San Vicente: Amigo de los pobres: años de conversión (1610-1612)

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Author: Martiniano León .
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Vicente de Paúl en París

Vicente regresa de Roma. Vuelve a Francia. Pero, en vez de quedarse en Toulouse o en Dax, se establece en París.

París es la ciudad capital del reino. Es el poder. La influencia. En París, está la corte. El trae un mensaje para el Rey Enrique IV. París es el símbolo del beneficio; del ansiado beneficio.

A Vicente no le atrae la vida de la capital. Él es campesino. Su permanencia en la ciudad no debe prolongarse. Por lo menos, esa es la idea que él manifiesta en una carta que escribe a su madre:

«La estancia que aún me queda en esta ciudad para recuperar la ocasión de ascenso, que me han quitado mis desastres, me resulta penosa por impedirme marchar a rendirle los servi­cios que le debo.»

Pero, las cosas no sucedieron como él se las imaginaba. Se le complicaron. Enrique IV no le prestó mucha atención. Lo que Vi­cente de Paúl había planificado como una breve estancia se con­virtió en una residencia vitalicia.

La primera complicación

Al llegar a París, buscó hospedaje en el barrio Saint Germain. No por otra razón, sino porque era un lugar humilde donde residían, en gran parte, los gascones. Vicente llegaba en situación de pobreza. Compartió su modesto cuarto con Beltrán Dulou, paisa­no suyo y juez de paz del cantón de Sore.

Los dos eran pobres. Y, un hospedaje en común resultaba po­co costoso. Pero, la vida compartida tiene sus servidumbres. Vi­cente de Paúl lo iba a experimentar.

El señor Vicente cayó enfermo. Tenía un catarro desesperan­te. Pasó toda la noche tosiendo y se vio precisado a guardar cama al día siguiente.

Su compañero, el juez, tenía unos pequeños ahorros que guar­daba, bajo llave, en la mitad del armario que le correspondía. Dulou salió. Estuvo toda la mañana tranquilo; hasta que el corazón le dio como un salto. La memoria le advirtió el descuido: Había dejado Ja llave en la puerta del escaparate. Palpó todos los bolsi­llos. Lo hizo una y otra vez. Allí, no estaba. ¡La dejé puesta en la cerradura!

Mientras tanto, Vicente había ordenado que le trajeran las me­dicinas. El empleado de la farmacia, que le servía, pidió un vaso. Lo buscó en el armario. Se percató de que allí estaban los ahorros del juez. La tentación era grande. Disimuladamente, mientras Vi­cente seguía tosiendo, se apoderó del dinero y marchó para no volver.

Cuando regresó el juez, entró como un torbellino. Notó la sustracción. Quedó como fuera de sí. Pidió explicaciones al en­fermo. Este la única respuesta que le daba es que no lo había to­mado y que no había visto a nadie que lo tomara. El juez, desen­frenado, empezó a dar gritos. No le importaba que se enterasen los vecinos; que miraran a Vicente como un ladrón; que le hicie­sen la vida imposible… Vicente se contentaba con repetir humil­demente: «Dios sabe la verdad.»

Para estas fechas, Vicente de Paúl había comenzado a relacio­narse con personajes influyentes. Ya trataba a Pedro de Berulle, espíritu ilustre. ¡Un juez no podía permitir que el futuro cardenal tuviera consideraciones con un ladrón, ni que lo recibiese en su casa! Hizo que la autoridad eclesiástica lanzase contra él un mo­nitorio: Bajo pena de excomunión, se solicitaba información so­bre un delito. El monitorio debía ser leído, en la misa dominical, durante tres domingos consecutivos. Vicente lo escuchó. En su parroquia. Ante los fieles. Tres veces. La reacción, ejemplar: No se le ocurrió implicar al recadero de la farmacia. «¡Dios sabe la verdad!»

Los hombres solamente llegaron a saberla seis meses más tar­de cuando el ladronzuelo, detenido por otro robo, declaró, tam­bién, éste. Y, precisamente, ante el juez de Sore quien se apresuró a escribir y pedir perdón a su compañero de habitación indicán­dole:

«… lo necesito para poder vivir; me urge tanto que, si tarda, iré a implorarlo de rodillas y con una soga al cuello».

La acusación de robo influyó marcadamente en la conducta de Vicente. Por entonces, escribía:

«Me gustaría que mi hermano hiciese estudiar a alguno de mis sobrinos. Mis infortunios y el poco servicio que, hasta el presente, he podido hacer a la casa le podrían quitar, acaso, la voluntad de ello.»

En otra oportunidad, haciendo alusión a una tercera persona, explicaba:

«¿Te justificarías tú? Ah, tienes una cosa de la que te acusan a pesar de no ser cierta. ¡No! Es preciso que lo sufras con paciencia. Dejemos a Dios el cuidado de manifestar el secre­to de las conciencias.»

Por fin, el hanelado «honroso retiro»

A los treinta años de edad, Vicente de Paúl podía considerar­se, humanamente, un hombre feliz. De aquí en adelante, podía vi­vir en un «honesto retiro». Nada de malo. Todo legal. Lo había conseguido en buena lid.

A comienzos de 1610, es nombrado capellán de la ex reina Margarita. Para vivir más próximo al palacio, se cambió de domi­cilio. Habitaba, en la calle del Sena, una casa con la insignia de San Nicolás en su fachada.

El capellán-limosnero, además de celebrar la misa según su turno, distribuía las abundantes limosnas de la extravagante da­ma. Gran cantidad de ellas iban a parar al Hospital de la Caridad.

Un paso más. Vicente cree llegar a la meta de sus esfuerzos al ser propietario de un importante beneficio eclesiástico: La abadía de San Leonardo de Chaumes, otorgada con todos sus títulos, rentas y obligaciones.

Sin embargo, no recibió tan buen negocio como él se había imaginado. En el contrato, se hace constar que la Iglesia se en­cuentra en ruinas y que hay que explotar las tierras abandonadas. Vicente no lograba producir las 3.500 libras que, anualmente, te­nía que pagar al concesionario. A los seis años, se desprendía de la prebenda.

El contacto con Pedro de Berulle

Antes de la desagradable acusación de robo, ya trataba a Pe­dro de Berulle, «uno de los hombres más santos que he conoci­do».

Pedro de Berulle es, cronológicamente, el primero de los maestro de espíritu de Vicente de Paúl. Por su medio entra en contacto con las corrientes más fervorosas de la Iglesia de Fran­cia. La influencia se prolonga por unos años. No fue total ni per­durable.

Berulle es, para Vicente de Paúl, mucho más que un protec­tor: Es como su maestro de noviciado. Después del sobresalto que supuso la acusación de robo, es el contacto con Berulle el acontecimiento que le va a llevar por el camino de «una vida ver­daderamente eclesiástica».

El «bueno del Señor Duval»

Andrés Duval. El «bueno del señor Duval» como le llamaba Vicente de Paúl. Era su confesor en asuntos de conciencia. Vicen­te se le sometía porque Duval era sabio, desinteresado y santo.

Hasta la fecha de su muerte (1638), Duval es el consejero in­dispensable para Vicente. Sin duda alguna, encuentra que es más de su agrado el camino espiritual de Duval que el de Berulle. Más humano. Duval cree que los sencillos disputan la entrada en el cielo con los sabios y se la ganan. Para Berulle, los pastores de Belén carecen de categoría para adorar al Verbo Encarnado. Espi­ritualmente, ¿no está Vicente de Paúl más cerca de Duval que de Berulle? De otra forma, ¿sería posible anunciar el evangelio a los pobres?

Vicente pasa por la «noche oscura»

Sin precisar mucho los detalles, podemos afirmar, con toda certeza, que Vicente sufrió, en esta etapa de su vida, una terrible crisis espiritual.

En la comitiva palaciega de la ex reina Margarita había un fa­moso doctor. La ociosidad, a la que le condenaba su oficio, hizo que se viera asaltado por graves tentaciones. El pobre señor sufría enormemente. No podía ni rezar el Padre Nuestro. Veía espectros horribles por todas partes: en la sacristía, en el altar, en el cáliz, en el pan… Los demonios se le colgaban de su rosario. Le entra­ban ganas de blasfemar. Tenía la cabeza tan alborotada que nada podía remediar.

Tanto pidió Vicente por aquel hombre que Dios le libró de la tentación. Pero, al mismo tiempo, se la clavó en su alma.

El célebre doctor vivió en paz el resto de sus días. Murió lle­no de alegría y de dulzura. Nunca supo lo que pasaba en el corazón de su amigo. A Vicente, le apretaban las ganas de blasfemar. Los espectros le hacían muecas en todas partes. La cabeza se le aIborotaba…

Sin embargo, nunca llegó a dudar de su fe. Escribió el Credo en un papel y se lo colgó del cuello. Cuando no podía rezar o cuando le entraban ganas de blasfemar, ponía la mano sobre el papel y, enseguida, le volvía la paz.

No conocemos el caminar interior de Vicente de Paúl durante este tiempo. Nada ha dejado escrito.

Entregarse al servicio del pobre

Todo eran dudas. Todo oscuridad. Todo angustia. No quería dejar ver su estado lamentable. Temía un escándalo. Su sonrisa era forzada. Su cuerpo enflaquecía cada día. Los que le conocían se mortificaban.

Le convenía descansar. Pero, al contrario, él tomaba, ca­da vez, más trabajo. Se acordaba del doctor. Era limosnero; acudía a las reuniones del Oratorio con el P. Berulle; visita­ba a los enfermos de Hospital de la Caridad del barrio Saint Germain. No encontraba la paz. Se sentía cansado; tremen­damente cansado. No tenía fuerzas ni para llevarse la mano al corazón.

Viendo que la tentación arreciaba, un día, que estaba más desolado que de costumbre, cayó de rodillas, agarró el cruci­fijo y, entre besos y lágrimas, prometió entregarse, por toda la vida, al servicio de Jesucristo en la persona de los pobres.

Todos los días, visitaba a los enfermos del hospital. Pero, aquel día, lo hizo sin los sufrimientos de costumbre. La paz había vuelto a su alma. Le pareció ver las verdades de la fe en un fondo de luz y a Jesús en los pobres enfermos.

La clave de la vida de Vicente de Paúl estaba ya al descubier­to. Dios había recibido su promesa. Los pobres serán, en adelan­te, el eje sobre el que girarán todas sus grandes obras.

El cambio radical se había producido. Un episodio, que suce­de en 1611, nos pone de manifiesto que hay «otro Vicente». Vicente, el santo. Muy distante de aquel que andaba en procura del dinero y del «honroso retiro».

«El 20 de octubre de ese año, mediante acta notarial, Vicente hacía donación voluntaria y libre al Hospital de la Caridad de una suma de 15.000 libras que él había recibido el día an­terior…»

Supongamos que se trate de una mera transmisión de limosna. El hecho de que se pensara en Vicente para ser su ejecutor nos in­dica que, ya, estamos lejos del despreocupado deudor de Toulouse. El que le designaba ejecutor, si no le tenía por santo, le tenía por hombre honesto.

Monsieur Vincent, cura de aldea

El curato de Clichy quedaba libre. Había que encontrar una previsión. Pedro de Berulle lo pensó. Fijó la mirada en Vicente de Paúl y creyó que encontraba al verdadero párroco. Clichy. Cerca. El campo. Sitio apropiado: Un excelente escenario para el primer ensayo.

De momento, Vicente se resistió. La cura de almas le parecía una responsabilidad muy grande. Por espacio de seis meses, retar­dó la toma de posesión. Al fin, se haría cargo de la parroquia.

La mujer que había venido del mercado de París trajo la noti­cia: Hay nuevo párroco en Clichy. La mujer aseguraba que el nuevo párroco tenía fama de santo entre los enfermos del Hospi­tal; que había pasado unos años cautivo en Túnez; que venía hu­yendo del palacio de la ex reina Margarita. Que amaba mucho a los pobres y que, por eso, venía a Clichy.

Se hizo cargo del curato el 2 de mayo de 1612. En Clichy, la fecha contó como un día de fiesta. Los hombres salieron a espe­rarle vestidos de domingo. Las mujeres estrenaron ropas nuevas.

Vicente presentó el «acta de nombramiento». Entró en la igle­sia. Roció el templo con agua bendita. Besó, con toda devoción, el crucifijo y el altar mayor. Tocó con sus manos el tabernáculo y la pila bautismal. Se sentó en la sede del párroco.

Entró y salió de la iglesia seguido del pueblo. Mientras tanto, las campanas repicaban alegría y gozo. El sonido se esparcía por todo el contorno. Hay fiesta en Clichy, decían los hablantes de los pueblos vecinos. Terminaron las ceremonias y las campanas de Clichy seguían esparciendo la alegría.

Clichy era una parroquia bastante extensa, pero poco poblada. A pesar de estar próxima a París, los habitantes eran campesinos. El nuevo párroco se sentía feliz. Aquella gente era tan sencilla como sus paisanos de Pouy. Satisfecho se creía, porque había he­cho promesa de servir a los pobres y sus feligreses lo eran. Les serviría con sus propias manos; les procuraría dinero y vestidos. ¡Arreglaría la iglesia! Ya había podido observar que la torre esta­ba medio caída. Pero, sobre todo, iba a entregarse de corazón a los pobres. Dicen que San Vicente afirmaba que el año, que estu­vo en Clichy, fue el más feliz de su vida.

«Yo he sido párroco de aldea, ¡pobre párroco! Tenía un pue­blo tan bueno y tan obediente para hacer todo lo que les mandaba que, cuando les dije que vinieran a confesarse los primeros domingos de mes, no dejaron de hacerlo. Venían, se confesaban y, cada día, iba viendo los progresos que reali­zaban sus almas. Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento que me decía a mí mismo: ¡Dios mío, qué feliz soy por poder tener este pueblo que tiene un corazón tan bueno…»

Una de las primeras cosas, que hizo el nuevo cura, fue buscar­se un monaguillo. Acertó con un muchacho rubio, vivo y ejem­plar. El joven le instruía sobre las costumbres del pueblo: Le en­señaba dónde vivían los pobres; le decía quiénes del pueblo esta­ban peleados, etc.

El rubio monaguillo se llamaba Antonio. ¡Antonio Portail! Lle­gó a ser sacerdote.

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