San Vicente: Amigos y Maestros

Mitxel OlabuénagaVicente de Paúl0 Comments

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La ciencia jurídica y teológica del Sr. Vicente cristali­zó en doctrina espiritual al lado de grandes amigos y maestros. Una red amplísima de amistades cubrió la vida ajetreada del apóstol de la caridad, pero sólo unas pocas marcaron su con­ducta y lenguaje sacerdotales. La lista de amistades compren­dió hombres y mujeres de distinta condición social y religiosa, y conservó con esmero aquellas que contribuyeron especial­mente a la realización de sus planes apostólicos. Sin el cultivo de estas amistades le hubiera sido imposible al Sr. Vicente de­sarrollar tantas obras de caridad, como llevó a cabo.

Pero las enseñanzas que recibió de maestros y amigos no le privaron de personalidad y estilo propios. Vicente no fue es­clavo de nadie, ni en sus obras ni en las expresiones verbales, aunque parezca depender de otros; se movió con espontanei­dad al lado de cualquiera que él consideraba un portavoz de Dios.

«Estudiar como lo hacía el señor Cardenal de Bérulle»

Pedro de Bérulle (1575-1629) irradiaba ciencia y santidad, cuando el joven sacerdote, Vicente, se acercó a él pidiendo una orientación para su propia vida de clérigo. Durante ocho años aproximadamente (1609-1617), Vicente mantuvo conversacio­nes con el futuro Cardenal de la Iglesia, obedeciéndole en todo; incluso llegó a permanecer algún tiempo en el Oratorio de París, aunque sin intención de pertenecer a esta comunidad sa­cerdotal, fundada en 1611. Enviado por Bérulle a Chatillon y devuelto a la familia Gondi, expresó su docilidad al gran director del Oratorio, yendo y viniendo de una aldea a otra.

En torno al jefe del clero francés se concentraban las fuer­zas vivas del catolicismo. La llamada «Escuela francesa» de es­piritualidad considera a Bérulle como a su principal impulsor y formador. Dotado de grandes cualidades intelectuales, huma­nísticas y teológicas, buen orador y copioso escritor de trata­dos espirituales. Bérulle preparó un movimiento sacerdotal de impresionante fecundidad.

Las ideas que más destacan en los escritos berullianos inci­den en la concepción dionisiana del sacerdocio, en la actitud adoradora hacia el padre y en el amor anonadado y oblativo del Verbo encarnado.

Ante tan prestigioso maestro, Vicente sintió admiración, pero nunca llegó a trabar amistad con él. El carácter absorben­te e intelectual del cardenal no se avenía con el estilo sencillo del cura rural. Pese a algunas coincidencias doctrinales y ver­bales entre el maestro y el discípulo, resulta exagerado el juicio de Bremond, haciendo depender excesivamente al último del primero.

Es cierto que, a pesar de las divergencias de ambos en pun­tos tan importantes como la proyección misionera de la Iglesia y la contemplación de Jesucristo evangelizador de los pobres, el Fundador de la Misión se mostró siempre agradecido y res­petuoso con el Purpurado. En la repetición de oración, octubre de 1643, el humilde discípulo de Bérulle proponía a la comu­nidad el ejemplo de su antiguo director, hombre sabio en el sen­tido genuino de la palabra:

«Hay que estudiar de forma que el amor corresponda con el conocimiento, sobre todo en los que estudian Teología, como lo hacía el señor Cardenal de Bérulle, el cual, tan pronto como había concebido una verdad, se entre­gaba a Dios, o para meditar tal cosa, o para entrar en esos sentimientos, o para producir aquellos actos; por este me­dio adquirió una santidad y una ciencia tan sólidas que apenas se puede encontrar algo semejante».

«El buen señor Duval me decía un día…»

A medida que Vicente se alejaba de Bérulle, entraba en re­laciones más estrechas con Andrés Duval (1564-1638). Las pri­meras entrevistas debieron darse hacia el año 1617. El doctor de la Sorbona pertenecía a la «Escuela abstracta», como Bérulle, y era uno de los Superiores del Carmelo descalzo, introdu­cido en París en 1610. Duval no hablaba ni escribía con la ele­gancia de Bérulle, pero poseía una piedad sencilla, menos com­plicada y más accesible que la del jefe oratoriano.

Vicente se abre confidencialmente al sabio Duval, asume su dirección y descarga ante él la conciencia en el sacramento de la penitencia. Junto a Duval, el inquieto misionero descu­bre su verdadera vocación de evangelizador de los pobres. El avisado jurista le ayuda a encontrarse con el Cristo histórico que recorre pueblos y comarcas, le asesora en cuestiones canó­nicas para una pronta fundación y aprobación de la Congrega­ción. El sabio y bondadoso Duval es para Vicente de Paúl el consejero más seguro y el bienhechor más pródigo en recetas gubernativas. En agradecimiento a sus servicios, el Superior de la Misión ordenó colgar en el recibidor de la casa un cuadro de su querido amigo.

Las enseñanzas y consejos duvalianos se hacen presentes en la palabra de Vicente, cuando éste ensalza la vocación misio­nera, cuando rinde homenaje a la autoridad del Papa y cuando enaltece la piedad de los pobres. Las evocaciones al maestro y ti migo, al confesor y director, Duval, proceden siempre de un corazón ensanchado y revisten agradecimiento entrañable. En estilo directo, unas veces, indirecto, en otras, el Sr. Vicente traduce siempre la opinión de su consejero mayor. En la confe­rencia del 16 de diciembre de 1658, el Superior se dirige a los hermanos coadjutores y les recuerda las palabras de Duval, co­pia casi exacta de las agustinianas:

«Vosotros podéis amar a Dios tanto como los sacerdotes; y una pobre mujercilla, tanto como los sabios. El buen se­ñor Duval me decía un día: Padre, los pobres nos dispu­tarán el paraíso y nos lo arrebatarán, porque existe una gran diferencia entre su manera de amar a Dios y la nues­tra».

«Muchas veces me honré con el trato de Francisco de Sales»

En la vida de Vicente de Paúl la amistad con Francisco de Sales (1567-1622) ocupa un lugar destacado. Aun antes de que se conocieran y trataran, Vicente veneraba ya al Obispo de Gi­nebra, a quien llamará su «bienaventurado padre» (46). Se en­cuentran por primera vez, en París, hacia 1618. Por aquel entonces, el santo Prelado superaba al misionero de los campos el experiencia de Dios, en el arte de dirigir conciencias, en la elocuencia sagrada y en obras espirituales literarias. Sin embar­go, se comprenden desde el primer momento, se compenetran e intiman. El Fundador de la Visitación no duda, al morir en 1622, en confiar la dirección de sus monjas, de París, al humil­de sacerdote de origen campesino.

Vicente admira tanto las formas sencillas, elegantes y ama­bles de la persona de Sales, como su reflejo proyectado a tra­vés de la Introducción a la vida devota y del Tratado del amor de Dios, obras que invitan a la santidad a todos los públicos sin distinción de clases, razas y edades. El testimonio de amor y de veneración más elocuente que brinda Vicente de Paúl a su íntimo amigo está fechado el 17 de abril de 1628. Se trata de la declaración para el proceso de beatificación del recién fa­llecido. Cumplidas todas las formalidades canónicas ante notario, el Sr. Vicente pronuncia palabras henchidas de amor, que revelan la amistad profunda y la unión cordial que reinó entre ambos:

«No quiero pasar por alto lo que supe de su propia boca y por haberlo visto en su trato familiar, que solía derra­mar lágrimas, cuando repasaba los capítulos de los libros que él mismo había compuesto, pues se daba cuenta de que todas aquellas cosas las había escrito tan excelente­mente, no por su propio ingenio, sino bajo la inspiración de Dios. Surgía también entonces en mi ánimo la suave devoción y el tierno afecto, pues notaba que el siervo de Dios había recibido las luces de lo alto. Añadiré, además, basándome en el trato familiar con que me honró, que abriendo conmigo su corazón me dijo una vez que, cuan­do predicaba, se daba cuenta de que alguno le movía in­teriormente. «Advierto, me decía, que algo salió de mí, no por propio movimiento, ya que no lo había pensado previamente y lo ignoraba por completo, sino que lo pro­nuncié por impulso divino».

Francisco de Sales, Andrés Duval y Pedro de Bérulle son los tres hombres más distinguidos e influyentes en la palabra vicenciana. Ante la santidad de Sales, Vicente se deja atraer por el Espíritu; a los consejos de Duval, debe la vocación mi­sionera; y por la exposición doctrinal del sacerdocio, es afín a Bérulle. Vicente de Paúl admira y respeta a Bérulle, consulta y ama a Duval, venera e imita a Sales. En Francisco de Sales ve a un santo y a un padre, en André Duval á un amigo y confi­dente, en Pedro de Bérulle a un superior y a un intelectual.

No termina aquí el grupo de amistades. En menor grado se hicieron presentes en la vida del Sr. Vicente algunos sacerdo­tes, por citar sólo nombres eclesiásticos: Juan Duvergier de Hauranne, abad de Saint Cyran (1581-1643); Juan Suffrand, S.I. (1571-1641); Juan Bautista Saint Jure, S.I. (1588-1657); Adrián Bourdoise (1584-1655), Juan Bautista Olier (1608-1657) y Alano de Solminihac (1593-1659).

La lista de amistades espirituales femeninas no es menos larga. Citamos sólo sus nombres: Margarita de Silly, esposa de Felipe Manuel de Gondi; Luisa de Marillac, Isabel du Fay, María de Wignerod, duquesa de Aiguillon; Ana de Austria, Geno-veva Fayet, señora de Gousault, María Gonzaga, reina de Po­lonia; Juana Francisca Fremiot de Chantal… Todas ayudaron al Sr. Vicente, o recibieron de él alguna clase de dirección es­piritual. Los gestos caritativos de estas mujeres encendieron en el apóstol de la caridad la chispa de la palabra, o hicieron po­sible la realización de alguna de sus obras de caridad. Pertene­cientes estas mujeres a familias de la alta sociedad y ricas mu­chas de ellas en tierras y dineros ayudaron al Sr. Vicente con sumas considerables en especie, joyas y monedas, que fueron a parar a los pobres. En particular, de Margarita de Silly dice el Sr. Vicente que es «nuestra primera fundadora» de la Mi­sión por las muchas limosnas recibidas de ella y de su esposo Felipe Manuel de Gondi.

 

Mitxel Olabuénaga

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones.

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