San Vicente: Cartas de Madurez

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Incluimos dentro de la época de madurez todas las car­tas escritas por el señor Vicente durante los años 1625-1660, coinciden con la renuncia y cese como miembro del Consejo de conciencia, y no añaden nada particular que afecte al estilo y pensamiento de tiempos anteriores; sólo confirman la postu­ra y gestión llevadas hasta entonces. Es la razón por la que no dedicamos un espacio largo a las cartas, que podríamos titular de ancianidad.

Recordamos, antes de iniciar el comentario pormenoriza­do de las cartas de madurez, que cuanto dijimos acerca de los factores de la palabra, en particular, sobre la experiencia reli­giosa adquirida hasta 1625, constituye la base de la nueva orientación epistolar. Desde la llegada de Vicente a París hasta la fundación de la Congregación de la Misión (1625), el joven misionero adquiere las grandes luces que le iluminarán en el go­bierno y dirección de las almas. El atento seguidor de Vicente no deja de sorprenderse ante el desplazamiento total que han sufrido los antiguos deseos de beneficios eclesiásticos por los nuevos ideales espirituales y apostólicos. Tal cambio y «con­versión» hacia los valores del Evangelio sugieren al autor de las cartas un lenguaje desconocido hasta ahora e inspirado en el seguimiento de Jesucristo evangelizador de los pobres. El ol­vido de sí mismo y el desinterés por los bienes y comodidades personales se traducen en preocupación por los demás. No exa­geraríamos si dijésemos que los pobres son ahora los mejores inspiradores de su correspondencia, después del evangelio.

Por su cualidad de clérigo comprometido en una sociedad civil y eclesial, necesitada de grandes reformas, el señor Vicen­te se ve obligado a dar contestación a cientos de consultas; a través de esta correspondencia vierte retazos de historia auto­biográfica. La lectura de la misma nos lleva a nosotros a la con­clusión de estar en contacto con un hombre de conducta inta­chable, que es, además, un santo, un buceador incansable de la voluntad divina y un glorificador de la obra de Jesucristo. Po­demos, con razón, considerar la respuesta del Santo como una Guía espiritual para hombres apostólicos.

El contenido de las cartas de madurez fue ampliamente de­sarrollado en las conferencias a los Misioneros y a las Hijas de la Caridad, y recogido sintéticamente en las Reglas o Constitu­ciones de la Congregación de la Misión y en las Reglas de las Hijas de la Caridad, principales documentos escritos de san Vi­cente de Paúl.

Un examen minucioso de toda la correspondencia de ma­durez llenaría muchas páginas; nosotros trataremos de resumir, reflejando lo más fielmente posible, el pensamiento y las pala­bras mismas del señor Vicente acerca de los asuntos tratados: doctrinales, disciplinares y económicos. Cualquier familia re­ligiosa sabe que su Fundador no puede desentenderse de estas gestiones, y que a través de ellas queda despejado su juicio prác­tico y su formación. Para Vicente de Paúl, el gobierno y ani­mación espiritual de sus Congregaciones constituyó su princi­pal amor y a ellas dedicó toda su fuerza y sabiduría. Asegurar la Caridad y la Misión equivalía a reforzar la evangelización y el servicio de los pobres.

«Como es usted el segundo de la Compañía, sopórtelo todo»

En el Acta de asociación de los primeros misioneros (4 de septiembre de 1626) aparecen estampadas tres firmas junto a la de Vicente de Paúl: la de Antonio Portail, Francisco du Cou-dray y Juan de la Salle. Tres hombres para tres cargos de confianza. A Portail le confía el señor Vicente la dirección de las Hijas de la Caridad; a Du Coudray, el negociado, en Roma, de la aprobación de la Misión; a La Salle, la formación de los seminaristas aspirantes a la Congregación en el primer semina­rio interno o noviciado, según la terminología aplicada a las Congregaciones u Órdenes religiosas para el tiempo de prueba. Los tres son fieles compañeros de Vicente y tienen experiencia de las obras de la Misión, desde sus comienzos.

Por el año 1612, Vicente debutaba como cura párroco en la aldea de Clichy. El celoso párroco forma pronto un pequeño coro de catequistas y de posibles candidatos al sacerdocio, en­tre los que se encuentra A. Portail (1590-1660), estudiante de la Sorbona. Apenas echa a andar el grupo misionero, capita­neado por Vicente, se suma a sus filas Portail, recién ordenado sacerdote. Iniciado en las obras de la naciente Compañía o Aso­ciación, Portail recibe distintos nombramientos como superior de las pequeñas comunidades locales. Por ser el más veterano y mejor conocedor de los orígenes de la Misión, Vicente le ex­horta «a ser ejemplar en la Compañía», le felicita por «ha­ber subido al púlpito», después de ocho años de sacerdo­cio, y le anima a fomentar la unión entre los compañeros de comunidad. En efecto, los problemas de convivencia comu­nitaria surgen al poco tiempo de nacer la Compañía. Vicente, como superior mayor, hace de conciliador entre las partes dis­gustadas, buscando la paz y unión de los Misioneros. Esta será una de sus divisas de gobierno, fuente de exquisita delicadeza y de tacto evangélico. En junio de 1631, escribe a Portail, que se ve contrariado por los exabruptos del P. Antonio Lucas, ami­go de controversias:

«Espero un gran fruto de la bondad de Nuestro Señor si la unión, la cordialidad y el apoyo mutuo reinan entre us­tedes dos. En nombre de Dios, señor, que sea éste su ma­yor ejercicio; y como es usted el de más edad, el segundo de la Compañía y el superior, sopórtelo todo, repito todo, de buen señor Lucas; repito una vez más, todo; de forma que cediendo de su superioridad se una usted a él en ca­ridad. Este fue el medio con que Nuestro Señor se ganó y dirigió a los apóstoles, y el único con que logrará algo del señor Lucas».

Si retenemos en la memoria las razones aquí apuntadas por Vicente para lograr la unión de los Misioneros, observaremos luego, en conflictos comunitarios semejantes, que el Fundador se repite: la misma lógica al situar a Jesucristo a la cabeza de la comunidad, relegando al superior a una posición vicaria; los mismos principios evangélicos de paz, concordia y mutua ayu­da; el mismo estilo machacón de repetir la palabra clave del mensaje. Pero Vicente no es un contemporizador que lo deje pasar todo; por eso, recuerda al P. Portail que advierta cordial y humildemente al señor Lucas ponga cuidado en corregir su extremoso malhumor. En la carta figura también un dato de co­nocimiento literario dramático. Dice su autor que el papel del superior se asemeja al de un actor de teatro, «en el que un acto de malhumor es capaz de echarlo todo a perder». Más adelan­te veremos otras alusiones del señor Vicente al arte dramático.

«Vivamos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo»

El P. Portail es el primer depositario de la doctrina y expe­riencia de su Superior sobre Jesucristo. En torno al Hijo de Dios, adorador del Padre y ejecutor de la voluntad divina, des­pliega san Vicente su palabra más abundante. He aquí un tex­to de la carta del 1 de mayo de 1635, dirigida a su querido com­pañero:

«Un sacerdote debería morir de vergüenza antes que pre­tender la fama en el servicio que hace a Dios y por morir en su lecho, viendo a Jesucristo recompensado por sus trabajos con el aprobio y el patíbulo. Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesu­cristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesu­cristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesu­cristo, hay que vivir como Jesucristo».

Salta a la vista, en este párrafo, la influencia paulina, en Vi­cente de Paúl. La mística del bautismo, expuesta por el Após­tol (Rm 6, 1-14), es la regla de vida para el Misionero, que no tiene otro ideal que el de asemejarse a Jesucristo en la vida y en la muerte. ¡Cuánto dista este lenguaje del empleado en las cartas de juventud! No es la sabiduría humana, sigue comen­tando Vicente, la que atrae a los pobres, sino la bondad. No es la predicación desafiante la que convence, sino la humilde y la respetuosa. Si los pobres son los destinatarios principales de la predicación misionera, hay que demostrarle amor y compa­sión:

«Dios no bendecirá nuestro trabajo (hecho con arrogan­cia). Alejaremos a los pobres de nosotros. Creerán que ha habido vanidad en nuestra conducta, y no creerán en no­sotros. No se le cree a un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos. El dia­blo es sabio, pero no creemos en nada de cuanto él nos dice, porque no lo estimamos. Fue preciso que Nuestro Señor previniese con su amor a los que quiso que creye­ran en él. Hagamos lo que hagamos nunca creerán en no­sotros, si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros».

El Santo resalta a continuación, ejemplos de Misioneros, que por su bondad cosecharon abundantes frutos de la predi­cación, mientras que otros, con «ruidos y fanfarrias», poco o nada lograron. Esta lección sustancial de la doctrina y experien­cia del señor Vicente se repetirá a lo largo de los años. ¿Qué más consejos se le puede dar al P. Portail? Según costumbre, el Superior General derrama sobre la carta minuciosas noticias de la Congregación, y se abre de par en par a la confianza con sus más fiel compañero, a quien saluda y abraza cariñosamente.

«Es preciso que haga entender que el pobre pueblo se condena»

Francisco du Coudray (1586-1649), estudiante también de la Sorbona, conocedor inteligente del hebreo, estudioso de la Sagrada Escritura, es el segundo hombre de confianza del se­ñor Vicente. De entre los suyos le consideró el más capaz para agilizar en Roma la aprobación pontificia de la Misión. Y a fe que lo consiguió, siguiendo las instrucciones que, desde París, le enviaba su Superior. Pocas cartas justifican el amor de Vi­cente a la Congregación, como las escritas a Du Coudray. En 1631, escribe a su adelantado en Roma:

«Es preciso que haga entender que el pobre pueblo se con­dena, por no saber las cosas necesarias para la salvación y no confesarse. Si Su Santidad supiese esta necesidad, no tendría descanso hasta hacer todo lo posible para po­ner orden en ello; y que ha sido el conocimiento que de esto se ha tenido lo que ha hecho erigir la Compañía, para poner remedio de alguna manera a ello; que, para hacer­lo, hay que vivir en Congregación…».

Du Coudray se dio a entender ante la Santa Sede, aportan­do no sólo la experiencia ajena, sino la suya propia. El tono pro­fético de la carta, inspirado en la necesidad de las Misiones al pueblo, tono reiterado en sucesiva correspondencia, inclinó, al fin, la voluntad de Su Santidad para conceder más de lo que se esperaba. El 12 de enero de 1632, año de la Encarnación (12 de enero de 1633, según el cómputo civil), el Papa Urbano VIII firmaba la Bula Salvatoris Nostri, erigiendo y aprobando la Congregación de la Misión. Era el final de un largo recorri­do de la historia de la naciente Compañía.

Pero mientras tanto, ¡cuántas humillaciones y actos de ca­ridad hubo de practicar Vicente de Paúl! Nada le acobardó, sin embargo, aconsejado y sostenido por el buen señor Duval. Sólo un santo podía escribir estas líneas a un compañero entraña­ble, aconsejándole hiciera visitas a quienes ponían trabas a la aprobación de la Compañía:

«Yo no creería ser buen cristiano si no procurase parti­cipar en el utinam omnes prophetarent de san Pablo. ¡Ay, señor, el campo es tan grande! ¡Seríamos muy miserables si tuviésemos envidia de que esas personas se dedicasen a la ayuda de esas pobres gentes que se pierden sin cesar! ¡Ciertamente sería hacerse culpable del cumplimiento de la misión de Jesucristo en la tierra! Y si nos lo quieren im­pedir a nosotros, habrá que orar, humillarse y hacer pe­nitencia de los pecados que hemos cometido en este mi­nisterio. Según esto, padre, le suplico que no deje de ver a esos padres y de hacer con ellos lo que Nuestros Señor aconseja que se haga con los que nos ejercitan e impiden, y que ruegue a todos aquellos, a quienes Dios ha dado ca­ridad para con nosotros, que no les hagan daño ni de pa­labra ni de obra».

El destinatario de esta emocionante carta es el P. Du Cou-dray, y los embrolladores a quienes se refiere el Santo, los sa­cerdotes del Oratorio fundado por Berulle. Pero, al poco tiem­po, el mismo Du Coudray era objeto de pesadísimas penas para Vicente de Paúl. ¡Quién lo iba a pensar de un hombre tan amante de la Congregación y tan apreciado de Vicente!

«La bondad de su corazón me ha dado la libertad de hablarle con toda confianza y sin ocultarle nada».

Terninada la negociación en Roma, Du Coudray es llama­do a París para seguir trabajando en las misiones. Piensa éste que una mano oculta ha manipulado el nuevo destino y sus relaciones con el Sr. Vicente se enfrían paulatinamente. Du Coudray posee un carácter «atrabiliario y testarudo», y es difícil para la convivencia fraterna; «mantenerlo (en la Compañía) re­sulta molesto, y también despedirlo; no obstante, pensándolo bien, tendrá que salir de ahí», comenta Vicente a su amigo Por-tail. Pero, además, parece ser que Du Coudray sostiene opiniones nada ortodoxas, por ejemplo, «que Nuestro Señor no ha subido todavía a los cielos, y que ni Roma, ni los Concilios, ni los Padres han entendido bien la Sagrada Escritura, y otras invenciones semejantes». ¡Lo que le faltaba por oír al se­ñor Vicente! ¡Un compañero con quien ha compartido las pri­meras fatigas misioneras pone en duda la doctrina de los evan­gelios, el magisterio de la Iglesia y la sabiduría de los Santos Pa­dres! Eso, no; «habrá que despedirlo de la Compañía, si no se corrige de esos errores; nos veremos obligados a ello», le expre­sa con dolor al P. Blatiron.

Pero todas las dudas y sospechas se disiparon, y Du Coudray murió en la Congregación. Y en cuanto a aquellos recelos que le apartaban del señor Vicente, éste se encargó de curárse­los con palabras salidas de un corazón sincero:

«Le suplico con toda humildad que no dé lugar a ningún pensamiento contrario a lo que le digo, y que aleje esas ideas que por su carta veo que se ha forjado sobre mí y sobre ese buen padre. Ya sabe que la bondad de su cora­zón me ha dado, gracias a Dios, la libertad de hablarle con toda confianza y sin ocultarle nada; creo que habrá podido conocer esto hasta el presente por la conducta que he guardado con usted. ¡Jesús, Dios mío! ¿Tendré que re­conocer con pena que he dicho o hecho algo respecto a usted en contra de la santa sencillez? ¡Dios me guarde, pa­dre, de obrar así con ninguna persona! Es la virtud que más aprecio y en la que pongo más atención en mi con­ducta, según creo; y, si me es permitido decirlo, diría que en ella he realizado algunos progresos, por la misericor­dia de Dios».

Magnífica revelación sobre la sencillez la que nos hace san Vicente, virtud que llama, en otro momento, «mi evange­lio». La encantadora virtud de la sencillez forma parte del distinguido espíritu de los Misioneros, que han de dar signos de poseerla en la predicación y en el trato con las personas, a semejanza de Jesucristo. Por el ejercicio de la sencillez, el go­bierno de los superiores se hace creíble, pero su ausencia acarrea desconfianza en los compañeros de comunidad. San Vi­cente habla de progresos en esta virtud. ¿A cuáles se refiere? ¿A los obtenidos después de las cartas de la cautividad? La de­claración última sobre la sencillez no da pie a juzgarle menti­roso por la narración del cautiverio, sino todo lo contrario. Por lo demás, ¡con qué habilidad sabe ganarse la confianza de Du Coudray, invocando los sentimientos de bondad de este misio­nero! Del mismo recurso se servirá con frecuencia para persua­dir a cualquiera a que viva las exigencias del seguimiento de Je­sús en comunidad.

«Le confío el cuidado de todos ellos»

Por fin, el tercer hombre de confianza del señor Vicente: Juan de la Salle (1598-1639), el más joven de los misioneros y, acaso, el más fervoroso de la «pequeña Compañía», cuando la Misión comenzó su andadura histórica. El Superior no duda en confiarle el Seminario Interno, abierto en la casa de san Lá­zaro (1637). La experiencia misionera y el buen espíritu de que está adornado el P. De la Salle garantizan la formación de los candidatos a la Congregación. Su bondad, por otra parte, ase­gura la animación espiritual de los seminaristas, quehacer prin­cipal del director del Seminario, como él pudo enterarse du­rante el año que permaneció en el noviciado de la Compañía de Jesús. San Vicente, a su vez, vela también por la buena mar­cha del Seminario y da orientaciones precisas al P. De la Salle:

«¿Qué le diré de esas personas que piden ser de la Com­pañía? Nada más, sino que le confío el cuidado de todos ellos y que ese joven de Caen que añora los cariños de su padre tiene que ser probado algún tiempo más, sobre todo si su padre se molesta y él no tiene nada que pueda reco­mendarle».

El tiempo de Seminario duraba dos años, durante los cua­les el joven aprendía las prácticas de la Congregación y trataba de imbuirse del espíritu de los misioneros. El discernimiento y selección de vocaciones a la Congregación fue una preocupa­ción constante del Fundador y de los directores del Seminario Interno. No se le podrá jamás acusar a Vicente de Paúl de ha­ber atraído a su Congregación jóvenes con vocación para otras comunidades. El Santo no practicó otra pastoral vocacional que la oración y el testimonio de vida. Al P. Blatiron le escribe el 12 de noviembre de 1655:

«Doy gracias a Dios por los actos extraordinarios de de­voción que piensan ustedes hacer para pedirle a Dios, por intercesión de san José, la propagación de la Compañía. Ruego a su divina bondad que los acepte. Yo he estado más de veinte años sin atreverme a pedírselo a Dios, cre­yendo que, como la Congregación era obra suya, había que dejar a su sola Providencia el cuidado de su conser­vación y de su crecimiento; pero, a fuerza de pensar en la recomendación que se nos hace en el evangelio de pe­dirle que envíe operarios a su mies, me he convencido de la importancia y utilidad de esos actos de devoción».

Cinco años más tarde, el 2 de mayo de 1660, vuelve a re­petir al P. Beaumont el mismo pensamiento, ampliado un poco más:

«Nosotros tenemos una máxima, que consiste en no ur­gir jamás a nadie a que abrace nuestro estado. Le perte­nece solamente a Dios escoger a los que El quiere llamar y estamos seguros de que un misionero dado por su mano paternal hará él solo más bien que otros muchos que no tengan una pura vocación. A nosotros nos toca rogarle que envíe buenos obreros a su mies y vivir tan bien que con nuestros ejemplos les demos más aliciente que des­gana para que trabajen con nosotros».

La alusión al P. de la Salle ha sido corta, como breve fue el tiempo no llegó al año —de su mandato de director del Semi­nario Interno. La muerte prematura del bondadoso y ejemplar misionero, tan llorada por la «pequeña Compañía», fue semi­lla de futuras vocaciones.

«Ser invariable en el fin y moderado en los medios»

Cada carta del señor Vicente a los Misioneros lleva alguna sorpresa: noticias inesperadas de compañeros, anécdotas de viajes, bromas salpicadas de ironía, normas de administración, costumbres de comunidades religiosas, estado actual de la Con­gregación… Todo ello contribuye a conocer mejor la gama en­riquecedora de la pluma vicenciana. No falta tampoco en la correspondencia lecciones de gobierno, las mismas que él ob­servó en el arte difícil de conducir comunidades. La lección, por ejemplo, que da al P. Juan Guérin, nombrado superior de Annecy, manifiesta el sentido de responsabilidad y buen tino empleado en la tarea animadora del grupo. Los criterios de go­bierno quedan recogidos en esta carta del 12 de febrero de 1643:

«Sólo los miembros del cuerpo están animados por la in­fluencia del espíritu de dicho cuerpo. Cuando dije que ha­bía que ser invariable en el fin y moderado en los me­dios, expuse cuál ha de ser el alma del buen gobierno; si se hace lo uno sin lo otro, se echa todo a perder. La par­ticipación en la mansedumbre y en la humildad del co­razón de Nuestro Señor representa muy a lo vivo la ima­gen de Jesucristo y la de su gobierno, sobre todo cuando se muestra firmeza, sin la cual vemos cómo se van rela­jando muchas comunidades por causa de la indulgencia excesiva de los superiores. Así pues, padre, sea usted fir­me; admito que de momento disgustará usted a los espí­ritus, pero luego tendrán más confianza en usted; si no lo hace así, al poco tiempo acabarán despreciándole».

La exhortación a participar del espíritu de Jesucristo im­pregna de dinamismo y frescura los textos fríos de ordenanzas, y asegura, como en el Santo se cumplió, el éxito del buen go­bierno.

«No tenga prisa por venir»

Entrado el año 1660, el señor Vicente se siente aquejado de muchos males y no ve lejos la muerte. Su más antiguo y que­rido compañero, P. Portail, le ha abandonado ya (14 de febre­ro de 1660); también su mejor colaboradora en las obras de ca­ridad, Luisa de Marillac, ha muerto (15 de marzo de 1660); de­lante de él han desfilado a la patria eterna muchos eclesiásti­cos y laicos con quienes le unía una íntima amistad. El ya no puede tardar mucho en despedirse de los suyos; se apresura, por lo tanto, a dejar todo en regla y, principalmente, la direc­ción de la Compañía.

La correspondencia con el P. Renato Almeras (1613-1672), de los últimos meses, respira esta misma preocupación. El de­sea tener cuanto antes a su lado al inmediato sucesor, tan en­fermo que no puede realizar por sí mismo viaje a París. ¡Qué lucha de sentimientos se entabla en el corazón de Vicente! Por una parte, no quiere que el P. Almeras acelere el viaje, por otra, desea descubrirle, cuanto antes, «los planes de Dios sobre él en la Compañía». El 4 de agosto de 1660, le escribe:

«No tenga prisa por venir; espere a tener bastantes fuer­zas para el viaje. Tome todo el dinero que necesite. Me sentiré más consolado con su regreso que con cualquier otro bien que me pudiera acontecer. Le pido a Dios que así sea lo más pronto posible y con perfecta salud. Entre­tanto cuídese, en nombre de Dios; no ahorre nada, tome una litera. Creía haber hecho un buen negocio enviándo­le a Richelieu; pero nunca lo volveré a hacer, aunque us­ted y yo vivamos quince o veinte años en la misma situa­ción»

El P. Almeras llegó a París, en camilla, dos días antes de fa­llecer el Fundador de la Congregación (27 de septiembre de 1660), justo para recibir la última bendición de su padre aman-tísimo. Pero ¡qué ternura revela el Santo en la carta! ¡Qué de­talles de humanidad distinguen sus palabras! Cada frase traza­da con brevedad refleja el dolor profundo que experimenta por el mal ajeno; el suyo no cuenta; sólo vale el sacrificio de los de­más.

«Nuestro Señor desempeñará el oficio de director»

Ya hemos dicho que nadie recibió más correspondencia de Vicente de Paúl que Luisa de Marillac. El P. Fermín Get, su­perior de Marsella, recibió de su Superior mayor no menos de ciento cincuenta cartas; los Padres Juan Martín, Edmundo Jolly, Carlos Ozenne y Esteban Blatiron, también fueron muy afortunados en correspondencia vicenciana. Pero Luisa de Marillac aventajó a todos con creces, si bien algunas de las con­testaciones recibidas de su director se reducen a simples «bi­lletitos», que hoy se hubieran resuelto con una rápida llamada de teléfono.

Cuando Luisa cae bajo la dirección del cura campesino, ha­cia finales de 1624, la señorita está desconcertada sobre el ca­mino que ha de seguir. Habituada al trato afectuoso con sus an­tiguos directores de conciencia, Luisa siente una especie de re­chazo ante el nuevo padre espiritual que se le propone (38). Vi­cente se esfuerza, por su parte, en ser siempre con ella respe­tuoso, afable, paciente, comprensivo, pero firme: escucha y orienta despacio los pasos indecisos de su dirigida. Antes de en­viarla como visitadora de Caridades, la prepara durante cua­tro años (1625-1629), correspondientes a la etapa de formación y preparación. Los años siguientes (1630-1633) sirven para que Luisa asimile los consejos tantas veces repetidos por su direc­tor. La etapa última (1634-1660) proyecta el genio espiritual y apostólico del señor Vicente, que contribuyó a hacer de Luisa «una de las glorias más puras entre las mujeres francesas».

En la primera carta que conservamos de san Vicente a san­ta Luisa (30 de octubre de 1626), el director establece ya la con­ducta que va a seguir con su dirigida y fija, además, el fin pro­pio del acompañamiento espiritual. Enterada Luisa de la sali­da del guía de su alma, le escribe con acentos quejumbrosos, lamentándose de su ausencia. Pero el misionero, más pendien­te de las necesidades de los pueblos que de la turbación espi­ritual de la señorita Le Gras, contesta:

«No le di aviso de mi partida, porque fue más repentina de lo que me imaginaba, y tenía miedo de darle un dis­gusto al comunicársela. Pero, en fin, Nuestro Señor le ten­drá en cuenta esa pequeña mortificación, y él mismo de­sempeñará el oficio de director; ciertamente que lo hará, y de forma que le hará ver que se trata de él mismo. Sea, pues, su hija querida, muy humilde, muy sumisa y muy llena de confianza, y espere siempre con paciencia la ma­nifestación de su santa y adorable voluntad».

El Sr. Vicente no perderá nunca de vista, en el trato con Lui­sa o con otras personas, que Dios es el dueño de las almas y a El corresponde dirigirlas. Sólo en caso de necesidad o conve­niencia, el hombre deberá asumir esta responsabilidad, más propia de ángeles que de seres humanos. De la lectura de la car­ta se desprende el tacto de Vicente para insinuarse en la sico­logía de Luisa, a la que trata de dar contento, pero que «no con­testa a todas sus cartas, por no estar en disposición de hacer todo lo que ella le indica». Luisa no pretendió jamás manejar o torcer la vocación misionera de su director, pero éste le ad­vierte, desde el principio, que se debe sobre todo a los pobres del campo y que no vivirá pendiente de las devociones y ape­tencias espirituales de ella.

Las lecturas recientes de la Regla de perfección de B. de Canfield y de la Vida devota de F. de Sales sugieren a Vicente de Paúl dos temas de vida espiritual apropiados a las necesidades de Luisa: el ejercicio y aceptación de la voluntad de Dios y el seguimiento de la divina Providencia. Por el momento, ni el director ni la dirigida conocen los planes de Dios sobre el futuro, pero «El tiene grandes tesoros ocultos en su santa Providencia, ¡y honran maravillosamente a Nuestro Señor los que la siguen y no se adelantan a ella».

«Consérvese alegre y en disposición de querer todo lo que Dios quiera»

La insistencia con que Vicente repite los mismos consejos y recomendaciones a Luisa tiene su explicación. En efecto, la sicología algo atormentada de la señorita obedece a causas rea­les, no imaginarias. Reconoce ella y confiesa con sinceridad que «Dios le ha concedido tantas gracias como la de darme a co­nocer que su santa voluntad era que yo fuese a El por la cruz, que su bondad ha querido que yo tuviese desde mi mismo na­cimiento y no habiéndome dejado casi nunca en toda mi vida sin ocasiones de sufrimiento».

El suplicio interior de Luisa arranca de la incógnita de su mismo nacimiento, al que se sumó el de una infancia de orfan­dad y, más tarde, el de un matrimonio corto y bastante desgra­ciado (1613-1625). El hijo que nació de su unión con Antonio Le Gras es también causa de continuos sobresaltos: el niño Mi­guel Antonio, que así se llama el fruto de sus entrañas, es ca­prichoso y enfermizo. Ella tampoco goza de buena salud física. ¿Le costaría a la señorita Le Gras aceptarse como era y como las circunstancias de la vida le había condicionado? En todo caso, los consejos de su director apuntan hacia una terapéutica sicológica y espiritual, que terminó por conceder la paz a la en­ferma.

Pero el proceso de curación fue más lento de lo que podía esperarse. Hubo que atacar el mal desde sus mismas raíces. La alegría a que era invitada Luisa por el director suponía la acep­tación plena de la voluntad de Dios. Tras una exhortación general al ejercicio de esta virtud, Vicente de Paúl hace su apli­cación a los acontecimientos concretos de la vida de Luisa:

«Consérvese alegre —le escribe— y en disposición de querer todo lo que Dios quiera. Y pues es su gusto que nos conservemos siempre en la santa alegría de su amor, mantengámonos y unámonos inseparablemente en este mundo, para ser algún día la misma cosa con El».

El experimentado director le hace ver luego que los hijos pertenecen sobre todo a Dios, y que El cuida de todos los hom­bres; por consiguiente, hay que moderar la excesiva ternura para con los seres más queridos. Refiriéndose al caso de Mi­guel, aconseja a la madre:

«Debe usted trabajar delante de Dios por tranquilizarse, ya que esa ternura sólo sirve para confundir su espíritu y le priva de la tranquilidad que Nuestro Señor desea en su corazón y del desarraigo del efecto de todo cuanto no sea El».

La alegría de Luisa suponía, además, la aceptación de la propia enfermedad física o síquica, acentuada en ciertos mo­mentos críticos, pese a la entrega generosa y sincera de sí mis­ma a Dios para servir a los pobres. Hacia 1631, Luisa ha he­cho serios progresos, pero todavía le queda camino por re­correr. Es dura consigo misma, por eso el director tiene que re­comendarle moderación y distracciones:

«Bendito sea Dios, exclama Vicente, porque su bondad la confirma cada vez más en su amor y en el cumplimien­to de su santa voluntad… Hay que aceptar la enfermedad como a un estado muy divino. Pero me parece que usted es verdugo de sí misma por el poco cuidado que de ella tiene» «No se alimenta usted suficientemente. No se prive de nada». «¡Cuánto me preocupa, señorita, verla tanto tiempo sin tomar el aire!».

«No he visto jamás a una mujer como usted»

Otro foco infeccioso de la tristeza de Luisa era el sentimien­to de culpabilidad. Tal sentimiento la perseguía aun en mo­mentos de aparente tranquilidad, y se hacía patente ante estí­mulos o recuerdos familiares, o de vida íntima personal. La confesión machacona de la misma duda puso a prueba la pa­ciencia del director y confesor, Vicente de Paúl, que con bon­dad y perspicacia sicológica consiguió de ella la estabilidad emocional. Luisa estaba convencida de que su vida pasada era la verdadera causa del comportamiento voluble de Miguel. Vi­cente sale al paso de este problema angustioso y amonesta a Luisa:

«No he visto jamás a una mujer como usted, ni que tome ciertas cosas tan fuertemente que en cualquier asunto vea un crimen… Está ciertamente equivocada al dar lugar a esos sentimientos y más aún al manifestarlos. En nombre de Dios, señorita, corríjase y sepa de una vez para siem­pre que esos pensamientos amargos son del maligno y que los de nuestro Señor son mansos y suaves, y acuérdese de que los defectos de los hijos no siempre se les imputan a los padres, especialmente cuando éstos los han hecho edu­car y les han dado buen ejemplo, como usted ha he­cho…».

«Déjelo a mi cuenta, yo pensaré en ello por los dos»

Para Luisa no había secretos de conciencia que ocultar a su director; existía, entre ellos dos, una perfecta comunicación es­piritual y compenetración de ideales apostólicos. Luisa le ama­ba profundamente y confiaba del todo en él, y Vicente corres­pondía con su «hija a quien decía que su corazón guardaba un recuerdo del de ella en el de Nuestro Señor y por el de Nuestro Señor solamente». Las relaciones entre ambos dieron ori­gen a una gran amistad espiritual sellada por el amor de Cristo y el de su santa Madre. Parecida amistad había unido, en tiem­pos pasados, los corazones de Francisco de Asís y de Clara, y más recientemente, los de Francisco de Sales y Juana Francis­ca Chantal.

En torno a 1629, Luisa pensaba en una posible comunidad de jóvenes que se entregarán a hacer la caridad con los pobres, con más dedicación que las señoras de la Caridad. Expone rei­teradamente su pensamiento al señor Vicente, y éste, contrario a toda prisa, da largas al asunto hasta que madure el proyecto. Mientras tanto, la envía a visitar Caridades y le ayuda a cen­trar su vida espiritual en Jesucristo evangelizador y servidor de los pobres. Pero ella insistía más y más, empujada por el celo apostólico. Vicente contesta:

«Procure vivir contenta en medio de sus motivos de des­contento y honre siempre el no hacer y el estado desco­nocido del Hijo de Dios. Allí está su centro y lo que El espera de usted para el presente y para el porvenir, por siempre. Si su divina Majestad no le hace conocer, de una forma inequívoca, que El quiere otra cosa de usted, no piense ni ocupe su espíritu en esa otra cosa. Déjelo a mi cuenta; yo pensaré en ello por los dos».

Pasaron cuatro años más (1629-1633) y el Fundador de la Misión vio claro el plan de Dios sobre aquella mujer tan entu­siasta del apostolado, pese a la carga de nerviosismo interior y de enfermedad que la hacía recaer, y al director exclamar:

«A mi regreso he sabido su indisposición. Esto me ha con­tristado. Ruego a Nuestro Señor que le devuelva una per­fecta salud, como aquella que tanto me alegró la última vez que la vi. En fin, es usted hija de la cruz… Dígame, por favor, si esa pequeña recaída le ha perturbado un poco».

Ya tenemos a Vicente de Paúl interesado tanto en la salud espiritual como corporal de Luisa de Marillac. La fundación de las Hijas de la Caridad requería en la Fundadora buena dispo­sición de todos los órdenes, de ahí que a las recetas espiritua­les añadiera el director otros consejos que convenía a la salud física de la señorita. El trámite de la fundación de la nueva Compañía de las Hijas de la Caridad se llevó en secreto, hasta que nació el 29 de noviembre de 1633. En Luisa había prendi­do la llama de la caridad y estaba además preparada para co­municar su fuego a las jóvenes reunidas para servir a Jesucris­to en la persona de los pobres.

«Si necesita de mis servicios, lo dejaré todo por ello»

Después de seis años de rodaje comunitario, la señorita Le Gras goza de equilibrio interior, aunque a veces algo perturba­da por antiguas dudas; sabe combinar el trabajo apostólico con la formación de las primeras Hermanas. Esto consuela tanto a Vicente de Paúl que derrama lágrimas de satisfacción. Ahora es él quien ruega a Luisa que vuelva pronto a París, que no se ausente por largo tiempo, que cuide de la salud por encima de todo, que le llame si lo necesita… Vicente escribe a su dirigida el 27 de mayo de 1636:

«¿No le entusiasma ver la fuerza del espíritu de Dios en esas dos pobres jóvenes y el desprecio que les inspira del mundo y de su grandeza? No se puede imaginar el ánimo que esto me ha dado por la Caridad y el deseo de que vuelva pronto y con buena salud, para trabajar aquí ex­presamente…» Y en forma de postdata, añade: «Vi ayer a sus hijas del Hótel-Dieu; están bien. Si necesita de mis servicios, lo dejaré todo por ello; pero espero que podrá prescindir de ellos».

Gracias a la sencillez, transparencia, sinceridad y docilidad de mente y de corazón de Luisa, Vicente hizo de ella una obra de artesanía espiritual y apostólica, por no decir que fue el mis­mo Espíritu de Dios quien labró esta perla todavía escondida. ¡Cuántos santos y maestros de vida espiritual, con menos in‑

fluencias en la historia de la Iglesia que Luisa de Marillac, bri­llan como luceros! Urge, cuanto antes, hacer justicia a la obra de Dios en la humilde criatura de la señorita Le Gras.

En suma, Vicente a través de la correspondencia con Luisa se revela como un médico y director amable, firme, respetuo­sos, de talla excepcional. Trató siempre de llevarla hacia la de­voción a Jesucristo, encarnado y muerto por la salvación de los hombres, aunque no la apartó de otras orientaciones que reci­bió de sus antiguos directores, Honorato de Champigny, Pedro de Camus y del mismo Francisco de Sales. Jamás se apoderó de la persona de Luisa, ni violentó su libertad; sabía bien que toda corriente espiritual, vivida con sinceridad, era compati­ble con el servicio de los pobres. Por ello, nada tiene de extra­ño que, en los Ejercicios de 1657, Luisa armonizara perfecta­mente la devoción al Espíritu Santo y a la humanidad de Jesu­cristo.

«Honrar e imitar a Jesucristo en la persona de los pobres»

El agradecimiento de Luisa a la mediación de Vicente fue una constante de toda su vida. Ella reconoce los muchos bie­nes que ha recibido de su director y confesor, sin otorgarse a sí misma merecimiento alguno. En el primer testamento de 1645, Luisa deja escrito: «Suplico muy humildemente al señor Vicente, por la caridad que Dios le ha dado para con el próji­mo y por el amor que tiene a la humanidad santa de Nuestro Redentor, que me perdone todas las faltas de reconocimiento del honor que me ha hecho, ejercitando tanta caridad con mi hijo y conmigo.:.». En el mismo testamento se hace cons­tar la ayuda espiritual del director a su dirigida para confor­mar la voluntad de Luisa con la de Dios: «Pido muy humilde­mente perdón a mi santo ángel de la guarda y a mi muy Ho­norable Padre y Director, por quienes plugo a la bondad de Dios tenerme atada de voluntad a la suya santísima…».

Pero, sobre todo, es en el deseo de «honrar e imitar a Jesucris­to en las personas de los pobres», donde Luisa aparece como fruto exquisito del trato con san Vicente de Paúl.

El amor del Santo a los pobres se proyecta y prolonga no sólo en la animación espiritual de Luisa, sino en la dirección y gobierno de las comunidades de las Hijas de la Caridad. Exis­ten casos extremos, como los de Nantes y Liancourt, que pa­tentizan el grado de prudencia y de amor que derrocharon los Fundadores para atraer a las Hermanas a la unidad y caridad fraternas. No faltan, en los orígenes de la Compañía, sobresal­tos que mantenían alerta a los Superiores Mayores, obligándo­les a una colaboración y apoyos mutuos para solucionar el pro­blema surgido en las comunidades. Cuando la división entre las Hermanas no provenía de la frecuente e indebida intromi­sión de los sacerdotes y laicos en asuntos internos, se debía a la falta de experiencia y de formación de las Hermanas Sirvien­tes, o a los celos de las mismas Hermanas particulares. Las vi­sitas canónicas o regulares, giradas a las comunidades, y las car­tas dirigidas a las mismas, demuestran el interés de los Funda­dores por la concordia comunitaria y el servicio de los pobres.

El caso de sor María Jolly, apegada a su antiguo destino de Sedan, encarna el cariño y paciencia de los Fundadores con to­das las Hermanas que sufren verdaderas tragedias al ser cam­biadas de casa, después de una larga temporada en la misma residencia. Como puede verse en la correspondencia con las Hi­jas de la Caridad, las necesidades de las propias Hermanas o de los pobres ponen en movimiento a la «pequeña Compañía», dirigida por el Espíritu y sostenida por la caridad de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac.

«Mi queridísima y dignísima madre»

A la muerte de Francisco de Sales (1622), la Fundadora de las monjas de la Visitación, Juana Francisca Fréyot de Chan-tal, comienza a relacionarse con el señor Vicente, nombrado su­perior de la Visitación de París. Por gratitud y amistad el di­funto obispo de Ginebra, nuestro Santo cultiva una correspon­dencia llena de atenciones con la madre Chantal. Según la costumbre aprendida y aprobada por Sales, la Fundadora de la Vi­sitación comunica a Vicente los menores movimientos de su corazón. Para ella, Vicente es su «queridísimo padre», y para éste, Juana Chantal es su «queridísima y dignísima madre». Vi­cente mantiene con ella un trato no menos afectuoso que el ha­bitual del bienaventurado Francisco de Sales con su dirigida.

La confianza con Chantal llevó a Vicente de Paúl al extre­mo de darle noticias sobre el régimen y espíritu de la Congre­gación de la Misión, conducta que reprochó en otros compa­ñeros. En la carta del 14 de julio de 1639, después de relatar minuciosamente las obras y espíritu de la Compañía, el orden del día y los ministerios, se despide de la Santa con un saludo único en toda la correspondencia:

«Bien, mi querida madre, permítame que le pregunte si su bondad sin igual me concede todavía la felicidad de go­zar del lugar que me ha dado en su querido y muy ama­ble corazón. Así lo quiero ciertamente esperar, aunque mis miserias me hagan indigno de ello. En nombre de Dios, mi querida madre, siga concediéndome esta gracia, por favor. Con esta confianza, soy su muy humilde y muy obediente servidor».

Los tonos afectuosos del señor Vicente adquieren modali­dades específicas, según sean los destinatarios de su palabra. No saca los mismos registros del sentimiento para tratar a Obis­pos y magistrados que a las Hijas de la Caridad o a la madre Chantal. Con los Misioneros se muestra también afectuoso y comunicativo, aunque sus expresiones de cariño no exceden las de un confiado y prudente trato varonil.

«París se ha llenado de una admirable alegría»

Si comparamos la correspondencia a los Misioneros e Hi­jas de la Caridad con la dirigida a Reyes y Ministros, salta a la vista la diferencia de lenguaje. Con los primeros, Vicente es fa­miliar y confidencial; con los segundos, algo más frío y cerebral. Pero a todos descubre su pasión por el pobre, mejor, su amor a Jesucristo misteriosamente encarnado en los pobres. Antes sus hijos espirituales, Vicente se presenta como servidor del evangelio y como recuerdo vivo de la misión cristiana de evangelizador; ante los magnates de este mundo, como defen­sor de los derechos del hombre desheredado y atropellado por la avaricia e intriga de los poderosos. Delante de todos exterio­riza su sensibilidad, sin violentarla, de pastor compasivo de las miserias humanas. Pero estaba muy lejos de ser un guerrillero, con metralleta en la mano, para exigir de los ricos lo que éstos no están dispuestos a dar para salvar al pobre pueblo del ham­bre y de la desnudez, de la incultura y de la muerte.

No obstante, Vicente se dirigió por carta y personalmente, arriesgando la propia vida, a la Reina Ana de Austria, esposa de Luis XIII, para pedirle la dimisión del ministro Mazarino, aunque luego no fue escuchado. El señor Vicente, a la sazón miembro del Consejo de Conciencia, creyó cumplir entonces (1649) con una responsabilidad insoslayable de defensor del pueblo. París fue asediado por las tropas y por el hambre. El fracaso de la negociación no le mermó a Vicente la estima de­bida a la autoridad civil, y humildemente expone al P. Portail su frustración: «Dios desea que yo no valga para ninguna otra cosa» que para visitar las casas de la Congregación.

El señor Vicente recobra pronto el ánimo, y a los tres años aproximadamente de la entrevista con la Reina en san Ger­mán-en-Laye, escribe a Su Majestad esta carta, producto de un corazón magnánimo:

«París se ha llenado de una admirable alegría al enterar­se de que la incomparable bondad del Rey y la de su Ma­jestad querían que no se pusiera ningún obstáculo a la traída del trigo; pero esta alegría, señora, se ve un tanto teñida de tristeza, al ver que los soldados no dejan de ve­nir en tropel a llevarse el trigo… Le ruego muy humildemente a Su Majestad que acepte que le dé este aviso, dado que ya antes me concedió el honor de decirme que el Rey no ha prohibido que retiren sus frutos quienes los sem­braron, y puesto que sé muy bien que, si el Rey y Su Ma­jestad quieren poner remedio a estos obstáculos con que tropiezan, esto contribuirá mucho a que el pueblo se con­venza de su bondad».

«Postrado muy humildemente a los pies de Su Santidad»

Con el mismo respeto y atención que el señor Vicente es­cribió a la Reina Ana de Austria, se dirigió también a otros grandes de Estado, implorando el bienestar temporal y espiri­tual del «pobre pueblo»; incluso hizo llegar su grito —el grito de los pobres sin voz— a oídos de Su Santidad el Papa. Las car­tas a Urbano VIII en 1628 y 1634, a Inocencio X en 1650, 1652 y 1653, y Alejandro VII en 1655, 1656 y 1657, por distintos motivos, ratifican una detrás de otra la veneración y obedien­cia del señor Vicente al Vicario de Cristo en la tierra. Escritas todas estas cartas en latín neoclásico del siglo XVII, no salieron directamente de la pluma del Superior de la Misión, aunque consta su firma. Ni siquiera la carta del 16 de agosto de 1652, cuyo original se conserva en los archivos del Vaticano, es au­téntica, pero sí de inspiración netamente vicenciana.

En esta carta, de correcta dicción latina, el señor Vicente se hace el portavoz y el abogado y el padre de todos los pobres que gritan angustiados por el hambre y los abusos. El siente en lo más vivo del alma «la situación lamentable y realmente dig­na de lástima de Francia». Por eso, tras un breve saludo, en el que se postra «muy humildemente a los pies de Su Santidad como el último de todos, y le consagra y dedica su persona y la pequeña Congregación», implora del Beatísimo Padre el re­medio a tantos males como asolan la patria. Sólo la humildad y compasión hacia los pobres le da arrojo para pedir por los demás. La descripción que hace de Francia no puede ser más im­presionante:

«La casa real dividida por las disensiones, las ciudades y provincias, asoladas por las guerras civiles, los pueblos di­vididos en facciones, las aldeas, las villas, los más peque­ños rincones destruidos, arruinados e incendiados, los trabajadores sin poder recoger lo que sembraron y sin po­der sembrar nada para los años siguientes. Los soldados se entregan impunemente a toda clase de desmanes. Los pueblos, por su parte, no sólo se ven expuestos a la rapi­ña y a los actos de bandolerismo, sino incluso a los ase­sinatos y a toda clase de torturas. Los habitantes del cam­po, que no han sido matados por la espada, tienen que morir casi todos de hambre. Los sacerdotes, a quienes los soldados no tratan con mayor miramiento que a los de­más, se ven tratados inhumana y cruelmente, torturados y asesinados. Las vírgenes son deshonradas; las mismas religiosas expuestas a su libertinaje y su furor; los tem­plos profanados, saqueados o destruidos. Los que quedan en pie se han visto de ordinario abandonados de sus pas­tores, de forma que los pueblos están casi totalmente privados de sacramentos, de misas y de todo socorro espi­ritual. Finalmente, lo que es más horroroso de pensar y, sobre todo, de decir, el Santísimo Sacramento del cuerpo del Señor ha sido tratado con la mayor indignidad, inclu­so por los católicos, ya que para apoderarse de los vasos sagrados han tirado por tierra y han pisoteado la santa Eucaristía. Y ¿qué habrán hecho los herejes, que no creen en estos santos misterios? No me atrevo a expresarlo ni sería capaz de decirlo. Es poca cosa oír y leer estas cosas; sería menester verlas y comprobarlas con los propios ojos».

Este párrafo y los siguientes de la carta merecen figurar en las páginas de la historia de Francia, del siglo XVII. Una vez más, el señor Vicente muestra su genio de escritor, dotado de cualidades excelentes, conservadas hasta el final de la vida. ¿Exageró en esta ocasión, como en las cartas de la cautividad? La historia le da aquí toda la razón y, al parecer, liberado del temperamento gascón.

 

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