SAN VICENTE APÓSTOL DE LA MISERICORDIA DIVINA (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. MISERICORDIA DE DIOS PARA CON NOSOTROS

Dios nos muestra su misericordia sosteniéndonos en los esfuer­zos y en los momentos difíciles, nuestros progresos vienen de Él, no de nuestras propias fuerzas.

A uno de sus misioneros, Francisco du Coudray, que no atinaba a practicar la virtud de la sencillez, que el señor Vicente le recomendaba, puesto que ésta facilita las relaciones, Vicente le responde que ésta viene de Dios: «¡La santa sencillez! La virtud que más aprecio y en la que pongo más atención en mi conducta, según creo y si me es permitido decirlo, diría que en ella he realizado algunos progre­sos, por la misericordia de Dios».

El 9 de octubre de 1640 escribe en el mismo sentido a Esteban Blatiron, sacerdote de la Misión: «La perfección consiste en la per­severancia invariable por adquirir las virtudes y progresar en ellas. ya que en el camino de Dios el no avanzar es retroceder, pues el hombre no puede nunca permanecer en el mismo estado… Pues bien, el medio para ello es el reconocimiento continuo de las mise­ricordias y bondades de Dios con nosotros, junto con el temor con­tinuo o frecuente de hacerse indigno de ellas y dejar de ser fiel a los pequeños ejercicios».

Vicente se reconocía siempre como un gran pecador, lejos de la perfección, y le pedía a sus misioneros implorar la misericordia de Dios para él. He aquí uno de sus numerosos pasajes, escrito el 3 de febrero de 1641 a Luis Lebreton, en Roma: «La compañía va aumentando en número y en virtud, por la misericordia de Dios, como todos reconocen y yo mismo he podido apreciar en las visi­tas. Sólo quedo yo, miserable de mí, que sigo cargándome con nuevas iniquidades y abominaciones. ¡Ay, padre! ¡Qué misericor­dioso es Dios al soportarme con tanta paciencia y longanimidad, cuán miserable y ruin soy al abusar tanto de sus misericordias! Le ruego, padre, que me ofrezca frecuentemente a su divina Majestad».

Ya san Juan nos muestra la amplitud de la misericordia de Dios en su primera Epístola, 3,20: «Si nuestro corazón nos acusa. Dios es más grande que nuestro corazón». Vicente le hace eco por lo menos en dos momentos. Primero, a propósito de él mismo, de sus distrac­ciones en sus oraciones, preocupado por tantos asuntos. Le explica a Luisa de Marillac, en septiembre 1642: «Esta mañana he estado ocupado en mil asuntos, sin poder hacer más que un poco de oración y con muchas distracciones; imagínese usted lo que cabe esperar de mis oraciones en este santo día. Sin embargo, esto no me desanima. ya que pongo mi confianza en Dios, y no en mi preparación ni en mis esfuerzos. Lo mismo le deseo a usted con todo mi corazón, ya que el trono de la bondad y de las misericordias de Dios está esta­blecido sobre el fundamento de nuestras miserias. Confiemos, pues, en su bondad y jamás nos veremos confundidos, tal como él nos ha asegurado con su palabra».

Tres años después, escribe la misma cosa sobre un borrador lo que piensa decir a un Hermano moribundo que se encuentra sin duda con miedo por sus pecados: «¡Dios mío! ¡Qué consuelo ha de sentir por haber sido elegido de los primeros para ir de misión, pero a esa misión eterna en donde todos los ejercicios consisten en amar a Dios! … Ay! ¡No soy yo el que la he merecido!… He cometido innumerables pecados, desidias e infidelidades que me hacen indig­no de ello, yo espero sin embargo de tu bondad y liberalidad infini­tas que me perdonarás esta gran deuda, como a aquel pobre deudor del evangelio: Et omne debitum dimisi ei (yo le perdoné toda mi deuda) (Mt 18,32), ya que tu misericordia y bondad es infinitamente mayor que mis indignidades y malicias… Pues bien, es cierto que uno de los mayores honores y la mayor gloria que es usted capaz de darle en estos momentos, es esperar con toda la extensión a su cora­zón en su bondad y en sus méritos infinitos, a pesar de esa indignidad y esas infidelidades cometidas en el pasado: porque el trono de su misericordia es la grandeza de las faltas que perdona».

El 4 de agosto de 1655, a los 30 años de experiencia en Pequeña Compañía, como él la llama, hay toda una conferencia sobre este tema, los excesos que hay que evitar en el amor de Dios: «Hay que moderar a los que tienen demasiado fervor, no sea que se excedan, así como también excitar y despertar un poco a los que carecen de él y no hacen ningún acto, con el pretexto de no incomo­darse… Se quiere de un solo paso llegar a un eminente grado de vir­tud, desconociendo la debilidad de nuestra naturaleza y la flojedad de nuestros cuerpos, y actúa uno por encima de sus fuerzas; de ahí que la pobre naturaleza se sienta oprimida, agobiada, y se ponga a gritar y a quejarse, hasta obligarnos a aflojar. Hemos de atender a las necesidades naturales, ya que Dios nos ha sujetado a ellas, y aco­modarnos a su debilidad. Dios lo quiere así; es tan bueno y tan justo que no nos pide más; conoce muy bien nuestras miserias, tiene com­pasión de ellas y, por su misericordia, suple a nuestros defectos»… ¡Oh Salvador!, tú sabes lo que quiere decir mi corazón; me dirijo a ti, fuente de misericordia; tú ves mis deseos y cómo no tienden más que a ti, no aspiran más que a ti y no quieren otra cosa más que a ti». Retengamos esta bella alabanza a Dios, fuente de misericor­dias.

Que uno sea un gran pecador o no, el amor de Dios y la salva­ción que nos mereció son muy anteriores a nuestros méritos. Es Dios quien ha tornado la iniciativa. Tenemos declaraciones muy cla­ras en toda la Biblia, especialmente por la vocación de los profetas. Isaías, 44,2-25; 49,1-5. Vicente lo formula de otra manera, «hijos de Dios por misericordia».

Esta es la fuente del inmenso abandono de nosotros mismos, enteramente, a la Misericordia de Dios, de nuestra confianza en su Providencia. He aquí lo que él escribió en varias ocasiones a Luisa de Marillac, para reconfortarla en los momentos de temor de no estar en el buen camino. hacia 1630: «Conde en El. se lo ruego, y tendrá el cumplimiento de lo que su corazón desea. Se lo digo sin reservas, rechace todos esos pensamientos de desconfianza que a veces permite usted a su espíritu. Hacia 1630: ”¿Por qué no va a estar su alma llena de confianza, si es la hija querida de Nuestro Señor por su misericordia?».

Bernard Koch, C.M.

CEME 2015

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