La ciencia jurídica y teológica del Sr. Vicente cristalizó en doctrina espiritual al lado de grandes amigos y maestros. Una red amplísima de amistades cubrió la vida ajetreada del apóstol de la caridad, pero sólo unas pocas marcaron su conducta y lenguaje sacerdotales. La lista de amistades comprendió hombres y mujeres de distinta condición social y religiosa, y conservó con esmero aquellas que contribuyeron especialmente a la realización de sus planes apostólicos. Sin el cultivo de estas amistades le hubiera sido imposible al Sr. Vicente desarrollar tantas obras de caridad, como llevó a cabo.
Pero las enseñanzas que recibió de maestros y amigos no le privaron de personalidad y estilo propios. Vicente no fue esclavo de nadie, ni en sus obras ni en las expresiones verbales, aunque parezca depender de otros; se movió con espontaneidad al lado de cualquiera que él consideraba un portavoz de Dios.
«Estudiar como lo hacía el señor Cardenal de Bérulle»
Pedro de Bérulle (1575-1629) irradiaba ciencia y santidad, cuando el joven sacerdote, Vicente, se acercó a él pidiendo una orientación para su propia vida de clérigo. Durante ocho años aproximadamente (1609-1617), Vicente mantuvo conversaciones con el futuro Cardenal de la Iglesia, obedeciéndole en todo; incluso llegó a permanecer algún tiempo en el Oratorio de París, aunque sin intención de pertenecer a esta comunidad sacerdotal, fundada en 1611. Enviado por Bérulle a Chatillon y devuelto a la familia Gondi, expresó su docilidad al gran director del Oratorio, yendo y viniendo de una aldea a otra.
En torno al jefe del clero francés se concentraban las fuerzas vivas del catolicismo. La llamada «Escuela francesa» de espiritualidad considera a Bérulle como a su principal impulsor y formador. Dotado de grandes cualidades intelectuales, humanísticas y teológicas, buen orador y copioso escritor de tratados espirituales. Bérulle preparó un movimiento sacerdotal de impresionante fecundidad.
Las ideas que más destacan en los escritos berullianos inciden en la concepción dionisiana del sacerdocio, en la actitud adoradora hacia el padre y en el amor anonadado y oblativo del Verbo encarnado.
Ante tan prestigioso maestro, Vicente sintió admiración, pero nunca llegó a trabar amistad con él. El carácter absorbente e intelectual del cardenal no se avenía con el estilo sencillo del cura rural. Pese a algunas coincidencias doctrinales y verbales entre el maestro y el discípulo, resulta exagerado el juicio de Bremond, haciendo depender excesivamente al último del primero.
Es cierto que, a pesar de las divergencias de ambos en puntos tan importantes como la proyección misionera de la Iglesia y la contemplación de Jesucristo evangelizador de los pobres, el Fundador de la Misión se mostró siempre agradecido y respetuoso con el Purpurado. En la repetición de oración, octubre de 1643, el humilde discípulo de Bérulle proponía a la comunidad el ejemplo de su antiguo director, hombre sabio en el sentido genuino de la palabra:
«Hay que estudiar de forma que el amor corresponda con el conocimiento, sobre todo en los que estudian Teología, como lo hacía el señor Cardenal de Bérulle, el cual, tan pronto como había concebido una verdad, se entregaba a Dios, o para meditar tal cosa, o para entrar en esos sentimientos, o para producir aquellos actos; por este medio adquirió una santidad y una ciencia tan sólidas que apenas se puede encontrar algo semejante».
«El buen señor Duval me decía un día…»
A medida que Vicente se alejaba de Bérulle, entraba en relaciones más estrechas con Andrés Duval (1564-1638). Las primeras entrevistas debieron darse hacia el año 1617. El doctor de la Sorbona pertenecía a la «Escuela abstracta», como Bérulle, y era uno de los Superiores del Carmelo descalzo, introducido en París en 1610. Duval no hablaba ni escribía con la elegancia de Bérulle, pero poseía una piedad sencilla, menos complicada y más accesible que la del jefe oratoriano.
Vicente se abre confidencialmente al sabio Duval, asume su dirección y descarga ante él la conciencia en el sacramento de la penitencia. Junto a Duval, el inquieto misionero descubre su verdadera vocación de evangelizador de los pobres. El avisado jurista le ayuda a encontrarse con el Cristo histórico que recorre pueblos y comarcas, le asesora en cuestiones canónicas para una pronta fundación y aprobación de la Congregación. El sabio y bondadoso Duval es para Vicente de Paúl el consejero más seguro y el bienhechor más pródigo en recetas gubernativas. En agradecimiento a sus servicios, el Superior de la Misión ordenó colgar en el recibidor de la casa un cuadro de su querido amigo.
Las enseñanzas y consejos duvalianos se hacen presentes en la palabra de Vicente, cuando éste ensalza la vocación misionera, cuando rinde homenaje a la autoridad del Papa y cuando enaltece la piedad de los pobres. Las evocaciones al maestro y ti migo, al confesor y director, Duval, proceden siempre de un corazón ensanchado y revisten agradecimiento entrañable. En estilo directo, unas veces, indirecto, en otras, el Sr. Vicente traduce siempre la opinión de su consejero mayor. En la conferencia del 16 de diciembre de 1658, el Superior se dirige a los hermanos coadjutores y les recuerda las palabras de Duval, copia casi exacta de las agustinianas:
«Vosotros podéis amar a Dios tanto como los sacerdotes; y una pobre mujercilla, tanto como los sabios. El buen señor Duval me decía un día: Padre, los pobres nos disputarán el paraíso y nos lo arrebatarán, porque existe una gran diferencia entre su manera de amar a Dios y la nuestra».
«Muchas veces me honré con el trato de Francisco de Sales»
En la vida de Vicente de Paúl la amistad con Francisco de Sales (1567-1622) ocupa un lugar destacado. Aun antes de que se conocieran y trataran, Vicente veneraba ya al Obispo de Ginebra, a quien llamará su «bienaventurado padre» (46). Se encuentran por primera vez, en París, hacia 1618. Por aquel entonces, el santo Prelado superaba al misionero de los campos el experiencia de Dios, en el arte de dirigir conciencias, en la elocuencia sagrada y en obras espirituales literarias. Sin embargo, se comprenden desde el primer momento, se compenetran e intiman. El Fundador de la Visitación no duda, al morir en 1622, en confiar la dirección de sus monjas, de París, al humilde sacerdote de origen campesino.
Vicente admira tanto las formas sencillas, elegantes y amables de la persona de Sales, como su reflejo proyectado a través de la Introducción a la vida devota y del Tratado del amor de Dios, obras que invitan a la santidad a todos los públicos sin distinción de clases, razas y edades. El testimonio de amor y de veneración más elocuente que brinda Vicente de Paúl a su íntimo amigo está fechado el 17 de abril de 1628. Se trata de la declaración para el proceso de beatificación del recién fallecido. Cumplidas todas las formalidades canónicas ante notario, el Sr. Vicente pronuncia palabras henchidas de amor, que revelan la amistad profunda y la unión cordial que reinó entre ambos:
«No quiero pasar por alto lo que supe de su propia boca y por haberlo visto en su trato familiar, que solía derramar lágrimas, cuando repasaba los capítulos de los libros que él mismo había compuesto, pues se daba cuenta de que todas aquellas cosas las había escrito tan excelentemente, no por su propio ingenio, sino bajo la inspiración de Dios. Surgía también entonces en mi ánimo la suave devoción y el tierno afecto, pues notaba que el siervo de Dios había recibido las luces de lo alto. Añadiré, además, basándome en el trato familiar con que me honró, que abriendo conmigo su corazón me dijo una vez que, cuando predicaba, se daba cuenta de que alguno le movía interiormente. «Advierto, me decía, que algo salió de mí, no por propio movimiento, ya que no lo había pensado previamente y lo ignoraba por completo, sino que lo pronuncié por impulso divino».
Francisco de Sales, Andrés Duval y Pedro de Bérulle son los tres hombres más distinguidos e influyentes en la palabra vicenciana. Ante la santidad de Sales, Vicente se deja atraer por el Espíritu; a los consejos de Duval, debe la vocación misionera; y por la exposición doctrinal del sacerdocio, es afín a Bérulle. Vicente de Paúl admira y respeta a Bérulle, consulta y ama a Duval, venera e imita a Sales. En Francisco de Sales ve a un santo y a un padre, en André Duval á un amigo y confidente, en Pedro de Bérulle a un superior y a un intelectual.
No termina aquí el grupo de amistades. En menor grado se hicieron presentes en la vida del Sr. Vicente algunos sacerdotes, por citar sólo nombres eclesiásticos: Juan Duvergier de Hauranne, abad de Saint Cyran (1581-1643); Juan Suffrand, S.I. (1571-1641); Juan Bautista Saint Jure, S.I. (1588-1657); Adrián Bourdoise (1584-1655), Juan Bautista Olier (1608-1657) y Alano de Solminihac (1593-1659).
La lista de amistades espirituales femeninas no es menos larga. Citamos sólo sus nombres: Margarita de Silly, esposa de Felipe Manuel de Gondi; Luisa de Marillac, Isabel du Fay, María de Wignerod, duquesa de Aiguillon; Ana de Austria, Geno-veva Fayet, señora de Gousault, María Gonzaga, reina de Polonia; Juana Francisca Fremiot de Chantal… Todas ayudaron al Sr. Vicente, o recibieron de él alguna clase de dirección espiritual. Los gestos caritativos de estas mujeres encendieron en el apóstol de la caridad la chispa de la palabra, o hicieron posible la realización de alguna de sus obras de caridad. Pertenecientes estas mujeres a familias de la alta sociedad y ricas muchas de ellas en tierras y dineros ayudaron al Sr. Vicente con sumas considerables en especie, joyas y monedas, que fueron a parar a los pobres. En particular, de Margarita de Silly dice el Sr. Vicente que es «nuestra primera fundadora» de la Misión por las muchas limosnas recibidas de ella y de su esposo Felipe Manuel de Gondi.







