San Vicente: Amigo de los pobres: años de desarrollo (1633-1653)

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Author: Martiniano León .
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La vida en San Lázaro

Las lucecillas de las habitaciones se iban apagando una tras otra. En poco tiempo, lentamente, se extinguieron todas. Ha­bía silencio absoluto en la «cartuja». Bueno, una pluma raspeaba en la celda donde permanecía encendido el único quinqué. Era el puesto de guardia; allí vivía el vigilante. Un hombre acostumbra­do a no dormir. Había sido pescador, atizador de hornos y precep­tor de estudiantes; estaba hecho a las vigilias. El inquilino era Vi­cente de Paúl.

«…delgado y nervioso, tan vivo en sus gestos como en los rasgos de su pluma. Sus ojos de color castaño brillaban. Su sonrisa estaba mezclada con una graciosa malicia. Desde el primer momento, se imponía por su simpatía… De su raza, conservaba el humor vivaz, el don de la réplica y la delgada robustez. La energía era connatural a su temperamento…»

El día ha sido apretado. La fiebre, «su fiebrecilla», le sube a estas horas. También, se agrava el mal de sus piernas hinchadas y llagadas.

Escribe cartas. Es una de sus ocupaciones absorbentes. Le obliga la dispersión de las obras y la condición de jefe. Dicen que, en los últimos treinta años escribió más de 30.000 ¡Unas cuantas cada día! A múltiples destinatarios y sobre temas variadísimos. El lenguaje directo y sencillo. No busca el lucimiento sino la eficacia. Para cualquier psicólogo, son ventanas abiertas del al­ma de Vicente. A través de ellas, es fácil penetrar en su interior.

Además de la palabra escrita, la palabra oral. Un promedio de seis intervenciones semanales. Colorista, incisivo, penetrante, las llamaba «conferencias»; es decir, conversaciones sobre temas reflexionados previamente en la oración.

La misma comunidad era numerosa y complicada: Misione­ros, ejercitantes, retiros, conferencias de los martes, damas de la caridad, mendigos… Todo el mundo se acercaba a San Lázaro. San Lázaro se había puesto de moda. El señor Vicente era un hombre activo y emprendedor.

Entre los huéspedes habituales, estaba el antiguo ex prior, Adrían Le Bon. Al ceder el priorato, se había reservado ciertas prerrogativas. El generoso bienhechor era un susceptible y enfer­mizo anciano.

Mucho peor era lo que ocurría con los religiosos de San Víc­tor. Disputaban, a los misioneros, la posesión de San Lázaro. Les amenazaban con llevarlos a los tribunales de justicia. Vicente de Paúl rezaba. Enemigo de pleitear hubiera cedido, pero el señor Duval no consintió en que abandonara. Y, unos gritos inhumanos le hicieron tomar la decisión: Los locos. ¡Por los locos! Vicente de Paúl no dejaría San Lázaro, solamente por ellos.

Otro grupo social daba, también un aspecto singular a la ca­sa: Los mendigos. Vicente entregaba cuanto tenía. En aquella época de miseria, San Lázaro se convirtió en centro de benefi­cencia. A diario, se repartía ropa, pan y carne. Todos los días, dos pobres eran invitados a comer con la comunidad. Se senta­ban en los sitios de preferencia; en la cabecera; derecha e iz­quierda de Vicente de Paúl. Ante las quejas del ecónomo, Vicen­te respondía:

«Me preocupa la Compañía, desde luego, pero no tanto co­mo los pobres. Nosotros siempre podremos salir de apuros… pero, los pobres, ¿dónde encontrarán para vivir? Ellos son mi peso y mi dolor.»

Consciente de sus actividades, las recogía en estas líneas:

«Dios se servirá de esta Compañía en beneficio del pueblo mediante las misiones; en beneficio del clero que empieza, mediante las ordenaciones; en beneficio de los que ya son sacerdotes, al no admitir a nadie sin hacer el retiro y sin ser instruidos en el seminario; y en beneficio de todos, por me­dio de los ejercicios espirituales. ¡Quiera Dios, en su divina bondad, concedemos su gracia para ello!»

San Lázaro era ya mucho más que la rica prebenda con mara­villosos edificios y campos de trigo, cebada y alfalfa. Era el cen­tro donde se iniciaban y desarrollaban las extraordinarias funda­ciones vicencianas: Las misiones, la reforma del clero, las carida­des…

La Congregación de la Misión

Era un desdoblamiento del propio fundador: Herencia y parti­cipación de su carisma. Por consiguiente, «su» obra. ¡Su oveja preferida…! Todo giraba en torno a ella. Le dedicaba las mejores energías y esfuerzos.

La «pequeña Compañía»

Así, la llamaba. Acaso, por cariño, pero es que, en realidad era «pequeña». El desarrollo numérico de la comunidad fue lento. Muy lento, en los primeros años. Para 1636, no había más de cin­cuenta misioneros.

Aunque nos parezca extraño, Vicente de Paúl no hacía cam­paña de captación vocacional. Absoluto desinterés; dejarlo en manos de Dios.

«Nosotros tenemos una máxima que consiste en no urgir ja­más a nadie para que abrace nuestro estado… ustedes, sobre todo los directores de ejercicios, pongan mucho cuidado en no incitar a nadie a entrar en la compañía, solamente tienen que ayudarles en las buenas resoluciones procurando que ellos mismos determinen el lugar a donde creen que Dios los llama. Aunque, ellos os manifestasen que tienen ese deseo, guardaos mucho de determinarlos a que sean misioneros.»

La consolidación

A pesar de estas prescripciones, la Compañía emprende un ascenso, pero, solamente a partir de 1637. El incremento se debió a la creación de una especie de noviciado para aspirantes. Cuida­doso de que sus misioneros no se asemejaran a los religiosos, no lo llamó noviciado, sino «Seminario Interno.»

Los primeros candidatos fueron sacerdotes que se asociaban al señor Vicente. El mismo los orientaba. Al acrecentarse el nú­mero, fue necesario pensar en un reglamento y en alguna persona.

Antes de la admisión, el postulante era examinado sobre sus disposiciones. Los dos arios de Seminario Interno no estaban des­tinados a comprobar sus aptitudes sino a afianzarle en la voca­ción. El primer director fue uno de sus compañeros iniciales, Juan de la Salle, «un gran misionero, hombre extremadamente fervoro­so…» Murió temprano; a los cuarenta y un años de edad. Escasa­mente estuvo un año al frente del Seminario.

Las fundaciones

El crecimiento numérico trajo, como consecuencia, la erec­ción de casas y la ampliación de campos:

«Hasta 1635, la Congregación estuvo reducida a las dos ca­sas de París… La mayoría de los misioneros habitaban en San Lázaro. En «Los Buenos Hijos», permanecían cuatro o cinco que tenían a su cargo las obligaciones de la fundación primitiva: Las misiones en las tierras de los Gondi y el hos­pedaje de los colegiales, cuyo número iba disminuyendo po­co a poco… Hacia 1636, creó allí el primer seminario de mo­delo tridentino, destinado a niños y adolescentes que, en 1645, fue trasladado a un edificio existente en el recinto de San Lázaro. Recibió, entonces, el nombre de San Carlos. Con ello, las casas de París eran tres» (J. M. Román).

La evangelización de los campesinos fue, desde un principio, la finalidad de la Congregación. Esta actividad le había dado nombre: Congregación de la Misión; misioneros. Por consiguiente, la «misión» se mantuvo como la razón de ser de todas las casas.

«Lo principal, para nosotros, es la instrucción del pobre pue­blo del campo.»

Las misiones mantuvieron siempre su esquema original: cate­quesis e insistencia en la confesión general. Al concluir cada mi­sión, se acostumbraba a hacer un informe. Muchos se han perdi­do. Otros se convirtieron en una repetición. Sin embargo, la lectu­ra de esas crónicas nos permite analizar la situación religiosa de las poblaciones y la mentalidad teológica de los misioneros.

«Un historiador contemporáneo ha escrito que los estudios sociológicos llevados a cabo en nuestro días han demostrado que han permanecido cristianas en la Francia del siglo xx aquellas zonas en que hace más de trescientos años trabaja­ron con más intensidad los misioneros, y que aquellas tierras donde no penetraron son las regiones tristemente célebres, señaladas de rojo por el canónigo Boulard en su célebre ma­pa de la práctica religiosa en la Francia de nuestra época. No puede rendirse más exacto homenaje a las misiones del siglo xvii y a los admirables hombres que tan acertadamente las condujeron.

Uno de esos hombres, el más ilustre de todos, fue Vicen­te de Paúl» (J. M. Román).

Por otra parte, la arquitectura fundacional de las casas era ca­si siempre la misma: Una persona piadosa descubría la necesi­dad. Se la comunicaba al señor Vicente. Este examinaba la pro­puesta. Se aseguraba de que existiera congruencia entre funda­ción y carisma. Estudiaba algunos detalles. Solicitaba el bene­plácito de la autoridad. Si la obra se aceptaba, se firmaba un con­trato entre las partes. El resto quedaba en las manos de la Divina Providencia:

«Nos hemos entregado a Dios hace unos años para no pedir nunca una fundación, ya que hemos experimentado la provi­dencia especial de Dios sobre nosotros, al ser ella misma la que nos establece, sin intervención alguna por nuestra par­te… de forma, que podemos decir que no tenemos nada que no nos haya ofrecido y dado Nuestro Señor.»

En relación con las fundaciones, 1642 es un año importante. Se abre formalmente la casa de Roma. Por tanto, la comunidad traspasa las fronteras de Francia.

Hasta esa fecha, la erección de casas se hacía de acuerdo con la finalidad, casi exclusiva, de la «misión» y los «ejercicios a los ordenandos». A partir de ese año, a estas dos actividades, se aña­de otra nueva: La dirección de los seminarios.

Una «tarea» que nadie se esperaba

Estalló la guerra. Francia estaba siendo invadida. De repente, el rey requisó San Lázaro. Lo necesitaba para adiestramiento de reclutas.

«Aquí se forman y arman las compañías. El establo, la carni­cería, las salas y el claustro están llenos de armas, y los pa­tios de soldados. Ni siquiera este gran día de la Asunción se ve libre de este embarazo tumultuoso. Ya empieza a redoblar el tambor con no ser más que las siete de la mañana. Desde ocho días para acá, se han formado setenta y dos compa­ñías.»

La contribución de Vicente no se limitó al préstamo de los lo­cales. Se le pedía que facilitara veinte sacerdotes para la instrucción de soldados. ¡Una nueva modalidad: Misión al ejército! ¿Ga­leotes de tierra?

Ofreció los sacerdotes que pudo. Los distribuyó entre los re­gimientos. Seis semanas duró la experiencia. Los frutos fueron satisfactorios.

Otra vez, entre galeotes y esclavos

Desde los años en la casa de los Gondi, Vicente de Paúl era el capellán general de las galeras. Los misioneros siempre se habían encargado de la asistencia espiritual de los galeotes. Sin embargo, a partir de 1625, ciertas circunstancias habían condicionado su actividad.

En 1643, Vicente de Paúl piensa en una misión para los ga­leotes. ¡Los pobres del mar! Se seleccionaron cinco misioneros con la certeza de que el número era insuficiente.

La misión fue el primer paso para los hechos que habían de sucederse: Creación de un hospital y fundación de una casa en Marsella. ¡Marsella! Vicente conocía el lugar. Había estado allá en sus años jóvenes. Los recuerdos se amontonaban: El bandido, la herencia, la cautividad…

La casa de Marsella fue fundada para «misionar, cada cinco años, a los galeotes». Su otra finalidad era «ayudar a los pobres cristianos cautivos» en Berbería:

«… los sacerdotes de la Misión contraían la obligación ex­presa y perpetua de enviar a Berbería… sacerdotes de la di­cha congregación para consolar e instruir en la fe y en el te­mor de Dios a los pobres cristianos cautivos y detenidos en dichos lugares…».

Para facilitar esto, consiguió que sus misioneros fueran nom­brados cónsules en Argel.

El establecimiento de la misión entre esclavos, ¿fue iniciativa de una piadosa benefactora?, o más bien, ¿procedió la idea de Vi­cente de Paúl? De nuevo, hay que colocarse con los «esclavistas» o con los «antiesclavistas», y ver la «misión» desde su lado.

Misión «ad gentes»: Madagascar

En Berbería, la tarea del misionero era ayudar a los cristia­nos. Vicente de Paúl deseaba un trabajo de evangelización en­tre infieles. Tuvo varios planes; pero ninguno de ellos se hizo realidad hasta 1648. Ese año, la Compañía de Indias pidió «mi­sioneros» para Madagascar: «una isla que está bajo el Capri­cornio».

El nuncio de París lanzó la propuesta. El señor Vicente, des­pués de consultar, aceptó. Humanamente, Madagascar era una «misión imposible». Se convirtió en una sangría constante, pe­ro, al mismo tiempo, en un hermoso destino. Vicente escogió para esta difícil y arriesgada misión a hombres extraordinarios. Con ninguna otra de sus empresas, demostró un celo tan inven­cible.

La formación del clero

Posiblemente, esta actividad no tuvo resultados tan espectacu­lares como las misiones. Los ejercicios a los ordenandos perdie­ron su razón de ser al instituirse los seminarios. Las conferencias de los martes seguían reuniendo a piadosos y excelentes sacerdo­tes en torno a la figura de Vicente de Paúl. «Vicente era el alma de la piadora asamblea.»

«El estado eclesiástico secular recibe actualmente muchas t bendiciones de Dios. Se dice que nuestra pobre compañía ha contribuido no poco a ello con los ordenandos y con las reu­niones de eclesiásticos de París.»

Los seminarios

El Concilio de Trento acababa de publicar un decreto sobre la «institución de los seminarios». Hoy, esto nos parece tan corrien­te… Pero, en aquellos tiempos, debió ser muy distinto. Muchos lo intentaron y fracasaron. También, Vicente de Paúl hizo su prueba:

«…hacia 1636 decidió dedicar el colegio de «Los Buenos Hi­jos» a seminario de adolescentes… En 1642, creó, en «Los Buenos Hijos», otro tipo de seminario, pero lo hizo funcio­nar al lado del primero. Cuando en 1645, la casa resultó de­masiado pequeña, tampoco cerró el seminario de niños, sino que los trasladó a un edificio situado en el extremo noreste del recinto de San Lázaro, llamado el pequeño San Lázaro, nombre que Vicente cambió pronto por el de Seminario de San Carlos…» (J. M. Román).

La historia se puede resumir: Encontrar el secreto. Un secreto sencillo, pero, a nadie se le había ocurrido. Dividir los seminarios en «mayores» y «menores».

Apenas conocida la innovación, fueron muchos los obispos que la solicitaron para sus diócesis. De hecho, «Los Buenos Hi­jos» no fue el primer seminario fundado por Vicente. Se empezó por Annecy:

«Como el Santo Concilio de Trento recomienda mucho esta obra de los seminarios, nos hemos entregado a Dios para servirle en ello… Usted ha empezado ya y nosotros vamos a empezar en esta ciudad haciendo una prueba con doce…»

A Annecy, Los Buenos Hijos y San Carlos siguieron otros se­minarios. Al morir el fundador, su Congregación dirigía más de una veintena. No todos tuvieron el mismo éxito, ni funcionaron de la misma manera.

Las Conferencias de los Martes se prolongan

Las reuniones semanales de los sacerdotes en San Lázaro re­dondeaban los logros obtenidos en los ejercicios a los ordenandos y en los seminarios.

Los sacerdotes de las conferencias emprendieron, corporati­vamente, dos grandes empresas: La misión de San Germán en La­ye y de San Germán de los Prados.

San Germán en Laye era la residencia de la corte. Una misión delicada. Cortesanos, damas de compañía de la reina y los pro­pios monarcas asistirían a los actos. Se predicaba. Denunciaban los vicios de la vida cortesana: La frivolidad, la inmodestia, la in­justicia…

«La misión… ha terminado con bendición. Hay pocos de la casa del rey que no hayan cumplido con sus deberes… El rey dijo que había quedado muy satisfecho de todos los ejerci­cios de la misión, que así es como hay que trabajar y que da­ría testimonio por todas partes.»

Esta fue la «misión contra los escotes». La del barrio de San Germán de los Prados fue la «misión contra la vagabundería.» San Germán de los Prados era una «sentina; no sólo de París, sino de toda Francia». Allí se refugiaban libertinos, ateos, pecadores inveterados… Toda clase de vagabundos.

El milagro se produjo. Aquel mundo tan diverso acudió en masa a hacer su confesión general. Hubo conversiones, reconci­liaciones, restituciones, reparación de escándalos, cambios de vi­da. «El dedo de Dios está aquí. Ha acompañado a los trabajos hu­mildes y sencillos del señor Vicente.»

Y, ¿en qué habían consistido aquellos trabajos? En realizar una tarea callada: Ser el animador de unos decididos predicadores del evangelio.

El señor Vicente en la corte

¡Qué casualidad! El «pequeño método» había entrado en la corte, y el señor Vicente, también.

«…y me atrevo a decirlo, fue bien recibido. ¡El «pequeño método» en la corte! Y, luego diréis que es para la gente vul­gar y para las aldeas. En París y en la corte; en todas partes. No hay otro método mejor ni ¡más eficaz!».

Vicente conoció y trató a las cuatro grandes figuras que con­centraban el poder del estado: Richelieu, Luis XIII, Ana de Aus­tria y Mazarino.

El cardenal Richelieu, el ministro del rey, era pariente de la duquesa de Aiguillon. Al fallecer la señora de Gondi, la duquesa se convirtió en la protectora de los sacerdotes de la Misión. De ahí, la confianza entre el cardenal-ministro del rey y el sacerdote-servidor de los pobres.

Las relaciones entre el señor Vicente y Richelieu debieron te­ner sus momentos de confianza. En 1640, el señor Vicente anun­ciaba, con tono de familiaridad: «Hace unos días, le decía yo a su Eminencia…» Y Richelieu le confesaba a su sobrina, la duquesa: «Ya tenía yo una gran opinión del señor Vicente, pero desde la úl­tima entrevista, lo miro como a un hombre distinto.» También hu­bo momentos de tirantez.

El rey Luis XIII admiraba al señor Vicente. Tanto que, al lle­gar la hora de su muerte, no quiso que otra persona estuviera jun­to a su lecho. «Señor Vicente, si llego a recuperar la salud, quiero que todos los obispos estén tres años en vuestra casa.»

Todavía bajo la impresión de la agonía, Vicente de Paúl escribía:

«Ayer, quiso Dios disponer de nuestro buen rey, en el mismo día en que había empezado a serlo hace treinta y tres años… Desde que estoy en la tierra, no he visto morir a nadie tan cristianamente.»

La muerte del monarca sucedió el 14 de mayo de 1643. Al día siguiente, el parlamento, anulando en parte el testamento del rey, concedía a la reina madre «la administración absoluta, plena y en­tera de los asuntos del reino». Ana de Austria era designada re­gente con todos los poderes.

Poco preparada estaba Ana de Austria para la misión que se le encomendaba. La corona del reino de Francia era demasiado pesa­da para la gentil cabeza de una dama «que más gustaba de escu­char madrigales y comedias que de oír discursos de alta política».

Obró con prudencia. Se hizo acompañar de un buen equipo de gobierno. Al Cardenal Mazarino le confirmó como sucesor de Richelieu. Al mismo tiempo, a Vicente le escogió «como su director espiritual y asesor de asuntos eclesiásticos en el Consejo de Con­ciencia».

El señor Vicente se resistió cuanto pudo. No quería aceptar el oficio. Los Gondi… La reina Margarita… Una vez que fue nom­brado, suplicó que no se le obligase a residir en la corte.

Mazarino era el político. Vicente, el hombre espiritual. Car­denal el uno; sacerdote el otro. El señor Vicente no era, como a veces se ha creído, el Presidente del Consejo de Conciencia. Eso era atribución de Mazarino. Era, sin embargo, la persona más influyente y de opinión decisiva para Ana de Austria. Por eso, en el palacio, se iba a entablar una lucha Mazarino contra Vicente.

Desde San Lázaro, el Señor Vicente iba con frecuencia a la corte, tanto para confesar a la reina como para asistir a las sesio­nes del consejo. La presencia del humilde sacerdote se hizo notar. Los monseñores que visitaban la residencia real vestían amplias sotanas de seda, largos alzacuellos de almidón, amplias fajas con largos flecos. El señor Vicente, no. ¿Para qué tanta cosa, se decía, si vamos a andar con la gente de campo y con los pobres de la ciudad?

Entre sus misioneros estableció la norma de la sencillez; si ellos visten sotana de seda, nosotros usaremos una de percal; si ellos llevan alzacuello largo, nosotros lo llevaremos corto; con la mitad de la faja que ellos utilizan, nos basta a nosotros…

Sin duda, el señor Vicente tenía su razón. Pero el cardenal Mazarino, que no era sacerdote y que no le preocupaban los pobres, se reía de él con burlona sonrisa.

Un día, agarrando el ceñidor del señor Vicente, exclamó: «¿Se han fijado ustedes en la moda que ha impuesto el señor Vi­cente? ¡Miren que linda faja!»

Ante la ocurrencia del jefe, surgieron las burlas. Pero, peor que las grandes carcajadas eran los asaltos de los nobles que recu­rrían a la corte en espera de favores. La provisión de las dignida­des eclesiásticas dependía del nombramiento real. Para evitar to­da influencia, Ana de Austria había instituido el Consejo de Con­ciencia. Por ser confesor de la reina, Vicente había sido designa­do miembro del Consejo.

Es indescriptible la lucha que el señor Vicente hubo de soste­ner. No solamente con los interesados en la adquisición de digni­dades o beneficios, sino con el mismo Consejo. Mazarino convo­caba a reuniones sin avisarle. Cuando se hacían nombramientos que no estaban de acuerdo con su conciencia, Vicente solía excla­mar: «Temo que casos como este traigan sobre nosotros la maldi­ción de Dios.»

Durante ocho años, permaneció en el Consejo de Conciencia. Combatió los vicios que dañaban el otorgamiento de dignidades eclesiásticas y contribuyó a crear un glorioso porvenir para la Iglesia de Francia.

Desde el Consejo de Conciencia, luchó, también, contra la he­rejía. Defendió la ortodoxia en contra de las opiniones de Jansenio. Alguna vez, había dicho a sus misioneros:

«Durante toda mi vida he tenido gran temor de tropezarme con el nacimiento de alguna herejía. Siempre he tenido este temor de encontrarme envuelto en los errores de alguna nue­va doctrina antes de que me diera cuenta.»

Para Vicente de Paúl, la lucha contra «los errores de la nueva doctrina», no era solamente cuestión de principios. Era la conse­cuencia necesaria de una actitud vital; «Estaba dispuesto a dar la vida.» Sus grandes realizaciones carecerían de sentido en una óp­tica jansenista:

«Las caridades se habrían encontrado privadas de la base teológica que las sustentaba: El amor universal de Dios… Las misiones habrían carecido de razón de ser: La remisión de los pecados… Los seminarios no podrían haber seguido orientados hacia la formación de honestos operarios apostó­licos, bien entrenados en la administración de la penitencia y la eucaristía… La Congregación de la Misión habría perdido el poderoso aglutinante de la aspiración a la perfección… La visión de la Iglesia, que daba coherencia a toda la labor, ha­bría quedado truncada al privarla de la instancia decisiva: la adhesión incondicional al primado pontificio» (J. M. Román).

Las Hijas de la Caridad

A partir de 1633, se generalizan las misiones y se multiplican las caridades. Cada vez que se predica una misión, se establece una caridad. Cuando las señoras no pueden atender a los pobres, se solicita la ayuda de las «jóvenes campesinas». Por eso, a aque­llas muchachas aldeanas, se las dio el nombre de las «jóvenes de la Caridad».

Nacimiento de la Compañía

Luisa de Marillac, presidenta de la Caridad de San Nicolás, se hizo cargo de la educación de algunas de las jóvenes que trabaja­ban en las caridades y las recibió en su casa. Era el 29 de noviem­bre de 1633, día del nacimiento de la Compañía. Margarita Nasseau no estaba en el grupo. Lo sintió el señor Vicente porque aquella joven «era la que había enseñado el camino a las demás». Dios se la había llevado.

La fecha quedó marcada con números rojos en el calendario vicenciano. Cada año, treinta mil rosas rojas saltan de alegría al amanecer ese día. Se saludan, se abrazan, se felicitan, se dan áni­mo, son las rosas del amor. ¡Qué el mundo entero sea un jardín de rosas rojas! Porque aman, las llamaron, «Hijas de la Caridad», Hijas de Dios, que, Dios es caridad…

«Cuando os entregasteis a Dios para servir a los pobres, reci­bisteis este nombre que Dios os ha dado. Debéis, pues vivir en conformidad con el nombre que lleváis, ya que es Dios quien dio ese nombre a la Compañía; porque, no fue la seño­rita Le Gras, ni el señor Portan., ni tampoco yo quienes os nombramos Hijas de la Caridad. Fue el pueblo el que, vien­do lo que hacíais y el servicio prestado a los pobres por nuestras primeras Hermanas, os dio tal nombre, que ha per­durado como propio de vuestras tareas.»

La Compañía de las Hijas de la Caridad nació de las Cofra­días de la Caridad como la rama brota del tronco. Lo dice quien las vio nacer:

«La Cofradía de la Caridad habiéndose establecido en la Pa­rroquia de San Salvador, dice San Vicente, y como las damas que, al principio servían a los pobres para llevarles el puche­ro, los remedios y todo lo demás, la mayor parte eran distinguidas y tenían marido y familia, muchas veces les resultaba molesto llevar aquella olla, de forma que esto les repugnaba y hablaban entre sí de buscar algunas criadas que lo hicieran en su lugar. Esta buena muchacha que acabamos de mencio­nar habiendo oído hablar de ese proyecto, deseó que la ocu­pasen en ese empleo y que la recibieran las damas. Y, des­pués las damas de otras parroquias pidieron también que les proporcionaran algunas buenas jóvenes.»

La revolución canónica

Un día, resumiendo historia, el señor Vicente decía:

«Hasta el presente, 1646, no habéis sido canónicamente, por lo menos, un cuerpo distinto y separado de las damas de la Cofradía de la Caridad.»

Aquel 29 de noviembre de 1633, ni Vicente de Paúl ni Luisa de Marillac pensaban que estaban constituyendo una comunidad religiosa.

«Vosotras no sois religiosas de nombre, pero tenéis que serlo en realidad, y tenéis más obligación de perfeccionaros que ellas. Pero, si se presentase entre vosotras algún espíritu en­redador e idólatra que dijese: «Tendríais que ser religiosas; eso sería mucho mejor», entonces, hermanas mías, la compa­ñía estaría en la extremaunción. Tened miedo, hermanas mías; y llorad, gemid, decídselo al superior. Pues quien dice religiosa quiere decir enclaustrada, y las Hijas de la Caridad tienen que ir por todas partes.»

Una «cofradía» de simples mujeres eran ellas. Eso era todo. Sin ser religiosas en el sentido canónico del vocablo. Una funda­ción revolucionaria. En aquel tiempo, no se concebía la vocación femenina fuera del claustro. La idea de un instituto femenino la había tenido San Francisco de Sales, pero, fracasó.

El grupo se reunió con Luisa de Marillac,

«No teniendo, ordinariamente, por monasterios sino las ca­sas de los enfermos; por celdas, cuartos de alquiler; por capillas, las parroquias; por claustros, las calles de la ciudad o las salas de los hospitales; por clausura, la obediencia; por rejas, el temor de Dios, y por velo, la santa modestia, deben en fuerza de esta consideración, llevar una vida tan religiosa como si estuvieran profesas en religión.»

Vicente eliminó todo tipo de vocabulario que pudiera repro­ducir el modelo clásico de la religiosa: El instituto no se llama­ría religión, sino «cofradía»; el noviciado fue conocido como «seminario»; la superiora tomó el nombre de «hermana sirvien­te» a la residencia no se le llamó monasterio o convento sino «casa». No se exigía «hábito» sino el amplio vestido de las campesinas. No hacían la profesión por medio de «votos», ni entregaban «dote».

El nombre: «Sirvientas de los pobres»

Estaba muy claro el objetivo de la institución:

«El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar y venerar a nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sir­viéndole corporal y espiritualmente en la persona de los po­bres, ya sean enfermos, niños, encarcelados u otros cuales­quiera que por rubor no se atreven a manifestar sus necesida­des.»

En el vigoroso lenguaje del Vicente de Paúl, son las «sirvien­tas», las «criadas» de esos incómodos «amos y señores» que son los pobres. Los ricos tienen demasiadas personas que los sirvan. Los pobres no cuentan más que con las abnegadas y humildes «Hijas de la Caridad.» Nombre con el que se las conoce en el mundo entero.

El servicio que han de prestar al pobre no es solamente el cor­poral, también, el espiritual. Así, «misioneros» e «Hijas de la Ca­ridad» se convierten en las dos poderosas manos de Vicente de Paúl: Misión y Caridad.

La aprobación

Cuando Vicente expuso su plan, se alarmaron. Las autorida­des religiosas y civiles se asustaron. Fue necesaria mucha astucia para llegar a buen fin.

Separado de las damas de la Caridad, el nuevo instituto siguió adelante. «La regla consuetudinaria pasó a ser regla escrita.» El arzobispo de París, uno de los Gondi, aprobó la cofradía en 1646 y en 1655. Las cartas reales dieron base legal al instituto.

Nos consta que, en los últimos años de su vida, Vicente de Paúl trató de conseguir la aprobación de la Santa Sede. No lo lo­gró. La aprobación pontificia sólo se alcanzó en 1668.

La expansión

Apenas fundadas, las Hijas de la Caridad demostraron una prodigiosa capacidad de adaptación. Acudían a remediar todo ti­po de miseria. Sin embargo, en los diez primeros años, apenas si pasaron del centenar. La mayoría eran humildes campesinas pro­cedentes de los alrededores de París.

Los enfermos de las cofradías parroquiales fueron los prime­ros en recibir sus servicios:

«Cada Cofradía tenía dos hermanas, a veces tres y a veces una. Como estaban establecidas en casi todas las parroquias de París, la mayoría de los enfermos pobres recibían en sus casas a estas sirvientas de nuevo cuño. Las señoras les paga­ban un modesto piso dentro del área parroquial. Muy de ma­ñana, después de la oración y aún, si el caso lo requería, de­jándola o aplazándola, salían a dar las medicinas a los enfer­mos. Luego oían la misa en la parroquia y se iban a la casa de la señora a la que tocaba aquel día hacer la comida… Cualquier día, se podía ver por las calles de París a aquellas aldeanas llevando la marmita colgada del brazo y una cesta de provisiones a la espalda, en dirección de los humildes tu­gurios donde yacían los enfermos. Los servían con cariño, limpieza y esmero; rezaban con ellos, les decían alguna palabra de edificación y luego pasaban a otro tugurio. Esto era algo nuevo en la beneficencia cristiana. «Había habido órde­nes religiosas, se habían fundado hospitales para los enfer­mos… mas, hasta el presente, no se había visto que alguien los cuidara en sus propias casas. Si uno de la familia caía en­fermo, era preciso separar al marido de la mujer, y a la mujer de sus hijos, y al padre, de la familia. El llevar auxilio a los enfermos en sus propias casas estaba reservado a las Hijas de la Caridad. Su obra principal era «llevar el hospital a do­micilio.» Ella les ha dado origen y recibía de Dios señales especiales de su protección» (J. Herrera, V. Pardo).

Otras actividades frecuentes eran: La enseñanza a las niñas y la atención de los enfermos en los hospitales.

La difusión fuera de París comenzó en 1638. «Se os pide de todas partes», observaba el señor Vicente. Las comunidades no eran numerosas, no pasaban de tres Hermanas. Tampoco dibuja­ban el mapa completo de Francia, se concentraban, en su mayoría en la mitad norte del país.

En 1652, las Hijas de la Caridad se establecen en Polonia. Luisa María de Gonzaga, reina de Polonia, formaba parte de la Cofradía de la Caridad. Guardaba una profunda gratitud y admi­ración por Vicente de Paúl. Le pidió que enviara a Polonia a los Sacerdotes de la Congregación de la Misión y a las Hijas de la Caridad.

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