Por segunda vez, en casa de los Gondi
En el palacio, sucedían cosas extrañas. «La princesa estaba triste.» Muy triste. Margarita no conciliaba el sueño por las noches. Todo era un continuo insomnio. Cuando se levantaba, cada mañana, abrigaba una leve esperanza: ¿Será hoy? Pero, se desvanecía según iba avanzando el día. Margarita ya no tenía ganas de comer. Casi ni comía. Los escrúpulos están a punto de acabar con ella. Se siente sola. Empieza a sospechar que el capellán se fue para no volver.
Removió cielo y tierra. Se alegró. ¡Había dado con el escondite! No se lo había tragado la tierra. Vivía en Chatillon; el final del mundo; una frontera.
Acudió a todos aquellos que podían tener ascendiente sobre su director: Felipe Manuel, doctores, cardenales… Buscó a Berulle. Él le había ayudado en otras ocasiones. Le suplicó. Encontró un amigo personal del señor Vicente. Escribió un mensaje y le rogó que se lo hiciera llegar «en propia mano».
Vicente escuchó. Reflexionó. Estaba convencido de que había llegado a Chatillon para permanecer, allí, por el resto de sus días. En verdad, en el pueblo, todo estaba organizado. Ya había establecido la «caridad».
Se hizo la pregunta que se planteaba con frecuencia. Y, ¿si la voluntad de Dios es otra?
Cedió. Comunicó su decisión a los señores de Gondi. Volvería al palacio pero con dos condiciones: Que se asignara a otra persona el oficio de ser preceptor de los niños. Que se le diera libertad para evangelizar a los pobres campesinos.
La señora de Gondi accedió gustosísima. Ponía a su disposición todos los caseríos. Ella misma se comprometía a colaborar con su presencia y con dinero.
Adios a Chatillon
Vicente estaba cierto de que si salía de Chatillon era para no volver. Luis Girard, su vicario, le podía reemplazar muy bien.
Último domingo que pasaba con sus feligreses. Antes de tocar a misa, contempló la iglesia. En seis meses, la había restaurado. Era el signo material de su dedicación. Se le desgarraba el alma. Cuando subió al púlpito para anunciar la despedida, se le hizo un nudo en la garganta. No podía continuar. Lloró.
Al concluir la ceremonia litúrgica repartió entre los pobres todos sus haberes. Al mendigo necesitado, le entregó los treinta escudos. A la mujer con niños, le dio unos puñados de maíz. Distribuyó hasta su ropa blanca. A Julián Caron, uno de los más pobres del pueblo, le tocó en suerte un sombrero. Alguien quiso comprárselo para conservarlo como reliquia. Julián se escandalizó: ¿Es qué pueden venderse las cosas santas?
Mientras la carroza se alejaba tambaleándose por el camino, los vecinos levantaban sus brazos al cielo en gesto de despedida. Desde lo alto, se veían como campanas clamantes.
Misión y caridad
En diciembre de 1617 entraba por segunda vez en el palacio de los Gondi. Margarita de Silly rejuveneció. Todo era alegría y contento. Las puertas, talladas en madera y herrajes, se abrieron como dos brazos para dar la bienvenida a un conocido. Hasta el surtidor del jardín parecía alegrarse. Se alzaba más que otros días; danzaba más caprichosamente… Al fin y al cado, era víspera de Navidad, y había llegado el regalo.
Vicente regresa, pero, lo hace resuelto a «entregarse por entero a la salvación de los pobres campesinos».
A la experiencia de Folleville, une la de Chatillon. Él lo expresa con una frase-resumen: «El pobre pueblo del campo se muere de hambre y se condena.» «Se muere de hambre.» «Se condena.» Caridad y Misión o Misión y Caridad. Es lo mismo. En realidad, son una sola cosa. Se incluyen mutuamente. No hay «misión» sin «caridad». La «caridad» es nada sin la «misión».
Sin perder tiempo, comenzó a «misionar» y a fundar «caridades». En el año 1618 predicó tres «misiones»: Las de Villepreux, Joigny y Montmirail. En todas ellas, estuvo acompañado por excelentes misioneros.
¿Qué era una «misión»?
Desde los días de Folleville, hay una experiencia que le inquieta: El pueblo se condena por no saber las cosas necesarias para la salvación y por no confesarse. El remedio estaba en «ir a las raíces». Eso era la «misión».
«Cada una de ellas era como una nueva fundación de cristianos. Apenas llegado a la aldea, el equipo misionero, compuesto de dos, tres o cuatro sacerdotes, descargaba su ligero ajuar y empezaba unas jornadas de intensa predicación.
Según el tamaño de la población, el trabajo podía prolongarse hasta cinco o seis semanas, e, incluso, dos meses. Nunca bajaba de quince días aún en las más pequeñas aldeas.
El horario se acomodaba al ritmo laboral de la población: Por la mañana temprano, el sermón sobre las grandes verdades, las virtudes y los pecados más ordinarios. Después de mediodía, el catecismo de niños… A la caída de la tarde, finalizado el trabajo del campo, el gran catecismo para los adultos, en el que se explicaban los artículos del credo, los mandamientos, los sacramentos, la oración dominical y la salutación angélica.
La misión se clausuraba el último día con una bonita fiesta, en la que, por la mañana, recibían la Primera Comunión los niños… y por la tarde, se celebraba una esplendorosa procesión del Santísimo Sacramento.
La misión perduraba, largo tiempo, en la memoria de los aldeanos. Era un cursillo intenso de cristianismo en el que todos habían participado.
Las misiones terminaban invariablemente con la fundación de la cofradía establecida, por primera vez, en Chatillon» (J. M. Román).
Sabemos que, entre 1618 y 1625, San Vicente misionó todos los territorios de los Gondi y que estableció casi cuarenta Cofradías de Caridad. De varias de ellas, se conservan los reglamentos.
En un principio, las «caridades» canalizaban las inquietudes asistenciales femeninas. En Folleville, fundó Vicente la primera «caridad de hombres». Las mujeres se encargarían de los pobres enfermos. Los hombres, de los pobres sanos. Uno de los principales objetivos era crear talleres donde los niños y adolescentes aprendieran un oficio.
Una «misión» especial: los galeotes
Felipe Manuel de Gondi ostentaba el título de General de las Galeras. Las galeras eran naves de guerra movidas por remeros a los que se les conocía con el nombre de galeotes.
En general, los galeotes eran criminales condenados por la justicia al trabajo forzado de mover las naves. Pues el señor de Gondi tenía bajo sus órdenes a más de 20 galeras que eran movilizadas por unos 6.000 galeotes.
Las galeras reales engañaban con sus nombres femeninos: «La Regina», «La Patrona», «La Condesa», «La Mariscala»… Ninguna de ellas tenía entrañas de madre. Dentro, lo que había era odio. Odio a muerte. Un infierno. Gritos de desesperación. Aullidos de rabia. Juramentos. Maldiciones. Blasfemias. Miseria que flotaba sobre el océano.
A los galeotes, se los sujetaba con cadenas a un banco. Vivían emparejados. Aguantaban sol y agua. Sus desnudas espaldas eran fustigadas por latigazos. Si alguno desfallecía, era azotado con más dureza hasta que reaccionara. Al que moría, se lo tragaba el mar.
Las galeras tenían su cuartel general en Marsella. Cuando no estaban en el mar, los galeotes descansaban en cualquier ciudad. Un día, Vicente pidió permiso para visitar a los galeotes de París. Se armó de valor. Iba preparado para ver horrores. Lo recordó. Él había sido «galeote» en Túnez.
La prisión era hedionda, húmeda y malsana. Sin luz. Cada hombre estaba sujeto con cadenas a uno de los muros. Se alimentaban con agua y con un mendrugo de pan. Si caían enfermos, nadie les cuidaba. Las infecciones cundían. Había plaga: Insectos, moscas, ratas.
La impresión debió ser tremenda. Cuarenta años más tarde, todavía lo recordaba:
«¡Qué dicha, Hermanas mías, servir a esos pobres presos, abandonados en manos de personas que no tienen piedad de ellos! Yo he visto a esas pobres gentes tratadas como bestias.»
Apresuradísimo, se entrevistó con el general. Siendo él el encargado de aquellos desgraciados, tenía una grave responsabilidad ante Dios. Como primer paso, solicitó permiso para entrar en los calabozos y hablar con los forzados.
Había llegado un hombre sin látigo y sin cadenas. No hablaba de las mismas cosas que los demás. No tenía mirada de odio. Insistía en la confesión general. En la salvación. En eliminar el odio y la sangre. Convivía con ellos. Les escuchaba.
Lo primero que consiguió fue que mejoraran las comidas que sólo eran agua y pan duro. Luego, alquiló una casa donde los enfermos recibían comida más sana y abundante.
El señor de Gondi quiso institucionalizar y perpetuar los frutos logrados por Vicente. Sugirió al Rey Luis XIII la idea de nombrarle capellán real de las galeras de Francia. La caridad de Vicente se salía de los dominios de los Gondi. Tomaba dimensión nacional. Así, misionó a los galeotes de Marsella y de Burdeos.
En este ambiente, hay que situar una dudosa anécdota: Vicente de Paúl habría ocupado el puesto de un galeote.
El P. José M. Román tiene su opinión.
«La historicidad del relato, no obstante haber sido afirmada por diversos testigos en el proceso de beatificación, ha despertado siempre las dudas de los biógrafos…Tomada en su versión más radical: ocupación efectiva del puesto del forzado y liberación de éste… parece altamente inverosímil. Entendida como un impulso repentino que lanzará a Vicente a sentarse en el puesto de un galeote extenuado… puede ofrecer visos de probabilidad.»
Macon, una ciudad en «caridad»
San Vicente pasó por Macon el año 1621 con motivo de un viaje.
Los mendigos habían invadido la ciudad. Recorrían las calles en verdaderas bandas. Se hacinaban en las puertas de las iglesias y de las casas particulares. La ciudad presentaba un espectáculo repugnante. Nadie podía pasar entre los mendigos. Se lanzaban sobre el transeúnte. No imploraban limosna; la exigían. Eran groseros y violentos. Amenazaban; insultaban y blasfemaban. Alborotaban de tal modo que, para dominarlos, la policía se las veía y se las deseaba. Ocasiones hubo en que los vagabundos lincharon a más de un agente de justicia.
Pues bien, el señor Vicente que había inventado el remedio de «las caridades» se fue con él a Macon. Pero, las gentes se reían de él; le apuntaban con el dedo. Cuando propuso su plan, le tomaron por loco. Querer impedir que los pobres pidieran limosna era lo mismo que dejar el trueno y querer eliminar su estampido.
Sin desmayar en su fe, Vicente redobló las instancias al Señor: Oraciones, sacrificios, disciplinas. Hasta que recibió la llamada del ayuntamiento. Vicente fue leyendo el reglamento:
«Que los habitantes de Macon no den limosna y que los pobres no salgan a mendigar. Todos los domingos se repartirá dinero, pan y ropa. A los niños y a los ancianos, todo lo necesario. A los que puedan trabajar, una parte; según su edad. A los que sigan mendigando, se les quitará la ayuda. Los jóvenes trabajarán en algún taller y aprenderán un oficio.»
En tres semanas, la idea que parecía una locura, se hizo feliz realidad. El mejor testimonio de este éxito procede del propio San Vicente:
«Cuando yo fundé la caridad de Macon, todos se reían de mí, me señalaban con el dedo por las calles; y cuando se hizo la cosa todos derramaban lágrimas de alegría… Allí hay ahora una de las caridades mejor establecidas.»
El tercer hombre: Francisco de Sales
Pedro Berulle, Andrés Duval, Francisco de Sales. Una tríada. Tres personas que se unifican en la espiritualidad de Vicente de Paúl.
A San Francisco de Sales, obispo de Ginebra, San Vicente de Paúl le conoció en París, el año 1618. Encuentro de «santos» que llegó a convertirse en familiaridad: «Muchas veces, me honré con la familiaridad del señor Francisco de Sales.»
En los escritos de San Vicente, abundan las referencias a la espiritualidad del «santo obispo de Ginebra». Sin duda, son una de las fuentes de inspiración espiritual. Cuando lo cita, San Vicente se refiere a él con estos términos: «nuestro bienaventurado Padre…». En la sala de conferencias de San Lázaro, el retrato de San Francisco de Sales ocupa lugar de preferencia.
¿Qué le debe San Vicente a San Francisco de Sales? Vicente de Paúl solía hacer esta reflexión: «Qué bueno eres, mi Dios, cuando tan bondadoso y amable es Francisco de Sales, tu criatura.»
El ejemplo de san Francisco de Sales, hombre sin hiel, fue decisivo para la resolución de cambiar de carácter que tomó San Vicente en los ejercicios espirituales del año 1621 en Soissons.
Vicente no era, ni por temperamento, ni por carácter un hombre afable. Él se acusaba de poseer «un humor negro» y un espíritu «duro y agresivo». Era hosco y retraído. Se encerraba en sí mismo. La señora de Gondi sufría con los altibajos del carácter de su capellán. Vicente hizo un gran esfuerzo. Terminó por ser uno de los hombres más afables de su siglo.
Al dejar París, San Francisco de Sales, confió a San Vicente de Paúl, ignorado capellán de los Gondi, el cuidado de sus Hijas, las Religiosas de la Visitación.
Una última señal
¿Necesitaría Vicente de Paúl alguna nueva señal que le indicara que su vocación definitiva era la evangelización de los pobres del campo?
La Providencia se la iba a proporcionar. En 1620, el señor Vicente predicaba una misión en Montmirail. Tres hugonotes del lugar se muestran dispuestos a la conversión. Se los instruye en las verdades de la religión y dos de ellos se declaran convencidos y adjuran de sus errores. El tercero tenía una objeción:
«Según usted, le dijo, la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo; pero, yo no lo puedo creer, puesto que, por una parte se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes… y por otra parte, se ven las ciudades llenas de sacerdotes y frailes que no hacen absolutamente nada…»
Vicente no tenía la menor duda de su vocación. Pero, este era un empujón providencial. Con redoblado interés, prosiguió la campaña evangelizadora. Le quedó grabado el episodio:
«¡Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su iglesia trabajando, como trabajamos, por la instrucción y la santificación de los pobres!»
También, la última tentación
La idea inicial de abrazar el sacerdocio para ayudar a sus parientes, se constituyó en obsesión durante largos años. De momento, se sentía tranquilo y libre. Pero, la bestia, antes de morir, da su última sacudida.
Después de una misión en las galeras de Burdeos, Vicente pensó en una escapada a su aldea natal. ¡Estaba tan cerca…! Así se lo presentó a algunos amigos: Voy a trabajar a un lugar cerca de donde yo soy. No sé si haré bien en darme una vuelta por la casa de mis padres. Tenía sus temores:
«… haber visto a muchos sacerdotes que habían obrado maravillas durante el tiempo que habían vivido lejos de su país, y habiendo ido a ver a sus padres habían vuelto completamente inutilizados para el ministerio, pues estaban, en todo, entregados al asunto de sus familias y no tenían pensamiento más que para esto…».
Siguiendo el parecer de los amigos y, con esta disposición, emprendió el viaje: les haré bien. Les hablaré de Dios. Les aconsejaré que se aparten del deseo de las riquezas.
Hacía veinte arios que no pisaba Pouy. Pensó que podía pasar diez días estupendos. Vio las ovejas blancas en el campo. Los niños que iban al molino, con sus costales de trigo. Claudina, la hermana más pequeña, era ya una mujer.
Se hospedó en la casa del párroco. La primera visita fue a la iglesia. Antes de celebrar la Eucaristía, ante la pila bautismal, renovó las promesas de bautismo: Lo hizo en voz alta. Se acusó públicamente de no haberlas guardado como debía.
El último día, para despedirse de los familiares, escogió el santuario de Nuestra Señora de Buglose. Era su lugar preferido cuando niño; subía allá con las ovejas. ¿No era una bendición regresar a los paisajes olvidados de la infancia? Hoy, subía descalzo, rezando, conduciendo otro rebaño: El de aquellos buenos paisanos.
Celebró Misa en el Santuario. En la homilía les dijo:
«Nada esperéis de mí. Aunque tuviera cofres repletos de oro y de plata, nada os podría dar. Un sacerdote que tiene algo se lo debe a Dios y a los pobres.»
Al día siguiente, se arrancó de aquellos que llevaban su misma sangre. Partió. Entonces le asaltó la tentación. Primero fueron las lágrimas. Volvía la cabeza y lloraba. Lloraba sin poderlo remediar. A las lágrimas, sucedió el pensamiento: Les dejaba en la miseria… En su imaginación, iba repartiendo lo que tenía y lo que no tenía. ¡Por sus manos pasaban todos los días cantidades de dinero!
Durante mucho tiempo, se sintió triste:
«Sólo tres años después, logré verme libre de esa fiera. Cuando comprendí que, aunque tuviera joyas de oro y rentas poderosas, siendo sacerdote, aquel dinero más era de los pobres que de mi familia.»
Últimos días en casa de los Gondi
Después de los sucesos de Folleville, Vicente de Paúl había seguido su tarea de misionero itinerante. Siempre encontró a alguien que le acompañara. Antonio Portail, el rubio monaguillo de Clichy fue su asiduo colaborador. Pero, en todo París, no se encontraba una comunidad que se comprometiera a predicar en las tierras de la condesa. Margarita de Silly tuvo una inspiración original: Proponer a Vicente de Paúl que fundara una comunidad que se dedicase a la evangelización de los pobres campesinos. Ella había hecho sus ahorros. Podía aportar un capital de 15.000 libras. Conversó con su marido. El general de las galeras triplicó la oferta inicial. Con los intereses de 45.000 libras, se podían sostener algunos predicadores.
Vicente maduró la idea. La maduró lentamente. La señora de Gondi tenía prisa. Él no. Se había convertido en un ferviente devoto de la «práctica de no adelantarse a la Providencia».
«…hice, expresamente un retiro en Soisons para que Dios quisiera quitarme del espíritu el gusto y la prisa que sentía en este asunto».
Después de unos días de retiro, anhelaba algo más concreto. Se entrevistó con Andrés Duval, su director espiritual. Fue detallado en su exposición. Vació el alma. Tenía muy claro el objetivo: «Mientras los habitantes de las ciudades tienen todas sus necesidades espirituales atendidas, el pobre pueblo del campo se encuentra abandonado.» Había pensado en una respuesta: «Dedicarse entera y exclusivamente a la salvación de los pobres campesinos.» No veía tan clara la naturaleza de la nueva criatura: Piadosa asociación; compañía; congregación; cofradía… ¡Fundador! ¿El?
Al final calló. Esperó que hablara Duval. Lo hizo con una sola sentencia tomada de la Escritura: «El siervo que conoce la voluntad de su señor y no la cumple recibirá muchos azotes.»
No dudó más. Había visto la voluntad de Dios. Se dedicaría eternamente a «anunciar el Evangelio a los pobres».







