San Vicente: Amigo de los pobres: años de consolidación (1625-1633)

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Author: Martiniano León .
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Las misiones

El contrato de fundación

Vamos a entrar en la casa de los Gondi, en la calle Pa­yé, en París, el 17 de abril de 1625. Poco después de mediodía, se reúnen los esposos, dos notarios y el capellán. En sencilla cere­monia, leen y firman un contrato. Vicente trazó unos rasgos enér­gicos. Debajo del nombre de Margarita de Silly, en el centro de la hoja.

Se firmaba el acta de nacimiento de una comunidad religiosa. Su cuna, la casa de los Gondi. Con razón, el señor Vicente llama­ría «nuestra fundadora» a la señora generala de las galeras.

Merece la pena destacar que no solamente se tienen en cuenta las cláusulas administrativas. Las intenciones espirituales ocupan un importante lugar. Se habla del abandono espiritual de los habi­tantes de los distritos rurales. Los esposos Gondi,

«… quieren remediar el mal con la creación de una piadosa asociación de sacerdotes de doctrina, piedad y capacidad re­conocidas, que estuvieran dispuestos a renunciar a las como­didades de las ciudades y a los beneficios eclesiásticos para dedicarse completamente a la salvación del pobre pueblo…».

El contrato entraba en otros detalles, en los cuales, el señor Vicente hubo de meter la mano:

«Dichos eclesiásticos vivirán en común, bajo la obediencia del señor De Paúl y de los superiores que le sucedan a su fa­llecimiento. Se llamarán compañía, congregación o cofradía de los sacerdotes de la misión.»

Son los actuales Padres Paúles o Vicentinos.

Margarita de Silly no llegó a ver ni los primeros pasos de la fundación de sus sueños. Moría dos meses después de haber puesto la firma en el contrato. «La flor había dado todo su perfu­me.»

El colegio de «Bons Enfants»

Muerta la condesa, la misión de Vicente de Paúl en la man­sión de los Gondi, había concluido. Felipe Manuel, el señor General de las galeras, le concedió permiso para que se ausen­tara.

Un hermano del General, Juan Francisco de Gondi, estaba al frente de la diócesis de París. Ofreció al señor Vicente el Colegio de «Los Buenos Hijos.» Una residencia de estudiantes fundada en el siglo XIII. Estaba a punto de extinción. Aunque se encontraba en malas condiciones, el edificio era suficiente para albergar a la naciente comunidad. Muy bien situado, junto a la Puerta de Saint-Victor, fue sede de la Congregación durante los seis primeros años.

El señor Vicente tomaba posesión el otoño de 1625, le acom­pañaba el incondicional Antonio Portail. Para hacer frente a las obligaciones del contrato, recurrieron a un tercer sacerdote al que pagaban 50 escudos anuales. En su ancianidad, recordaba con en­tusiasmo «aquellos años heroicos».

«Los tres íbamos a predicar y a dar misiones de aldea en al­dea. Al marchar, entregábamos la llave a alguno de los veci­nos o le rogábamos que fuera el mismo a dormir en la casa. Yo no tenía, entonces, más que un solo sermón sobre el te­mor de Dios, que variaba de mil maneras. Esto es lo que ha­cíamos nosotros… Entre tanto, Dios… dio la bendición a nuestros trabajos, visto lo cual por algunos sacerdotes, solicitaron y obtuvieron su agregación a nosotros.»

Los sacerdotes de la «misión»

En septiembre de 1626, Vicente de Paúl, Antonio Portail, Francisco Du Coudray y Juan de la Salle firman el «acta de aso­ciación». Resulta curioso que el Arzobispo de París apruebe la «asociación» antes de que exista: el 24 de abril de 1626.

El primer acto colectivo fue subir a Montmartre para pedir, por intercesión de los santos, la práctica de la pobreza.

Eran sacerdotes seculares que se asocibann para una «misión»: evangelizar a los pobres. Ese lema se convirtió en grito de guerra y consigna de trabajo.

Vicente de Paúl exigía que las «misiones», que predicaban los suyos, fueran completamente gratuitas. Comenzarían su campaña misionera en octubre. La concluirían en junio. El resto del año, permanecerían en casa catequizando a los niños y ofreciendo ayu­da a los párrocos que la solicitasen. El tiempo que permanecieran en la casa lo dedicarían al estudio y a la oración. Así, se consti­tuían en «cartujos» en la casa y en «apóstoles» en la campaña. Todo, sin ser «religiosos».

Insistía, el señor Vicente, en que sus misioneros debían procu­rar la propia perfección. Sobre todo, aquellas virtudes que más los acercaban al pobre pueblo: la sencillez, la humildad, la man­sedumbre, la mortificación y el celo por la salvación de las almas. Estas virtudes se asemejaban a las «cinco piedras con las cuales David logró vencer a su enemigo».

¡La sencillez! La simplicidad en el lenguaje. Él tenía horror a la afectación. Le encantaba hablar de corazón a corazón. A una elocuencia estéril, opuso su «pequeño método»: manera de hablar totalmente ordenada a la eficacia.

¡El celo! La quemazón interna. Siempre, se sentía devorado por ese fuego:

«… cuando volvía de alguna misión, me parecía que, al acer­carme a París, se iban a caer sobre mí las puertas de la ciu­dad para aplastarme… Tú vuelves a París y hay otras aldeas que están esperando de ti lo que acabas de hacer aquí y allí…».

La aprobación

Una vez constituída la «asociación», Vicente creyó que había llegado el momento de renunciar a sus beneficios. ¡Acababa de pe­dir la gracia de saber ser pobre! Cedió los bienes paternos en favor de sus hermanos. ¿Había muerto ya su madre para estas fechas? Renunció al curato de Clichy. Transfirió «Los Buenos Hijos», que había recibido a título personal, en favor de la «asociación».

En junio de 1628, hacía la primera petición para lograr apro­bación pontificia; fue denegada. La segunda —unos meses más tarde— no tuvo mejor suerte. Pero él era un carácter duro y un hombre tenaz, cuando se empeñaba en algo, quería lograrlo. En­vió a Roma a Francisco Du Coudray. Le había instruido:

«El pobre pueblo se condena… Si su Santidad conociera esta necesidad, no descansaría hasta hacer lo posible por re­mediarla. El conocimiento de esta necesidad es el que ha da­do a la Compañía para remediarla, hasta cierto punto.»

«¡Trataban de aplastarlos!» Sin embargo, la reacción del se­ñor Vicente tenía dimensión sobrenatural:

«… sobre usted —escribía a Du Coudray—, lo más cristiana­mente que le sea posible con los que nos ponen trabas. Yo, también, los veo con frecuencia… y, me parece que, por la gracia de Dios, no sólo no los tengo ninguna aversión sino que los honro y los quiero más todavía».

El 12 de enero de 1633, el Papa Urbano VIII firmaba la bula Salvatoris Nostri. Quedaba aprobada la Congregación de la Mi­sión, exactamente, en los términos y condiciones solicitados por el fundador. ¡Una bula personal del Santo Padre! El más solemne de los documentos pontificios…

La bula consagraba el nombre de «misioneros» para los miembros de la nueva institución.

«Todos los que, por aquí, emprenden tareas parecidas a las nuestras, toman el nombre de misioneros a causa, sin duda, de que habiéndonos llamado la divina misericordia a esta profesión, ha tenido a bien dar a este nombre cierta reputa­ción.»

Pero, posiblemente, lo más consolador para Vicente de Paúl fue el reconocimiento que el Santo Padre hacía del origen divino de la Congregación. Ni la señora generala, ni el señor Portail, ni él eran los autores de la obra.

«Y, habiéndose iniciado este saludable propósito, el dicho Vicente, a quien Dios, autor de todos los bienes, había inspi­rado este pensamiento, tomó a su cargo el dar el principio a esta Congregación.»

Con la aprobación pontificia, el grano de mostaza, sembrado en Folleville, se transformaba en un fecundo árbol.

Nuevo domicilio social: San Lázaro

Desde 1625 hasta 1632, la sede social de la Congregación ha­bía estado en el colegio de «Los Buenos Hijos.» De allí, habían partido las primeras ternas misioneras. ¡Más de 140 misiones! Todas ellas de unos veinte días de duración. Campos y aldeas de París y sus contornos.

Pues al mismo tiempo que se publicaba la bula Salvatoris Nostri, se producía otro acontecimiento providencial.

Había en París, una antigua leprosería, sin leprosos, en la que vivían varios religiosos, bajo la dirección del prior Adrían Le Bon. La obra llevaba el nombre del santo protector de los lepro­sos, San Lázaro.

El «bondadoso» Adrián, envejecido y cansado no podía con aquellos frailes. Cuando oyó hablar de Vicente, se le abrió el cielo: le ofreceré este caserón. Ciertamente, está deteriorado; pero, tiene inmensas posesiones. Lo pondré a su disposición; que se fundan las dos comunidades. El fervor de los «misioneros» conta­giará a mis frailes. Dios será alabado en San Lázaro.

Así, lo pensó, y, con esa idea, se encaminó al colegio de «Los Buenos Hijos.» El prior pensaba en el consuelo que iba a dar al señor Vicente: ¡Sus ojos negros!, aquellos inmensos ojazos se abrirían al escucharle. ¡San Lázaro!

Se engañó el prior. Vicente escuchó. Ni levantó la vista. ¡Re­chazaba la oferta! Agradecía mucho la atención de la orden, pero no podía aceptar:

«Nosotros somos unos pobres sacerdotes. Vivimos en la simplicidad. Toda nuestra vida está al servicio de los pobres habitantes del campo… Acabamos de nacer. No somos más que un puñado. No nos gusta el boato. No merecemos tan gran favor.»

El prior hizo una tregua: ¡Volveré dentro de seis meses! Cuando se pasaron, se entrevistó de nuevo: ya tengo el consenti­miento de todos mis religiosos, sólo falta el vuestro. Y, enumeró los beneficios de la rica prebenda:

«Los bienes de San Lázaro son muy grandes: la iglesia góti­ca, la casa de los religiosos, la capilla, la prisión de su seño­ría, la casa de fuerza para los locos, los jardines, los establos, las caballerizas y otros recintos amurallados. En San Lázaro, hay grandes fincas donde crece el trigo, la cebada y la alfal­fa.»

Vicente de Paúl escuchó la voz seca del prior. Después de seis meses, no había cambiado de parecer: ¡Qué dejen tranquilos a mis misioneros en el colegio de «Los Buenos Hijos.» De todas formas, consultaremos con el señor Duval.

El «bueno del señor Duval» aconseja que acepte. El contrato se firmó. Los sacerdotes de la misión fueron a instalarse en San Lázaro. De ahí, les vino el nombre de «Lazaristas» con el cual han sido conocidos en muchos países.

El priorato de San Lázaro se aceptó, pero con algunas condi­ciones: los misioneros no vestirían el hábito de los frailes; no can­tarían juntos en el coro ni harían vida común en el dormitorio. «Prefiero permanecer en nuestra pobreza antes que desviarme una línea del fin que Dios nos ha trazado.»

El mismo día de su instalación, Vicente recorrió las propieda­des. Un trozo de jardín le llamó la atención: algunos pobres esta­ban encerrados como en jaulas. Le recibieron con gritos y gestos. El guardián le explicó: este edificio fue fundado para locos y le­prosos. Leprosos no tenemos.

La formación del clero

En los círculos en los cuales se movía Vicente de Paúl, desde los momentos de su conversión, una de las inquietudes funda­mentales era procurar la reforma del clero.

La vida le fue demostrando que esto era una necesidad. Tanto en Folleville como en Chatillon había vivido esa experiencia. En Folleville, el sacerdote no sabía la fórmula de la absolución. Los seis clérigos de Chatillon escandalizaban al pueblo con su vida. El alejamiento religioso, en el cual vivían los fieles, se debía, en gran parte, a la degradación de sus pastores.

La existencia le había llevado a casos, concretos: ordenaciones irregulares, incluyendo la suya; obtención de beneficios, a los cuales él también había aspirado; y la ignorancia.

«Si hubierais visto, no digo ya la falsedad, sino la diversidad de las ceremonias de la misa hace cuarenta años, os hubiera dado vergüenza: creo que no había en el mundo nada tan feo como las diversas formas con que se celebraba: unos empe­zaban la misa por el Pater Noster, otros tomaban en el brazo la casulla y decían el Introito para ponérsela luego…»

Su vocación no se limitaba exclusivamente a las misiones. La reforma del clero formaba parte de ella:

«Nuestro instituto no tiene más que dos fines principales, es­to es, la instrucción de la pobre gente del campo y los semi­narios.»

La formación de los buenos sacerdotes era una de las tareas que, con mayor insistencia, proponía a sus hijos:

«Oh, hermanos míos, formar buenos eclesiásticos es la obra más difícil, más elevada y más importante para la salvación de las almas.»

Misión y ayuda al clero figuraban expresamente en el contra­to de fundación. Para dedicarse a la formación sacerdotal, debió comprobar que Dios le manifestaba su voluntad.

Eso sucedió un día de julio de 1628. Monseñor Agustín Potier, obispo de Beauvais, viajaba con el señor Vicente en una ca­rroza. El prelado cerró los ojos, como si durmiese. De repente, los abrió y exclamó: he encontrado un medio rápido para preparar a los clérigos para las órdenes sagradas. Los recibiré en mi casa du­rante varios días. Harán ejercicios y se instruirán sobre sus debe­res y obligaciones.

Este pensamiento viene de Dios, replicó el señor Vicente. No encuentro nada mejor.

Los retiros para ordenandos

Así nacieron esas sesiones de formación que se llamaron los «retiros para ordenandos». Vicente preparó un programa: El retiro tenía, como principal objetivo, probar la realidad de la vocación. Importaba no admitir a nadie sin la certeza moral de sentirse lla­mado. En segundo lugar, había que impartir algunos conocimien­tos. Se cuidaron hasta los menores detalles.

De Beauvais, pasó a otras diócesis. En 1631, el arzobispo de París pidió «retiros para los ordenandos de su diócesis». El lugar más apropiado para el ensayo era el colegio de «Los Buenos Hi­jos.» Insistió en que los dirigiera el señor Vicente. Luego, pasaron a San Lázaro.

La «sesión» duraba veinte días. El alojamiento y la comida eran gratuitos. No había que preocuparse más que de su perfec­cionamiento espiritual. Las conferencias, por la mañana, sobre teología y moral; por la tarde, sobre las obligaciones y virtudes de los sacerdotes. Después de cada charla, los ordenandos se reunían en grupos, de doce a quince personas cada uno, y, en «coloquio», discutían sobre la materia de la que acaban de ha­blar.

El señor Vicente enjuiciaba los retiros:

«Es preciso que sepáis que la bondad de Dios se ha compla­cido en una bendición particular, y no imaginable, a los ejer­cicios de nuestros ordenandos. Y es tal, que todos, o gran parte de los que han asistido a los mismos llevan una vida propia de buenos y perfectos eclesiásticos… lo que comienza a ser conocido por el público.»

Y el P. José María Román opina:

«Visto con ojos actuales, el recurso inventado por Vicente, puede antojársenos insuficiente… En realidad, los ejercicios a ordenandos eran una especie de cursillo de formación pro­fesional acelerada… Se trataba de un remedio de urgencia para un estado de cosas que no admitía demora. Un progra­ma completo de formación sacerdotal exigía la puesta en marcha y el funcionamiento de los seminarios. Vicente lle­garía a eso. Pero tal tarea necesitaba muchos años. Entre tan­to, la Iglesia no podía esperar… Con el tiempo, los ejercicios a ordenandos se convertirían en el último toque de una larga etapa de formación en el seminario.»

Las conferencias de los martes

Los retiros a los ordenandos subsistieron hasta 1643. La orga­nización de los seminarios los hizo innecesarios, pero, una de sus secuencias perduró aún por más tiempo.

Algunos sacerdotes que habían seguido los retiros se dieron cuenta de que tres semanas de formación eran insuficientes. Pi­dieron al señor Vicente que los dejara reunirse en San Lázaro «para cotejar entre ellos sobre las virtudes y las obligaciones pro­pias de su ministerio».

Vicente consultó, pidió pareceres, y, el día 11 de junio de 1633 exponía el plan: Aquello no era una simple conferencia dic­tada por un misionero. Se trataba de una verdadera asociación eclesiástica. Los miembros debían considerarse unidos, consolar­se, ayudarse a ser buenos sacerdotes.

El 24 de junio se inauguró el ciclo. Según el reglamento, sola­mente podían formar parte eclesiásticos pertenecientes al clero secular. Se reunirían todos los martes. Temas a tratar: Las virtu­des de los cristianos; las obligaciones de los clérigos; los cargos eclesiásticos. Cada uno de los asistentes podía hablar de acuerdo con su turno. El uso de la palabra se limitaba a un cuarto de hora. La sesión no se podía prolongar por más de dos horas.

En nuestras perspectivas actuales, las Conferencias de los Martes resultan insuficientes. No puede lograrse un gran fervor con una conferencia semanal. Pero, en su tiempo, tuvieron un efecto especial.

«Las conferencias no se limitaban a procurar el proceso espiritual de los asociados, sino que, desde el mismo año de su fundación, los comprometieron en trabajos apostólicos. El desarrollo de la asociación dio a estos una amplitud, cada vez, mayor. Algunos tenían carácter permanente. Así, por ejemplo, la asistencia espiritual al Hotel-Dieu de París, al que, al principio la asociación entera y más tarde, un grupo de miembros acudían diariamente para animar y preparar a los enfermos a la confesión general.

Los eclesiásticos de las conferencias misionaron también el hospital de los galeotes y el hospicio de las «petites mai-sons» llamado de los matrimonios o de los niños tiñosos…» (J. M. Román).

Los retiros «cerrados»

La necesidad de una formación adicional saltó las barre­ras del círculo de los sacerdotes elegidos. En San Lázaro se instalaron los «retiros cerrados» no sólo los sacerdotes y los religiosos sino cualquiera que lo solicitara. Había un regla­mento para que los «ejercitantes» encontraran el retiro agra­dable.

La caridad

Jesús utilizó la imagen del grano de mostaza y de la levadura para demostrarnos cuál es la fuerza interna del Reino y su poder de expansión.

Para 1625, Vicente de Paúl podía sentirse satisfecho. La pe­queña semilla depositada en tierras de Folleville se había conver­tido en poderoso árbol con dos grandes ramas: La evangelización de los campesinos y la ayuda a los sacerdotes. Desde Chatillon en la frontera, llegaban los buenos frutos del árbol de la «caridad». Hubo «caridades» en los territorios de los Gondi. Las implanta­ban los misioneros al final de cada misión. París comenzó a tener sus «caridades» en 1629.

Ciertamente, en Chatillon, Vicente había encontrado la forma definitiva de la caridad. Sin embargo, su experiencia le iba a de­mostrar que era necesaria una evolución y una transformación. Quizá, fuera el floreciente crecimiento de las caridades lo que obligó a plantear una organización central.

Las dificultades

Diez años después de Chatillo, existían, en Francia, más de un centenar de asociaciones parecidas. Así que, las dificultades no escaseaban.

Las cofradías rurales tropezaban con ciertos obstáculos: Las burlas de los habitantes a las encargadas de recoger las limosnas; la susceptibilidad de algunos párrocos; las caprichosas gestiones de alguna tesorera; las inaceptables exigencias de los bienhecho­res; la desunión entre las asociadas, etc. Estos problemas y otros parecidos mantenían a Vicente y a sus misioneros continuamente por los caminos y las aldeas.

Sin embargo, las mayores dificultades provinieron de los me­dios urbanos. Las señoras de la ciudad estaban menos preparadas que las campesinas para ejercer oficios de «sirvientas de los po­bres». No se acostumbraban a los humildes menesteres: preparar la comida, lavar las ropas, administrar los purgantes, recorrer las calles peligrosas, visitar las chabolas de los moribundos, ponerse en contacto con los apestados… Empezaron por mandar a «sus sirvientas».

«… era un tormento para Vicente de Paúl. Las damas de Pa­rís querían entrar en el cielo en carroza. Se valían de sus criadas para llevar la comida a los pobres. Las domésticas, soberbias y mal educadas, cumplían a disgusto aquellas ex­trañas órdenes. ¡Como si fuera un insulto para ellas servir a los pobres! Vengativas, lo pagaban con ellos tratándoles con desprecio y altanería…».

La inspección de las caridades y la fundación de las Hijas de la Caridad fueron los dos grandes recursos que encontró Vicente para solucionar la mayor parte de estos obstáculos.

Para ambos proyectos, necesitaba la colaboración de una mu­jer.

Luisa de Marillac

Vicente de Paúl debió conocer a Luisa de Marillac antes de 1624. No se sabe cuál fue el motivo de su encuentro. Poco impor­ta. Lo cierto es que, para esas fechas, Vicente estaba «en la mitad del camino de la vida».

No deja de extrañarnos que Vicente se tropiece tan tardíamen­te con esta mujer que va a hacer posible la realización de casi to­das sus obras de caridad. Llama la atención, igualmente, que Lui­sa de Marillac aparezca en la vida de Vicente de Paúl cuando ya se ha eclipsado la luz que procedía de Margarita de Silly. ¡La Pro­videncia! Sin duda alguna.

¿Quién era esa mujer? Una joven viuda. A los 34 años había perdido a su esposo, Antonio Le Gras. La señorita Le Gras, como se le va a conocer en la historia, estuvo oscilando entre quedar anclada en sus obligaciones familiares o desplegarse en la bús­queda de Dios de una manera más directa. La hermosa armonía de su alma no se rompió jamás: Nivelación entre contemplación y caridad.

Después de que su hijo, Miguel, entró en el seminario, Luisa de Marillac quedaba completamente libre. En un principio, Vi­cente de Paúl dejó que su dirigida le manifestara todas las com­plejidades de su alma. La dejó hacer. Pero tuvo que disuadirla de un excesivo recogimiento:

«Me complace que vuestros ejercicios espirituales y retiros os sean tan provechosos y agradables. Pero, hace falta que los toméis como la miel: muy sobriamente. Tenéis una cierta avidez espiritual que es necesario que sea moderada.»

Así, la fue llevando a distinguir entre lo que es principal: El amor de Dios; y lo que es accesorio: Los actos de devoción. Al fi­nal, utilizó la misma táctica de que se había servido él. La que tan buenos resultados había producido en Margarita de Silly: Entre­garse totalmente al servicio del pobre.

Primeramente, en la retaguardia. Luisa cosía, hilaba, enviaba telas y dinero para las caridades rurales. Cuando creyó que ya es­taba suficientemente preparada, la lanzó a la vanguardia: La visi­ta de las caridades.

Siguiendo las rutas de la Providencia, Vicente creyó que en el mes de mayo de 1629 podía enviar a su colaboradora por los ca­minos de Francia. La invitación, mitad ruego y mitad mandato, fue esta: «Id, pues, señorita, id en el nombre del Señor.»

La inspección de las «caridades»

Los territorios que primero visitó Luisa de Marillac fueron los de los dominios de los Gondi. Subió al carruaje cargada de ropas y medicinas. Se hacía acompañar de una sirviente. Iba sencillamente ataviada, vestida con el luto de la viudez. A tra­vés de su porte, se podía apreciar la belleza delicada de su alma. Su equipaje es muy reducido; pero, práctico. Lleva el Regla­mento de las Cofradías y unos avisos entregados por el señor Vicente.

Los viajes eran incómodos. El vehículo rueda por tortuosas carreteras que le alejan de París. La diligencia está destartalada. Los hospedajes son inseguros. Sin embargo, un aire de alegría co­mienza a iluminar el rostro de Luisa de Marillac. La visita de las caridades de los territorios de los Gondi era una bendición. Las almas de aquellos campesinos eran el resultado de la incansable labor de Vicente de Paúl, su capellán.

Pero, recorrió otros muchos caminos. Alguien ha hecho un paralelo entre Teresa de Jesús, la monja reformadora del siglo XVI, y Luisa de Marillac, la visitadora de las caridades del siglo XVII. Es evidente que las dos «andariegas» llegaron hasta Dios; pero, por caminos distintos.

Las jóvenes de las aldeas

Había numerosas deficiencias en las caridades de la capital. «No todas las damas estaban dispuestas a subir 80 escalones para visitar un tugurio.» «Sus maridos no consentían que llegaran a ca­sa con la vestimenta enlodada hasta las rodillas…»

¿Cómo remediarlo? Por supuesto, no como hacían algunas se­ñoras, que enviaban a sus sirvientas. Vicente de Paúl y sus misio­neros se habían topado con jóvenes piadosas, deseosas de servir a Jesucristo. No lograban entrar en «religión» por falta de dote, pe­ro, ¿no podrían esas jóvenes servir a los pobres bajo la dirección de una Dama de la Caridad?

Vicente de Paúl dio vueltas al interrogante. Decidió hacer una experiencia: Distribuirlas en las parroquias de París al servicio de las Cofradías.

Margarita Naseau

La primera joven que acudió se llamaba Margarita Naseau. Era de Suresnes, un pueblito de las cercanías de París. Una cam­pesina. Una buena campesina; con el alma limpia; con los ojos limpios; con el corazón limpio para ver a Dios. Era limpia de pies a cabeza…

En ella, iba a encontrar Vicente la respuesta que buscaba. Era la primera. El chispazo de la Hija de la Caridad. Podríamos decir que Margarita Naseau es a la Hija de la Caridad, lo que el anciano moribundo de Gannes es a Congregación de la Misión, y lo que la familia enferma de Chatillon es a las Cofradías de la Caridad.

Vicente de Paúl hace una versión de la vida de esta joven. Es maravillosa.

«Margarita Naseau fue la primera en llegar para servir a los pobres enfermos… Era de Suresnes y fue la primera que tuvo la dicha de señalar el camino a los demás… Era una pobre vaquera sin instrucción. Movida por una fuerte inspiración del cielo, tuvo el pensamiento de dedicarse a la enseñanza de la juventud. Compró un alfabeto y no pudiendo ir a la escue­la, se fue a la casa del señor cura a rogarle que le dijera el nombre de las cuatro primeras letras. Otro día, le preguntó las cuatro siguientes y así sucesivamente las demás… poco a poco, aprendió a leer. Luego, ella enseñó a otras jóvenes de su aldea. Entonces resolvió ir de aldea en aldea para enseñar a la juventud… Cuando se enteró de que había en París una Cofradía de la Caridad para los pobres enfermos, fue allá impulsada por el deseo de trabajar en ella; y, aunque seguía con gran deseo de continuar la instrucción de la juventud, abandonó, sin embargo, este ejercicio de la caridad para abrazar el otro que ella juzgaba más perfecto y necesario; y Dios la quería de esta manera para que fuese la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos de la ciudad de París.

Todos la amaban porque nada había en ella que no fuera amable. Y, tan heroica fue su caridad que murió por haber compartido su cama con una pobre joven atacada por la pes­te. Alcanzada por este mal, como si previera la muerte, se despidió de la hermana que estaba con ella y se fue a San Luis con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios.»

El ejemplo de Margarita Naseau contagió a otras jóvenes. Después de ella, vinieron otras aldeanas. No traían dote. Pero, lle­gaban con las «virtudes de las buenas campesinas». Vicente, que había estado cautivo con el médico alquimista, sabía la técnica para transformar esas cualidades naturales en el oro de la caridad. Al verlas llegar debía acordarse de las jóvenes de Pouy, de Clichy, de las campesinas de los territorios de los Gondi.

El señor Vicente las iba distribuyendo por las parroquias de París. Aldeanas, toscas en apariencia, recibían lecciones sobre al­gunos recursos de urgencia y el trato con los enfermos. Mientras vivían en las caridades observaban su reglamento.

A Luisa de Marillac, le parecía que aquellas jóvenes eran las que, en su visión de Pentecostés de 1623, Dios le había mostrado como parte de su comunidad. Pero el señor Vicente no obraba con prisas. «Comunidad de mujeres», «libres para ir de casa en casa». Eso no compaginaba con la idea de «religiosa y clausura».

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