San Vicente: Cartas de Juventud

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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No podemos menos de lamentarnos de la escasísima correspondencia que nos ha llegado del joven Vicente. No dis­ponemos de ninguna carta suya anterior al año 1607. Faltan, por consiguiente, todas las escritas durante las etapas de for­mación escolar y universitaria, más las siguientes a los prime­ros años de la ordenación sacerdotal. Un largo paréntesis de diecisiete años, entre 1608-1625, en el que apenas encontramos una línea confidencial, a excepción de la dirigida a su madre (17 de febrero de 1610) y a Edmundo Mauljean, Vicario Ge­neral de Sens (20 de junio de 1616), aísla las cartas de cautivi­dad de las inmediatas posteriores. Tal laguna no impide seguir de cerca el estilo y pensamiento del intrépido sacerdote, que es­grimía la pluma como arma de autodefensa. Echamos en falta un puente de existencia epistolares que una época de juventud con la de la madurez.

De la primera son las cartas de cautividad y otras dirigidas a parientes y amigos. Por manifestaciones suyas sabemos que, a raíz de la esclavitud, escribió muchas más de las que posee­mos, dando cuenta de su situación.

«Dios mantuvo siempre en mí una esperanza de liberación»

Nosotros no discutimos ahora la historicidad del cautive­rio vicenciano. A este hecho de la vida del joven clérigo perte­nece a los historiadores darle solución. Las dos cartas sobre la esclavitud, fechadas el 24 de julio de 1607 y el 28 de febrero de 1608, en Aviñón y Roma respectivamente, están dirigidas al señor de Comet. Son auténticas del Santo, de arriba aba­jo. Cuando el señor Vicente se entere, en 1658, de que to­davía circulan «esas miserables cartas», no dudará en pedirlas para entregarlas al fuego. Hoy agradecemos la astucia y presteza del secretario Ducournau y de los Asistentes del Su­perior de la Misión para evitar su destrucción y legarlas a la posteridad.

Como espectador de su propia historia, Vicente analiza y saca conclusiones morales de Tan dolorosa odisea. La tesis sen­tada desde el principio de la primera carta anima toda la narra­ción de la cautividad:

«Al contemplar los favorables progresos de mis asuntos, cualquiera hubiera podido decir que la fortuna, en con­tra de mis méritos, se afanaba en hacerme más envidia­do que imitado; por desgracia, esos no era más que para representar en mí su inconstancia y su capricho, convir­tiendo luego su gracia en desgracia y su ventura en des­ventura».

Tras esta breve introducción, que más parece reflexión fi­losófica que saludo de cortesía, comienza el autor a relatar los viajes forzosos que realizó hasta conquistar el rico botín que un «bribón malvado» le había arrebatado. Llegado a Toulouse, Vicente se entera de que una anciana mujer le ha dejado en testamento bienes por valor de trescientos o cuatrocientos es­cudos, suma apetitosa para hacer frente a «las deudas que ha­bía contraído y los grandes gastos que suponía tendría que ha­cer para llevar a cabo el asunto que mi temeridad no me per­mite nombrar». Tal confesión, no desvelada todavía, ha dado origen a muchas cábalas, como la posible promesa de un obis­pado, hecha por el duque de Epernon.

¿Qué más podía ofrecérsele a aquel lobezno hambriento de dignidades y dinero? Sin pensárselo dos veces, alquila un ca­ballo en Toulouse y corre desbocado a Castres, donde la buena anciana le había legado sus bienes. Pero llegado aquí, le comu­nican que otro hombre, con más hambre de escudos que él, ha­bía cobrado la presa y huido a Marsella. Vicente vende sin es­crúpulos el caballo y parte hacia Marsella, cegado por las «apa­riencias» que se le prometen. En la ciudad costera «atrapa» al ladrón y le hace vomitar «trescientos escudos» al contado. Con el trofeo en la mano, Vicente calcula volver pronto a casa. Pero todo se esfumó como la espuma, cuando, «estando a punto de partir por tierra, comenta él mismo, me animó un gentilhombre, con quien me había alojado, a embarcarme con él hasta Narbona, viendo la bonanza del tiempo que hacía; resolví esto para volver más pron­to y para poder ahorrar o, por mejor decir, para no re­gresar nunca y perderlo todo».

Hasta aquí, esclavistas y antiesclavistas, todos están de acuerdo en que Vicente no miente. La división de opiniones arranca a partir de la segunda parte de la carta que comenta­mos, donde el autor cuenta las mil peripecias acontecidas des­de el abordaje hasta la liberación en Aguas Muertas. Vicente describe con habilidad el paso de un amo a otro, que ya conoce­mos.

¿Qué pensar de tan curiosa narración? Al margen de las dis­tintas posiciones que se han adoptado frente a las cartas de cau­tividad, nosotros podemos sacar algunas conclusiones de su lec­tura. Ante todo, el genial escritor se revela un hombre de profundo sentimiento religioso. Por una parte, la abundancia de vocabulario, el orden y la claridad de expresión, y la agili­dad para pasar de un acto a otro, presagian en él un futuro li­terario esperanzador; por otra parte, el pensamiento lúcido, la memoria rápida y el carácter religioso con que adoba la narración le prometen espléndidas conquistas en el trato con los hombres. En pocas líneas no descubre su pasión juvenil por la riqueza y los caprichos de la fortuna que juegan a engañarle. La audacia y arrojo con que se entrega a saciar su hambre «mal­dito» de dinero son anticipo del coraje y entereza con que lue­go emprenderá trabajos apostólicos. Como también, el aprecio que de él tienen las mujeres del sultán, «hasta quererle mucho», adelanta la simpatía y ayuda que recibirá más tarde de tantas damas y señoritas.

El sentido religioso de las cartas aflora espontáneamente. La pluma de Vicente se mueve ágil bajo la mirada de Dios; tal vez, de un Juez justo que va a pedirle cuentas de sus ambicio­nes injustificadas, de sus trampas y adeudamientos, pero, al fin, de un Dios que destierra la maldad, de la que él se siente «avergonzado». Vicente se confiesa cautivo física y moralmen­te, presa de sus pecados, pero confía en la liberación total. En medio de sus muchos desastres, él espera en el Señor. Con acen­to nostálgico escribe:

«Dios mantuvo siempre en mí una esperanza de libera­ción, gracias a las asiduas plegarias que le dirigía a El y a la Santa Virgen María, por cuya intercesión yo creo fir­memente que he sido libertado».

Mientras Vicente cavaba la tierrra, entonaba salmos a rue­gos de la buena turca musulmana, en particular, el canto de los cautivos Super flumina Babylonis y la Salve Regina. De no ser cierta la esclavitud tunecina, sí lo fue en cierto modo el cauti­verio moral que le imposibilitaba el ejercicio libre del sacerdo­cio. Cuando su entrega a Dios sea total, también la preocupa­ción y esfuerzo por la liberación integral del pobre le ocupará todas las energías.

«Carta mal pergeñada de momento»

A finales de octubre de 1607, nuestro cura andariego llega a la Ciudad Eterna con su Obispo protector, como ya sabemos.

Contrariado por no haber recibido en regla los documentos pe­didos en la carta anterior, envía una nueva misiva al señor de Comet pidiéndole los títulos de bachiller en Teología y los do­cumentos de ordenación sacerdotal, más un certificado de bue­na conducta, requisitos «para obtener un decoroso beneficio en Francia», tal como se lo ha prometido Monseñor Montorio.

Entre la primera carta de la cautividad y la segunda han transcurrido siete meses. Vicente alude en esta última al favor que le hace «el vicelegado que era de Aviñón». Dice textual­mente de él:

«Me concede el honor de estimarme y de desear mi as­censo, por haberle enseñado muy bellas cosas curiosas que aprendí durante mi esclavitud con aquel viejo turco a quien, como ya le escribí, había sido vendido».

Siguen en la carta otras noticias muy divertidas sobre ma­gia y pasatiempo, que eran objeto de distracción y complacen­cia del Papa y de los Cardenales. Pero todo en ella está subor­dinado al fin que busca su autor: conseguir cuanto antes los do­cumentos mencionados que le permitan adquirir y disfrutar de un «retiro honroso». La inminente partida del correo le insta a terminar:

«La urgencia me obliga a concluir la presente, mal pergeñada de momento, con la humilde súplica de que excuse mi excesiva importunidad y que esté seguro que apresu­raré mi vuelta todo lo posible para pagar los servicios que le debo».

Si hay en la correspondencia vicenciana cartas bien «pergeñadas», concebidas y paridas, son éstas de la cautividad. Su au­tor sabe lo que dice y lo expresa como quiere; lo tiene todo pen­sado y distribuido con magistral estilo y orden, cualidades que se advierten en los grandes novelistas de literatura picaresca. Turbet-Delof ha llegado a la conclusión de que los relatos vicencianos sobre la cautividad, llenos de fantasía, pertenecen al género literario de las «turqueries» o de las composiciones li­terarias que representan escenas turquescas. Y Román ha tratado de demostrar las relaciones y coincidencia entre la pi­caresca española y estos escritos del joven Vicente.

En resumen, las cartas de cautividad destacan por la viveza de imaginación, la riqueza detallista de lenguaje, el orden y cla­ridad de expresión, el moralismo sentencioso y el encanto des­criptivo. Comparadas las cartas de juventud con las de madu­rez, aquéllas gozan de más frescura, éstas de más sazón; las pri­meras rebosan afán literario, las segundas, sin llegar a ser frías, patentizan la responsabilidad de un superior. De todos modos, podemos observar entre unas y otras un proceso normal, veri­ficable en cualquier autor, atendidas la edad, la formación, la experiencia y el reto del oficio.

«El más humilde, obediente y servicial hijo y servidor»

Así se despedía Vicente en la carta única que conservamos a su madre (17 de febrero de 1610). El hijo escribió a la madre otras muchas más por este mismo tiempo y, creemos, con idén­ticos términos de cariño y de esperanzada ayuda económica. La carta que comentamos está escrita en París, donde espera­ba permanecer poco tiempo «hasta recuperar la ocasión de as­censo, que me han arrebatado mis desastres», dice Vicente con doloroso sentimiento. ¿Dónde han quedado las promesas que le hiciera Monseñor Montorio? Nada se supo de ellas. Tampo­co pasó por Dax para pagar el señor de Comet los favores de­bidos, ni por Toulouse para restituir la venta del caballo. Vi­cente se dirigió derecho a París, la gran capital del reino. Allí esperaba hacer fortuna y volver triunfante al país natal y «en honesto retiro, emplear el resto de sus días junto a su ma­dre». Así pensaba él, pero París será para siempre su mo­rada terrena. Como hojas que el viento se llevó, la promesa sincera hecha a su madre jamás se cumplió. Otros derroteros, insospechados por el momento, se abrieron y torcieron sus pasos.

Pero hemos de dejar constancia aquí del interés y cariño con que mira y pide desde lejos información de sus hermanos, sobrinos y amigos. Los lazos familiares, como ya sabemos ¿no fueron la mayor rémora de su entrega incondicional a la voca­ción sacerdotal? «La salud y la prosperidad de la casa era la ora­ción incesante a Dios de quien es y será el más humilde, obe­diente y servicial hijo y servidor».

El trasfondo de las tres primeras cartas es el mismo: los de­sastres económicos, los infortunios y el deseo de alcanzar un be­neficio eclesiástico con que asegurar el retiro. De la misma épo­ca de juventud son los extractos de cartas a Felipe Manuel de Gondi y a la esposa de éste, más la dirigida a Edmundo Mauljean. El tono espiritual y apostólico que respira la última correspondencia juvenil enlaza perfectamente con la siguiente, de los años 1625 en adelante. Sobre todo el reglamento de la Caridad de Chatillon (1617) nos acerca por completo al pen­samiento, estilo y lenguaje del fecundo legado epistolar vicenciano.

 

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