San Vicente: Amigo de los pobres: años de peregrinaje (1601-1616)

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Author: Martiniano León .
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Párroco rural

Casi inmediatamente después de su ordenación, el vi­cario de Dax otorga al joven sacerdote, Vicente de Paúl, la parro­quia de Tilh. Un campo. Apetecible lugar. Apropiado para un sa­cerdote recién ordenado.

El hecho es que Vicente de Paúl nunca tomó posesión. Prime­ro, deseaba seguir los estudios en Toulouse. Segundo, surgió un competidor. Alguien había obtenido la misma parroquia por de­signación de la curia romana. Y, Vicente, que no estaba en condi­ciones de pleitear, renunció a su derecho.

Viaje a Roma

En julio de 1631, Vicente de Paúl escribía a uno de sus com­pañeros establecidos en Roma: «…Hace treinta años yo estuve allí.»

¿A qué fue Vicente de Paúl a Roma el año 1601? No lo sabe­mos. ¿Para ganar el jubileo del año 1600? ¿A litigar sobre su nombramiento para la parroquia de Tilh? ¿Para legalizar el impe­dimento de edad de su ordenación sacerdotal?

Lo que conocemos, perfectamente, son los sentimientos que la capital de la cristianidad le inspira: Por fin, ha llegado usted a Roma, donde está la cabeza de la Iglesia militante, donde están los cuerpos de San Pedro y San Pablo y de otros muchos mártires que, en otro tiempo, dieron su sangre y emplearon su vida por Jesucristo. ¡Cuán feliz es, señor, por poder caminar sobre la tierra por la que caminaron tantos grandes santos personajes! Esta considera­ción me conmovió tanto cuando estuve en Roma hace treinta años, que, aunque estaba cargado de pecados, no dejé de en­ternecerme, incluso con lágrimas, según me parece.»

En Toulouse

A su regreso de Roma, Vicente se establece, de nuevo, en Toulouse.

Para sacar del sacerdocio las ventajas, a las que legítimamen­te se creía con derecho, continuó sus estudios. Estudiaba y ense­ñaba. Como antes. Debió razonar así: El pensionado me propor­cionará la subsistencia para el presente y los estudios el beneficio para el futuro. En resumen, a los veinticuatro años, ha terminado su carrera y es bachiller en Teología.

En el pensionado tolosano, conoce a gente notable. Ahora tie­ne un protector mucho más poderoso que el señor Comet. Es del duque de Epernon, quien, desde su castillo cerca de Burdeos, ejerce autoridad sobre toda Gascuña. Con este motivo, Vicente vuelve a soñar. No con una parroquia rural, sino con un asunto «cuya temeridad no le permite nombrar». ¿Ha caído Vicente en la tentación de aspirar a un obispado?

Pues, este segundo proyecto se va a desvanecer con mayor es­trépito que el primero. Y va a suceder por el impulso de unos im­previstos sucesos.

A cobrar una herencia…

En 1605, Vicente se entrevista con el Duque de Epernon. Sus sueños parecían marchar favorablemente. Pero, cuando regresa a Toulouse, se encuentra con que una anciana de Castres le ha dejado en testamento tierras y muebles valorados en unos 400 escudos que estaban en poder de un individuo que no pa­gaba.

¡Dinero y beneficio! Lo que Vicente pretendía. Emprendió, en un caballo de alquiler, el viaje hasta Castres. Sorpresa. El bandido había huido a Marsella.

Vicente se encontraba con una dificultad: No disponía de di­nero para seguirle. Resolvió el problema: Vender el caballo de al­quiler y pagarlo a la vuelta.

«Hallé a mi hombre —dice San Vicente—, le hice prender y nos avinimos en trescientos escudos, cantidad que me abonó gustosísimo.»

¿Realidad o mito?

Arreglado el asunto de la herencia, Vicente se disponía a re­gresar por tierra. Pero, un gentil hombre le propuso hacer el viaje por mar. Era el mes de julio. El tiempo estaba excelente. Llega­rían aquella misma tarde.

En efecto, hubieran llegado con toda felicidad,

«…si tres bergantines turcos que costeaban el golfo de Lyon no nos hubieran perseguido y atacado tan furiosamente que dejaron sin vida a dos o tres de los nuestros e hirieron a los demás en cuyo número entré yo, recibiendo un flechazo que me servirá de recuerdo para toda la vida… nos encadenaron y, después de habernos curado groseramente las heridas, si­guieron su rumbo cometiendo toda clase de robos, bien que dejando en libertad a los que se entregaban sin combatir; hasta que, después de siete u ocho días, se dirigieron, sin el permiso del gran turco, a Berbería, cueva y madriguera de ladrones, donde habiendo llegado nos pusieron a la venta…».

Debió hacer una transferencia mental al mercado de Dax. Don­de su padre había vendido la yunta de bueyes. ¡Como el ganado!

«Acudieron los compradores a examinarnos, del mismo mo­do que se hace con un caballo o con un buey, obligándonos a abrir la boca para ver nuestros dientes, palpando nuestras costillas, sondeando nuestras llagas y obligándonos a andar, trotar y correr, levantar cargas, luchar, para ver la fuerza de cada uno…»

Después del minucioso examen, un hombre, 91 que se le no­taba que abusaba del vino, gritó: ¡Este para mí! Este, era él, Vi­cente de Paúl, que echó una rápida mirada al comprador. Un pes­cador.

A Vicente le costaba mucho remar. Nunca daba con los remos al mismo tiempo en el agua. Las olas eran más poderosas que sus brazos. Al regresar de la faena, era cuando más se notaba. Un día, el patrón se decidió a ponerlo en venta. Le llevó al mercado de los esclavos.

De remero a alquimista

Por más que el viejo pescador gritaba, nadie quería llevarse al esclavo. Por fin, se acercó un comprador. No iba buscando dien­tes o fuerza; sino ojos y buena voluntad. Vicente cayó en poder de un médico musulmán que trabajaba, desde hacía muchos años, en el hallazgo de la piedra filosofal y en la mutación de los meta­les. Así que, tuvo la oportunidad de ser testigo de curiosas expe­riencias:

«…yo he visto mezclar frecuentemente en el crisol oro y plata en pequeñas láminas y en iguales cantidades, añadir luego una copa de cierta clase de polvo, mantenerlo al fue­go por espacio de venticuatro horas, abrir después el crisol y hallar la plata convertida en oro… Mi ocupación era mantener el fuego en diez o quince hornillos, en lo cual, a Dios gracias, yo no sentía más disgusto que satisfacción. Amábame él grandemente y sentía gran gusto de discutir conmigo sobre la alquimia y más aún sobre su ley, hacien­do todos los esfuerzos que podía para atraerme a ella pro­metiéndome toda clase de riquezas y toda clase de sa­ber…».

Vicente permaneció casi un año con este viejo «humano y tratable». El médico llegó a querer a su esclavo. Vicente era in­teligente. Su amo le apreciaba y le enseñó los secretos de la ciencia.

«Gustaba de hablar con él de alquimia y descubrirle la cons­trucción del espejo de Arquímedes: Un resorte artificial que hacía hablar a una calavera, del que se servía para seducir al pueblo, diciéndole que su dios Mahoma le daba a entender su voluntad por medio de aquella cabeza…»

La fama del alquimista llegó hasta Constantinopla y el sultán le mandaba ponerse a su servicio. El pobre viejo murió de pena en el camino. Sus riquezas pasaron a poder de un sobrino; casi un extraño. Éste se deshizo, en seguida, del esclavo. Temía que el cónsul francés lo reclamara. Le puso en venta. Le compró un re­negado, natural de Niza, el cual, para ponerlo a buen recaudo, se lo llevó a unas posesiones que tenía en la sierra. Vicente se iba a dedicar a las labores del campo.

Al fin, «hijo de agricultor»…

El nuevo amo era agrio y violento; como un renegado. Le ha­cía trabajar más y le daba menos pan. Le odiaba por motivos reli­giosos.

Vicente aguantaba el sol, se contentaba con el poco pan; pero casi no podía con el azadón. Sin embargo, todas las tardes, des­pués de concluir sus labores, entonaba salmos y cánticos piado­sos. Así, se consolaba.

Una tarde, cuando estaba recitando los salmos, se le acercó una de las mujeres de su amo. Le rogó que repitiese aquellos can­tos.

«El recuerdo de los hijos de Israel, cautivos en Babilonia, me hizo entonar el salmo «Super flumina Babylonis» y des­pués, la «Salve Regina» y muchas otras cosas más que le produjeron tanto consuelo como admiración. No dejó de de­cir, por la tarde, a su marido que había hecho muy mal en dejar una religión que, en su concepto, debía ser muy exce­lente, así por la idea que yo le había dado de nuestro Dios como por los cánticos que había cantado en su presencia… hizo, por este razonamiento, que, al día siguiente, me dijese su marido que no esperaba sino una ocasión propicia para buscar nuestra seguridad en Francia; mas que él se daría tal maña que, dentro de un poco tiempo, Dios sería en ello ben­dito. Ese poco tiempo fueron diez meses, en los que siguió entreteniéndome con tan largas, aunque al fin, realizadas es­peranzas.»

La libertad

La mujer mora desató las cadenas. Le entregó una ropa. Amo y esclavo caminaban monte abajo. Daban pasos de felinos. Casi de puntillas. Se escondían entre los árboles. Por fin, llegaron a la playa. La luna no brillaba aquella noche.

Lograron embarcar sin que nadie lo notara. La barca era negra y pequeña, como la del amo pescador; de remos. Vicente hubo de volver a su oficio de remero. Remando y remando, llegaron a la otra orilla; a Aguas Muertas, en Francia. 28 de junio de 1607. Exactamente, dos años de esclavitud. Gracias a Dios estaban li­bres. ¡Esta noche, dormiremos en sábanas blancas…!

Aviñón

En Aviñon está la iglesia de San Pedro y, en ella, el vicelegado papal Pedro Montorio quien recibe al renegado. La ceremonia es larga. Impresionante. Ante los presentes, el renegado abjura de su apostasía y ruega se le admita, de nuevo, en la Iglesia católica. El prelado le exorciza. Las imprecaciones hacen temblar. Para concluir, le señala un lugar donde haga penitencia. Allí, le deja Vicente de Paúl. Ya ha cumplido su misión.

Los dos años de cautiverio en Túnez le habían derribado espi­ritualmente. Se sentía abandonado. Alargaría su mano a cualquier clavo ardiendo.

Pedro Montorio se disponía a volver a Roma. Lo haría en cuanto llegara su sucesor. Le prometió llevárselo consigo y pro­porcionarle un buen beneficio. ¡Lo que él siempre había soñado: Un beneficio! Contaba con la mesa y benevolencia del vicelegado, pero era preciso ultimar otros detalles: Las letras testimonia­les de su ordenación, el título de bachiller en teología que había adquirido, tranquilizar a sus familiares que ignoraban todo acerca de él desde hacía dos años… Todos estos eran motivos para escri­bir una carta al señor Comet.

Es la correspondencia en la que narra sus peripecias de escla­vo. Los biógrafos de San Vicente se cuestionan: ¿Los episodios de cautividad son verdadera historia? ¿Forman parte de una nove­la inventada por el protagonista?

El P. José María Román, uno de los últimos biógrafos de San Vicente, ha estudiado el tema con profundidad. Hay razones para colocarse del lado de los «esclavistas» o de los «antiesclavistas».

«En definitiva, pues, parece imponerse la opinión de Tur-bert-Delof: «Yo no digo que todo haya sucedido como lo cuenta Vicente de Paúl. Me limito a afirmar que todo pudo suceder así. Ni en el texto de Vicente, ni fuera de él, hay al­go que permita recusarlo como testimonio. En definitiva, una de dos: O Vicente de Paúl estuvo cautivo en Túnez de 1605 a 1607, o hay que ver en su carta del 24 de julio de 1607 y su post scriptum del 28 de febrero de 1608 una falsi­ficación genial, sin medida posible con las fuentes, literarias o no, en que hubiera podido inspirarse.» Mientras no se pruebe la presencia de Vicente en otro lugar de la geografía francesa o extranjera entre 1605 y 1607 hay que aceptar su afirmación de que, en esas fechas, estuvo cautivo en Túnez.»

Por segunda vez en Roma

Comenzábamos este capítulo de la vida de Vicente de Paúl afirmando que, en 1601, nuestro héroe había viajado a Roma. No sabíamos a qué. Pues, en menos de siete años, vuelve otra vez a Roma.

Esta vez, no ha elaborado él un proyecto sino que lo ha traza­do el generoso vicelegado del Papa, Monseñor Montorio. Al pre­lado romano, le sorprendían los maravillosos juegos que el escla­vo Vicente había aprendido con el médico estagirita. Quiso que el cautivo le explicara sus secretos. Y, en recompensa, le llevó a Ro­ma. Quince meses, permaneció Vicente en la ciudad a la que lla­man eterna. Aprovechó el tiempo para completar sus estudios, y espera el anhelado beneficio. En una ocasión, escribía: «… me prometió el medio de retirarme honestamente proporcionándome, en Francia, un honesto beneficio».

Y, efectivamente, en la primera oportunidad, cumplió su pala­bra: Enviarlo a Francia con una comisión secreta para el Rey En­rique IV.

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