pasó por la mitad del cuerpo. Este triste accidente que hizo lanzar un  gran grito a todos los que lo vieron, la impresionó sensiblemente. Se recogió un momento, hizo algunas oraciones, y al instante mismo se levantó el niño sin ninguna lesión, se puso a caminar con entera libertad. Yo no decido sobre la naturaleza de este suceso: tenga o no algo de prodigioso, la Señorita le Gras no por ello tendrá menos mérito, puesto que a juicio de S. Crisóstomo, el ejercicio de una caridad que nunca se ha rechazado, vale más que el don de milagros, y que se debe admirar menos a S. Pablo, cuando resucita a los muertos que cuando es débil con los débiles, y enfermo con los enfermos. Es pues la caridad de nuestra ilustre Viuda la que debe hacer su elogio y el del santo Sacerdote, que dirigía todos sus pasos.

Para avisarla contra las más débiles impresiones del orgullo, que una estima general habría podido suscitar, Vicente le dio por regla de conducta, en los honores que se le hicieran, levantar su corazón a JC saturado de oprobios, unirse a los malos tratos, que el Hombre-Dios sufrió; no olvidarse de que un corazón verdaderamente humilde no lo es menos en el aplauso que en el desprecio; y que, como la abeja, hace su miel del rocío que cae sobre el ajenjo lo mismo que de el que cae sobre las rosas.

Como los trabajos continuos de la Señorita le Gras había expuesto ya más de una vez su salud, y ni su complexión, que era muy delicada, ni su temperamento, que estaba sometido a muchas enfermedades, le impedían entregarse a los ejercicios más duros de la caridad, Vicente la avisó sobre ello, a lo que un Director que se encontrara en semejantes circunstancias, no puede prestar demasiada atención. La exhortó a cuidarse por el amor de nuestro Señor, y de los pobres que son sus miembros; la advirtió que tuviera cuidado de querer hacer demasiado, con propias palabras que una de las astucias,  de las que se sirve el demonio con más éxito para engañar a los que aman a Dios es llevarlos a hacer más de lo que pueden, para que se pongan pronto en estado de no hacer lo que hubieran podido; en vez de que, añadía él, el Espíritu de Dios comprometa con dulzura a hacer razonablemente el bien que se puede hacer, para que se haga con perseverancia.

Sin embargo como las personas que son totalmente de Dios cuentan por nada lo que hacen en su servicio, el santo Sacerdote se vio obligado más de una vez a frenar el celo de su penitenta. Y en efecto, cuando ella estaba de regreso en París, se hubiera dicho, al ver las ganas con que se prodigaba en toda clase de bien, que había pasado el resto del tiempo sin hacer nada; y que quería reparar su pérdida. Se entregaba sobre todo a inflamar con el buen fuego, del que estaba consumida, las de sus amigos que encontraba susceptibles. Por este medio fue cómo habiendo reunido a cinco o seis Damas de su Parroquia, que era la de S. Nicolás de Chardonnet, les enseñó a servir a los pobres enfermos. Vicente, a quien consultó sobre este plan, como le consultaba sobre todos los demás, le recomendó seguir el Reglamento que él había elaborado para las Cofradías de la Caridad; y añadirle los consejos que él mismo había añadido el año precedente cuando, a petición del Párroco de S. Salvador, la había establecido por primera vez en la Capital del Reino.

Mientras que la Señorita le Gras cumplía tan bien todos los deberes de un tierno y laborioso Cristianismo, Vicente no estaba inactivo. Se hallaba ya a la cabeza de casi todas las obras buenas que se referían al bien del prójimo; y pocas importantes se hacían, en las que no se siguieran sus consejos. Él llevó a cabo una ese mismo año que, sin él, habría fracasado probablemente. Margarita Claudia de Gondi quien, después de la muerte del Marqués de Maignelai su marido, asesinado durante los disturbios de la liga, aprovechaba bien la ocasión de señalar su piedad, había fundado, en 1618, junto al Temple una Casa de ejercicios, para detener el desorden de las personas de su sexo, que habían tenido la desgracia de caer en él. Se presentaron en poco tiempo un número bastante grande, que parecieron encantadas de encontrar después del naufragio un puerto tan seguro. Pero se vio desde un principio que a este establecimiento le faltaba una parte esencial; y que no existía en esta gran casa nadie que fuera capaz de dirigirla bien. Como las Religiosas de la Visitación hacen por su condición una profesión particular de caridad y de dulzura, y estas dos virtudes eran las más propias para ganarse el afecto de estas almas penitentes, a quienes nos se podía ganar para JC sino con consideraciones infinitas, se propuso a S. Francisco de Sales que tuviera a bien colocar a Hijas suyas a la cabeza de esta nueva Comunidad. El santo Obispo dijo que se podría hacer un día, pero que el momento no había llegado todavía. Las cosas se quedaron pues en la Magdalena, en el estado en que estaban, durante cerca de doce años. Pero ya que es difícil continuar bien, cuando se ha comenzado mal, se corría el riesgo de ver caer por los suelos en poco tiempo una casa tan necesaria y tan preparada para evitar tantos males. Se lo dijeron a Vicente, como en calidad de Superior de las Religiosas de la Visitación, y más aún en calidad de hombre, cuya prudencia y luces eran universalmente respetadas; él podía mejor que nadie disponer de estas santas y virtuosas Hijas: le rogaron que las encargara de la dirección de esta Comunidad. El santo Sacerdote siguió su camino ordinario. Consultó a Dios; y después de consultar con el sr Arzobispo de París, y con la Madre Angélica l’Huillier Superiora de la casa de Santa María, destinó a cuatro Religiosas de la Visitación a ocupar los primeros cargos del Monasterio de la Magdalena.

Hizo de este plan, como de la mayor parte de los que se refieren a la gloria de Dios y la salvación del prójimo; es decir que no pudo llevarlo a cabo, sino después de sobrepasar muchos obstáculos. Vicente los resolvió con su paciencia. Para no hacer nada que se pareciera a precipitación, o denotara cierto afecto personal, defectos de los que se mantuvo siempre alejado de manera extraordinaria, hizo celebrar Asambleas de Doctores , y de otras personas recomendables por su piedad y experiencia: concertó con ellos los medios de dirigir a su perfección un asunto, que por una parte atañía al descargo y edificación del público, y por otra a la salvación de un gran número de personas, a las que no era ni posible seguir en el mundo sin perderse, ni santificarse en el retiro si no estaban bien dirigidas. Las dificultades se desvanecieron en las manos de un hombre a quien su gran sentido daba recursos infinitos. Las Hijas de S. Francisco de Sales, a quienes los trabajos de este nuevo empleo habían asustado mucho, lo desempeñaron con su celo y su capacidad ordinarios. Pusieron orden en una casa, donde apenas existía. Ellas se ganaron los corazones con su dulzura y su atención. La caridad las hizo dueñas absolutas: lo es uno siempre útilmente cuando no lo es sino por un principio tan hermoso; así ellas pusieron en tan buen orden a esta numerosa Comunidad que fue origen después de la de Rouen y de Burdeos. Es verdad que el Santo les sirvió mucho, sea por los sabios consejos que les daba de viva voz, sea por los buenos Consejeros que les procuró; pero el celo y el trabajo de estas virtuosas Damas no son por ello menos estimables; los hijos no pierden nada de su gloria, por compartirla con su Padre.

El gozo santo,  del que el feliz éxito de tantos asuntos, debía llenar un corazón tan sensible a los intereses y a la gloria de Dios, como lo era el de Vicente de Paúl, fue perturbado por la muerte del sr Cardenal de Bérulle. Este gran hombre expiró –el 21 de octubre de 1629- en el Altar, en los brazos de su bienamado; acabó, como víctima, el augusto Sacrificio, que el agotamiento de sus fuerzas no le permitió acabar como Sacerdote. Vicente perdía en él a un amigo y a un Padre; pero lo que más le afectó es que la Iglesia perdía con él a un modelo del sacerdocio de Jesucristo. Para compensarla por esta pérdida., al menos en parte, abrió ese mismo año o el siguiente las puertas de su casa a los Eclesiásticos, que quisieran o reconciliarse con Dios, después separarse de él, o reemprender en la soledad fuerzas y luces para mantenerse, y para conducirse en los senderos penosos del Ministerio.

Fueron algunos Doctores de Sorbona, llenos de piedad y de virtud, los que comenzaron a hacer estos ejercicios espirituales bajo la dirección del santo Sacerdote. Su ejemplo fue seguido por muchos más: y éste es el origen de estos santos ejercicios que, en la  Congregación de la Misión, han santificado y santifican aún todos los días a tantas personas. S. Ignacio de Loyola es de alguna forma a quien la Iglesia es deudora de este saludable establecimiento. Vicente, que le honraba con un culto particular, creyó no poder hacer otra cosa que seguir su plan y su método, se conformó a él lo más exactamente que pudo. La utilidad, que de ello resulta desde hace más de un siglo, puede se todavía demostrada por ese gran número de personas de toda edad y de toda condición que se ven cada día romper sus cadenas más dulces y más fuertes,  renunciar a sus más criminales inclinaciones, desprenderse da las costumbres más inveteradas, edificar con la práctica constante de las virtudes Cristianas a los que habían escandalizado con una vida desordenada, y costumbres totalmente paganas. Como estos retiros no han hecho nunca más ruido que desde que Vicente de Paúl tomó posesión de la Casa de S.Lázaro, es conveniente, antes de entrar en un mayor detalle, dar a conocer el modo como se realizó este establecimiento.

Trad.Máximo Agustín

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